|
NAVIDAD
DEL SIGLO XXI
Por
Roberto Jiménez Maggiolo
Revista
EncontrArte Año 2 - No 33 - 24 de Diciembre de 2005
Caracas- Venezuela
XI
“Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas
blanca cera y dulce miel”.
Antonio
Machado
La
Navidad, un etapa de vida que consideraba preciosa,
perfumada de amores i de las más puras i bellas ilusiones
del mundo, transcurriendo tiempo e ilusión con las
tradiciones de la cena en familia, el pesebre i las velas i
paños ornamentales en mesas i rincones, escuchando
villancicos i, naturalmente presionado por la fe de mis
padres, asistiendo a las iglesias. Imaginaba hasta navidades
blancas como en las tarjetas o en las narraciones de Dickens
i comuniqué o pasé a mis hijos, ese entusiasmo ingenuo
sobre lo que ahora me parece pura leyenda o hasta un mito,
hipertrofiado descaradamente por el comercio i el
consumismo. I en los últimos años se fue borrando de mi
conocimiento i sentimiento, no toda la fantasía que
envuelve a los seres humanos del complejo occidental, sino
la veracidad de esos hechos tan lejanos, imprecisos i hasta
inventados –pues es a partir del siglo IV cuando las
iglesias del oriente medio empiezan a confeccionar un mito-
que, como casi todo lo recogido en libros e historias
sagradas, es plagio de leyendas orientales quizá más allá
de Imperio Sumerio; cosas debidamente comprobadas por la
historia, la arqueología i el arte, de tal modo que casi
ninguna narración bíblica escapa de una imitación a veces
deplorable o se complementan muchas cosas tomadas de
evangelios calificados como apócrifos. I ese proceso
mental, interno, como deslastrando el alma, esta entelequia
de la cual no tenemos sino una conciencia vaga, o mui firme
i respetable para muchos, de las cosas bonitas (i bonitas
deriva de “buenito” escuchaba decir al gran maestro
Agustín Millares Carlo) que me enseñaron en el hogar i en
la escuela de monjas, donde aprendí a leer i a caminar por
los senderos de letras con cuentos i leyenda, hasta creer
que era el buen Niño Jesús quien en las navidades dejaba
juguetes al lado de la cama i creía que era una realidad
para todos los niños del mundo, pues de niño que tuve
padres responsables que si ser ricos, nos proporcionaban
todo cuanto podían. Ignoraba que triste, cruel e inhumana
era la realidad de un mundo que desde hace mucho tiempo me
cuesta creer que haya sido creado por Dios.
Años
atrás, cuando la vergüenza de lo que era el Poder Judicial
i las Leyes para disfrazar de legalidad la Injusticia, sufrí
por unos 14 años la ausencia de mi primera hija, casi
secuestrada por las artimañas de un abogado poderoso (no
por conocimientos sino por dinero i complicidades, con
excelentes jueces cristianos i serviles) escribí un libro
titulado CUÉNTAME LA NAVIDAD, imaginando que le contaba la
Navidad, tal como se la había mostrado i hecho vivir a sus
hermanos mayores i desde entonces, investigué o leí mucho
sobre la Navidad i fuera del contenido de ese libro que
resultó una pequeña historia, en cada diciembre escribía
una nueva faceta de esos días en los cuales,
afortunadamente, fingidos o no, los hombres parecen que
suavizan sus pasiones o suspenden sus maldades i parece que
en el ambiente flotara eso que algunos ilusos llaman, el Espíritu
de la Navidad.
La
vida tiene i nos impone etapas, derivadas del acervo
cultural que vayamos acumulando, como atesoran otros el
dinero, las trivialidades i hasta las maldades; i así,
cuando nos toca en suerte saber escoger el camino del
conocimiento, las pasiones por lo bello, lo bueno i lo
noble, una moralidad interior (siembra buena de padres i
maestros de calidad) con los estudios de profesiones, de
arte i de filosofía, estructuramos una sólida base de pirámide
que, ella misma va exigiendo dónde colocar las piedras de
hallazgos felices –como las obras bellas, grandes o
prodigiosas de otros hombres- i entonces nos formamos una
constelación de estrellas, no siderales sino humanas que,
recurriendo a ellos los sentimos como maestros universales i
eternos. De esos, tengo muchos en mi cueva encantada, en mi
refugio más pacífico i puro, en mi azul oquedad con
piedras preciosas que son mis mui amados libros. En los
libros descubrí figuras mui lejanas en la historia, como
Imhotep, el egipcio considerado padre de la medicina; también
poeta i arquitecto al cual se atribuyen pirámides
escalonadas como la del Sakara i estilos de columnas con
fustes i capiteles distintos; en fin un creador de mitos o
de sueños, como los que en poesía del siglo XI encontramos
en Omar Kheyyam i su Ruibayat, porque esos fueron intentos
de invenciones más complejas como las utopías. Kheyyam, me
hace siempre repasar la cuarteta 165:
Me
dieron la existencia, sin consultar conmigo.
Luego aumentó la
vida día a día mi asombro.
Me iré sin desearlo, y sin saber la causa
de la llegada mía, mi estancia y mi partida
Así,
la Navidad también es puros inventos tomados de la lejanía
oriental i sus propósitos, horizontes lejanos irrealizables
como son esas paradojas que llamamos utopías, ilusiones,
quimeras o ensueños. La Navidad de hoi, no es la que recibí
del ayer, la que conté a mis hijos ni la que no me atrevo a
referir a mis nietos. Mis “verdades”, mentiras para la
mayoría, no me permiten seguir mintiendo, cuando los buenos
maestros o los padres, nos enseñaban, como dice Sábato, a
“ser buscadores de la verdad”.
a
Navidad, aun en los tiempos más felices, cuando la
vida, el matrimonio i los hijos, son jóvenes, siempre,
siempre me producían una especie de tristeza ancestral
inexplicable. Había mezcla de alegría, congoja o hasta
soledad que, mi “espíritu de la Navidad” resultaba
extraño. En mi casa, la Navidad era sencilla: uno o dos
juguetes bajo la cama; el pesebre en el cual mi abuela era
una artista creadora pues hasta hacía figuras de barro; la
cena, en casa de las tías paternas, en una gran casona del
centro de la ciudad, donde mi padre tenía la clínica o
consultorio i parecida la llegada del año nuevo, que en
Madrid aprendí a llamar la Nochevieja.
Mas,
en los últimos años, a las alegrías momentáneas o de días,
se sumaba el recuerdo doloroso de la vida llena de pesares,
injusticias i traiciones, tanto familiares como de amigos.
Había siempre caras nuevas i caras ausentes, no propiamente
por la muerte que es lo más natural de todo en la vida. La
vida no tendría sentido i sería un caos irremediable, si
no existiera la muerte, como pueden ver ahora en la novela
de Saramago, LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE, que es ver el
desastre considerando colectivamente la ausencia de la
parca, o como particularmente, en una novela que leí hace
muchos años, creo que titulada MELMONTH de Richard Martins
(no preciso porque son de mis libros perdidos) se describía
la angustia de un personaje que había obtenido, no sé si
de Dios o del Diablo la inmortalidad, i siglos después
recorría el mundo desesperado buscando la muerte.
Personalmente comparto con mi extraordinario Jorge Luis
Borges que, el único temor que tengo después de la muerte,
es a la inmortalidad i como dice Benedetti en un poema
titulado LA ETERNIDAD, como todo lo celeste “es un invento
sofocante”. La eternidad sería intolerable.
Así, pues, mi visión o mi sentir la Navidad ha cambiado.
Desde que leí hace años el Diccionario Filosófico de
Voltaire –delicioso para leer pausadamente, mezclado con
meditaciones, como debe leerse el Quijote- i ver que Adán i
Eva son, no solamente un pobre invento copiados de la
mitología oriental, con Paraíso, Árbol del Bien i el Mal,
la Serpiente tentadora, etc., hasta ilustrado con esas
figuras, o conocer el Mito de Mitra del cual transcribo
solamente este trozo tomado de Pepe Rodríguez (escritor
español): “Muchos siglos antes de Jesús-Cristo, el dios
Mitra, según su leyenda popular, ya había nacido de virgen
un 25 de diciembre, en una cueva o gruta, siendo adorado por
pastores y magos, obró milagros, fue perseguido, acabó
muerto, resucitó al tercer día…” porque todos los
dioses que expían pecados de los mortales, terminan siendo
víctimas propiciatorias, son muertos i resucitan
posteriormente. Como ven son mitos o fábulas, tales como
son bellas literariamente muchas de LAS MIL Y UNA NOCHE.
Este esquema se ha dado con Osiris, con Shiva, Baco, etc.
Sin embargo fue a partir del siglo IV cuando la Iglesias
organizó todo, cambió fechas i estableció el negocio del
las indulgencias para llegar al cielo i estableció la ética
interesada con premio (cielo) i castigo (infierno) para
montar la organización más poderosa del mundo, cuando el
dogma de Cristo como lo describe Eric Fromm, transformó una
religión de los pobres i marginados, en la religión del
poderoso Imperio Romano cuando Constantino i la madre que lo
convirtió al cristianismo.
No
sé, entonces, si fue el descubrir verdades, o mejor las
mentiras, lo que fue anulando la euforia de mis Navidades
que casi con seguridad, son experiencias mui distintas al
resto de los mortales del mundo occidental que, no se puede
negar, es una parte minoritaria de la población del
planeta. Casi ni lo he hablado o discutido con mis alejados
hijos ni mis cercanas i adoradas hijas. Creo que la vida i
el conocimiento profundo, sobre todo si estudian o leen
filosofía, les aclarará el camino. “Caminante no hay
camino, se hace camino al andar” me sentenció el poeta
del tiempo no perdido. Acaso la utopía de Russell, aquello
de pensar que la prehistoria del mundo acabará cuando
desaparezcan las religiones, sea siempre eso: el horizonte
que se aleja i nunca llegaremos a él; posiblemente el
hombre, el de ciencia como el de religión, acaben con la
vida sobre el globo terráqueo antes que cualquiera utopía
bella llegue a realizarse i, por ello considero que cada
vez, la Navidad del siglo XXI será más distinta; sembrada
de puro comercio, consumismo i mentiras, hasta que lleguemos
a un efecto invernadero o quizá, contrariando a Stephen
Hawking, por fin un verdadero Dios si existe como el Aristotélico
i el mío, “una entidad lejana i desconocida” se percate
de nuestra existencia i acaso decida algo…” ¡Cómo me
gustaría, a la manera soñada por el poeta Antonio Machado,
que las abejas interiores en la conciencia, fuesen
fabricando en mi corazón, “con las amarguras viejas /
blanca cera y dulce miel”!
Mientras
tanto, descubría que hasta San Nicolás, transformado por
el Imperialismo en Santa Claus, obedece a las leyes del
neoliberalismo i el el capitalismo salvaje, quien le otorgó
la inmortalidad para otorgar juguetes i felicidad a los niños
ricos solamente; mientras Ernesto Sábato nos dice
estremecido: “Para todo hombre es una vergüenza, un
crimen, que existan cincuenta millones de niños explotados
en el mundo”. Recuerdo entonces que, de niño, no
sabía lo que sobre los muchachos pobres, poetizó
popularmente nuestro Aquiles Nazoa:
Al
niño todo desaliño
le dije, dime en dos platos
que quieres tú que el Niño
Jesús te ponga en los zapatos
No contestó en ninguna forma
respondió por él la abuela:
Mire, el se conforma
con que le ponga media suela
|