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IDEOLOGÍA COMUNISTA Y PROBLEMAS DE ORGANIZACIÓN

A MANERA DE INTRODUCCIÓN

Saludo a los camaradas que participan en esta importante reunión de trabajo dedicada a examinar los problemas de organización del Partido.

En primer lugar, debo reconocer la iniciativa y el esfuerzo de los camaradas de la Comisión de Organización para llevarla a cabo. Cada cierto tiempo necesitamos realizar reuniones de trabajo como ésta, para examinar la situación, sintetizar las experiencias, corregir lo que haya que corregirse, y fortalecer los aspectos correctos y positivos.

La organización, como es conocido, es la fuerza material que necesita el Partido para llevar a cabo sus objetivos políticos previamente trazados. Como su propósito es llevar a cabo la revolución y construir el socialismo, la forma cómo se organiza corresponde a este objetivo estratégico. En tal sentido, es parte fundamental de la construcción del Partido y tiene, a su vez, sus principios y métodos propios. No obstante, si se sobredimensionara las formas o técnicas de organización, las normas o reglamentos, a expensas de la construcción ideológica y política, el Partido perdería su sentido.

Un asunto que concentró la atención del VII Congreso fue la apremiante necesidad de fortalecer la labor ideológica en el Partido. Partimos del reconocimiento de que, a este respecto, no se trabajó como se debiera ni se le asignó el lugar preponderante que le corresponde en la construcción partidaria. Los resultados están a la vista. Al reconocer autocríticamente este error, nos encontramos en mejores condiciones para superarlo con el concurso de todo el Partido.

Sabemos que el trabajo de organización no está suspendido en el aire. Responde a objetivos y necesidades concretos, pues nadie se organiza por el simple deseo de hacerlo a manera de un arquitecto que un día amanece de buen humor y elabora a capricho planos para construir un edificio que nadie solicitó. Sabemos que éste se construye con una finalidad determinada, de acuerdo a condiciones previamente establecidas: terreno, objetivo, financiación, etc. Ocurre algo parecido con el Partido. Responde su edificación a una necesidad concreta: construir las fuerzas que hagan viable el socialismo en el Perú. La diferencia es que aquí el objetivo es netamente político y los actores se enrolan voluntariamente porque creen en el proyecto. Son hombres y mujeres conscientes, poseedores de una teoría que alumbra su camino, el marxismo leninismo, entregados a una lucha irreductible para sustituir el capitalismo por el socialismo. Esta no es una lucha cualquiera, sino un esfuerzo enconado y titánico para transformar la sociedad venciendo la resistencia de fuerzas poderosas que jamás permitirían que sus intereses y privilegios escapen fácilmente de sus manos. En esta batalla el partido político del proletariado es de fundamental importancia para el logro de tales objetivos y, desde luego, es el tipo de organización que se necesita para hacerlos realidad. Sus características, formas, estilos o métodos deben adecuarse a los fines y a las condiciones de la lucha en que está empeñado.

Siendo su razón de ser la política revolucionaria, subrayamos otro elemento importante a ser tomado en cuenta: el factor humano; los hombres y mujeres que van a intervenir, actuar, decidir y jugar el papel determinante en ese proceso. Sin embargo, ocurre que las personas no se asemejan en nada a una ruma de ladrillos: son personas que piensan y actúan, dueños de una cosmovisión del mundo y de su realidad concreta. No existe humanidad en abstracto. En las sociedades de clase sus integrantes pertenecen a una u otra clase o fracción de clase, cuyo sello se refleja en el pensamiento, comportamiento, en las percepciones, sentimientos o intereses que tienen.

La ideología del Partido y su fundamento teórico es el marxismo leninismo, y su base social el proletariado. Pero el marxismo leninismo debe operar según las condiciones del Perú y su revolución, debe ser guía que oriente el trabajo de los comunistas y no dogma, una teoría que se enriquezca y desarrolle dando respuesta a los problemas que plantea la realidad cambiante del mundo y del país. El pensamiento y acción de Mariátegui representan un ejemplo extraordinario a continuar acerca de cómo entender, asimilar y llevar a la práctica el marxismo.

La ideología -se tenga conciencia de ella o no- influye en todos los aspectos de la vida, en la actividad que realizamos y también en la labor de organización partidaria. Desde luego, la ideología que representamos es la comunista. No obstante, no existe garantía absoluta de que otras ideologías no comunistas se filtren e influyan, causando estragos en nuestras filas. Tolerarlas, por negligencia o ceguera, terminará contaminando, en distinto grado, nuestro pensamiento, estilos de trabajo y acción, originando deformaciones ideológicas no comunistas, desviaciones políticas ajenas al socialismo, distorsiones organizativas como burocratismo, sectarismo, autoritarismo, indisciplina, anarquía o violación del centralismo democrático. Necesitamos darnos cuenta que los comunistas no somos inmunes a tales ideologías y estilos de trabajo, ajenos al Partido, que es indispensable una constante educación y lucha ideológica para frenar y eliminar su influencia.

Pongamos como ejemplo el espontaneísmo que venimos criticando con fuerza desde el X Pleno del Comité Central del VI Congreso del Partido. El espontaneísmo es ideología, una concepción no comunista, independientemente de que se introduzca también de manera "espontánea". Así de simple, pues su expresión social es burguesa, sin importar que se manifieste en su versión economicista, masista, empirista, o también anárquica o terrorista. En nuestro caso, pese a los esfuerzos realizados para terminar con él, está presente en la actividad cotidiana con efectos negativos en la construcción del Partido. Allí donde ha echado raíces, aún teniendo el Partido presencia de masas, es imposible que se desarrolle o cumpla con su papel dirigente. Es que, en última instancia, el espontaneísmo subordina la conciencia socialista al movimiento espontáneo, la política revolucionaria a la lucha económica y reivindicativa.

Toda persona es portadora de una determinada ideología, la cual, a su vez, en las sociedades de clase, lleva igualmente un determinado sello de clase que se expresa en ideas y criterios políticos, morales, jurídicos, religiosos, filosóficos, en actitudes, valores, concepciones o comportamientos prácticos, muchas veces convertidos en sentido común, en supuestas verdades que no requieren mayor demostración. De allí su complejidad. Si no asumimos la ideología y las concepciones comunistas, en los hechos puede ocurrir -y ocurre con frecuencia- que reproduciremos en nuestro pensamiento y acción la ideología, cultura y valores dominantes en la sociedad capitalista, o también la ideología pequeñoburguesa. Y, al reproducirlas, las convertiremos en maneras de pensar y actuar que influyen en nuestra acción política, arrastrándonos bien a errores de derecha o "izquierda" que en nada favorecen a la causa socialista.

Es correcto el criterio de que para transformar el mundo se debe empezar por transformar el propio mundo subjetivo. No se puede construir lo nuevo con actitudes, pensamientos y hábitos caducos. Este es un principio que los comunistas deben tomar permanentemente como guía para su acción

Por esa razón, es de fundamental importancia que la ideología comunista -sus concepciones, valores y estilos- orienten las actividades del Partido, en confrontación con las ideologías de la burguesía, las precapitalistas subsistentes, o las tendencias al eclecticismo y a la conciliación propios de la pequeña burguesía. Es que en el ámbito de la ideología no es posible la conciliación: eres o no eres comunista. El eclecticismo es completamente ajeno al proletariado. No debe haber ningún aspecto de nuestra actividad política y práctica que no tenga como base la ideología comunista. Si lo descuidamos, repito, podemos trabajar duro, acertar en muchas cosas, pero a la larga los objetivos revolucionarios no serán cumplidos.

2. LOS PRINCIPIOS DE DIRECCIÓN Y LA LABOR ORGANIZATIVA

En lo que al Partido concierne, el arte de dirección tiene que ver con su habilidad para guiar y poner en acción a las masas populares y sus organizaciones. Implica, por lo mismo, sus estilos y métodos de trabajo revolucionarios, la formación y el uso inteligente de sus cuadros, la creación y correcta administración de los medios materiales y humanos que aseguren el cumplimiento de sus decisiones.

Algunos principios fundamentales de dirección están planteados en la Resolución del VI Pleno del Comité Central "Problemas de dirección en el Partido", de septiembre de l996, y en el folleto "Perfeccionar la labor de los organismos de dirección del Partido y de las masas", aprobado por el Buró Político en abril de l997. Ocurre, sin embargo, que aún no logramos sacarnos de encima el estilo formalista de trabajo: se aprueban documentos que luego se archivan, perdiendo así su sentido orientador. Sucede con frecuencia que tomamos los textos, miramos el forro y luego los dejamos de lado porque hay cosas prácticas "más urgentes" que resolver. Esto, desde luego, es un grave error que no debe tolerarse. El menosprecio del estudio, de la teoría, de la elevación intelectual y cultural, no tiene nada que ver con el comunismo. El marxismo leninismo se funda en la ciencia, en la investigación, en el conocimiento multilateral de los fenómenos, absorbiendo las conquistas más avanzadas de la humanidad. Desde luego que la teoría separada de la práctica, de la acción revolucionaria para transformar la realidad, tampoco tiene sentido.

Los documentos referidos abordan los problemas de dirección y algunos principios básicos para una más eficiente labor dirigente. No podemos plantearnos ninguna tarea de organización, y en general ninguna otra, sin partir del principio de objetividad, es decir del análisis de las condiciones reales, del reflejo en nuestro cerebro de los hechos objetivos. No olvidemos que partir de la realidad tomando como dato básico los hechos, es un principio fundamental del Partido. No estamos construyendo un partido al estilo burgués, tampoco pequeño burgués, sino un partido político de la clase obrera, comunista, que surge de la misma realidad del país, cuya misión y razón de ser es llevar a cabo, a la cabeza del pueblo peruano, la revolución y el socialismo en sustitución del capitalismo, el neocolonialismo y los remanentes feudales subsistentes. La lucha de clases entre el proletariado y la burguesía -así como sus manifestaciones económicas, políticas, sociales, culturales, morales, ideológicas- es una realidad objetiva y su reflejo se expresa también en todos los aspectos de la actividad del Partido como en la conciencia y en la acción de sus militantes.

Erróneamente, muchas veces se entiende la labor organizativa como un asunto técnico o formal, exclusivamente organizativo, es decir: voy a las bases, reúno a los militantes, informo las tareas del momento, averiguo si funcionan o no las células, y entonces siento cumplida mi función como cuadro y dirigente político. No me preocupo por explicar ¿qué tipo de partido necesitamos construir?, ¿por qué asumimos una determinada forma de organización partidaria?, ¿por qué debe tener tales o cuales características y no otras?, ¿en qué consiste la diferencia cualitativa del Partido Comunista, por ejemplo, respecto de un partido de la burguesía o la pequeña burguesía?, ¿cuáles son sus fundamentos ideológicos y teóricos?; o descuido estudiar con los miembros de las células o los comités los problemas que enfrentan, sus causas políticas, ideológicas o cognoscitivas, las dificultades en su relación con las masas, sus estilos y métodos de trabajo, indispensables para ayudar a resolverlos. Un partido así, es más de burócratas que de comunistas que luchan por el cambio social.

Nada de lo que caracteriza al Partido está colocado arbitrariamente. Si el marxismo es ciencia, estamos obligados a entenderlo así también en la esfera de su construcción orgánica, de modo que corresponda con las exigencias de la lucha y con las condiciones concretas en que se produce esa lucha. La primera exigencia que debe tomar en cuenta un organizador del Partido es investigar la realidad en donde actúan los comités y las células, tener una percepción detallada del ambiente en el cual cada uno desarrolla su actividad, conocer la composición social, el funcionamiento del aparato estatal, de las organizaciones políticas y populares existentes, las aspiraciones de la gente, su situación económica, sus tradiciones y manifestaciones culturales, la sicología de sus habitantes, la correlación de fuerzas, así como las potencialidades para el desarrollo del Partido, etc. Todos estos factores influyen al momento de construir el Partido, tomar decisiones políticas y establecer los métodos de trabajo. Cuando no se les toma en cuenta la construcción orgánica se convierte en asunto de rutina, de suma y resta: si tenemos tres militantes creamos una célula; si sumamos tres células, se puede constituir un comité local, y así sucesivamente. Entonces no interesa saber cómo se manifiestan las clases y la lucha de clases, si cuentan o no con una orientación política ajustada a su realidad, si los organismos partidarios están bien conformados o si los militantes conocen los documentos y decisiones del Partido o tienen dificultades para entenderlos y llevarlos a la práctica, si su educación ideológica y política es apropiada o no, si es adecuada su relación con las masas. Recorremos el país, visitamos las bases con esfuerzo, para al final de cuentas constatar que los resultados son magros y que nuestra ignorancia de la realidad concreta es un hecho lamentable.

¿Cómo se puede orientar así a los comités y a las células o unir sus militantes para la lucha por el cambio revolucionario de la sociedad? Esa es una de las razones que explican el incipiente crecimiento del Partido, la débil formación ideológica, política y cultural de los militantes, las elementales formas de dirigir, la deficiente vinculación del Partido con las masas o, en todo caso, habiéndola, se queda en la lucha reivindicativa, sin nexos con la lucha democrática, antiimperialista y socialista. Deberíamos tener como verdad incuestionable la conocida expresión de Mao: Quien no investiga no tiene derecho a la palabra. En suma, investigar para ayudar a resolver los problemas y elevar constantemente la calidad de los organismos y la propia militancia. La objetividad es un principio al que debemos atenernos siempre. En otras palabras: partir siempre de las condiciones reales, de los hechos, no de los deseos subjetivos.

Otro principio importante fue resumido de manera brillante por Lenin: análisis concreto de la situación concreta. Toda realidad es concreta y nunca exactamente igual a otra. Las formas de organización, sus técnicas y métodos corresponden a la realidad que es el Partido como a las necesidades que debe dar respuesta; además, la verdad es siempre concreta, verificable. Principios básicos como el centralismo democrático, la dirección colectiva y la responsabilidad individual, por ejemplo, se mantienen en el tiempo pero sus relaciones, el peso o el grado del centralismo o la democracia varían con las circunstancias. En una situación de lucha clandestina, de ilegalidad y persecución del Partido, no se organizará de la misma manera que en otra de lucha legal o semilegal. Otro ejemplo: cuando hablamos de la célula como forma básica de organización del Partido, se tiene una visión más o menos aproximada de la que definió Lenin en "Un paso adelante, dos pasos atrás". Pero se olvida que entonces Rusia vivía bajo la más feroz autocracia y que la ilegalidad era el ambiente en que debía trabajar el Partido. El Perú de hoy dista de la Rusia de entonces.

Dadas esas condiciones, las formas cómo se organiza el Partido y cómo se constituyen y funcionan las células no pueden ser idénticas, aunque la obligatoriedad de la militancia celular o del centralismo democrático exista en ambos contextos. Incluso en nuestro caso, el Perú urbano no es similar al Perú rural, ni las tradiciones étnicas y culturales son las mismas. Desde luego que los principios de organización permanecen (el Partido como suma de organizaciones y no de individuos, el centralismo democrático, entre otros) pero sus formas y procedimientos deben adecuarse a las condiciones concretas de hoy. Si éstas cambian habrá que realizar las modificaciones que las circunstancias aconsejen. Cuando esta premisa no se entiende se actúa de manera mecánica, rígida y uniforme. Los resultados están a la vista. Los criterios sectarios que se padecen, la rutina, el formalismo, son hijos de esa manera de pensar. Además, hay que entender la diversidad de formas de organización existentes: partidos, frente único, sindicatos, organizaciones culturales, profesionales, vecinales, deportivas, etc.

Un tercer principio es la integralidad, el cual rige también en el trabajo de organización. Es frecuente el descuido al respecto. Muchas veces nos dejamos entusiasmar por las exigencias del momento, por la parte más visible y fácil, e incurrimos en apreciaciones unilaterales o superficiales. En otros casos se separa la construcción orgánica de la política o de la ideología, como si fuesen cajones separados, en lugar de entenderlos como un todo articulado, donde la ideología y la política constituyen el factor determinante. No nos es ajeno, por ejemplo, el desajuste entre la organización y la acción reivindicativa, de un lado, y la lucha y la organización revolucionaria, del otro, como si entre ellas hubiera una muralla china que las apartara. Sin una visión de integralidad no estaremos en condiciones de articular las partes, de hacerlas jugar el papel que les corresponde en la cadena de la construcción del Partido de vanguardia y en la realización de su misión revolucionaria. Tampoco se puede entender la labor organizativa separada de la cultura, de la política, de la ideología, de los valores éticos, de los estilos fundamentales que caracterizan al partido de la clase obrera, y menos todavía separada de las masas y sus luchas. Todos estos aspectos están interrelacionados, aún cuando, al mismo tiempo, tienen sus principios específicos, sus métodos particulares, que hay que conocer y manejar adecuadamente.

Esta falta de visión totalizadora está fuertemente arraigada entre nosotros. Tenemos, por ejemplo, decidida la reconstrucción del Partido; no obstante, en sus inicios ésta se entendió como un asunto básicamente cuantitativo, por eso la atención que muchos camaradas prestaron al reagrupamiento orgánico dejando de lado la integridad del proceso que sólo el X Pleno del VI Congreso concibió apropiadamente. No se entendió que el reagrupamiento orgánico era sólo un aspecto, una fase del proceso de reconstrucción del Partido. Estamos conscientes de que no nos proponemos construir un nuevo Partido, y menos optar por una nueva ideología o programa distintos al marxismo leninismo y al socialismo. Todo lo contrario: queremos que el Partido funcione mejor en la órbita del marxismo leninismo y de la realidad concreta que es el Perú de hoy. Nos proponemos un salto de calidad en respuesta a la crisis vivida, para hacerlo más eficaz, maduro, de masas, superando aspectos que ya no funcionan o funcionan deficientemente y corrigiendo errores acumulados que se han convertido en verdaderas trabas para su desarrollo.

Vean ustedes cómo las empresas o la misma burguesía se reorganizan, inventan conceptos como "reingeniería" o "calidad total" para hacer más eficientes la empresa o el Estado capitalista. Con ello no dejan de lado su naturaleza burguesa, pero necesitan, objetivamente, para sus fines de clase y competitividad actualizar sus estructuras empresariales y estatales, hacerlas más eficientes y menos costosas, más adecuadas a sus intereses y a las condiciones que imponen los cambios técnicos. ¿Por qué optan por esa reconversión? Porque han cambiado las condiciones reales, por la enorme competitividad en los mercados, para reducir los costos de producción y sacar de la crisis sus estados, etc. En suma, si la organización fordista que caracterizó a las empresas ha colapsado y el Estado benefactor es oneroso y atenta contra la alta tasa de ganancia del capital, entonces proceden a reformarlos para hacerlos más eficientes e instrumentales a sus intereses, sin renunciar, por ello, a sus objetivos de clase.

Muchas veces ocurre que los comunistas dejamos en el estante la dialéctica, cerramos los ojos a la realidad, nos acostumbramos a lo establecido, nos gana la pereza intelectual y la rutina. Entonces nos olvidamos que el Partido Comunista se funda en la ciencia, en los hechos, en la relación constante entre teoría y práctica, que necesita "autocomprobarse" permanentemente, ajustar sus políticas y sus métodos a las condiciones reales sin, por ello, perder su horizonte, sino buscando precisamente que éste sea alcanzable. Además, tenemos una vieja herencia ideológica que es el dogmatismo, el cual marcó profundamente el pensamiento y la acción de los comunistas peruanos, embotando o distorsionando el desarrollo teórico del Partido. ¿No es acaso esto verdad? Romper con esa costra ideológica, sustituirla por el pensamiento marxista creador, como proponía Mariátegui, es un componente fundamental de la gran tarea de la reconstrucción partidaria.

Estos problemas son, como vemos, asuntos determinantes en la labor organizativa.

3. ENFOQUE CONCRETO EN EL TRABAJO DE ORGANIZACIÓN

Al abordar los problemas de organización existe el riesgo de exagerar la ideología y perder de vista o descuidar sus principios particulares, cayendo nuevamente en la unilateralidad.

Ya hemos dicho que la organización tiene principios, métodos, formas, normas que le son inherentes, independientemente de que en su trasfondo esté siempre presente la ideología y la política. Además, existe una variedad enorme de organizaciones políticas, sociales, económicas, culturales, sindicales, étnicas, de género, deportivas, etc. El Partido es una forma específica de organización política del proletariado peruano. Por eso la necesidad que tenemos de contar con un enfoque concreto acerca de lo que es propiamente la construcción orgánica del Partido.

Si examinamos el sistema de organización, el funcionamiento de las células y los comités, o la aplicación del centralismo democrático en el Partido, notaremos rápidamente gruesas fallas y desviaciones. Poniendo como ejemplo el centralismo democrático, observaremos que al lado de errores en su aplicación -que facilitan en unos casos tendencias anárquicas y liberales o autoritarias, en otros- existe una incomprensión de sus fundamentos teóricos, políticos e ideológicos. Si este principio, que es el más importante en el terreno organizativo, no funciona o funciona mal, no esperemos que el Partido se encuentre en capacidad de llevar a cabo sus políticas, cumplir sus tareas, tener disciplinadas sus filas. Sin democracia interna se abrirán paso el autoritarismo y el verticalismo, y no nos encontraremos en condiciones de captar la sabiduría colectiva del Partido y de las masas, ni de comprometer a éstas en la lucha que promovemos. De otro lado, si no funciona adecuadamente el centralismo, se abrirá paso la anarquía, se debilitarán la cohesión interna y la capacidad de dirección, y tampoco estaremos en condiciones de poner en práctica las decisiones adoptadas poniendo en movimiento la iniciativa de la gente. Necesitamos democracia como centralismo, libertad como disciplina, espíritu de sacrificio como satisfacción moral. Esto no se logra por la vía puramente administrativa, sino a través de una firme educación y lucha ideológica, de la compenetración con la política del Partido, sumados al control en el cumplimiento de las tareas. Quienes poseen un firme espíritu partidista y una práctica partidista, poseerán también una sólida actitud democrática y de respeto a las masas, junto con la firme determinación y disciplina para llevar a cabo las decisiones asumidas.

Los comunistas estamos obligados a estudiar las leyes y principios que rigen la construcción orgánica del Partido, sus formas y métodos. Existen principios universales, aplicables a todas las formas de organización (el Estado, los partidos políticos, las empresas, los sindicatos, las cooperativas, el ejército, etc.). Necesitamos estudiarlos así como asimilar la experiencia internacional del proletariado, sin descuidar en ningún momento lo que es propio del Partido en las condiciones del Perú, de la lucha de clases tal como se presenta, del momento concreto en que nos encontramos. Sería erróneo creer que nada tenemos que aprender de otras experiencias o de otras formas de organización, como lo sería también imitarlos ciegamente sin tomar en cuenta nuestra realidad y objetivos. Lo que nos proponemos construir es un partido revolucionario de masas eficiente, moderno, creativo, que despliegue el entusiasmo y las cualidades de sus militantes, unificado en el pensamiento y la acción, enraizado en las masas, que crezca en el número de sus militantes y su influencia, capaz de convertirse en la alternativa que el pueblo peruano aguarda.

Al abordar los problemas de organización estamos obligados a diferenciar aquello que es propio del Partido de aquello que corresponde a organizaciones tales como el MNI, la Juventud Comunista, la Juventud Popular u otras formas de organización de frente único, sindical o de masas. Es erróneo medir todas ellas con la misma regla y utilizar los mismos procedimientos y métodos. A cada cual lo que le corresponde. No considerarlo nos genera problemas. Muchos camaradas confunden el Partido con el MNI, o el sindicato con el Partido, y trasladan mecánicamente los métodos de uno a otro. Este es un tema que debe merecer nuestra atención y hacer el esclarecimiento del caso. Un partido de vanguardia no puede entender la organización solamente como lo propio, olvidando la suma de organizaciones que dirige, influye o necesita ganar bajo su influencia. Sólo el Partido nunca será suficiente, incluso en el socialismo. ¿O creen ustedes que podríamos conseguir nuestros objetivos revolucionarios dejando de lado el frente único, los sindicatos, las organizaciones de masas, culturales, de género? No olvidemos que los grandes ríos son la suma de decenas o cientos de afluentes, ninguno de ellos igual al resto. Es pues indispensable que las tomemos en cuenta, reconociendo sus peculiaridades y sus formas específicas. Depende de nosotros saber unirlas y canalizarlas hacia el objetivo común.

El enfoque concreto es igualmente necesario al momento de examinar el trabajo organizativo del Partido. Si actuamos así nos preguntaremos: ¿por qué el Partido funciona en algunos lugares y en otros no?, ¿por qué en algunos comités se incrementa el número de militantes y en otros se estanca y decrece?, ¿por qué los comités no funcionan o funcionan deficientemente?, ¿por qué las células son débiles y muchas veces con escaso o nulo vínculo con las masas populares? ¿por qué, finalmente, nuestra raíz en el proletariado continúa siendo débil?. Si no se toman en cuenta las circunstancias concretas en que se halla el Partido y sus militantes, usaremos un rasero único para todos los casos, y entonces el resultado será siempre negativo. Partiendo de las cuestiones generales, estamos en la obligación de atender la circunstancia concreta, donde siempre estarán presentes distintos factores que hay que examinar en detalle.


4. EL ESPONTANEÍSMO EN LA CONSTRUCCIÓN
ORGÁNICA DEL PARTIDO

Nos encontramos ahora en mejores condiciones para entender dos errores frecuentes en el trabajo partidario: el espontaneísmo y el formalismo.

Por lo general la construcción partidaria no marcha bien allí donde los militantes se dejan envolver por la lógica de la lucha económica y sindical. Muchos militantes ganados principalmente en lucha de masas y no educados en los principios y tradiciones del Partido, no alcanzan a consolidar un firme espíritu partidista. Ellos son excelentes sindicalistas, expertos en la lucha de masas, con el corazón del lado del comunismo, pero su pensamiento, su ideología, y su actitud, no son todavía comunistas. No es una exageración lo que decimos, sino una realidad demostrable. Es que no se llega espontáneamente a la conciencia socialista, y no es suficiente la emoción social para ello.

Este es un hecho sobre el cual no se reflexiona debidamente; no es, pues, suficiente ser obrero o buen sindicalista para ser comunista, de la misma manera que no basta llenarse la cabeza de conocimientos teóricos. El comunismo es una concepción y un método, una manera de pensar y actuar propios del proletariado, que se asume a través del estudio, la reflexión y la práctica revolucionaria como un todo único.

Las manifestaciones espontaneístas, en muchos casos, influyen también en el trabajo de dirección y organización. Conocemos camaradas convencidos de que la experiencia práctica acumulada es suficiente. Se olvidan que, si el marxismo es ciencia, hay que asumirlo como tal en todos los aspectos del trabajo partidario. Sólo el conocimiento multilateral de la realidad y el dominio de las leyes que la rigen nos permitirá dirigir concientemente la nave de los procesos sociales. Si no trabajamos así serán los acontecimientos los que nos arrastren de un lado a otro, como a hojas el viento.

Pongamos un ejemplo: el trabajo realizado por el Partido en el proletariado minero o en el magisterio. El recuento de la experiencia indica que fue muy bueno dirigir la atención a ambos sectores, desplazando fuerzas importantes con ese propósito. Sin embargo, cabe una pregunta: si el Partido trabajó intensamente en ambos sectores llegando a dirigir sus sindicatos, movilizándolos en luchas heroicas, incorporando numerosos militantes provenientes de sus filas, ¿por qué su hegemonía ideológica y política siempre fue y es aún débil? Podemos decir lo mismo del trabajo que hicimos con la juventud universitaria en la década de los sesenta y setenta, cuya radicalidad y masividad es un hecho histórico. ¿Qué fue lo que trabó la elevación de esas masas de la lucha económica y reivindicativa a la conciencia socialista? ¿Qué permitió que se confundiera, muchas veces, la relación del Partido con la organización económica de los trabajadores, en este caso los sindicatos, como si fuese la relacionen con la clase, con los trabajadores? La respuesta es una sola: la introducción en el Partido, desde mucho tiempo atrás, del espontaneísmo, es decir, de la subordinación del factor consciente y socialista al movimiento espontáneo, así como la creencia de que se puede acceder al socialismo desde el movimiento económico de los trabajadores. A ello contribuyó una tradición fuertemente dogmática, en unos casos, o empírica, en otros, que dominó el pensamiento del Partido, lo cual explica también su insuficiente desarrollo teórico y cultural.

Esta situación llevó a identificar la influencia del Partido en las masas trabajadoras y populares, no por su vigencia ideológica, política y cultural, sino sobre todo por su presencia gremial. A mayor presencia del Partido en las cúpulas sindicales o en la conducción de sus luchas reivindicativas, parecía también corresponder una mayor vigencia y justificación revolucionaria. Desde luego que es indispensable trabajar en los sindicatos u otras formas de organización reivindicativas de los trabajadores y el pueblo en general, como lo es también encabezar sus luchas; acerca de esto no debe caber la menor duda. El problema comienza cuando se reduce a este papel la actuación del Partido. En otra dimensión, ocurre lo mismo cuando se trata de la lucha electoral, que lleva a la creencia de que la contabilidad de los votos obtenidos representa, por sí misma, la hegemonía ideológica, política y cultural alcanzada por el Partido, olvidando muchas veces su carácter voluble, sobre todo en sociedades como la nuestra, donde el electorado es más emocional que consciente.

Situaciones como las señaladas llevan a distorsionar la relación que debiera existir entre el Partido y la clase, entre la vanguardia y las masas, entre el militante comunista y el afiliado sindical, lo que facilita en los hechos la supeditación de la acción del partido al movimiento económico de los trabajadores, del espíritu partidista al activismo sindical. En estas condiciones es muy difícil o casi imposible construir el Partido como verdadero partido de vanguardia, llevar la ideología socialista a los trabajadores, generar en ellos una verdadera conciencia de clase, puesto que el economismo y su expresión ideológica, el espontaneísmo, representan, quiérase o no, la presencia de la ideología burguesa y no precisamente proletaria y comunista.

Sin llevar a cabo una lucha firme para erradicar del Partido la influencia del espontaneísmo y el empirismo, su hermano gemelo, y sin producir una rectificación de fondo al respecto, no estaremos en condiciones de dar pasos seguros en la reconstrucción partidaria. Tanto más cuando ellas tienen hondas raíces en la historia de nuestra organización. El formalismo, que es otro estilo de trabajo negativo, se explica por lo anterior. Allí donde prevalece el espontaneísmo la teoría carece de importancia o, en todo caso, es secundaria, así, el programa o las decisiones políticas pierden su fuerza porque domina la lógica del movimiento, de lo inmediato, de la lucha cotidiana. Esto explica el divorcio frecuente entre las decisiones que se toman y la voluntad para llevarlas a la práctica, de modo que los acuerdos muchas veces se convierten en papel amarillo, en mero formalismo.

Llegado a este punto es conveniente aclarar que el espontaneísmo que criticamos se da en la esfera del Partido y tiene que ver con la concepción y la actitud de los comunistas. No se puede calificar de la misma manera la acción espontánea de las masas, que es cosa distinta. Las masas, por sus propios medios, espontáneamente, no llegan a la conciencia del socialismo. Por eso la importancia del partido de vanguardia. Pero el partido de vanguardia, sin la clase y sin las masas, sin su iniciativa histórica y capacidad de creación, tampoco alcanzará el socialismo. De lo que se trata hoy es de reconocer que los comunistas representan el factor conciente, dirigente, teórica y programáticamente capacitados e ideológicamente preparados para enfrentar al capitalismo y proponer una alternativa económica y social cualitativamente superior, pero de ninguna manera la fuerza motriz del desarrollo histórico. Sin la participación de las masas la revolución y el socialismo son inviables. A fin de cuentas, el Partido es un instrumento, no una finalidad; pero un instrumento dotado de cualidades especiales igualmente indispensables para el éxito de la revolución y el socialismo. Es de fundamental importancia entender la trabazón dialéctica entre vanguardia y masas populares, donde éstas son, en definitiva, el punto de partida y de llegada de la revolución y el socialismo.

El comunista, donde quiera que se encuentre, es primero comunista, y por eso mismo servidor de las masas populares. Desde esa opción puede actuar en todas las esferas de la actividad social. El maestro, obrero, campesino o joven comunistas, por ejemplo, organizará a los trabajadores y la juventud, impulsará y orientará su organización y sus luchas, difundirá las ideas progresistas, democráticas, patrióticas y socialistas, criticará al capitalismo y sus patrañas, difundirá los valores, ideas y puntos de vista que él abraza. Buscando siempre la unidad del pueblo despertará su conciencia de clase y lo ayudará a entender la realidad y defender sus intereses de hoy y futuros, motivando la confianza en sus fuerzas y organizándolos en el Partido.

5. LA IDEOLOGÍA Y EL TRABAJO DE ORGANIZACIÓN

Al considerar los problemas de organización debemos hacerlo en íntima vinculación con la ideología y la política. Los camaradas encargados del trabajo organizativo deben tenerlo siempre presente. Dijimos que la organización por la organización misma no conduce a ninguna parte. La organización es la fuerza material para llevar a cabo la política. Es un medio, no el objetivo a alcanzar. Por aquí deberíamos empezar siempre. En segundo lugar, si la política es el objetivo a conseguir, la ideología es la fuerza espiritual y moral que permitirá que los militantes del Partido se atrevan a luchar venciendo cualquier dificultad para alcanzar ese objetivo. La ideología nuestra es el marxismo leninismo, el comunismo, la concepción del mundo del proletariado.

El descuido de la labor ideológica lleva a la confusión y a la pérdida de brújula, en última instancia, a la pasividad o al oportunismo. Tomemos como ejemplo la disciplina normada en el Estatuto partidario. No es suficiente su reconocimiento. Se necesita estar convencidos de que es indispensable para el éxito de la lucha que enarbola el Partido y, en ciertas circunstancias, implica renunciar a satisfacciones personales, sufrir persecución o el sacrificio de la propia vida en aras de los intereses del pueblo y la nación. Quienes piensan que es un asunto de autoridad, de firmeza, están parcialmente en lo cierto. Pero si se descuida la educación en el espíritu comunista será una disciplina basada en el miedo antes que en la conciencia del deber y la responsabilidad, por eso mismo frágil y formal.

La lucha en que estamos empeñados los comunistas será siempre ardua. Con frecuencia nos veremos sometidos a pruebas duras. Habrán reveses que serán parte del costo que pagaremos para aprender, desarrollarnos y alcanzar la victoria. Solamente quienes se forjan en esa lucha y pasan sus pruebas estarán preparados para combatir no un año o un quinquenio, sino la vida entera. Es una convicción que se apoya en una causa justa, en la confianza infinita en el pueblo, en la indignación frente a la explotación del capital y sus lacras, en la certidumbre de un futuro mejor para el pueblo trabajador y la humanidad.

Los adversarios de esta causa son inmensamente poderosos en lo económico y político; tienen a su disposición todos los medios de propaganda y de la fuerza; cuentan a su favor con la hegemonía ideológica y cultural acumulada a lo largo de siglos. Toda ese poderío no será fácil vencer. Pero tampoco son invencibles, puesto que marchan de espaldas a la historia. No tienen la verdad ni la razón de su parte ni les pertenece el futuro. En última instancia será el pueblo el artífice de su emancipación nacional y social. Pero esta tarea no será factible si no cuenta con el partido de vanguardia que oriente su acción pertrechado con las ideas avanzadas que representa el socialismo. Tenemos así que la lucha ideológica atraviesa todas las esferas de la actividad del Partido y lo confronta en todos los órdenes con la ideología burguesa e imperialista, hegemónica en la sociedad.

Siendo así las cosas, no debe sorprendernos que el peso de la ideología en el trabajo del Partido en general, y de organización en particular, sea de fundamental importancia. No entenderlo llevará a encontrar soluciones organicistas, burocráticas o formalistas de los problemas. En ese ambiente se abrirán paso, inevitablemente, el sectarismo como el individualismo, el subjetivismo como la pasividad, y en no pocos casos, el oportunismo político. Quien tiene una clara conciencia de su misión al lado del proletariado y el pueblo, firmes sus convicciones marxistas leninistas, mantendrá en alto las banderas del socialismo y no las arriará ante ninguna dificultad o derrota temporal, inevitables en el camino. Los tránsfugas de la izquierda y el marxismo, que han mostrado tan penoso espectáculo en la última década, primero se doblegaron a la presión ideológica del capitalismo y el neoliberalismo, luego perdieron confianza en la política revolucionaria y, finalmente, optaron por el ventajismo y la prebenda que les ofrece el sistema. Una vez capitulados en sus convicciones lo demás fue cobijarse en cualquier espacio que les diera ventaja.

Cuando un dirigente o cuadro de organización toma contacto con las bases no lo hace con fines protocolares o administrativos, como informante de las directivas de los organismos dirigentes. Lo hace, sobre todo, como dirigente político y orientador ideológico. Solamente quienes están animados por un estilo de trabajo burocrático y formalista se relacionan con los comités y las células como funcionarios, para quienes sólo cuenta el número, los asistentes, la rutina. Quienes se comportan de esa manera descuidan el trabajo paciente y responsable, la educación de los camaradas en el espíritu del marxismo leninismo, de la línea y el programa del Partido, desconocen la realidad al mismo tiempo que se muestran insolventes para ayudarles a resolver sus problemas, perfeccionar sus métodos de dirección y trabajo, elevar su conciencia revolucionaria. Es verdad que su atención será siempre el funcionamiento orgánico del Partido, pero si se queda allí ¿de qué construcción del Partido podemos hablar? Si esto es así en organización, lo es también con igual importancia en las demás esferas del trabajo partidario.

Tiene razón Mao Zedong cuando señala metafóricamente que la mente de nuestros camaradas y el trabajo de nuestro Partido pueden cubrirse de polvo y deben ser limpiados y lavados. Si no se barre frecuentemente la casa ganará espacio la basura. Sin una lucha ideológica activa, franca, honesta, fraterna, el Partido no podrá impedir que se filtren en sus filas las ideas, valores, costumbres o puntos de vista decadentes. La lucha ideológica en el Partido haciendo uso de la crítica y la autocrítica franca y honesta, del examen reflexivo de la experiencia y de los hechos, son requisitos para mantener vigoroso al Partido y firme la unidad en sus filas. La autocomprobación de los comunistas, de la que hablaba Lenin, es lo que necesitamos.

¿Quién vencerá? Los tránsfugas del socialismo demuestran que esta lucha es ardua, que la capacidad de atracción y corrupción de la burguesía es enorme, que esta batalla ideopolítica y de valores es decisiva para la causa revolucionaria.

Algo tenemos que aprender de las religiones. Esto parecerá una osadía pero no lo es. ¿Por qué la gente ingresa a los cultos religiosos y se aferra a ellos? ¿Por qué sus iglesias están llenas mientras a nosotros nos cuesta convocar unos cientos de personas? Ninguna iglesia resuelve los problemas materiales de la gente. Les ofrece un futuro irreal y, sin embargo, la gente está allí. Es verdad que funciona la manipulación. Es verdad que nada de lo que predican los pastores o sacerdotes tiene asidero para entender la realidad y resolver las urgencias de su vida cotidiana. Pero un pueblo aplastado por la crisis, doblegado por la pobreza, sumido en la desesperanza, abrumado por la ideología de la resignación y el fatalismo, encuentra allí un respaldo moral y emocional que no halla fuera, una forma de terapia para relajar sus tensiones, una esperanza aunque sea imaginaria. La política que hacemos es muchas veces fría, cerebral, rígida. Le falta ese elemento de pasión, de fe, de mística, tan vital para las grandes obras. Nuestras reuniones están marcadas por un estilo pesado y tenso; los debates muchas veces agrios y las sesiones interminables, agotan. Muchas veces en lugar de salir de nuestras reuniones optimistas, relajados, convencidos de lo que hay que hacer, partimos fatigados, con más dudas que respuestas. Este estado de ánimo desde luego que no ayuda ni permite trabajar bien.

Resumiendo: ¿Cuál es la columna vertebral de la acción y el trabajo de organización? La respuesta es concreta: esa columna es la labor ideo-política. ¿Significa desmerecer o dejar de lado los principios, normas, métodos o técnicas de organización? De ninguna manera. Implica solamente poner las cosas en su lugar. Si la ideología falla y la orientación política no es entendida y asumida, o es incorrecta, todo lo demás fallará, camaradas.

6. EL PARTIDO COMO FORMA SUPERIOR DE ORGANIZACIÓN

Estamos convencidos que el Partido es la forma superior de organización del proletariado. En este punto no hacemos ninguna concesión. Lo que implica reconocer que existen otras formas de organización, tantas como tenemos problemas o necesidades a resolver. Esto es así en el campo de la burguesía como del proletariado. No obstante, sólo a través de la organización de los trabajadores en partido político que represente sus intereses de clase, éstos pueden alcanzar plena conciencia de su situación y de su misión histórica, y también capacitarse política, intelectual, moral y orgánicamente para llevarla a cabo, es decir emanciparse del yugo de la explotación del capital y construir la sociedad nueva que es el socialismo. Este es un asunto crucial para entender la misión y la responsabilidad del Partido, y también el compromiso que significa ser comunista.

Cediendo a la ofensiva ideológica del capitalismo y el imperialismo, exagerando los reveses sufridos por el movimiento comunista internacional o los cambios técnicos y científicos y su implicancia en la organización del trabajo, hay quienes, en lugar de dar un paso adelante haciendo avanzar el marxismo-leninismo, ceden y hacen concesiones ideológicas y teóricas. Ponen en cuestión, por ejemplo, la existencia de las clases sociales y la lucha de clases, la vigencia o naturaleza del socialismo, la misión histórica del proletariado, o principios de organización como el centralismo democrático al que responsabilizan de la burocratización y el autoritarismo en determinados partidos comunistas.

El marxismo, desde el momento en que tiene un carácter científico, debe responder a los cambios que se producen en la sociedad aportando explicaciones y respuestas a los problemas nuevos. Esta es una exigencia permanente de los comunistas. No obstante, no podremos cumplir con esa tarea colocándonos en posiciones defensivas o capitulando ante las presiones del imperialismo y el neoliberalismo. De allí la importancia de la lucha de ideas, una de las formas fundamentales de la lucha de clases. En esta cuestión los comunistas peruanos debemos, primero, hacer esfuerzos para entender los cambios objetivos que se vienen produciendo y adecuar nuestra actuación a esas condiciones; segundo, frente a la ideología imperialista y neoliberal no es posible ninguna concesión de principios; tercero, desarrollar nuestro propio camino en la lucha por la revolución y el socialismo, pensando con cabeza propia y desplegando la iniciativa y creatividad del pueblo peruano; cuarto, impulsar la unidad más amplia contra el imperialismo y el neoliberalismo en el ámbito nacional, latinoamericano y mundial.

Consideradas así las cosas, pronto se advertirá que el Partido, además de ser una escuela de combate contra el enemigo de clase, es también una escuela de camaradería, de fraternidad, de apoyo mutuo entre los camaradas y entre éstos y el pueblo, de solidaridad como individuos y como grupo humano, de satisfacción moral y elevación intelectual, cultural y moral de los comunistas. Todos estos elementos son importantes al momento de abordar la labor organizativa y, en general, la construcción del Partido. Estos temas, sin embargo, son descuidados y no se les presta la atención que corresponde. El mundo subjetivo de la gente debe ocupar una atención fundamental en nuestro trabajo.

Si la lucha que encarna el Partido exige entrega de sus militantes, ¿qué les da el Partido en correspondencia? Más que premios materiales les ofrece satisfacciones morales e intelectuales. Quien se incorpora al Partido no lo hace esperando un puesto público o una dádiva. No es esto lo que nos une. El más alto rango de la dignidad es que el ser humano sea de verdad libre y dueño de su destino, no esclavo de la explotación asalariada. Reconocer que su lucha es justa porque se alza contra toda forma de explotación, opresión o servidumbre humana, que está al servicio del pueblo y la patria, del lado de la inmensa mayoría expoliada por el capital y el imperialismo. Por eso somos socialistas y luchamos por el socialismo y la futura sociedad comunista. Es el compromiso, en suma, por la causa más noble y elevada. Vale recordar las palabras vibrantes de Mariátegui: abandonar a los humildes, a los pobres, en su batalla contra la iniquidad es una deserción cobarde... La política es hoy la única grande actividad creadora. Es la realización de un inmenso ideal humano. La política se ennoblece, se dignifica, se eleva cuando es revolucionaria. La revolución será para los pobres no sólo la conquista del pan, sino también la conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu. ¿Hay algo más precioso que esta misión conscientemente asumida? La respuesta no se deja esperar: ¡No!

La conquista del pan pero también de la belleza, del pensamiento y las complacencias del espíritu, en cada comunista, en cada hombre y mujer del pueblo, en cada ser humano. ¡Esa es la razón suprema de nuestra lucha y de nuestra pertenencia al Partido fundado por Mariátegui!

La ideología no la entendemos divorciada del concepto de clase. No existe ideología en abstracto, idéntica y válida para todos por igual. El capitalista observa la realidad social de una manera, los trabajadores, de otra. No es que existan varias realidades. Es una, pero distintos los colores del lente con que se la mira. Lo que está de por medio son intereses contrapuestos: uno explota y oprime; el otro es explotado y oprimido. El hecho de que las ideas de la clase dominante sean dominantes en la sociedad, no significa que explotador y explotado sientan y piensen igual, que sus intereses coincidan o que la verdad del capitalista sea la verdad de todos. Ocurre, solamente, que su ideología, cultura, valores, son hegemónicos, que se han impuesto en la sociedad por el control que ejercen de la economía y del Poder desde siempre y porque tienen, en sus manos, los medios materiales, culturales y propagandísticos para convertirlos en "sentido común", en "verdades" aceptadas. Nuestra tarea consiste, precisamente, en desmitificar esas "verdades", en confrontarlas con la realidad para hacer evidente sus falacias, en mostrar al pueblo el camino justo, en despertar su conciencia de clase y organizarlo para que se alce en defensa de sus derechos agredidos y sus intereses de hoy y futuros. ¿Cómo podríamos hablar de organizar al Partido, de incorporar nuevos afiliados, mantener encendida su confianza y entusiasmo, sin esta labor permanente? Sobre estas cuestiones necesitamos reflexionar más y prestarles más atención en el trabajo.

7. TRES CUESTIONES A TOMAR EN CUENTA EN LA CONSTRUCCIÓN ORGÁNICA

Nos referiremos en esta oportunidad a tres cuestiones importantes: el centralismo democrático, el burocratismo y el sectarismo.

Con respecto al primero, es un asunto tratado permanentemente en los documentos partidarios. Lo abordó también el VII Congreso. Siempre hemos sostenido que el centralismo democrático es el principio fundamental de organización. Mantenemos con firmeza este punto de vista. Lo que interesa de momento es la parte ideológica de la cuestión que se descuida, porque se ve en el centralismo democrático su lado estrictamente orgánico, separado de la ideología y la política, lo que es un error. Para empezar: no existe organización política moderna donde esté ausente el centralismo, independientemente de las formas que adquiera. No ocurre lo mismo con la democracia, muchas veces más formal que real. Quienes niegan el centralismo democrático, o desconocen sus fundamentos históricos, teóricos y concretos; o bien ceden al individualismo anárquico, socavando uno de los fundamentos indispensables de la construcción orgánica de un partido revolucionario. Sólo como ejemplo cabe hacer la siguiente pregunta: ¿No funciona el centralismo democrático en el Congreso de la República? Antes de votar una ley se debate; aprobada, es obligatoria su aplicación responda o no a los intereses del pueblo. Vemos así que el centralismo también funciona en los órganos del Estado. ¿Cómo hablar entonces de su caducidad? El Partido Comunista tiene un definido sello de clase y una misión histórica que cumplir, en cuyo centro están los intereses de los trabajadores y las masas populares. Le es inherente la democracia y no puede ejercerla sin su contraparte: el centralismo. La mayor democracia antes de tomar una decisión, el más firme centralismo para ponerla en práctica: tal la dialéctica del centralismo democrático. Pero el centralismo debe ser seguido de la vigilancia y fiscalización para su cumplimiento, de la sistematización de la experiencia realizada, de la comprobación en los hechos de la justeza o no de la decisión tomada. Sin democracia el centralismo se convierte en centralismo burocrático y autoritario; sin centralismo la democracia no tendría eficacia y dará paso a la anarquía.

En el caso del burocratismo, ¿debe enfocarse también como un asunto de método? Desde luego que tiene que ver con los métodos de trabajo, pero es mucho más que eso. Su trasfondo es esencialmente ideológico, puesto que se trata de la relación del Partido con las masas populares, del dirigente con las bases; en última instancia: cómo se dirige y al servicio de quién. Según el marxismo leninismo las masas populares hacen la historia. El Partido dirige pero no puede ni debe sustituirlas, ni manipularlas ni irrogarse su representación. En segundo lugar, el Partido sirve a las masas populares. Sin la clase obrera y el pueblo el Partido pierde su sentido. El socialismo será obra del pueblo y para el pueblo, correspondiendo al Partido el papel dirigente si encarna cabalmente sus intereses y gana su respaldo. El burocratismo es la negación y lo opuesto de la línea de masas, que es el principio de trabajo fundamental del Partido. Donde prevalece el burocratismo se afianza por lo general el autoritarismo, se impone la política de "mando y ordeno", se anula la iniciativa creadora de las masas y la militancia del Partido y, como la experiencia muestra reiteradamente, se abre paso la corrupción. En suma, donde se impone el burocratismo se arruinan la revolución y el socialismo, y donde aún no han sido conquistados, los hace imposible. No podemos decir que nos encontramos libres de burocratismo en nuestra relación con las masas y con las bases del Partido. Aunque hablemos todos los días de la línea de masas a las masas, en la práctica estamos impregnados de métodos burocráticos que necesitamos examinar con franqueza y rectificar. Aquí vale recurrir a la frase bíblica: "Quien no ha cometido pecado que arroje la primera piedra". Tenemos que enfrentar el burocratismo en todas sus formas, pero el fondo del problema, más que orgánico sigue siendo ideológico y político.

Ocurre otro tanto con el sectarismo. ¿Por qué se presenta el sectarismo en las filas del Partido, si todos los días hablamos de la unidad más amplia para vencer al adversario? Porque no se tiene confianza en la gente, en las masas populares, en los militantes; porque se piensa que la verdad es patrimonio nuestro o de los dirigentes; porque nos sentimos dueños de la revolución, cuando ésta le pertenece al pueblo, o también porque tenemos corta la mirada o escasos vínculos con las masas populares. Sin las masas populares ¿de qué revolución podemos hablar? Sin los trabajadores y el pueblo, ¿qué es el Partido?: un muro sin cimiento, un árbol sin raíz. El sectarismo nos separa del pueblo y empuja a éste al campo del adversario, dificultando o incluso amenazando la causa revolucionaria. Necesitamos sumar fuerzas siempre. Las del Partido, aún en las condiciones más óptimas, nunca serán suficientes. Por lo demás, el pueblo peruano está compuesto de clases y fracciones de clase, etnias, género, culturas, etc., por lo que no es un todo homogéneo ni compacto, sino más bien heterogéneo. Pero el sectarismo está también al interior del propio Partido. El grupismo, las correlaciones, el subjetivismo, la desconfianza entre camaradas, los métodos administrativos, la chismografía, el uso de adjetivos para calificar a las personas, son ejemplos claros de ello. Para vencer el sectarismo es indispensable poner en juego la educación ideológica en el espíritu de la línea de masas, encontrar los métodos de trabajo apropiados que ayuden a sumar fuerzas y no dividirlas, construir una cultura de la unidad que ponga en primer plano los intereses del pueblo, la patria y el socialismo. La intolerancia con quienes no piensan igual que nosotros, la incapacidad para discernir correctamente lo que nos une de las diferencias, la desconfianza entre camaradas, o la sustitución de métodos democráticos por otros como el espíritu de grupo, los golpes bajos, los comentarios "críticos" a espaldas de los camaradas, el culto por los cargos, el avasallamiento que se apoya en mayorías eventuales, entre muchos otros ejemplos, no corresponden al ideal que abrazan los comunistas ni a sus métodos de trabajo..

8.- EL ESPIRITU DE PARTIDO DE LOS COMUNISTAS

El Partido Comunista es un destacamento político de la clase obrera organizado para llevar a cabo la revolución y construir el socialismo. Su capacidad de combate descansa en la justeza de sus objetivos, en la confianza que deposita en las masas populares, en su firmeza ideopolítica y en su fuerte espíritu de organización y disciplina. El militante, a su vez, mediante un proceso de transformación ideológica a través de la práctica revolucionaria, del estudio persistente, de la crítica y la autocrítica honestas, de la lucha de las masas y la actividad organizada y la disciplina consciente, forma sus cualidades y carácter, su espíritu comunista. Es decir, su actitud de lealtad al Partido y a las masas populares, sus estilos de trabajo propios del proletariado, su voluntad de lucha tenaz, sus valores morales. Si el Partido es la forma superior de organización del proletariado, es obvio que sin contar con él no serán posibles la revolución ni la elevación de la clase obrera a clase dirigente. El partidismo es, pues, un rasgo indispensable que debe caracterizar a todo comunista.

Al momento de abordar el trabajo de organización estas cuestiones deben merecer atención prioritaria. Siendo débil e insuficiente el espíritu partidista y la actitud comunista en muchos cuadros y militantes, es inevitable que estén presentes errores, desviaciones o incluso deformaciones en el trabajo, cuyas consecuencias políticas muchas veces son muy serias.

En el pasado, por ejemplo, no pocos militantes que accedieron a los gobiernos municipales o al parlamento, una vez alcanzado su "objetivo" personal se "independizaron" del Partido, desacataron su orientación o violaron sus políticas con argumentos venales para cubrir su oportunismo político. Otros, a quienes se asigna determinadas responsabilidades, al ser cambiados de ubicación hicieron o hacen lo mismo con el argumento de ser "maltratados". Otros, frente a las dificultades inevitables en la lucha revolucionaria, optaron por la pasividad o se convirtieron en críticos desde las graderías. En todos estos casos una cosa queda transparente: eran militantes con un débil espíritu partidista, muchos de los cuales llegaron al Partido en momentos de auge y bonanza. En realidad eran compañeros de viaje en cuyo fuero interno pesaba el criterio de "yo me sirvo del Partido", "el Partido se sirve de las masas". Su ideología, en el fondo, es el pragmatismo utilitario, el egoísmo, el individualismo, el "yo primero", ajenos por completo al marxismo y al partidismo comunista.

En los casos señalados, el cargo o la representación pública se convierten en un fin, en una ventaja personal, en lugar de entenderlos como una responsabilidad política que les encarga el Partido y confían las masas populares. En esas condiciones les resulta un grillete inaceptable la presencia y el control del Partido y el de las masas populares, pues se convierten en trabas para sus propósitos arribistas, muchas veces corruptos. Quienes entienden así su militancia en el Partido están errados de punta a rabo.

Esa es una de las fuentes del oportunismo político, cuya versión más grosera, pero al mismo tiempo más ilustrativa, son los tránsfugas, gentes sin principios que se escudan en la democracia y la libertad para cubrir sus trapacerías, verdaderas hetairas de la política que Montesinos puso al descubierto y que ahora copan esferas de poder en el gobierno toledista como ayer lo hicieron durante el régimen de Fujimori. Son los nuevos Chirinos Soto de la política criolla. Desde luego, la cobertura es simple: son los encargados de garantizar la "transición democrática".

El colectivismo es al socialismo lo que el individualismo al capitalismo. Desde luego que el colectivismo marxista no anula la personalidad ni limita los derechos de la persona. La verdadera libertad y la plenitud de las posibilidades de los individuos sólo se desarrollarán en el socialismo. Otra cosa es el individualismo que defiende la ideología liberal burguesa, que convierte al ser humano y la vida entera en mercancía. Aquí también nos encontramos en un tema con fuerte contenido ideológico, donde la solidaridad, la fraternidad, la acción colectiva, son parte componente de la política comunista.

Examinen ustedes la experiencia de la revolución cubana. En su orígenes, durante el Moncada, en ningún momento se declaró socialista. "La historia me absolverá", el extraordinario alegato de Fidel Castro, tiene un programa democrático y su guía ideológico es Martí. Entonces existía el Partido Popular Socialista (comunista), pero no participó en esa gesta. Sus integrantes provenían de sectores radicales de la juventud y la intelectualidad cubana. En todo el período anterior al desembarco del Granma y a lo largo de la campaña militar que termina con el derrocamiento de Batista y la instalación del gobierno revolucionario en 1959, Fidel nunca habló de su orientación socialista. Sólo después de la agresión a Cuba montada por los yanquis en Playa Girón, Fidel declara el rumbo socialista de la revolución cubana "en el momento preciso, en el minuto exacto", como expresara en su discurso con ocasión del 40 aniversario de aquel suceso. Este proceso, sin embargo, no fue espontáneo, espoleado por circunstancias superiores a los conductores de la revolución, sino consciente, manejado con visión estratégica desde sus orígenes. En el discurso que Fidel pronunció en la Universidad de Caracas, refiere que ya durante el Moncada tenía una filiación socialista, pero que por razones de manejo político y estratégico nunca lo declaró. Habría sido una imprudencia y una falta de tacto mostrar sus cartas al adversario. Los hechos posteriores confirmaron que tenía toda la razón. Sabía a dónde iba, tenía las metas claras; no es que los acontecimientos lo sorprendieron. La proclamación del carácter socialista de la revolución cubana, precisamente en ese momento y no en otro, mostró su extraordinaria capacidad de conducción pero también el enorme respaldo del pueblo a la causa revolucionaria que Fidel encarnaba. Sin ese respaldo, emocional primero, luego consciente, el socialismo no habría tenido raíces sólidas. De allí a la conformación del Partido Comunista de Cuba no distaba mucho, aún cuando debió seguir un curso complejo que no es el momento relatar. Lo que debe quedar muy claro es que la conformación del Partido Comunista de Cuba devino una necesidad objetiva, una condición imprescindible para la revolución y construcción del socialismo, sin por ello renunciar a la continuidad de un proceso que nace con la lucha por la independencia y se apoya en el pensamiento martiano.

El espíritu de partido es fundamental en la educación de los comunistas. Si se debilita o cede a las presiones ideológicas de la burguesía o la pequeña burguesía, más proclive en este ultimo caso al eclecticismo; si no se vence la ideología espontaneísta y el culto por el empirismo en nuestras filas, no estaremos forjando comunistas con el temple que nos legó Mariátegui, ni contaremos con el partido de vanguardia que la revolución peruana necesita.

Somos convencidos que sin el papel dirigente del partido del proletariado no hay socialismo. El pueblo peruano, sin una fuerza directriz que lo guíe, una teoría que alumbre su camino, un ideal que le señale un derrotero seguro y una fuerza organizada que lo agrupe, ponga en movimiento y discipline, será como un barco sin timonel ni rumbo. Entonces entenderemos mejor la trabazón dialéctica entre pueblo y vanguardia, y apreciaremos en toda su dimensión el papel histórico del Partido Comunista. También el significado de la militancia comunista, distinta en sus objetivos, compromiso y estilos de trabajo de la militancia en un partido burgués o pequeñoburgués.

9. LUCHA DE CLASES, VALORES Y SU IMPORTANCIA EN LA
CONSTRUCCIÓN ORGÁNICA

El socialismo, con relación al capitalismo, representa y asume una nueva concepción del mundo y la vida. Independientemente de las fases o condiciones concretas que deba atravesar hasta su etapa madura, se propone sustituir la propiedad privada capitalista por la propiedad social y de todo el pueblo, dando término a la explotación del hombre por el hombre y a la polarización social, desarrollar incesantemente las fuerzas productivas, impulsar junto al progreso económico el incesante progreso cultural y espiritual, alcanzar el bienestar del pueblo y la convivencia racional de éste con su medio ambiente. El socialismo peruano será, a la luz de la experiencia vivida, un proceso prolongado, complejo y contradictorio, sobre todo si entendemos que seguimos siendo un país capitalista subdesarrollado, atrasado, con fuertes remanentes económicos, políticos, ideológicos y culturales que arrastramos incluso del pasado colonial y feudal.

Esta es una razón que explica la necesidad de propugnar y construir una nueva cultura política y también valores espirituales que encarnen lo mejor que hemos acumulado a lo largo de la historia en tanto singularidad que somos como peruanos, enriquecida con los aportes y avances logrados por la humanidad progresista. En tal sentido, la ideología no puede entenderse como un concepto abstracto. Se traduce en concepciones, actitudes, estilo de trabajo, y también en valores como la solidaridad, la fraternidad, la honestidad, la laboriosidad, el colectivismo, la lealtad a los principios, al Partido y al pueblo; la actitud crítica franca, constructiva y creadora; el patriotismo, la identidad y dignidad nacionales; la libertad, la democracia, la unidad en la diversidad que somos como país multiétnico y multicultural; el internacionalismo, la convivencia racional con el medio ambiente.

Entendemos la política en su alto sentido transformador y de servicio al pueblo; jamás como un asunto de ventajas o beneficios personales. Creemos en el pueblo como el verdadero héroe que construye la historia. Los comunistas no renuncian al legado histórico del pueblo peruano ni al patrimonio creado por la humanidad, pero diferencian aquello que representa el progreso de lo que constituyen elementos conservadores, expoliadores, opresores.

Al proponer una cultura política nueva, no queremos afirmar que todo comienza con nosotros. Somos un pueblo con una continuidad histórica de milenios, y somos parte del mundo. No tenemos por qué sentirnos disminuidos ante nadie ni por qué imitar todo lo que viene de fuera. Nos ha costado demasiado copiar de otros renunciando a lo propio. Los peruanos podemos emanciparnos de yugos ideológicos que se nos imponen como verdades inobjetables, sin por ello excluirnos del mundo, sino más bien afirmar nuestra presencia en él desde la realidad peruana y latinoamericana. ¡Confianza en nuestras propias fuerzas, confianza en el pueblo, confianza en el futuro!, sintetiza un valor fundamental que atraviesa todos los aspectos del trabajo revolucionario, incluyendo el de organización.

¿Cómo construir el Partido con un firme espíritu comunista entre sus integrantes, sin estos valores? No es posible. Pero hay más. Tomando conciencia de su necesidad y asumiéndolos en los hechos nos encontraremos, también, en condiciones de extenderlos a la sociedad en confrontación con los valores decadentes de las clases dominantes, de encontrar las vías para enraizar profundamente en el corazón y en la conciencia de los trabajadores, de modo que las palabras socialismo y comunismo no sean conceptos genéricos sino concretos, vivos, parte de la vida cotidiana de la gente.

El capitalismo en cualquiera de su variantes ideológicas, políticas o económicas -pongamos por ejemplo el neoliberalismo o la Tercera Vía- no está en condiciones de ofrecer ni realizar estos valores. Son antagónicos a su naturaleza como a los intereses de clase que representa. Está en la esencia del capitalismo, sobre todo en la época del imperialismo, extremar el individualismo, el pragmatismo utilitario, el consumismo a ultranza, el exitismo corruptor, la ley del más fuerte, la dependencia y sumisión a lo extranjero, el afán de lucro y la concentración de la riqueza; en suma, la mercantilización del ser humano, sus valores, sentimientos, su relación con su entorno medioambiental. Los monopolios y el imperialismo, cuya ley es la máxima tasa de ganancia, jamás serán solidarios. Su lógica es la explotación del trabajo, la ley de la selva, el hegemonismo, la expoliación, la mercantilización del ser humano.

10. LOS ESTILOS DE TRABAJO Y LA LABOR ORGANIZATIVA

Los estilos de trabajo de un Partido tienen enorme importancia en su construcción y, desde luego, en su construcción orgánica. Los estilos de trabajo de los partidos comunistas están asociados a la ideología, o mejor dicho, son expresiones de la ideología comunista en el comportamiento, la actitud y los métodos de trabajo que asumen los comunistas.

El diccionario de la lengua española define estilo como modo, manera, forma de escribir, hablar, como sello particular de una personalidad u organización. En este caso se trata del modo, la manera o la forma que caracteriza el trabajo que realizan los comunistas, que lo distingue de los partidos burgueses o pequeñoburgueses, a quienes caracteriza igualmente su sello particular, sus formas de trabajo. Por ejemplo: el caudillismo, la demagogia que flota sobre todo en épocas electorales, el desdén por las masas populares, la imitación ciega de lo extranjero, la manipulación, el clientelaje y el asistencialismo, la corrupción, la mercantilización de la política, la mentira recurrente, etc.

El estilo de trabajo es un asunto al que los partidos comunistas prestan atención especial. Lamentablemente, después de la muerte del Amauta no ha sido así en el caso nuestro. Es verdad que sobre el tema venimos hablando desde un tiempo atrás, pero debemos reconocer autocríticamente que más como frase de cliché que como una necesidad perentoria y fundamental en la construcción del Partido.

Necesitamos construir un Partido que posea estilos de trabajo realmente comunistas. Estilos de trabajo que se conviertan en los rasgos fundamentales que caractericen el pensamiento y comportamiento de sus integrantes y que, al mismo tiempo, marquen la diferencia cualitativa del Partido del proletariado peruano del resto de partidos y organizaciones políticas.

La experiencia del Movimiento Comunista Internacional es muy rica al respecto. José Carlos Mariátegui ofrece ejemplos sumamente valiosos al respecto, aunque no siempre valorados. Allí encontramos un punto de apoyo inapreciable que está en nosotros, los comunistas peruanos, asimilar y enriquecer.

Resumiendo la experiencia de la construcción del Partido Comunista de China, Mao Zedong sintetizó cuatro estilos de trabajo fundamentales: unidad de la teoría y la práctica; línea de masas; crítica y autocrítica; estilo de vida sencilla y lucha dura. Donde se establecen el dogmatismo o el empirismo queda rota la unidad entre la teoría marxista leninista y práctica, y sus efectos serán desastrosos para la revolución como en la construcción del Partido. La línea de masas se fundamenta en el concepto marxista de que las masas hacen la historia. Sin su concurso activo no habrá revolución o, si se produce, será expropiada por la burocracia. La crítica y la autocrítica es la herramienta fundamental para resolver las contradicciones en el seno del Partido, para elevar la calidad de sus integrantes y asegurar, al mismo tiempo, el desarrollo lozano de la organización. Los comunistas aspiran a una vida sencilla, ajena al lujo, el dispendio o la vanidad, son servidores del pueblo, soldados de una causa colectiva, que saben que la lucha que asumen concientemente será ardua y difícil, sin recompensas materiales de por medio. Tales estilos de trabajo tienen alcance mundial, independientemente de las singularidades de cada país y revolución.

Al referirse al estilo de trabajo de los bolcheviques, Stalin señaló que tenía dos particularidades: a) el ímpetu revolucionario ruso, y b) el sentido práctico norteamericano. De un lado, el ideal, la pasión, la capacidad de entrega y sacrificio, motivados por la conciencia y la responsabilidad revolucionarias; del otro, la determinación de llevarlas a la práctica, de no quedarse en las palabras o en las declaraciones, con sentido concreto y práctico de la cosas y distante del diletantismo, la fraseología o los debates interminables pero sosos. Sin firme sentido práctico el mejor ideal y la mejor política quedarán flotando en el aire. Solamente quienes estuvieron impulsados por esta conciencia y voluntad pudieron llevar a cabo la Revolución de Octubre y continuarla en las condiciones más difíciles.

Kim Il Sung, a su vez, sacando lecciones del Partido del Trabajo de Corea señala, entre otros, los siguientes estilos de trabajo: a) el espíritu combativo de innovación y avances ininterrumpidos; b) laborar y vivir con dinamismo y fervor; c) trabajo basado en los principios y la imparcialidad; d) laborar abnegadamente a favor del Partido y de la revolución; e) ser modestos y sencillos, vivir con desinterés y honradez. Todos ellos perfectamente aplicables a nuestra realidad. Por ejemplo, el "espíritu combativo de innovación" y de "avance ininterrumpido": El nuestro debe ser siempre un partido de vanguardia, abierto a lo nuevo, dispuesto a innovarse incesantemente de acuerdo a como cambia la realidad, que no se deja ganar jamás por la rutina ni se contenta con lo alcanzado. No olvidemos la conocida expresión del Amauta: "El hombre llega para partir de nuevo".

Todos estos estilos de trabajo son valederos y pueden ser tomados como suyos por los partidos comunistas. El problema no está tanto en el enunciado como en la decisión de convertirlos en el modo de trabajo del partido de la clase obrera, en el rasgo particular que lo distingue de otros partidos no proletarios.

Mariátegui sentó importantes estilos de trabajo que necesitamos conocerlos, estudiarlos y tomarlos en cuenta en la construcción del Partido. Cuando expresó que la revolución no debe ser "calco y copia" sino "creación heroica del pueblo", señaló el derrotero de pensar la revolución peruana con cabeza propia, partir de las condiciones reales del país, confiar en las masas populares como la fuerza motriz de la revolución y el socialismo. No tomarlo en cuenta como guía del trabajo del Partido nos ha traído graves errores y desastres.

Otro estilo suyo es la modestia, la transparencia de sus actos, su honestidad intachable. Es decir, la unidad entre su discurso y sus actos, sus ideales y su conducta concreta. Nunca entendió la política como beneficio propio sino como entrega leal a una causa que considera justa, la del pueblo trabajador, en cuyo propósito trabajó sin desmayo hasta el último momento de su vida.

Tampoco podemos olvidar su estilo de trabajo prudente como tenaz, su persistencia en el objetivo trazado. Al retornar de Europa viene con un plan preciso: "concurrir a la realización del socialismo" en el Perú. Es lo que hace desde el momento en que pone el pie en territorio patrio, siguiendo una secuencia ordenada, sin quemar etapas, creando las condiciones adecuadas para cada fase del trabajo en que está empeñado, sin descuidar un solo momento el reforzamiento de sus vínculos con la clase social que debía ser la impulsora de la revolución social: el proletariado.

Finalmente, merece especial atención su estilo de trabajo que vincula la política con la cultura, la "conquista del pan" con la conquista del espíritu y la belleza. Mariátegui nunca entendió la revolución como un hecho cerrado, acabado, sino como obra siempre abierta a lo nuevo, como unidad estrecha de la teoría y el pensamiento con la pasión, la entrega, la fe, el sentido heroico de la vida, que hace indispensable "la capacitación espiritual e intelectual del proletariado, a través de la lucha de clases". ¡Qué distante de los actuales dirigentes cuya mirada no va más allá de la grita reivindicativa, la denuncia parlamentaria, el gesto teatral para ganar imagen televisiva, incapaces de entender la profundidad del mensaje del Amauta!

En la construcción orgánica los comunistas no deben descuidar nunca la atención a los estilos de trabajo proletarios. Requerimos hacer de ellos características distintivas de los comunistas, fuerza motivadora de la actividad y actitud de cada militantes desde el mismo momento de su ingreso en el Partido, y de manera especial de sus cuadros y dirigentes. Ustedes pueden entender ahora por qué -donde están ausentes los estilos de trabajo revolucionarios y es débil la labor ideológica con los cuadros y también con los militantes- penetran y generan trastornos estilos de trabajo ajenos como el dogmatismo, el burocratismo, el sectarismo, el subjetivismo, el espontaneísmo, el utilitarismo, el asistencialismo, las murmuraciones, los métodos autoritarios o el relajamiento liberal.

Piensen si es posible reconstruir el Partido, elevar su calidad y ampliar el número de sus afiliados allí donde conservan influencia gravitante estos estilos de trabajo decadentes. La experiencia da una respuesta tajante: no. No hay que ir muy lejos para observarlo con nuestros propios ojos. Miren eb derredor suyo y constatarán que lo que estamos diciendo es verdad.

11. LUCHA IDEOLÓGICA Y COHESIÓN DEL PARTIDO

No podemos hablar de unidad del Partido si en su base no está la unidad ideológica y política. La unidad orgánica es importante, sin conseguirla no alcanzaríamos llevar a la práctica las decisiones y políticas del Partido. Pero la unidad orgánica se funda en la unidad ideológica y en la unidad política. Si no está clara la ideología ni definida la política, o no son entendidas o no están en el centro de nuestras preocupaciones como militantes revolucionarios, la construcción orgánica (células, comités, etc.) será como una nave sin objetivo ni fuerza que la impulse.

¿Qué se entiende por unidad ideológica del Partido? La unidad en el pensamiento, en la manera cómo entendemos y asumimos el marxismo leninismo y lo ponemos en práctica, cómo entendemos la realidad que es el Perú y la transformamos. Nuestra ideología y base teórica es el marxismo leninismo. Partiendo del marxismo leninismo debemos examinar la realidad peruana, y en general cada situación concreta, a fin de dar respuestas correctas a los problemas que demandan la revolución y la lucha de clases. Como el marxismo leninismo es una teoría científica y, al mismo tiempo, el sustento ideológico del Partido, la nuestra es una ideología con un definido sello de clase. En última instancia, es la cosmovisión del mundo, la sociedad y la vida materialista y dialéctica de los comunistas, su manera de pensar, su punto de vista y actitud de clase, y es también su adhesión a la línea básica del Partido. En resumen: la burguesía tiene su cosmovisión del mundo y la sociedad; el proletariado tiene la suya, opuesta a aquélla. La pequeña burguesía, fluctuando entre uno y otro, ecléctica y vacilante siempre, marchará detrás de quien es más fuerte y firme, capaz de arrastrarla ideológica, teórica y políticamente. Un partido comunista confundido, sin confianza en el ideal que asume, escaso de energías para definir su propio camino y defender sus fronteras, más dispuesto a hacer concesiones que abrirse paso por sus propios medios, no será nunca un partido de vanguardia y estado mayor revolucionario.

Aquí nos interesa insistir en el método para fortalecer la unidad ideológica del Partido. No es un contrasentido hablar de unidad y, al mismo tiempo, de lucha ideológica. En el Partido también tiene expresión la unidad y lucha de contrarios. Por ejemplo, la lucha entre lo nuevo y lo viejo, entre lo correcto y lo erróneo, entre lo avanzado y atrasado. Estas son contradicciones que están presentes constantemente y pueden resolverse a través de la crítica y la autocrítica, que es la forma que adquiere la lucha ideológica en el Partido, y por extensión, en el seno de las masas populares. Sin esta lucha ideológica activa, franca, honesta, orientada a corregir los errores, fortalecer la unidad entre los camaradas y hacer avanzar al Partido y la causa revolucionaria, su unidad será frágil, muchas veces más formal que real.

Somos partidarios del método de la lucha ideológica en el Partido a través de la crítica y la autocrítica, buscando siempre "curar la enfermedad para salvar al paciente" y no matar al paciente conservando la enfermedad. Desde luego, si la contradicción se antagoniza, si ya no es posible su solución por los medios normales, el camino a seguir será otro.

Haciendo uso de la lucha ideológica nos proponemos fortalecer la educación de los militantes, y también de los cuadros y dirigentes, en la teoría, los principios, línea, programa, políticas, valores, estilos y métodos de trabajo marxista leninistas, recurriendo a la crítica y la autocrítica para vencer la influencia ideológica de la burguesía y la pequeña burguesía, depurarnos de las ideas y concepciones erróneas, reeducarnos permanentemente como revolucionarios consecuentes que luchan con tenacidad por la revolución y el socialismo.

No olvidamos, desde luego, que en las sociedades de clase la ideología tiene también su sello de clase, y que la ideología dominante pertenece a la clase dominante.

El objetivo de la lucha ideológica en el Partido es fortalecer su unidad, hacerlo más impenetrable a la influencia de ideologías extrañas, elevar su capacidad de dirección, la calidad y disposición de lucha de sus miembros.

Veamos un caso concreto: por decisión del X Pleno del Comité Central, refrendada luego por el VII Congreso, tenemos una tarea: vencer en la esfera ideológica la influencia del espontaneismo, el empirismo y el subjetivismo, verdaderas trabas que impiden su normal desenvolvimiento y desnaturalizan el pensamiento y la acción de sus militantes. Planteado el problema, ¿cómo llevarlo a la práctica? Mediante la campaña de unificación, cualificación y rectificación en torno de las decisiones del VII Congreso. Una campaña así implica estudiar los problemas, examinar sus manifestaciones, buscar sus causas históricas, cognoscitivas, teóricas y clasistas, para, conociéndolos debidamente, criticarlos a fondo, rectificarlos y alcanzar así una nueva unidad sobre una nueva base, haciendo que los camaradas avancen y el Partido salga más fortalecido. El método a seguir es el de la crítica y la autocrítica franca, honesta, objetiva, que no se parece en nada a los métodos liquidadores y sectarios, ni cae en los vicios de subjetivismo o liberalismo.

Como organismo vivo que es el Partido, está sujeto a contradicciones y está obligado a resolver problemas. Un partido monolítico como una plancha de acero, sin contradicciones, no existe. Mientras estas contradicciones estén ubicadas en el seno del pueblo el método para tratarlas es la crítica y autocrítica, fundadas en el estudio concienzudo de cada situación concreta. El nivel de conciencia y de experiencia de sus miembros tampoco es uniforme. En su camino de avance no todo es acierto y victoria; están presentes también errores, reveses, retrocesos, así como peligros de desviarse hacia la derecha o hacia el izquierdismo. Esta situación nos obliga a estar vigilantes y a reeducarnos constantemente, a elevar nuestro nivel de conocimientos teóricos como la comprensión de la realidad en la cual trabajamos, a investigar y elevarnos cultural e intelectualmente, a enriquecer incesantemente la práctica revolucionaria del Partido y su teoría de la revolución peruana, todo ello inseparable de los esfuerzos incesantes para vincularnos y luchar junto a los trabajadores, a las masas populares. ¡Unidad de pensamiento y acción!

Para entender la lucha ideológica en el Partido -muy distinta de la lucha de ideas con la burguesía- tenemos que partir de reconocer que su objetivo no es antagonizar las contradicciones existentes, ni excluir a los camaradas, ni liquidar a nadie. Tiene por objetivo resolver los problemas, cohesionar al Partido y capacitarlo para que se encuentre en mejores condiciones para cumplir su responsabilidad histórica. Si no lo entendemos así volveremos a incurrir, una vez más, en luchas internas que tuvimos en el pasado con resultados desastrosos para el Partido y la revolución peruana.

¿Dónde están aquellos camaradas que decían tener la verdad marxista-leninista en sus manos y, en nombre de esa "verdad" formaron fracción y dividieron al Partido? ¿En qué han terminado? ¿Tenían razón o no? Los hechos muestran que estaban equivocados. Todos ellos, uno a uno se fueron disgregando hasta desaparecer del mapa político. Seguramente parte de sus críticas fueron justas. No podemos decir que la dirección del Partido no tuviera entonces problemas o errores. Pero debió enfrentárselos de otra manera, recurriendo a la crítica y la autocrítica, a la lucha ideológica franca y leal, de ninguna manera fabricando contradicciones artificiales, promoviendo grupismos y fracciones, introduciendo el método vedado de la calumnia y de los adjetivos liquidadores, llevando a una discusión divorciada de la realidad y ajena a las tradiciones del marxismo leninismo.

Para que haya una lucha ideológica sana, camaradas, tiene que haber confianza y respeto entre nosotros, debemos aprender a querernos porque somos combatientes de una misma causa, entender que esa lucha al interior del Partido tiene por objetivo corregir los errores y mejorar el trabajo, no liquidar ni excluir ni desacreditar a nadie. Lo que se busca es que seamos mejores como Partido y como comunistas y que nos encontremos en mejores condiciones para servir a la causa revolucionaria en que estamos empeñados. Es posible que algunos ya no avancemos al ritmo deseado; otros quizá se queden en el camino; pero hagamos los esfuerzos necesarios para que la mayoría avance, se cohesione y contribuya en la reconstrucción del Partido y en el cumplimiento de las tareas revolucionarias.

A mi juicio, nos encontramos en condiciones inmejorables para llevar a cabo la tarea de reconstruir el Partido y convertirlo en un verdadero Partido revolucionario de masas. El problema no está fuera, sino en el factor subjetivo, en nosotros. Existen sin embargo dos peligros que debemos advertir y evitar. En primer lugar, el Partido se cierra, se mantiene sordo y ciego a esta realidad, sigue en lo mismo, con estructuras que no funcionan como corresponde, sumido en la rutina, en el espontaneismo y el empirismo, evitando hacer política de cara a las masas, timorato ante los fenómenos nuevos o la presencia de fuerzas juveniles, separado de la clase social que representa; entonces, en lugar de crecer y avanzar permanecemos estancados desaprovechando una oportunidad excepcional para el relanzamiento del Partido. O, en segundo lugar, nos abrimos en desorden, arrastrados por la ola del movimiento espontáneo o por las urgencias electorales, entonces tendremos un crecimiento anárquico, donde mucha gente se incorpora empujada por la dinámica espontánea o por intereses puramente electorales sin que el Partido tenga la capacidad de absorber, depurar, cualificar y cohesionar ese contingente. Son dos posibilidades, que hay que prever y evitar.

Está claro que el Partido no avanzará en su reconstrucción ni ésta será la deseada, fuera de la lucha de clases en sus diversas formas y de la lucha de masas. El Partido no se parece en nada a una torre de marfil. Es un organismo vivo, actuante, inmerso con todos sus poros en la lucha de clases. La lucha de masas no espera a que estemos mejor. Está allí, con nosotros o sin nosotros. No existe ningún indicio que asegure que el régimen de Toledo traerá prosperidad y estabilidad. Además, hay muchas tensiones y expectativas que exigen respuesta, que no será fácil satisfacer. Esto lo venimos diciendo con insistencia. Siendo así las cosas debemos estar presentes en esa lucha y, por eso mismo, necesitamos acelerar los trabajos internos para hacerlo en mejores condiciones. Esta misma apreciación vale con relación al trabajo en el MNI y la JP. Un problema que se presentará y que debemos estar preparados para resolverlo bien es el siguiente: cómo articular la campaña por la unificación del Partido con el movimiento de masas, la lucha política y la construcción del MNI y la JP. En términos más generales el reto es: cómo integrar en un plan único la reconstrucción del Partido, la reconstrucción de la izquierda y su unidad, el movimiento social en desarrollo. En lo que concierne a la construcción orgánica esta realidad dejará también su impronta, y hay que entenderla como tal tomando medidas urgentes que el VII Congreso las ha definido con claridad. Desde el X pleno del VI Congreso venimos insistiendo en que, con el auge inicial de masas, el Partido enfrentará una contradicción que debe ser tomada en cuenta: entre las potencialidades crecientes para la recuperación y el desarrollo de la izquierda, de un lado, y las capacidades reales del Partido que no están aún a la altura de esas exigencias, del otro. Esta contradicción es hoy más real que nunca

Resumo. Debemos encontrarnos preparados para enfrentar actitudes conservadoras que se resisten a los cambios que la realidad impone y que se aferran a los hábitos establecidos; y también tendencias anárquicas y liberales que subordinan la calidad a la cantidad o se dejan arrastrar por la ola del momento, perdiendo de vista los principios y los objetivos históricos que animan al Partido.


12. LA CUALIFICACIÓN IDEOLÓGICA Y POLÍTICA ES DE
FUNDAMENTAL IMPORTANCIA PARA UN CORRECTO
TRABAJO ORGANIZATIVO

En las condiciones señaladas el Partido tiene urgente necesidad de prepararse para canalizar, orientar y organizar ese potencial que se muestra a nuestros ojos. Potencial que, con toda seguridad, se incrementará en los próximos años. Hoy día es fácil olfatear que la población espera respuestas concretas a sus problemas, en particular las generaciones nuevas. Mucha gente siente que el neoliberalismo no le garantiza nada, que el Perú necesita cambios de verdad, que ya no puede esperar más. La impaciencia es la antesala de la protesta y la rebeldía. Pero la impaciencia y la rebeldía popular necesitan ser canalizadas, orientadas, organizadas, dándoles un derrotero seguro. El oposicionismo ciego, a la larga, es errático y embota la conciencia de los trabajadores.

En estos años campeó la ideología neoliberal instalando el apartidismo y la despolitización, el pragmatismo y el "exitismo", el asistencialismo y la resignación, en vastos sectores de la población, en especial en la juventud. Las ideas marxistas casi desaparecieron del escenario. Muchos que declaraban su filiación comunista, socialista o marxista, se pasaron al campo adversario o al centro izquierda. Además, se debilitó el prestigio del socialismo, sobre todo luego del derrumbe de la ex URSS y por el accionar senderista. Esta fase difícil para los comunistas peruanos está pasando. Ingresamos en un nuevo periodo de flujo inicial de masas, que se extenderá en el futuro próximo. En este escenario es indispensable intensificar la lucha de ideas para poner en evidencia la naturaleza del imperialismo y el neoliberalismo, para mostrar las falencias del capitalismo, al mismo tiempo que esclarecemos las ideas, programa y propuestas que representamos. No es pequeña la tarea que tenemos por delante. Conscientes de ella, estamos obligados a prepararnos para enfrentarla, prepararnos sin pérdida de tiempo.

Necesitamos prestar más atención al arte de dirección y sus implicancias en el trabajo organizativo. Una correcta conducción política reclama igualmente una correcta capacidad organizativa que permita canalizar y articular, en los diferentes aspectos, esas potencialidades en desarrollo. Al reconocer la importancia de la labor organizativa en el Partido no debemos tampoco dejar de lado o descuidar las demás formas de organización con que se dotan las masas, cuya importancia es obvia. Este tema merece un examen especial en otro momento, y pronto.

En segundo lugar, camaradas, nos encontramos frente a sorprendentes cambios técnicos y científicos cuyo impacto es enorme. Un mundo queda atrás, el mundo del siglo XX; se abre otro, cargado de tensiones y modificaciones en muchos ámbitos de la vida: el siglo XXI. ¿Cómo manejar estos cambios? ¿Cómo ingresaremos, de manera apropiada y correctamente, en ese nuevo espacio? ¿Cómo aprovecharemos sus ventajas en beneficio de la causa revolucionaria y el desarrollo del Partido? En este contexto tenemos a la vista un problema clave: la necesidad del Partido de acelerar la cualificación de sus dirigentes, cuadros y militantes. Si no lo hacemos con presteza, seriedad y madurez, no estaremos en condiciones apropiadas para responder a esos retos en los diversos campos de la actividad política, económica, social,