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UNA VEZ MÁS SOBRE LA CONCENTRACION DE FUERZAS EN LA ACCIÓN POLITICA
Por Alberto Moreno Rojas

Toda organización política seria, tanto más si es revolucionaria, necesita tener a la cabeza una dirección que le garantice firmeza en los principios, realismo en las decisiones, voluntad política para alcanzar sus objetivos, amplitud de miras además de sentido práctico, del valor del tiempo y de la oportunidad. Dirigir correctamente, con iniciativa, audacia, creatividad y eficiencia no se alcanza sin esfuerzo y sin contar con cierto sustento teórico, ideológico y programático marxistas leninistas. Se requiere, además, conocer la realidad en que se actúa, sistematizar con severo criterio crítico las experiencias propias y ajenas, y estudiar seriamente el arte de la conducción. No es, pues, fácil ni nada simple asumir, menos aún ejercer, responsabilidades de dirección. Convendría que meditáramos seriamente al respecto, sobre todo quienes tenemos responsabilidades de dirección en el Partido, en los frentes políticos o en el movimiento de masas.

Se dice con razón que la estrategia entra en la esfera de la ciencia mientras la táctica es el arte de la conducción. Ciencia y también arte: he allí dos cualidades que todo buen dirigente debe esforzarse en conocer y asimilar. Exigencia aún más obligatoria tratándose de dirigentes políticos que se proponen la revolución y el socialismo. Esto es así porque la estrategia se funda en el conocimiento objetivo e integral de una realidad determinada, y su mirada abarca un vasto espacio en el que convergen todas las contradicciones de un período o etapa o fase. Para ser más precisos: toda situación de conjunto es un problema de estrategia. Por eso se apoya en la ciencia, es decir en el conocimiento preciso de las condiciones objetivas y en el cálculo realista de las posibilidades de la etapa, período o fase correspondiente.

La esfera de la táctica es más limitada y es parte subordinada de la estrategia: considera la parte en lugar del conjunto, y está sujeta a cambios constantes de acuerdo con las modificaciones que se operan en las condiciones concretas de la lucha. Por eso su rasgo básico es su enorme movilidad y flexibilidad. En ese sentido exige de los conductores mucha creatividad, iniciativa y audacia. Ahora se puede entender por qué la táctica es un arte.

LA RESPONSABILIDAD DE LOS COMUNISTAS
El Partido Comunista es una colectividad de hombres y mujeres libres que asumen consciente, voluntaria y disciplinadamente la lucha por el socialismo y el comunismo. Esta es la razón de su existencia como organización política y el fundamento de su acción práctica. Para cumplir su misión debe enfrentar fuerzas nacionales e internacionales muy poderosas que harán todo lo que esté a su alcance para impedir la revolución, para derrotarla si constituye una amenaza concreta al sistema establecido, y para revertir las revoluciones victoriosas y el socialismo mediante la guerra o la transición pacífica al capitalismo, como fue el caso de la exURSS y sus satélites de Europa Oriental.

Tamaña exigencia impone enormes esfuerzos y voluntad de lucha, pero sobre todo una sólida base teórica marxista leninista, firmeza ideológica, solvencia programática, capacidad organizativa y talento para la conducción. Toda lucha dada en serio, y con mayor razón si ésta es revolucionaria, supone la confrontación de voluntades que pugnan por alcanzar la victoria desarrollando y potenciando sus fuerzas, disputando incesantemente la dirección de las masas, aprovechando sus lados fuertes y sacando ventajas de los errores y debilidades del adversario. Es simplemente la lucha de clases.

UNIDAD ENTRE DIRECCION Y CONDUCCION
Entendemos por dirección, en este caso, al conjunto de personas encargadas de dirigir una sociedad, empresa, partido político, sindicato, etc.; y, por conducción, la acción y efecto de conducir, de manejar con acierto la estrategia y la táctica, los principios y los métodos de lucha y de organización. El ejercicio del cargo (dirección) implica la capacidad de asumirlo eficiente, firme y creativamente guiando la organización que se tiene hacia el logro de los objetivos que se propone alcanzar.

Está claro que el dominio de la estrategia y la táctica, de la conducción en general, no es privilegio exclusivo de las fuerzas armadas, de los estados o de los partidos políticos; su necesidad se manifiesta en todas las esferas de la actividad humana donde existe la necesidad de organizarse, dirigir gentes y alcanzar objetivos: en las empresas por el control de los mercados, en los sindicatos en su lucha por la conquista de los derechos y reivindicaciones de sus agremiados, en los clubes deportivos. En el fútbol, por ejemplo, no es casualidad que se les otorgue a los entrenadores la calificación de estrategas. Tiene su razón y justificación.

Para el ejercicio de una correcta y eficiente conducción es indispensable conocer y saber usar los principios y los métodos que le corresponden. Si la estrategia es ciencia pues hay que estudiarla y asumirla como tal. No se llega a ella con la improvisación ni se accede desde la órbita del movimiento espontáneo. Quienes conducen a ciegas, confiados a la intuición, experiencia o capricho, o se arrastran a la cola del movimiento espontáneo, no alcanzarán sus objetivos revolucionarios y condenarán a la derrota sus esfuerzos. Ocurre lo mismo en la esfera de la táctica, donde si bien un rasgo básico es su movilidad y flexibilidad, carecerá de coherencia y de proyección si no responde a un objetivo estratégico claramente establecido. Un ejemplo muy concreto y visible ahora que estamos a las puertas de las elecciones municipales: los candidatos de "izquierda" cuya motivación central termina siendo ganar una alcaldía o concejalía, sacrificando a esa finalidad todo principio y compromiso político, ¿ sirven realmente a un proyecto de izquierda y facilitan una acumulación de fuerzas que beneficie a la causa popular y revolucionaria, o, por el contrario, se deslizan al oportunismo político?. La respuesta es obvia: al perder de vista el objetivo estratégico, la táctica se convierte en acomodamiento a la situación, y ésta en acomodamiento a sus intereses personales. El caso de Medina en Comas - una de muchas otras que se pueden citar- es al respecto una experiencia aleccionadora. En este u otros casos parecidos el fin justifica los medios.

Donde contienden fuerzas opuestas una se propone derrotar a la otra u otras. En una campaña electoral o en una huelga, por ejemplo. Para lograr su objetivo cada una dispone de un determinado potencial de recursos humanos y materiales, de experiencia y capacidad de dirección, de reservas directas e indirectas, y también del conocimiento de los recursos y planes del oponente. Desde luego que las condiciones de la guerra no son las mismas en la lucha política o sindical. Copiar mecánicamente principios de aquella a circunstancias distintas llevará a error. Se trata de asimilar y saber usar en condiciones distintas principios y métodos de alcance general que pueden ser útiles si se toma en cuenta, como se ha dicho, las singularidades y rasgos específicos de cada lucha que se emprende.

Uno de esos principios fundamentales es la concentración de fuerzas. Los teóricos militares le asignan, entre muchos otros principios, un lugar privilegiado en la conducción de la guerra. No hay razón que impida extenderlo, tomando en cuenta las singularidades de cada caso, a otras esferas de actividad. No olvidemos que conceptos como estrategia y táctica tienen también un origen militar y sólo en el presente siglo se amplía su uso a otros campos como la política o los negocios. Pero este es tema sobre el cual volveremos en otro momento.

CONCENTRACION DE FUERZAS
Entendemos, en este caso, por concentración de fuerzas la capacidad de agrupar el potencial disponible en un momento y lugar dados, para asegurar la superioridad numérica y de medios que permita ganar la iniciativa para alcanzar el objetivo previsto, asegurando el éxito así como los efectos políticos y psicológicos favorables. La moral de lucha es un factor importante en toda acción que se emprenda. Quien carece de voluntad de ganar, jamás lo conseguirá.

La concentración es lo opuesto a la dispersión, o lo que es lo mismo: plantearse varias tareas simultáneamente y con igual nivel de importancia y necesidad, permitiendo con ello disgregar las fuerzas disponibles y ser débiles en todas partes. "Quien mucho abarca poco aprieta" reza un dicho popular perfectamente aplicable al tema que estamos tratando. Si se plantea una tarea o una lucha, cualesquiera que éstas sean, lo importante es apretar bien en el punto favorable para nuestros objetivos a fin de obtener el éxito esperado. Quien se propone varias tareas principales a la vez y quiere obtener éxitos simultáneos, sin tomar en cuenta sus fuerzas disponibles y sus posibilidades reales, cometerá errores y a la larga no alcanzará los resultados deseados.

En cada momento hay que saber encontrar el eslabón más importante de la cadena de acontecimientos y definir cual es la tarea principal cuya resolución favorable influirá en el conjunto del plan previsto. Donde hay varias tareas siempre una de ellas es la más importante, de cuyo resultado dependerá que se resuelvan satisfactoriamente las otras. Cada lucha que se hace o tarea que se propone debe culminar con el éxito. La suma de éxitos es lo que permite el desarrollo de las fuerzas y es una condición para dar confianza a la gente. La acumulación de reveses o de tareas incumplidas, por el contrario, dispersa energías y recursos, generando inseguridad y pesimismo.

Muchas veces nos planteamos tareas y luchas sin meditar debidamente sobre las razones, alcances y consecuencias de esa decisión tomada, o dejando de considerar sus conexiones con la estrategia. Un ejemplo de ello es la conocida expresión: "después de la jornada, qué". No nos damos cuenta que dirigir exige conocimiento detallado de la situación como del potencial y manejo probable del adversario, evaluación de todos los factores presentes, apreciación realista del potencial disponible en gente, recursos, oportunidad y capacidad de concentrar las fuerzas para permitir que la decisión tomada culmine favorablemente y sirva al objetivo estratégico que toda conducción seria debe tener claramente definido. Quienes rinden culto por las reuniones, por ejemplo, no se dan cuenta que lo esencial no es la cantidad de ellas sino la calidad y los resultados que se obtengan. Una reunión bien preparada y adecuadamente desarrollada será mucho más útil que muchas improvisadas y sin resultados concretos. Una movilización organizada con tiempo, trabajada a conciencia, que ponga en actividad todo el potencial disponible, convoque participantes y repercuta en la opinión pública, será siempre más importante que diez movilizaciones improvisadas o de dudosos resultados. El impacto político y su repercusión psicológica será mayor y sus consecuencias más provechosas.

Además, considerado en su conjunto, el gasto de fuerzas y recursos será comparativamente menor.

APRENDER A LUCHAR BIEN
Si se plantea una batalla hay que darla bien. Nadie que esté en su sano juicio se propone tareas que luego dejará a mitad de camino o terminará en un fracaso más. Antes de decidirlas es necesario examinar las condiciones, posibilidades, riesgos, también sus consecuencias probables y las variantes que podrían presentarse en el camino. La improvisación, el dejarse ganar por la emoción o las apariencias, el plantearse la lucha por la lucha misma, es signo de irresponsabilidad y estrechez de visión. Los comunistas no debemos jugar jamás con las expectativas de la gente, plantearnos tareas que no vamos a cumplir o lanzarnos, llevados por el entusiasmo, a cualquier aventura.

Vienen a colación algunos ejemplos recientes que pueden ser útiles, aún tratándose de experiencias muy concretas pero no por ello menos valiosas.

Ahora se sabe que la movilización de la juventud de los días 4 y 11 de junio pasado no fue producto de la improvisación ni un acto espontáneo surgido de improviso, sino el resultado de un trabajo paciente impulsado por Juventud Popular con más de 4 meses de anticipación. La amplitud que alcanzó, el momento en que se produjo, el planeamiento seguido, fueron previstos. Aquí no prevaleció la espontaneidad sino la claridad de objetivos y el uso inteligente de los medios disponibles para sacar a la juventud de la pasividad, poner en tensión su descontento y repulsa soterrada a la dictadura, romper la barrera de miedo que se le impuso sacando ventaja del terrorismo senderista, darle confianza en sus fuerzas y motivar su espíritu de rebeldía. Los objetivos que se propusieron los jóvenes de Juventud Popular se alcanzó con creces. Ahora se ha ingresado en una nueva fase y corresponderá encararla definiendo nuevas tareas y métodos. Aquí se aplicó el principio de concentración, pues todos los esfuerzos - según informan sus promotores- fueron volcados a la consecución de este objetivo, sacrificando temporalmente otras tareas.

En una provincia del Sur, una candidatura municipal de orientación popular y de izquierda se propuso iniciar la campaña con un acto de masas que repercutiera fuertemente en la población. Con ese fin concentraron sus fuerzas y pocos recursos disponibles para convertir la presentación del candidato a la alcaldía en un acto masivo que congregó cientos de participantes, movilizó decenas de vehículos por la ciudad, convocó la atención de la prensa local. En otras palabras, convirtió el acto en un hecho político importante y en una demostración de fuerza que impacto considerablemente en la opinión pública.

La conformación del Frente Patriótico de Loreto, como organismo popular centralizador de la lucha de los loretanos para la defensa de la integridad territorial en las negociaciones con el Ecuador y para la consecución de reivindicaciones legítimas postergadas o negadas por el régimen fujimorista, es otro ejemplo. La concentración, cuyos éxitos son conocidos por todos, ha tenido aquí su epicentro en la conformación del frente como ente aglutinante de todos los sectores de la población. Sin este factor articulador habría sido imposible la convocatoria a grandes paros y movilizaciones, cuyo impacto ha trascendido sus fronteras. Ninguna organización por separado, ni siquiera el municipio iquiteño, abría tenido la convocatoria que ha logrado el Frente Patriótico. Para conseguirlo han debido subordinar aspiraciones, intereses o preocupaciones sectoriales a fin de contar con un mando unificado. Los hechos han demostrado que fue justa la decisión, y una vez más la concentración de fuerzas (organizativa y también de acción) ha dado resultados óptimos, por los menos hasta este momento.

LA CONCENTRACION MUTIPLICA LAS FUERZAS
La concentración permite ampliar la potencia de las fuerzas que se dispone, aprovechar los vacíos o los errores del adversario desde posiciones ventajosas para nosotros, ganar la iniciativa política e imponer las reglas de juego, permitiendo con ello resultados favorables. Ocurre todo lo contrario con la dispersión de fuerzas y recursos, que extiende la cantidad de tareas y reduce los logros efectivos, inevitable allí donde se apunta a muchos blancos por igual y simultáneamente. Se explica por que la concentración, si es bien concebida y manejada, multiplica la potencia disponible, amplía el radio de acción y ponen en tensión, en un momento y lugar dados, las fuerzas directas e indirectas para alcanzar la victoria esperad. La concentración semeja un puño cerrado cuyo golpe es firme; la dispersión, una mano con los dedos abiertos cuya potencia es mínima.

Concentrando fuerzas, en una situación de debilidad general se puede llegar a ser más potente en la lucha concreta y en el momento adecuado. Si en lo estratégico se puede luchar 1 a 10, en lo táctico, para conseguir el éxito o la victoria, se necesita ser superiores en número y potencia. Esto se puede notar en los enfrentamientos callejeros donde el muro policial organizado para impedir el paso de los manifestantes, puede ser quebrado si se cuenta con una fuerza superior, con la voluntad de lograrlo y con las técnicas del caso.

Uno de los defectos frecuentes en el trabajo partidario, en este caso en sus organismos de dirección, consiste en actuar bajo la presión de los acontecimientos, sin orden ni concierto. Si hoy tocan la campana en el este, allí vamos; si en el oeste, igual. No manejamos los acontecimientos; son éstos los que nos arrastran y envuelven. En otras palabras: no dirigimos, aunque esa es la apariencia; nos "dirige" el movimiento espontáneo. Un ejemplo será ilustrativo al respecto. En materia organizativa se carece de un plan articulado, con clara definición de objetivos a alcanzar y con prioridades establecidas. Se trabaja, muchas veces con bastante esfuerzo, y el contacto con las bases o los comités son frecuentes, casi por rutina porque que hay que cumplir tareas, pero se olvida que éstas deben responder a objetivos y planes definidos, a metas trazadas con rigor, a un orden de prioridades que permitan una administración racional de los medios y recursos, también del potencial humano disponible. El resultado es que los frutos alcanzados son pequeños sino nulos, el crecimiento minúsculo comparativamente con el esfuerzo desplegado. En el balance final, a pesar de que las condiciones para crecer son favorables, nos encontramos como esos boteros que reman y reman pero dan vueltas en el mismo lugar.

Pero la concentración de fuerzas no es de fácil aplicación. En los hechos la presión de los acontecimientos, sumado a la estrechez de miras, casi siempre impulsan a dispersar las fuerzas y a dejarse arrastrar por la presión del movimiento espontáneo. Con frecuencia nos encontramos ante muchas o varias tareas presentes, y es difícil discernir cual de ellas es la fundamental o la que ejercerá influencia en el conjunto, o nos negamos a concentrar fuerzas porque las "demás tareas son también importantes" Además están en juego diversos intereses concretos, apreciaciones unilaterales, motivaciones inmediatas, que dificultan decidir el punto de la concentración, pues supone postergar otras tareas, incluso sacrificar por el momento algunas si ello es necesario. Como en el ajedrez, a veces se debe entregar piezas menores para conservar las fundamentales o con el fin de preparar un golpe mayor.

Para entender y asumir el principio de la concentración de fuerzas es indispensable tener una visión de conjunto, panorámica, es decir estratégica, y no dejarse confundir por las partes, lo circunstancial o secundario. La dispersión es el resultado de la mirada corta y de la visión fragmentada de las cosas, es decir no dialéctica, unilateral. Implica también, al momento de definir las tareas y de actuar, una posición firme una vez tomada la decisión. Una conducción de visión corta, ambigua, vacilante o timorata, no estará en condiciones de aplicar este principio, cuya importancia es, como se ha visto, enorme para el ejercicio de la correcta conducción política, partidista o de masas.

Un elemento a tomar en cuenta con seriedad y que, sin embargo, muchas veces se pierde de vista, es que el contendiente no es ciego, ni manco ni cojo. Así como nos proponemos derrotarlo a fin de conseguir los objetivos previstos, el o ellos también buscarán alcanzar lo mismo a expensas de nuestra debilidad, falta de pericia o errores que cometamos. No olvidemos un consejo extraordinariamente útil de Sun Tzu: "si el adversario no comete errores, oblígalo a cometerlos", entonces será más fácil derrotarlo o, si el caso es inverso que nos derroten. Así, pues, estamos advertidos.



 
 
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