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REENCONTREMOS LA DIMENSIÓN
UTÓPICA
Alberto Flores Galindo
Reencontremos la dimensión utópica es el hermoso y
ejemplar testimonio que Alberto Flores Galindo nos dejó
el 27 de marzo de 1990, día de su prematura
desaparición. Renovador de los estudio de historia en el
Perú, ha publicado, entre otros libros, un estudio
heterodoxo y sobre el marxismo, La Agonía de Mariátegui
y, en colaboración con Manuel Burga, Apogeo y crisis de
la República Aristocrática. En 1986 ganó el Premio:
Casa de las Américas con el libro de ensayos Buscando un
Inca, aporte definitivo a los pagos de la utopía andina.
Con el sello El Caballo Rojo apareció Tiempo de plagas en
1988. Tito Flores tuvo una vida tan intensa y transparente
corno su obra, sabio llamado a la reflexión y la
fraternidad.
Esta publicación es un pequeño homenaje de sus
compañeros de trabajo del Instituto de Apoyo Agrario y de
sus amigos del recordado El Caballo Rojo.
Queridos amigos:
El 3 de febrero del año pasado fui asaltado
sorpresivamente por una dolencia: un glioblastoma
multiforme en el lado izquierdo del cerebro. En otras
palabras: un tipo poco frecuente de cáncer que por su
difícil diagnóstico y ubicación requería un
tratamiento fuera del país. Gracias a los amigos pude
viajar para tratarme durante dos meses en New York
(Presbyterian Hospital). Tiempo después tuve que regresar
una semana más a ese mismo hospital.
Imaginarán lo costoso que fue todo esto. A pesar de la
buena voluntad de algunos funcionarios públicos, del
Seguro Social Peruano sólo recibimos promesas, que
condujeron a dilatadas reuniones, trámites y pérdida de
tiempo. El Seguro Social, además, apenas reembolsaría
parte de los gastos. Durante varios meses, casi todos los
días, debimos ir a una y otra dependencia, buscar los
papeles. Parte de nuestra documentación se perdió; el
resto daba vueltas por las oficinas y nosotros,
tontamente, también. Este engaño lleva ya diez meses.
Estuvieron, a pesar de todo, amigos y, excepcionalmente,
algunos dirigentes nacionales que efectivamente quisieron
ayudar, pero después de casi un año no pudieron pasar de
la intención. Esto, sin embargo, es lo que más vale. El
mío no es un caso excepcional. Al Seguro Social no le
interesa ayudar a nadie, dificulta intencionalmente los
trámites y la atención. El Estado y su burocracia no
sirvieron, hasta ahora.
En cambio los amigos si. Por ellos pude viajar, hacer que
me atiendan y enfrentar los males. La amistad aquí no es
sólo una abstracción. Es un sentimiento cotidiano y
efectivo. Sin la intervención espontánea de mis amigos
no podría estar refiriendo esta historia, que me mostró
la riqueza de la amistad. Experimentar eso que llaman ser
solidarios. Muchos intervinieron e inmediatamente armaron
un gran movimiento de solidaridad. Hubo desde quienes
aportaron muy elevadas cantidades, hasta quienes
entregaron las monedas que tenían en el bolsillo. Otros,
sus visitas. Algunos sus palabras. Estuvieron también
esos niños a quienes se les ocurrió llegar con sus
propinas. Más importante fue verles y compartir su
afecto. Lo más movilizador fue la amistad. Conocidos y
desconocidos de fuera y dentro del país han intervenido.
De España, Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos
llegaron colaboraciones. Con ellos me he sentido no sólo
peruano, sino parte de todos los sitios. En estos momentos
en el Perú, cuando todo parece derrumbarse, cariño y
solidaridad me mostraron otros rostros del país. Hubiese
querido agradecer personalmente a cada uno.
No importa que no se haya podido derrotar al cáncer.
Perdí. Perdimos. El final es ineludible. Me, aguarda
-tarde o temprano, en semanas más o menos- la muerte.
Pero lo trascendente es el despliegue de apoyo que aún
sostiene mi tratamiento y a mi familia, que acompaña a
Cecilia, Carlos y Miguel en los momentos más difíciles.
La solidaridad fue moral y económica. Los amigos llegaron
incluso a vigilar mi recuperación en el hospital,
apoyaron a mi esposa, atendieron y cuidaron a mis hijos.
Mi familia es pequeña, los amigos son muchos. He debido
rectificarme, dejar a un lado mi habitual pesimismo.
Descubrir la fuerza de la solidaridad,
Aunque muchos de mis amigos ya no piensen como antes, yo,
por el contrario, creo que todavía siguen vigentes los
ideales que originaron al socialismo: la justicia, la
libertad, los hombres. Sigue vigente la degradación y
destrucción a que nos condena el capitalismo, pero
también el rechazo a convertirnos en la réplica de un
suburbio norteamericano. En otros países el socialismo ha
sido debilitado; aquí, como proyecto y realización,
podría seguir teniendo futuro si somos capaces de
volverlo a pensar, de imaginar otros contenidos. Esto no
es la ,moda. Es ir contra la corriente. También debemos
enfrentarnos a los cultores de la muerte o a aquellos que
sólo piensan en repetir las recetas de otros países. El
desafío creativo es enorme. (¿Podremos?)
Es un desafío, además, donde están en juego nuestras
vidas y la edificación del país (¿Una sucursal
norteamericana?) (¿Qué hacer con el Perú?) (¿Será
posible el socialismo?).
Hasta ahora, entre 1980 y agosto de 1989, se han producido
17,000 muertes. Asesinatos de propietarios, obreros,
desempleados, campesinos. Todos tienen rostros y nombres
aunque los ignoremos. Esto ha ocurrido en un país
"democrático", con el silencio, de la derecha,
pero también ante la inacción de la izquierda. Muchos
convertidos en espectadores. No sólo estamos frente a
desafíos económicos, sino también frente a
requerimientos éticos.
Ahora muchos han separado política de ética. La eficacia
ha pasado al centro. La necesidad de criticas al
socialismo ha postergado el combate a la clase dominante.
No sólo estamos ante un problema ideológico. Está de
por medio también la incorporación de todos nosotros al
orden establecido. Mientras el país se empobrecía de
manera dramática, en la izquierda mejorábamos nuestras
condiciones de vida. Durante los años de crisis, debo
admitirlo, gracias a los centros y las fundaciones, nos
fue muy bien y terminamos absorbidos por el más vulgar
determinismo económico. Pero en el otro extremo quedaron
los intelectuales empobrecidos, muchos de ellos
provincianos, a veces cargados de resentimientos y odios.
En definitiva, lo que nos resultará más costoso es haber
separado moral de cultura. Socialismo es crear otra moral.
Otros valores.
A pesar de algunos intentos y ciertos personajes
minoritarios, hemos convivido con el despliegue del
autoritarismo y la muerte. La mayoría de los
intelectuales y demasiados dirigentes políticos de
izquierda hemos perdido la capacidad de vivir y sentir la
indignación. Supimos de tantos enfrentamientos como el de
Molinos, en el que entre los subversivos no hubo presos,
ni heridos: sólo 62 muertos de los q el MRTA : apenas
reconoce 42, Estas son ejecuciones. Nadie protestó,
reclamó, denunció, se indignó. Esta es una pérdida de
moral en la izquierda. Como este hay muchos otros casos.
Nos hemos acostumbrado a vivir así. Nadie se atreve a
decir que hay gran cantidad de muertos, inocentes
ejecutados por las fuerzas represivas. No se puede decir
esto en público, sin romper y colocarse fuera del
"orden democrático". Pero si no lo dicen todo
empeora. Puedo decir todo esto con tranquilidad y sin
miedo. No temo a lo que me puedan hacer. No deberíamos
aceptar el armamentismo que nos quieren imponer. También
nos hemos acostumbrado a los crímenes del otro lado. En
este clima no nos asombra que se quiera hacer proyectos de
paz y desarrollo imponiendo el orden de las fuerzas
armadas. Imposición de los dominadores.
No creo que haya que entusiasmar a los jóvenes con lo que
ha sido nuestra generación. Todo lo contrario. Tal vez
exagero. Pero el pensamiento critico debe ejercerse sobre
nosotros. Creo que algunos jóvenes, de cierta clase
media, tienen un excesivo respeto por nosotros. No me
excluyo de estas críticas; todo lo contrario. Ha ocurrido
sin discutirse, pensarse y, menos, interrogarse. Espero
que los jóvenes recuperen la capacidad de indignación.
Estos problemas ya han sido planteados, aunque sin éxito,
en otros sitios y tiempos. Fue el caso de los populistas.
Nombre para diversas corrientes que aparecieron en Rusia y
otros países de Europa Oriental desde mediados del siglo
pasado. Al principio, enfrentados con Marx, quien luego
admitió, la posibilidad de otra vía al socialismo que no
implicara la destrucción del mundo campesino. Hasta allí
llegó. Los populistas, a su vez, se diversificaron y
enfrentaron entre sí. Desde los legalistas hasta quienes
perfeccionaron la práctica del terror. No tuvieron una
sola línea y son vigentes por los problemas que
percibieron y las respuestas y polémicas que
desarrollaron. Planteados dos los problemas siguieron
presentes hasta cuando, tiempo después, se eliminaron
todas estas discusiones con los muchos desaparecidos o
muertos por el estalinismo.
En el Perú sólo hemos pensado en una tradición
comunista, olvidando a quienes fueron derrotados pero que
quizá planteaban caminos que pueden ser útiles para
discutir. No buscar otra receta: hacemos una. En todos los
campos. Insistir con toda nuestra imaginación. Hay que
volver a lo esencial del pensamiento critico, lo que no
siempre coincide con mostrarse digerible o hacer proyectos
rentables. Es diferente pensar para las instituciones que
hacerlo para los sujetos.
El socialismo no debería ser confundido con una sola
vía. Tampoco es un camino trazado. Después de los
fracasos del estalinismo es un desafío para la
creatividad. Estábamos demasiado acostumbrados a leer y
repetir. Saber citar. Pero si se quiere tener futuro,
ahora más que antes, es necesario desprenderse del temor
a la creatividad. Reencontremos la dimensión Utópica.
El, socialismo en el Perú es un difícil encuentro entre
el pasado y el futuro. Este es un país antiguo. Es
necesario redescubrir las tradiciones más lejanas, pero
para encontrarlas hay que pensar desde el futuro. No
repetirlas. Al contrario. Encontrar nuevos caminos. Perder
el temor al futuro. Renovar el estilo de pensar y actuar.
Lo que resulta quizá imposible sin una ruptura con esos
Izquierdistas excesivamente ansiosos de poder, apenas
interesados en lo que realmente sucede.
Sospecho que no hay tiempo indefinido. Desde el siglo XVI
las culturas andinas excluidas y combatidas han podido
resistir, cambiar y continuar. Fueron derrotadas al
terminar el siglo XVIII. Desaparece entonces la
aristocracia andina, se combate a la sociedad rural, se
deporta y extermina a sus miembros. Sin embargo,
subsistirá el mundo campesino. En el siglo XX, nuevos
enfrentamientos. Primero a principios de la década de
1920, después alrededor de 1960, y ahora. El capitalismo
no necesita de ese mundo andino: lo ignora. Se propone
desaparecerlo. Sobre todo ahora que tenemos nuevamente un
discurso liberal, repetitivo y dirigido contra las formas
de organización tradicionales. Dispone de instrumentos y
posibilidades que antes no tenía.
Esto ha sucedido en otros lugares, pero aquí no es
inevitable destruirlo.
Hay que proponer otro camino. Fue advertido por José
María Arguedas, pero desde su muerte han transcurrido
veinte años y nuestro desafío es cómo y de qué manera
evitarlo. La respuesta no sólo está en un escritorio.
Exigirá un cambio de vida. Lo que se proponía Arguedas
en El zorro de arriba y el zorro de abajo no era el
regreso al pasado, sino la construcción de una nueva
sociedad, donde:
"Todo eso es para ganar plata. ¿Y cuando ya no haya
la imprescindible urgencia de ganar plata? Se
desmariconizará lo mariconizado por el comercio, también
en la literatura, en la medicina, en la música, hasta en
el modo como la mujer se acerca al macho. Pruebas de eso,
de lo renovado, de lo desenvilecido encontré en Cuba.
Pero lo intocado por la vanidad y el lucro está, como el
sol, en algunas fiestas de los pueblos andinos del
Perú". (J. M. Arguedas, El zorro de arriba y el
zorro de abajo, p. 22, Lima, Editorial Horizonte, 1983.)
Esto fue un proyecto formulado hace veinte años. Ahora se
requiere que quienes se dedican al marxismo y las ciencias
sociales continúen con ese proyecto pensando en el
futuro. Los científicos sociales no lo piensan hasta
ahora suficientemente. No hay que limitar el horizonte del
pensamiento a cosas locales. Ese libro, en contra de lo
que podría suponerse, no se refiere a problemas locales,
sino que aborda el conjunto de la sociedad para incluir
propuestas alternativas.
Fue hecho hace veinte años, repito. Sin embargo, la
izquierda no ha podido todavía responder a este desafío:
Tiene Miedo ahora de enfrentar el futuro. En un país como
este, la revolución no sólo reclama reformas sino la
formación de un nuevo tipo de sociedad. En el país se ha
comenzado a discutir el lugar de los campesinos,
colocándolos no sólo como anécdotas, sino pensados como
protagonistas. Hay que discutir el problema del poder, y
no sólo acerca de la producción y los mercados: dónde
está el poder, quiénes lo tienen y cómo llegar a él.
Cuestionar el discurso liberal. Los jóvenes lo pueden
hacer. Muchos somos viejos prematuros.
La derecha avanza en todos los terrenos. Quisieran estar
listos militarmente. También dan la ilusión de un nuevo
discurso. Un discurso en realidad cínico, que tiene tras
suyo muchos muertos. Pero esa derecha sigue siendo una
suma heterogénea de individuos con intereses
particulares, muchas veces demasiado vinculados al
exterior. Tampoco tiene un solo proyecto. Por el
contrario. Aparte de las discrepancias hasta ahora no
asumen la construcción de una sola alternativa.
Ante ello, algunos izquierdistas frecuentan más las
recepciones que las polémicas y cultivan los buenos
modales, se visten a la medida. En otro lado de la ciudad,
las marchas, los enfrentamientos callejeros, largos,
agresivos, se han vuelto frecuentes. Reclaman respuestas
urgentes. ¿Las buscamos?
La cuestión se plantea sólo como el dilema entre quienes
admiten la violencia y quienes optan por la vía legal.
Así como hace falta una nueva alternativa, es necesario
pensar el camino. Algunos creen que hay recetas ya
establecidas y que apenas tienen que aplicarlas. Cuando
las revoluciones han tenido éxito no ha sido así. Todo
lo contrario: siempre han sido y serán excepcionales.
El socialismo en el poder empezó sorpresivamente en 1917,
hace sólo setenta años. Apareció apenas terminada la
primera guerra mundial en un país y en un lugar que se
suponía uno de los espacios más atrasados, donde no se
producirla uno de estos cambios sustanciales. Sin embargo,
allí surgió el socialismo que, años más tarde,
después de la segunda guerra mundial, se expandirla a
otros territorios, al Asia, al África. La empresa
capitalista, en cambio, lleva ya algunos siglos de
expansión. Las puertas al socialismo no están cerradas,
pero se requiere pensar otras vías. Una tercera, cuarta,
quinta forma. Un socialismo construido sobre otras bases,
que recoja también los sueños, las esperanzas, los
deseos de la gente. Uno en el que se dé cabida también a
estas necesidades.
Se requiere de los intelectuales. Pero insisto: lo
lamentable es el desencuentro entre ellos y la militancia
política. Aquí también hay una responsabilidad de
quienes han estado demasiado preocupados por la lucha
inmediata, la imposición de una secta, la disputa del
poder minúsculo. Así se envejece. Será muy difícil
que, estemos a la altura de las circunstancias. Pero no
todo está perdido. Pueden aparecer otros personajes.
Además, ya tenemos hijos. Ojalá pierdan admiración y
respeto esos jóvenes, y asuman lo que no ha podido ser
hecho. Pasar cuarenta años en este país es haber hecho
demasiadas transacciones, consentimientos, silencios,
retrocesos. Domesticados.
Algunos imaginaron que los votos de izquierda les
pertenecían. Pero las clases populares piensan, aunque no
lo crean ellos. No dan cheques en blanco. Recordemos cómo
fluctúan las votaciones. Los pobres no les pertenecen.
Pero el socialismo -insisto- exigirá para su futuro un
cambio radical en el discurso. Revolución no es sinónimo
sólo de violencia. Hace falta proponer una nueva sociedad
alternativa. Ahora es un poco tarde. En toda revolución
hay siempre un sector demasiado radical que aparece al
final. Aquí el desarrollo de los acontecimientos ha sido
diferente. Ha surgido primero y no obstante empezar desde
un sector reducido, ha conseguido seguir existiendo y
hasta incrementar el número de sus seguidores. Ha
aparecido un sector demasiado radical, que ha derivado en
el fanatismo, el sectarismo y el crimen. Ha conseguido
funcionar y por lo menos tener un relativo éxito en
ciertas regiones. Con el tiempo se ha ido tornando más
sectario y su acción política ha derivado en una
práctica contaminada con lo criminal. Son capaces dé
eliminar a dirigentes populares, como hace la derecha.
¡Qué horrible! ¡Esta gente que era de izquierda! Y los
demás no se lo recriminan. Guardan silencio.
Aquí -como más o menos en otros espacios- no se puede
predecir y anunciar el futuro. El futuro no está cerrado.
Si doy esa impresión me corrijo. No hay una receta.
Tampoco un camino trazado, ni una alternativa definida.
Hay que construirlo, resultado de los múltiples factores:
la experiencia de la izquierda, los discursos del pasado,
los nuevos problemas. Ahora, en el Perú, hay demasiadas
posibilidades contrapuestas. Los enfrentamientos son más
duros con enormes costos en vidas, pero los caminos siguen
apareciendo. No es frecuente pero queda también la
posibilidad de un socialismo masivo, revolucionario, pero
sin asesinatos.
En estos momentos podemos dividir el espectro político
del país básicamente en tres. Tenemos de un lado a la
derecha, aglutinada y representada por el FREDEMO,
aparentemente homogéneo, pero en realidad con diversos
intereses que pugnan en su interior. Tenemos también a
Sendero Luminoso y al MRTA, uno transitando a la acción
criminal y el otro insuficientemente creativo y sin
propuesta social. Está también la izquierda Unida en el
centro, entre uno y otro. Esta izquierda oficial empeñada
en participar en las elecciones y en los mecanismos
tradicionales de poder, se aleja del movimiento popular,
es étnica y culturalmente distante de las mayorías
populares. No puede sentir como ellos y no los incorpora
en los cargos dirigenciales. Pero no es tampoco
homogénea. De una izquierda que hace algunos años se
pensaba toda revolucionaria, se han ido desgajando y
delimitando algunos sectores: Uno transita hacia la
derecha o el APRA. Aparentemente la mayoría quiere
persistir tercamente en el centro. Se empeña en las
reformas. Muy pegado a ellos hay también un sector, más
pequeño, que quiere ser revolucionario, no criminal, que
quiere remover las estructuras, no reformarlas, que
empieza a plantearse el problema de la construcción de un
socialismo original. Todavía no existe una alternativa
revolucionaria diferente, cuajada. Requiere de esfuerzo,
de creación; están allí sus elementos pero no puede
crecer liderada por profesionales de clase media.
No repetir, crear otro tipo de dirigente. Dar cabida a
otros sectores sociales y a los jóvenes. Ellos no deben
seguir haciendo lo mismo, no pueden. seguir pensando como
hace veinte años. Las cosas han cambiado.
Hay quienes sienten su urgencia y quienes piensan que
tienen tiempo. Es más: no es sólo un problema de tiempo.
Hay también uno geográfico. Las posibilidades de acción
política son diferentes según las regiones del país.
Los problemas no se pueden pensar igual desde Lima, desde
Ayacucho o la región central.
No se tome todo esto como una crítica por alguien
-insisto- que se imagina por encima. Todo lo contrario. Es
en parte una autobiografía. Termino evitando ponerme como
ejemplo de cualquier cosa. Lo cierto es que, como en otros
sitios, hemos sido una intelectualidad muy numerosa, pero
a la vez poco creativa. Incapaces de dar a nuestro propio
país la posibilidad de un marxismo nuevo. Intelectuales y
políticos ignoran el pasado, la historia, lo que han
sido. Demasiado modernos. Incapaces de elaborar un
proyecto. Todos son mis amigos. Insisto que mientras en
muchos otros países latinoamericanos el socialismo ha
sido destruido, aquí sigue vigente. Todavía. A pesar de
estar arrinconado. La izquierda se divide. La mayoría, en
estos momentos, parece derechizarse. Pero también está
esa minoría que se radicaliza. Hay una posibilidad de
izquierda en todo esto, pero debe tomar forma.
Muchas gracias a todos los amigos y desde luego, sobre
todo, a quienes discrepan conmigo. Siempre mi estilo
agresivo pero que no anula el cariño y el agradecimiento
con todos ustedes, más aún con quienes más he
discutido. Discrepar es otra manera de aproximamos. Y,
desde luego, cuando acudieron a ayudarme no les interesó
saber qué posición tenía en la cultura o en la
política.
Un abrazo. ¡Qué buenos amigos!
Alberto Flores Galindo
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