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LA CULTURA ''LIGHT''
No
pensar, sentarse ante la pantalla de televisión, no
preocuparse del mundo, pareciera ser la receta para
"triunfar". Y muchos terminan creyéndolo
Por Marcelo Colussi | |
Desde hace algún
tiempo se ha popularizado en el mundo la noción de lo "light". Todo
es "light": la vida, las relaciones interpersonales, la actitud con
que se enfrentan las cosas, la comida, las diversiones. "Light",
ligero, liviano. La consigna tras todo esto es, pareciera: "¡no
complicarse!" (don't worry!), "¡sé feliz!" (be happy).
Dicho de otro modo: no pensar, olvidarse del sentido crítico. Por
supuesto, hay que decirlo en inglés para que sea más evidente su
sentido: lengua de los ganadores, of course.
Esta cultura,
―si es que así se la puede llamar― esta tendencia dominante, tiene
orígenes específicos: se encuadra en una dinámica histórica
determinada, responde a un proyecto concreto. Seguramente, como
todos los rumbos sociales ―también las "modas" culturales― no se
desprende de una oficina generadora de ideas que lanza mundialmente
la "onda light" como por arte de magia. Es, en todo caso, producto
de un sinnúmero de variables que van retroalimentándose una con
otra.
El auge del
neoliberalismo, la caída del bloque soviético, la supuesta "muerte
de las ideologías", el mundo unipolar, el triunfo omnímodo de la
gran empresa; en definitiva: lo que hoy día se presenta como un
éxito masivo del capitalismo y su ideología concomitante, son todos
factores que se coligan unos con otros dando como resultado esta
entronización del individualismo hedonista, del facilismo, de la
apología ramplona del consumismo.
Es difícil
indicar quién es el responsable directo del fenómeno; quizá nadie lo
ha pergeñado como tal. Es, en todo caso, una mezcla de elementos.
Pero no hay dudas que, en tanto tendencia, es síntoma de los
tiempos.
En este contexto
"cultura light" vendría a significar: individualismo exacerbado,
búsqueda inmediata de la satisfacción ―con la contraparte de
despreocupación/desprecio por el otro―, escasa profundidad en el
abordamiento de cualquier tema, superficialidad, falta de compromiso
social o incluso humano, banalidad, liviandad.
Todo ello
marcado por un culto a las apariencias. Se juzga al otro por cómo va
vestido o por el tipo de comida que ingiere, por la marca de
teléfono celular que usa o por el peinado que lleva; y eso decide
todo. El continente subsumió al contenido. Sólo importan las formas,
ser bello, estar bien presentado. Lo demás, no cuenta.
Sin falsas
idealizaciones, sin ser apocalípticos, el momento histórico actual
nos confronta con una situación, como mínimo, novedosa. Desde ya,
sin exagerar, no queremos decir que la solidaridad y la profundidad
conceptual hayan sido la constante a través de toda la historia
humana. En todo caso esas son posibilidades, de hecho muy
profundamente desarrolladas en determinadas ocasiones, así como
también pueden serlo el individualismo o la trivialidad.
Pero lo que
efectivamente hoy sí puede constatarse con una fuerza que tiene
mucho de inédita, es la falta de preocupación por el otro, la
apología del facilismo, la entronización del más absoluto
individualismo, todo ello llevado a estatuto de ideología dominante.
De ahí esta ligereza que marca las relaciones
interpersonales. Todo es light, también la relación con el otro.
¿Cómo, si no, poder entender los video-juegos ―nada inocentes, por
cierto― que entronizan la violencia y el desprecio por el otro?
¿Cómo, si no, ese auge de la "belleza" plástica? Todo esto se ha
hecho cultura. Y la cultura pesa.
Esta "onda light"
va ganando los distintos espacios de la producción cultural, del
quehacer cotidiano. Ello no significa que la humanidad se va
tornando más tonta, menos inteligente. En absoluto. La revolución
científico-técnica sigue adelante con una velocidad y profundidad
vertiginosas. Los logros en tal sentido son cada vez más
espectaculares. Pero junto a ello ―ahí está lo insólito― el nivel
"humano" no crece al mismo ritmo. Hasta incluso podría decirse que
no crece (si es que fuese lícito hablar de "crecimiento" en ese
ámbito).
Ahora tenemos
televisor con pantalla plana de plasma líquido de 40 pulgadas… para
ver programas que apologizan la tontería, la porquería, la más
pacata superficialidad (léase, por ejemplo, reality show o
talking show).
Lo expresó con
agudeza Pablo Milanés cuando dijo:
"No es culpa del
público, ni de su gusto, ni de su sensibilidad; el público se
inclina por lo que le ofrecen a diario, donde le meten un bombardeo
absoluto de promoción de cosas malas y pues finalmente lo acepta. Yo
creo que prevalecerá el espíritu verdaderamente humano del público,
su sensibilidad... Pero no hay duda de que estamos en un momento de
ofensiva de mal gusto".
Si bien es
difícil establecer quién inventa las modas culturales, las
tendencias dominantes, no hay dudas que hay centros de poder que
tienen que ver con esa generación. Quizá no es alguna tenebrosa
agencia de control social la que ha pergeñado ese modelo. Pero lo
cierto es que, sumando todos los aspectos arriba esbozados, el
arquetipo del ciudadano esperado ―esperado por los centros de poder,
desde ya, ayudados por mecanismos de mediación como son los medios
masivos de comunicación― termina constituyéndose como un consumidor
pasivo que no discute, que cuida ante todo su sacrosanto puesto de
trabajo, que se ocupa sólo de lo cosmético irrelevante y que ―en
términos de análisis humano― no piensa.
Es decir: light.
Como siempre, puesta a circular una moda, por diversos motivos
―ánimo de figuración, acomodamiento, etc., etc.― no falta quien se
acopla a la corriente dominante. Si se le pregunta a cualquier
yuppie (young urban professional people), prototipo por
excelencia de esta cultura, o a cualquier consumidor de estos
valores, no sabrá por qué hay que tomar yogurt diet ni leer
algún best seller; y seguramente será un enconado defensor de
la tendencia en juego. Pero vale preguntarse: ¿al servicio de qué
está todo esto? ¿Quién se beneficia?
Como
oportunamente lo señala Luis Britto García:
"La regla de lo
light es la sistemática omisión de lo pertinente: cigarro sin
nicotina, café sin cafeína, azúcar sin azúcar, música sin música".
(…) "Política sin política. Partidos sin partidos. Organizaciones
sin ideología. Carismas sin programas. ¡Misterio sin profundidad!
¡Revelación sin pavor! ¡Iluminación sin trascendencia! ¡Nirvana
instantáneo! ¡Paraíso desechable! ¡Purgatorio spa! ¡Fast God!
Consumismo industrial beatificado en el supermercado espiritual".
(…) "Ángeles y modelos no menstrúan, o no debe parecer que lo hacen.
En su obsesión por ocultar la función real y mostrar la simbólica,
postula lo light vientres que no digieren, senos que no amamantan,
carne que no envejece. La biología no existe. Toda expresión
fisiológica ha de ser testada. El apetito es crimen, el vello tabú,
el olor pecado mortal, el sudor alta traición. El desodorante es el
sacramento light. La anorexia, su estado de gracia."
El mundo
contemporáneo, el mundo que nos legó la caída del socialismo real,
es un ámbito donde ya nos hemos acostumbrado a no tener esperanzas,
a no cuestionar, a aceptar todo con resignación. O al menos esto es
lo que se mantiene como tendencia dominante. Consumir, buscar la
felicidad y la realización a través de lo material, no complicarse.
Que todo sea "suavecito", soft, sin cuestionamientos de
fondo.
Como elemento
básico en la conformación de esta cultura tenemos los medios
audiovisuales, y en especial la televisión. No podría decirse
mecánicamente que televisión es sinónimo de cultura light; pero sin
dudas guarda una estrecha relación.
En este período
que marcó la caída del muro de Berlín, la realidad virtual, la
realidad de las imágenes, si bien desde hace décadas viene modelando
las ideologías dominantes, ha pasado a ser ahora vehículo por
excelencia de esta moda de lo banal. Nada mejor que la cultura
televisiva para entronizar la apología del "no piense". Podría
decirse que lo que generó el capitalismo desde mediados del siglo XX
en adelante, siempre con fuerza creciente, hoy ya como moda global,
es el llamado al "no piense, mire la pantalla". Ante la imagen,
absoluta y omnímoda, el pensamiento conceptual, la reflexión
crítica, más lenta, cae vencida. La imagen presenta sin mediaciones
un sinnúmero de estímulos que actúan de forma masiva e inmediata a
nivel del sistema nervioso central. El poder de la imagen es mayor
que toda otra vía de transmisión. Por eso la televisión es la matriz
fundamental de esta cultura de lo no reflexivo.
Estas
tendencias, estos modelos culturales que se generan ―hoy a escala
planetaria― se presentan con fuerza arrolladora, cubren todos los
espacios, parecieran no permitir alternativas. Pero el reto es ir
más allá de todo esto, intentar desafiarlo, discutirlo, quebrarlo.
Hay que ser irreverente con el poder, con lo constituido, con el
dogma.
Seguramente no
es posible dar un catálogo de acciones de probada efectividad para
hacer frente a esta tendencia. Es tal su fuerza que pareciera más
fácil doblegarse ante ella, y entrar finalmente en la corriente.
No pensar, sentarse ante la pantalla de televisión, no preocuparse
del mundo pareciera ser la receta para "triunfar". Y
definitivamente muchísimos terminan creyéndolo. De ahí al consumo de
lo que se anuncia como llave para ser un "triunfador", un "exitoso",
un paso. Todos, irremediablemente, estamos tentados por este paraíso
del placer que lo light pareciera ofrecernos.
Aunque sea un muy modesto aporte en esta lucha por un mundo más
vivible, más justo y equilibrado, un paso en torno a todo esto es
perderle el miedo a pensar. Como dijera Xavier Gorostiaga: "Los
que seguimos teniendo esperanza no somos estúpidos". Retomando el
ideario del mayo francés entonces, idearios que hoy parecieran tan
lejanos: "La imaginación al poder".
Pero no hay dudas que, aunque adormilados por esta moda que
pareciera haber llegado para quedarse, también podemos oponer
resistencias y cambiar el curso de la historia. ¿Quién dijo que
somos insectos condenados definitivamente a caer en la luz
enceguecedora de las pantallas? La historia definitivamente no ha
terminado, y ahí están innumerables ejemplos (la Revolución
Bolivariana en Venezuela, la resistencia palestina, Cuba que sigue
socialista, colectivos organizados a lo largo y ancho del mundo,
gente que sigue pensando, gente que sigue teniendo esperanzas) para
afirmar que la vida no es tan light como esta ideología dominante
nos quiere hacer creer.
Para afirmar, en definitiva, que sí es posible luchar para hacer la
vida más digna de ser vivida, y no a base de siliconas ni de drogas,
no sólo pavoneándonos con el último modelo de celular o con un par
de zapatos de marca. Otro mundo verdadero ―no plástico― es posible,
más allá del sueño superficial de las pantallas de televisión.
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