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SILVIO
RODRÍGUEZ: EL ARTE TIENE QUE SER HONESTO
Palabras al recibir el Doctorado Honoris Causa en la
Universidad Mayor de San Marcos, en Lima
(Por Juventud Rebelde) | |
Recibir este honor de la Universidad Mayor de San Marcos, Decana de
América, excede cualquier reconocimiento que pudiera soñar. El hecho
de que tanta ilustración universal haya pasado por sus aulas, que
este premio lo hayan recibido cubanos como Fidel, Nicolás Guillén y
Eusebio Leal, y sobre todo la certidumbre de que César Vallejo
estudió aquí, me hace sentir usurpador. Muchas veces he proclamado
que el autor de Poemas Humanos tuvo un efecto fundacional en mí.
Sé
que, según el protocolo de estos actos, ahora me tocaría dar una
clase magistral. Pero solo soy un cantor popular que, para colmo,
siempre ha tenido claro que practica un oficio que no suele
enseñarse, una profesión sin cátedra. Aunque esto es rigurosamente
cierto, para ser más justo debería agregar que existen al menos
regiones de la vida que nos enseñan. La escuela de un cantor puede
comenzar en las tonadas con que nos duermen las abuelas y con las
melodías que escuchamos salir de la cocina mientras nuestra infancia
corretea. Son lecciones todo lo que acontece en los hogares, si es
que nacemos con la fortuna de un techo, y escuelas son las calles,
las ciudades, los dioses y los héroes que nos esperan cuando abrimos
los ojos, como queriendo sellar nuestra suerte.
Hay
muchas formas de cantar y todas parecen necesarias, o al menos
tienen sus profetas. Dicen que cada manera está determinada por
cierta zona de los gustos. Pero cantar también es una lucrativa
carrera y por eso es parte de la llamada industria del
entretenimiento. Uno de los fines de esta curiosa forma de
producción es fomentar y expandir una música que nos distraiga en
las horas llamadas libres. Para eso fabrican sus canciones y ritmos,
que suelen ofertar cuerpos maravillosos y rostros inolvidables. Debo
admitir que yo también admiro la simpatía y la destreza de esos
cuerpos y que mis pies, que no piensan, pueden marcar compases
repetitivos. Pero mi entendimiento rechaza la fábrica que intenta
adicionarme a lo vacío. Presto atención, sin embargo, a todo el que
se toma en serio su trabajo y trata de hacerlo bien, aun si es un
asalariado de la industria del entretenimiento. Lamento si su
entorno no le permite otra forma de supervivencia que ponerse al
servicio de la compraventa. Pero conozco a otros que han desafiado
ese destino y asumen los riesgos de su libertad. A esos que no ceden
al facilismo domesticado son a los que identifico como familia. Y es
que las melodías que tarareaba mi madre, los sones que bailé en mi
juventud, los himnos que aprendí en mi adolescencia y, en fin, la
adoración a la canción en mi país, me hicieron asumir mi oficio como
necesidad, y no he tenido más remedio que cantar como una aspiración
cultural.
También tuve la suerte de tener algunas ideas sobre mundo, antes de
sentir el impulso, la necesidad de cantarlo. Recibí lecciones de mi
propio país, cuando en 1961 se realizó la campaña de alfabetización
a la que nos sumamos 100 000 estudiantes secundarios. A los 14 años
me separé de mi familia por primera vez para subir montañas y
sumergirme en ciénagas, para recorrer distantes parajes enseñando a
leer y a escribir, y a la vez para aprender la estremecedora lección
de los que habían sido olvidados. Pero más que sin analfabetos,
inaugurábamos un país de mujeres y hombres que, con el apetito del
saber abierto, seguían estudiando. Fue entonces que nuestras
escuelas y universidades empezaron a crecer y a multiplicarse. Por
eso en 1967, cuando empecé a mostrar mis canciones, nuestros niveles
de escolaridad iban en franco desarrollo. Haber sido soldado de
aquella primera gesta que como lema llevaba un pensamiento de José
Martí: «Ser cultos para ser libres», y cuya bandera era el saber sin
discriminación, me hizo pensar que a partir de entonces ya nada
sería igual en Cuba, ni siquiera las canciones.
Una
transformación esencial estaba ocurriendo: la práctica humanista nos
mejoraba como gentes y aquella mejora hechizó cualesquiera que
fueran los propósitos de cada cual. Cuando yo me puse a hacer
canciones la ética y la estética ya eran compañeras. El arte, como
parte de la vanguardia espiritual, pensaba yo, debía esforzarse por
estar a la altura de la nueva realidad. Un poco antes Alejo
Carpentier había inaugurado la Editora Nacional de Cuba y la
literatura empezó a circular a precios populares; el Universo
rechazaba la guerra contra Vietnam; Casa de las Américas hizó el
Primer Encuentro de la Canción Protesta; eran los años del boom
literario, del Novo Cinema y del Nuevo Cine Latinoamericanos. Varios
compañeros de generación vivíamos lo mismo, habíamos llegado a
conclusiones parecidas y poco a poco nos fuimos encontrando.
Nuestras canciones, en un inicio aisladas por la soledad, empezaron
a manifestarse como una corriente juvenil que primero fue
identificada como «trova moderna» o como «trova joven», hasta que
fue llamada «nueva trova».
La
nueva trova nunca fue un movimiento estéticamente homogéneo y mucho
menos pretendió fundar un estilo musical. Lo primero que nos
cohesionó fue tener, más o menos, la misma edad y el momento social
que vivía Cuba, con el que nos identificábamos. Vivir al lado de un
país tan grande y con medios tan poderosos nos mostraba que era
necesario conocer y reproducir nuestras melodías de antaño, para que
las canciones por venir no olvidaran sus orígenes. Pero lo novedoso
es como un pie forzado para las nuevas generaciones, que siempre
llegan con la lógica aspiración de una voz propia. Quizá por eso la
ruptura llamaba tanto mi atención. Nos tocaba ser jóvenes en un
tiempo que también era joven y nuestra sociedad cambiante nos exigía
tanto, que respondíamos con una dolorosa honestidad. Creo que ese
desgarramiento fue la médula de nuestro aporte. En definitiva ¿a qué
se le puede dar crédito en este mundo sino a lo que desafía los
abismos?
He
leído muchas veces que el compromiso con las aspiraciones de cada
tiempo histórico suele ser sustancial para la expresión artística.
Pero esta verdad natural no se puede interpretar como una directriz,
porque corremos el riesgo de convertir la realidad en su propia
caricatura. Lo programático se muerde la cola, por eso, antes que
nada, el arte tiene que ser honesto. Cuando alguien le preguntó cómo
pensaba que debía ser una canción, José Antonio Méndez, autor de
boleros eternos como La gloria eres tú, con la noble sonrisa que lo
caracterizaba respondió: Sincera. La canción debe ser siempre
sincera.
Cantar es un arte antiguo y extendido por nuestra diversa geografía.
Posiblemente no exista actividad de nuestros pueblos que no esté
reflejada en alguna canción. Queda mucho por saber de nuestros
cantos y ese conocimiento nos ayudará a saber más de nosotros
mismos. El compromiso con el amor y con la belleza, con lo real y
con lo imaginado, y sin dudas con el reclamo de justicia social que
signa nuestra historia, son esencias de la canción latinoamericana.
Esa suma de virtudes es la que la mantiene viva y digna. Por eso
quiero terminar dando gracias a todos los cantores que esperan por
la simple mención que los salve del anonimato y que han sido y son
paradigmas de nuestras certezas.
Gracias, hermanas y hermanos del Perú, país de cultura dorada,
pueblo generoso que atesora sabiduría, canciones y ejemplos dignos
de amor y respeto, como el del joven poeta inmolado, Javier Heraud.
Gracias, hermano Hildebrando Pérez Grande; gracias, Escuela de
Literatura; gracias a este insigne centro Mayor de estudios,
Universal al punto de premiar a un trovador. Por supuesto que
interpreto este gesto como un abrazo de pueblo a pueblo. Lo acepto
en nombre de maestros como Sindo Garay y Teresita Fernández, de la
trova cubana de todos los tiempos, de mi aguerrida generación y muy
especialmente en nombre de Noel Nicola, hermano que hace poco se nos
fue, pero que antes nos dejó ejemplares versiones cantadas de la
inmortal poesía de César Vallejo.
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