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Velasco fue un patriota
RECUERDO DE UN PROCESO REVOLUCIONARIO
Por
Héctor Béjar | |
Todavía sigue
siendo tema de polémica el gobierno del general Juan Velasco
Alvarado (3
de octubre de 1968 a 29 de agosto de 1975).
Hay quienes abominan de Velasco, otros prefieren ignorarlo u
olvidarlo y somos todavía pocos quienes lo defendemos en el ámbito
general de la opinión pública. Debemos reconocer sin embargo que el
reconocimiento a lo positivo de su régimen es cada vez mayor y su
recuerdo permanece en el pueblo, especialmente en el mundo
campesino.
Es larga la
lista de reformas llevadas a cabo por aquél gobierno: política
exterior independiente y apertura de relaciones con los países
socialistas de entonces; nacionalización y control del comercio
exterior; nacionalización del petróleo, las minas, el agua y otros
recursos naturales; reforma agraria; control de cambios; cogestión
de las industrias; creación de una poderosa industria básica
petroquímica y de acero; autogestión por los trabajadores de un
sistema creciente de empresas; reconocimiento oficial de la CGTP y
las organizaciones de trabajadores; apoyo decidido e institucional a
los pueblos jóvenes urbanos; reforma de la educación con
participación de la sociedad; alfabetización; reivindicación de la
cultura nacional y popular; socialización de los medios de prensa;
organización de los campesinos; y una larga lista de medidas que
perseguían, aunque mucha gente no lo creyó en su momento, transferir
el poder económico y político al pueblo organizado del Perú.
Las Fuerzas
Armadas operaron como el gran organismo político que condujo y
aplicó las reformas. La de Velasco fue, como muchos dijeron, una
revolución desde arriba, que se adelantó a su tiempo. Dentro de las
Fuerzas Armadas la revolución fue conducida por un pequeño grupo de
oficiales de alta graduación dirigido por Juan Velasco Alvarado que
operaba en el complejo mundo militar. Fuera del espacio militar,
ellos fueron acompañados por una parte de la elite intelectual,
centenares de cuadros obreros, muchos líderes campesinos y
barriales, algunos partidos políticos como la Democracia Cristiana y
el Partido Comunista y un enorme y creciente sector popular.
En la oposición
estuvo desde luego la oligarquía de entonces contra cuya dominación
se hacía la revolución. Pero la de ella no fue una oposición abierta
sino solapada, sibilina e intrigante. Los grandes terratenientes
pasaron al gran comercio, cambiaron de actividad esperando momentos
mejores. Los Estados Unidos estaban demasiado ocupados con Cuba,
Vietnam y Chile y también esperaban haciendo la cuenta regresiva
aunque no dejaron de amenazar con enmiendas y tener una actitud
hostil.
El rol de la
abierta e inmediata oposición le correspondió a un sector de la
izquierda compuesto por el maoísmo, una parte del trosquismo y un
izquierdismo antimilitarista de clase media, nacido en las clases
altas de Lima.
Las posiciones y
pretextos para no acompañar las medidas y oponerse a ellas fueron
múltiples. Como es obvio, la derecha más recalcitrante dijo que se
nos llevaba al comunismo. El APRA acaudillada por Haya de la Torre
mantuvo una posición ambigua. Muchos cuadros apristas participaron
en el proceso porque eran funcionarios del Estado y las masas
apristas lo acompañaron en el norte cuando los latifundios
azucareros, fortín electoral del APRA, fueron cooperativizados. Pero
fueron las fuerzas de choque apristas aquellas que se lanzaron al
saqueo de Lima aquél
5 de febrero de
1975
cuando en el agotamiento de la revolución, prácticamente aislado el
Perú, Lima fue abandonada y convertida en ciudad abierta a raíz de
una huelga policial.
Los militantes
más sectarios de la izquierda de aquellos días fueron un importante
obstáculo para la reforma educativa y la reforma agraria y su
oposición era alimentada por la conducta autoritaria y abusiva de
algunos jefes militares que compartían transitoriamente el gobierno.
Las posiciones de estos militantes izquierdistas, maoístas o
trosquistas, variaban. Los más radicales decían que se trataba de
una estratagema del imperialismo y los moderados que era un proceso
de conciliación de clases; de las dos formas era condenable. Por eso
todos coincidían desde las universidades, el magisterio y unos pocos
sectores campesinos en su denuncia del supuesto carácter fascista o
fascistizante del velasquismo.
Hoy sonreímos al
recordar aquellas posiciones ingenuas e infantiles. ¡Cómo no darse
cuenta de lo que estaba pasando! Pero efectivamente, no eran pocas
las dificultades del régimen, especialmente las que se desarrollaban
en su interior. Había sectores autoritarios entre los militares que
fueron los que acompañaron a Morales Bermúdez y mucho después a
Fujimori. Gran parte de los oficiales, como era obvio, carecían de
cultura y experiencia política y tendían al autoritarismo. La
derecha penetraba activamente las Fuerzas Armadas, especialmente a
través de la Marina y la radicalización del proceso empezó a
preocupar a los sectores medios de la oficialidad cuando de una u
otra forma sentían afectados sus intereses.
Un pequeño
esfuerzo generoso de comprensión hubiese permitido analizar
objetivamente esta realidad y abrir paso al proyecto revolucionario
apoyando a la izquierda militar y aislando a los sectores fascistas.
Pero no fue así. Y esa actitud ayudó en la práctica la sorda
conspiración de la derecha que fue royendo el proceso a medida que
éste se radicalizaba hasta culminar en el triste
29 de agosto de
1975
cuando los comandantes generales de las fuerzas armadas, incluidos
los izquierdistas, derrocaron a Velasco, ya aislado y enfermo.
Después vino
todo lo que ya sabemos. Las reformas fueron desmanteladas, se
instaló una democracia representativa cuya ineficiencia y demagogia
abrió el paso a la recuperación del poder por una derecha renacida.
La vieja oligarquía mutó en una derecha corrupta, antinacional. El
saqueo del país se reanudó y agravó.
Uno diría que es
mejor olvidar los errores. Pero el drama de aquellos años deja
muchas lecciones. La primera es que la política revolucionaria debe
ser generosa. El sectarismo se basa en el individualismo y el temor
a perder lo que se cree propio. Es finalmente una defensa de la
propiedad privada sobre algo (las masas, las ideas, los cargos
dirigentes, los grupos políticos) que se cree tener. Salvo muy pocas
excepciones el conjunto de la izquierda reconoce hoy, aunque tarde,
que la que se denominó revolución peruana fue un proceso de
transformación del país, al menos que no fue ni una treta del
imperialismo ni un hecho fascista, como se dijo. En eso hemos
avanzado. Reflexionemos sobre ello.
El recuerdo del
hombre singular que fue Velasco debería servirnos para continuar
cerrando filas en torno a un proyecto común que exige inteligencia,
lealtad a los principios a la vez que realismo y generosidad.
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