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VALLEJO Y LA
VANGUARDIA PERUANA
Por Hugo Gutiérrez Vega
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En el curso preparatorio de la Feria Internacional del
Libro que el año pasado se dedicó a Perú, hablé con especial
cuidado y enorme afecto sobre César Vallejo y su voz poética que
es una de las fundamentales (y fundacionales) de nuestro idioma.
Sus mocedades en Trujillo, sus lecturas desordenadas y
profundas, la influencia de Julio Herrera y Reissig, el gran
escritor uruguayo, y sus vivencias personales y familiares se
plasmaron en la más entrañable de sus obras, Los Heraldos negros.
Releyendo este prodigioso libro encontré afinidades con la obra
temprana de Ramón López Velarde, nuestro padre soltero. Son
patentes en la originalidad de los adjetivos, en los coloquialismos,
en su temática (reconozco que el poema en el cual Vallejo se dirige
a su hermano, hizo que, en plena sala de conferencias, se me
quebrara la voz y se me salieran las lágrimas), en su novedosa
manera de expresar las sensaciones y en la tensión espiritual que
ambos trajeron a la poesía española ya renovada por la poderosa
palabra de Rubén Darío.
En Los Heraldos negros se mezclan los giros populares de
lenguaje con palabras arcaicas y con la atmósfera moral de Santiago
del Chuco, de la casa familiar y de los primeros poemas leídos bajo
la sombra de un árbol antiguo y memorizados con veneración y
deleite. Este libro llamó la atención a los críticos peruanos y
de otras partes de Iberoamérica (la comunicación y el intercambio
literario entre los países del idioma castellano era, en esas épocas,
más fluida. Esto suena extraño en plenos adelantos cibernéticos,
pero se explica por el intenso ruido creado por la mercadotecnia de
los grandes monopolios peninsulares). Se habló bien (aunque con
cauteloso entusiasmo) de sus correctas rimas, sus bien dispuestas sílabas,
sus sonoridades conocidas por los seguidores del modernismo, su
claridad y la presencia de Darío, Herrera y Reissig y Baudelaire.
Lo que los críticos no registraron fue la profunda ternura de las
sensaciones, el humanismo integral de las temáticas y la elaboradísima
naturalidad de unos poemas que calificaron como "demasiado
espontáneos" (¡vaya tontería de los pedantuelos
catalogadores!). En Los Heraldos negros, estaban, pe-ro de manera
radicalmente distinta (como en Zozobra de López Velarde) los
grandes temas de la poesía: los golpes del destino ("tan
fuertes... yo no sé"), la pérdida de los seres amados, la
soledad, el abandono, la sencillez de la vida campesina. Tal vez por
esta razón los primeros críticos no lograron darse cuenta de la
fuerza de una voz totalmente diferente que trataba los temas eternos
de la poesía.
Vallejo se hermana con López Velarde (y con Baudelaire, como
afirma Octavio Paz) en la mezcla de lo litúrgico con lo erótico. López
Velarde lo hace desde la angustia provocada por sus "dualidades
funestas" y sus dicotomías. Vallejo no sufrió esas
penalidades provenientes de la moral católica que tanto abrumó a
los sectores medios de la sociedad iberoamericana. Por eso su mezcla
de lo religioso y de lo erótico está muy lejos de los terrores de
lo culpígeno. Sin embargo sabía muy bien que, como dice Calderón
de la Barca, "el delito mayor del hombre es haber nacido".
La vida y la poesía de Vallejo sufren golpes "como del odio de
Dios" y en su poema "Espergesia" nos dice que nació
"un día en el que Dios estuvo enfermo, grave". Trilce
rompe todos los esquemas e inicia la búsqueda, al principio un poco
tambaleante y confusa, de un poder expresivo inigualable. En el
libro se violenta la gramática, brillan los neologismos, brincotean
las onomatopeyas y se dan la mano para danzar infatigablemente los
nuevos ritmos y las inusitadas estructuras verbales. Las emociones
eran tan nuevas que exigieron formas desordenadas y aparentemente caóticas
para expresarse. En algunos momentos regresa a los heraldos y en
otros anuncia ya la preciosa síntesis de formas y de estilos que
logró en los Poemas humanos. La sencillez originalísima de los
heraldos y la experimentación llevada hasta sus últimas
consecuencias (pienso en el Altazor de Huidobro) integran esa síntesis
que brilla con luz propia y nueva en los Poemas humanos.
Los modernistas peruanos
encabezados por González Prada, que mucho tenía de parnasiano,
tuvieron una influencia muy relativa en la poesía de Vallejo.
Conviene citar a José Santos Chocano, tanto al poeta como al
personaje. Como poeta perteneció a una especie de modernismo tardío,
como personaje agitó las plumas de su chambergo por todos los
rumbos de América Latina y defendió su pensamiento político
progresista y liberal. Visitó México en múltiples ocasiones y las
sonoridades de su poesía estuvieron en los labios y en la
gestualidad de las grandes declamadoras. Piense el lector en Berta
Singerman, ataviada con una capa blanca de amplios vuelos,
declamando en el vasto escenario de Bellas Artes el poema sobre los
caballos de los conquistadores: "los caballos eran fuertes, los
caballos eran ágiles". Los temas de Santos Chocano son la
naturaleza americana, sus paisajes y algunos personajes de su
historia. Tal vez ahora su voz nos suene ampulosa, pero en su tiempo
fue uno de los caudillos del modernismo y una buena parte de su obra
se escapa de las prisiones declamatorias.
Lo opuesto a Chocano es el
silencioso y originalísimo José María Egúren, poeta antiépico,
antideclamatorio que vivía y escribía en el mundo de la pura
imaginación. Se trata de uno de los "raros" de la vaga
definición rubeniana. El simbolismo y el modernismo fueron las
magas que mecieron su cuna, pero su ímpetu discreto y, a la vez,
poderoso, lo llevó a los terrenos del surrealismo. Así lo prueban
sus libros La canción de las figuras y Sombra y rondinelas. Fue Egúren
un poeta interiorista y un observador agudo de los paisajes de su
alma. Parte, a veces, de la incoherencia de los sueños para jugar
con los colores oníricos y terminar en una tiniebla en la que se
desplazan las figuras casi imperceptibles de un surrealismo muy
personal en el que no hay acción y todo se sugiere con suavidad y
comedimiento. Lo que importa de este método es la fuerza de las
sensaciones. Pienso que esta característica influyó en el Vallejo
de Los Heraldos Negros, pero sobre todo en el de Trilce y los Poemas
humanos. Es claro que Trilce no admite comparaciones con otras
obras, pues tiene una originalidad irreductible, pero, tal vez, algún
fragmento de poema, una imagen onírica o una sensación opacada por
las tinieblas surrealistas de Egúren asomen sus vagos perfiles en
las páginas de Trilce. Quiero suponerlo, pero no lo sé de fijo.
Vallejo pasó quince años en
Europa, pero su pensamiento regresaba con frecuencia a su tierra
natal. Miembro del Partido Comunista, sus ideas políticas y
sociales eran, a la vez, sencillas y firmes. Su poco feliz novela
Tungsteno así lo demuestra. La debilidad del texto se debe, en
buena medida, a la intensidad del compromiso. Gide, al regresar de
la Unión Soviética, escribió un libro desencantado y pesimista.
Vallejo, que viajó por las mismas regiones, tal vez urgido por la
tragedia española, prefirió la militancia sin matices a la crítica
de las terribles desviaciones estalinistas. Hizo, además,
periodismo, escribió relatos, intentó construir algunas obras de
teatro y publicó un magistral ensayo sobre el romanticismo en España
e Hispanoamérica.
El libro de Vallejo que más me
asombra e ilumina es Poemas humanos. En él la profundidad temática
se sobrepone al ánimo experimental y una sinceridad sobrecogedora
exige las formas transparentes y, en ocasiones, los neologismos
capaces de expresar tanto vigor dramático. En fin... se trata de
una síntesis muy afortunada de la profundidad emocional de Los
Heraldos... y de la búsqueda rabiosa, beligerante y sin concesiones
de Trilce.
Los años parisinos de Vallejo
fueron marcados por la extrema pobreza. Decía: "Me moriré en
París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo", y
ponía como testigos de su fin a "los días jueves, los huesos
húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos". Brilla con
especial dramatismo su poema: "España, aparta de mi este cáliz",
en el que convoca a los niños del mundo para que eviten la caída
de la España republicana. Se entronizó el fascismo, pero el poema
de Vallejo, como los de Neruda, Machado, Cernuda, Alberti, Garfias,
Salinas, Rejano, León Felipe y Miguel Hernández, dejaron el
testimonio vivo del humanismo arrasado por la barbarie de los báculos
y de los espadones.
No quiero terminar sin mencionar los
nombres de Martín Adán, vanguardista radical; César Moro,
vanguardista peruano, francés, mexicano, y Emilio Adolfo
Westphalen, surrealista y amante de la corrección formal. Mucho le
debieron a Vallejo como mucho le debemos los que intentamos escribir
en español.
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