| |
IDEOLOGÍA COMUNISTA Y PROBLEMAS
DE ORGANIZACIÓN
A MANERA DE INTRODUCCIÓN
Saludo a los camaradas que participan
en esta importante reunión de trabajo dedicada a examinar los
problemas de organización del Partido.
En primer lugar, debo reconocer la
iniciativa y el esfuerzo de los camaradas de la Comisión de
Organización para llevarla a cabo. Cada cierto tiempo necesitamos
realizar reuniones de trabajo como ésta, para examinar la
situación, sintetizar las experiencias, corregir lo que haya que
corregirse, y fortalecer los aspectos correctos y positivos.
La organización, como es conocido,
es la fuerza material que necesita el Partido para llevar a cabo sus
objetivos políticos previamente trazados. Como su propósito es
llevar a cabo la revolución y construir el socialismo, la forma
cómo se organiza corresponde a este objetivo estratégico. En tal
sentido, es parte fundamental de la construcción del Partido y
tiene, a su vez, sus principios y métodos propios. No obstante, si
se sobredimensionara las formas o técnicas de organización, las
normas o reglamentos, a expensas de la construcción ideológica y
política, el Partido perdería su sentido.
Un asunto que concentró la atención
del VII Congreso fue la apremiante necesidad de fortalecer la labor
ideológica en el Partido. Partimos del reconocimiento de que, a
este respecto, no se trabajó como se debiera ni se le asignó el
lugar preponderante que le corresponde en la construcción
partidaria. Los resultados están a la vista. Al reconocer
autocríticamente este error, nos encontramos en mejores condiciones
para superarlo con el concurso de todo el Partido.
Sabemos que el trabajo de
organización no está suspendido en el aire. Responde a objetivos y
necesidades concretos, pues nadie se organiza por el simple deseo de
hacerlo a manera de un arquitecto que un día amanece de buen humor
y elabora a capricho planos para construir un edificio que nadie
solicitó. Sabemos que éste se construye con una finalidad
determinada, de acuerdo a condiciones previamente establecidas:
terreno, objetivo, financiación, etc. Ocurre algo parecido con el
Partido. Responde su edificación a una necesidad concreta:
construir las fuerzas que hagan viable el socialismo en el Perú. La
diferencia es que aquí el objetivo es netamente político y los
actores se enrolan voluntariamente porque creen en el proyecto. Son
hombres y mujeres conscientes, poseedores de una teoría que alumbra
su camino, el marxismo leninismo, entregados a una lucha
irreductible para sustituir el capitalismo por el socialismo. Esta
no es una lucha cualquiera, sino un esfuerzo enconado y titánico
para transformar la sociedad venciendo la resistencia de fuerzas
poderosas que jamás permitirían que sus intereses y privilegios
escapen fácilmente de sus manos. En esta batalla el partido
político del proletariado es de fundamental importancia para el
logro de tales objetivos y, desde luego, es el tipo de organización
que se necesita para hacerlos realidad. Sus características,
formas, estilos o métodos deben adecuarse a los fines y a las
condiciones de la lucha en que está empeñado.
Siendo su razón de ser la política
revolucionaria, subrayamos otro elemento importante a ser tomado en
cuenta: el factor humano; los hombres y mujeres que van a
intervenir, actuar, decidir y jugar el papel determinante en ese
proceso. Sin embargo, ocurre que las personas no se asemejan en nada
a una ruma de ladrillos: son personas que piensan y actúan, dueños
de una cosmovisión del mundo y de su realidad concreta. No existe
humanidad en abstracto. En las sociedades de clase sus integrantes
pertenecen a una u otra clase o fracción de clase, cuyo sello se
refleja en el pensamiento, comportamiento, en las percepciones,
sentimientos o intereses que tienen.
La ideología del Partido y su
fundamento teórico es el marxismo leninismo, y su base social el
proletariado. Pero el marxismo leninismo debe operar según las
condiciones del Perú y su revolución, debe ser guía que oriente
el trabajo de los comunistas y no dogma, una teoría que se
enriquezca y desarrolle dando respuesta a los problemas que plantea
la realidad cambiante del mundo y del país. El pensamiento y
acción de Mariátegui representan un ejemplo extraordinario a
continuar acerca de cómo entender, asimilar y llevar a la práctica
el marxismo.
La ideología -se tenga conciencia de
ella o no- influye en todos los aspectos de la vida, en la actividad
que realizamos y también en la labor de organización partidaria.
Desde luego, la ideología que representamos es la comunista. No
obstante, no existe garantía absoluta de que otras ideologías no
comunistas se filtren e influyan, causando estragos en nuestras
filas. Tolerarlas, por negligencia o ceguera, terminará
contaminando, en distinto grado, nuestro pensamiento, estilos de
trabajo y acción, originando deformaciones ideológicas no
comunistas, desviaciones políticas ajenas al socialismo,
distorsiones organizativas como burocratismo, sectarismo,
autoritarismo, indisciplina, anarquía o violación del centralismo
democrático. Necesitamos darnos cuenta que los comunistas no somos
inmunes a tales ideologías y estilos de trabajo, ajenos al Partido,
que es indispensable una constante educación y lucha ideológica
para frenar y eliminar su influencia.
Pongamos como ejemplo el
espontaneísmo que venimos criticando con fuerza desde el X Pleno
del Comité Central del VI Congreso del Partido. El espontaneísmo
es ideología, una concepción no comunista, independientemente de
que se introduzca también de manera "espontánea". Así
de simple, pues su expresión social es burguesa, sin importar que
se manifieste en su versión economicista, masista, empirista, o
también anárquica o terrorista. En nuestro caso, pese a los
esfuerzos realizados para terminar con él, está presente en la
actividad cotidiana con efectos negativos en la construcción del
Partido. Allí donde ha echado raíces, aún teniendo el Partido
presencia de masas, es imposible que se desarrolle o cumpla con su
papel dirigente. Es que, en última instancia, el espontaneísmo
subordina la conciencia socialista al movimiento espontáneo, la
política revolucionaria a la lucha económica y reivindicativa.
Toda persona es portadora de una
determinada ideología, la cual, a su vez, en las sociedades de
clase, lleva igualmente un determinado sello de clase que se expresa
en ideas y criterios políticos, morales, jurídicos, religiosos,
filosóficos, en actitudes, valores, concepciones o comportamientos
prácticos, muchas veces convertidos en sentido común, en supuestas
verdades que no requieren mayor demostración. De allí su
complejidad. Si no asumimos la ideología y las concepciones
comunistas, en los hechos puede ocurrir -y ocurre con frecuencia-
que reproduciremos en nuestro pensamiento y acción la ideología,
cultura y valores dominantes en la sociedad capitalista, o también
la ideología pequeñoburguesa. Y, al reproducirlas, las
convertiremos en maneras de pensar y actuar que influyen en nuestra
acción política, arrastrándonos bien a errores de derecha o
"izquierda" que en nada favorecen a la causa socialista.
Es correcto el criterio de que para
transformar el mundo se debe empezar por transformar el propio mundo
subjetivo. No se puede construir lo nuevo con actitudes,
pensamientos y hábitos caducos. Este es un principio que los
comunistas deben tomar permanentemente como guía para su acción
Por esa razón, es de fundamental
importancia que la ideología comunista -sus concepciones, valores y
estilos- orienten las actividades del Partido, en confrontación con
las ideologías de la burguesía, las precapitalistas subsistentes,
o las tendencias al eclecticismo y a la conciliación propios de la
pequeña burguesía. Es que en el ámbito de la ideología no es
posible la conciliación: eres o no eres comunista. El eclecticismo
es completamente ajeno al proletariado. No debe haber ningún
aspecto de nuestra actividad política y práctica que no tenga como
base la ideología comunista. Si lo descuidamos, repito, podemos
trabajar duro, acertar en muchas cosas, pero a la larga los
objetivos revolucionarios no serán cumplidos.
2. LOS PRINCIPIOS DE DIRECCIÓN Y LA
LABOR ORGANIZATIVA
En lo que al Partido concierne, el
arte de dirección tiene que ver con su habilidad para guiar y poner
en acción a las masas populares y sus organizaciones. Implica, por
lo mismo, sus estilos y métodos de trabajo revolucionarios, la
formación y el uso inteligente de sus cuadros, la creación y
correcta administración de los medios materiales y humanos que
aseguren el cumplimiento de sus decisiones.
Algunos principios fundamentales de
dirección están planteados en la Resolución del VI Pleno del
Comité Central "Problemas de dirección en el Partido",
de septiembre de l996, y en el folleto "Perfeccionar la labor
de los organismos de dirección del Partido y de las masas",
aprobado por el Buró Político en abril de l997. Ocurre, sin
embargo, que aún no logramos sacarnos de encima el estilo
formalista de trabajo: se aprueban documentos que luego se archivan,
perdiendo así su sentido orientador. Sucede con frecuencia que
tomamos los textos, miramos el forro y luego los dejamos de lado
porque hay cosas prácticas "más urgentes" que resolver.
Esto, desde luego, es un grave error que no debe tolerarse. El
menosprecio del estudio, de la teoría, de la elevación intelectual
y cultural, no tiene nada que ver con el comunismo. El marxismo
leninismo se funda en la ciencia, en la investigación, en el
conocimiento multilateral de los fenómenos, absorbiendo las
conquistas más avanzadas de la humanidad. Desde luego que la
teoría separada de la práctica, de la acción revolucionaria para
transformar la realidad, tampoco tiene sentido.
Los documentos referidos abordan los
problemas de dirección y algunos principios básicos para una más
eficiente labor dirigente. No podemos plantearnos ninguna tarea de
organización, y en general ninguna otra, sin partir del principio
de objetividad, es decir del análisis de las condiciones reales,
del reflejo en nuestro cerebro de los hechos objetivos. No olvidemos
que partir de la realidad tomando como dato básico los hechos, es
un principio fundamental del Partido. No estamos construyendo un
partido al estilo burgués, tampoco pequeño burgués, sino un
partido político de la clase obrera, comunista, que surge de la
misma realidad del país, cuya misión y razón de ser es llevar a
cabo, a la cabeza del pueblo peruano, la revolución y el socialismo
en sustitución del capitalismo, el neocolonialismo y los remanentes
feudales subsistentes. La lucha de clases entre el proletariado y la
burguesía -así como sus manifestaciones económicas, políticas,
sociales, culturales, morales, ideológicas- es una realidad
objetiva y su reflejo se expresa también en todos los aspectos de
la actividad del Partido como en la conciencia y en la acción de
sus militantes.
Erróneamente, muchas veces se
entiende la labor organizativa como un asunto técnico o formal,
exclusivamente organizativo, es decir: voy a las bases, reúno a los
militantes, informo las tareas del momento, averiguo si funcionan o
no las células, y entonces siento cumplida mi función como cuadro
y dirigente político. No me preocupo por explicar ¿qué tipo de
partido necesitamos construir?, ¿por qué asumimos una determinada
forma de organización partidaria?, ¿por qué debe tener tales o
cuales características y no otras?, ¿en qué consiste la
diferencia cualitativa del Partido Comunista, por ejemplo, respecto
de un partido de la burguesía o la pequeña burguesía?, ¿cuáles
son sus fundamentos ideológicos y teóricos?; o descuido estudiar
con los miembros de las células o los comités los problemas que
enfrentan, sus causas políticas, ideológicas o cognoscitivas, las
dificultades en su relación con las masas, sus estilos y métodos
de trabajo, indispensables para ayudar a resolverlos. Un partido
así, es más de burócratas que de comunistas que luchan por el
cambio social.
Nada de lo que caracteriza al Partido
está colocado arbitrariamente. Si el marxismo es ciencia, estamos
obligados a entenderlo así también en la esfera de su
construcción orgánica, de modo que corresponda con las exigencias
de la lucha y con las condiciones concretas en que se produce esa
lucha. La primera exigencia que debe tomar en cuenta un organizador
del Partido es investigar la realidad en donde actúan los comités
y las células, tener una percepción detallada del ambiente en el
cual cada uno desarrolla su actividad, conocer la composición
social, el funcionamiento del aparato estatal, de las organizaciones
políticas y populares existentes, las aspiraciones de la gente, su
situación económica, sus tradiciones y manifestaciones culturales,
la sicología de sus habitantes, la correlación de fuerzas, así
como las potencialidades para el desarrollo del Partido, etc. Todos
estos factores influyen al momento de construir el Partido, tomar
decisiones políticas y establecer los métodos de trabajo. Cuando
no se les toma en cuenta la construcción orgánica se convierte en
asunto de rutina, de suma y resta: si tenemos tres militantes
creamos una célula; si sumamos tres células, se puede constituir
un comité local, y así sucesivamente. Entonces no interesa saber
cómo se manifiestan las clases y la lucha de clases, si cuentan o
no con una orientación política ajustada a su realidad, si los
organismos partidarios están bien conformados o si los militantes
conocen los documentos y decisiones del Partido o tienen
dificultades para entenderlos y llevarlos a la práctica, si su
educación ideológica y política es apropiada o no, si es adecuada
su relación con las masas. Recorremos el país, visitamos las bases
con esfuerzo, para al final de cuentas constatar que los resultados
son magros y que nuestra ignorancia de la realidad concreta es un
hecho lamentable.
¿Cómo se puede orientar así a los
comités y a las células o unir sus militantes para la lucha por el
cambio revolucionario de la sociedad? Esa es una de las razones que
explican el incipiente crecimiento del Partido, la débil formación
ideológica, política y cultural de los militantes, las elementales
formas de dirigir, la deficiente vinculación del Partido con las
masas o, en todo caso, habiéndola, se queda en la lucha
reivindicativa, sin nexos con la lucha democrática,
antiimperialista y socialista. Deberíamos tener como verdad
incuestionable la conocida expresión de Mao: Quien no investiga no
tiene derecho a la palabra. En suma, investigar para ayudar a
resolver los problemas y elevar constantemente la calidad de los
organismos y la propia militancia. La objetividad es un principio al
que debemos atenernos siempre. En otras palabras: partir siempre de
las condiciones reales, de los hechos, no de los deseos subjetivos.
Otro principio importante fue
resumido de manera brillante por Lenin: análisis concreto de la
situación concreta. Toda realidad es concreta y nunca exactamente
igual a otra. Las formas de organización, sus técnicas y métodos
corresponden a la realidad que es el Partido como a las necesidades
que debe dar respuesta; además, la verdad es siempre concreta,
verificable. Principios básicos como el centralismo democrático,
la dirección colectiva y la responsabilidad individual, por
ejemplo, se mantienen en el tiempo pero sus relaciones, el peso o el
grado del centralismo o la democracia varían con las
circunstancias. En una situación de lucha clandestina, de
ilegalidad y persecución del Partido, no se organizará de la misma
manera que en otra de lucha legal o semilegal. Otro ejemplo: cuando
hablamos de la célula como forma básica de organización del
Partido, se tiene una visión más o menos aproximada de la que
definió Lenin en "Un paso adelante, dos pasos atrás".
Pero se olvida que entonces Rusia vivía bajo la más feroz
autocracia y que la ilegalidad era el ambiente en que debía
trabajar el Partido. El Perú de hoy dista de la Rusia de entonces.
Dadas esas condiciones, las formas
cómo se organiza el Partido y cómo se constituyen y funcionan las
células no pueden ser idénticas, aunque la obligatoriedad de la
militancia celular o del centralismo democrático exista en ambos
contextos. Incluso en nuestro caso, el Perú urbano no es similar al
Perú rural, ni las tradiciones étnicas y culturales son las
mismas. Desde luego que los principios de organización permanecen
(el Partido como suma de organizaciones y no de individuos, el
centralismo democrático, entre otros) pero sus formas y
procedimientos deben adecuarse a las condiciones concretas de hoy.
Si éstas cambian habrá que realizar las modificaciones que las
circunstancias aconsejen. Cuando esta premisa no se entiende se
actúa de manera mecánica, rígida y uniforme. Los resultados
están a la vista. Los criterios sectarios que se padecen, la
rutina, el formalismo, son hijos de esa manera de pensar. Además,
hay que entender la diversidad de formas de organización
existentes: partidos, frente único, sindicatos, organizaciones
culturales, profesionales, vecinales, deportivas, etc.
Un tercer principio es la
integralidad, el cual rige también en el trabajo de organización.
Es frecuente el descuido al respecto. Muchas veces nos dejamos
entusiasmar por las exigencias del momento, por la parte más
visible y fácil, e incurrimos en apreciaciones unilaterales o
superficiales. En otros casos se separa la construcción orgánica
de la política o de la ideología, como si fuesen cajones
separados, en lugar de entenderlos como un todo articulado, donde la
ideología y la política constituyen el factor determinante. No nos
es ajeno, por ejemplo, el desajuste entre la organización y la
acción reivindicativa, de un lado, y la lucha y la organización
revolucionaria, del otro, como si entre ellas hubiera una muralla
china que las apartara. Sin una visión de integralidad no estaremos
en condiciones de articular las partes, de hacerlas jugar el papel
que les corresponde en la cadena de la construcción del Partido de
vanguardia y en la realización de su misión revolucionaria.
Tampoco se puede entender la labor organizativa separada de la
cultura, de la política, de la ideología, de los valores éticos,
de los estilos fundamentales que caracterizan al partido de la clase
obrera, y menos todavía separada de las masas y sus luchas. Todos
estos aspectos están interrelacionados, aún cuando, al mismo
tiempo, tienen sus principios específicos, sus métodos
particulares, que hay que conocer y manejar adecuadamente.
Esta falta de visión totalizadora
está fuertemente arraigada entre nosotros. Tenemos, por ejemplo,
decidida la reconstrucción del Partido; no obstante, en sus inicios
ésta se entendió como un asunto básicamente cuantitativo, por eso
la atención que muchos camaradas prestaron al reagrupamiento
orgánico dejando de lado la integridad del proceso que sólo el X
Pleno del VI Congreso concibió apropiadamente. No se entendió que
el reagrupamiento orgánico era sólo un aspecto, una fase del
proceso de reconstrucción del Partido. Estamos conscientes de que
no nos proponemos construir un nuevo Partido, y menos optar por una
nueva ideología o programa distintos al marxismo leninismo y al
socialismo. Todo lo contrario: queremos que el Partido funcione
mejor en la órbita del marxismo leninismo y de la realidad concreta
que es el Perú de hoy. Nos proponemos un salto de calidad en
respuesta a la crisis vivida, para hacerlo más eficaz, maduro, de
masas, superando aspectos que ya no funcionan o funcionan
deficientemente y corrigiendo errores acumulados que se han
convertido en verdaderas trabas para su desarrollo.
Vean ustedes cómo las empresas o la
misma burguesía se reorganizan, inventan conceptos como
"reingeniería" o "calidad total" para hacer
más eficientes la empresa o el Estado capitalista. Con ello no
dejan de lado su naturaleza burguesa, pero necesitan, objetivamente,
para sus fines de clase y competitividad actualizar sus estructuras
empresariales y estatales, hacerlas más eficientes y menos
costosas, más adecuadas a sus intereses y a las condiciones que
imponen los cambios técnicos. ¿Por qué optan por esa
reconversión? Porque han cambiado las condiciones reales, por la
enorme competitividad en los mercados, para reducir los costos de
producción y sacar de la crisis sus estados, etc. En suma, si la
organización fordista que caracterizó a las empresas ha colapsado
y el Estado benefactor es oneroso y atenta contra la alta tasa de
ganancia del capital, entonces proceden a reformarlos para hacerlos
más eficientes e instrumentales a sus intereses, sin renunciar, por
ello, a sus objetivos de clase.
Muchas veces ocurre que los
comunistas dejamos en el estante la dialéctica, cerramos los ojos a
la realidad, nos acostumbramos a lo establecido, nos gana la pereza
intelectual y la rutina. Entonces nos olvidamos que el Partido
Comunista se funda en la ciencia, en los hechos, en la relación
constante entre teoría y práctica, que necesita
"autocomprobarse" permanentemente, ajustar sus políticas
y sus métodos a las condiciones reales sin, por ello, perder su
horizonte, sino buscando precisamente que éste sea alcanzable.
Además, tenemos una vieja herencia ideológica que es el
dogmatismo, el cual marcó profundamente el pensamiento y la acción
de los comunistas peruanos, embotando o distorsionando el desarrollo
teórico del Partido. ¿No es acaso esto verdad? Romper con esa
costra ideológica, sustituirla por el pensamiento marxista creador,
como proponía Mariátegui, es un componente fundamental de la gran
tarea de la reconstrucción partidaria.
Estos problemas son, como vemos,
asuntos determinantes en la labor organizativa.
3. ENFOQUE CONCRETO EN EL TRABAJO DE
ORGANIZACIÓN
Al abordar los problemas de
organización existe el riesgo de exagerar la ideología y perder de
vista o descuidar sus principios particulares, cayendo nuevamente en
la unilateralidad.
Ya hemos dicho que la organización
tiene principios, métodos, formas, normas que le son inherentes,
independientemente de que en su trasfondo esté siempre presente la
ideología y la política. Además, existe una variedad enorme de
organizaciones políticas, sociales, económicas, culturales,
sindicales, étnicas, de género, deportivas, etc. El Partido es una
forma específica de organización política del proletariado
peruano. Por eso la necesidad que tenemos de contar con un enfoque
concreto acerca de lo que es propiamente la construcción orgánica
del Partido.
Si examinamos el sistema de
organización, el funcionamiento de las células y los comités, o
la aplicación del centralismo democrático en el Partido, notaremos
rápidamente gruesas fallas y desviaciones. Poniendo como ejemplo el
centralismo democrático, observaremos que al lado de errores en su
aplicación -que facilitan en unos casos tendencias anárquicas y
liberales o autoritarias, en otros- existe una incomprensión de sus
fundamentos teóricos, políticos e ideológicos. Si este principio,
que es el más importante en el terreno organizativo, no funciona o
funciona mal, no esperemos que el Partido se encuentre en capacidad
de llevar a cabo sus políticas, cumplir sus tareas, tener
disciplinadas sus filas. Sin democracia interna se abrirán paso el
autoritarismo y el verticalismo, y no nos encontraremos en
condiciones de captar la sabiduría colectiva del Partido y de las
masas, ni de comprometer a éstas en la lucha que promovemos. De
otro lado, si no funciona adecuadamente el centralismo, se abrirá
paso la anarquía, se debilitarán la cohesión interna y la
capacidad de dirección, y tampoco estaremos en condiciones de poner
en práctica las decisiones adoptadas poniendo en movimiento la
iniciativa de la gente. Necesitamos democracia como centralismo,
libertad como disciplina, espíritu de sacrificio como satisfacción
moral. Esto no se logra por la vía puramente administrativa, sino a
través de una firme educación y lucha ideológica, de la
compenetración con la política del Partido, sumados al control en
el cumplimiento de las tareas. Quienes poseen un firme espíritu
partidista y una práctica partidista, poseerán también una
sólida actitud democrática y de respeto a las masas, junto con la
firme determinación y disciplina para llevar a cabo las decisiones
asumidas.
Los comunistas estamos obligados a
estudiar las leyes y principios que rigen la construcción orgánica
del Partido, sus formas y métodos. Existen principios universales,
aplicables a todas las formas de organización (el Estado, los
partidos políticos, las empresas, los sindicatos, las cooperativas,
el ejército, etc.). Necesitamos estudiarlos así como asimilar la
experiencia internacional del proletariado, sin descuidar en ningún
momento lo que es propio del Partido en las condiciones del Perú,
de la lucha de clases tal como se presenta, del momento concreto en
que nos encontramos. Sería erróneo creer que nada tenemos que
aprender de otras experiencias o de otras formas de organización,
como lo sería también imitarlos ciegamente sin tomar en cuenta
nuestra realidad y objetivos. Lo que nos proponemos construir es un
partido revolucionario de masas eficiente, moderno, creativo, que
despliegue el entusiasmo y las cualidades de sus militantes,
unificado en el pensamiento y la acción, enraizado en las masas,
que crezca en el número de sus militantes y su influencia, capaz de
convertirse en la alternativa que el pueblo peruano aguarda.
Al abordar los problemas de
organización estamos obligados a diferenciar aquello que es propio
del Partido de aquello que corresponde a organizaciones tales como
el MNI, la Juventud Comunista, la Juventud Popular u otras formas de
organización de frente único, sindical o de masas. Es erróneo
medir todas ellas con la misma regla y utilizar los mismos
procedimientos y métodos. A cada cual lo que le corresponde. No
considerarlo nos genera problemas. Muchos camaradas confunden el
Partido con el MNI, o el sindicato con el Partido, y trasladan
mecánicamente los métodos de uno a otro. Este es un tema que debe
merecer nuestra atención y hacer el esclarecimiento del caso. Un
partido de vanguardia no puede entender la organización solamente
como lo propio, olvidando la suma de organizaciones que dirige,
influye o necesita ganar bajo su influencia. Sólo el Partido nunca
será suficiente, incluso en el socialismo. ¿O creen ustedes que
podríamos conseguir nuestros objetivos revolucionarios dejando de
lado el frente único, los sindicatos, las organizaciones de masas,
culturales, de género? No olvidemos que los grandes ríos son la
suma de decenas o cientos de afluentes, ninguno de ellos igual al
resto. Es pues indispensable que las tomemos en cuenta, reconociendo
sus peculiaridades y sus formas específicas. Depende de nosotros
saber unirlas y canalizarlas hacia el objetivo común.
El enfoque concreto es igualmente
necesario al momento de examinar el trabajo organizativo del
Partido. Si actuamos así nos preguntaremos: ¿por qué el Partido
funciona en algunos lugares y en otros no?, ¿por qué en algunos
comités se incrementa el número de militantes y en otros se
estanca y decrece?, ¿por qué los comités no funcionan o funcionan
deficientemente?, ¿por qué las células son débiles y muchas
veces con escaso o nulo vínculo con las masas populares? ¿por
qué, finalmente, nuestra raíz en el proletariado continúa siendo
débil?. Si no se toman en cuenta las circunstancias concretas en
que se halla el Partido y sus militantes, usaremos un rasero único
para todos los casos, y entonces el resultado será siempre
negativo. Partiendo de las cuestiones generales, estamos en la
obligación de atender la circunstancia concreta, donde siempre
estarán presentes distintos factores que hay que examinar en
detalle.
4. EL ESPONTANEÍSMO EN LA
CONSTRUCCIÓN
ORGÁNICA DEL PARTIDO
Nos encontramos ahora en mejores
condiciones para entender dos errores frecuentes en el trabajo
partidario: el espontaneísmo y el formalismo.
Por lo general la construcción
partidaria no marcha bien allí donde los militantes se dejan
envolver por la lógica de la lucha económica y sindical. Muchos
militantes ganados principalmente en lucha de masas y no educados en
los principios y tradiciones del Partido, no alcanzan a consolidar
un firme espíritu partidista. Ellos son excelentes sindicalistas,
expertos en la lucha de masas, con el corazón del lado del
comunismo, pero su pensamiento, su ideología, y su actitud, no son
todavía comunistas. No es una exageración lo que decimos, sino una
realidad demostrable. Es que no se llega espontáneamente a la
conciencia socialista, y no es suficiente la emoción social para
ello.
Este es un hecho sobre el cual no se
reflexiona debidamente; no es, pues, suficiente ser obrero o buen
sindicalista para ser comunista, de la misma manera que no basta
llenarse la cabeza de conocimientos teóricos. El comunismo es una
concepción y un método, una manera de pensar y actuar propios del
proletariado, que se asume a través del estudio, la reflexión y la
práctica revolucionaria como un todo único.
Las manifestaciones espontaneístas,
en muchos casos, influyen también en el trabajo de dirección y
organización. Conocemos camaradas convencidos de que la experiencia
práctica acumulada es suficiente. Se olvidan que, si el marxismo es
ciencia, hay que asumirlo como tal en todos los aspectos del trabajo
partidario. Sólo el conocimiento multilateral de la realidad y el
dominio de las leyes que la rigen nos permitirá dirigir
concientemente la nave de los procesos sociales. Si no trabajamos
así serán los acontecimientos los que nos arrastren de un lado a
otro, como a hojas el viento.
Pongamos un ejemplo: el trabajo
realizado por el Partido en el proletariado minero o en el
magisterio. El recuento de la experiencia indica que fue muy bueno
dirigir la atención a ambos sectores, desplazando fuerzas
importantes con ese propósito. Sin embargo, cabe una pregunta: si
el Partido trabajó intensamente en ambos sectores llegando a
dirigir sus sindicatos, movilizándolos en luchas heroicas,
incorporando numerosos militantes provenientes de sus filas, ¿por
qué su hegemonía ideológica y política siempre fue y es aún
débil? Podemos decir lo mismo del trabajo que hicimos con la
juventud universitaria en la década de los sesenta y setenta, cuya
radicalidad y masividad es un hecho histórico. ¿Qué fue lo que
trabó la elevación de esas masas de la lucha económica y
reivindicativa a la conciencia socialista? ¿Qué permitió que se
confundiera, muchas veces, la relación del Partido con la
organización económica de los trabajadores, en este caso los
sindicatos, como si fuese la relacionen con la clase, con los
trabajadores? La respuesta es una sola: la introducción en el
Partido, desde mucho tiempo atrás, del espontaneísmo, es decir, de
la subordinación del factor consciente y socialista al movimiento
espontáneo, así como la creencia de que se puede acceder al
socialismo desde el movimiento económico de los trabajadores. A
ello contribuyó una tradición fuertemente dogmática, en unos
casos, o empírica, en otros, que dominó el pensamiento del
Partido, lo cual explica también su insuficiente desarrollo
teórico y cultural.
Esta situación llevó a identificar
la influencia del Partido en las masas trabajadoras y populares, no
por su vigencia ideológica, política y cultural, sino sobre todo
por su presencia gremial. A mayor presencia del Partido en las
cúpulas sindicales o en la conducción de sus luchas
reivindicativas, parecía también corresponder una mayor vigencia y
justificación revolucionaria. Desde luego que es indispensable
trabajar en los sindicatos u otras formas de organización
reivindicativas de los trabajadores y el pueblo en general, como lo
es también encabezar sus luchas; acerca de esto no debe caber la
menor duda. El problema comienza cuando se reduce a este papel la
actuación del Partido. En otra dimensión, ocurre lo mismo cuando
se trata de la lucha electoral, que lleva a la creencia de que la
contabilidad de los votos obtenidos representa, por sí misma, la
hegemonía ideológica, política y cultural alcanzada por el
Partido, olvidando muchas veces su carácter voluble, sobre todo en
sociedades como la nuestra, donde el electorado es más emocional
que consciente.
Situaciones como las señaladas
llevan a distorsionar la relación que debiera existir entre el
Partido y la clase, entre la vanguardia y las masas, entre el
militante comunista y el afiliado sindical, lo que facilita en los
hechos la supeditación de la acción del partido al movimiento
económico de los trabajadores, del espíritu partidista al
activismo sindical. En estas condiciones es muy difícil o casi
imposible construir el Partido como verdadero partido de vanguardia,
llevar la ideología socialista a los trabajadores, generar en ellos
una verdadera conciencia de clase, puesto que el economismo y su
expresión ideológica, el espontaneísmo, representan, quiérase o
no, la presencia de la ideología burguesa y no precisamente
proletaria y comunista.
Sin llevar a cabo una lucha firme
para erradicar del Partido la influencia del espontaneísmo y el
empirismo, su hermano gemelo, y sin producir una rectificación de
fondo al respecto, no estaremos en condiciones de dar pasos seguros
en la reconstrucción partidaria. Tanto más cuando ellas tienen
hondas raíces en la historia de nuestra organización. El
formalismo, que es otro estilo de trabajo negativo, se explica por
lo anterior. Allí donde prevalece el espontaneísmo la teoría
carece de importancia o, en todo caso, es secundaria, así, el
programa o las decisiones políticas pierden su fuerza porque domina
la lógica del movimiento, de lo inmediato, de la lucha cotidiana.
Esto explica el divorcio frecuente entre las decisiones que se toman
y la voluntad para llevarlas a la práctica, de modo que los
acuerdos muchas veces se convierten en papel amarillo, en mero
formalismo.
Llegado a este punto es conveniente
aclarar que el espontaneísmo que criticamos se da en la esfera del
Partido y tiene que ver con la concepción y la actitud de los
comunistas. No se puede calificar de la misma manera la acción
espontánea de las masas, que es cosa distinta. Las masas, por sus
propios medios, espontáneamente, no llegan a la conciencia del
socialismo. Por eso la importancia del partido de vanguardia. Pero
el partido de vanguardia, sin la clase y sin las masas, sin su
iniciativa histórica y capacidad de creación, tampoco alcanzará
el socialismo. De lo que se trata hoy es de reconocer que los
comunistas representan el factor conciente, dirigente, teórica y
programáticamente capacitados e ideológicamente preparados para
enfrentar al capitalismo y proponer una alternativa económica y
social cualitativamente superior, pero de ninguna manera la fuerza
motriz del desarrollo histórico. Sin la participación de las masas
la revolución y el socialismo son inviables. A fin de cuentas, el
Partido es un instrumento, no una finalidad; pero un instrumento
dotado de cualidades especiales igualmente indispensables para el
éxito de la revolución y el socialismo. Es de fundamental
importancia entender la trabazón dialéctica entre vanguardia y
masas populares, donde éstas son, en definitiva, el punto de
partida y de llegada de la revolución y el socialismo.
El comunista, donde quiera que se
encuentre, es primero comunista, y por eso mismo servidor de las
masas populares. Desde esa opción puede actuar en todas las esferas
de la actividad social. El maestro, obrero, campesino o joven
comunistas, por ejemplo, organizará a los trabajadores y la
juventud, impulsará y orientará su organización y sus luchas,
difundirá las ideas progresistas, democráticas, patrióticas y
socialistas, criticará al capitalismo y sus patrañas, difundirá
los valores, ideas y puntos de vista que él abraza. Buscando
siempre la unidad del pueblo despertará su conciencia de clase y lo
ayudará a entender la realidad y defender sus intereses de hoy y
futuros, motivando la confianza en sus fuerzas y organizándolos en
el Partido.
5. LA IDEOLOGÍA Y EL TRABAJO DE
ORGANIZACIÓN
Al considerar los problemas de
organización debemos hacerlo en íntima vinculación con la
ideología y la política. Los camaradas encargados del trabajo
organizativo deben tenerlo siempre presente. Dijimos que la
organización por la organización misma no conduce a ninguna parte.
La organización es la fuerza material para llevar a cabo la
política. Es un medio, no el objetivo a alcanzar. Por aquí
deberíamos empezar siempre. En segundo lugar, si la política es el
objetivo a conseguir, la ideología es la fuerza espiritual y moral
que permitirá que los militantes del Partido se atrevan a luchar
venciendo cualquier dificultad para alcanzar ese objetivo. La
ideología nuestra es el marxismo leninismo, el comunismo, la
concepción del mundo del proletariado.
El descuido de la labor ideológica
lleva a la confusión y a la pérdida de brújula, en última
instancia, a la pasividad o al oportunismo. Tomemos como ejemplo la
disciplina normada en el Estatuto partidario. No es suficiente su
reconocimiento. Se necesita estar convencidos de que es
indispensable para el éxito de la lucha que enarbola el Partido y,
en ciertas circunstancias, implica renunciar a satisfacciones
personales, sufrir persecución o el sacrificio de la propia vida en
aras de los intereses del pueblo y la nación. Quienes piensan que
es un asunto de autoridad, de firmeza, están parcialmente en lo
cierto. Pero si se descuida la educación en el espíritu comunista
será una disciplina basada en el miedo antes que en la conciencia
del deber y la responsabilidad, por eso mismo frágil y formal.
La lucha en que estamos empeñados
los comunistas será siempre ardua. Con frecuencia nos veremos
sometidos a pruebas duras. Habrán reveses que serán parte del
costo que pagaremos para aprender, desarrollarnos y alcanzar la
victoria. Solamente quienes se forjan en esa lucha y pasan sus
pruebas estarán preparados para combatir no un año o un
quinquenio, sino la vida entera. Es una convicción que se apoya en
una causa justa, en la confianza infinita en el pueblo, en la
indignación frente a la explotación del capital y sus lacras, en
la certidumbre de un futuro mejor para el pueblo trabajador y la
humanidad.
Los adversarios de esta causa son
inmensamente poderosos en lo económico y político; tienen a su
disposición todos los medios de propaganda y de la fuerza; cuentan
a su favor con la hegemonía ideológica y cultural acumulada a lo
largo de siglos. Toda ese poderío no será fácil vencer. Pero
tampoco son invencibles, puesto que marchan de espaldas a la
historia. No tienen la verdad ni la razón de su parte ni les
pertenece el futuro. En última instancia será el pueblo el
artífice de su emancipación nacional y social. Pero esta tarea no
será factible si no cuenta con el partido de vanguardia que oriente
su acción pertrechado con las ideas avanzadas que representa el
socialismo. Tenemos así que la lucha ideológica atraviesa todas
las esferas de la actividad del Partido y lo confronta en todos los
órdenes con la ideología burguesa e imperialista, hegemónica en
la sociedad.
Siendo así las cosas, no debe
sorprendernos que el peso de la ideología en el trabajo del Partido
en general, y de organización en particular, sea de fundamental
importancia. No entenderlo llevará a encontrar soluciones
organicistas, burocráticas o formalistas de los problemas. En ese
ambiente se abrirán paso, inevitablemente, el sectarismo como el
individualismo, el subjetivismo como la pasividad, y en no pocos
casos, el oportunismo político. Quien tiene una clara conciencia de
su misión al lado del proletariado y el pueblo, firmes sus
convicciones marxistas leninistas, mantendrá en alto las banderas
del socialismo y no las arriará ante ninguna dificultad o derrota
temporal, inevitables en el camino. Los tránsfugas de la izquierda
y el marxismo, que han mostrado tan penoso espectáculo en la
última década, primero se doblegaron a la presión ideológica del
capitalismo y el neoliberalismo, luego perdieron confianza en la
política revolucionaria y, finalmente, optaron por el ventajismo y
la prebenda que les ofrece el sistema. Una vez capitulados en sus
convicciones lo demás fue cobijarse en cualquier espacio que les
diera ventaja.
Cuando un dirigente o cuadro de
organización toma contacto con las bases no lo hace con fines
protocolares o administrativos, como informante de las directivas de
los organismos dirigentes. Lo hace, sobre todo, como dirigente
político y orientador ideológico. Solamente quienes están
animados por un estilo de trabajo burocrático y formalista se
relacionan con los comités y las células como funcionarios, para
quienes sólo cuenta el número, los asistentes, la rutina. Quienes
se comportan de esa manera descuidan el trabajo paciente y
responsable, la educación de los camaradas en el espíritu del
marxismo leninismo, de la línea y el programa del Partido,
desconocen la realidad al mismo tiempo que se muestran insolventes
para ayudarles a resolver sus problemas, perfeccionar sus métodos
de dirección y trabajo, elevar su conciencia revolucionaria. Es
verdad que su atención será siempre el funcionamiento orgánico
del Partido, pero si se queda allí ¿de qué construcción del
Partido podemos hablar? Si esto es así en organización, lo es
también con igual importancia en las demás esferas del trabajo
partidario.
Tiene razón Mao Zedong cuando
señala metafóricamente que la mente de nuestros camaradas y el
trabajo de nuestro Partido pueden cubrirse de polvo y deben ser
limpiados y lavados. Si no se barre frecuentemente la casa ganará
espacio la basura. Sin una lucha ideológica activa, franca,
honesta, fraterna, el Partido no podrá impedir que se filtren en
sus filas las ideas, valores, costumbres o puntos de vista
decadentes. La lucha ideológica en el Partido haciendo uso de la
crítica y la autocrítica franca y honesta, del examen reflexivo de
la experiencia y de los hechos, son requisitos para mantener
vigoroso al Partido y firme la unidad en sus filas. La
autocomprobación de los comunistas, de la que hablaba Lenin, es lo
que necesitamos.
¿Quién vencerá? Los tránsfugas
del socialismo demuestran que esta lucha es ardua, que la capacidad
de atracción y corrupción de la burguesía es enorme, que esta
batalla ideopolítica y de valores es decisiva para la causa
revolucionaria.
Algo tenemos que aprender de las
religiones. Esto parecerá una osadía pero no lo es. ¿Por qué la
gente ingresa a los cultos religiosos y se aferra a ellos? ¿Por
qué sus iglesias están llenas mientras a nosotros nos cuesta
convocar unos cientos de personas? Ninguna iglesia resuelve los
problemas materiales de la gente. Les ofrece un futuro irreal y, sin
embargo, la gente está allí. Es verdad que funciona la
manipulación. Es verdad que nada de lo que predican los pastores o
sacerdotes tiene asidero para entender la realidad y resolver las
urgencias de su vida cotidiana. Pero un pueblo aplastado por la
crisis, doblegado por la pobreza, sumido en la desesperanza,
abrumado por la ideología de la resignación y el fatalismo,
encuentra allí un respaldo moral y emocional que no halla fuera,
una forma de terapia para relajar sus tensiones, una esperanza
aunque sea imaginaria. La política que hacemos es muchas veces
fría, cerebral, rígida. Le falta ese elemento de pasión, de fe,
de mística, tan vital para las grandes obras. Nuestras reuniones
están marcadas por un estilo pesado y tenso; los debates muchas
veces agrios y las sesiones interminables, agotan. Muchas veces en
lugar de salir de nuestras reuniones optimistas, relajados,
convencidos de lo que hay que hacer, partimos fatigados, con más
dudas que respuestas. Este estado de ánimo desde luego que no ayuda
ni permite trabajar bien.
Resumiendo: ¿Cuál es la columna
vertebral de la acción y el trabajo de organización? La respuesta
es concreta: esa columna es la labor ideo-política. ¿Significa
desmerecer o dejar de lado los principios, normas, métodos o
técnicas de organización? De ninguna manera. Implica solamente
poner las cosas en su lugar. Si la ideología falla y la
orientación política no es entendida y asumida, o es incorrecta,
todo lo demás fallará, camaradas.
6. EL PARTIDO COMO FORMA SUPERIOR DE
ORGANIZACIÓN
Estamos convencidos que el Partido es
la forma superior de organización del proletariado. En este punto
no hacemos ninguna concesión. Lo que implica reconocer que existen
otras formas de organización, tantas como tenemos problemas o
necesidades a resolver. Esto es así en el campo de la burguesía
como del proletariado. No obstante, sólo a través de la
organización de los trabajadores en partido político que
represente sus intereses de clase, éstos pueden alcanzar plena
conciencia de su situación y de su misión histórica, y también
capacitarse política, intelectual, moral y orgánicamente para
llevarla a cabo, es decir emanciparse del yugo de la explotación
del capital y construir la sociedad nueva que es el socialismo. Este
es un asunto crucial para entender la misión y la responsabilidad
del Partido, y también el compromiso que significa ser comunista.
Cediendo a la ofensiva ideológica
del capitalismo y el imperialismo, exagerando los reveses sufridos
por el movimiento comunista internacional o los cambios técnicos y
científicos y su implicancia en la organización del trabajo, hay
quienes, en lugar de dar un paso adelante haciendo avanzar el
marxismo-leninismo, ceden y hacen concesiones ideológicas y
teóricas. Ponen en cuestión, por ejemplo, la existencia de las
clases sociales y la lucha de clases, la vigencia o naturaleza del
socialismo, la misión histórica del proletariado, o principios de
organización como el centralismo democrático al que
responsabilizan de la burocratización y el autoritarismo en
determinados partidos comunistas.
El marxismo, desde el momento en que
tiene un carácter científico, debe responder a los cambios que se
producen en la sociedad aportando explicaciones y respuestas a los
problemas nuevos. Esta es una exigencia permanente de los
comunistas. No obstante, no podremos cumplir con esa tarea
colocándonos en posiciones defensivas o capitulando ante las
presiones del imperialismo y el neoliberalismo. De allí la
importancia de la lucha de ideas, una de las formas fundamentales de
la lucha de clases. En esta cuestión los comunistas peruanos
debemos, primero, hacer esfuerzos para entender los cambios
objetivos que se vienen produciendo y adecuar nuestra actuación a
esas condiciones; segundo, frente a la ideología imperialista y
neoliberal no es posible ninguna concesión de principios; tercero,
desarrollar nuestro propio camino en la lucha por la revolución y
el socialismo, pensando con cabeza propia y desplegando la
iniciativa y creatividad del pueblo peruano; cuarto, impulsar la
unidad más amplia contra el imperialismo y el neoliberalismo en el
ámbito nacional, latinoamericano y mundial.
Consideradas así las cosas, pronto
se advertirá que el Partido, además de ser una escuela de combate
contra el enemigo de clase, es también una escuela de camaradería,
de fraternidad, de apoyo mutuo entre los camaradas y entre éstos y
el pueblo, de solidaridad como individuos y como grupo humano, de
satisfacción moral y elevación intelectual, cultural y moral de
los comunistas. Todos estos elementos son importantes al momento de
abordar la labor organizativa y, en general, la construcción del
Partido. Estos temas, sin embargo, son descuidados y no se les
presta la atención que corresponde. El mundo subjetivo de la gente
debe ocupar una atención fundamental en nuestro trabajo.
Si la lucha que encarna el Partido
exige entrega de sus militantes, ¿qué les da el Partido en
correspondencia? Más que premios materiales les ofrece
satisfacciones morales e intelectuales. Quien se incorpora al
Partido no lo hace esperando un puesto público o una dádiva. No es
esto lo que nos une. El más alto rango de la dignidad es que el ser
humano sea de verdad libre y dueño de su destino, no esclavo de la
explotación asalariada. Reconocer que su lucha es justa porque se
alza contra toda forma de explotación, opresión o servidumbre
humana, que está al servicio del pueblo y la patria, del lado de la
inmensa mayoría expoliada por el capital y el imperialismo. Por eso
somos socialistas y luchamos por el socialismo y la futura sociedad
comunista. Es el compromiso, en suma, por la causa más noble y
elevada. Vale recordar las palabras vibrantes de Mariátegui:
abandonar a los humildes, a los pobres, en su batalla contra la
iniquidad es una deserción cobarde... La política es hoy la única
grande actividad creadora. Es la realización de un inmenso ideal
humano. La política se ennoblece, se dignifica, se eleva cuando es
revolucionaria. La revolución será para los pobres no sólo la
conquista del pan, sino también la conquista de la belleza, del
arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu.
¿Hay algo más precioso que esta misión conscientemente asumida?
La respuesta no se deja esperar: ¡No!
La conquista del pan pero también de
la belleza, del pensamiento y las complacencias del espíritu, en
cada comunista, en cada hombre y mujer del pueblo, en cada ser
humano. ¡Esa es la razón suprema de nuestra lucha y de nuestra
pertenencia al Partido fundado por Mariátegui!
La ideología no la entendemos
divorciada del concepto de clase. No existe ideología en abstracto,
idéntica y válida para todos por igual. El capitalista observa la
realidad social de una manera, los trabajadores, de otra. No es que
existan varias realidades. Es una, pero distintos los colores del
lente con que se la mira. Lo que está de por medio son intereses
contrapuestos: uno explota y oprime; el otro es explotado y
oprimido. El hecho de que las ideas de la clase dominante sean
dominantes en la sociedad, no significa que explotador y explotado
sientan y piensen igual, que sus intereses coincidan o que la verdad
del capitalista sea la verdad de todos. Ocurre, solamente, que su
ideología, cultura, valores, son hegemónicos, que se han impuesto
en la sociedad por el control que ejercen de la economía y del
Poder desde siempre y porque tienen, en sus manos, los medios
materiales, culturales y propagandísticos para convertirlos en
"sentido común", en "verdades" aceptadas.
Nuestra tarea consiste, precisamente, en desmitificar esas
"verdades", en confrontarlas con la realidad para hacer
evidente sus falacias, en mostrar al pueblo el camino justo, en
despertar su conciencia de clase y organizarlo para que se alce en
defensa de sus derechos agredidos y sus intereses de hoy y futuros.
¿Cómo podríamos hablar de organizar al Partido, de incorporar
nuevos afiliados, mantener encendida su confianza y entusiasmo, sin
esta labor permanente? Sobre estas cuestiones necesitamos
reflexionar más y prestarles más atención en el trabajo.
7. TRES CUESTIONES A TOMAR EN CUENTA
EN LA CONSTRUCCIÓN ORGÁNICA
Nos referiremos en esta oportunidad a
tres cuestiones importantes: el centralismo democrático, el
burocratismo y el sectarismo.
Con respecto al primero, es un asunto
tratado permanentemente en los documentos partidarios. Lo abordó
también el VII Congreso. Siempre hemos sostenido que el centralismo
democrático es el principio fundamental de organización.
Mantenemos con firmeza este punto de vista. Lo que interesa de
momento es la parte ideológica de la cuestión que se descuida,
porque se ve en el centralismo democrático su lado estrictamente
orgánico, separado de la ideología y la política, lo que es un
error. Para empezar: no existe organización política moderna donde
esté ausente el centralismo, independientemente de las formas que
adquiera. No ocurre lo mismo con la democracia, muchas veces más
formal que real. Quienes niegan el centralismo democrático, o
desconocen sus fundamentos históricos, teóricos y concretos; o
bien ceden al individualismo anárquico, socavando uno de los
fundamentos indispensables de la construcción orgánica de un
partido revolucionario. Sólo como ejemplo cabe hacer la siguiente
pregunta: ¿No funciona el centralismo democrático en el Congreso
de la República? Antes de votar una ley se debate; aprobada, es
obligatoria su aplicación responda o no a los intereses del pueblo.
Vemos así que el centralismo también funciona en los órganos del
Estado. ¿Cómo hablar entonces de su caducidad? El Partido
Comunista tiene un definido sello de clase y una misión histórica
que cumplir, en cuyo centro están los intereses de los trabajadores
y las masas populares. Le es inherente la democracia y no puede
ejercerla sin su contraparte: el centralismo. La mayor democracia
antes de tomar una decisión, el más firme centralismo para ponerla
en práctica: tal la dialéctica del centralismo democrático. Pero
el centralismo debe ser seguido de la vigilancia y fiscalización
para su cumplimiento, de la sistematización de la experiencia
realizada, de la comprobación en los hechos de la justeza o no de
la decisión tomada. Sin democracia el centralismo se convierte en
centralismo burocrático y autoritario; sin centralismo la
democracia no tendría eficacia y dará paso a la anarquía.
En el caso del burocratismo, ¿debe
enfocarse también como un asunto de método? Desde luego que tiene
que ver con los métodos de trabajo, pero es mucho más que eso. Su
trasfondo es esencialmente ideológico, puesto que se trata de la
relación del Partido con las masas populares, del dirigente con las
bases; en última instancia: cómo se dirige y al servicio de
quién. Según el marxismo leninismo las masas populares hacen la
historia. El Partido dirige pero no puede ni debe sustituirlas, ni
manipularlas ni irrogarse su representación. En segundo lugar, el
Partido sirve a las masas populares. Sin la clase obrera y el pueblo
el Partido pierde su sentido. El socialismo será obra del pueblo y
para el pueblo, correspondiendo al Partido el papel dirigente si
encarna cabalmente sus intereses y gana su respaldo. El burocratismo
es la negación y lo opuesto de la línea de masas, que es el
principio de trabajo fundamental del Partido. Donde prevalece el
burocratismo se afianza por lo general el autoritarismo, se impone
la política de "mando y ordeno", se anula la iniciativa
creadora de las masas y la militancia del Partido y, como la
experiencia muestra reiteradamente, se abre paso la corrupción. En
suma, donde se impone el burocratismo se arruinan la revolución y
el socialismo, y donde aún no han sido conquistados, los hace
imposible. No podemos decir que nos encontramos libres de
burocratismo en nuestra relación con las masas y con las bases del
Partido. Aunque hablemos todos los días de la línea de masas a las
masas, en la práctica estamos impregnados de métodos burocráticos
que necesitamos examinar con franqueza y rectificar. Aquí vale
recurrir a la frase bíblica: "Quien no ha cometido pecado que
arroje la primera piedra". Tenemos que enfrentar el
burocratismo en todas sus formas, pero el fondo del problema, más
que orgánico sigue siendo ideológico y político.
Ocurre otro tanto con el sectarismo.
¿Por qué se presenta el sectarismo en las filas del Partido, si
todos los días hablamos de la unidad más amplia para vencer al
adversario? Porque no se tiene confianza en la gente, en las masas
populares, en los militantes; porque se piensa que la verdad es
patrimonio nuestro o de los dirigentes; porque nos sentimos dueños
de la revolución, cuando ésta le pertenece al pueblo, o también
porque tenemos corta la mirada o escasos vínculos con las masas
populares. Sin las masas populares ¿de qué revolución podemos
hablar? Sin los trabajadores y el pueblo, ¿qué es el Partido?: un
muro sin cimiento, un árbol sin raíz. El sectarismo nos separa del
pueblo y empuja a éste al campo del adversario, dificultando o
incluso amenazando la causa revolucionaria. Necesitamos sumar
fuerzas siempre. Las del Partido, aún en las condiciones más
óptimas, nunca serán suficientes. Por lo demás, el pueblo peruano
está compuesto de clases y fracciones de clase, etnias, género,
culturas, etc., por lo que no es un todo homogéneo ni compacto,
sino más bien heterogéneo. Pero el sectarismo está también al
interior del propio Partido. El grupismo, las correlaciones, el
subjetivismo, la desconfianza entre camaradas, los métodos
administrativos, la chismografía, el uso de adjetivos para
calificar a las personas, son ejemplos claros de ello. Para vencer
el sectarismo es indispensable poner en juego la educación
ideológica en el espíritu de la línea de masas, encontrar los
métodos de trabajo apropiados que ayuden a sumar fuerzas y no
dividirlas, construir una cultura de la unidad que ponga en primer
plano los intereses del pueblo, la patria y el socialismo. La
intolerancia con quienes no piensan igual que nosotros, la
incapacidad para discernir correctamente lo que nos une de las
diferencias, la desconfianza entre camaradas, o la sustitución de
métodos democráticos por otros como el espíritu de grupo, los
golpes bajos, los comentarios "críticos" a espaldas de
los camaradas, el culto por los cargos, el avasallamiento que se
apoya en mayorías eventuales, entre muchos otros ejemplos, no
corresponden al ideal que abrazan los comunistas ni a sus métodos
de trabajo..
8.- EL ESPIRITU DE PARTIDO DE LOS
COMUNISTAS
El Partido Comunista es un
destacamento político de la clase obrera organizado para llevar a
cabo la revolución y construir el socialismo. Su capacidad de
combate descansa en la justeza de sus objetivos, en la confianza que
deposita en las masas populares, en su firmeza ideopolítica y en su
fuerte espíritu de organización y disciplina. El militante, a su
vez, mediante un proceso de transformación ideológica a través de
la práctica revolucionaria, del estudio persistente, de la crítica
y la autocrítica honestas, de la lucha de las masas y la actividad
organizada y la disciplina consciente, forma sus cualidades y
carácter, su espíritu comunista. Es decir, su actitud de lealtad
al Partido y a las masas populares, sus estilos de trabajo propios
del proletariado, su voluntad de lucha tenaz, sus valores morales.
Si el Partido es la forma superior de organización del
proletariado, es obvio que sin contar con él no serán posibles la
revolución ni la elevación de la clase obrera a clase dirigente.
El partidismo es, pues, un rasgo indispensable que debe caracterizar
a todo comunista.
Al momento de abordar el trabajo de
organización estas cuestiones deben merecer atención prioritaria.
Siendo débil e insuficiente el espíritu partidista y la actitud
comunista en muchos cuadros y militantes, es inevitable que estén
presentes errores, desviaciones o incluso deformaciones en el
trabajo, cuyas consecuencias políticas muchas veces son muy serias.
En el pasado, por ejemplo, no pocos
militantes que accedieron a los gobiernos municipales o al
parlamento, una vez alcanzado su "objetivo" personal se
"independizaron" del Partido, desacataron su orientación
o violaron sus políticas con argumentos venales para cubrir su
oportunismo político. Otros, a quienes se asigna determinadas
responsabilidades, al ser cambiados de ubicación hicieron o hacen
lo mismo con el argumento de ser "maltratados". Otros,
frente a las dificultades inevitables en la lucha revolucionaria,
optaron por la pasividad o se convirtieron en críticos desde las
graderías. En todos estos casos una cosa queda transparente: eran
militantes con un débil espíritu partidista, muchos de los cuales
llegaron al Partido en momentos de auge y bonanza. En realidad eran
compañeros de viaje en cuyo fuero interno pesaba el criterio de
"yo me sirvo del Partido", "el Partido se sirve de
las masas". Su ideología, en el fondo, es el pragmatismo
utilitario, el egoísmo, el individualismo, el "yo
primero", ajenos por completo al marxismo y al partidismo
comunista.
En los casos señalados, el cargo o
la representación pública se convierten en un fin, en una ventaja
personal, en lugar de entenderlos como una responsabilidad política
que les encarga el Partido y confían las masas populares. En esas
condiciones les resulta un grillete inaceptable la presencia y el
control del Partido y el de las masas populares, pues se convierten
en trabas para sus propósitos arribistas, muchas veces corruptos.
Quienes entienden así su militancia en el Partido están errados de
punta a rabo.
Esa es una de las fuentes del
oportunismo político, cuya versión más grosera, pero al mismo
tiempo más ilustrativa, son los tránsfugas, gentes sin principios
que se escudan en la democracia y la libertad para cubrir sus
trapacerías, verdaderas hetairas de la política que Montesinos
puso al descubierto y que ahora copan esferas de poder en el
gobierno toledista como ayer lo hicieron durante el régimen de
Fujimori. Son los nuevos Chirinos Soto de la política criolla.
Desde luego, la cobertura es simple: son los encargados de
garantizar la "transición democrática".
El colectivismo es al socialismo lo
que el individualismo al capitalismo. Desde luego que el
colectivismo marxista no anula la personalidad ni limita los
derechos de la persona. La verdadera libertad y la plenitud de las
posibilidades de los individuos sólo se desarrollarán en el
socialismo. Otra cosa es el individualismo que defiende la
ideología liberal burguesa, que convierte al ser humano y la vida
entera en mercancía. Aquí también nos encontramos en un tema con
fuerte contenido ideológico, donde la solidaridad, la fraternidad,
la acción colectiva, son parte componente de la política
comunista.
Examinen ustedes la experiencia de la
revolución cubana. En su orígenes, durante el Moncada, en ningún
momento se declaró socialista. "La historia me
absolverá", el extraordinario alegato de Fidel Castro, tiene
un programa democrático y su guía ideológico es Martí. Entonces
existía el Partido Popular Socialista (comunista), pero no
participó en esa gesta. Sus integrantes provenían de sectores
radicales de la juventud y la intelectualidad cubana. En todo el
período anterior al desembarco del Granma y a lo largo de la
campaña militar que termina con el derrocamiento de Batista y la
instalación del gobierno revolucionario en 1959, Fidel nunca habló
de su orientación socialista. Sólo después de la agresión a Cuba
montada por los yanquis en Playa Girón, Fidel declara el rumbo
socialista de la revolución cubana "en el momento preciso, en
el minuto exacto", como expresara en su discurso con ocasión
del 40 aniversario de aquel suceso. Este proceso, sin embargo, no
fue espontáneo, espoleado por circunstancias superiores a los
conductores de la revolución, sino consciente, manejado con visión
estratégica desde sus orígenes. En el discurso que Fidel
pronunció en la Universidad de Caracas, refiere que ya durante el
Moncada tenía una filiación socialista, pero que por razones de
manejo político y estratégico nunca lo declaró. Habría sido una
imprudencia y una falta de tacto mostrar sus cartas al adversario.
Los hechos posteriores confirmaron que tenía toda la razón. Sabía
a dónde iba, tenía las metas claras; no es que los acontecimientos
lo sorprendieron. La proclamación del carácter socialista de la
revolución cubana, precisamente en ese momento y no en otro,
mostró su extraordinaria capacidad de conducción pero también el
enorme respaldo del pueblo a la causa revolucionaria que Fidel
encarnaba. Sin ese respaldo, emocional primero, luego consciente, el
socialismo no habría tenido raíces sólidas. De allí a la
conformación del Partido Comunista de Cuba no distaba mucho, aún
cuando debió seguir un curso complejo que no es el momento relatar.
Lo que debe quedar muy claro es que la conformación del Partido
Comunista de Cuba devino una necesidad objetiva, una condición
imprescindible para la revolución y construcción del socialismo,
sin por ello renunciar a la continuidad de un proceso que nace con
la lucha por la independencia y se apoya en el pensamiento martiano.
El espíritu de partido es
fundamental en la educación de los comunistas. Si se debilita o
cede a las presiones ideológicas de la burguesía o la pequeña
burguesía, más proclive en este ultimo caso al eclecticismo; si no
se vence la ideología espontaneísta y el culto por el empirismo en
nuestras filas, no estaremos forjando comunistas con el temple que
nos legó Mariátegui, ni contaremos con el partido de vanguardia
que la revolución peruana necesita.
Somos convencidos que sin el papel
dirigente del partido del proletariado no hay socialismo. El pueblo
peruano, sin una fuerza directriz que lo guíe, una teoría que
alumbre su camino, un ideal que le señale un derrotero seguro y una
fuerza organizada que lo agrupe, ponga en movimiento y discipline,
será como un barco sin timonel ni rumbo. Entonces entenderemos
mejor la trabazón dialéctica entre pueblo y vanguardia, y
apreciaremos en toda su dimensión el papel histórico del Partido
Comunista. También el significado de la militancia comunista,
distinta en sus objetivos, compromiso y estilos de trabajo de la
militancia en un partido burgués o pequeñoburgués.
9. LUCHA DE CLASES, VALORES Y SU
IMPORTANCIA EN LA
CONSTRUCCIÓN ORGÁNICA
El socialismo, con relación al
capitalismo, representa y asume una nueva concepción del mundo y la
vida. Independientemente de las fases o condiciones concretas que
deba atravesar hasta su etapa madura, se propone sustituir la
propiedad privada capitalista por la propiedad social y de todo el
pueblo, dando término a la explotación del hombre por el hombre y
a la polarización social, desarrollar incesantemente las fuerzas
productivas, impulsar junto al progreso económico el incesante
progreso cultural y espiritual, alcanzar el bienestar del pueblo y
la convivencia racional de éste con su medio ambiente. El
socialismo peruano será, a la luz de la experiencia vivida, un
proceso prolongado, complejo y contradictorio, sobre todo si
entendemos que seguimos siendo un país capitalista subdesarrollado,
atrasado, con fuertes remanentes económicos, políticos,
ideológicos y culturales que arrastramos incluso del pasado
colonial y feudal.
Esta es una razón que explica la
necesidad de propugnar y construir una nueva cultura política y
también valores espirituales que encarnen lo mejor que hemos
acumulado a lo largo de la historia en tanto singularidad que somos
como peruanos, enriquecida con los aportes y avances logrados por la
humanidad progresista. En tal sentido, la ideología no puede
entenderse como un concepto abstracto. Se traduce en concepciones,
actitudes, estilo de trabajo, y también en valores como la
solidaridad, la fraternidad, la honestidad, la laboriosidad, el
colectivismo, la lealtad a los principios, al Partido y al pueblo;
la actitud crítica franca, constructiva y creadora; el patriotismo,
la identidad y dignidad nacionales; la libertad, la democracia, la
unidad en la diversidad que somos como país multiétnico y
multicultural; el internacionalismo, la convivencia racional con el
medio ambiente.
Entendemos la política en su alto
sentido transformador y de servicio al pueblo; jamás como un asunto
de ventajas o beneficios personales. Creemos en el pueblo como el
verdadero héroe que construye la historia. Los comunistas no
renuncian al legado histórico del pueblo peruano ni al patrimonio
creado por la humanidad, pero diferencian aquello que representa el
progreso de lo que constituyen elementos conservadores,
expoliadores, opresores.
Al proponer una cultura política
nueva, no queremos afirmar que todo comienza con nosotros. Somos un
pueblo con una continuidad histórica de milenios, y somos parte del
mundo. No tenemos por qué sentirnos disminuidos ante nadie ni por
qué imitar todo lo que viene de fuera. Nos ha costado demasiado
copiar de otros renunciando a lo propio. Los peruanos podemos
emanciparnos de yugos ideológicos que se nos imponen como verdades
inobjetables, sin por ello excluirnos del mundo, sino más bien
afirmar nuestra presencia en él desde la realidad peruana y
latinoamericana. ¡Confianza en nuestras propias fuerzas, confianza
en el pueblo, confianza en el futuro!, sintetiza un valor
fundamental que atraviesa todos los aspectos del trabajo
revolucionario, incluyendo el de organización.
¿Cómo construir el Partido con un
firme espíritu comunista entre sus integrantes, sin estos valores?
No es posible. Pero hay más. Tomando conciencia de su necesidad y
asumiéndolos en los hechos nos encontraremos, también, en
condiciones de extenderlos a la sociedad en confrontación con los
valores decadentes de las clases dominantes, de encontrar las vías
para enraizar profundamente en el corazón y en la conciencia de los
trabajadores, de modo que las palabras socialismo y comunismo no
sean conceptos genéricos sino concretos, vivos, parte de la vida
cotidiana de la gente.
El capitalismo en cualquiera de su
variantes ideológicas, políticas o económicas -pongamos por
ejemplo el neoliberalismo o la Tercera Vía- no está en condiciones
de ofrecer ni realizar estos valores. Son antagónicos a su
naturaleza como a los intereses de clase que representa. Está en la
esencia del capitalismo, sobre todo en la época del imperialismo,
extremar el individualismo, el pragmatismo utilitario, el consumismo
a ultranza, el exitismo corruptor, la ley del más fuerte, la
dependencia y sumisión a lo extranjero, el afán de lucro y la
concentración de la riqueza; en suma, la mercantilización del ser
humano, sus valores, sentimientos, su relación con su entorno
medioambiental. Los monopolios y el imperialismo, cuya ley es la
máxima tasa de ganancia, jamás serán solidarios. Su lógica es la
explotación del trabajo, la ley de la selva, el hegemonismo, la
expoliación, la mercantilización del ser humano.
10. LOS ESTILOS DE TRABAJO Y LA LABOR
ORGANIZATIVA
Los estilos de trabajo de un Partido
tienen enorme importancia en su construcción y, desde luego, en su
construcción orgánica. Los estilos de trabajo de los partidos
comunistas están asociados a la ideología, o mejor dicho, son
expresiones de la ideología comunista en el comportamiento, la
actitud y los métodos de trabajo que asumen los comunistas.
El diccionario de la lengua española
define estilo como modo, manera, forma de escribir, hablar, como
sello particular de una personalidad u organización. En este caso
se trata del modo, la manera o la forma que caracteriza el trabajo
que realizan los comunistas, que lo distingue de los partidos
burgueses o pequeñoburgueses, a quienes caracteriza igualmente su
sello particular, sus formas de trabajo. Por ejemplo: el
caudillismo, la demagogia que flota sobre todo en épocas
electorales, el desdén por las masas populares, la imitación ciega
de lo extranjero, la manipulación, el clientelaje y el
asistencialismo, la corrupción, la mercantilización de la
política, la mentira recurrente, etc.
El estilo de trabajo es un asunto al
que los partidos comunistas prestan atención especial.
Lamentablemente, después de la muerte del Amauta no ha sido así en
el caso nuestro. Es verdad que sobre el tema venimos hablando desde
un tiempo atrás, pero debemos reconocer autocríticamente que más
como frase de cliché que como una necesidad perentoria y
fundamental en la construcción del Partido.
Necesitamos construir un Partido que
posea estilos de trabajo realmente comunistas. Estilos de trabajo
que se conviertan en los rasgos fundamentales que caractericen el
pensamiento y comportamiento de sus integrantes y que, al mismo
tiempo, marquen la diferencia cualitativa del Partido del
proletariado peruano del resto de partidos y organizaciones
políticas.
La experiencia del Movimiento
Comunista Internacional es muy rica al respecto. José Carlos
Mariátegui ofrece ejemplos sumamente valiosos al respecto, aunque
no siempre valorados. Allí encontramos un punto de apoyo
inapreciable que está en nosotros, los comunistas peruanos,
asimilar y enriquecer.
Resumiendo la experiencia de la
construcción del Partido Comunista de China, Mao Zedong sintetizó
cuatro estilos de trabajo fundamentales: unidad de la teoría y la
práctica; línea de masas; crítica y autocrítica; estilo de vida
sencilla y lucha dura. Donde se establecen el dogmatismo o el
empirismo queda rota la unidad entre la teoría marxista leninista y
práctica, y sus efectos serán desastrosos para la revolución como
en la construcción del Partido. La línea de masas se fundamenta en
el concepto marxista de que las masas hacen la historia. Sin su
concurso activo no habrá revolución o, si se produce, será
expropiada por la burocracia. La crítica y la autocrítica es la
herramienta fundamental para resolver las contradicciones en el seno
del Partido, para elevar la calidad de sus integrantes y asegurar,
al mismo tiempo, el desarrollo lozano de la organización. Los
comunistas aspiran a una vida sencilla, ajena al lujo, el dispendio
o la vanidad, son servidores del pueblo, soldados de una causa
colectiva, que saben que la lucha que asumen concientemente será
ardua y difícil, sin recompensas materiales de por medio. Tales
estilos de trabajo tienen alcance mundial, independientemente de las
singularidades de cada país y revolución.
Al referirse al estilo de trabajo de
los bolcheviques, Stalin señaló que tenía dos particularidades:
a) el ímpetu revolucionario ruso, y b) el sentido práctico
norteamericano. De un lado, el ideal, la pasión, la capacidad de
entrega y sacrificio, motivados por la conciencia y la
responsabilidad revolucionarias; del otro, la determinación de
llevarlas a la práctica, de no quedarse en las palabras o en las
declaraciones, con sentido concreto y práctico de la cosas y
distante del diletantismo, la fraseología o los debates
interminables pero sosos. Sin firme sentido práctico el mejor ideal
y la mejor política quedarán flotando en el aire. Solamente
quienes estuvieron impulsados por esta conciencia y voluntad
pudieron llevar a cabo la Revolución de Octubre y continuarla en
las condiciones más difíciles.
Kim Il Sung, a su vez, sacando
lecciones del Partido del Trabajo de Corea señala, entre otros, los
siguientes estilos de trabajo: a) el espíritu combativo de
innovación y avances ininterrumpidos; b) laborar y vivir con
dinamismo y fervor; c) trabajo basado en los principios y la
imparcialidad; d) laborar abnegadamente a favor del Partido y de la
revolución; e) ser modestos y sencillos, vivir con desinterés y
honradez. Todos ellos perfectamente aplicables a nuestra realidad.
Por ejemplo, el "espíritu combativo de innovación" y de
"avance ininterrumpido": El nuestro debe ser siempre un
partido de vanguardia, abierto a lo nuevo, dispuesto a innovarse
incesantemente de acuerdo a como cambia la realidad, que no se deja
ganar jamás por la rutina ni se contenta con lo alcanzado. No
olvidemos la conocida expresión del Amauta: "El hombre llega
para partir de nuevo".
Todos estos estilos de trabajo son
valederos y pueden ser tomados como suyos por los partidos
comunistas. El problema no está tanto en el enunciado como en la
decisión de convertirlos en el modo de trabajo del partido de la
clase obrera, en el rasgo particular que lo distingue de otros
partidos no proletarios.
Mariátegui sentó importantes
estilos de trabajo que necesitamos conocerlos, estudiarlos y
tomarlos en cuenta en la construcción del Partido. Cuando expresó
que la revolución no debe ser "calco y copia" sino
"creación heroica del pueblo", señaló el derrotero de
pensar la revolución peruana con cabeza propia, partir de las
condiciones reales del país, confiar en las masas populares como la
fuerza motriz de la revolución y el socialismo. No tomarlo en
cuenta como guía del trabajo del Partido nos ha traído graves
errores y desastres.
Otro estilo suyo es la modestia, la
transparencia de sus actos, su honestidad intachable. Es decir, la
unidad entre su discurso y sus actos, sus ideales y su conducta
concreta. Nunca entendió la política como beneficio propio sino
como entrega leal a una causa que considera justa, la del pueblo
trabajador, en cuyo propósito trabajó sin desmayo hasta el último
momento de su vida.
Tampoco podemos olvidar su estilo de
trabajo prudente como tenaz, su persistencia en el objetivo trazado.
Al retornar de Europa viene con un plan preciso: "concurrir a
la realización del socialismo" en el Perú. Es lo que hace
desde el momento en que pone el pie en territorio patrio, siguiendo
una secuencia ordenada, sin quemar etapas, creando las condiciones
adecuadas para cada fase del trabajo en que está empeñado, sin
descuidar un solo momento el reforzamiento de sus vínculos con la
clase social que debía ser la impulsora de la revolución social:
el proletariado.
Finalmente, merece especial atención
su estilo de trabajo que vincula la política con la cultura, la
"conquista del pan" con la conquista del espíritu y la
belleza. Mariátegui nunca entendió la revolución como un hecho
cerrado, acabado, sino como obra siempre abierta a lo nuevo, como
unidad estrecha de la teoría y el pensamiento con la pasión, la
entrega, la fe, el sentido heroico de la vida, que hace
indispensable "la capacitación espiritual e intelectual del
proletariado, a través de la lucha de clases". ¡Qué distante
de los actuales dirigentes cuya mirada no va más allá de la grita
reivindicativa, la denuncia parlamentaria, el gesto teatral para
ganar imagen televisiva, incapaces de entender la profundidad del
mensaje del Amauta!
En la construcción orgánica los
comunistas no deben descuidar nunca la atención a los estilos de
trabajo proletarios. Requerimos hacer de ellos características
distintivas de los comunistas, fuerza motivadora de la actividad y
actitud de cada militantes desde el mismo momento de su ingreso en
el Partido, y de manera especial de sus cuadros y dirigentes.
Ustedes pueden entender ahora por qué -donde están ausentes los
estilos de trabajo revolucionarios y es débil la labor ideológica
con los cuadros y también con los militantes- penetran y generan
trastornos estilos de trabajo ajenos como el dogmatismo, el
burocratismo, el sectarismo, el subjetivismo, el espontaneísmo, el
utilitarismo, el asistencialismo, las murmuraciones, los métodos
autoritarios o el relajamiento liberal.
Piensen si es posible reconstruir el
Partido, elevar su calidad y ampliar el número de sus afiliados
allí donde conservan influencia gravitante estos estilos de trabajo
decadentes. La experiencia da una respuesta tajante: no. No hay que
ir muy lejos para observarlo con nuestros propios ojos. Miren eb
derredor suyo y constatarán que lo que estamos diciendo es verdad.
11. LUCHA IDEOLÓGICA Y COHESIÓN DEL
PARTIDO
No podemos hablar de unidad del
Partido si en su base no está la unidad ideológica y política. La
unidad orgánica es importante, sin conseguirla no alcanzaríamos
llevar a la práctica las decisiones y políticas del Partido. Pero
la unidad orgánica se funda en la unidad ideológica y en la unidad
política. Si no está clara la ideología ni definida la política,
o no son entendidas o no están en el centro de nuestras
preocupaciones como militantes revolucionarios, la construcción
orgánica (células, comités, etc.) será como una nave sin
objetivo ni fuerza que la impulse.
¿Qué se entiende por unidad
ideológica del Partido? La unidad en el pensamiento, en la manera
cómo entendemos y asumimos el marxismo leninismo y lo ponemos en
práctica, cómo entendemos la realidad que es el Perú y la
transformamos. Nuestra ideología y base teórica es el marxismo
leninismo. Partiendo del marxismo leninismo debemos examinar la
realidad peruana, y en general cada situación concreta, a fin de
dar respuestas correctas a los problemas que demandan la revolución
y la lucha de clases. Como el marxismo leninismo es una teoría
científica y, al mismo tiempo, el sustento ideológico del Partido,
la nuestra es una ideología con un definido sello de clase. En
última instancia, es la cosmovisión del mundo, la sociedad y la
vida materialista y dialéctica de los comunistas, su manera de
pensar, su punto de vista y actitud de clase, y es también su
adhesión a la línea básica del Partido. En resumen: la burguesía
tiene su cosmovisión del mundo y la sociedad; el proletariado tiene
la suya, opuesta a aquélla. La pequeña burguesía, fluctuando
entre uno y otro, ecléctica y vacilante siempre, marchará detrás
de quien es más fuerte y firme, capaz de arrastrarla ideológica,
teórica y políticamente. Un partido comunista confundido, sin
confianza en el ideal que asume, escaso de energías para definir su
propio camino y defender sus fronteras, más dispuesto a hacer
concesiones que abrirse paso por sus propios medios, no será nunca
un partido de vanguardia y estado mayor revolucionario.
Aquí nos interesa insistir en el
método para fortalecer la unidad ideológica del Partido. No es un
contrasentido hablar de unidad y, al mismo tiempo, de lucha
ideológica. En el Partido también tiene expresión la unidad y
lucha de contrarios. Por ejemplo, la lucha entre lo nuevo y lo
viejo, entre lo correcto y lo erróneo, entre lo avanzado y
atrasado. Estas son contradicciones que están presentes
constantemente y pueden resolverse a través de la crítica y la
autocrítica, que es la forma que adquiere la lucha ideológica en
el Partido, y por extensión, en el seno de las masas populares. Sin
esta lucha ideológica activa, franca, honesta, orientada a corregir
los errores, fortalecer la unidad entre los camaradas y hacer
avanzar al Partido y la causa revolucionaria, su unidad será
frágil, muchas veces más formal que real.
Somos partidarios del método de la
lucha ideológica en el Partido a través de la crítica y la
autocrítica, buscando siempre "curar la enfermedad para salvar
al paciente" y no matar al paciente conservando la enfermedad.
Desde luego, si la contradicción se antagoniza, si ya no es posible
su solución por los medios normales, el camino a seguir será otro.
Haciendo uso de la lucha ideológica
nos proponemos fortalecer la educación de los militantes, y
también de los cuadros y dirigentes, en la teoría, los principios,
línea, programa, políticas, valores, estilos y métodos de trabajo
marxista leninistas, recurriendo a la crítica y la autocrítica
para vencer la influencia ideológica de la burguesía y la pequeña
burguesía, depurarnos de las ideas y concepciones erróneas,
reeducarnos permanentemente como revolucionarios consecuentes que
luchan con tenacidad por la revolución y el socialismo.
No olvidamos, desde luego, que en las
sociedades de clase la ideología tiene también su sello de clase,
y que la ideología dominante pertenece a la clase dominante.
El objetivo de la lucha ideológica
en el Partido es fortalecer su unidad, hacerlo más impenetrable a
la influencia de ideologías extrañas, elevar su capacidad de
dirección, la calidad y disposición de lucha de sus miembros.
Veamos un caso concreto: por
decisión del X Pleno del Comité Central, refrendada luego por el
VII Congreso, tenemos una tarea: vencer en la esfera ideológica la
influencia del espontaneismo, el empirismo y el subjetivismo,
verdaderas trabas que impiden su normal desenvolvimiento y
desnaturalizan el pensamiento y la acción de sus militantes.
Planteado el problema, ¿cómo llevarlo a la práctica? Mediante la
campaña de unificación, cualificación y rectificación en torno
de las decisiones del VII Congreso. Una campaña así implica
estudiar los problemas, examinar sus manifestaciones, buscar sus
causas históricas, cognoscitivas, teóricas y clasistas, para,
conociéndolos debidamente, criticarlos a fondo, rectificarlos y
alcanzar así una nueva unidad sobre una nueva base, haciendo que
los camaradas avancen y el Partido salga más fortalecido. El
método a seguir es el de la crítica y la autocrítica franca,
honesta, objetiva, que no se parece en nada a los métodos
liquidadores y sectarios, ni cae en los vicios de subjetivismo o
liberalismo.
Como organismo vivo que es el
Partido, está sujeto a contradicciones y está obligado a resolver
problemas. Un partido monolítico como una plancha de acero, sin
contradicciones, no existe. Mientras estas contradicciones estén
ubicadas en el seno del pueblo el método para tratarlas es la
crítica y autocrítica, fundadas en el estudio concienzudo de cada
situación concreta. El nivel de conciencia y de experiencia de sus
miembros tampoco es uniforme. En su camino de avance no todo es
acierto y victoria; están presentes también errores, reveses,
retrocesos, así como peligros de desviarse hacia la derecha o hacia
el izquierdismo. Esta situación nos obliga a estar vigilantes y a
reeducarnos constantemente, a elevar nuestro nivel de conocimientos
teóricos como la comprensión de la realidad en la cual trabajamos,
a investigar y elevarnos cultural e intelectualmente, a enriquecer
incesantemente la práctica revolucionaria del Partido y su teoría
de la revolución peruana, todo ello inseparable de los esfuerzos
incesantes para vincularnos y luchar junto a los trabajadores, a las
masas populares. ¡Unidad de pensamiento y acción!
Para entender la lucha ideológica en
el Partido -muy distinta de la lucha de ideas con la burguesía-
tenemos que partir de reconocer que su objetivo no es antagonizar
las contradicciones existentes, ni excluir a los camaradas, ni
liquidar a nadie. Tiene por objetivo resolver los problemas,
cohesionar al Partido y capacitarlo para que se encuentre en mejores
condiciones para cumplir su responsabilidad histórica. Si no lo
entendemos así volveremos a incurrir, una vez más, en luchas
internas que tuvimos en el pasado con resultados desastrosos para el
Partido y la revolución peruana.
¿Dónde están aquellos camaradas
que decían tener la verdad marxista-leninista en sus manos y, en
nombre de esa "verdad" formaron fracción y dividieron al
Partido? ¿En qué han terminado? ¿Tenían razón o no? Los hechos
muestran que estaban equivocados. Todos ellos, uno a uno se fueron
disgregando hasta desaparecer del mapa político. Seguramente parte
de sus críticas fueron justas. No podemos decir que la dirección
del Partido no tuviera entonces problemas o errores. Pero debió
enfrentárselos de otra manera, recurriendo a la crítica y la
autocrítica, a la lucha ideológica franca y leal, de ninguna
manera fabricando contradicciones artificiales, promoviendo
grupismos y fracciones, introduciendo el método vedado de la
calumnia y de los adjetivos liquidadores, llevando a una discusión
divorciada de la realidad y ajena a las tradiciones del marxismo
leninismo.
Para que haya una lucha ideológica
sana, camaradas, tiene que haber confianza y respeto entre nosotros,
debemos aprender a querernos porque somos combatientes de una misma
causa, entender que esa lucha al interior del Partido tiene por
objetivo corregir los errores y mejorar el trabajo, no liquidar ni
excluir ni desacreditar a nadie. Lo que se busca es que seamos
mejores como Partido y como comunistas y que nos encontremos en
mejores condiciones para servir a la causa revolucionaria en que
estamos empeñados. Es posible que algunos ya no avancemos al ritmo
deseado; otros quizá se queden en el camino; pero hagamos los
esfuerzos necesarios para que la mayoría avance, se cohesione y
contribuya en la reconstrucción del Partido y en el cumplimiento de
las tareas revolucionarias.
A mi juicio, nos encontramos en
condiciones inmejorables para llevar a cabo la tarea de reconstruir
el Partido y convertirlo en un verdadero Partido revolucionario de
masas. El problema no está fuera, sino en el factor subjetivo, en
nosotros. Existen sin embargo dos peligros que debemos advertir y
evitar. En primer lugar, el Partido se cierra, se mantiene sordo y
ciego a esta realidad, sigue en lo mismo, con estructuras que no
funcionan como corresponde, sumido en la rutina, en el espontaneismo
y el empirismo, evitando hacer política de cara a las masas,
timorato ante los fenómenos nuevos o la presencia de fuerzas
juveniles, separado de la clase social que representa; entonces, en
lugar de crecer y avanzar permanecemos estancados desaprovechando
una oportunidad excepcional para el relanzamiento del Partido. O, en
segundo lugar, nos abrimos en desorden, arrastrados por la ola del
movimiento espontáneo o por las urgencias electorales, entonces
tendremos un crecimiento anárquico, donde mucha gente se incorpora
empujada por la dinámica espontánea o por intereses puramente
electorales sin que el Partido tenga la capacidad de absorber,
depurar, cualificar y cohesionar ese contingente. Son dos
posibilidades, que hay que prever y evitar.
Está claro que el Partido no
avanzará en su reconstrucción ni ésta será la deseada, fuera de
la lucha de clases en sus diversas formas y de la lucha de masas. El
Partido no se parece en nada a una torre de marfil. Es un organismo
vivo, actuante, inmerso con todos sus poros en la lucha de clases.
La lucha de masas no espera a que estemos mejor. Está allí, con
nosotros o sin nosotros. No existe ningún indicio que asegure que
el régimen de Toledo traerá prosperidad y estabilidad. Además,
hay muchas tensiones y expectativas que exigen respuesta, que no
será fácil satisfacer. Esto lo venimos diciendo con insistencia.
Siendo así las cosas debemos estar presentes en esa lucha y, por
eso mismo, necesitamos acelerar los trabajos internos para hacerlo
en mejores condiciones. Esta misma apreciación vale con relación
al trabajo en el MNI y la JP. Un problema que se presentará y que
debemos estar preparados para resolverlo bien es el siguiente: cómo
articular la campaña por la unificación del Partido con el
movimiento de masas, la lucha política y la construcción del MNI y
la JP. En términos más generales el reto es: cómo integrar en un
plan único la reconstrucción del Partido, la reconstrucción de la
izquierda y su unidad, el movimiento social en desarrollo. En lo que
concierne a la construcción orgánica esta realidad dejará
también su impronta, y hay que entenderla como tal tomando medidas
urgentes que el VII Congreso las ha definido con claridad. Desde el
X pleno del VI Congreso venimos insistiendo en que, con el auge
inicial de masas, el Partido enfrentará una contradicción que debe
ser tomada en cuenta: entre las potencialidades crecientes para la
recuperación y el desarrollo de la izquierda, de un lado, y las
capacidades reales del Partido que no están aún a la altura de
esas exigencias, del otro. Esta contradicción es hoy más real que
nunca
Resumo. Debemos encontrarnos
preparados para enfrentar actitudes conservadoras que se resisten a
los cambios que la realidad impone y que se aferran a los hábitos
establecidos; y también tendencias anárquicas y liberales que
subordinan la calidad a la cantidad o se dejan arrastrar por la ola
del momento, perdiendo de vista los principios y los objetivos
históricos que animan al Partido.
12. LA CUALIFICACIÓN IDEOLÓGICA Y
POLÍTICA ES DE
FUNDAMENTAL IMPORTANCIA PARA UN CORRECTO
TRABAJO ORGANIZATIVO
En las condiciones señaladas el
Partido tiene urgente necesidad de prepararse para canalizar,
orientar y organizar ese potencial que se muestra a nuestros ojos.
Potencial que, con toda seguridad, se incrementará en los próximos
años. Hoy día es fácil olfatear que la población espera
respuestas concretas a sus problemas, en particular las generaciones
nuevas. Mucha gente siente que el neoliberalismo no le garantiza
nada, que el Perú necesita cambios de verdad, que ya no puede
esperar más. La impaciencia es la antesala de la protesta y la
rebeldía. Pero la impaciencia y la rebeldía popular necesitan ser
canalizadas, orientadas, organizadas, dándoles un derrotero seguro.
El oposicionismo ciego, a la larga, es errático y embota la
conciencia de los trabajadores.
En estos años campeó la ideología
neoliberal instalando el apartidismo y la despolitización, el
pragmatismo y el "exitismo", el asistencialismo y la
resignación, en vastos sectores de la población, en especial en la
juventud. Las ideas marxistas casi desaparecieron del escenario.
Muchos que declaraban su filiación comunista, socialista o
marxista, se pasaron al campo adversario o al centro izquierda.
Además, se debilitó el prestigio del socialismo, sobre todo luego
del derrumbe de la ex URSS y por el accionar senderista. Esta fase
difícil para los comunistas peruanos está pasando. Ingresamos en
un nuevo periodo de flujo inicial de masas, que se extenderá en el
futuro próximo. En este escenario es indispensable intensificar la
lucha de ideas para poner en evidencia la naturaleza del
imperialismo y el neoliberalismo, para mostrar las falencias del
capitalismo, al mismo tiempo que esclarecemos las ideas, programa y
propuestas que representamos. No es pequeña la tarea que tenemos
por delante. Conscientes de ella, estamos obligados a prepararnos
para enfrentarla, prepararnos sin pérdida de tiempo.
Necesitamos prestar más atención al
arte de dirección y sus implicancias en el trabajo organizativo.
Una correcta conducción política reclama igualmente una correcta
capacidad organizativa que permita canalizar y articular, en los
diferentes aspectos, esas potencialidades en desarrollo. Al
reconocer la importancia de la labor organizativa en el Partido no
debemos tampoco dejar de lado o descuidar las demás formas de
organización con que se dotan las masas, cuya importancia es obvia.
Este tema merece un examen especial en otro momento, y pronto.
En segundo lugar, camaradas, nos
encontramos frente a sorprendentes cambios técnicos y científicos
cuyo impacto es enorme. Un mundo queda atrás, el mundo del siglo
XX; se abre otro, cargado de tensiones y modificaciones en muchos
ámbitos de la vida: el siglo XXI. ¿Cómo manejar estos cambios?
¿Cómo ingresaremos, de manera apropiada y correctamente, en ese
nuevo espacio? ¿Cómo aprovecharemos sus ventajas en beneficio de
la causa revolucionaria y el desarrollo del Partido? En este
contexto tenemos a la vista un problema clave: la necesidad del
Partido de acelerar la cualificación de sus dirigentes, cuadros y
militantes. Si no lo hacemos con presteza, seriedad y madurez, no
estaremos en condiciones apropiadas para responder a esos retos en
los diversos campos de la actividad política, económica, social,
|