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GLOBALIZACIÓN Y AMOR
Por Eduardo Dermardirossian

 Este es el quinto y último artículo de la serie "Reflexiones sobre el hombre de nuestro tiempo". En ediciones anteriores el autor examinó el trabajo, el dinero, el poder y la cultura, siempre en el marco de las relaciones mundializadas.

¿Qué tienen que ver la mundialización de la producción y del mercado, de las ahora llamadas ingenierías financieras y del dinero, del poder y de las demandas sociales, de la cultura y de tantas otras áreas del quehacer humano, con el amor? ¿Es atinado el tratamiento de uno y otro asunto en un misma serie? ¿Cuál es su interrelación, su mutua acción, su concordia o su discordia? ¿Has errado, Dermardirossian, al dar semejante título al último de tus artículos sobre la globalización? Veamos.

La relación del hombre con sus semejantes y con las cosas que lo rodean es producto de la necesidad, de la conveniencia y del deseo. La biología, la seguridad y el anhelo pavimentan el camino que recorre el hombre a lo largo de su vida. Estos no son asuntos que ameriten mayor explicación porque se ven en cada instante de la vida, en todas las relaciones, en todos los tiempos y lugares. Pero lo dicho por sí solo no explica toda la conducta humana, compleja desde luego, imprevisible casi siempre, anhelante hasta el infinito. Es impensable una conducta humana que no esté signada por la afectividad. El hombre es un ser afectivo en todas las circunstancias de su vida, en cada acción que acomete, en cada frustración que padece, en cada esperanza que alimenta.

Y a la hora de explicar esa afectividad, esa pasión que le imprime a sus realizaciones, a la hora de nombrar esa particular manera que el hombre tiene de relacionarse con los otros hombres y con el universo que lo rodea, decimos que el hombre ama. Ama la vida, su vida, ama su seguridad, su perduración, su cuerpo, su sitio; teme al dolor y aborrece la fealdad, resguarda y cerca su parcela, cela a su compañero, lo niega a los otros. Ama el hombre desde el comienzo hasta el final de sus días. Es su manera de sentir que es él y que dura en esta cosa inasible que es la vida. (No quiera el lector buscar aquí una definición del amor).

En algún momento debemos examinar cómo ejercita su afectividad el hombre de este tiempo, acosado como está por urgencias que no vienen de sus adentros sino de la organización social y política, de los intereses económicos que hegemonizan las relaciones y modifican los patrones culturales. También debemos examinar qué lugar ocupa la afectividad en el conjunto de intereses que cabalgan sobre los hombres. Dibujar el mapa que demarca las áreas de libertad y de compulsión en la geografía humana globalizada.

No creo que el amor deba rendir tributo a los afanes dinerarios o de poder de los hombres, ni creo que sea un sentimiento subalterno. Pero para el examen de la conducta del hombre globalizado he debido prescindir por un momento de las connotaciones pasionales del amor, para mirarlo como un concepto extenso, abarcativo de todas las conductas. En tal sentido es que hablo de mundialización y amor. Para que vea el lector que la transculturación de que somos objeto arrasa nuestros patrones afectivos. Que la fuerza arrolladora de la modernidad (que algunos gustan llamar postmodernidad) no atiende a las urgencias del hombre concreto que trabaja, que enferma, que ríe y llora, ama y odia; no mira las necesidades reproductivas de la especie ni pregunta si los hombres siguen alumbrando arte o escribiendo poesía. La modernidad crematística tiene otros propósitos. Y si para su logro debe aniquilar sensibilidades y culturas, lo hará. Lo hace de hecho, no importa bajo cuáles justificaciones.

¿Podemos hablar, entonces, de globalización y amor y decir que el hombre está padeciendo el embate de fuerzas que lo deshumanizan? Podemos, sí, y debemos hacerlo para conjurar ese peligro. Creo que es en el amor donde se advierte la sumatoria de todos los efectos perniciosos de una mundialización hecha para dilatar mercados, para extender dominios, para lucrar sin límites, cuando el propósito de los bienhechores de la humanidad ha sido, siempre, difuminar las fronteras políticas hasta abrazar en una comunidad universal a toda la familia humana. Porque así lo quieren los hombres, porque la libre, espontánea y amorosa fusión de sus culturas los conduce blandamente en esa dirección, porque un interés prima sobre todos los otros: el de la paz y la solidaridad humanas.

Y a quien diga que esto es una utopía le contesto que sí. Y le pregunto: ¿no han sido utopías los más altos anhelos de los hombres? ¿Cuál de las realidades que hoy favorecen a los hombres no ha sido una utopía ayer mismo?

 

 
 
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