SOFISMAS DE MARIO
Por Carlos Angulo Rivas
La verdad es que no llegamos a
entender a Mario Vargas Llosa cuando dice que "no hay
ningún valor en el nacionalismo." Y me parece que nadie le
puede entender porque siendo un hombre instruido y culto, como
realmente lo es, no puede decir tamañas barbaridades por el
prurito de oponerse a lo que no le gusta en el Perú o
simplemente para hacerse presente a donde nadie lo llama y menos
lo necesitan. Y más triste nos pone cuando confunde un
sentimiento nacional con una ideología a la que califica de
"aberrante y el gran obstáculo para que América Latina
sea democrática." Es lamentable que a un escritor de su
categoría se le escape tales exabruptos en una reunión
internacional como la feria del libro en Guadalajara, donde para
que nadie lo dude repitió: "Desde mi punto de vista, el
nacionalismo es una catástrofe para cualquier país, en
cualquier circunstancia." Y luego: "El nacionalismo es
una ideología colectivista que convierte en un valor el
accidente más banal, que es el lugar de nacimiento de una
persona, y hace de eso un valor y, en alguna forma, un
privilegio."
En primer lugar el nacionalismo
no es una ideología y menos colectivista. El nacionalismo tiene
distintas manifestaciones y en la definición de Vargas Llosa
vendría a ser la exacerbación patriotera de la identificación
de un país, del saludo a la bandera y el himno nacional. Una
especie de sudar apasionadamente la camiseta en el partido de
fútbol. Y por eso ridiculiza este tipo de nacionalismo, el de
más pobre definición que, sin embargo, para sacarle provecho a
la idea la contrapone como "obstáculo" a la
globalización y por consiguiente al neoliberalismo que él
defiende como la panacea del mundo moderno. Y aquello si
constituye un contrabando político inaceptable, más aún, si
para él el nacionalismo es una "ideología
colectivista." Vamos por partes señor Vargas Llosa, porque
no hay países más adictos a la muralla del nacionalismo, en
todas sus manifestaciones incluidas las banderas, en el mundo
actual, que Estados Unidos, todos los de la Comunidad Europea y
de los asiáticos Japón y China. Y todos ellos cultivan el
nacionalismo muchas veces xenófobo (Estados Unidos
principalmente) porque la base de su desarrollo como
superpotencias industriales se sustenta en la protección plena
de sus recursos naturales, humanos, económicos y financieros.
En esta definición fundamental,
no en la del escritor, el nacionalismo es una disposición de
reafirmación colonizadora y competitiva entre potencias
industriales; y fructífera en tanto el nacionalismo queda
convertido en el conjunto de los intereses multinacionales
interdependientes. Y de esta forma, la competencia empresarial,
el libre mercado ajustado a sus conveniencias, se transforma no
sólo en la libertad de inversión y explotación bajo el ala
protectora de los Estados nacionales sino también en la
salvaguarda y manutención de sus habitantes y compatriotas. Y
si esa clase de nacionalismo, el verdadero, es bueno y sobre
todo rentable para las potencias industriales, habría que
preguntarle al sabio escritor Mario Vargas Llosa ¿por qué el
nacionalismo en el Tercer Mundo es aberrante y un obstáculo
para los pueblos?
Los organismos regionales de
integración señor Vargas Llosa no fracasan por el nacionalismo
de los pueblos sino al revés por la falta de nacionalismo de
los gobernantes subordinados a los intereses foráneos antes que
a los nacionales. EL ALCA, por ejemplo, no llega a constituirse
debido a la falta de honestidad de Estados Unidos y por supuesto
a la oposición razonable de quienes no nos dejamos arrebatar
fácilmente nuestros recursos naturales en medio de una pobreza
calamitosa y notable. Y aquí no se trata del amor natural a la
tierra que lo vio nacer a uno sino de la defensa de la vida de
los habitantes y compatriotas víctimas de la globalización
imperialista. Y si de guerras se trata, estas no fueron producto
de la "camiseta" nacional sino de los intereses
económicos encubiertos en ellas, diferencias alimentadas por
alguna superpotencia industrial tras recursos naturales más
baratos o regalados. Y por último, mejor no hable de dictaduras
militares porque casi todas ellas ascendieron al poder y se
sustentaron en él gracias al apoyo político y económico de
Estados Unidos. Para mentir y comer pescado, estimado Vargas
Llosa, hay que tener sumo cuidado. Ya sabemos que no le gusta
Ollanta Humala y eso es todo ¿no es cierto?
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