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JAVIER HERAUD ENTRE EL FUEGO Y LA TERNURA
Por Juan Cristóbal
(Esbozo biográfico) | |
Tenía
apenas 21 años, cuando un
15 de mayo de
1963 pasó a la inmortalidad, al ser acribillado, con balas que
sirven para cazar animales, por la Guardia Civil, en un río de
Puerto Maldonado, a pesar de haber estado agitando una bandera
blanca desde una canoa, cuando había ingresado al Perú y deseaba
iniciar la revolución, desde su militancia del Ejército de
Liberación Nacional (ELN).
En él se dio la figura del hombre que lucha incansablemente por sus
ideales y la del poeta admirado que ya había ofrecido un caudal de
poemas admirables. Sus versos, a pesar de ser sencillos, eran hondos
y gravitantes. Reflejaban inquietudes de los más profundos
sentimientos, especialmente de justicia. A pesar de su juventud, la
obra que nos legó sigue causando admiración y respeto, tanto por su
ternura cuanto por su estilo acabado. Su poesía es límpida y
transparente. Puede parecer simple, pero es grave y compleja. Los
temas centrales de su poesía son: el río, el otoño, el hogar, la
naturaleza, la muerte, que siempre la trata de una forma
conmovedora, cercana y familiar. Son inolvidables esos versos: “Yo
no le temo a la muerte / pero algún día / moriré entre pájaros y
árboles”. Y asi fue como murió. Como la mataron.
Esa
admirable madurez se explica por su constante preocupación de
mantenerse en contacto con la literatura no solo peruana sino del
mundo. Apreciaba la calidad, entre los peruanos, de Vallejo,
Westphalen, como la de Neruda, Eluard, Keats, Shélley, Antonio
Machado, entre otros.
Los
pocos años que tenía no fueron obstáculo para su ingreso a la
Universidad La Católica, en donde fue asistente de cátedra a los 17
años. Posteriorme, asumiría la responsabilidad de ser profesor de
inglés en el colegio Guadalupe.
Los
amigos lo recuerdan como un joven sencillo, bueno, con alma de niño,
que sabía lo que significaba la amistad. Era alegre y juguetón, pero
de carácter fuerte al que le indignaba la injusticia.
En
1960 ganó el primer premio, junto con César Calvo, en el concurso
“El Poeta Joven del Perú”, convocado por la revista Cuadernos
Trimestrales de Poesía, de Trujillo, dirigida por Oscar Corcuera.
El
20 de
julio de 1961 viaja a Moscú, pasa a Asia, luego a Paris y Madrid. En
1962 se va a Cuba a estudiar cine.
En vida publicó
“El río”, “El viaje”, Dejó poemarios inéditos como “Estación
reunida”, “Poemas de la tierra”, “Viajes imaginarios”, “Poemas
dispersos”. Su nombre de combate fue “Rodrigo Machado”.
El mensaje de Javier
Tal vez fue
Lenin quien dijo, “En algunas épocas las mismas clases dominantes
que asesinan a hombres que después pasan a tener un significado
profundo de su patria, tratan de apoderarse de su memoria (como aves
de rapiña) para confundir al pueblo haciéndose pasar como los
realizadores de esos ideales por los cuales ofrendó su vida el
combatiente”.
Y
esto es lo que sucedió y sigue sucediendo con Javier, añadiendo
además, para vergüenza de quienes lo hacen, que no solamente cometen
la ignominia arriba mencionada de las clases opresoras, sino también
entran en la conjura algunos compañeros de ideales y sueños. Por eso
es importante rescatar a Javier y tantos otros héroes populares para
que no aparezcan como los “románticos”, “los ingenuos”, “los
aventureros” que abrazaron y abrazan “ideas extrañas”, porque eso es
una farsa.
Es
verdad que Javier fue un romántico (qué poeta, qué militante, qué
guerrillero no lo es), un ingenuo (pero para decir, “del horizonte
de uno al horizonte de todos”, como Paul Eluar), un aventurero (pero
a la manera del Che, que exponía su vida por las ideas que
enarbolaba). Pero de lo que se olvidan decir es que Javier fue un
auténtico revolucionario, un hombre en toda la extensión de la
palabra, que estuvo comprometido política e ideológicamente con la
liberación definitiva de su patria, y no con meras reformas
estructurales y nacionalistas.
Por
eso, en los actuales momentos de nuestra vida política, el recuerdo
y presencia de Javier adquiere un significado especial: persistir en
la lucha por el auténtico socialismo, aun cuando sea desde las
trincheras del desaliento o desesperanza. Porque lo que Javier y
otros quisieron, no fue una bola menos pesada para el presidiario,
ni una sociedad donde se maten (de hambre o de bala o se
desaparezcan o destierren) obreros, campesinos, estudiantes,
intelectuales comprometidos. ni que se renuncie a la inevitable
lucha de clases.
El
recuerdo y presencia de Javier debe servir para guiarnos a producir
acciones unitarias a favor de las grandes mayorías, que conduzcan al
socialismo y al internacionalismo de nuestra patria latinoamericana,
amenazada por el neoliberalismo salvaje y sus siempre protervos
adalides como Vargas Llosa.
Addenda
Alguna vez
testimonié en un semanario diciendo: “A Javier Heraud –los amigos
cercanos y los otros- lo hemos traicionado. Su legado político lo
hemos olvidado, lo hemos echado al tacho de basura. Nadie (a
excepción de Edgardo Tello) ha seguido su generosidad y lealtad, su
mirada al porvenir y su entrega. Porque todos los de la generación
del 60 nos dedicamos a posar, a hablar, hacer recitales,
manifiestos, pero no a entregarnos a la lucha concreta y definitiva.
Fuimos como una especie de dandys de la palabra y del gesto”. Y
puedo añadir ahora: “Y después (especialmente con los tiempos del
fujimorato), muchos otros lo volvieron a traicionar, ya claudicando
en su pensamiento, ya pasándose al enemigo”.
Por
eso, la muerte de Javier, para nosotros los poetas e intelectuales
que deseamos servir a la historia, debe ser el punto de partida y el
compromiso permanente con las mejores causas populares. Debe ser el
testimonio heroico de la teoría y de la práctica, desde el lugar que
nos encontremos. La afirmación de nuestras esperanzas. Debemos, pues
ratificar, de manera permanente, que los ideales de belleza y lucha
no son excluyentes, sino están en la misma línea de combate y por
encima de todo tipo de interés. Y eso lo advirtió premonitoriamente
Javier cuando dijo: “No hay que elevar las promesas futuras, si a la
hora de la lluvia sólo tendremos el sol y el trigo muerto”.
La
historia, inflexible como siempre, le ha vuelto a dar la razón a
Javier, nuestro mejor paradigma de poeta y revolucionario. Y nos ha
vuelto a poner a nosotros en nuestro sitio. De donde sólo podremos
salir si mostramos entrega y vitalidad. Como él, cuando murió.
Lima, 2006,
jueves 18 de mayo, Escuela de Folklore “José María Arguedas”
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