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CAMARADA VIOLETA
Por Eduardo González Viaña | |
No
es verdad que el Muro de Berlín haya caído y con él se haya acabado
el bloque socialista. Lo cierto es que lo echaron abajo miles de
trabajadores de la Alemania capitalista empujados por el hambre y
ansiosos de entrar de una vez por todas en el paraíso proletario.
En
la película "Good bye, Lenin" un joven berlinés inventa esa historia
y otras similares con el afán de evitarle un gran dolor a su madre,
una dama comunista postrada en el hospital debido a un accidente que
la hiciera perder la conciencia semanas antes de los históricos
sucesos de Berlín.
Lo
recuerdo porque hace pocos meses visité a Violeta Carnero, la vieja
luchadora social peruana que acompañara a su esposo, el poeta
Gustavo Valcárcel, durante toda una vida en la demanda por la
nacionalizació n del petróleo y de las minas, en el reclamo por
tierra para los campesinos, en la exigencia por justas condiciones
laborales y en la proclama por libertad sin restricciones para
todos. Todas esas luchas se confundieron siempre con el sueño
incesante, desmesurado y poético de un futuro mundo socialista en el
que "ni pobres ni ricos habrá, y la tierra será un paraíso de toda
la humanidad."
Ninguna de esas luchas fue gratuita. A los Valcárcel, dedicar sus
afanes a las causas más generosas les costó una vida de negación de
oportunidades y de expulsión de puestos de trabajo al igual que seis
temporadas en la cárcel, seis años de exilio, más de veinte de
persecución y una sombra de pobreza que rodeó al poeta y que no cesa
de perseguir a su amada superviviente. La camarada Violeta vive sola
en una torre de San Borja desde que, luego de cincuenta años a su
lado, falleciera Gustavo en 1992.
No
la había visto desde antes de la disolución de la Unión Soviética.
Esperaba, por lo tanto, un piadoso silencio sobre esos sucesos, pero
no fue así. El pequeño departamento de Violeta está colmado por
afiches con los rostros de Marx, Engels, Lenin, Fidel y el Che
Guevara, un poema de Javier Heraud y decenas de pines con la hoz y
el martillo y los rostros jubilosos de los cosmonautas soviéticos
que llegaran al espacio antes que los norteamericanos.
Violeta estaba radiante. Condenó las guerras de Bush y su ignorancia
prepotente y me dijo que todo ello era muestra de que el capitalismo
estaba agonizando.
-Ya
nadie podrá negar la perversidad intrínseca de este sistema que
necesita del genocidio para sobrevivir.
Quise recordarle que la Unión Soviética había dejado de existir y
que Cuba era una isla acorralada por la mayor potencia militar de
todos los tiempos.
-¿Acorralada? Si ha sobrevivido acorralada durante cincuenta años,
eso significa que ha comenzado a vencer.
-Espera un momento, hijito. Voy a poner un poco de música- me pidió
y fue a prender una anticuada casetera porque los modernos MP3
todavía no habían llegado a su casa.
Mientras los acordes de la "Internacional" desbordaban la pequeña
torre, recordé sin decirle que el Che Guevara había muerto, que Luis
de la Puente Uceda había caído y que muchos jóvenes habían entregado
su vida o renunciado a su libertad soñando con la letra de esa
canción o entonando la que ahora me devolvía el otro pequeño casete:
Una
mattina mi son svegliato
O bella ciao, bella ciao, bella ciao ciao ciao
Una mattina mi son svegliato
Eo ho trovato l'invasor
O
partigiano porta mi via
O bella ciao, bella ciao, bella ciao ciao ciao
O partigiano porta mi via
Che mi sento di morir
Ya
no escuchaba a Violeta, y a lo mejor tampoco me hallaba en este
nuevo milenio en el que los poetas y escritores para ser
considerados hombres serios y merecer un sitio en las revistas y en
las librerías deben abjurar de sus sueños y de su pasado, llamar
dictador a Fidel Castro y condenar como extemporáneas las bravas
nacionalizaciones de Evo Morales. Las pilas de la casetera se
agotaban y los parlantes roncaban, pero yo seguía escuchando:
Y
si yo caigo, en la guerrilla.
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
Y si yo caigo, en la guerrilla,
coge en tus manos mi fusil.
Cava una fosa en la montaña.
O
bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
Cava una fosa en la montaña
bajo la sombra de una flor.
Sobre la pared, colgaba una reproducción del retrato que le hiciera
en México Diego Rivera. Al lado del aparato de música, la autógrafa
de un poema que le escribiera Gustavo repetía desde un papel
amarillento: "Sobre la almohada, a mi lado / tibio yace tu último
sueño/ ahora en cambio la ciudad acoge / tu vehemencia de ola, tu
vigilia de amor / recorriendo el pan nuestro / que hoy te lo debemos
todos".
Gustavo falleció durante los días del derrumbe del campo socialista
que para él debieron ser particularmente crueles y, sin embargo,
como lo ha contado otro buen poeta, Juan Cristóbal, declararía en su
testamento que agonizaba con el corazón poblado de flores y de
socialismo.
Esas frases y la propia música me recordaron que la derrota del
bloque no involucraba necesariamente la del socialismo que, en vez
de una opción política, ha sido para mí siempre una dimensión ética
y una manera poética de vivir y de morir.
Cuando terminó "O bella ciao", fallaron las pilas o acaso la
casetera se puso en huelga, y recién entonces volví al Tercer
Milenio y a la postmodernidad. Violeta me sonreía como si en vez de
regresar a estos años, hubiéramos llegado de pronto a los del futuro
del triunfo inevitable. Dirigí mi vista a la ventana y la luz del
crepúsculo se había tornado en una fascinante aurora roja. Me
despedí apresurado.
Esta noche, varios meses después, Rosina Valcárcel, me acaba de
decir en un email que su madre acaba de salir de un hospital y que
está derrotando a alguna reaccionaria dolencia humana. Recuerdo otra
vez a Gustavo: "A las enfermedades no hay que darles tregua, hay que
enfrentarlas como a los tiranos, de frente". Y pienso que a lo mejor
todo esto que dicen que es verdad, es pura mentira. El planeta se
sigue ladeando hacia la izquierda. Tiene razón el corazón. Tiene
razón la vieja bolchevique, la camarada Violeta.
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