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FELIPE DE
HUAMÁN POMA DE AYALA
Su aporte a la identidad nacional
Por J. Yovera | |
La
cultura peruana ancestral ha sido agredida por el poder dominante,
que impuso no sólo una explotación económica y política, sino
también su dominación ideológica, cultural y mental.
La
“extirpación de idolatrías”, por ejemplo, buscó arrancar del alma y
el pensamiento del poblador nativo todo vestigio de cosmovisión
andina.
Con el
pretexto de “convertir a los indios en humanos y cristianos” les
impusieron métodos aberrantes y les aplastaron su derecho a ser.
Por
eso, es digno de relevar el esfuerzo de un personaje que tuvo el
valor y la perseverancia para ir por caminos y pueblos de un mundo
abismal, ejerciendo el más peligroso de los oficios, el de cronista,
que es como decir en estos tiempos, un periodista de investigación
histórica.
Nos
referimos a Felipe Huamán Poma de Ayala, a quien debemos uno de los
más descarnados testimonios de la sociedad colonial. Se admite que
nació en Parinacochas, Ayacucho (1530?) y que murió poco después de
1615, al poco tiempo de concluida su obra.
Sin
embargo, y por eso hablamos de olvido deliberado; casi nadie se
acuerda y menos valora a este peruano, que es más trascendente que
muchos de los periodistas funcionales a una sociedad pacata y a una
Lima frívola, convertidos, sin merecerlo, en “paradigma” del
periodismo.
“La
Nueva
Crónica
y Buen Gobierno”, nombre de la obra magistral de Huamán Poma, fue
escrita entre los años 1,585 a 1,615. Se publicó recién en 1930 en
Francia.
Se
sabe que el manuscrito de esta obra, que es una fuente histórica de
primer orden para el pueblo, está en la Biblioteca Real de
Copenhague, Dinamarca, sin duda ante el interesado olvido de las
clases criollas dominantes.
315
años de silencio. ¿Por qué?, porque los dibujos y los textos son una
denuncia contra un sistema y un régimen de oprobio, y porque el
cronista es un andino, “un indio de…”, como diría Bedoya Ugarteche,
el desenfado e ignorante articulista de un periodiquillo del medio.
El
cronista Huamán Poma de Ayala dejó 400 dibujos y 1,200 páginas de un
testimonio histórico que nos hace ver cómo las castas coloniales
impusieron un dominio omnímodo a los sectores nativos, que sufrieron
– lo leemos en el texto y lo vemos en los dibujos – el látigo y el
desprecio. En esa barbarie, el poder eclesiástico actuó como
verdugo.
El
anonimato y la sombra que se ha tejido sobre su vida, no merman en
lo mínimo la vida y obra de este peruano que tiene la misma
dimensión de Gracilazo Inca de la Vega, de José Carlos Mariátegui,
de César Vallejo y de José María Arguedas.
Su
aporte es un hito fundamental de nuestra identidad, que hoy pasa a
ser de capital importancia en el proceso de construcción de un
Proyecto Nacional de Desarrollo.
Y es
que si se trata de avanzar en la construcción de la nación peruana,
en un contexto de globalización de una economía que empobrece y de
una cultura occidental que avasalla, los componentes históricos y
culturales, son fundamentales para darle sentido de pertenencia a lo
que es la peruanidad como identidad y como valor.
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