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SOCIALISMO O
COMUNISMO: ¿QUÉ ES LO QUE?
Por
Freddy Yépez | |
Sin duda, sigue habiendo una confusión –incluso
masiva- sobre socialismo y comunismo. Y eso está determinado
–lamentablemente- porque la mayoría de nuestro pueblo no ha tenido
acceso permanente al estudio de las doctrinas del pensamiento social
que proporciona una concepción materialista de la historia y hace
decidirse por un destino plenamente consciente. Sin embargo, eso no
es lo decisivo. Este papel le corresponde a la lucha de clases, que
es la locomotora de la historia donde, entre otras cosas, hay que
reconocer la importancia del partido, de la política, de la
organización natural de las masas y de la ideología.
El proletariado más
avanzado –en materia doctrinaria o ideológica- de la Europa de
comienzo del siglo XX era, sin duda alguna, el alemán y fue incapaz
de batirse hasta el final por el triunfo de la revolución, aun
cuando al lado ya el proletariado ruso estaba en el poder político
dando el ejemplo, o evitar, años después, el triunfo del nazismo del
señor Hitler aunque con tiempo fue denunciada su atrocidad por el
psicoanalista Reich Wilhelm y los jefes comunistas no quisieron
prestarle atención. Marx y Engels, hace 159 años, nos aportaron la
definición más científica, revolucionaria y dialéctica de socialismo
y comunismo, teniendo al primero como la primera fase del segundo.
En el “Manifiesto Comunista”, en “La crítica al programa de Gotha” y
en “Del socialismo utópico al socialismo científico”, hay
suficientes elementos para tener una claridad de concepto sobre la
materia.
Lo que anteriormente digo
es para tener un fundamento que sirva de interpretación a lo que a
continuación se expone sobre esa enorme confusión que existe
–incluso en personas muy instruidas- sobre el socialismo y el
comunismo. Es realmente una anécdota lo que voy a contar, pero que
no deja de contener una riqueza de contenido para la enseñanza y
para el esclarecimiento de las ideas y, especialmente, en este
tiempo de globalización capitalista salvaje en que se nos ha dicho
ha llegado el fin de las ideologías, y lo que existe es una calurosa
y definitiva batalla de las ideas y en que, por otro lado, .el
socialismo anda de boca en boca en los partidarios y en los
adversarios de él y, aunque nos parezca paradójico o extraño,
quienes creen ahora que más saben de socialismo son de éste sus más
enconados enemigos.
Un alto oficial de la
Fuerza Armada venezolana, aun cuando se han producido cambios
importantes dentro de su concepción y que ahora está bastante
alejada de lo que antes era, gustaba sentar a gente de pueblo frente
a su escritorio para convencerla de lo que no debían hacer y de lo
que sí debían hacer. Sobre su escritorio solía colocar algunos
libros, incluso uno que otro de nuestra escritura, donde se
destacaba “Clamores de nuevo amanecer”, un texto que combina la
imaginación con la realidad para avalar –poéticamente como dicen
algunos que lo han leído- el pensamiento y la lucha por un mundo
nuevo posible, que empiece a consolidarse en el socialismo andando
hacia la conquista de la fase propiamente dicha comunista, en que se
aplique el principio de cada uno según su capacidad, a cada uno
según sus necesidades. Un texto, así lo creemos, que por vez primera
inserta en sus páginas el derecho de los niños a gobernar el mundo y
hacer sus guerras de paz con soldados de golosinas, como también se
destacan los derechos de los ‘locos’ y de los pájaros. Cosas de
‘locos’ ciertamente.
Lo cierto es que el alto
oficial, sin mezquindad alguna y sin nada que merezcamos el elogio,
reconocía que “Clamores de nuevo amanecer” era una hermosa
filosofía, pero sus autores estaban “locos”, porque andaban en eso
de organizar y preparar a campesinos para que defendieran la patria
de los invasores, y que eso era obra exclusiva de la Fuerza Armada.
Hasta ese límite, sin que estemos de acuerdo con esa idea, se
pudiera respetar lo expuesto por el alto oficial.
Pero sus argumentos no se
quedaban en el límite de esa frontera cerrada. Iban más allá, y es
cuando entraba –sin desmeritarlo en nada- en el laberinto platónico
de la enorme confusión entre socialismo y comunismo. Cosa por cierto
no extraña, porque actualmente hay dirigentes destacados del proceso
bolivariano que sostienen ser socialista pero no comunista.
El alto oficial que
venimos citando, decía a los presentes ante su vista –refiriéndose a
un grupo de camaradas-: “No anden con esa gente, no se reúnan con
esa gente, no le agarren línea a esa gente, esa gente es comunista y
nosotros somos socialista. El comunismo es malo, el socialismo sí es
bueno”.
Sin embargo, ese no es el
único caso de contradicción entre socialismo y comunismo. Por algo
Marx y Engels no titularon El Manifiesto de socialista sino de
Comunista. En el reciente finalizado evento del Partido Comunista
hizo uso de la palabra un evangélico convicto y confeso no sólo para
reafirmar su creencia cristiana, sino también su convicción de creer
en el comunismo aunque los comunistas no crean en el evangelio. No
nos olvidemos que en España, por ejemplo, habían –no sé si aún
existan- socialistas que no creían en Dios pero sí en la virgen
María, la madre de Jesús. El mismo Presidente, Hugo Chávez Frías,
expresa siempre que es un cristiano que cree en el socialismo y
hasta recomienda leer a Marx, a Engels, a Lenin y a Trotsky.
Ahora lo importante es que
Camilo Torres Restrepo nos dijo hace años que entre cristianos y
comunistas no había contradicción, porque el deber de los primeros
–también de los segundos- es hacer la revolución, porque la
redención es común, es una imperiosa necesidad igual para todos los
explotados y oprimidos en este mundo. Estamos viviendo la era de la
no exclusión por diferencias que no sean de principio, ya que la
globalización capitalista salvaje no tiene en sus planes tratar bien
a los cristianos carentes de medios de producción para enfilar sus
baterías contra los comunistas o socialistas; no hace diferencias
entre los millones de millones de hombres y mujeres que vegetamos en
la miseria económica -seamos católicos, musulmanes, budistas,
judíos, socialistas, comunistas, cristianos, apostólicos o romanos-,
porque tiene por principio incrementarnos la pobreza y alargarnos el
sufrimiento hasta el límite en que se burla, con descaro y cinismo,
de nuestros dolores, y éstos son precisamente las libertades que nos
faltan por conquistar.
Si bien es imprescindible
una ideología homogénea, una doctrina que nos sirva de método o guía
para nuestros análisis políticos de la situación internacional y
nacional, hacer un análisis correcto de la correlación de fuerzas y
para trazarnos una estrategia y una táctica, no nos andemos echando
tiros porque unos digan que son socialistas pero no comunistas, y
éstos digan que todo comunista tiene necesariamente que ser
socialista. Tampoco, ¡he allí el deber de un marxista!, debe dejarse
de lado el problema ideológico, la reflexión ideológica y
doctrinaria buscando siempre la homogeneidad para contrarrestar con
éxito todo eclecticismo que levante su bandera (que no es chicha ni
limonada) y quiera dictar el destino haciéndonos ver un gato por una
liebre o una liebre por un ratón.
En el ardor de los
debates, de las polémicas, de los diálogos y de las reflexiones –sin
descalificar a nadie ni tener que inventarle a nadie lo que no
piensa ni es- es mucho lo que se avanza en materia ideológica, y así
lo han demostrado los procesos revolucionarios. La globalización
capitalista salvaje siempre tiene por norte dividirnos con el cuento
ideológico de que sus adversarios –sean socialistas o comunistas-
odian y matan a los religiosos, a los que no creen fervientemente en
la doctrina de Marx y se aprovechan de aquellos para conquistar el
poder e implantar el comunismo. No creamos en cuentos de camino que
distorsionan la verdad.
Repitamos con Camilo
Torres Restrepo: “El deber de todo cristiano es hacer la
revolución”. Repitamos con Marx: “El deber de todo comunista o de
todo proletario es hacer la revolución”. En ese andar del primer
camino y la primera meta –que es tomar el poder político- no vale la
pena matarnos, los explotados y oprimidos, a cuchillo limpio por ese
cuento que si se es socialista no se puede ser cristiano o si se es
católico no se puede marchar junto al ateo alegándoles que no hay
causa común entre ellos. Eso es falso de toda falsedad. En el andar
del segundo camino –transición del capitalismo al socialismo- son
muchísimas las cosas que unen a los explotados y oprimidos para
hacer que los elementos socialistas se impongan definitivamente
sobre los capitalistas. En el tercer camino –socialismo propiamente
dicho- no sólo desaparecen todas las contradicciones sociales
antagónicas, sino también la mayoría de las diferencias que existen
en el seno de la sociedad. Y en el cuarto camino –comunismo en su
fase superior-, una guará: llegaremos a ese hermosísimo principio
humanístico de cada uno según su capacidad y a cada uno según su
necesidad.
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