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MASACRE EN CASAPALCA
Por Raúl Wiener | |
La masacre no la
hizo la policía en Santa Anita, en plena ciudad de Lima, sino en
Casapalca, a
120 kilómetros
de la capital y a
4,200 metros
de altura. Ahí los robocops dispararon sobre trabajadores, que horas
antes habían sido reconocidos por el premier como personas que
tenían razón de reclamar ante los abusos de los propietarios de las
mina que no han cumplido siquiera con los acuerdos que firmaron con
la ministra de Trabajo. El primer balance un muerto a bala y otro
por golpes y caída desde lo alto del cerro.
Tampoco, por
cierto, les interesaron demasiado los niños involucrados en el
problema, como antes lo hicieron cuando de por medio había una foto
y un rollo sobre niños escudos que justificaba arrebatárselos a sus
padres Ahora el resultado ha sido una niña de un año de edad
asfixiada en medio de los gases y la pólvora. También se reporta una
cuarta víctima, un civil aparentemente ajeno a los acontecimientos
que falleció dentro de una ambulancia.
Pero quizás lo
más interesante es la poca indignación ciudadana por estos hechos.
Puede que juegue la distancia. Pero lo principal es el trato que
ofrece la prensa a este caso. ¿Qué pasaría si los titulares
preguntaran abiertamente por el responsable de la orden para hacer
uso de armas de fuego contra obreros desarmados?, ¿dónde están las
preguntas sobre el entrenamiento de la policía para enfrentar
manifestantes con niños?, ¿por qué los medios no persiguen a Alva
Castro para que responda por esta matanza y le siguen permitiendo
hacerse el tonto con declaraciones de tipo de que estas cosas pasan
cuando se trata de desbloquear carreteras? ¿Por qué no hay nadie
detrás de los Gubbins, los empresarios mineros de esta historia,
que se burlan de medio mundo, y hacen lo que podría ser el papel de
malo de la película, a la manera de Herminio Porras?
No aquí los
medios han decidido que este tema no ayuda a su propia mirada del
mundo. Empresarios canallas, mineros en la miseria y sin derechos en
pleno auge de las empresas, gobierno que mata, son asuntos que no
van con lo que se ha venido diciendo que pasa en el país. Así nos
encontramos de nuevo con las bondades de la libertad de expresión
que les permiten expresarse como les conviene y les da la gana a los
que tienen la posibilidades hacerlo, y la ausencia de libertad de
información (protegida por la Constitución), para el resto, porque
sólo nos informamos de lo que lo dueños de los medios quieren que
sepamos y de la manera como desean que lo hagamos.
¿Qué idea va a
quedar en nosotros?, ¿la del policía que lleva a una niña en brazos
luego de habérsela quitado a su madre, como se titularon los hechos
de Santa Anita, o la de aquellos hombres verdes que recibieron la
orden de abalear y bombardear a los trabajadores que protestaban al
lado de sus mujeres y sus hijos?
Creo que sobra
la respuesta.
Puesto sobre la
balanza, la propiedad de la multimillonaria familia Granier y su
derecho a seguir expresándose en Venezuela, digamos que como la
opción anti Chávez, y la desgracia de los mineros de Casapalca mal
pagados, precariamente contratados, despedidos y no repuestos, a
pesar que todos celebran los éxitos de la minería, que significa
grandes ganancias para los inversionistas, ¿cuál debería merecer
mayor cobertura e investigación de la prensa?
Todos vemos al
sindicato mundial de la libertad de expresión que defiende la
propiedad privada sobre los medios, que es la misma que oculta la
masacre, trampea sobre las razones de los pobres y transforma en
importante lo que no lo es. No creo que los mineros peruanos
marcharían por defender a los dueños de los medios de comunicación
peruanos si algún día acaba su monopolio de la información.
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