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SACCO, VANZETTI Y LA
JUSTICIA CAPITALISTA
A ochenta años de la barbarie
Por Ernesto Toledo | |
Era 1977,
exactamente hace treinta años, el entonces gobernador del Estado
norteamericano de Massachusetts, Michael Dukakis revisó el caso de
los dos acusados inmigrantes italianos y tras constatar numerosas
fallas en el proceso judicial, reconoció oficialmente que eran
inocentes y que fueron condenados más por sus convicciones políticas
y por su condición de inmigrantes que por cualquier prueba
fehaciente contra ellos. Finalmente pidió disculpas.
Esto no pasaría
de un mero proceso rectificatorio de un Poder Judicial si no fuera
por que la justicia llegó cincuenta años después, cuando Sacco y
Vanzetti ya habían sido ejecutados.
Este año se
recuerdan ocho décadas del triunfo de la intolerancia, y es que en
1927 pasaron por la silla eléctrica de la cárcel de Charlestown,
Massachusetts, Nicolás Sacco, de profesión zapatero, y el vendedor
de pescado Bartolomeo Vanzetti, acusados de asesinato. Siete años
tras las rejas y un proceso plagado de groseras violaciones a la ley
confirmó que la condena respondía a dos delitos: ser anarquistas e
inmigrantes.
Como millones de
italianos, Sacco y Vanzetti emigraron a Estados Unidos movidos por
el “sueño americano”. Se conocieron en los alrededores de la ciudad
de Boston y ambos formaban parte de un grupo de anarquistas que
participaban en las luchas sindicales contra las condiciones de
semiesclavitud imperantes por entonces en el régimen laboral de una
Norteamérica temerosa de la influencia comunista, de un fantasma que
recorría Europa.
En mayo de 1920
fueron arrestados en una redada policial contra los anarquistas, y
aunque inicialmente fueron acusados de distribuir panfletos
subversivos y de poseer una pistola, poco después las autoridades
los vincularon a un doble crimen cometido 20 días antes, en la
localidad de South Baintree. De nada sirvieron las numerosas pruebas
que los desvinculaban del asesinato de Frederick Parmentier, cajero
de una fábrica de calzado, y del guardián Alessandro Berardelli,
cometido por dos ladrones que se habían alzado además con 15 mil 677
dólares y que después huyeron.
Los jueces no
escucharon a un testigo que declaró a la policía que Sacco y
Vanzetti no eran los hombres que había visto disparar durante el
robo; ni siquiera al cónsul italiano que aseguró haber estado con
Sacco en su despacho. Ni mucho menos consideraron que la bala
homicida era de un calibre diferente de la del arma secuestrada a
los anarquistas.
Aunque es
innegable que ambos italianos estaban armados al momento de su
detención ya que creían en la violencia política, su inclaudicable
postura ideológica no los llevó al robo y asesinato; Como si fuera
poco, “Los imputados en el asesinato son culpables de socialismo”
señaló el presidente del Tribunal Webster Thayer; durante el juicio
expresó lo siguiente: "Puede que en realidad este hombre (Vanzetti)
no haya cometido el crimen... pero él es enemigo de nuestras
instituciones... Los ideales del acusado son afines al delito...",
demostrando la evidente persecución ideológica y xenófoba de las
autoridades norteamericanas.
Por todo ello,
un gran movimiento de solidaridad recorrió el mundo y en casi todos
los países se formaron comisiones para intentar ayudar a los dos
italianos. Multitudinarias protestas de obreros se dieron en
Londres, Nueva Delhi, París, Roma y Buenos Aires, entre otras
capitales del mundo. El caso generó la primera huelga internacional
(que se cumplió en casi todos los países del mundo) Ni la clemencia
pedida por Albert Einstein, Marie Curie, Bernard Shaw, Orson Welles
y Miguel de Unamuno, además de otros intelectuales, científicos,
actores y organizaciones defensoras de los derechos civiles,
impidieron que la corriente eléctrica acabara con la vida de Sacco y
Vanzetti, el
23 de agosto de
1927.
“Viva la
anarquía! Fue el grito final de Sacco, quien advirtió durante su
sentencia: "Yo sé que la sentencia estará entre dos clases, la clase
oprimida y el clase rica…Es por eso por lo qué yo estoy aquí hoy en
este banco, por ser de la clase oprimida". Mientras tanto le diría a
su hijo Dante en una carta: "Pero siempre recuerda, Dante, en esta
obra de felicidad, no uses todo para ti sólo…ayuda a los perseguidos
y a las víctimas porque ellos son tus buenos amigos... En esta lucha
por la vida, encontraras más amor y serás amado".
Por su parte,
Vanzetti exclamaba en el ocaso de su existencia física: “Comprendí
que el hombre nunca es demasiado modesto respecto de sí mismo, y que
existe una pizca de sabiduría en la tolerancia. Quise un techo para
cada familia, un pan para cada boca, una educación para cada
corazón, la luz para toda inteligencia.”
Después de la
ejecución, la Corte Suprema -a través de la Hays Commission, el
órgano de autocensura de los productores cinematográficos- ordenó la
destrucción de todo el material filmado sobre la historia de los dos
italianos.
De los dos
inmigrantes solo queda una película italiana filmada en 1970, la
Balada de Sacco y Vanzetti, popularizada por Joan Báez, algunos
textos libertarios, páginas negras en la justicia alglosajona y el
desenmascaramiento, y es que el caso de Sacco y Vanzetti puso el
dedo en la yaga respecto al burdo cliché: "Justicia Igual ante la
Ley” estampado en el frontis de cualquier recinto judicial. Muy
difícilmente el vendedor de pescado y el zapatero conseguirían hoy
justicia en el sistema americano y de cualquier otro país de
Latinoamérica dominado por el capitalismo, ya que la justicia no
mide igual a pobres y a ricos, a nacionales o a extranjeros, al
ortodoxo y al radical, al blanco y la persona de color. Y aunque la
pena de muerte fue abolida en la totalidad de sociedades de la
región, la injusticia se da más sutilmente y de maneras más
intrincadas.
Hoy en el 2007,
la suerte de Sacco y Vanzetti y la de millones de seres humanos a
los que la justicia no llega, debe generar conciencia de que la
palabra debe ser reemplazada por la lucha, las súplicas por las
demandas, las peticiones a las autoridades de turno por las acciones
directas de masas, el mejoramiento del sistema por el cambio radical
y la transformación social.
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