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EXPOSICIÓN DE ALBERTO MORENO ROJAS,
SECRETARIO GENERAL DEL PARTIDO,
ANTE LA COMISIÓN DE LA VERDAD Y RECONCILIACIÓN



Señor Presidente de la Comisión
de la Verdad y Reconciliación,

Señores Comisionados:

Me siento honrado de dirigirme a ustedes para exponer las reflexiones del Partido Comunista del Perú - Patria Roja - en torno de los sucesos penosos vividos durante las pasadas décadas de violencia y, acaso, aun no superados. Como partido político fuimos también víctimas de ese hecho y muchos militantes nuestros como Ledgar Muñoz, Diputado Regional, Juan Ccorilloclla, dirigente magisterial, Marcelino Pachari, alcalde de Azángaro, Norman Bedoya, profesor universitario de Puno, entre otros, fueron asesinados cobardemente por el terrorismo y también por la acción violenta de las FF.AA. y PP.

Es pertinente recoger un antiguo proverbio africano: Si no sabes a dónde vas, regresa para saber de dónde vienes

Parte sustantiva de la cultura nacional, que está en la base de sus muchas frustraciones, desencuentros y fracasos, es la tendencia a mirar el presente como si careciera de raíces que la nutrieron, o perder de vista el futuro sin el cual no hay rumbo seguro ni confianza en las posibilidades disponibles.

La violencia, señor Presidente, en nuestro caso es estructural y adquiere muchos tonos a lo largo de la historia. El más trágico, pero no el único, fue la guerra interna que alcanzó niveles terriblemente irracionales en las década de los ochenta y noventa. Pero no cometamos el error de olvidar los aciagos sucesos de los años 30s y otros posteriores.

El Perú nació escindido a la República, excluyendo a la inmensa mayoría indígena, campesina y negra, a quienes se les negó su condición de seres humanos y sus derechos fundamentales, en beneficio de pocas familias que heredaron los privilegios de la colonia. Exclusión sólo posible por el poder concentrado de la economía, del poder militar y la cultura, y por el predominio de una ideología racista y autoritaria en colusión con fuerzas extranjeras. El sueño de libertad, igualdad, justicia, democracia, independencia, integración, se esfumó y sus secuelas continúan hasta el presente.

A 182 años de fundada la república los grandes temas que debieron resolver sus elites dirigentes, continúan irresueltos. Seguimos siendo una sociedad fragmentada, desintegrada entre sus regiones, con abismales diferencias sociales que excluyen a muchos y benefician a pocos, con desarrollos desiguales, con un enorme atraso cultural de acuerdo con los estándares mundiales, con poblaciones étnicas que recién empiezan a ser reconocidas.

En una fase histórica de cambios titánicos y de la globalización de las comunicaciones y la economía, permanecemos con desconexiones regionales y con polarizaciones entre ellas, inaceptables. En un mundo donde la educación, la cultura, la ciencia y la tecnología deberían ser ejes fundamentales del desarrollo, nos encontramos en estos rubros entre los países más atrasados de la región.

La fuerza cohesionadora de toda sociedad son sus grandes valores morales que la nutren, le dan sentido, fuerza, pasión, mito, en suma, voluntad de realización. Por desgracia no la tenemos, o la poca que tuvimos la seguimos perdiendo. Marchamos como un barco a la deriva sin puerto de llegada seguro. Domina el presentismo, la aspiración coyuntural, el ventajismo fácil desde el Estado o fuera de él, en lugar de ser promotores de una la cultura del trabajo, de la honestidad, de la frugalidad, de la solidaridad, de la democracia y la libertad con igualdad para todos. Y ni siquiera hemos logrado afirmar, en la diversidad que somos, nuestra identidad como país.

Seguimos careciendo, pues, de mito, de proyecto nacional, de sentido de realización que nos lleve por una ruta firme y consensuada. ¿Sabe alguien con certeza a dónde vamos? ¿Imaginamos el Perú del 2050? Es verdad que acumulamos enormes urgencias y necesitamos repuestas prontas. Hay que asumirlas. Pero debemos convencernos también que nadie estará en capacidad de resolverlas en 5 años. Lo que al Perú le falta es voluntad política, previsión, confianza de quienes gobiernan en las fuerzas del pueblo para hacer realidad los sueños que queremos construir. ¡Nos falta soñar en grande y hacer realidad esos sueños!

Mariátegui señaló con lucidez: el Perú ha tenido clase dominante pero no clase dirigente. Requerimos una fuerza dirigente, nuclear, capaz de aprovechar las potencialidades disponibles, de señalar un rumbo que comprometa a todos y no sólo beneficie a pocos como viene ocurriendo hasta el presente.

El siglo en el que hemos ingresado representa un reto gigantesco pero también, una oportunidad excepcional que, desafortunadamente, se está perdiendo. Pero estamos aún a tiempo de revertirla. El arte de la dirección política consiste precisamente en saber anticiparse y aprovechar las oportunidades.

En este escenario debemos entender el fenómeno Sendero Luminoso, también la respuesta del Estado y los militares a lo largo del conflicto vivido en las décadas pasadas. No como hechos aislados, producto de la voluntad mesiánica de Abimael Guzmán o como respuesta espontánea de las Fuerzas Armadas. En realidad, culmina, en su forma más trágica y brutal, lo que venía madurando a lo largo de siglos. No excluimos sus responsabilidades, que son enormes y sancionables. Pretendemos solamente señalar el escenario que pudo parir un fenómeno semejante.

Desde los orígenes de la independencia las fuerzas armadas asumieron el rol de poder armado. Más de la mitad de la vida republicana vivimos bajo regímenes militares y dictaduras sin más ley que su voluntad y más horizonte que sus ambiciones personales. La democracia fue casi siempre formal y hoy mismo sigue siendo precaria.

Los sectores populares: trabajadores, intelectuales, campesinos, étnicos, femeninos, jóvenes, madres de familia, culturales, populares en general, no encontraron ni encuentran vehículos de comunicación apropiados ni de solución que no sea muchas veces la fuerza. Y no en pocas oportunidades aplacadas a sangre y fuego.

El Perú requiere de cambio de fondo en lugar de paliativos que sólo logran prolongar el drama. Las tensiones sociales se acumulan en medio de una crisis estructural prolongada, de la política que es endémica, de la cultura que es permanente. Los períodos de decadencia no son precisamente de estabilidad y orden, sino de tensiones y convulsiones.

Sendero Luminoso expresó la confluencia de condiciones objetivas reales, sobre todo en las regiones más pobres y atrasadas, con la voluntad subjetiva, mesiánica y aventurera que creyó que la leña estaba seca. Falló en sus cálculos y al final terminó devorado por la lógica de la violencia que había iniciado. El terrorismo y el miedo como mecanismo de dominio fue la expresión extrema e inevitable para justificar lo que ya tenía perdido en el ámbito de la política y la moral, es decir el respaldo de la población.

Quisiera aprovechar esta oportunidad para desmentir el supuesto maoísmo de Sendero Luminoso. El Pensamiento de Mao y su experiencia práctica en la revolución china disienten radicalmente con el pensamiento y la acción de Sendero Luminoso. No hay punto de conexión ni como concepción, como estrategia, como método ni como relación con el pueblo. Por lo demás, toda experiencia histórica es irrepetible excepto como farsa.

Las Fuerzas Armadas tampoco escaparon a su trayectoria histórica en el Perú. Expresaron, más allá del manejo de sus mandos y de la estrategia que siguieron, ese sino histórico de resolver las crisis y las tensiones sociales con el concurso de la violencia sin límite, del miedo, del terror, y para ello, la violación a los derechos fundamentales de los ciudadanos terminó siendo funcional a la defensa de su estrategia.

Existe responsabilidad del Estado por este hecho acumulativo alimentado a lo largo de la República, pero igualmente de las élites que manejaron los destinos del Perú en función de privilegios subalternos y no de un país que tuvo y tiene enormes condiciones para ser distinto y mejor. Más interesadas en preservar la dependencia y el sometimiento a intereses externos que en afirmar la capacidad de autodecisión y la soberanía de la nación y el Estado.

También en la fragilidad y más de las veces intermitencia de la democracia peruana, casi siempre avasallada por el militarismo, el autoritarismo, el sentido aristocrático y burocrático del gobierno, el caudillismo o la corrupción y la prebenda.

En la ausencia de instituciones fuertes que ordenen la sociedad en lugar de su precariedad sujeta casi siempre a los dictados del poder de facto.

En la débil práctica democrática y el atraso cultural de la población, que impide formar ciudadanos libres, conscientes, capaces de hacer respectar los derechos fundamentales que le concierne, de hacer valer su dignidad y autoestima.

En el abismo social y la polarización económica, donde la justicia social está ausente. Una sociedad justa, equilibrada, libre de pobreza y fundada en el trabajo, no dará cabida a la violencia política ni social.

En la cultura del miedo, de la aceptación ciega, del temor a la prepotencia del más poderoso.

En la corrupción institucionalizada que quiebra dignidades y doblega voluntades.

También asume su cuota el centralismo que debió empezarse a resolver desde los orígenes de la independencia para permitir un desarrollo armónico del Perú y que, sin embargo, se acentuó hasta convertirse en un verdadero cáncer que asfixió la integración nacional, el desarrollo de los pueblos, la creación de un verdadero mercado nacional.

Sacando lecciones de este hecho luctuoso, sangrante, ¿podría afirmarse que el Perú ha comenzado a cambiar? Todo parece indicar que el olvido, una vez más, cubre de cenizas el campo. ¿Continuarán sus causas acumuladas a lo largo de la historia y se convertirán en los pretextos para el resurgimiento de situaciones parecidas que no deseamos? Lo dirá el tiempo. ¿Sabremos aprovechar las oportunidades que se nos presentan para iniciar otro camino que termine con las lacras del pasado y señale nuevos derroteros con verdadero sentido de nación, de independencia y democracia, de justicia social, estabilidad duradera, integración y desarrollo de cara al siglo XXI?

¿Persistirá la intolerancia, de la cual, hoy mismo el Partido Comunista del Perú - Patria Roja ­ es victima, cerniéndose sobre él la amenaza persecutoria y represiva sin ninguna prueba que lo demuestre?

Es penoso constatar que el Perú se desangra en debates de menor monta mientras los grandes problemas, los que deciden su destino, a pocos importa.

La tragedia vivida ojalá no vuelva a repetirse. Pero para ello hay que cerrar las válvulas que la hicieron posible y canalizar sabiamente las grandes energías que laten en millones de peruanos que quieren trabajo y que aspiran a entregar sus conocimientos y capacidades, en lugar de emigrar al exterior.

Por eso nuestra persistente propuesta de refundar la República, de construir un Proyecto Nacional que le proporcione direccionalidad duradera, de dotarla de una base constitucional sólida, moderna y proyectiva. En esta tarea caben la inmensa mayoría de peruanos.

Los hombres y mujeres de izquierda que continuamos en la terca apuesta de Mariátegui por el socialismo, no nos eximimos de responsabilidades. Fruto de tales errores fue el derrumbe de Izquierda Unida. Incompetencias para continuar el camino trazado por el Amauta nos llevaron al estrechamiento oposicionista y reivindicativo, en lugar de construirse como la gran fuerza política, intelectual y moral capaz de darle al Perú un Proyecto, una fuerza organizada, una solvencia moral que galvanizaran la pasión y la confianza de millones de hombres y mujeres que hace mucho buscan el cambio. Y por qué no decir también la falta de madurez para ser flexibles en la táctica sin perder el rumbo estratégico.

Nada de estos errores puede ocultar el hecho cierto de habernos mantenido en la lucha, persistido en la defensa de nuestros ideales, asumido con firmeza la defensa de la democracia, de la dignidad nacional, de los derechos humanos, de los intereses de los excluidos, de los trabajadores, de los jóvenes, de la mujer, de las poblaciones étnicas, de los marginados de la Patria, con riesgo incluso de nuestras propias vidas. Convencidos, además, de la importancia que tiene contar con una izquierda fuerte, madura, influyente, principista, como un contrapeso fundamental en la vida política nacional

Constrúyase una sociedad justa, una democracia sólida y participativa, un pueblo libre y soberano, una patria independiente que decida por sí su destino, un país con prosperidad creciente, una humanidad culta, fraterna y solidaria que enraíce en esta tierra y en esta historia, que se abra al mundo desde su identidad sin complejos de inferioridad, entonces, señor Presidente y señores Comisionados, la violencia será un asunto del pasado, un recuerdo doloroso, pero un recuerdo.

Lima, 10 de Junio del 2003.


Segunda parte de la intervención del Secretario General del Partido Comunista del Perú - Patria Roja, Alberto Moreno Rojas, ante la Comisión de la Verdad y Reconciliación*

En la historia de los pueblos se presentan momentos cruciales, de
grandes crisis que presentan precisamente las oportunidades para
dar paso a cambios de fondo en la sociedad. O se aprovechan esas crisis para modificar las estructuras establecidas y, con ella la mentalidad de la gente, o se las pierde y todo seguirá igual. Por eso, en mi primera intervención me referí a este tema. El ingreso en el siglo XXI es una oportunidad excepcional para ubicarnos bien en él; si no lo hacemos avanzaremos penosamente a la condición de un país inviable.

Desafortunadamente la política peruana no está pensada de esa manera. Nos consumen asuntos secundarios o pequeños, importantes sin duda en la coyuntura, pero considerada la dimensión de los problemas que tenemos que enfrentar, colocadas al margen de las grandes decisiones que se requieren asumir.

En lo que se refiere al primer punto, tiene que darse un reconocimiento explícito de todos los sectores comprometidos en lo ocurrido, comenzando por las Fuerzas Armadas. No se puede rehuir a una autocrítica severa, seria, que quede como testimonio para que no vuelva a repetirse y para que las cosas cambien de verdad en adelante. Esta responsabilidad también nos incluye a los partidos políticos obligados a asumir públicamente que fallamos en muchos aspectos.

No estuvimos a la altura de las responsabilidades que nos correspondió para producir los cambios que el Perú necesita. Unos por negarse a ellos, otros por falta de sabiduría para entender la realidad y entender al pueblo. Es necesaria una severa autocrítica. La gente ya no tolera la demagogia, no quiere el discurso ni la promesa fácil que nunca se cumple. Hay que recuperar la credibilidad en la política y la confianza de la población. Sin credibilidad no es posible la gobernabilidad de un país. La gente tiene que creer en algo, tiene que tener fe, confianza… y esto es lo que se ha perdido.

En segundo lugar, el reconocimiento a toda esa gente que ha sufrido, que padeció tremendamente las consecuencias de la violencia, gran parte de ella injustamente. El Perú les debe mucho. La mejor reparación es sentar las bases para que no vuelva a ocurrir. Se necesita grandeza y hondura de pensamiento para captar el mensaje. Con condenar un hecho no se garantiza que no vuelva a ocurrir.

En lo que se refiere a las posibilidades, el Perú tiene muchas condiciones favorables para salir adelante. Mi Partido está trabajando sobre tres ideas centrales e inseparables unas de otras: sostenemos que la República que se funda en 1821 está colapsada; pudo y debió resolver grandes tareas para permitir la construcción de un país moderno y próspero; no lo hizo. Quienes la dirigieron no fueron capaces siquiera de crear un mercado nacional, y menos construir un Estado nacional, integrar el Perú o sentar las bases de la justicia social. La descentralización política y económica continúa siendo un problema a resolver. No se ha logrado hasta hoy construir un Estado democrático, moderno, fundado en instituciones fuertes y estables. Continuamos siendo un país desintegrado, falto de cohesión, sin una fuerza nuclear capaz de poner en tensión sus potencialidades enormes y diversas.

Ahora que se habla de la globalización se pretende jibarizar las naciones o admitir que no tienen sentido. Pero la realidad desmiente esas predicciones. Todo pueblo que se propuso construirse sobre cimientos sólidos, lo primero que ha buscado es su cohesión nacional, construir su mercado nacional. Todos los países capitalistas desarrollados han seguido ese camino. Aquí se pretende una nueva ruta: renunciar a lo propio. Refundar la República es una necesidad y también una respuesta para iniciar un nuevo rumbo para el Perú de acuerdo a los ritmos y exigencias del siglo XXI. Hay que tener el coraje de admitir que pudimos hacerlo y no lo hicimos, con los resultados trágicos que conocemos. Los responsables están a la vista.

Somos partidarios del socialismo. Para nosotros ésta es una bandera inabdicable. Sin embargo, no desconocemos la necesidad de llevar a cabo estas tareas no realizadas o cumplidas a medias, y avanzar hacia metas superiores que la misma realidad se encargará de indicar. Pero ello requiere contar con un proyecto que, sin olvidar la solución de los problemas de hoy, señale una perspectiva viable capaz de cohesionar la voluntad de millones de peruanos. Un futuro mejor es posible y realizable en el Perú.

Es inviable resolver los problemas estructurales del país sin colocar como una de sus piedras angulares la educación, la ciencia y la tecnología. Así como estos hay muchos campos sobre los cuales deberíamos discutir en profundidad y ver en qué podemos ponernos de acuerdo independientemente de las diferencias ideológicas o de programa. Al Perú le faltó históricamente construir una gran unidad nacional porque nunca contó con un proyecto que lo galvanizara ni una clase que lo construyera. Fue inevitable - sigue siéndolo - allí donde la exclusión, la polarización social, el centralismo y la dependencia dominaron el pensamiento y la acción de las élites gobernantes.

Este es el verdadero reto del siglo XXI.

Requerimos para ello construir una nueva cultura política. La que heredamos del pasado y sigue pesando como una loza infausta, donde la formalidad y los gestos aplastan la realidad, de la que no nos excluimos quienes nos ubicamos en el lado de la izquierda socialista, está terminada y sobre esa base no es posible renovación de fondo alguna. Subsisten y siguen dominando aún viejas reminiscencias coloniales, aristocráticas, caudillistas, excluyentes, donde el fanatismo es un ingrediente a tomar en cuenta . Las dimensiones y características que adquirió la violencia en el Perú no escapan a esta realidad.

Es indispensable renovar a fondo la política otorgándole el valor y significado que le corresponden. La pequeña política que se alimenta de las intrigas, las pasiones o los intereses mezquinos, sólo apresuran la crisis de una sociedad que ya difícilmente puede sostenerse sobre sus bases erosionadas. En nuestro caso no son suficientes cambios episódicos de lideres, de funcionarios que cabalgan sobre un corcel que ya no pueden dominar. Se trata de una manera distinta de entender el Perú, la democracia, la política, el Estado y su relación con la sociedad. En suma: de cambios estructurales y mentales.

Desafortunadamente estos temas están ausentes. Nos gana la inmediatez, los cálculos o las ventajas circunstanciales, sobre cuyas bases no es posible resolver las contradicciones de una sociedad en crisis. Mientras no acabemos con esta mentalidad y práctica, y entendamos de una vez por todas que no habrá solución sin incorporar a la población organizada y consciente como actor determinante en este proceso histórico, continuaremos la marcha del cangrejo, y volverán a estar presentes tensiones, conflictos y explosiones sociales, también situaciones de violencia política o social.

Ya no podemos contentarnos con una democracia que se reduce a votar cada cinco años. En el Perú la gente vota compulsivamente pero no decide, fiscaliza. La soberanía popular es más formal que una realidad actuante. Otros son los dueños del Perú, los que marcan el rumbo de la economía y el mismo destino de la nación. Por eso, como aquí se ha repetido varias veces, el tema central es la exclusión, indiferentemente de sus matices o nuevas formas. En una sociedad donde la mayoría es excluida no habrá ni gran unidad, ni democracia sólida, ni bases consistentes para el desarrollo sostenido y sustentable.

Pensamos también que debe romperse con las viejas tradiciones sectarias que son precisamente de carácter excluyente. Pregunto al auditorio: quien no tenga algo de sectario que arroje la primera piedra. Un examen serenos, realmente autocrítico, mostrará que tenemos algo o mucho de esa enfermedad nacional.

Por eso nuestro empeño en construir una nueva cultura política que nos permita sacar ventaja de las enormes potencialidades que tenemos como país y como pueblo de larga trayectoria histórica, aprovechar una oportunidad que se nos abre de cara al siglo XXI, de proyectarnos como sociedad libre e integrada con una visión de largo plazo para evitar convertirnos en uno de los países inviables del Tercer Mundo.

Las perspectivas que se abren, a nuestro juicio, son dos: o bien aprovechemos esta coyuntura para dar el salto que se requiere, o continuamos en la rutina de una política cortoplacista, sin derrotero y sin fuerzas morales que le den aliento, entonces la situación se presentará mucho más obscura. En mi primera participación expresé que parecemos un barco a la deriva que no tiene un puerto seguro. Una sociedad, un país, un pueblo tienen que saber a dónde se orienta y cómo llegar a ese objetivo.

Sobre esas cosas quisiéramos se discutiera y se buscara caminos de solución. Es la precondición para alcanzar un ambiente de estabilidad, de orden, de prosperidad, de paz con justicia social y gobernabilidad. La democracia es un valor y una cultura, más que promesa o discurso.

Gracias.

* La versión oral ha sido mejorada allí donde consideramos pertinente, respetando la argumentación del expositor. La primera parte fue presentada por escrito y leída en la misma sesión pública de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, el 10 de julio del 2003.

 

 
 
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