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JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI CRÍTICO LITERARIO
Capítulo 1
Por Constantino Bértolo

Sobre José Carlos Mariátegui y su obra bien podría decirse aquello que Bernard Shaw formulaba sobre la figura de Juana de Arco y que el propio Mariátegui recoge en su comentario sobre el autor irlandés: “No es imposible que una persona sea excomulgada por herética y más tarde canonizada por santa”. El pensamiento de la izquierda latinoamericana, aun reconociendo siempre y de manera más o menos (más) paternal y ”generosa” la importancia de su obra dentro de la tradición marxista y revolucionaria, ha efectuado todo tipo de lecturas, balances e interpretaciones acerca del significado y lugar de su obra. Desde los que hallaron o hallan en ella sostén y sendero para la defensa de la “ortodoxia” marxista-leninista hasta los que cuestionan “la pureza” de su marxismo pasando por los que recaban su pensamiento como fuente para legitimar líneas troskistas o pensamiento Mao-Tse-Tung.

No falta incluso quien ve en el peruano un precursor del relativismo postmoderno. Aun sin entrar en las discusiones canónicas ni en la tratadística de tan polémico campo, da la impresión de que la diversidad de interpretaciones corresponden más a lecturas de oportunidad, todas acaso explicables desde las diferentes visiones que cada grupo hace de la coyuntura política, que a la ausencia de un territorio propio o de un sentido riguroso y coherente en su pensamiento y quehacer revolucionario. Rigor y cohesión que en el espacio dialéctico donde su producción tiene lugar nada tienen que ver ni con la rigidez ni con la parálisis que parecen buscar en su obra quienes pretenden encerrarla bajo una mera etiqueta.

El acercamiento a su pensamiento, como sucede con el mismo Marx, Lenín o Gramsci, no admite ni la receta ni la fórmula ni los manuales pret-a-portèr y fácilmente se equivocará quién busque en ellos y en sus obras meros conocimientos, olvidando que su conocer hay que situarlo en la asumida aserción marxista de que conocer y transformar deben conformar una misma actividad y donde un conocimiento ajeno al transformar no es conocer en el sentido revolucionario del término. De ahí que tantos viajeros de la revolución se extravíen cuando les da por confundir la guía de viajes con el propio viaje desconociendo que la ruta de la teoría a la praxis y de la praxis a la teoría es una línea de acción que nada tiene que ver con el falaz deseo de encontrar, ya completado, el mapa del tesoro. Es necesario “leer” a Mariátegui desde su condición de revolucionario en un momento concreto histórico y entender que, como revolucionario que era, Mariátegui entendió que su obligación, su tarea primordial, como nos recuerda Nestor Kohan, “consistía en construir políticamente un sujeto social para la revolución”, (1) una praxis esta que evidentemente chocaba con determinados aspectos de la “ortodoxia” materialista, determinista y economicista que el oficialismo soviético de la III Internacional quería imponer en las izquierdas latinoamericanas formadas o en tiempo de formación entre los años 1920 y 1930, la década de la madurez de Mariátegui. Sólo desde la voluntad de llevar a cabo esa tarea se puede entender la trayectoria y los recorridos de su obra. Sólo desde esa actitud se puede comprender –abarcar- su pensar sobre el indigenismo o lo religioso, su pensar sobre el papel de la voluntad y de las condiciones subjetivas en la lucha revolucionaria o su entendimiento de la literatura y de la crítica literaria.

Porque si los zarandeos interpretativos sobre su pensamiento político no dejan de ser llamativos, en lo que corresponde a su pensamiento literario, y más en concreto a su labor de crítica literaria, tampoco faltan los bandazos. Desde quien lo ve como legitimador del más grosero realismo soviético a quien agradece su radical escepticismo estético. Las reflexiones que siguen nacen de la lectura atenta de los textos de crítica literaria y reflexión estética que Mariátegui publicó en diversos medios en los años posteriores a su viaje a Europa, y de su puesta en relación tanto con el contexto cultural, político y literario en el que se producían como con el proyecto global que el autor trataba de llevar a cabo. Se trata en resumen de indagar sobre el qué (los textos) el desde donde (contexto) y el para qué (proyecto) pues entendemos que sólo con la conjugación conjunta de estos tres aspectos estaremos en condiciones de comprender (o de intentar de entender) sus coordenadas estéticas, entendiendo estética en el amplio sentido de campo del pensamiento que toma como objeto de reflexión aquello que en un determinado momento histórico una sociedad califica y nombra como tal. Añadir que aun cuando los escritos sobre literatura o arte correspondientes al período juvenil y modernista del peruano, su llamada “edad de piedra”, apuntan o avisan sobre determinados gustos e inclinaciones del autor, no entran en nuestro análisis que, como hemos señalado, se centra en la producción mariáteguiana que tiene lugar a lo largo de la década de los años 20.

Son años caracterizados por la conjunción en Occidente de tres movimientos críticos (en cuanto que ponen en crisis los valores establecidos en cada uno de los planos sobre los que inciden): el bolchevismo triunfante de la revolución soviética con la ola de convulsiones políticas que provoca, expande o exporta vía III Internacional; el cuestionamiento radical del pensamiento artístico burgués que el estallido de las vanguardias ejemplifica e intensifica, y el fuerte desarrollo del sistema capitalista de producción, circulación y consumo que se ve apoyado por la extensión acelerada de las energías del petróleo y de la electricidad y reflejado en unos medios de comunicación que aprovechan con eficacia las ventajas que las revoluciones tecnológicas ponen a su alcance. Aspecto este último que podemos cobijar bajo el rótulo “futurista” de “el descubrimiento de la velocidad”. Tres movimientos que chocan y rebotan mutuamente creando fricciones y sinergias al tiempo que se enfrentan con las resistencias propias de lo que nace.

Sería simple afirmar que cuando Mariátegui regresa al Perú trae ya en su equipaje un proyecto plenamente delimitado de tareas políticas y culturales para poner en práctica de modo inmediato pero, al menos como hipótesis operativa, me voy a permitir afirmar que regresa con tres ejes de praxis-teoría bien perfilados: la revolución es el horizonte necesario y la revolución soviética es ejemplo de la validez del marxismo como herramienta de transformación social; la literatura y el arte burgués corresponden a un momento histórico y cultural anterior que las vanguardias han desterrado al tiempo que exploran y despiertan nuevos caminos que pueden coincidir y fusionarse con los caminos de la revolución, y, el salto del Perú a la modernidad solo puede producirse vía revolución socialista y sin etapas intermedias lo que hace necesaria y urgente la construcción de un sujeto revolucionario combativo. Estos tres ejes determinan la mirada de Mariátegui.

Una mirada que se singulariza, se “mariáteguiza”, por ser un mirar siempre hacia adelante. Cuando mire hacia el pasado o el presente ese adelante será lo decisivo, lo que marque la personalidad de su mirada. Y esos tres ejes, puestos en marcha, marcarán el espacio de las resistencias y fricciones en el que su pensamiento madurará y crecerá. Contra la burguesía oligárquica pero también contra la tentación socialdemócrata; contra el populismo pero también contra el proyecto de la revolución con etapas intermedias; contra el realismo literario burgués y a favor de las vanguardias pero también contra las vanguardias sin compromiso revolucionario; contra el determinismo economicista y a favor del optimismo de la voluntad; contra la alienación pero a favor de la “fe” o “ religión” como virtudes revolucionarias; contra la nostalgia arqueológica pero a favor del “indigenismo” como aliado objetivo de la revolución. A favor de lo “inverosímil” contra “lo verosímil” anquilosado y paralizante; a favor del “milagro” frente a la prosa de la resignación. Contra el dogma pero a favor de la firmeza. Analizando las condiciones objetivas pero sin olvidar el peso de las condiciones subjetivas.

Que en este programa la literatura y el arte, lo estético, ocupe lugar tan señalado no deja de ser singular y llamativo. Sólo en un pensador como Gramsci se da un hecho semejante y quizá eso explique la comparación entre ambos que tan a menudo retoman algunos de los estudiosos de su obra que coinciden en unir en los títulos de sus ensayos ambos campos, así: Poética e ideología en J. C Mariátegui, de Eugenio Chang Ramírez (2), El itinerario y la brújula. El vanguardismo estético-político de J. C. Mariátegui, de Fernanda Beigel, (3) o Estética, crítica literaria y política cultural en la obra de José Carlos Mariátegui de Antonio Melis (4) entre otros. Sin duda el hecho de que el Amauta hubiera “entrado” en la sociedad peruana vía literaria y a través de ella hubiera intervenido en la vida cultural logrando reconocimiento y prestigio antes de su viaje a la ebullición europea de postguerra, abunda para entender la permanencia de ese interés acorde con su formación, gustos y aficiones. Si antes de su viaje y de su encuentro con las vivencias de la revolución , en su “edad de piedra” limeña, Mariátegui sintió que lo estético era un buen lugar desde donde hacer la Crónica de la realidad, no en vano Jean Croniqueur había sido su seudónimo más utilizado, ahora, a su regreso, añade nuevos ángulos a su visión pero mantiene su interés por esa parcela donde la batalla de las ideas tiene lugar con especial relevancia e intensidad dadas las características de la sociedad peruana y el importante papel que en ella juega lo estético como boletín de enganche y promoción para los productores de ideología: los intelectuales. Mariátegui entiende que el proyecto revolucionario debe y tiene que contar con el compromiso y el trabajo de una parte significativa de esos escritores y artistas que con sus obras construyen las señas de identidad de la “peruanidad” del futuro Perú y otorga así a la literatura una función social que lo aleja de sus coqueteos juveniles con las literaturas decadentes o ensimismadas.

Lo que Mariátegui plantea es la responsabilidad del escritor y la responsabilidad de la literatura y lo plantea como una doble responsabilidad: ante lo literario en cuanto trabajo que cuenta con su propia escala de valores: lo bien hecho y ante el proyecto revolucionario que incorpora también una escala de valores que – y esa es la clave de su pensamiento literario- no sólo no coarta a aquella sino que la dinamiza e impulsa. Mariátegui reclama responsabilidad y explicita, frente al compromiso abstracto, los tribunales desde donde el buen o mal uso de esas responsabilidades serán juzgada. De ahí que cuando en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (5) aborde, en el séptimo y último, la historia literaria del Perú significativamente lo titule El Proceso de la literatura y se cuide bien de explicitar desde la primera línea que está utilizando el concepto de proceso en su exacto sentido jurídico: juicio entre partes: “La palabra proceso tiene en este caso su acepción judicial. No escondo ningún propósito de participar en la elaboración de la historia de la literatura peruana. Me propongo, sólo, aportar mi testimonio a un juicio que considero abierto… Mi testimonio es convicta y confesadamente un testimonio de parte”.

Claramente este ensayo en registro de juicio encierra los fundamentos de su pensamiento literario y las claves de su actividad como crítico y así ha sido señalado por todos los exégetas de su obra. No en vano se abre con una introducción que recoge toda una declaración de principios que podemos inventariar: “Todo crítico, todo testigo, cumple consciente o inconscientemente, una misión.”, “Mi crítica renuncia a ser imparcial o agnóstica, si la verdadera crítica puede serlo, cosa que no creo absolutamente. Toda crítica obedece a preocupaciones de filósofo, de político, o de moralista… Croce ha demostrado que la propia crítica impresionista o hedonista … que se suponía exenta de todo sentido filosófico, no se sustraía…al pensamiento, a la filosofía de su tiempo”. “Declaro, sin escrúpulo, que traigo a la exégesis literaria todas mis pasiones e ideas políticas, aunque, dado el descrédito y degeneración de este vocablo en el lenguaje corriente, debo agregar que la política en mi es filosofía y religión. Pero esto no quiere decir que considere el fenómeno literario o artístico desde puntos de vista extraestéticos, sino que mi concepción estética se unimisma, en la intimidad de mi conciencia, con mis concepciones morales, políticas y religiosas, y que, sin dejar de ser concepción estrictamente estética, no puede operar independientemente o diversamente”. “Mi explícita parcialidad revolucionaria o socialista. No me atribuyo mesura ni equidad de árbitro: declaro mi pasión y mi beligerancia de opositor. Los arbitrajes, las conciliaciones se actúan en la historia, y a condición de que las partes se combatan en copioso y extremo alegato”.

Y en las páginas siguientes, mientras da cuenta de debe y el haber de la literatura peruana, podemos continuar recogiendo más claves de su poética de crítico: “Sólo a partir de la producción de obras propiamente artísticas, de méritos perdurables, en español, italiano y francés, aparecen respectivamente las literaturas española, italiana y francesa”, “La suerte bien distinta de una y otra (se está refiriendo a las obras de Felipe Pardo y Ricardo Palma) se explica fundamentalmente por la diferencia de calidad; pero se explica también por la diferencia de espíritu. La calidad es siempre espíritu.” “Para una interpretación profunda del espíritu de una literatura, la mera erudición literaria no es suficiente. Sirven más la sensibilidad política y la clarividencia histórica. El crítico profesional considera la literatura en si misma. No percibe sus relaciones con la política, la economía, la vida en su totalidad. De suerte que su investigación no llega al fondo, a la esencia de los fenómenos literarios. Y por consiguiente, no acierta a definir los oscuros factores de su génesis ni de su subconsciencia.”, “More parte de un principio que suscribe toda crítica profunda. La literatura-escribe- sólo es traducción de un estado político y social.”.

Este rosario de citas y principios no se debe entender, menos utilizar, como una especie de manual de Poética de la Crítica Literaria. Sólo situándolas en el contexto de los Siete ensayos y sólo situando los Siete ensayos en el contexto político y cultural en el que el autor lo escribe y publica, puede hacerse su adecuada lectura. Los siete ensayos encierran tanto un testimonio negativo acerca de cómo la literatura peruana ha respondido de modo conservador a la realidad en que venía produciéndose como un llamamiento claro para que el presente literario cambie sus puntos de vista y, lo más importante, sus puntos de llegada.

Llaman particularmente la atención en El proceso a la literatura dos actitudes: el valor de su claridad pues en todo momento pone las cartas encima de la mesa aun siendo consciente del riesgo que ello supone (el mismo avisa del “descrédito” de un discurso político como el que está llevando a cabo) y la insistencia en recordar que la literatura encierra sus propio código penal lo que le lleva a hablar de “valores perdurables”. Que no es lo mismo que “valores permanentes” ni mucho menos que “valores eternos o inmanentes”.

 

 
 
  Jr. Miró Quesada 360 - Cercado de Lima pcdelp@patriaroja.org.pe