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FÚTBOL Y LITERATURA
Por: Reinaldo Spitaletta
(especial para ARGENPRESS.info)
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Qué tiempos estos en que hablar de
árboles (o de troncos) se constituye en un crimen. No hay remedio.
Voy a hablar de fútbol y literatura. El mejor fútbol, ese que aún no
está contaminado por las mafias y las transnacionales, es aquel que
se juega en los potreros, en el barrio, en las mangas donde la
imaginación es todavía la reina, o la loca, de la casa.
Es allí donde
aún se practica “la lealtad humana al aire libre” -la frase es de
Gramsci-, y donde la fraternidad aún no ha sido feriada. La
literatura tiene temas eternos: la soledad, las incertidumbres ante
el mundo, la muerte, el amor, la guerra… Es el canto a la condición
humana. A sus debilidades y miserias.
El fútbol,
siendo como es una especie de religión universal, todavía no alcanza
a dar obras maestras en novela. Uno pudiera decir que en algunas,
como Megafón o la guerra, de Marechal, hay escenas futboleras, un
estadio donde juegan el superclásico argentino Boca-River. No es,
sin embargo, una novela de fútbol.
En cuento, sí.
Hay verdaderas joyas, dignas de estar en cualquier antología del
género. No voy a hacer un catálogo de supermercado. Se me ocurre
mencionar tal vez al mejor narrador en estas lides. Osvaldo Soriano,
cuya mejor novela para mi gusto no es de fútbol sino de boxeo
(Cuarteles de invierno), nos dejó una muestra preciosa de su arte
como escritor de cuentos de fútbol.
Quién que es
amante del fútbol no se estremece, por ejemplo, con la lectura de El
penal más largo del mundo, o con ese humor letal de Gallardo Pérez,
referí, y con Maradona sí, Galtieri no, un cuento ambientado en Las
Malvinas en momentos en que el astro está marcando dos goles
históricos, el de la mano de Dios y el mejor hasta hoy en los
mundiales, precisamente contra Inglaterra.
Ese gol, que
causó conmoción mundial, hubiera dejado sin aliento al gran Pasolini,
que muchos años antes, cuando declaró que “el goleador de un
campeonato es siempre el mejor poeta del año”, escribió que el sueño
de cada jugador es partir de la mitad del campo, gambetearlos a
todos y marcar el gol. Pero esa cosa sublime nunca sucede. Es un
sueño. Lástima que el escritor y cineasta no haya visto tal obra
maestra.
En el libro El
fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, quizá el mejor escrito
que allí aparece –qué pena con el maestro uruguayo- es el de
Soriano, titulado Gol de Di Filippo, una reconstrucción de un golazo
del delantero del San Lorenzo, en un supermercado donde antes quedó
el estadio del equipo de Almagro.
En Colombia,
donde seguro se han escrito muchos cuentos de fútbol, hay uno muy
conmovedor en Los cuentos de Juana, de Álvaro Cepeda Samudio, pero
el de mayor factura literaria es el de Oscar Castro, Gol olímpico,
que narra un partido de calle en el barrio Manchester, de Bello.
Durante mucho
tiempo, el fútbol no fue asunto de intelectuales. Se había
decretado, sin razón, una especie de dicotomía
barbarie-civilización, en la cual, desde luego, el fútbol estaba en
la primera categoría. Ya de él habían denostado, entre otros,
Rudyard Kipling. Y más tarde, el admirado Borges había producido,
con su distinguido humor negro, una tempestad en Buenos Aires. Para
él era una de las “maneras del tedio”, una cosa insulsa de ingleses,
un juego sin estética. Sus artes provocadoras lo llevaron a
programar su conferencia La inmortalidad el día y la hora que
Argentina jugó su primer partido del Mundial del 78.
Bueno, en
asuntos de escritura fubolística le ha ido mejor a los poetas.
Miguel Hernández con su Elegía al guardameta, en honor a Lolo, aquel
portero trágico de Orihuela que se mató al golpearse contra un
vertical. Y Rafael Alberti con su sentida oda al arquero húngaro
Franz Platko, del Barcelona.
Pero el más
bello poema a un futbolista lo escribió Vinicius de Moraes, nada
menos que a Manuel Dos Santos, Garrincha: El ángel de las piernas
tuertas. Claro que no le fue mal a Horacio Ferrer, poeta uruguayo,
autor de célebres letras de tango (Balada para un loco, Chiquilín de
Bachín, etc.) con su muy histriónica Balada para Pelé, el fenomenal
negro que era “medio Marçeau, medio Chaplin”.
Horacio Quiroga,
también uruguayo, maestro del cuento en América y una de las vidas
más trágicas de la literatura, escribió Suicidio en la cancha,
basado en el caso real de un futbolista del Nacional de Montevideo
que una noche se mató de un tiro en la mitad del campo de juego.
Y aunque Albert
Camus no escribió relatos sobre este deporte, así haya
reminiscencias en La Caída y La Peste, dejó una bella página, Lo que
le debo al fútbol, en la que dice, entre tantas cosas, que lo que
más sabía acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo
debía al fútbol.
“La inteligencia
en movimiento”, que decía André Maurois, ha inspirado a escritores
como Cela, Verdú, Sábato, Roa Bastos, Juan Villoro, Benedetti, en
fin. Y sigue causando locura en el orbe y dejando ganancias a granel
a los verdaderos dueños del balón. Pero este es otro cuento.
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