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JOSÉ
CARLOS MARIÁTEGUI CRÍTICO LITERARIO
Capítulo 2
Por Constantino
Bértolo
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Pero que nadie pretenda encontrar en estos u otros textos de
Mariátegui una Estética en el sentido de un corpus que exponga
reflexivamente qué se esconde detrás de frases como “valores
perdurables”, “calidad”, “principios artísticos” “la
esencia de los fenómenos literarios” o “los oscuros factores de
su génesis ni de su subconsciencia”. No creo que la serie de
principios que hemos inventariado ni otros de semejante corte que se
encuentran en los textos más concretos de crítica literaria o
arte, que habremos de mencionar más adelante, conformen una estética
en el sentido tradicional y académico del término.
En todo caso, de su lectura lo que parece desprenderse es una
interpretación de lo estético como un campo de lo político
(estudio de la “polis” y de los sistemas y subsistemas que la
caracterizan en un momento dado) pero como un campo propio, con su
propia “materialidad” -en el sentido en que Raymond Williams
utiliza el concepto (6)- , que no se diluye simplemente en un magma
indiferenciable. Que Máriategui recurra a términos como espíritu
para nombrar esa “materialidad” no creo que haya que leerlo como
una contradicción sino como el resultado de intentar resolver metafóricamente
una dificultad semántica donde espíritu, en lenguaje del autor, es
trasladable a fuerza y capacidad para producir, descubrir, despertar
y transformar la realidad. Por otro lado Mariáteguí, a quien las
apuestas de “el arte por el arte” siempre le han parecido una
falacia, tampoco se deja engatusar por el cómodo – comodín-
recurso a la “autonomía” de la obra artística y así, en su
juicio sobre Alberto Hidalgo enuncia sin reparos: “Hay un síntoma
sustantivo en el arte individualista, que indica mejor que ningún
otro, un proceso de disolución: el empeño con que cada arte, y
hasta cada elemento artístico, reivindica su autonomía” (7).
Aunque también haya que recordar que poco antes de su muerte
y en su artículo El balance del suprarrealismo (8), en un
contexto de defensa de ese movimiento, podemos encontrar el
siguiente aserto que literalmente parece contradecir en parte el
enunciado anterior: “Pero nada rehúsan tanto los
suprarrealistas como confinarse voluntariamente en la pura
especulación artística. Autonomía del arte sí, pero no clausura
del arte. Nada les es más extraño que la fórmula del arte por el
arte.” Fernanda Beigel en el excelente ensayo ya citado, El
itinerario y la brújula. El vanguardismo estético-político
de José Carlos Mariátegui, ha abordado la ardua cuestión de
“la autonomía” del arte en su pensamiento analizando alguno de
sus textos más significativos al respecto como Contribución a
la crítica de Eguren (9) o sus notas sobre el film La
quimera del oro en Esquema de una explicación de Chaplin
(10), pero sus conclusiones al respecto, que siguen la línea
del clásico estudio de Antonio Melis ya citado no parecen despejar
la cuestión: “La noción mariateguiana de la autonomía del arte
queda hasta aquí relativizada, pues no implica la consideración de
una obra como resultado ahistórico y aislado de todo vínculo
social, ni responde al interés por determinar una esencia inmanente
de la producción artística”.
Personalmente entiendo que abordar el tema desde la aceptación
del término “autonomía” es un modo de entrar en un callejón
sin salida: ¿autonomía frente a quien? ¿qué grado de autonomía?
¿autonomía suficiente para legislar sus propias leyes? Autonomía
es un concepto “defensivo” – una especie de aduana contra la
injerencia de otros poderes- y al respecto Mariátegui parece
moverse entre la apuesta por un arte revolucionario, arte para la
revolución, y el rechazo a la subordinación de las reglas de la
producción artística a la lógica de la política, para defender
una crítica que sin desatender los aspectos materiales de la obra
– adecuación entre la técnica constructiva y la visión del
mundo, eficacia de los recursos retóricos, etc- pusiera el acento
en “la lectura” que la obra hace del momento histórico. De ahí
su capacidad para reconocer méritos a obras o autores que
pertenecen a otro momento: “Arte de una decadencia, arte de una
disolución; pero arte vigoroso y original el de Pirandello es, en
el cuadro de la literatura contemporánea, el que más debate merece.”(11).
Nada mejor que acercarse ahora a los textos concretos de crítica
literaria que Mariátegui publicó en distintos medios de prensa
para determinar las categorías literarias que en el concreto
ejercicio de la crítica sobre determinados autores y obras utiliza
y, al utilizarlos, perfila y define. Cómo se ha señalado
corresponden a trabajos realizados fundamentalmente entre 1925 y
1930 en los que atiende bien a una obra concreta de un autor
concreto: Manhattan Transfer de John Dos Pasoss , Nadja
de Breton o El Cemento de Fedor Gladnov por ejemplo, o bien
abordan el significado global del conjunto de la literatura de un
autor como en los casos de Anatole France, Romain Rolland o
Henriquez Ureña . Ya la nómina de obras y autores que enfoca pone
de relieve que en las preocupaciones literarias de Mariátegui, en
sus intereses literarios, apunta una clara voluntad de intervenir en
los debates literario- políticos que se estaban produciendo en
tiempos en los que la política y el arte parecían conformar un
mismo campo de batalla.
Si tenemos en cuenta que son los años en que se están
planteando, desde Moscú a Buenos Aires pasando por Berlín, París,
Madrid, Lima o Montevideo y casi en tiempo simultáneo, debates de
enorme intensidad acerca de tres cuestiones de largo calado: el
cuestionamiento del realismo, la posibilidad de una literatura
revolucionaria y el compromiso de los escritores, comprobaremos que
Mariátegui elige como objeto de sus críticas precisamente aquellos
materiales, obras o autores, que le permiten intervenir y tomar
postura en cada uno de ellos.
Para la cuestión del realismo en literatura el peruano fija
su atención en autores como Zola, Anatole France o en obras como El
baile del conde D`Orgel de Raymond Radiguet y Sin novedad en
el frente de Erich Maria Remarque. Cuando Mariátegui escribe su
comentario sobre Zola y la nueva generación francesa (12)
comienza por indicar que “El nombre de Zola vuelve a ser un
emblema en el debate literario de Francia” y expone las claves
de la contienda: mientras los escritores de las capillas donde se
venera a Proust o Gide condenan inapelablemente su obra, los
populistas identifican la causa de Zola con la revolución: “Zola
es también nuestro maestro, por haber escrito sobre el pueblo
novelas que lee el pueblo.” Mariátegui no escatima el
reconocimiento debido a su potencia y pasión pero, desde su
posicionamiento de marxista revolucionario, se coloca muy lejos de
las posiciones populistas que en su opinión “se aprestan a
explotar la cantera del pueblo” y después de ubicar el
naturalismo dentro del realismo burgués aclara que “La
impotencia de la burguesía para producir un arte verdaderamente
realista no se manifiesta menos en la obra de Zola que en las otras
obras del mismo ciclo literario” ni mucho menos puede ser
tomada como ejemplo a seguir por una posible literatura que se
quiera revolucionaria: “su obra es extraña, o simplemente
anterior, al espíritu de la revolución proletaria…. Zola conocía
bastante al pueblo; pero ignoraba al proletario. Su concepción del
socialismo era una concepción humanitaria, sentimental, saturada de
romanticismo, del culto a las masas, ajena radicalmente a la
concepción energética y heroica de los marxistas. El proletariado,
como Malraux recuerda no es la misma cosa que el pueblo. Y el primer
deber de la nueva literatura es negarse a todo retorno…. Las
tendencias, las esperanzas de Zola no son hoy las nuestras”.
Que “el realismo” de Zola le parece una amenaza, un
ejemplo no válido para la literatura “realista” que el presente
(y el futuro, es decir, la revolución) reclama se constata en la
insistencia con que el maestro del naturalismo aparece en otras críticas
del peruano para reafirmar, una y otra vez, que ese realismo no es
“el realismo”: “En Los Artamanov caben holgadamente tres
generaciones, 55 años, la historia de la Rusia campesina y
provinciana, desde la abolición de la servidumbre hasta la Revolución
bolchevique. Zola no habría podido narrar todo esto sino en una
serie como la de los Rougon Macquart, con muchos raptos románticos
y mucho diletantismo sociológico entre etapa y etapa de su biografía.
Gorki desmiente con esta novela que haya muerto el realismo. ¿No
tendrá razón René Arcos cuando nos dice que el realismo está
ahora naciendo? Ciertamente, la tiene.
La literatura de la burguesía no podía ser realista, del
mismo modo que no ha podido serlo la política, la filosofía. (La
primera teoría y práctica de realpolitik es el marxismo.) La
burguesía no ha logrado nunca liberarse de resabios románticos ni
de modelos clásicos.”
(13). “El pseudo-realismo burgués- Zola incluido- había
habituado a sus lectores (no deja de ser llamativo que decenios
antes de que la teoría literaria consagre el término de
“horizonte de expectativas”, ya Mariátegui llame la atención
sobre aspectos de la literatura ligados a la “construcción del público”)
a cierta idealización de los personajes representativos del bien
y la virtud. En el fondo, el realismo burgués, en la literatura, no
había renunciado al espíritu del romanticismo, contra el cual
parecía reaccionar irreconciliable y antagónico. Su innovación
era una innovación de procedimiento, de decorado, de indumentaria.
La burguesía que en la historia, en la filosofía, en la política,
se había negado a ser realista, aferrada a su costumbre y a su
principio de idealizar o disfrazar sus móviles, no podía ser
realista en la literatura… El rechazo del marxismo… es en la
burguesía una actitud lógica –instintiva-, que no consiente a la
literatura burguesa liberarse de su tendencia a la idealización de
los personajes, los conflictos y los desenlaces.”
En relación estrecha con el problema del realismo aparece en
la obra de Mariátegui su defensa apasionada de las vanguardias artísticas
y muy especialmente del surrealismo o suprarrealismo y en esta
defensa se esconde tozuda una de sus concepciones más profundas
sobre lo literario: su capacidad para revelar los aspectos
escondidos o usurpados de la realidad. Usurpación a manos de las
clases sociales – la burguesía- interesadas en ofrecer una
lectura de la realidad que no ponga en cuestión sus modos de ser,
estar y representar el mundo.
A la vista de sus textos parece evidente que
“desenmascarar” esas usurpaciones forma parte prioritaria de su
programa como crítico literario. Hablando de Raymond Radiguet y del
éxito póstumo de El Baile del Conde D`Orgel escribe: “Personajes,
cosas, gustos y emociones de una época de decadencia. Ambiente y
mundo de Proust, menos mórbidos, más sanos; pero con la misma
tibia temperatura lánguida. Radiguet ha hecho a su modo novela
psicológica. Novela de matices que analiza minuciosa y finamente el
proceso de un sentimiento, la trayectoria de una pasión
generalmente moderada y contenida. Novela que no enfoca sino un
episodio, en vez de enfocar, como el folletín, toda una vida que se
enlaza a cien vidas diferentes y confusas. Novela en la cual cada
hombre es el protagonista de su propio drama y es el eje de su
propio mundo. El literato de este estilo no intenta jamás
aprehender un vasto paisaje humano. Su arte es como el de esos
pintores modernos, que, con un gusto un poco ascético, repiten en
innumerables cuadros la misma naturaleza muerta” (14).
Realismo muerto frente al realismo vivo de Bretón y los
suprarrealistas: “no me sentiré nunca lejano del nuevo
realismo, en compañía de los suprarrealistas. La benemerencia más
cierta del movimiento que representan André Breton, Louis Aragon y
Paul Eluard es la de haber preparado una etapa realista en la
literatura, con la reivindicación de lo suprarreal….Proponiendo a
la literatura los caminos de la imaginación y del sueño, los
suprarrealistas la invitan verdaderamente si no al descubrimiento, a
la re-creación de la realidad. Nada es más erróneo en la vieja
estimativa literaria que el concepto de que el realismo importa la
renuncia de la fantasía. Esa es, en todo caso, una idea basada
exclusivamente en las experiencias y en las creaciones del sedicente
realismo de la novela burguesa” (15).
Para Mariátegui la función que debe cumplir la literatura
es la de restablecer los derechos o los valores de la realidad. Este
pensamiento está en consonancia con su interpretación de la
realidad como producto, como el resultado de una determinada “producción
de realidad”. Su insistencia en la necesidad de ir más allá
de la realidad burguesa, en su transformación, en su
desbordamiento, en su desvelamiento le lleva, en literatura, a
ponerse del lado de obras y autores (Bernard Shaw, Pirandello) que,
estando o no estando explícita o ideológicamente en el camino de
la revolución, o bien ponen en evidencia en sus obras la reducción
del término que tiene lugar en la literatura burguesa o bien rompen
con ese “pacto de realidad” haciéndola saltar por el aire (el
suprarrealismo), o, librándose “ de la enfermiza herencia que
alimenta sus raíces”, son capaces de ofrecer una nueva
lectura de la realidad (Los Artamanov de Gorki, Manhattan
Transfer de John Dos Passos). Desde esa concepción, tan
concreta y tan abierta a distintos modos y surcos literarios, Mariátegui
prefiere “el disparate” (Bergson) al cartón piedra del realismo
decimonónico, el sueño ( Freud) a la rutina, el milagro (El
difunto Matias Pascal) a la psicología de salón, la escritura
automática (Breton) al sentimentalismo caritativo.
El pensamiento bienpensante actual ya de derechas ya se
reclame de izquierdas, se espanta (con ese gesto paternalista de quién
vive en una esfera superior ) ante los elogios que José Carlos Mariátegui
dedicó a la novela El cemento de Fedor Gladkov que desde su
suma ignorancia y desconocimiento identifican con el “realismo
socialista” literario que después de importantes y muy singulares
debates se convirtió en la doctrina literaria oficial en la URSS a
partir del Congreso de la Unión de Escritores de 1932. Una novela,
por cierto, que a pesar de la supuesta libertad y riqueza del
mercado capitalista no se encuentra en ninguna librería española
ni hay de ella edición disponible alguna. Una novela que ocupa uno
de los primeros lugares en la lista de los libros más leídos “de
oídas” (categoría en la que habría que encuadrar a la inmensa
mayoría de las obras de ese “realismo socialista” tan denostado
sin que nadie acabe de citar títulos concretos - salvo este, Asi
se templo el acero de Korolenko y el semi- incómodo El Don
apacible del que “ya se sabe” Sholojov sólo escribió la
parte “mala” - y que permanecen anatemizadas y desconocidas en
un extraño lazareto cultural, dado que no se han reeditado desde
hace varios planes quincenales del capitalismo editorial.
No deja de ser curioso que Mariátegui inicie su comentario
sobre El cemento defendiéndola de aquellos que, desde
posiciones revolucionarias, la ven como “poco edificante” y
“desalentadora”, para añadir que “Las peripecias
espirituales, los conflictos morales que la novela de Gladkov
describe, no serían, según esta opinión, aptos para alimentar las
ilusiones de las almas hesitantes y miríficas que sueñan con una
revolución de Agua de rosas. Los residuos de una educación eclesiástica
y familiar, basada en los beatísimos e inefables mitos del reino de
los cielos y de la tierra prometida, se agitan mucho más de lo que
estos camaradas pueden imaginarse, en la subconsciencia de su
juicio” (16).
Luego de advertir que la novela no es una obra de propaganda
señala que se trata de una novela “realista” y que frente al
falso realismo de la literatura burguesa y del folletín que pugnan
“por mantener en la pequeña burguesía y en el proletariado la
esperanza en una dicha final ganada en la resignación más bien que
en la lucha” la novela de Gladkov, para Mariáteguí, es parte
de una nueva literatura que está devolviendo al término realismo
su verdadera dimensión estética. La fuerza que en ella aprecia –
fuerza artística, estética, humana- proviene de su cumplido
esfuerzo por crear una expresión del heroísmo revolucionario sin
omitir ninguno de los aspectos desagradables – fracasos,
desilusiones, desgarramientos, deslealtades- en medio de los cuales
la acción heroica se construye. Lo que el nuevo realismo acepta
como pacto es la honestidad narrativa: no hurtar la realidad no
conveniente, no ocultar con idealismo el barro y la sangre con que
se construye la narración – “La Revolución no es una idílica
apoteosis de ángeles del renacimiento”- y esa honestidad –
“Todos los destinos, los más opuestos, los más íntimos, los
más distintos, están justificados”-, es lo que Mariátegui
llama su “verdad literaria”, la fusión equilibrada entre “los
elementos primarios del drama individual y la epopeya multitudinaria
del bolchevismo”.
Para tantos y tantos críticos que consciente o
inconscientemente leen novelas desde el manual dominante, el famoso
ensayo Aspectos de la novela de E. M. Foster donde la
“complejidad” es el valor supremo y donde la única complejidad
verosímil es la correspondiente a la de un pequeño burgués
“sensible”, las figuras de Glieb y Dacha, la pareja protagonista
de Cemento responderán sin duda a esa inverosimilitud
inevitable con que lo político “mancha” a toda literatura que
toque y, por mucho que puedan leer en Mariátegui su rechazo hacia
las novelas de tesis – “Esta eficaz y aguda receta no le
sirve, sin embargo, a Bernard Shaw para ofrecernos en su drama una
imagen cabal de Juana de Arco. En su drama, Shaw más que de
explicaros a Juana, se preocupa, en verdad, de explicarnos su tesis
relativista” (17)- verán en su lectura de la novela soviética
sólo la obcecación estética de propagandista de la revolución.
Es fácil “no leer” El cemento y es fácil “no leer”
la crítica de Mariategui o leerla con el paternalismo de quien le
perdona un pecado ideológico. Pero está ahí.
Más difícil es no leer Manhattan Transfer de Jonh
Dos Pasoss (aunque ciertamente desde la postmodernidad “tener que
leer algo”es una imposición dogmatizante y superada) y por esa
razón cuesta aceptar que esta novela junto con El cemento
son para Mariátegui las dos novelas, en tanto que rompen la máscara
del realismo burgués y por tanto transforman la realidad, que
conforman, juntas, un nuevo paradigma narrativo.
La molestia proviene de ese paralelismo que el peruano
encuentra y argumenta entre una y otra, lo que hace difícil
bendecir la una y condenar la otra, aunque seguramente los que
precisamente hablan siempre de que lo importante no es el qué sino
el cómo acabarán por argumentar que la novela Dos Passos es más
“artística” porque contempla un final pesimista mientras que la
de Gladkov cojea y se despeña estéticamente por esa “aura
roja” tan negativa de novela con héroe positivo. Mariátegui
obviamente señala esa diferencia pero no juega con ella a la hora
de establecer un juicio. El crítico literario que hay en Mariátegui
, más allá de las diferencias lee que lo que ambas están
proponiendo es la re-creación del realismo: “Manhatan Transfer
es una nueva prueba de que el realismo no ha muerto sino en las
rapsodias retardadas de los viejos realistas que nunca fueron
realistas de veras. También, bajo este aspecto hace pensar en El
cemento.” (18).
Si en la novela soviética la trayectoria de la pareja
protagonista está atravesada por el ritmo de la revolución en
marcha, para Mariátegui la vida de Jimmy Herf y Ellen Thatcher va a
estar marcada por el tran-tran acelerado de la expansión de New
York, imagen de la sociedad capitalista (el mismo día que nace
Ellen –subraya Mariátegui- se firma el proyecto de ensanche que
hará de New York la segunda metrópoli del mundo). En ambas
narraciones las vidas que se cuentan no son vidas aisladas con un
destino propio ajeno al tiempo histórico que les sale al encuentro.
Y si en la soviética la nueva realidad se asoma en la nueva semántica
de la revolución: reconstrucción, planificación, requisa,
nacionalización, en la norteamericana la opresión que la expansión
económica origina también deja ver su rastro semántico: “La
octava Avenida estaba llena de una niebla que se les agarraba a la
garganta. Las luces brillaban mortecinas a través de ella, las
caras se esfumaban, se perfilaban en siluetas y desaparecían como
peces en un acuario turbio”. La historia rompiendo vidas, parejas,
lealtades. Rompiendo la historia.
Como crítico literario Mariátegui estima y valora la
literatura que tiene capacidad – literaria- para narrar ese
romperse de la historia y el papel, pasivo o activo, de hombres y
mujeres dentro de esa ruptura. Mariátegui no toma por literatura
revolucionaria la literatura de propaganda – sin que reniegue de
la función de ésta – ni la que trufa historias populistas de
pobres, obreros, discursos y manifestaciones sino la se construye
con rigor e imaginación. No deja de señalar que la literatura
revolucionaria no nacerá del mero intento de escribir “literatura
revolucionaria”, que el “arte revolucionario no precede a la
revolución” y que difícilmente puede sospecharse como será el
arte de una sociedad plenamente socialista.
En alguna otra ocasión he propuesto una clasificación en
tres modalidades de los críticos literarios: impresionistas,
literatos y tribunos. Los impresionistas que parecen juzgar las
obras desde la mera escala de su gusto – me gusta, no me gusta –
sin interrogarse sobre las raíces de su gusto; los literatos que
construyen sus juicios a partir de la historia literaria y desde ese
campo acotado enjuician obras y autores, y los tribunos que,
entendiendo que la literatura es un discurso público con unas
características singulares, evalúan las obras en razón a sus
efectos sobre la “salud narrativa” de la comunidad donde se
producen y consumen.
A esta estirpe, hoy en vías de extinción, pertenece el crítico
literario Mariátegui. Un crítico que no renuncia al gusto como
criterio pero que trata de argumentarlo, que no desatiende la
materialidad del “artefacto” literario aunque sabe que “el
procedimiento corresponde a un estado de ánimo” (como Godard sabe
que detrás de cada plano hay una elección moral), que nos muestra
como la verosimilitud es una construcción ideológica, que nos enseña
que el crítico revolucionario debe tener valor frente a las estéticas
dominantes, que no hay que dejarse llevar por la trampa de los
formalismos, “ el equívoco y artificial dualismo de la esencia
y de la forma” (19), que el arte revolucionario se significa
por su carácter transformador y que, en definitiva, hay que leer lo
que la obra literaria dice y, sobre todo, “lo que dice con lo que
dice”. Como también sabe, con Lenin, que el momento en que “se
dice” forma parte de ese decir pues no sólo sirve tener razón
sino tener razón en el momento oportuno. Que la brújula sólo
sirve si se sabe a donde se quiere llegar.
Notas.
Nestor Kohan. Marx en su (tercer) mundo. Hacia un
socialismo no colonizado. Edit Biblos. Buenos Aires 2002.
Eugenio Chang-Rodríguez. Poética e ideología en José
Carlos Mariátegui.Ediciones Porrúa Turanzas, S.A.
Madrid 1983.
Fernanda Beigel. El itinerario y la brújula. El
vanguardismo estético-político de J. C. Mariátegui. Edit
Biblos. Buenos Aires 2003.
Antonio Melis. Estética, crítica literaria y política
cultural en la obra de José Carlos Mariátegui. Rev Textual.
INC. Lima 1973.
J, C, Mariátegui. Siete ensayos de interpretación de la
realidad peruana. Biblioteca Amauta. Lima 1995.
Raymond Williams. Marxismo y literatura. Edit Península
. Barcelona 1983.
J.C. M. Siete ensayos.. Ob cit
J.C M. El balance del suprarrealismo. El artista y su
época. E. Editorial Amauta. Lima 1970.
J.C.M. Contribución a la crítica de Eguren. Rev
Amauta nª21. Lima 1929
J.C. M. Esquema de interpretación de Chaplin. Rev
Variedades Lima 1928
J.C.M. El caso Pirandello. Ensayos Literarios. Edit
Arte y Cultura. La Habana 1980.
J.C.M. Zola y las nuevas generaciones francesas.
J.C.M .Los Artamanov. Signos y obras. Empresa editora
Amauta. Lima 1985
J.C.M El caso Raymond Radiguet. El artista y la época.
E. E. Amauta. Lima 1970
J.C.M Nadja de Breton. El artista y la
época E. E Amauta. Lima 1970
J.C.M, Elogio de El cemento y del realismo proletario.
El Alma Matinal.E. E Amauta. Lima 1970.
J.C.M . Bernard Shaw. El Alma Matinal. Biblioteca
Amauta. Lima 1970
J.C.M
Manhattan Transfer. En
sayos Literarios. Edit Arte y Cultura. La Habana 1980
J.C.M .Siete ensayos. Ob cit.
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