CULTURA POP: ¿NEGOCIO? ¿OFENSA
A LA INTELIGENCIA?
Por Marcelo Colussi
Revista EntontrArte Caracas- Venezuela
Hablar de "cultura pop"
o de "movimiento pop" es algo complicado, peligroso
incluso. El llamado "arte pop" (o "pop art",
del inglés "popular art" - arte popular), aparecido a
fines de la década de los años 50 en Gran Bretaña y expandido
en los 60 en Estados Unidos, es una tendencia artística
(plástica) con todas las de la ley. Implica una estética
determinada, tiene su lógica propia, presenta una identidad.
Sus exponentes (Richard Hamilton,
Eduardo Paolozzi, Andy Warhol, Roy Lichtenstein, James
Rosenquist, etc.), más allá de juicios valorativos, son
artistas en todo el sentido del término. Artistas innovadores,
sin dudas, que se valieron de imágenes y temas tomados del
mundo de la comunicación de masas y de su impacto comercial,
que utilizaron técnicas novedosas (yuxtaposición de diferentes
elementos: cera, óleo, pintura plástica con materiales de
desecho como fotografías, trapos viejos, collages, etc.)
Artistas que, como tantos, se nutren y "superan" otras
tendencias artísticas anteriores (el dadaísmo para el caso),
con un componente no exento de ironía, de crítica inclusive.
Pero artistas ante todo. En tal sentido, entonces, el arte pop
no deja de ser un homenaje a la inteligencia, a la creatividad.
Puede decirse que el arte pop es
una manifestación occidental que ha ido creciendo bajo la
sombra de las condiciones capitalistas y tecnológicas de la
sociedad industrial de mediados del siglo XX. Los grandes temas
de la sociedad de consumo -los diseños en las botellas de
refrescos, los paquetes de cigarrillo, las latas de conserva,
etc.-, en contacto directo y continuo con la gente de la calle,
con el consumidor común, implican el logro de una gran
aceptación del "pop". Los anuncios publicitarios, las
imágenes televisivas, de cómics, del cine, fueron absorbidos e
integrados dentro de la obra de los representantes de esta
tendencia. En definitiva -y como siempre-: en tanto arte es una
expresión inteligente, sensible, talentosa, producto de su
tiempo - en este caso, de la masificación de las sociedades
industriales de alto consumo.
Pero otra cosa es lo que hoy, ya
a varias décadas de aquel movimiento artístico, podemos
entender por "movimiento pop", por "cultura
pop". Hoy por hoy, lo "pop" no guarda ninguna
relación con lo popular, dicho en el sentido de
"perteneciente al pueblo". Lo "pop" es, ante
todo, una tendencia que se inscribe en la mercantilización
extrema, en el consumo, en los dictados de la moda. Lo
"pop" son mercaderías para ser consumidas por el
pueblo, mercaderías de signo cultural, pero que ya no guardan
relación con la expresión artística. Parafraseando: ¿qué
tiene de "revolucionaria" la imagen del Che Guevara
degradada a ícono de camiseta vendida hasta el hartazgo? Así,
en esa línea: ¿qué tiene de arte, de premio a la inteligencia
y la creatividad, el hoy llamado "pop"?
Siendo mercaderías para vender,
su principal productor -no podía ser de otra forma en un mundo
capitalista, industrial, donde todo gira en torno al mercado- es
Estados Unidos, la principal potencia capitalista.
Una de las mayores exportaciones
de Estados Unidos, junto a las manufacturas, la agricultura, los
productos farmacéuticos, las armas o la alta tecnología, la
constituye justamente la cultura popular, entendida como
mercaderías "pop". Para ejemplificarlo: alrededor del
85 % de las imágenes audiovisuales que circulan por el mundo
vienen de este país. Más de dos tercios de las entradas que se
venden en los cines de Europa son para ver películas de
Hollywood (no precisamente cinearte). Las canciones de las
estrellas pop, como Madonna y Michael Jackson para citar los
símbolos actuales -pronto ya vendrán otros-, son himnos
obligados para los jóvenes de todo el mundo. Las hamburguesas y
las bebidas gaseosas estadounidenses, consumidas hasta en los
más recónditos rincones del orbe, han impuesto sus logotipos
como íconos de una cultura pop moderna. Casi las tres cuartas
partes de los programas de computación que se usan en el mundo
obedecen instrucciones en idioma inglés, así como los
videojuegos. El arte/industria moderno de la diversión tiene el
sello del "american dream" hasta los tuétanos, y por
supuesto se desarrolla en inglés.
En otros términos: la
producción cultural masiva ha pasado a ser otra mercadería
más que ofrece el libre mercado, pero que en realidad no es tan
libre. No es libre porque el proceso de concentración ha
llevado (hace ya décadas) a la monopolización de unos pocos
gigantes multinacionales, cada vez menos, -la libre competencia
es ya pieza de museo-, y por otro lado, los pueblos no tienen la
más mínima incidencia sobre esa producción sino que se ven
limitados a la función de consumidores de los productos
terminados.
"El efecto político
decisivo de la cultura popular estadounidense consiste en
anestesiar, en despolitizar", afirma el crítico Charles
Krauthammer. Dicho de otra manera: lo "pop" es buen
negocio para el poder en tanto 1) se vende -y mucho- y 2) juega
como adecuado mecanismo de sujeción social.
Sin dudas el mundo capitalista
provocó transformaciones espectaculares en la historia humana,
transformaciones sin retorno. Gracias a la revolución
industrial, las grandes masas de las sociedades agrarias,
analfabetas y por siempre alejadas del ámbito cultural,
pudieron comenzar a tener acceso a un mundo anteriormente
reservado a selectas élites. La llegada de los medios masivos
de comunicación, desde la prensa en adelante, popularizó la
cultura. Obviamente que bienvenido ese movimiento en la
historia, en tanto un avance. Pero en vez de posibilitar la
genuina expansión de una cultura popular -la televisión es,
seguramente, quien mejor lo ilustra- la masificación terminó
siendo funcional a los poderes. Lo "pop" -que de
popular tiene sólo lo masivo- pasó a ser en vez de un
instrumento de mejoramiento de las masas, una nueva ofensa a la
inteligencia. Tal vez, en algún nivel, puedan divertir el Pato
Donald, Superman o Britney Spears. ¿Pero por qué conformarse
con tan poco?
¿Puede la cultura de masas ir
más allá de esta "anestesia", de esta diversión
ramplona y banal a la que nos tiene acostumbrado Hollywood y
toda la parafernalia audiovisual actual? Sí, sin dudas.
¿Quién dijo que lo popular tiene que ser barato, sin gusto y
chabacano? |