| |
Las
primeras décadas del siglo XX (siglo que aún vivimos, pese a la
agonía) son las que cobijaron y nutrieron a las generaciones más
fructíferas de la cultura universal. Son muchos, innumerables, los
actores representativos de esas generaciones. Y entre ellos está
nuestro César Vallejo, cuyo natalicio celebra este año su primer
centenario (1892-1992)
Cuenta la anécdota que estando Vallejo en París, recién llegado -en
esos famosos años veinte: producidas ya la primera guerra mundial y
la revolución rusa-, es requerido por un policía (intrigado éste,
seguro, por su -para él- exótica fisonomía: no era gratuito el
apelativo de “cholo” con que lo trataba el afecto amical), y al ser
interrogado por su lugar de origen, Vallejo no respondió que era de
América, ni siquiera dijo: Soy del Perú.
-De
Santiago de Chuco -afirmó.
Y,
desde entonces, ese Santiago de Chuco, cuya existencia era
desconocida incluso para muchos de los mismos peruanos, ha visto
crecer su presencia en la memoria de la humanidad, porque es
inseparable de la vida poética de nuestro César. Pero como esa “vida
poética” trasciende lo meramente biográfico, gravitando más bien en
lo bibliográfico, nosotros -en este estudio que queremos sea un
homenaje- vamos a centrarnos en analizar un poema suyo, Intensidad y
Altura, con el propósito de develar una concepción poética que es
indesligable de su concepción vital y/o política, como la poesía
misma es indesligable de la sociedad o la época que la prohija.
Por
eso, en primer término, queremos recalcar que de los muchos
escenarios temporales y espaciales en que esa vida se desarrolla, es
menester resaltar aquellos años ya aludidos de las primeras décadas
del actual agónico siglo XX.
1.
Textos en parentesco
Para
una descripción de ese entorno no recurramos a la visión del
historiador ni del sociólogo. El poeta inglés T. S. Eliot,
contemporáneo de C. V., escribió estos versos descriptivos de esa
época:
"Aquí
estoy, por lo tanto, en medio del camino, después de veinte años
-veinte años bien perdidos, los años de entreguerras-
tratando de aprender a emplear las palabras, y cada tentativa
es un comienzo totalmente nuevo y un tipo diferente de fracaso,
porque uno sólo aprende a dominarlas
para decir lo que ya no quiere decir, o de algún modo en que
ya no quiere decirlo. Por eso cada nuevo intento
es un nuevo comienzo, una excursión a lo inarticulado
con un mísero equipo cada vez más gastado
en el desorden general de la inexactitud del sentimiento."
En estos versos -acota Cohen- “Eliot habla de sus dificultades de
expresión.” Pero, desde luego, debemos entender que no son
dificultades por impericia. Bien se sabe que el poeta ya logrado,
con el mismo rigor con que asume su trabajo, a diferencia del poeta
novel o novato que escribe inseguramente aunque a raudales con
aparente facilidad, aquel se debate en una también aparente
dificultad, menos caudalosa, pero sí segura.
Y J.
M. Cohen añade en su comentario a los versos de Eliot que ese
‘conflicto de la dificultad expresiva’ lo comparte con la mayoría de
los poetas de su época. De tal suerte que si es atinado el aserto,
debe serlo sin prescindir del condicionante epocal, es decir, que
dicho conflicto responde a motivaciones de la época, pletórica en
conflictos ella misma. Nadie ignora, por ejemplo, que para la poesía
de entonces uno de esos conflictos era: o desentenderse de los
problemas sociales, es decir, tratarlos como no vitales para la
poesía, o tomar la poesía como un problema más de la sociedad y, por
lo tanto, la poesía como la sociedad o se salvaban o se hundían
juntas. Y en este conflicto C. V. dijo también su palabra, tomó
partido. Veamos cómo lo hizo y comparémoslo con los versos ya
citados de Eliot.
INTENSIDAD Y ALTURA
Quiero
escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.
Quiero
escribir, pero me siento puma;
quiero laurearme, pero me encebollo.
No hay toz hablada, que no llegue a bruma,
no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.
Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,
carne de llanto, fruta de gemido,
nuestra alma melancólica en conserva.
Vámonos! Vámonos! Estoy herido;
vámonos a beber lo ya bebido,
vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.
Una
primera lectura comparada de ambos textos nos hace ver que la
opinión crítica de Cohen se ajusta para ambos como una determinación
temática y, asimismo, como una diagnosis epocal. Relevemos esta
última como el dato decisivo. Y veremos, así, también, que la
coincidencia no es fortuita ni la comparación gratuita. Aquella es
un reflejo de la época (“los años de entreguerras”), reflejo de la
crisis de conciencia subsidiaria de la crisis de existencia de la
sociedad de entonces. Y la importancia de la comparación radica en
que podemos detectar dos respuestas a un mismo problema. Dos
respuestas, por supuesto, distintas, opuestas.
Es por
demás sabido que Eliot y Vallejo están unidos por otra coincidencia.
Un libro importante de cada uno: The Wast Land (La
Tierra Baldía)
y Trilce (intraducible) aparecieron el mismo año de 1922. Pero
aunque pueda haber otras coincidencias, ellas de ningún modo los
unimisman ni los unifican ni los concilian.
2. Por
sus obras los conoceréis
Si
ambos parten de un hecho particular, personal: “Quiero escribir” (C.V.)
y “Aquí estoy ... tratando de aprender a emplear las palabras” (T.S.E.),
es ciertamente para -como precisaba Cohen- expresar una dificultad
plural, no sólo personal. Es -entre otras cosas- el antiguo y
siempre presente dilema de la lucha entre forma y fondo, dilema
originario de dos tendencias artísticas y estéticas que, en sus
requisitorias más radicales, polarizan o privilegian a una sobre la
otra. Y, en definitiva, ‘el escribir’ y ‘el emplear las palabras’ de
ambos poetas, respectivamente, muestran su preocupación -también
genérica, no sólo personal- sobre el tópico de la forma. Pero
también el “decir muchísimo” de C.V. y el “Decir lo que ya no quiere
decir” de T.S.E. son dos fórmulas expresivas que están en relación
con el aspecto del fondo. Y debe observarse bien que ya en esas
expresiones hay una bifurcación de caminos: C.V. destaca el “decir”
(muchísimo) en tanto T.S.E. lo volatiliza (quiere decir y) “ya no
quiere decir”, reiterándolo incluso: “ya no quiere decirlo”.
Y no
menos evidente es que ambos poetas se duelen de las limitaciones que
lo formal proyecta. No debe olvidarse que la época es pródiga en
cuanto a experimentación formal, llegando a límites insospechados
pero también (ya entonces) infranqueables: más allá de la “página en
blanco” a que se llegó ya no se pudo avanzar más.
3. Un
soneto moderno
En
tales circunstancias y con esas motivaciones, es significativo el
hecho de que C.V. usara el soneto tradicional (tradicional en su
estructura, que no en su concepción), contradiciendo así el
experimentalismo formal que considera su sustento (la forma) como un
fin en sí mismo, lo cual, como veremos, C.V. se esfuerza en
contradecir, mas no -por eso- negligiéndolo o diciéndole “No”",
simplemente.
Creemos, sí, que con la utilización del soneto C.V. corona la
explicción del título de su poema “Intensidad y Altura”, sugiriendo
que el conflicto entre forma y fondo en verdad es ficticio. Toda
forma tiene su altura, mayor o menor. Un poema modesto o un poema
excepcional tendrán la altura que les sea consustancial. Y asimismo
alentarán un fondo que será su intensidad, también acorde con su
ser, del mismo modo como tienen un gigante y un enano su propia
tensión vital, y no debe considerarse que por su tamaño exiguo el
enano no tenga emociones o sensibilidad, por ejemplo.
En esa
perspectiva, el soneto vallejiano no por mantener la estructura
tradicional, es menos intenso que el versolibrismo -a la moda- de
T.S.E. Lo que importa -diría C.V.- es que esa altura no se vea
huérfana de intensidad (en cuyo caso ya no se tratará ni siquiera de
un poema modesto sino de un mal engendro poético). Y esto, para
cualquier forma: tradicional o moderna, realista o formalista. Lo
que importa -hay que reiterarlo- es que logren alcanzar altura
artística e intensidad vital (juntas, unidas, no escindidas). Y esto
-sin vuelta de hoja- se da en ambos textos aquí comparados, variando
sus ‘intensidades’ sólo por la óptica personal que responde a
condicionamientos de clase o específicas concepciones del mundo.
4.- A
la búsqueda de esa concepción
Los
dos primeros versos de “Intensidad y Altura” plantean, exponen o
sugieren el conflicto temático del poema. Para explicarlo mejor,
proponemos ver el primer verso conformado por dos elementos:
Quiero
ESCRIBIR (ELEMENTO I) pero (NEXO ADVERSATIVO) me sale ESPUMA
(ELEMENTO II)
Obsérvese que la conjunción adversativa “pero” relaciona a ambos
elementos como adversarios: uno opuesto al otro. Y nótese que cada
uno de los elementos tiene un núcleo relevante: escribir y espuma,
ambos altamente significativos, pues no debemos dejarlos reducidos a
su significado inmediato, denotativo.
El
‘escribir’ no remite al simple acto de ordenar palabras gráficamente
para la comunicación llana de un mensaje cualquiera. Ese primer
elemento alude a la creación poética en sí, como si se pudiera
decir: ‘Quiero producir un poema’. Pero esa acción se complementa
(por oposición) con la acción consecuente: “me sale”, que es una
expresión común, coloquial si se quiere, como cuando se dice:
“Quiero dibujar un pollo pero me sale un pato”, por ejemplo. Sin
embargo, en el poema, lo que le sale -dice el poeta- es “espuma”. Si
se tomase en el sentido literal tendría que imaginársele segregando
espuma por los poros, la boca o los oídos, lo que es -de todo punto-
risible e impensable. Y ya hemos dicho que la expresión ‘espuma’
como núcleo elemental encierra una alta significación. Escojamos una
posibilidad: la característica de belleza que tiene la espuma.
Trasladada a la propuesta poética, de ser un resultado del escribir,
nos lleva a concluir entonces que lo que está saliendo de ese acto
(poético) es un verso ‘bello como la espuma’. PERO (se apresura a
acotar el poeta) eso es opuesto (adverso) a lo que él quiere, es
decir: ‘no quiere un verso bello como la espuma’, porque eso sería
quedarse en un nivel puramente formalista, en tanto el aprendizaje o
uso exclusivista de la forma permite, sí, hacer versos hermosos,
bellos (como la espuma). Pero decíamos que esto le es adverso al
poeta (denotado con la conjunción adversativa ‘pero’). Y ¿por qué es
así? Porque él rechaza una escritura fofa o vacua (como la espuma),
por más bella que sea, en tanto carezca de sustancia vital, que, por
oposición, esto significa el ‘querer decir muchísimo’ del verso
siguiente. Aquella alternativa formalista, esteticista (que da
importancia decisiva si no exclusiva a la forma) es en sí misma un
pleonasmo o la repetición de un tópico sin sentido en tanto es el
reclamo de algo que de por sí está implicado en el hacer artístico,
porque en ningún caso -de auténtica creación artística- se puede
eludir el trabajo buscador de la perfección formal. Y toda la poesía
de C. V., ¡que reclama decir muchísimo!, da testimonio de ello.
El
‘decir muchísimo’ es entonces pauta principista de la poética
vallejiana, y es contrapuesta a la alternativa formalista porque se
trata de decirlo bellamente. Y no se trata de una bella oposición
“contenidista” ni tampoco de un hacer belleza, sin decir nada, como
la “belleza del bambú” -para decirlo con un símil-: bello por fuera,
hueco por dentro. Y esa unidad de contrarios del ‘decir mucho
bellamente’ entraña la dificultad por la que C.V. concluye diciendo:
“me atollo”, constatando que es difícil escribir cuando se trata de
ser fiel a la vida y al arte, al unísono. Pues en ese afán de
‘querer decir muchísimo’ (de asumir la intensidad de las ideas o los
contenidos) se entra en lucha con la forma de decirlo, ya que el
objetivo debe ser alcanzar altura artística sin caer en la
argumentación racional o meramente lógica, dependiente de manera
servil del referente real.
5.-
Otro alto para la comparación
T.S.E.,
por su parte, se duele de que lo formal sea “un mísero equipo cada
vez más gastado” (v. 9). Y, por eso, como para él lo decisivo es la
forma y constata que ésta se va depreciando, entonces lo otro -el
fondo- deviene inexpresablemente inarticulado (v. 8).
Contrariamente, C.V. -en los versos 3 y 4- advierte que la
dificultad (propuesta como personal en los versos 1 y 2), advierte
-decíamos- que tal dificultad no lo es tanto si se observa que es
una situación no privativa de la poesía y que en cualquier orden del
trabajo humano está incoada:
No hay
cifra hablada que no sea suma.
Pero
que, siendo así -y esto es relevante: que haciéndose suma-, todo
trabajo, sin embargo, tiene un inicio, un elemento parcial, un punto
de partida: la cifra. Visión ésta que en el verso siguiente:
No hay
pirámide escrita sin cogollo.,
con el
recurso estilístico del ‘paralelismo sintético’, concluirá en la
idea de que si se aspira a producir un poema excelente, de
trascendencia o magnitud excepcionales (como las pirámides), no hay
que perder de vista que tiene que comenzarse por lo más simple y, al
mismo tiempo, más esencial: la raíz, el cogollo, el cimiento, la
base
Por lo expuesto hasta aquí podemos resumir que, en el caso de T.S.E.,
se puede ver que está calando en un movimiento restrospectivo en el
proceso de humanización, hasta recalar en lo ‘inarticulado’, es
decir, una regresión hasta la etapa más primitiva del hombre, cuando
aún no había descubierto o inventado el lenguaje articulado.
Pero,
con todo, es una retrospección equivalente a ese ‘retorno a los
orígenes’ percibible en los versos ya comentados de C.V. Empero, con
diferente resultado en cada caso. El retroceso en Eliot es
involutivo; en Vallejo, evolutivo. Aquél lo hace para llegar al
sinsentido, al callejón sin salida: “cada tentativa [de escribir] es
(...) un tipo diferente de fracaso” (vv. 8-10); éste (Vallejo), para
otear nuevos horizontes: el paso atrás que es el impulso para dar
dos adelante.
6.-
Volvamos al soneto
El
juego paralelístico, que ya hemos destacado, va a ser retomado. Mas
ya no sólo entre un verso y otro, sino entre un cuarteto y otro. Y
así se puede ver que la oposición, lo adversativo del primer verso,
encuentra su paralelo en el verso 5:
v. 1
Quiero escribir, pero me sale espuma
(...)
v. 5 Quiero escribir, pero me siento puma
Y lo
mismo ocurrirá con los otros versos de sendos cuartetos. Pero
detengámonos antes en el verso 5. En él la oscuridad del sentido
-que en los versos anteriores pudo ser tenue- cobra un sesgo
definitivamente extraño: ¿qué tiene que ver el puma con el asunto
del escribir?
El
diccionario define al puma como un mamífero carnívoro de América.
Tomemos la acepción ‘carnívoro’, acompañándola de otro dato:
“Cazador de animales más débiles que él”, y de ello deducimos que es
depredador que utiliza la cacería para satisfacer su urgencia de
alimento, su necesidad, pero sin producir nada.
Si
trasladamos esta explicación a la propuesta poética, percibiremos
que frente al cúmulo de técnicas o de recursos poéticos existentes a
disposición del poeta (como los animales para el puma) aquél se
siente un depredador, en tanto está usando esos recursos para crear
un verso “como la espuma”, bello; pero nada más que eso. Y nuestro
poeta sabe -por los principios de su estética que es, no lo
olvidemos, la estética marxista- que, como él mismo lo dice: “Los
materiales estéticos que ofrece la vida moderna, han de ser
asimilados por el espíritu, y convertidos en sensibilidad”, es
decir, que entre el poeta y su lector debe haber un correspondencia
sensible frente a la vida.
Y,
entonces, así como rechazaba la ‘espuma’ por unilateral; por lo
mismo, no admite ser un ‘depredador’. Y aquí cabe insertar la
acepción de ‘puma’ como oriundo de América, que por la relación
originaria del poeta se hace más palmaria; sin embargo, el poeta
rechaza esa identificación que lleva aparejado el hecho de figurar
América como la imitadora de Europa (depredadora de su cultura). Y
todo el arte de Vallejo clama y reclama independencia, originalidad.
Porque él incluso no quiere utilizar el arte, la poesía, para vivir
de ellos, ni siquiera para satisfacer una urgencia de creación a
como dé lugar (que es una urgencia falsa), aunque (o peor si es así)
tenga la “buena intención” del triunfo poético, la aspiración a la
fama, la conquista de laurel:
quiero
laurearme, pero me encebollo.
No, ni
aun cuando quiera “laurearse”, no es válido usar todos los medios,
incluidos los de la depredación, pues lo que en realidad estará
consiguiendo un poeta así será embadurnarse no de gloria sino de
escoria (considérese el olor desagradable de la cebolla).
Pero
nótese que el paralelismo que hay entre ese verso (6) y el verso 2
del primer cuarteto (“quiero decir muchísimo y me atollo”), es más
bien antitético, pues en el verso 2 hay una valoración positiva
(“decir muchísimo”) en tanto es proyección consecuente del anhelante
“Quiero escribir”; mientras que en “laurearme” hay una carga
negativa, pues se separa de la depredación pero admitiéndola como
posible: “laurearme aunque sea depredando”: el resultado es, pues,
también negativo.
La
relación paralelística contnúa en los versos 7 y 8, y, asimismo,
entre éstos y los versos 3 y 4 del primer cuarteto:
3 no
hay cifra hablado que no sea suma
4 no hay pirámide escrita, sin cogollo.
7 No hay toz hablada que no llegue a bruma
8 no hay dios ni hijo dios, sin desarrollo.
Y
constatamos que el verso 7 está en relación antitética con el verso
3, pues en aquél C.V. establece ya una conclusión: el trabajo
puramente formal deviene enfermedad (toz) y lo único que le espera
es la oscuridad (la bruma): el callejón sin salida al que aducimos
que llega Eliot.
Por su
parte el verso 8 sí se halla en relación sintética con los versos 3
y 4, ya que los presupone, ansorbe o subsume; pero, además, propone
el término, el final conclusivo del problema planteado en los dos
cuartetos: la lucha entre el fondo y la forma como punto crítico de
la dificultad escritural. Pero -nos dice-, si el poeta se cree un
dios, que está creando de la nada, recuerde que eso no ocurre con el
mismo dios o con su hijos (Jehová y Jesús; Alá y Mahoma) pues para
llegar a ser lo que son -dioses- tuvieron que pasar por un proceso
de formación: un desarrollo; tuvieron que tener su principio, su
base, su cogollo, percibible en las formas panteístas del hombre
primitivo, pasando por su plamación antropomórfica de las diversas
mitologías antiguas.
7.-
Los tercetos conclusivos
Por
todo lo dicho -y ante esas dos alternativas propuestas y opuestas-
la conclusión que se impone es el retorno a los orígenes: la
reintegración o reinserción del poeta a su “estado natural”, que se
plantea en el verso 9 (primero del primer terceto):
Vámonos, (IMPERATIVO) pues, por eso, (POR TODO LO DICHO) a comer
yerba (CONCLUSIÓN)
La
conclusión primera es, entonces, empezar desde el principio,
enraizar en la vida, hacer lo que hicieron y hacen los “hombres
naturales”, no tecnificados. Y, al hacerlo, al comer esa yerba que
los hombres sencillos y simples, “naturales”, comen, se estará
también “comiendo” a la humanidad de base que abona esa yerba; una
yerba que es -en resumidas cuentas- toda acción humana, y que es
“carne de llanto”, “fruta de gemido”, pues en el desarrollo del
hombre, aunque ensoberbecido, así como en el desarrollo de dios, ha
habido más tropiezos, sufrimientos, “llanto, gemido”, antes que
gratificaciones, y éstas -si las hay- serán también consecuencia del
mismo desarrollo sufriente, en tanto la felicidad de no ser esclavo
ha costado y cuesta ríos de lágrimas y sangre y lamentos y dolor...
Y todo esto está conservado en nuestra conciencia (en nuestra alma).
Y por eso dice, en elipsis: ‘Vámonos pues, por eso, a comer’:
Nuestra alma melancólica en conserva.
O sea
que en nuestra alma -aunque no lo querramos- está el recuerdo, la
nostalgia (que también eso significa “melancolía”) de todo lo que el
Hombre conoce. La arenga -imperativa- es, pues, enraizar en la vida,
no alejarse de ella y menos que esto se haga por un ensimismamiento
individualista, que es a lo que conduce, por lo común, el encierro
formalista.
Y no
otro es el final de poema (y de la poesía toda) de Eliot. Él es
consciente de que la forma ya no da más, pues se “ha gastado en el
desorden general”. Eliot percibe lo caótico del mundo que
-precisamente- se está reflejando en el poema. Pero ese desorden
externo se hace unívoco con su desorden interno y, por lo tanto, lo
inexplicable, lo absurdo del mundo encuentra una exacta
correspondencia en la “inexactitud del sentimiento” (v. 10). Todo es
un caos. Y toda posible salida, una utopía. Mas no se intenta la
aventura. Los poetas formalistas, grandes experimentadores formales
en poesía, no lo son en la vida; no experimentan con ésta. En su
relación con la vida son conservadores. Y bien se sabe que el no
aspirar a una nueva aternativa, el no proponer una nueva opción
vital, es aceptar el orden desquiciado que de palabra se rechaza.
Volviendo a C.V., su “Vámonos” solidario (plural de modestia, si se
quiere) del terceto que acabamos de analizar, se hace más urgente en
el siguiente terceto:
Vámonos! Vámonos! Estoy herido;
Y
duplica, así, su carácter imperativo, porque ‘hay que decir
muchísimo’ y, no obstante, los alquimistas de la forma se enfrascan
en la búsqueda de piedras filosofales poéticas. Y nuestro poeta nos
dice ‘estar herido’ ¡por esas discusiones bizantinas! que distraen a
quienes polemizan por saber qué es lo más importante: si la forma o
si el fondo. Y para C.V. esa es una polémica intrascendente, pues
tanto uno (fondo) como otra (forma) se diluyen y entremezclan para
constituir esa bebida de la que se extraen todas las nuevas
experiencias poéticas: toda nueva técnica no es sino un remozamiento
o transformación de otras técnicas precedentes: no hay nada nuevo
bajo el sol; por eso C.V. no lo dice con una apelación categórica:
Vámonos a beber lo ya bebido;
Y ya
estamos en el verso catorce del soneto.
Recordemos que es la ley del soneto el condensar en su último verso
todo lo expuesto antes, desplegando un juego de connotaciones que
enriquezca el tema tratado y lo proyecte a múltiples sugerencias
develadoras de una intención mayor. Desde luego, no en todos los
sonetos se cumple esta ley. Pero en el soneto de C.V. sí.
Atropellando incluso otras leyes, como las de la lógica formal o la
lógica gramatical, dándonos la impresión con este último verso de
estar llegando al sinsentido (como así lo advirtiéramos, también,
con el “puma” del verso 5):
Vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.
En
este verso es evidente la tendencia a la ilogicidad en relación
(“formal”) con el resto del poema. Y es cierto, el verso se propone
como un sinsentido, porque de esa manera se busca resaltar el hecho
de ser un reflejo de la sociedad moderna, también caótica y
desprovista de sentido: oscura, negra, como el cuervo.
Pero
ese verso nos ‘dice muchísimo más’. Para mejor descubrirlo
recurramos otra vez al diccionario, pero asimismo a los
condicionamientos ideológicos que no podemos -y en el caso de C.V.
con mayor razón- no debemos negligir jamás. En un modesto Larousse
veamos que el cuervo tiene -además del color negro- las
características de ser -como el puma- carnívoro. Es un pájaro
-leemos- que se alimenta de carnes podridas, de carroña, de
cadáveres.
El
cuervo vallejiano, entonces, anima la opción de alimentarse de la
realidad (en consonancia con la opción poética inicial de
‘enraizarse en la vida’); pero esa realidad, que es también lo
social, es oscura y, por ende, cría también seres oscuros: el poeta
y todos los seres marginados (mancomunados en ese ‘vámonos’ plural).
Son seres obligados a permanecer en la oscuridad, adquiriendo una
fisonomía deshumanizada. Y en tal sentido es pertinente destacar
otra coincidencia poética con Eliot (y aun con
la
Metamorfosis
kafkiana). Esos seres anónimos, masificados, oscuros del verso de
Vallejo son también “los hombres huecos” (The hollow men) de otro
poema de Eliot, del que tomamos estos versos coincidentes:
Permíteme también usar
esos deliberados disfraces como
piel de ratón, piel de cuervo...
Pero
decíamos que en el verso de C.V. todos esos ‘cuervos’ se hacen uno:
“Vámonos, cuervo”. Porque todos tiene las mismas angustias, y se
unimisman como los miembros de una clase social: la clase de los
“menos favorecidos” (para decirlo con ese eufemismo paternalista que
usan los buitres del “orden”), es la clase de los pobres, de los
trabajadores, de los proletarios. Y no debe olvidarse que
etimológicamente la palabra proletario hace referencia a aquel que
tiene numerosa prole, y, entonces, el reclamo “fecundador” del poema
adquiere consistencia. Y, más aún, si destacamos una precisión de la
doctrina marxista, para la cual la sociedad capitalista gesta en su
seno a la fuerza que la destruirá: ella cría a su cuervo, que será
su sepulturero. Entonces la fecundación de la cuerva anuncia el
nacimiento de otros cuervos que serán los que “le saquen los ojos” a
esa oscuridad que es la sociedad moderna, capitalista, pero lo harán
para ver mejor ellos mismos, para alimentarse y, así, dejar de ser
cuervos y acceder a su verdadera humanidad. Y un poeta identificado
con esa humanidad olvidada, postergada, “encuervada”, debe ser
también su transformador: se trata no ya de explicar el mundo, sino
de transformarlo. Esa transformación del mundo la hacen los
revolucionarios. Y el poeta también lo es, pues -como decía Paul
Eluard, otro grande de la poesía humana universal- “la verdadera
poesía es el campo de quienes luchan por la liberación del hombre.”
Entonces el poeta debe fecundar esa realidad, alimentarse de ella
para crear su poesía: ¡como lo ha hecho César Vallejo!
Y ese
es el más grande aporte de su concepción poética: saber ligar la
teoría a la páctica. Una concepción poética, pues, que es
consecuencia de una práctica precedente. Es ‘el diciembre de ese
enero’, ‘la pirámide de ese cogollo’. Es el efecto de aquella causa.
Y esta causa, esta praxis poética ha tenido como corolario la
transformación de una realidad vital hondamente sentida para
producir una poesía auténticamente humana, que es y seguirá siendo
admiración de todos los hombres que tengan bien puestos los órganos
del amor. Y -lo que es importante también- seguirá siendo Norte para
guiar los pasos de los poetas que lo son por necesidad vital y no
por pose, regodeo o requerimiento puramente formal.
*
Julio Carmona
A. H. María Goretti Mz. L-12, Castilla - Piura, PE
Julio Carmona, nació el
16 de marzo de 1945,
en la ciudad de Chiclayo, al norte de Perú. Estudió Literatura y se
licenció en
la Universidad Nacional
Mayor de San Marcos. Ha obtenido el grado de Magíster en Educación
con mención en Gestión Educativa por la Universidad de Piura (UDEP).
En 1975, obtuvo el segundo premio en la cuarta versión del Concurso
“El Poeta Joven del Perú” (el mismo que ganara Javier Heraud en su
primera versión, organizado por Cuadernos Trimestrales de Poesía,
que dirigía Marco Antonio Corcuera). Fue miembro del Grupo
Intelectual Primero de Mayo, desde 1972, hasta la muerte del
director del Grupo, el poeta Víctor Mazzi, en 1989. Por la misma
época, participó como colaborador del Grupo Narración. En la
actualidad ha sido elegido miembro de la Junta Directiva
(Vicepresidente) del Gremio de Escritores del Perú, fundado a
comienzos del mes de octubre de 2006. Es miembro del Comité de
Redacción de
la Revista digital argentina www.redaccionpopular.com Se desempeña
como docente de Literatura en
la Facultad
de Educación de
la Universidad Nacional
de Piura (UNP).
|
![]()
|
|