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¿PELÉ Y MARADONA
GOLEARON A CARLOS MARX?
Por
Víctor Ego Ducrot
(Agencia Periodística del Mercosur) | |
De cómo el
sistema de poder se apropió de una pasión multitudinaria, en su
propio beneficio, y hasta creo el espejismo de que pobres y ricos
son iguales, y se abrazan y bailan en un mismo festejo.
No hace mucho
tiempo, en Buenos Aires, las autoridades del pequeño club de barrio
que vio nacer al ídolo máximo del fútbol argentino y quizá el mejor
jugador de todos los tiempos, Diego Maradona, se vieron obligadas a
expulsar de la lista de socios a uno de los generales genocidas de
la dictadura militar que asoló al país durante la pasada década del
´70.
Esa decisión de
los directivos de Argentinos Juniors fue un hecho de demasiada
notoriedad y con contrastes teñidos de sangre, aunque con menos
prensa y también menos dramatismo, cada día, en cientos de tribunas
de todo el planeta, quienes están de un lado y del otro de la
historia se abrazan y gritan al unísono cuando el equipo de su
amores convierte en la valla contraria, y ni que hablar si sale
campeón.
Para millones de
brasileños desposeídos de toda posesión, Pelé - el único que puede
desbancar en grandeza de juego a Maradona- es un ídolo intocable,
incluso para aquellos que saben a ciencia cierta que el tres veces
campeón mundial con la casaca amarilla y verde es socio del ex
secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger.
Kissinger es uno
de los capos mafia de la "Cosa Nostra" futbolera, tal cual fue
descripta y analizada ésta en un artículo que APM distribuyó el
jueves de esta semana. Una "Cosa Nostra" con empresas y políticos
que encubren formas de trabajo cuasi esclavo a principios del siglo
XXI, y utiliza los fondos del meganegocio deportivo para financiar
operaciones de inteligencia y de terrorismo de Estado en América
Latina.
¿Acaso todos los
que gustamos del fútbol conformamos una banda de necios sin retorno
a la luz de la razón? ¿O será que entre gambetas y pases cortos,
goles y verónicas de toreros, pero con los pies y con un balón, Pelé
y Maradona supieron engañar y desmentir a Carlos Marx?
A veces parece
lógico suponer que el fútbol es una de las pocas actividades de la
sociedad contemporánea - sino la única- contradictoria con el
dialéctico principio que ubica a la lucha de clases en el corazón
mismo de los procesos históricos.
Según cuenta la
llamada historia de Occidente, fueron los griegos los primeros en
descubrir el enorme potencial que encerraba la reconversión de la
guerra en un simulacro de tal, y así nacieron los Juegos Olímpicos.
Inmensas
multitudes acudían desde todos los rincones de Grecia a participar
en los fastos para los dioses, y para asistir a las competencias
atléticas. En Nemea, los juegos nemeos; los píticos en Delfos; los
ístmicos en Corinto y las olimpiadas en Olimpia, que empezaron a
celebrarse en el año
776 a.C.
Venerar los
mismos dioses, practicar los mismos ritos y observar el mismo código
en la competiciones significaba en definitiva aceptar un común
denominador cultural.
Durante el siglo
V de la misma era, los mecanismos de construcción cultural de
consensos en torno al sistema de poder se habían perfeccionado.
Las tragedias de
Esquilo, Sófocles y Eurípides reelaboraron el mito de Dionisios, el
dios sufriente, y centraron la atención en las especulaciones éticas
respecto del bien y al mal, y en la intervención de los seres
supremos en el destino de los hombres.
Fueron las
tragedias piezas claves a la hora de educar y crear valores
universales, aceptados como tales por el conjunto de la sociedad.
Con el fútbol
está aconteciendo algo similar. Es que, como una vez dijera Tomás
Maldonado, uno de los intelectuales argentinos más lúcidos de las
últimas décadas, hace ya muchos años radicado en Italia, "el
capitalismo es el sistema digestivo más perfecto que conoce la
historia, digiere todo lo que se le cruza en el camino".
El fútbol podría
ser considerado como espacio característico del ocio ejercido como
actividad física de esparcimiento, según las posibilidades que
analiza el francés Roger Sue, en su libro "El Ocio" (Fondo de
Cultura Económica, México, 1995).
O como juego, de
acuerdo con la variante planteada en "Homo Ludens" (varios autores,
Instituto para la Investigación y la Pedagogía del Juego de
Salzburgo, Austria, Buenos Aires, 1996).
Ambos casos se
refieren a un hacer creativo, desenajenado respecto de las
imposiciones alienantes del sistema productivo, y constituyente de
la subjetividad en interactuaciones sociales.
Sin embargo, una
vez atrapado por la anatomía y la fisiología del capitalismo como
sistema digestivo, el deporte más popular de todos los tiempos
(quizás porque es una de las pocas actividades que los humanos
hacemos casi sólo con los pies y en la cual, salvo excepciones, las
manos están prohibidas) quedó transformado en uno de los más
eficaces disciplinadores sociales que halló el modo de organización
económica, política y cultural hegemónico en la actual etapa de la
historia de la humanidad.
Una actividad
lúdica como el fútbol, que convoca a millones de seres humanos,
encierra en si misma enormes potencialidades de cohersión, en la
medida que ellas sean captadas por los propietarios dentro del
sistema capitalista en su estadio actual - con predominancia
financiera -, y puedan éstos, los propietarios, acapararlo dentro de
las redes de los grandes creadores de consenso: los medios de
comunicación, especialmente audiovisuales.
Fue justamente
por ello que, en un sentido estratégico, y combinando grandes
beneficios económicos y financieros inmediatos (otra vez ver en esta
misma página electrónica el artículo El fútbol es "Cosa Nostra), el
sistema empresario corporativo aprovechó los recursos monetarios
liberados tras el abandono del patrón oro por parte de dólar, a
principios de la pasada década del ´70, para funcionarse con el
sector medios de comunicación y entretenimientos, especialmente con
las grandes cadenas de televisión.
Basta entonces
con observar en forma sistemática cuál es el comportamiento de esos
medios de comunicación a la hora de referirse al fútbol.
Dependientes de las ataduras económicas que establece el sistema de
publicidad y patrocinios, los mensajes periodísticos y de
divulgación se arrinconaron en el mundo de las superficialidades
acríticas, de la convalidación del sistema de poder que impera en el
planeta deportes y del silencio cómplice.
Esos medios,
entonces, hacen del fútbol un mundo en sí mismo, al borde del mito,
al borde de los escenarios de aquellos griegos que, gracias a los
juegos y a las competiciones, compartían dioses y valores con
carácter de universalidad.
Es en ese juego
de espejos múltiples que los medios de comunicación presentan fútbol
– mito, desde el cual se proyecta un espejismo de sociedad, de
mundo, sin clases, sin pobre ni ricos, sin torturados ni
torturadores.
Y el rito debe
reiterarse con la mayor frecuencia posible, no sea que entre
ceremonia y ceremonia, cuando los estadios quedan vacíos y la espera
se extiende hasta la próxima puesta en escena, los espejos se rompan
y con ellos el espejismo vuelva al mundo de la no realidad, del cual
nunca debería emigrar.
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