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Homenaje a Javier Heraud,
su ejemplo no lo olvidemos nunca
Por Julio Yovera B.

Porque mi patria es hermosa
Como una espada en al aire,
Y más grande ahora y aun
Más hermosa todavía,
Yo hablo y la defiendo
con mi vida.

(Fragmento del poema “Palabra de Guerrillero”, de Javier Heraud)

Para un hombre conciente la vida representa el don más hermoso, por eso mismo, decide ponerla al servicio de una causa justa, a la que ama con tanta razón y pasión que es capaz de ofrecerla hasta el sacrificio.

Los cobardes, los corruptos y los reaccionarios viscerales y patológicos odian las vidas altruistas y se suelen vender o alquilar a los grupos de poder. No tienen otro norte que el de cebarse de la pobreza del pueblo.

También existe un amplio y enorme espectro de indiferentes; son los que nacen, crecen, se reproducen y mueren sin haber vivido nunca. Como decía el poeta militante César Vallejo, “son los más”.

Javier Heraud Pérez pertenece al primer grupo de hombres, los que aman y los trascienden.

Su vida física o biológica fue fugaz como un relámpago pero su vida histórica es un faro luminoso, una llamarada inextinguible, a pesar que los malvados seguirán haciendo cuanto puedan para que se le olvide.

Heraud trasciende fundamentalmente en tres dimensiones: como poeta, como guerrillero y como hombre lleno de amor y afecto por los suyos.

Su primer libro, “El Río”, publicado en 1961, obtuvo el Premio “Poeta Joven del Perú”, que compartió con su amigo de sueños y camarada en el oficio poético, César Calvo.

Muy temprano se vislumbró en su poesía belleza auténtica, armonía interior y fuerza en la imagen y en la idea, lo que le vale el reconocimiento unánime de la crítica literaria que ve en él la nueva voz de la poesía peruana.

Como hombre de clase media pudo pasar de largo por el expectante camino de su vida y no escuchar el clamor del pueblo. Haraud provenía de una familia relativamente acomodada. Estudió secundaria en el exclusivo Colegio Markham y sus estudios superiores en la Universidad Católica (finales del 60).

Por entonces la revolución cubana había encendido la rebeldía en América Latina.

Los gobiernos de entonces, como ahora, administraban el Estado en beneficio de los intereses monopólicos y los grupos de poder nativos.

Heraud se acercó a la izquierda porque estaba convencido que los poderosos por sí mismos nada harían en provecho del pueblo.

Se convence entonces que cuando se cierran todos los caminos, los derechos se conquistan con las armas.

Su acción fue un acto de amor. Por eso, deja todo y emprende su gesta libertaria.

Sale de Cuba, país que lo acogió como estudiante de cine; ingresó a nuestro país por Bolivia, convencido que había que “matar a la muerte” para que el pueblo viva.


Pregunto:

¿Quién detiene al pueblo
en su avance hacia el futuro?

Todos responden “Nadie”.
Y entre humo y pólvora
Y fusiles,
Se le ve avanzar

 

De frente a la Historia.

La muerte emergió uniformada y lo sorprendió en una canoa, en el río Puerto Maldonado, un 15 de mayo de 1963, cuando se disponía a abrir un frente guerrillero.

43 años después se ha hecho historia y ningún hombre honrado duda que lo asesinaron porque quería un Perú para todos.

A los que aun muerto lo critican y condenan les decimos lo siguiente:

Si el Perú fuera un país justo económica, social y culturalmente, donde el pan esté en todas las mesas, donde los trabajadores no sean perseguidos como delincuentes, donde las comunidades campesinas reciban el respeto de todos, donde los jóvenes tuvieran oportunidades, acaso la voz del poeta aún estuviera cantando.

Pero tuvo el coraje de priorizar y por eso dio un paso urgente, que abrió penas y heridas entre los suyos: su madre, su padre, sus hermanos, sus amigos y aquellos que sin conocerlo ya amaban su obra, pero que también abrió la esperanza a los sectores honrados del país.

Javier Heraud fue un hombre tierno que amó a su patria.

No es que fuera una persona sedienta de violencia o un ingenuo utilizado por los comunistas, como dicen los esquiroles. No. Heraud entendió perfectamente que la violencia es el último recurso de los que aman la justicia.

Por eso dijo de modo categórico:
Yo nunca me río

De la muerte.
Simplemente
Sucede que
No tengo
Miedo
De
Morir
Entre
Pájaros y árboles.

No lo olvidemos nunca pero sobretodo tengamos en cuenta que el cambio que él quería para su país aún está pendiente.

Vaya este homenaje y estas cartas como una contribución de los que aspiramos un orden justo y que tenemos la responsabilidad de que los jóvenes lo conozcan y que el pueblo no lo olvide nunca.

Universidad de Chile

Isla Negra, Julio de 1963

He leído con gran emoción las palabras de Alejandro Romualdo sobre Javier Heraud. También el valeroso examen de Washington Delgado, las protestas de Cesar Calvo, de Reinaldo Naranjo, de Arturo Corcuera, de Gustavo Valcárcel. También leí la desgarradora carta de Jorge A. Heraud, padre del poeta Javier.

Me doy cuenta de que una gran herida ha quedado abierta en el corazón del Perú y que la poesía y la sangre del joven caído siguen resplandecientes, inolvidables.

Morir a los veinte años acribillado a balazos “desnudo y sin armas en medio del río Madre de Dios, cuando iba a la deriva, sin remos...” el joven poeta muerto allí, aplastado allí en aquellas soledades por las fuerzas oscuras. Nuestra América oscura, nuestra edad oscura.

No tuve la dicha de conocerlo. Por cuando ustedes lo cantan, lo lloran, lo recuerdan, su corta vida fue un deslumbrante relámpago de energía y de alegría.

Honor a su memoria luminosa. Guardaremos su nombre bien escrito. Bien grabado en lo más alto y en los más profundo para que siga resplandeciendo. Todos lo verán, todos lo amarán mañana, en la hora de la luz.

Pablo Neruda



UNIÓN DE ESCRITORES Y ARTISTAS DE CUBA

Habana, 19 de Julio de 1963
Año de la Organización
Sr. Gustavo Valcárcel,
Lima, Perú

Querido Gustavo:

Te escribo para expresarte nuestra viva pena por la muerte de Heraud, su holocausto a la revolución peruana.

Aunque él estuvo en Cuba, no tuve 1a suerte de conocerlo entonces, porque no coincidimos aquí, pero quienes lo trataron - jóvenes cubanos que hoy lo lloran- lo quisieron como hermano, pues fraternal era su corazón tanto como lúcida su inteligencia. Dicen que é1 prometió volver y sus compañeros lo esperaban. Prefirió quedarse e inscribir su nombre junto a los mártires de la liberación de su pueblo, que nada podrá detener. Sangre pura y generosa la suya, sangre que va a crecer cada día y terminará ahogando a quienes la derramaron. Siempre ha sido así siempre ha de ser así.

En mi nombre y en el de nuestra querida Unión, donde la muerte de Heraud ha sido conmovedora, te envío nuestros sentimientos solidarios con el dolor, que a ustedes aflige, que es también nuestro, tú lo supones, tú lo sabes. Los asesinos de este muchacho puro - no quienes lo mataron con sus manos irresponsables - sino los otros, los que mandaron que lo mataran, están mucho más muertos que él, o no, son en realidad los únicos que han muerto.

Por ahora nada más, sino nuestro cariñoso recuerdo y un abrazo fuerte y largo.

Te quiere
Nicolás Guillén.



Lima, 23 de Mayo de 1963

Sr. D. Pedro Beltrán
Director de "La Prensa"
Ciudad

Muy distinguido señor:

Le agradecería tuviera a bien disponer se publicara la declaración que formulo con referencia a los sucesos ocurridos en Puerto Maldonado en donde perdiera la vida mi hijo el poeta Javier Heraud Pérez.

El sacrificio de mi hijo Javier ha sumido a mi familia en el más profundo desconsuelo, tanto por la forma como ha desaparecido como por la pérdida de una promesa para la cultura y el pensamiento de mi patria.

Nosotros sabíamos que nuestro hijo Javier estaba hondamente preocupado porque aspiraba a tener una vida útil y creadora. Lo prueba sus libros de poemas, pero nunca supimos que él pensara, al irse a Cuba, en otra cosa que estudiar cinematografía. Por eso las noticias de Puerto Maldonado nos fulminaron, y yo fui al lugar de los hechos porque me resistía a creerlos. Allí tuve la trágica certidumbre de la muerte de Javier. Pero mi pena, con ser insondable, se ha agrandado más aún al saber que mi hijo, que había ido allá urgido por un ideal, arrostrando los más graves peligros con el. más absoluto desinterés, había sido víctima de una cacería inhumana. Cuando, inerme en una canoa de tronco de árbol, desnudo y sin armas en medio del río Madre de Dios, a la deriva, sin remos, mi hijo pudo ser detenido sin necesidad de disparos, más aún por cuanto, su compañero, había enarbolado un trapo blanco. No obstante eso, la policía y los civiles a quienes se azuzó les disparaban sobre seguro, desde lo alto del río, durante hora y media, inclusive con balas de cacería de fieras.

Cuando el compañero de mi hijo gritó: "no disparen más", estando ya cerca de la ribera desde donde les disparaban, y según versiones orales que he recogido en la población un capitán gritó: "fuego, hay que rematarlos". Un teniente, más humano y más respetuoso de las leyes de la guerra que prohiben disparar contra el enemigo ya inerme y herido, contuvo el fuego, pero ya era tarde. Una bala explosiva había abierto un boquete enorme a la altura del estómago de mi infortunado hijo y muchas balas más se habían abatido sobre el cadáver de mi hijo, que con sus 21 años y sus ilusiones, había tratado de hacer una incitación para que cesen los males que, según él, debían desterrarse de nuestra patria

Las leyes de Guerra prohiben el empleo de balas explosivas. Ya se ha desterrado definitivamente de las prácticas el ensañamiento con el vencido. Y las leyes humanas y sociales impiden soliviantar a los civiles para abrumar al vencido. El Perú, que siempre en la guerra fue tan generoso como Grau con sus adversarios, habrá de mirar con unánime repulsa estos graves hechos y es de desear, para que no se abra un sombrío e impune antecedente de crueldad que podría no cerrarse nunca, se haga cumplir sanción y justicia al desatado furor fratricida que ha tenido como escenario un claro río de nuestras montañas y como víctima a un mártir adolescente traspasado de ideales generosos.

Para nuestra familia, sin distingos, nuestro Javier es el símbolo de la pureza y del sacrificio.

De Ud. Muy atentamente.

JORGE A. HERAUD CRICET

 

 

  

 
 
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