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JAVIER HERAUD DE
NUEVO EN LIMA
Por
Gustavo Espinoza | |
Javier Heraud,
el, poeta guerrillero muerto el 15 de mayo de 1963 en las aguas del
río Madre de Dios, volvió, a reposar en un cementerio capitalino
luego de 45 años de yacer en la selva, "entre pájaros y árboles",
como premonitoriamente lo advirtiera en su obra literaria.
Javier Heraud
Pérez, que naciera en Lima el 19 de enero de 1942, retornó por
expresa voluntad de su madre y hermanas después de un largo periodo
de ausencia en el que su cuerpo permaneció en una simbólica y
humilde tumba, que muchos visitamos, en las selvas de uno de los
departamentos más deprimidos de la selva peruana, en Puerto
Maldonado.
Estudiante de un
colegio religioso -el Markham- y luego de la Universidad Católica,
fue una figura excepcional en la vida peruana. A los 18 años ya era
profesor de inglés en un colegio del Estado, y escribía versos con
una facilidad asombrosa, y una dulzura contagiante.
Influido por la
Revolución Cubana, se orientó muy pronto, y resueltamente, a la
lucha por el socialismo. Eso, lo hizo participar entusiasta en
diversas tareas de solidaridad
internacionalista y viajar al Festival Mundial de la Juventud
Democrática celebrado en Moscú en 1961. Una foto suya en la Plaza
Roja, ante la tumba de Lenin, fue uno de los testimonios vivos de su
identificación con la causa de los pueblos.
En abril de
1962, con casi un centenar de estudiantes peruanos, enrumbó a Cuba
con la idea de estudiar cinematografía, pero en la capital de la
Revolución Latinoamericana optó por cambiar el rumbo de su vida. Se
preparó para acciones de otro orden y se incorporó a las filas del
Ejército de Liberación Nacional -ELN- que en ese entonces había
resuelto iniciar la lucha armada en esta parte delcontinente.
La experiencia
guerrillera de Javier, fue breve. Y concluyó trágicamente el 15 de
mayo de 1963, cuando fue abatido mientras se desplazaba en una canoa
por las pacíficas aguas del río que atravesaba la ciudad. En esa
circunstancia, como pudo demostrarse, se consumó un crimen que no
tuvo justificación alguna.
Javier y un pequeño contingente de sus compañeros había llegado a la
zona con ingenua inocencia y buscaba un lugar donde tomar sus
alimentos, cuando fue detectado y denunciado como "guerrillero", y
acosado y perseguido. Procuró refugio en la selva y, tratando de
eludir a sus perseguidores, subió a un pequeño bote con el propósito
de llegar a la orilla opuesta y ponerse a salvo.
Azuzados por
elementos ligados a la policía, hubo quienes buscaron capturarlo a
cualquier precio y, para ese efecto, hicieron uso de armas de fuego,
muy comunes en la zona. El cuerpo de Javier, registró 29 orificios
de bala, varios de ellos de necesidad mortal. Ellos, acabaron con su
vida, pero abrieron paso a una leyenda.
Estábamos en la
Ciudad Universitaria de San Marcos cuando supimos de la muerte de
Javier. La noticia corrió como un reguero de pólvora por las
diversas aulas de la Facultad de Letras. Un centenar de jóvenes
conmovidos, nos desplazamos a la avenida Venezuela -la más cercana-
para expresar nuestra dolida protesta por este crimen alevoso.
El Perú vivía en
ese entonces, una etapa difícil. Como lo dijera Martin Adan cuando
en octubre de 1948 el general Odría derrocara violentamente al
régimen constitucional de
Bustamante y Rivero, el país "había vuelto a la normalidad". Nos
gobernaba, en efecto, una Junta Militar que cuatro meses antes había
desatado una gigantesca "redada" que puso tras las rejas a casi dos
mil peruanos.
Entre los
detenidos entonces, estaban los dos más importantes dirigentes
estudiantiles de la época, Walter Palacios - Presidente de la
Federación de Estudiantes del Perú- y Juan Alberto Campos Lama,
Presidente de a Federación Universitaria de San Marcos.
La detención de
los dirigentes estudiantiles y el clima de intimidación impuesto en
ese entonces contra todo el país, paralizó otras expresiones de
repudio a este crimen, pero no nos arredró: un acto simbólico de
gran trascendencia tuvo lugar poco después en un abarrotado Salón
General de la Casona de San Marcos, en el Parque Universitario, en
el que las sentidas palabras del destacado poeta y profesor
universitario Washington Delgado, conmovieron a todos.
Muchos homenajes se rindieron en años sucesivos a Javier Heraud. En
su memoria, surgieron Asentamientos Humanos y Pueblos Jóvenes; con
su nombre, asomaron promociones escolares y universitarias; fueron
denominadas para perennizar su recuerdo, instituciones de cultura y
círculos literarios que cogieron la misma identidad.
Con el tiempo,
Javier Heraud se convirtió en el símbolo de la pureza
revolucionaria, de la dignidad convertida en entrega, del coraje
envuelto en bandera.
Nunca, sin
embargo, pudo realmente hacer un homenaje como el que mereciera el
poeta y que tendrá lugar, sin duda, cuando se levante una patria
nueva en nuestro suelo.
La obra
literaria de Javier Heraud fue reconocida en su tiempo. En 1960 ganó
el premio de "Poeta Joven del Perú", entonces vigente. Y es que,
como lo dijeran los críticos "no obstante su melancólica dulzura y
su tono a veces elegiaco y premonitorio, su palabra destila
vitalidad, optimismo y fe en la vida".
En su memoria, podemos recordar sus versos:
"en el dulce
clamor de la luz pura
abro mis ojos entre la
noche muerta
entre la tierna
esperanza de
quedar vivo un
día más
un nuevo día
para
abrir los
ojos ante la
luz eterna...".
Y sí, claro, la luz eterna alumbrará el derrotero que trazara con su
sangre este valeroso poeta guerrillero que vive siempre entre
nosotros.
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