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LA MÚSICA PARA JUAN
CRONIQUEUR
La “edad de piedra” de Mariátegui y su afición musical
Por
Ernesto Toledo Brückmann | |
José Carlos
Mariátegui solía juzgar con severidad su etapa de formación,
calificándola como su “edad de piedra.” De acuerdo con la práctica
del periodismo del momento, sus artículos eran firmados con diversos
seudónimos, principalmente el de Juan Croniqueur. Para efectos del
trabajo, diremos que la “edad de piedra” es la etapa cronológica
donde se aprecia un mayor número de escritos, ya sea sobre algún
acontecimiento musical en Lima o cualquier otra actividad humana
donde utilice como referencia los ritmos y artistas del momento. A
continuación, presentamos la síntesis de un trabajo a publicarse
posteriormente y que testimonia el poco interés del Amauta por la
música.
La música para
Juan Croniqueur
Para
un sector de las sociedades occidentales los primeros años del siglo
XX eran tiempos de la “Belle Époque”, donde Paris era el centro del
edén; la “ciudad luz” albergaba la opera, operetas, bailes,
exposiciones universales, grandes almacenes y los placeres caros.
Mientras tanto, los bardos latinoamericanos leían a los poetas galos
y estaban al tanto de la moda. Era común que en las casas de
familias acomodadas y aún en las de clase media, se contara con un
piano, el instrumento más clásico de la expresión musical romántica.
El arte de la pianista Luisa Morales Macedo dejó deslumbrado a Juan
Croniqueur, quien a sus 21 años dejó plasmado en el diario El
Tiempo, el
23 de setiembre
de 1916,
su experiencia durante una audición para los periodistas: “A las
cinco de la tarde, en la penumbra sedante del salón, Luisa Morales
Macedo interpreta a Chopín, a Beethoven, a Schubert.” Causa
sorpresa que un instrumento musical represente en Croniqueur la
encarnación de las clases sociales: “El piano de la artista no es un
piano burgués. Es el piano de una artista. Es austeramente negro. Y
al pie suyo la estufa eléctrica que lo calienta y engríe pone la
nota colorista de un abanico de luz roja y transparente.”
No solo su
disconformidad con los ritmos del momento se ponen de manifiesto,
sino que asume una posición elitista en el consumo de arte y
despectiva frente a lo no aristocrático: “Este piano de Luisa
Morales Macedo es indudablemente un piano aristocrático. Es un piano
engreído. Lo mismo que a una persona le afecta el frío. Es preciso
que una estufa le de calor (…) Un piano vulgar no siente el
invierno. Es como un perro vagabundo. Un piano aristocrático
necesita abrigo, calor y cariño (…) ¡Cómo se distingue de aquellos
pianos rastacueros, hechos para el ‘one step’ y el vals vienés, que
tienen insolente color de cedro y candelabros dorados!”
La música
vienesa
En
1926 y cuando se encontraba convaleciente de la intervención
quirúrgica en la que se le amputó una pierna, la revista Variedades
del 9 de enero de ese año le generó a Mariátegui una pregunta: ¿Cómo
escribe usted?; la respuesta ameritó una síntesis histórica: “En mi
época de diarista, escribía en cualquier parte y a cualquier hora.
Recuerdo haber trabajado una vez, en colaboración con Valdelomar, en
una mesa del Palais Concert. Probablemente por haber empleado como
cuartillas unas servilletas de papel, lo que escribimos esa vez
resultó con un sabor a helado pistache y a música vienesa...” Las
tardes del Palais Concert- un emblemático bar, confitería, heladería
y salón de té que servía de centro para los intelectuales de la
época- eran matizadas por la música suave y melancólica de “la
orquesta de las damas vienesas, apropiada para conversaciones
inteligentes”, como diría Abraham Valdelomar (1888- 1919). Ello
hace pensar que el vals, venido de la capital austriaca, aún
cautivaba por entonces a un sector de peruanos.
Pareciera que
Croniqueur no tenía al vals entre sus ritmos preferidos; en la
sección “Glosario de las cosas cotidianas” de La Prensa (
21 de febrero de
1916),
publica su artículo “El verano y otras estaciones”, ahí deja en
claro su parecer respecto al ritmo: “Yo le envidio a usted, amigo
mío, Usted, en esa aldea que es buena, apacible, sencilla, callada,
triste y risueña, no sabe de los rigores extremos del verano sufrido
en esta otra aldea grande, presumida, cursi, democrática, meliflua,
incolora, anodina, tonta y snob. Goza usted allá de una templada
calma de serranía amable. Y tiene usted por refrigerio el zumo
regalado de frescas frutas lozanas y frescos labios campesinos. E
ignora usted la necesidad pertinaz de helados y de los ‘ice cream
soda’ que aquí sorbemos nosotros entre compases de can can y two
step, cadencias insoportables de vals vienés…”
El
11 de abril de
1916, el Two Step se pone de manifiesto en el Palais Concert,
mientras “la orquesta inicia un ‘kake walk’ alegre y jocoso”.
Cronoqueur se refería al cake walk, un baile movido, de origen negro
norteamericano.
El circo también
se convirtió en un escenario para que los ritmos del momento se
dejen oír: “Cuando escuchamos en el circo un two sep, una mazurca
y una marcha conocidas, nos parece que ese two sep, esa mazurca y
esa marcha, no son las que conocemos, sino otras que nunca salieron
del circo...” (La Prensa
20 de junio
1916)
Tiempos de
opereta
“El
régimen y la opereta” fue otro de las notas aparecidas en El tiempo,
en 1916, aunque con un carácter sarcástico: “Hace dos noches se puso
en escena en el Teatro municipal la opereta ‘Eva’. Y Esperanza Iris,
el Municipal, Eva y Franz Lehar monopolizaron la atención y el
interés de todas nuestras damas, aristócratas, burguesas y plebeyas,
sentimentales, románticas y enamoradas”. En los siglos XIX y XX la
opereta, tuvo el sentido de una obra con música de carácter ligero
al gusto popular; en este escrito, más de uno asegura que se refleja
un carácter marxista por la utilización de categorías sociales,
aunque sea de manera sarcástica.
“’Papá Lebonnard’
es una obra muy vista en Lima, a todo precio y por toda categoría de
artistas, desde Thoullier a Paco Ares. Pero el público fue, por la
obra o por el autor”, destaca la pieza teatral del francés Jean
Aicard. Si bien la música no fue la prioridad dentro de los temas
artísticos que escribió, vale la pena enfatizar en algunas
particularidades.
“Retreta” titula
una nota aparecida en El tiempo, el
26 de agosto de
1916 y
que grafica claramente las preferencias musicales del momento;
debemos considerar que las Retretas mantienen hasta hoy su carácter
popular por lo que es fácil deducir que melodías interpretadas eran
del gusto de las mayorías: “Ayer hubo retreta en la Plaza de la
Inquisición. De esta tarde parlamentaria podría decirse que fue
amenizada por una banda de músicos...” Junto a la música foránea, el
baile nacional se hacía presente: “...y la banda de músicos tocaba
un ‘one step’, ‘La viuda alegre’, ‘Bolondrón’, ‘Ven y ven’, ‘La
canción de Pierrot’, ‘La princesa del dollar’, ‘marchosito’ (…) y la
banda de músicos tocaba una marinera (...) La banda de músicos
seguía interpretando a Quinito Valverde, a Franz Lehar y a Leo Fall”.
“Noche
afortunada la de ayer para los aficionados, que son muchos en Lima,
al arte dramático y sus consecuencias; las funciones de estreno y
las de gala” (1), escribía un Croniqueur emocionado por los
conciertos ofrecidos en Lima, y con rendida emoción se aproximaba a
los artistas para captar sus impresiones acerca del arte y la vida,
e infundir luego a sus notas el calor humano que deseaba transmitir
a sus lectores.
Según muchos
entendidos, 1917 abriría los ojos de los limeños al ballet. Hasta
mayo de ese año el acontecimiento teatral más grande vivido por los
limeños, fue la presentación de la célebre bailarina rusa Anna
Pavlova (1882-1931); toda la capital estaba todavía exaltada por las
presentaciones cuando se generó el escándalo protagonizado en el
cementerio general por la danzante de origen suizo Norka Rouskaya,
quien en la madrugada del 5 de noviembre bailara la “Marcha Fúnebre”
de Federico Chopin (1810- 1849). Mariátegui y los demás concurrentes
al acto nocturno fueron detenidos por la policía y encarcelados;
tras el escándalo, Juan Croniqueaur renuncia al Círculo de
Cronistas por su falta de apoyo.
Croniqueur y sus
puestas en escenas
Las
obras teatrales y revistas musicales eran comunes y abarrotaban los
recintos limeños, Mariátegui no quiso quedarse atrás y en 1915
estrena Las Tapadas, poema colonial en un acto y cuatro cuadros, en
prosa y verso original del escritor y periodista limeño Julio de
Paz, cuyo nombre original era Julio Baudouin (1886- 1925). Dedicado
al escritor costumbrista Ricardo Palma (1833- 1919), la música que
ambientaba Las Tapadas estuvo a cargo de Reynaldo la Rosa, aunque no
existe mayor información acerca de la trascendencia melódica en la
obra.
En la primera
escena la música se hace presente con trovadores y un coro, mientras
que el baile aparece en la tercera. “Pero juradme que no habrá nota
en vuestra garganta, ni lamento en vuestras guitarras que mías no
sean”, señala don Fernando el aventurero, para posteriormente
ponerse de manifiesto un coro que interpretaba la siguiente melodía:
“somos los caballeros de la nobleza/ que guardamos celosos nuestro
blasón/ y fiamos al orgullote nuestra espada/ la defensa sagrada de
nuestro honor.”
El libreto
señala que durante algunos pasajes de la obra se debía poner de
manifiesto la gavota, una danza tradicional francesa. Mariátegui y
Julio de Paz usaron la gavota para ambientar la Lima virreynal,
entendiendo que era la música de moda en aquella época.
La Mariscala fue
escrita en 1916, muy posiblemente para su representación en el
Teatro Municipal (hoy, Teatro Manuel A. Segura) por la Compañía
Mario Padín. Teniendo de coautor a Abraham Valdelomar, el personaje
identificado como el coronel Agustín Gamarra le dice en la tercera
escena a su esposa Francisca Zubiaga: “El canto de Melgar hasta aquí
llega, me siento melancólico al oírlo y ha despertado en mi alma
honda tristeza”
Resulta evidente
que es el poeta arequipeño y precursor de la independencia Mariano
Melgar (1790- 1815) a quien se refiere y que es el yaraví el
melancólico canto que despierta tristeza. Melgar halla en los
yaravíes la veta de lo popular y da expansión en ellos a su espíritu
reprimido de libertad y de rebeldía.
España en la
música
Refiriéndose a la bailarina belga Felyne Verbist, quien por esa
época dominaba la Ópera Real de Bruselas, Croniqueur alude en La
Prensa del
2 de junio 1916,
al vals Copelia: “bailó esa admirable danza llena de elegancia,
donaire y delicadeza…” De la danza española no dijo lo mismo: “’La
danza de las horas’, ‘Muerte del cisne’ (…) a mí la música del baile
español y el taconeo plebeyo y grosero que éste demanda de la
artista, me hablaron de los toros, de los pasacalles, de las
panderetas, del fenómeno Belmonte y de otras cosas españolas”
Los ritmos
españoles no pasaban desapercibidos para Croniqueur, quien tenía
como referencia a Tórtola Valencia(1882-1955), una de las más
reconocidas bailarinas de danza clásica, quién por esos años le dio
a Croniqueur uno de sus momentos más gratos al recibir su visita;
“Tórtola Valencia, en la casa de “’El Tiempo’” se tituló la
entrevista aparecida en esa publicación, el
30 de setiembre
de 1916. Los innumerables adjetivos de Croniqueur hacia su persona
aludían a su belleza física y calidad escénica, aunque la mención de
los ritmos ejecutados y sus características eran mínimas.
“Paquita
Escribano, la reina de la tonadilla” titulaba una crónica publicada
en El Tiempo, el
1 de Marzo de
1918. Paquita Escribano (1890-1970) era una de las artistas
españolas más renombradas del momento y tras una temporada en el
teatro Municipal, Juan Croniqueur creyó conveniente reproducir una
entrevista realizada por el diario El Mercurio de Chile. Para cuando
Croniqueur reprodujo la entrevista del jornal sureño, la tonadilla
ya había entrado en decadencia, al imponerse de nuevo la ópera
italiana.
“Anita España,
la linda bailarina de los grandes ojos profundos y de los dulces
labios pintados, no ha presentido aún los secretos del alma
misteriosa de los pinos jóvenes…” Una crónica referida a los árboles
sirvió para que Croniquer llenara de adjetivos a una bailarina,
durante su presencia en la plaza de toros de Acho; esto se repetirá
eventualmente, aunque sin describir sus cualidades danzarinas.
“Volvieron a
restablecer el imperio de la zarzuela española y de la revista con
ribetes cosmopolitas, en nuestro teatro Municipal”, escribió
Croniqueur, el
24 de noviembre
de 1915 en La Prensa; las clases populares en Lima aún no perdían
del todo su interés por el género musical escénico español y
Croniqueur encontrará en este un tema permanente para informar.
La zarzuela
influyó notablemente en los escritores costumbristas y compositores
de música criolla; aunque en los primeros años del siglo XX, durante
la juventud de Mariátegui, se estrenaron algunas de las mejores
zarzuelas desde el punto de vista musical, el género inicia un
declive que se acentuará a partir de 1940.
“Mañana por la
tarde, en tanda vermouth, debutará en este teatro la pareja Ovejero-
Figini (...) ejecutará diversos bailes de salón, como son danzas,
tangos y otros bailables.” Concluye mencionando otro ritmo de moda;
a comienzos de la década de 1910 y en plena juventud de Mariátegui,
el tango se puso de moda en París y, como consecuencia de ello, en
el resto de Europa y Estados Unidos.
Acervo nacional
Ya en
la etapa en que vivió Mariátegui, el acervo musical peruano denotaba
la influencia de la música andina, en lo que se le denomina el
indigenismo musical. Entre los compositores más importantes están
José María Valle-Riestra (1858-1925), Luis Duncker Lavalle
(1874-1922), Theodoro Valcárcel (1902-1942), Roberto Carpio
(1900-1986) y Alfonso de Silva (1902 - 1937), Daniel Alomía Robles
(1871- 1942) y Julio Baudouin y Paz, de quienes trataremos
posteriormente.
Si bien en 1913
Alomía Robles estrena en la capital su zarzuela El cóndor pasa, que
a su temática indigenista aúna un fuerte contenido político de matiz
antiimperialista, Croniqueur no deja de destacarlo, aunque
enfatizando en el texto de Julio Baudouin y Paz. Señalaremos que
para Croniqueur, lo principal es que El cóndor pasa marca un hito
fundamental en el desarrollo de la tendencia artística que busca
explotar los temas nacionales. Así lo dice en otra crónica teatral
publicada en La Prensa el
3 de enero de 1915:
“El estreno de El cóndor pasa, de Julio Baudouin (Julio de la Paz)
--escribe-- ha constituido evidentemente el suceso de mayor
significación durante este bienio [1913-1914], por la orientación
que ha marcado en el sentido de explotar temas especialmente
nacionales que son, sin que pueda discutirse, aquellos que nuestros
escritores pueden tratar con mayor acierto y con mayor éxito en el
público”.(2)
Sin embargo,
Croniqueur le asigna a La Cosecha, obra posteriormente compuesta por
Baudouin, una superioridad: “A nuestro juicio, ‘la cosecha’ supera a
‘El cóndor pasa’… que tan enorme éxito alcanzara. Hay mayor
ambiente, mayor armonía, mayor originalidad y hasta, tal vez, mayor
fuerza dramática…”(3)
El indigenismo
musical perteneció a sectores ilustrados de las provincias y
constituyó un esfuerzo local por rescatar elementos de la formación
y la cultura de cada circunscripción., principalmente el sur andino.
Mientras tanto,
en los primeros años del siglo XX, la canción popular costeña no
tenía aceptación entre las clases altas; sin embargo, los sectores
populares de Lima celebraban jaranas en cuartos de callejón o casas
de vecindad. Era muy difícil que Croniqueur dejara de oír valses y
polcas que un grupo de personas componía para beneplácito propio y
por la necesidad de expresarse. Esos hombres, muchísimos de ellos
anónimos, son los llamados “padres del criollismo”, los compositores
de la llamada “guardia vieja" de quienes trataremos más adelante.
Por aquel
entonces destacaba la figura de Abelardo Gamarra (1850- 1924),
conocido como "El Tunante"; Gamarra fue uno de los personajes que
destacó tanto en la literatura peruana como el cancionero popular;
su presencia no escapaba al interés de Croniqueur y por esos años se
convirtió en uno de los centros de su atención, cuándo éste era
diputado. “En la Cámara joven, no hay forma de divertirse. Todo es
yermo. Todo es desierto (...) El señor Gamarra (don Abelardo)
escribe en su pupitre artículos sobre Pelagatos, del más sabroso
estilo criollo.” (4)
Eventualmente
Croniqueur manifestaba un marcado disgusto por las aficiones
populares limeñas: “Y en esta tarde de domingo no hay siquiera
toros, que es espectáculo al cual puede ir uno cuando siente
necesidad de emborracharse de color, bullicio, grosería, algazara,
sol, chicha morada y hálito de muchedumbre que jadea, se agita,
vocifera, aplaude, se ríe, suda, bebe pisco y come butifarras. De
los toros, dijo José Ingenieros que son la morfina de España. Es una
gran verdad de Ingenieros…” (5)
La adolescencia
de Mariátegui coincidió con el inicio de las grabaciones
discográficas de música nacional; el
26 de agosto de
1911 el
dúo Montes y Manrique, conformado por Eduardo y César,
respectivamente, viajó a Nueva York para grabar con el sello
Columbia Phonograph & Co, 91 discos dobles de pizarra con 182 piezas
del folklore costeño como valses, polkas, marineras y danzas, además
de yaravíes.
Apreciaciones
finales
A lo
largo de la historia, las generaciones jóvenes forjan su identidad
con el vestuario, el peinado, el lenguaje, y la apropiación de
ciertos objetos emblemáticos como en este caso, los bienes
musicales; es ahí cuando se convierten en sujetos culturales, de
acuerdo con la manera que tienen de entender el mundo, de vivirlo,
de identificarse y diferenciarse.
Durante la
infancia y adolescencia de Mariátegui tuvo gustos selectos en lo que
a música se refiere, manteniéndose al tanto de las veladas ofrecidas
por cuanto artista pasaba por Lima; sin embargo, producto de su
juventud, destacaba más los atributos físicos y actorales de los
protagonistas, brindando muy poca información acerca de las melodías
involucradas.
Sus escritos
musicales cumplían la misión de informar y aunque eventualmente de
manera apasionada, se notaba que musicalmente el joven Mariátegui
cumplía su compromiso de periodista con las empresas donde le tocó
laborar.
(1) Las veladas
de anoche en el Municipal y en el Excelsior Diario La prensa Lima
23 de
mayo de 1915
(2) Diario La Prensa, 18 de junio de 1914
(3)Diario La Prensa
22 de noviembre
de 1915
(4)
Diario La prensa,
9 enero 1916
(5)
“Glosario de cosas cotidianas”. Escritos juveniles. Lima: Biblioteca
Amauta, 1991. v. 3. 64).
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