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AMÉRICA LATINA: TAN POBRE COMO CRISTIANA
Por Ernesto Toledo Brückmann

El pasado 30 de agosto por la mañana, la responsabilidad familiar llevó al autor de esta nota hasta la Basílica de Santa Rosa de Lima, patrona de la ciudad, de la Policía Nacional, del Continente y de Filipinas. El compromiso diplomático de arrojar una misiva en el pozo de los deseos, imitando a la multitud de feligreses, permitió una vez más generar una interrogante acerca de lo que resulta ser cristiano en pleno siglo XXI y en una América latina tan flagelada como la santa y que ya no espera milagros.

Desde hace más de cinco siglos, América latina es un continente tan pobre como cristiano. A comienzos del siglo XX, sólo una tercera parte de los seguidores de Jesucristo vivía fuera de Europa y América del Norte; al iniciar el siglo XXI, dos terceras partes de los cristianos viven en países del llamado Tercer Mundo; de esta manera, el cristianismo ha pasado a ser de la religión de los ricos blancos en la religión de los pobres no blancos.

Pero el hambre y la miseria toca a la mayoría de nuestro continente; ello se manifiesta en una elevada mortalidad infantil, falta de vivienda digna, problemas de salud, salarios bajísimos, desempleo y subempleo, inestabililidad laboral, migraciones masivas, analfabetismo, marginación de indígenas y afro-americanos, esclavitud de la mujer, etc. A estos problemas económicos se suman los que nacen de los abusos de poder, típicos de los gobiernos de fuerza, cuyos principales exponentes señalan ser cristianos. Ser cristiano y católico en nuestra región implica no sólo haber sido bautizado, sino asimilado los valores profundos del Evangelio, que se han insertado en sus riquezas humanas, culturales y religiosas ancestrales.

Resulta contradictorio con el ser cristiano, la forma como muchos feligreses de América latina  viven su fe. Por una parte, una minoría rica y poderosa, se llama cristiana y defensora de la tradición occidental y utiliza la fe como instrumento para mantener sus privilegios de grupo social, sometiendo a las mayorías a una situación infrahumana. Por otro lado, grandes masas populares viven su fe cristiana de forma alienante. Para muchos, la fe es sólo una ayuda para resignarse más fácilmente y esperar la compensación del premio en la otra vida. El cristianismo se convierte de hecho en una droga, un anestésico y adormecedor.

La Conferencia de Puebla, realizada en la ciudad mexicana del mismo nombre, en 1978, fue un gran acontecimiento eclesial, y estaba llamada a servir de luz y estímulo permanente para la evangelización de América latina; frente al contexto anteriormente descrito, los participantes reaccionaron: "Vemos a la luz de la fe, como un escándalo y una contradicción con el ser cristiano, la creciente brecha entre ricos y pobres. El lujo de unos pocos se convierte en insulto contra la miseria de las grandes masas. Esto es contrario al plan del creador y al honor que le debe. En esta angustia y dolor la Iglesia discierne una situación de pecado social, de gravedad tanto mayor por darse en países que se llaman católicos y que tienen capacidad de cambiar”.

Frente a este texto, es lógico que las congregaciones más reaccionarias como el Opus Dei o las iglesias de origen anglosajón que sirven a la Central de Inteligencia norteamericana CIA, den el grito en el cielo, censurando a quienes pretendieron humanizar la iglesia. Precisamente, frente a esta situación de pobreza y cristianismo alienante y alienado, debería resurgir hoy en toda América latina una doble toma de conciencia. Siguiendo el ejemplo de los exponentes de la Teología de la Liberación, debería volver a verse esta situación de pobreza como no casual ni natural, sino como fruto de estructuras económicas, sociales y políticas injustas.

Nuestra región debe iniciar un despertar cristiano, que ayude a comprender que el Evangelio no debe servir de excusa para oprimir al pueblo, ni como droga para oponerse a cambiar la situación.

Frente a todo ello debemos preguntarnos ¿cuál es papel de los cristianos en la América latina del siglo XXI?. La respuesta debería a la vez, significar una clara actitud de rechazo y denuncia de la realidad injusta de la región ya que resulta contradictorio que la región en el mundo con mayor número de cristianos siga marcada por los signos de la muerte prematura, vida inhumana y muerte violenta. Los cristianos deben encontrar el origen de todo ello en el pecado personal y social de América latina, así como en una auténtica idolatría al dinero y la riqueza. El cristianismo frente a esta situación, debe recordar que nadie puede servir a dos señores, a Dios y a la riqueza (Mateo Cap. 6 Vers.24) En resumen, ser cristiano en América latina supone un corte radical con todo lo que sea injusticia, corrupción, opresión, violación de derechos humanos y mentira.

Los cristianos latinoamericanos del siglo XXI deben comprometerse desde la fe, en un cambio de la realidad que abarque todas las esferas de la realidad: dimensiones económicas sociales, políticas, culturales, religiosas, familiares e individuales. El continente necesita ser liberado integralmente y precisa del apoyo de todos; para ello, la fe posee un gran valor liberador, ya que ataca el mal en su raíz: el pecado personal y estructural. Pero además la fe posee una gran fuerza inspiradora ya que presenta la gran utopía del Reino de Dios y ofrece los grandes valores del amor, la justicia, el perdón, la esperanza, la libertad y la solidaridad. Quien sigue a cristo puede dejar de lado la solidaridad con el pueblo en lucha; esto supone para los sectores populares el tomar conciencia que es el propio pueblo consciente y organizado el que generará los cambios radicales bendecidos por Dios.

La iglesia debe poner sus capacidades al servicio de las causas nobles pero también condenar la indiferencia de los seres humanos frente a la lucha por la liberación de los hombres, y es que el propio Jesús sentenció en el Apocalipsis Cap. 3, Vers. 15-21: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” El objetivo es que la Iglesia de los pobres sea el rostro auténtico de la Iglesia de Jesús, como lo deseó el Papa Juan XXIII para la Iglesia universal y los obispos de América latina. El potencial transformador de los pobres es inseparable de su potencial evangelizador.

Pero en América latina ha habido un crecimiento de grandes religiones del mundo, así como de nuevas religiones, el espiritismo, y el ateismo. Pese a haber perdido su pretendido monopolio, el cristianismo sigue siendo la religión hegemónica con el 97.3% de los habitantes de la región. Sin embargo, dentro del cristianismo, los analistas distinguen seis grandes bloques: cuatro tradicionales (catolicismo, protestantismo, ortodoxia y anglicanismo) y dos recientes: los "cristianos marginales" (mormones, testigos de Jehová) y las "iglesias independientes" que representan mayormente iglesias indígenas no blancas. Como si fuera poco, América latina participa de lleno en la corriente pentecostalista/carismática que a nivel mundial va caracterizando el cristianismo con un 27,7%. El desencanto de muchos cristianos por no poder satisfacer sus necesidades básicas de subsistencia, así como no encontrar respuesta frente lo inhumano que resulta el sistema capitalista y el modelo neoliberal imperante con mayor fuerza en la década de 1990, son una de las principales causas de la deserción al catolicismo convencional.

Una Isabel Flores de Oliva en pleno tercer milenio no se escaparía de ser tildada de masoquista. Sin embargo, en la América latina del siglo XXI aún se duerme sobre piedras, la mayoría de desnutridas no es por anorexia sino por falta de recursos; las espinas nos la clava el sistema, las cadenas nos la ponen unos pocos, los látigos vienen del norte; no necesitamos estar muertos para que la masa nos quite la ropa y arranque un dedo del pie.

Los que profesamos el materialismo dialéctico e histórico para comprender el origen de la sociedad, no podemos escapar de una realidad objetiva: la mayoría de latinoamericanos son cristianos y Cristo, inobjetablemente existente, fue muy claro: “No todo el que me llame ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mateo Cap. 7, Vers. 21) Queda claro para los seguidores de Jesús que la voluntad de Dios es la justicia, la opción por los pobres, el amor mutuo; no los insultos, la vanidad, el poner la confianza en los recursos económicos, la obstrucción de la justa libertad… per secula seculorum.

 

 
 
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