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MAMA COCA
Por Sandra Chaher
(Fuente Artemisa Noticias) | |
Quizá en octubre del 2006 los habitantes de Buenos Aires descubran
que su ciudad es centro del II Foro Internacional por la Hoja de
Coca. ¿Por qué acá?, se preguntarán, olvidados o ignorantes de que
un millón de argentinos son indígenas y otro buen porcentaje tenemos
sangre india en las venas. La argentina Aymara Falcón, artista
plástica descendiente del pueblo que le dio su nombre y actual
residente de Perú, es la mediadora-promotora de ese evento que se
teje con la paciencia y el cuidado de un abrigo andino.
En
medio del pasaje de un milenio a otro, Aymara Falcón dejó Argentina,
su país de nacimiento, y se fue a Bolivia a participar de un Inti-Raymi.
Con ancestros guaraníes y aymaras, hacía tiempo que se había
descascarado la crianza de un abuelo francés que la obligaba a hacer
la venia a los cuadros de Aramburu y renegar de Perón y los indios,
o sea de ella misma, y se había reconocido en esa cultura de la
sangre que la hizo tejerse la trenza de mujer indígena.
Caminando las calles de La Paz, vio a los
yatiris (curanderos)
que leían las hojas de coca sobre el polvo seco del altiplano. Se
resistió. A pesar de haber dejado hacía tiempo Argentina, de haberse
soleado en los valles chilenos, y de reconocer que su destino estaba
en la tierra y el cielo aymara, ella, que llevaba el mismo nombre de
su pueblo, descreía aún de los designios que pueden leerse en los
lugares más insólitos. Finalmente se animó, se sentó en la tierra
frente al hombre y pidió que le fueran develados los misterios. El
yatiri la miró y le dijo “Hermana, nunca vas a poder dejar de
caminar. Los que tenemos trenza tenemos la misión de caminar.” Ella
lloró. Ya había pasado un abismo y esperaba que no tan lejos le
llegara el reposo, un nuevo compañero y una vida serena. El
yatiri le respondió:
“Vos podrás desear lo que quieras, pero Viracocha te pide otras
cosas. Tu destino es difundir nuestra cultura, caminar y contar.”
Aymara tragó saliva, la misma que tantas veces había enjugado con
sabor a coca, y se entregó. Partió al Amazonas, vivió en una
comunidad con la que hizo rituales de ayawasca, tuvo visiones de un
cactus con pulpa más rosa que el melón –una variedad del San Pedro
que desconocía pero descubriría más tarde en Catamarca- y poco
después fue llamada por su maestro, Agustín Guzmán, un curandero que
lidera en Perú la Comunidad Tiwantisuyu, para dirigir una escuela de
arte en el Amazonas. Aymara se preguntó por qué, habiendo tantas y
tantos artistas plásticos peruanos, Guzmán la había elegido a ella
para entregarle el sueño de sus visiones de niño. Se respondió que
el maestro sabría y en el 2004 se internó en la selva.
En
abril del 2005 participó del I
Foro Internacional de la Hoja de Coca. Una semana de Paz
con la Coca, realizado en la Universidad de San Marcos, Lima. “Y
aunque traté de poner distancia, ya no pude. La defensa de la hoja
de coca me tomó por completo, me lleva y me lleva.”
Aymara tiene 52 años, el pelo canoso, la trenza a un costado de la
cara y los rasgos indígenas. Está sentada en un bar porteño tratando
de explicar, con la brevedad que imponen los tiempos urbanos, de qué
se trata esta defensa de la hoja de coca que se eleva como clamor
desde las entrañas de los Andes y que está logrando una inesperada
legitimación con la victoria del ex campesino cocalero Evo Morales
en Bolivia.
Si
Perú, Bolivia y Colombia vienen liderando hace años una defensa –Aymara
prefiere esa palabra en vez de lucha, aunque sus hermanos sí hablen
de lucha porque 500 años de exterminio y explotación les hicieron
entender que no hay otro método- de la hoja de coca como medicina y
alimento, la victoria de Morales los alienta en una huella que ellos
ven como un gran proceso de transformación cultural, más cerca de
los ciclos cósmicos de los dioses que de las coyunturas
socio-políticas.
Mama Coca
La
Mama Coca no es tan importante para los andinos como la Pachamama,
pero está cerca. La tierra les da alimento, cobijo, movimiento. La
coca les permite estar activos a miles de metros de altura, trabajar
aún si no hay comida, alimentarse, curar enfermedades, y los
acompaña en sus rituales sociales y religiosos.
“La
planta de la coca es un espíritu femenino –dice Aymara, que también
cuenta que aprendió a ser mujer en medio de los campesinos chilenos,
que en la urbanidad porteña tenía muchas ideas pero nada visceral,
que eso le llegó con la tierra seca del Valle del Elqui chileno, en
medio de los cultivadores del pisco-. Hay una vieja leyenda
cristiana que dice que la planta surgió porque era ligera de cascos
y por eso fue castigada y partida al medio, una parte se fue al aire
y otra a la tierra donde creció. Es una planta que no se ingiere
antes de los 18 años, porque se considera su chajchado (mascado) un
rito de pasaje que debe ser realizado después de tener relaciones
sexuales con una mujer.”
La
defensa de la Mama Coca es la de una cultura y su historia. La hoja
de coca fue arrastrada en la ciega y sorda arremetida penalizadora
contra las sustancias psicoactivas liderada por Estados Unidos desde
comienzos del siglo XX. En las distintas convenciones
internacionales de la ONU que fueron marcando los hitos
prohibicionistas, quedó penalizado el principio psicoactivo de la
hoja de coca, con el que se realiza la cocaína. Pero la planta tiene
múltiples y ancestrales usos que ninguna ley trunca en el altiplano.
La gente la mastica para trabajar o simplemente andar, toma té de
coca, la usa como anestésico, para los dolores de estómago, para
hacer panes y tortas, para prevenir la osteopórosis (el último furor
entre las mujeres ricas), y está presente en la mayoría de los
rituales religiosos.
Los
primeros registros del uso de hoja de coca en América, desde
Argentina y Chile hasta el Caribe, tienen 6000 años y se refieren
fundamentalmente al chajchado, que no es exactamente la masticación
sino la ingestión de la saliva que se mezcló con la planta. El
chajchado fue históricamente usado por los pueblos indígenas para
nivelar la vida en las alturas. “No es algo que te ponga guau, pero
sí te quita el hambre. Por eso los indígenas trabajaban como bestias
en las minas de Potosí. Y ése es un dolor que no se termina y que se
siente en cada cosa que ves en esa ciudad–dice Aymara y lo dice toda
ella: los ojos achinados, la trenza gris, la bijouteríe artesanal,
la voz que cambia el tono y la cadencia-. Ir a Potosí es terrible.
Es ver el despilfarro de Europa a costa de la sangre de nuestro
pueblo.”
El
polo andino
Quienes encabezan en este momento la defensa de la hoja de coca en
el continente son organizaciones no gubernamentales y líderes
políticos de Perú, Bolivia y Colombia. “La defensa es desde lo
ancestral y cultural porque la coca es parte de nuestra medicina
tradicional y de nuestra cotidianeidad –dice Aymara-, pero también
desde lo económico porque muchos de los campesinos de nuestros
países, que no pertenecen necesariamente a los pueblos originarios,
viven de este cultivo.”
Ecuador, situado estratégicamente en el medio de este polo
cocacolero tiene una historia tan arraigada de prohibicionismo que
si no fuera porque hay registros arqueológicos del uso de la planta
entre los indígenas, las autoridades habrían borrado de todo mapa
cultural y libro de historia o biología la presencia de la planta.
Sumado a esos vestigios innegables, el norte del país está siendo
paulatinamente invadido por los campesinos colombianos que cruzan la
frontera para evitar la fumigación de sus cultivos.
El
chajchado no está penado en ningún país andino. Incluso hay té que
se fabrica para exportación y en Perú están surgiendo pequeñas
empresas de panificación. Sin embargo, en ese país, el Estado ejerce
el monopolio de la comercialización de la hoja de coca a través de
una empresa que les compra a los campesinos y les vende a las
farmacéuticas y a Coca- Cola. Y, por otra parte, existen en la
región millonarias y reiterativas campañas que intentan incorporar
en la población la idea de coca=cocaína, un concepto falso
comprobado por estudios científicos que sostienen que, consumida la
hoja de coca por vía oral, las concentraciones de cocaína en la
sangre nunca sobrepasan los 5 nanogramos por litro, dando solamente
un efecto energizante y de supresión del hambre y la sed.
La
victoria en las elecciones presidenciales de Bolivia del indígena y
ex campesino cocacolero Evo Morales trajo aire y más ímpetu a esta
“defensa” de los pueblos andinos. Morales ya anunció como un punto
central de su plan de gobierno la legalización de la producción de
la hoja de coca.
Mientras tanto, las organizaciones no gubernamentales se proponen
realizar el II Foro
Internacional de la Hoja de Coca en octubre del 2006 en
Buenos Aires. Para eso retornó Aymara Falcón a la ciudad en la que
vivió tantos años y en la que habitan su hija y su nieta. ¿Por qué
Buenos Aires si en Argentina no hay un compromiso con la bandera que
ella levanta? La respuesta debería empezar con la aclaración de que
Argentina no es sólo Buenos Aires y que en el noroeste se chajcha
como en Bolivia o Perú.
Después, lo dicho por esta lideresa informal que cruza siempre las
mismas fronteras para nunca terminar de descubrir: “La mejor hoja de
coca de Bolivia viene al norte argentino. La gente la compra para
mantener sus rituales y usos medicinales. Pero además, hay un fatal
desconocimiento del tema en una parte de la región, ya que Uruguay y
Paraguay no la usan, en Ecuador se la erradicó, y Argentina permite
el uso regional pero con una legislación ambigua, y además es un
país que tiene casi un 60% de sangre indígena escondida, camuflada.
Sentimos que la mejor forma de quitar el manto de confusión que
cubre a nuestros pueblos de origen es presentar en este ‘moderno
Virreinato del Río de la Plata’ una semblanza de lo que fueron
nuestros pueblos, su cultura y su medicina. Necesitamos recuperar
nuestra memoria de modo de ejercer nuestro de derechos, y
necesitamos que la comunidad científica se interese en promover
estudios bien fundamentados sobre las bondades medicinales y
nutricionales de la hoja de coca… ¿Qué mejor que Buenos Aires para
todo eso?”
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