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LOS ESTEREOTIPOS DEL DELITO
Por Julio Yovera

En la fe y la práctica católica, Dios perdona el pecado, si el sujeto hace un verdadero acto de arrepentimiento.

En el fundamentalismo neoliberal es todo lo contrario.

El sistema perdona y protege sólo a quien se ratifica a cada instante de su vida como adorador incondicional del becerro de oro, que se yergue en el altar de la corrupción y del crimen.

La impunidad es oceánica. Por eso, los tribunales perdonan o naufragan, según las circunstancias. 

Los nazis tuvieron menos suerte. Los capturaban y eran procesados. Muchos de ellos pasaron el resto de sus vidas en la prisión; acaso arrepentidos o acaso orgullosos, de haber llevado a una etnia y a una cultura al holocausto.

En el Perú, los criminales, no sólo los de Barrios Altos y La Cantuta, sino también los de Accomarca, Los Molinos, El Frontón, gozan de un poder que los protege con una soberbia perversamente histérica.

Ahí están, asidos a la cadena del delito los más altos representantes de los gobiernos de Fujimori y de García I y II.  Y, escurriéndose, como queriendo pasar desapercibido, el rostro de Favre, empresario exitoso, según dicen. Es como si lo estuviéramos viendo en una caricatura de Carlín. 

Favre es el mismo personaje que aparecía en los medios, a decir su palabra a nombre de los empresarios, desde una óptica aparentemente no política. Obviamente trataba de generar corriente de opinión a favor del modelo.

Ahora que la desgracia se ha ensañado con los pueblos del sur, a Favre, el “probo”, el “exitoso”, el “desprendido”, se le da nada menos que la responsabilidad de reconstruir lo que el terremoto devastó.

La desgracia del pueblo será color de rosa, como dice unos de los poemas de Alejandro Romualdo, para un sector del empresariado, y lo sería más sino fuera porque un diario como La Primera, con un maestro digno como César Lévano de director, denunció los vínculos de Favre con la mafia criminal.

No estaba previsto, y por eso, los “periodistas” y los “políticos” lo atacan.  

Los primeros hace tiempo que dejaron de hacer verdadero periodismo. Su consuelo es que, ocultar la verdad da buenos dividendos. Por eso hace tiempos que hicieron su post grado en el arte de poner un largo rosario de adjetivos a quienes cuestionan al orden existente.   

Los segundos creen que hacer política es servir al poder incondicionalmente y viceversa. Por eso es que se han convertido en las rabonas del sistema.

Esa es la verdad.   Y “La verdad –como lo escribe Antonio Machado y lo recuerda siempre Alberto Moreno- es lo que es, y sigue siendo verdad, aunque se piense al revés”.

 Los que no piensan al revés tienen todo el derecho de informar e informarse. En eso no se debe dar tregua.

Hagamos una petición: Dios encuentre confesados a los hermanos del sur, frente a “salvadores” como Favre.

 

 

 

 
 
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