|
Sus crímenes lo hundieron
LA NOCHE TRISTE DE FUJIMORI
Por
Efraín Rúa | |
La noche del
6 de
noviembre del 2005, en Santiago de Chile, Alberto Fujimori debió
pensar que sus sueños de volver a ocupar la Presidencia de la
República del Perú se iban al agua, luego de recibir la orden de
detención de manos de autoridades chilenas. Sus años de prófugo en
Japón no lo habían preparado para aquella detención. Al ver las
cámaras de televisión que lo enfocaban rumbo a la prisión, no tuvo
otra iniciativa que ocultarse la cara.
Creía haber
hecho los esfuerzos necesarios para que los que se favorecieron con
su política entreguista le permitieran guarecerse a la espera de
mejores tiempos para una nueva postulación. En esos días, hasta el
gobierno japonés lo trataba como un ciudadano más.
Había llegado
con demasiadas ilusiones. Había visto al propio presidente Lagos
fajarse por un requisitoriado de la justicia peruana: Andrónico
Luskic, el dueño de Luchetti, que había negociado favores con
Montesinos para mantener su empresa en la única reserva ecológica
que le quedaba a Lima: Los Pantanos de Villa.
Esa noche sus
sueños despertaron en la triste realidad. Horas después habría de
revisar con sus abogados la extensa lista de casos por los que le
reclamaba la justicia peruana. Ahora tendría que enfrentarlos. Los
casos que siempre le preocuparon fueron los referidos a violaciones
a los derechos humanos.
En su celda de
la prisión habría de recordar que desde el primer momento les dio
carta libre a los militares para que pudieran actuar sin cortapisas.
¿Acaso no había
carta libre para las desapariciones, para los sobres-bomba, para los
operativos de rastrillaje y para la ejecución de los sospechosos de
subversión?
¿Alguna vez
alguien le escuchó explicar por qué los autores de la masacre de
Barrios Altos llegaron al lugar en camionetas asignadas a su hermano
Santiago y al viceministro del Interior de entonces? ¿O por qué se
usaron pistolas ametralladoras con silenciadores, de uso militar?
Y cuando se
publicaron los testimonios que comprometían en crímenes de lesa
humanidad a Martin Rivas y otros oficiales a los que había
condecorado, ¿alguien escuchó al comandante supremo de las fuerzas
armadas y del SIN preguntar qué estaba pasando?
¿O lo hizo
furtivamente en las instalaciones del SIN y el SIE donde vivió
largos años, precisamente aquellos en los que se desató la guerra
sucia?
¿Dijo algo
cuando de una universidad tomada por los militares desaparecieron un
profesor y nueve estudiantes, algunos de los cuales habían sido
vistos participando de una pedrea de la que fue víctima un año
antes?
¿Y quién sino él
y sus socios promovieron leyes de impunidad para sacar a los
ejecutores de la cárcel?
Fujimori estaba
convencido que no habrían acusaciones en su contra, luego que los
principales acusados decidieran callar ante la justicia civil para
encubrir su participación en las ejecuciones de Barrios Altos, La
Cantuta, El Santa y la del periodista Pedro Yauri. Pero se equivocó,
el silencio de Montesinos, Hermoza Ríos, Salazar Monroe y Martin
Rivas, no le ayuda mucho.
Ya tres
integrantes del grupo de aniquilamiento: Marco Flores Albán, Isaac
Paquiyauri Huaytalla y Julio Chuqui Aguirre, reconocieron los
crímenes de Colina y permitieron al fiscal Pablo Sánchez sustentar
la acusación por homicidio calificado, asociación ilícita para
delinquir, secuestro y desaparición forzada, contra 57 acusados
A su vez, esa
versión permitió a la Primera Sala Anticorrupción –integrada por
Inés Villa bonilla, Inés Tello e Hilda Piedra Rojas- aplicar la
figura de sentencia anticipada contra Flores Albán, Paquiyauri y
Chuqui Aguirre. El golpe fue tan contundente que a los abogados de
Colina no les quedó más que recusar a los jueces argumentando que
adelantaban un veredicto que establecía la culpabilidad de los demás
acusados.
César Nakazaki,
Estuardo Malpica y Estela Valdivia, afirmaron que no estaba probada
la existencia del grupo de aniquilamiento, dejando de lado el
sinnúmero de documentos oficiales incautados en el Cuartel General
del Ejército que demostraban la entrega de armas, explosivos, y
vehículos para su accionar. Después solicitaron la nulidad del
juicio.
Pero fue en
vano. Marco Flores Albán se encargó de entregar una de las pruebas
más sustanciosas contra sus ex compañeros: un audio en el que el
general Hermoza felicitaba a los integrantes del grupo armado.
«Ustedes han sido elegidos para formar un grupo de élite, el grupo
Colina, los exhorto a dar lo mejor de sí para que lleguen a los
objetivos trazados», se le escuchaba decir al general.
Hasta el propio
Martin Rivas había dejado sus rastros. En diálogo con el periodista
Umberto Jara, dejó en claro que el crimen de La Cantuta habría sido
imposible sin una decisión política de Fujimori y Montesinos. Era
una versión distinta a la que ahora prestaba frente al tribunal de
justicia, donde intentaba acallar las versiones acusatorias.
En su celda de
Santiago, Fujimori debió pensar en los testimonios que lo
comprometían. Recordaría el vídeo en el que Montesinos insistía en
responsabilizarlo ante Juan Briones y María Luisa Cuculiza, video
que no había podido ocultar en su apresurada fuga al Japón, y que su
ex socio se había cuidado en distribuir cuando estaban distanciados.
En esas
imágenes, su asesor se exculpaba de toda responsabilidad: «La
Cantuta, Barrios Altos,… todos son del SIE, y no tienen que ver con
el SIN, nada, nada… Todo sale de acá. La Cantuta igual… »
Cuando
montesinos deslindaba la autoría de los crímenes, las imágenes lo
mostraban señalando el sillón que Fujimori solía usar en el SIN.
Con disgusto, el
ex presidente recordaría también los tensos momentos que vivió tras
el estallido de un coche-bomba en la calle Tarata. La sensación de
desasosiego que sentían los autores del golpe de Estado que
pretendía salvar al país y la amenaza del fin del régimen nacido el
5 de abril. Los rostros tensos de sus socios y la posibilidad de una
intervención multinacional en el país.
Y el informe de
inteligencia que les devolvió la calma y que señalaba que la noche
del atentado un profesor y un grupo de estudiantes de La Cantuta
habían retornado en una camioneta manchada en sangre. Y que alguien
había dicho que ellos eran los responsables del atentado de la calle
Tarata…
… Y que se dio
la orden de eliminarlos.
|