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GARCÍA, CARCELERO DE
FUJIMORI
Por Raúl Wiener | |
Alberto Fujimori
es el prisionero al que Alan García quisiera liberar, para formar
con él, con Ántero Flores, Rafael Rey, Castañeda y otros, la nueva
derecha peruana. Las banderas de esta sociedad política son
conocidas y tienen que ver con la vigencia del modelo económico y
las condiciones de orden, basado en la mano dura, que vienen desde
los años 90.
Irónicamente,
García no sólo no puede rescatar a su mejor aliado, sino que debe
funcionar como su carcelero. Puede hablar de la “no politización”
del caso de un personaje absolutamente político, que usó el poder
para sus delitos; o comprender el dolor de hija de Keiko, porque
también él tuvo a su padre preso; o aceptar nuevas sugerencias para
mejorar la carcelería del único reo peruano con piso de alfombras y
agua caliente. Y callar reiteradamente sobre los asuntos de fondo.
Eso no va a
evitar que la gente del ex dictador respire por un tiempo por el
lado de la herida y que insista en buscar temas para subrayar una
supuesta condición de víctima de su procesado líder. En su fuero
interno, a García le deben llegar altamente los deudos de
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/ La Cantuta y Barrios Altos, como le importan un cuerno los de
Cayara, Accomarca o los penales. Y acepta a su lado a personajes
como Giampietri, Favre, Mantilla, a los que estima como víctimas de
las campañas de denuncia, que le hacen el juego a la subversión.
¿Por qué tendría que pensar diferente de Fujimori?
Y sobre la
corrupción, García debe reírse ampliamente y recordar los consejos
de su compadre Carlos Andrés Pérez que le decía que un presidente
debía asegurar los recursos para volver al poder. Mírese nomás con
quiénes trata el actual presidente en materia económica, que son los
mismos que lo hacían con Fujimori y Toledo y se comprenderá en qué
consiste todo esto.
El problema es
que no se puede decir estas cosas abiertamente. El pensamiento
íntimo del poder y el discurso oficial que viene del año 2000, están
en profunda contradicción. Si García trata de imponer sus planes a
los consensos que se establecieron en el pasado, y de los que se
suponía que el APRA era parte, se arriesga a una seria crisis
política. Sólo le queda jugar el juego, y buscar el momento para
meter la trampa. Si se lo permitimos.
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