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JOSÉ
WATANABE, IN MEMORIAM
Ha
muerto José Watanabe, poeta y amigo. La Ventana se
inclina en homenaje
Por Casa de las Américas | |
Un mensaje de Hildebrando
Pérez Grande trajo la noticia a la Casa de las Américas: el poeta
peruano José Watanabe ha muerto este miércoles en el Instituto
Nacional de Enfermedades Neoplásicas, de Lima. En el 2002 nos visitó
como jurado del Premio Casa y recibió, también, el Premio de poesía
José Lezama Lima por El Guardián del hielo. De aquella
ocasión data la entrevista que La Ventana reproduce a
continuación.
Antígona: disolverse en la luz
Entrevista a José Watanabe
Por Vivian Martínez Tabares
Directora de Teatro de la Casa de las Américas
En enero de este año conocí al poeta peruano José Watanabe, de quien
había leído una obra extraordinaria, su única incursión teatral, la
versión de Antígona creada para la puesta en escena del grupo
Yuyachkani, bajo la dirección de Miguel Rubio e interpretada por una
sola actriz, inteligente y sensible, Teresa Ralli. Era una historia
conocida, revisitada desde la culpa que siembra la inacción.
Invitado por la Casa de
las Américas para integrar el jurado de poesía de su Premio
literario, Watanabe se confinó a leer en el relativo retiro del
Hotel La Unión de Cienfuegos, y no me atreví a abordarlo más que
para concertar nuestra cita, una vez decidido el fallo. La noche de
premiación nos reservaría una agradable sorpresa, cuando se alzó con
el Premio Honorífico de Poesía José Lezama Lima por su libro El
guardián del hielo, otra evidencia de su vocación para los
gestos propiciatorios y los actos de reivindicación.
El verso que da nombre al
libro habla de la fugacidad y de lo efímero en el reino del sol, que
le enseñaron a “cumplir con la vida”.
El hombre mesurado, cuya
imagen sintetiza rasgos indígenas y orientales, esa noche habló
despacio, visiblemente emocionado, contó que era hijo de un
inmigrante japonés y que tal vez por eso admiraba la poesía de ese
país, y especialmente los haiku. Citó uno de Matsú Obashó que dice:
"Bajo las flores del cerezo nadie puede ser un completo
desconocido", y contó cómo el poeta había descubierto, con
sabiduría, que por debajo la belleza se podía ser fraterno, crecía
un sentimiento de hermandad, el mismo que él estaba sintiendo en
esos momentos entre nosotros.
Autor de los guiones de
los filmes La ciudad y los perros y Maruja, realizados
por Francisco Lombardi, Watanabe rescribió la tragedia de Sófocles,
a petición de Yuyachkani, para hablar de circunstancias actuales de
los pobladores de Lima desde la remota Tebas, y para contribuir a
que cada espectador se mire un poco mejor por dentro. Cuando
descubrí Antígona, primero espectáculo y luego texto,
publicado por el grupo y la Comisión de Derechos Humanos, me
impresionó la belleza del lenguaje en verso, que la actriz hacía
suyo y recreaba para que cada uno de nosotros, a la vez, pudiera
apropiarse de una historia electrizante y humana, dramática en su
revelación culpable a partir de la nueva perspectiva que ubica a
Ismene, la hermana que no actúa, en el centro de la historia, como
única sobreviviente.
¿Cómo nació Antígona, a partir de que el grupo Yuyachkani le
encargó escribir el texto? ¿Qué expectativas y qué reacciones le
motivo a usted esa petición, cuando usted no era habitualmente un
dramaturgo?
—Yo no era dramaturgo pero algo de dramaturgia manejaba, en la
medida en que escribo guiones para cine. Al comienzo sentí un poco
de temor, porque era Sófocles, no cualquier dramaturgo, y era una
obra escrita dos mil quinientos años atrás. Empecé a leer una serie
de versiones de Antígona y cada día iba cogiendo más miedo
todavía. Me parecía difícil trabajar con un texto tan complejo, con
tanta historia, y reducirlo, adaptarlo, sintetizarlo para un
unipersonal.
Acepté, con mucha audacia, y les propuse a Miguel y Teresa, en una
de las primeras reuniones que tuvimos, que por qué no se escribía en
verso, porque el verso da la posibilidad de condensar el lenguaje,
la poesía siempre condensa el lenguaje, lo hace más denso. Y esto es
contradictorio, porque también el lenguaje tenía que ser de cara al
público, no podía resultar hermético.
Yo cambié el modo que tengo normalmente de escribir poesía por
versos más largos, más fluidos, si quieres más “entendibles”, más
“inteligibles” para un público más amplio, porque era para ser dicha
en el teatro.
En las primeras reuniones se planteó hacer el texto ambientándolo
—fue una ocurrencia que tuvimos conjuntamente—, con un narrador en
Tebas, un locutor radial que narra en simultáneo lo que va
sucediendo. Eso se nos ocurrió de modo muy espontáneo, sin ninguna
referencia previa. De repente, un mes después, aparece en el
periódico la noticia de que Umberto Eco estaba haciendo más o menos
lo mismo. A través de un periodista, de un narrador radial, él
hablaba directamente de las Cruzadas.
Le pregunté a Miguel y a Teresa qué hacíamos, si seguíamos adelante
o no. Ellos querían seguir adelante con la idea, pero yo tenía un
poco de orgullo y dije: “no, porque van a pensar que es una idea
adaptada”. Ya estábamos adaptando una obra, luego no me parecía bien
usar también una idea adaptada de Umberto Eco. Y me propuse que
fuera una versión de Antígona narrada por Ismene.
Que sólo se revela al final...
—Que sólo se revela al final. ¿Cómo se me ocurrió? Aquí viene el
cine. Si yo no hubiera escrito guiones para cine no hubiera podido
tal vez acceder a ese final porque después de leer muchas versiones
me quedé con la traducción de Ignacio Errandonea, e hice lo que se
hace con un texto literario cuando se adapta al cine: fichar cada
una de las escenas. Yo fiché toda la obra de Sófocles, y luego
empecé a prescindir de las escenas que consideraba podían
eliminarse. Nada en Sófocles es prescindible pero algunas escenas
podían salir, especialmente las del coro, las del corifeo, y me
quedé solamente con una especie de esqueleto, que constituyen
Antígona, Ismene, Creonte, Hemón y Tiresias, los personajes
centrales. Trabajé como en un guión de cine, hice una escaleta, es
decir, una sucesión de escenas que va a ir dentro de una estructura.
Esta escaleta uno la pone
en el piso, en una mesa larga, y la mira, y uno empieza a tener una
idea muy clara de lo que puede ser la obra. Y este fichado de
escenas da la posibilidad de intercalar otras, de jugar con el orden
o de introducir escenas nuevas. Si yo no hubiera tenido esta
escaleta, no se me hubiera ocurrido este final. Se me ocurrió elegir
la perspectiva de Ismene, recurrir a un efecto cinematográfico y
ponerla al final para que al final ella revela quién es.
Un efecto también muy brechtiano.
—Sí,
es muy brechtiano, pero en este caso la motivación fue
cinematográfica. Fue interesante el proceso de trabajo, porque yo
les llevé las fichas armadas y la estructura y Teresa y Miguel
empezaron a trabajar sin tener el texto. Empezaron a hacer
ejercicios teatrales sólo con las fichas, que eran la síntesis de
las escenas, y fue muy interesante porque con esas fichas comenzaron
a intercambiar con los familiares de los desaparecidos, y con las
personas cuyos familiares se habían encontrado en fosas comunes.
Según comentaban Teresa
y Miguel lo más seguro que tenían al comenzar la obra eran
intenciones. El interés por hablar del tema de la violencia, de los
desaparecidos, el procesamiento del tema de la culpa, que era muy
importante para ellos y explicaban que cualquier peruano se podía
sentir involucrado porque no había hecho nada frente a toda la
violencia estructural, social, que afectaba a todo el mundo. ¿Qué
piensa José Watanabe de estos temas, polémicos y en sí mismos bien
dramáticos?
—Esas
intenciones, como ellos dicen, tenían que aterrizar en un texto.
Yuyachkani como grupo nunca había trabajado con un texto de autor;
no obstante, ellos confiaron en mí. Primero, porque éramos amigos, y
segundo, porque en sus ejercicios teatrales de rutina usaban algunos
poemas míos, y decían que esos poemas podían ser de algún modo
“teatralizados”. Cuando me llamaron fue porque pensaron que yo podía
escribir un tipo de poesía que podía adaptarse al teatro. Ahí vino
la idea de aterrizar en Ismene, de usar a Ismene como narradora,
para expresar la intención de hablar del tema de la culpa, porque
todos los peruanos somos en alguna medida Ismene.
La idea era que hacia el
final el público sintiera que de alguna manera estaba siendo aludido
con el personaje de Ismene, y creo que el público sí lo entendió
así. Realmente, la mayor cantidad de peruanos no hicimos gran cosa.
Sabíamos de la situación, sabíamos de esa lejana guerra que ocurría
en la zona andina de Perú y solamente tuvimos conciencia de que esa
guerra estaba en nuestro país cuando estalló la famosa bomba de la
calle Tarata, en el centro mismo del barrio residencial de
Miraflores. Ahí recién fue que tuvimos conciencia de que estábamos
en guerra, que había subversión, pero... esa actitud sobrevive
incluso hasta hoy.
Esa culpa todavía no ha sido procesada, en la medida en que aún
tenemos por investigar aproximadamente seis mil denuncias de
desaparecidos. Y un número grande de fosas comunes, que van
apareciendo. Ahora hay una Comisión de la Verdad trabajando en estas
investigaciones. Espero que lleguen a conclusiones válidas y se
sancionen los culpables.
Su poesía es
extraordinariamente sugerente en términos de imágenes visuales, e
incluso en ella está presente el elemento cinematográfico, a veces
como tema o como imagen sugerida por la imagen literaria que usted
elabora. La experiencia de guionista de cine que mencionaba le había
acercado antes a nociones como progresión dramática, conflicto,
construcción de caracteres. ¿Cómo funcionó esto en la escritura de
Antígona?
—Detrás de cada guión hay un trabajo de dramaturgia en el que
están implicados todos esos temas: creación de personajes,
especialmente la progresión dramática, que es muy importante tanto
en el cine como en el teatro.
¿Usted cree en esas nociones, digamos, aristotélicas?
—Relativamente, creo que no son estables, además creo que son
anteriores a Aristóteles. Pienso que el ser humano necesita que se
le narre siempre en tres bloques, y que se le mantenga en una
determinada expectativa, que cada escena, cada frase, empuje a la
que viene. Si no hay progresión dramática no hay expectativa, y sin
expectativa no hay teatro. El teatro es, con algunas excepciones,
siempre un arte narrativo.
No voy a discutir ese
problema pero sí creo que de alguna manera siempre hay un núcleo
narrativo, incluso en Beckett. En Esperando a Godot se trata
de dos personas esperando a un personaje que nunca viene. ¿Qué mayor
progresión dramática puede haber? Dos personajes esperan a alguien,
aunque no se satisfaga al público haciendo venir a ese alguien. Hay
un núcleo ahí de narratividad y creo que un gran núcleo de
progresión dramática.
En Antígona apliqué
de hecho todos esos criterios de la dramaturgia: progresión,
personajes, picos de tensión, clímax, plots, tanto así que en la
obra original no hay una dedicación a veces muy grande al personaje
de Antígona. Tú conoces la discusión en torno a quién es el
protagonista de la obra, ¿es Antígona o es Creonte? A veces Creonte
parece el centro y muchas veces Antígona es sólo un personaje
referido. Los textos de Antígona en la cueva que le sirve de cárcel
no están en el original de Sófocles.
Había que dibujar la
personalidad de Antígona. Le agregué estos poemas-monólogos poniendo
mis propias preocupaciones, lo que en el Perú llamamos paltas. Mis
propios conflictos encarnados en Antígona, como morir, tratar de
disolverse en la luz, morir sin pasar por el hecho de la muerte, que
es un sueño que tengo hace muchos años. Ser otro, o tal vez no ser
nada, pero sin pasar por el hecho físico de la muerte, como dice
Antígona “tal vez disolverme en la luz”. Esas escenas tuve que
crearlas para darle un mayor peso a Antígona, de modo que ella está
allí encerrada, sola, reflexionando, con palabras de Sófocles y con
palabras que son mías.
Otra cosa importante: cuando leí a Sófocles empecé a ficharlo y a
marcar con plumones las frases suyas que creí que especialmente
nunca debía tocar, porque hubiera sido una petulancia, una
arrogancia sin nombre que yo cambiara algunas frases que son
emblemáticas, como “Yo no he venido para sembrar odios sino el
amor”, que es una frase universal, por una supuesta mejor frase mía,
lo que hubiera sido una estupidez.
Me llama la atención
cómo no se notan las costuras, uno reconoce el estilo del lenguaje
de la tragedia original pero no percibe citas obvias, a pesar de que
su propia voz personal también es evidente. Usted ha logrado adaptar
su palabra y su discurso poético a la versión de Sófocles que
conocemos.
—Esa es una virtud del lenguaje poético, que es perfecto para
borrar las costuras. Para mí fue bastante cómodo a pesar de la
enorme presión que tuve, y aquí hay un reclamo a la distancia para
mis amigos de Yuyachkani, con una dosis de humor también, porque si
ellos me escucharan se iban a reír. Yo tenía las fichas que te
contaba, y cada ficha equivalía a un poema, Teresa Ralli tiene una
enorme capacidad de memorización, yo le llevaba hoy día un poema, y
era un poema largo, al día siguiente cuando iba a ver cómo estaba
trabajando aquel poema ya se lo había aprendido y ya lo estaba
practicando, haciendo movimientos en el espacio con Miguel Rubio, y
me decía: ¿y el otro poema, y el siguiente? Fue una presión enorme,
yo tenía que ir a mi casa y en apenas un día más o dos días más
traer el siguiente poema.
Así terminamos la obra, que yo nunca tuve completa en mis manos, fue
por entregas. Y eso me hacía trabajar día y noche porque yo tenía el
temor de que como era por entregas la estructura podía resentirse,
porque no tenía la visión panorámica. Me impuse un horario, yo
escribía todo el día y toda la noche pero de tres a seis de la
mañana revisaba la estructura, que no se quebrara, que no se
alterara y que se mantuviera firme, apuntando siempre hacia ese
final donde Ismene revela, muy cinematográficamente, quién es.
Me imagino el reto que
constituyó para usted escribir para el teatro, como un hecho vivo,
con la demanda tan violenta del grupo, que no consuma su creación
hasta que se concreta frente al público, lo que me parece que no
tiene nada que ver con la forma de escritura de la poesía, en la que
el poeta revisa una y otra vez hasta encontrar la palabra perfecta,
y la urgencia de un libro nunca es la del hecho vivo.
—La relación que tuve con ellos, más allá de nuestra amistad, la
relación, digamos, “laboral” porque siempre fue amistosa, fue muy
hermosa. No es como en el cine. Yo puedo escribir un guión, y hay
todo un proceso de búsqueda de casting, cuando veo la
película o estoy en el rodaje y veo al actor, que yo lo pensé, hay
cosas que no se ajustan con él, el personaje que yo creé a veces no
se ajusta con el rostro del actor. Y no puedo hacer nada, ya eso
salió de mis manos, depende del director.
En cambio, en el caso de
Yuyachkani yo sabía que Teresa iba a ser Tiresias, iba a ser
Antígona, iba a ser Creonte, iba a ser todos los personajes, y fue
muy bonito verla transformarse. Casi como un reto yo le llevaba el
poema y le decía: “toma, ahora vas a ser Creonte”, y al día
siguiente empezaba a aparecer el Creonte que era Teresa.
Ese proceso en que yo
tenía que entregar los poemas casi día a día duró dos meses, más o
menos. Y yo entregaba textos que ya no iba a poder corregir, porque
Teresa se los iba a aprender de memoria, y si los memorizaba le iba
a ser difícil cambiarlos.
Sí, porque se iba a
apropiar de sus textos y a defenderlos... ¿Y no cambió nada?
—No, porque ellos se enamoraron de mi texto y felizmente no hubo
que hacer correcciones.
Supe que en el proceso de montaje Teresa trabajó con un maestro
de Teatro No, para sacar la energía que otorga esta forma teatral y
apropiársela. Coincidentemente, la cultura japonesa forma parte de
sus ancestros y de sus preferencias poéticas. ¿Reconoce algo de esta
raíz en el texto final o en la propuesta escénica?
—No voy a mentir, creo que no. Posiblemente haya algo en el
texto de la adaptación, porque en mí sí hay una influencia de los
poetas japoneses, no sé si en Antígona, digamos que sí, en la
medida en que es una poesía naturalista.
Cuando empezamos a
trabajar, desde el comienzo sabíamos que iba a ser un escenario
menos que minimalista, no iba a haber nada, un par de antorchas y
nada más. Así es que en los poemas yo tenía otro problema que
resolver: dibujar la escenografía con el lenguaje del actor, en este
caso con el lenguaje de una actriz como Teresa Ralli. Si te lees el
texto ves que hay una escenografía que ella va describiendo:
templos, alamedas, estatuas, la Puerta de Bóreas; hay apuntes
escenográficos para sustituir la ausencia de una escenografía
corpórea. Íbamos a trabajar con un escenario plano. Entonces le
dije: Teresa, tú tienes que decir al público cuál es el escenario.
A mi juicio, uno de los
méritos del montaje es ese lenguaje minimal, austero, que al mismo
tiempo es tan expresivo en términos narrativo, descriptivo,
sensorial...
—Sensorial, quizás lo japonés esté en lo sensorial, que es una
palabra clave en esa cultura.
Marco Martos anota en las palabras introductorias a la edición de
su Antígona que “habla una narradora que juega todos los
papeles.” Yo no comparto esa visión, y quisiera saber si usted la
concibió así, como una narradora que se desdobla en otros
personajes, o pensó en que la actriz tenía que hacer seis papeles,
uno de ellos la narradora, que luego sabremos que es Ismene. Hay una
leve diferencia de matices.
—La idea era mentirle al público. El arte es la mejor mentira,
creo que Picasso fue el que dijo que la más bella mentira era el
arte. La idea era escamotearle al público la narradora. Ella es un
personaje más, que no nos explicamos bien por qué viene y se
involucra tanto con esa historia. Pero yo sí quería que la narradora
fuera un personaje más, no que ella se convirtiera en Creonte o en
Tiresias. La idea es que se convierta la actriz, no el personaje,
para lograr el efecto final: soy la narradora y he contado todo esto
porque estos también son mis muertos. Tiene que ser un personaje más
a partir de la actriz.
Le confieso que el espectáculo me pareció de una perfección
rayana en lo no humano, de tan preciso a veces casi frío. Pero al
final, de golpe, se derrumba ese mundo aparentemente perfecto cuando
esa mujer se deshace de vulnerabilidad y nos dice: “yo soy la
hermana que fue maniatada por el miedo”. Y la reacción que logran en
los espectadores es muy efectiva, es una especie de anagnórisis
tardía, climática, que provoca una fuerte sacudida emocional,
catártica, ya que hasta ese instante el espectáculo transitaba por
otro camino.
—Esa sacudida era efectiva y no efectista. Y lo era tanto que
algunas veces, cuando yo asistía al teatro, alguna gente se acercaba
para decirme: ¿por qué no llevan este espectáculo al palacio de
gobierno? En ese momento estaba allí Fujimori, y la gente entendía
perfectamente, a pesar de que nunca nombrábamos el Perú —y esa fue
una de las pequeñas discusiones que tuvimos al comienzo, porque me
parecía de mayor efecto nunca mencionar el Perú sino siempre estar
en Tebas y que el público sea el que entienda de qué estamos
hablando—, eso funcionaba muy bien. El grupo quería una alusión un
poquito más directa, pero al final llegamos a un acuerdo, para que
el público llegara a la complicidad.
El final hacía reaccionar
a la gente de tal modo que muchas veces nos reclamaban que le
mostráramos la obra al poder, al gobierno, a los responsables de
aquello que contábamos, porque sabían que era una alusión directa al
problema de los desaparecidos.
Su experiencia como
espectador del montaje, si es que ha podido tomar esa distancia, ¿le
ha servido para su obra creativa posterior? ¿Piensa volver a
escribir teatro después de esta primera experiencia?
—Yo ahora quiero escribir un poema muy largo. Nunca antes había
escrito un poema largo, porque Antígona es un poema largo,
puede asumirse como tal.
Antígona puede ser un conjunto de veintidós poemas, como
decían Miguel y Teresa, o un gran poema con argumento.
—Sí. Nunca había hecho algo así, y con Antígona sentí que
tenía la fuerza y los medios expresivos para hacerlo. Y ahora sí
quiero escribir un poema muy largo, no teatral, sino solamente
poético, lírico...
Y si no es teatral, ¿por qué responde así a mi pregunta, que era
bien específica? ¿No será que hay una intención no revelada o que
usted mismo no acaba de aceptar?
—(Risas.) No, no es teatral. No lo sé. Es un poema sobre mi
pueblo. Y sí voy a escribir teatro, tengo que adaptar Medea,
Lisístrata y Electra para el Teatro de la Universidad
Católica, y va a dirigirlas Ruth Escudero. Cuando llegue a Lima me
reuniré con ella para ver qué quiere, y empezar el proceso. Ella va
a montar este año estas tres obras protagonizadas por mujeres. Y
también alguien en México tiene la intención de poner Antígona.
Y el poema largo, ¿es autobiográfico?
—Totalmente.
¿Y tiene una base conflictiva?
—Sí,
sí, muy conflictiva. Hay quienes dicen que la única patria que
tenemos es el idioma, está bien. Pero esa es una idea muy
intelectual. Yo creo que la única patria que tenemos es el sitio
donde hemos nacido y hemos pasado nuestra infancia. Yo pasé mi
infancia en un pueblo muy pequeño que por poco es arrasado por un
fenómeno climático, el fenómeno del Niño y casi me quedo sin patria.
Esa es la idea del poema. Yo nací en un sitio y mi patria casi me
fue arrancada. Allí está, según reza en unas líneas esenciales del
poema, mi ombligo.
Hay una costumbre en el
norte del Perú, que es que cuando un niño nace y se le cae el
ombligo, es puesto en la montura entre dos adobes. Así pusieron mi
ombligo en la montura entre dos adobes, para que yo tuviera patria.
Ahí hay un gran conflicto, porque casi me quitan mi patria, casi me
quitan mi pueblo.
¿Y su gran poema
autobiográfico ya tiene nombre?
—No, es lo último que le pongo. De repente, de ahí sale otro
monólogo teatral.
Publicado en La Gaceta
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