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DIVERSAS REACCIONES FRENTE A LA DESGRACIA
Por J. Yovera

El 15 de agosto el sur de nuestra patria fue duramente golpeado por la madre naturaleza.

Más de medio millar de muertos, más de dos mil heridos, y más miles de damnificados y golpeados en el alma para siempre; sin casa y sin hogar y con los sueños aplastados por “golpes como del odio de Dios”.

Cuando la desgracia arrecia no hace distingo de ninguna clase, aunque es evidente que son los pobres los que sufren más y por lo mismo los que necesitan de la eficiencia de las entidades de servicios, de la coherencia de las autoridades y de la solidaridad de todos. 

No todos los que están obligados a ser eficientes lo han sido. La Telefónica, por ejemplo, debe responder ante el país por su ineptitud en las horas más álgidas de la tragedia.

El presidente García ha demostrado una vez más que su incontinencia verbal y su intolerancia son incurables; estas “cualidades” lo han llevado a maltratar a delegaciones de otras latitudes que vinieron al país con el objetivo de ayudar y dar la mano fraterna a los pueblos caídos.  La intemperancia ha impedido contar con ellos.

El ministro de la producción, Rafael Rey, desubicado y casi autista, pretendió hacer de la tragedia un producto para el mercado. Esto no es más que el reflejo de una concepción cuya “lógica” se basa en el valor de la oportunidad para vender y ganar. Lo que naturalmente hiere.  

Peor aún, la desgracia para algunos se ha convertido en una oportunidad para que los empresarios hagan su agosto en los próximos años. Esto indigna tanto o más que los actos de los inescrupulosos que roban sin ningún remordimiento alimentos y especies destinados a las víctimas.

Pero también ha habido hechos positivos. Los pueblos, los trabajadores y un sector del empresariado han unido sus manos y sus corazones para ayudar a nuestros hermanos.

De las delegaciones solidarias de otros países destaca el contingente médico y paramédico del pueblo de Cuba, que está brindando una asistencia que excede a cualquier cálculo utilitarista. Lo hace porque han formado su pensamiento y su espíritu en una escuela que hace de la defensa de la vida el fin supremo.

Esto no podrán entenderlo nunca los neoliberales de individualismo contumaz, tampoco lo entienden los anti neoliberales progresistas, que no pierden la ocasión para hacerle cargos a un sistema que si bien no es el paraíso terrenal es mejor que el reino de la pobreza que suele ser la única obra que el viejo capitalismo siembra en el pueblo.

A propósito, en ese sur presentado en los últimos años como la zona privilegiada de la inversión ¿acabó la pobreza? 

Pisco apacible o la Fe en el sencillo espíritu
A los lectores del Perú y del orbe les entregamos este hermoso fragmento del cuento “El Caballero Carmelo”,  escrito hace cerca de un siglo y que nos da una idea de cómo era el viejo Pisco o en todo caso cómo lo captaba la retina de Abraham Valdelomar, escritor y poeta extraordinario, hijo de ese pueblo que hoy sufre.  (JY).

Quien sale de Pisco, de la plazuela sin nombre, salitrosa y tranquila, vecina a la Estación y torna por la calle del Castillo que hacia el sur se alarga, encuentra, al terminar una plazuela, donde quemaban a Judas el Domingo de Pascua de Resurrección, desolado lugar en cuya arena verdeguean a trechos las malvas silvestres. Al lado del poniente, en vez de casas, extiende el mar su manto verde, cuya espuma teje complicados encajes al besar la húmeda orilla

Termina en ella el puerto y, siguiendo hacia el sur, se va por estrecho y arenoso camino, teniendo a diestra el mar y a izquierda mano angostísima faja, ora fértil, ora infecunda, pero escarpada siempre, detrás de la cual, a oriente, extiéndese el desierto cuya entrada vigilan, de trecho en trecho, corno centinelas, una que otra palmera desmedrada, alguna higuera nervuda y enana y los "toñuces" siempre coposos y frágiles. Ondea en el terreno la "hierba del alacrán", verde y jugosa al nacer, quebradiza en sus mejores días, y en la vejez, bermeja como la sangre de buey. En el fondo del desierto, como si temieran su silenciosa aridez, las palmeras únense en pequeños grupos, tal como lo hacen los peregrinos al cruzarlo y, ante el peligro, los hombres.

Siguiendo el camino, divísase en la costa, en la borrosa y vibrante vaguedad marina, San Andrés de los Pescadores, la aldea de sencillas gentes, que eleva sus casuchas entre la rumorosa orilla y el estéril desierto. Allí las palmeras se multiplican y la higueras dan sombra a los hogares tan plácida y fresca, que parece que no fueran malditas del buen Dios, o que su maldición hubiera caducado -que bastante castigo recibió la que sostuvo en sus ramas al traidor- y todas sus flores dan fruto que al madurar revientan.

En tan peregrina aldea, de caprichoso plano, levántanse las casuchas de frágil carIa y estera leve, junto a las palmeras que a la puerta vigilan. Limpio y brillante, reposando en la arena blanda sus caderas amplias, duerme a la puerta el bote pescador, con sus velas plegadas, sus remos tendidos como tranquilos brazos que descansan, entre los cuales yace con su muda y simbólica majestad el timón grácil, la cabeza que "achica" el agua mar afuera y las sogas retorcidas como serpientes que duermen. Cubre, piadosamente, la pequeña nave, cual blanca mantilla, la pescadora red circundada de caireles de liviano corcho.

En las horas de medio día, cuando el aire en la sombra invita al sueño, junto a la nave teje la red el pescador abuelo; sus toscos dedos anudan el lino que ha de enredar al sorprendido pez; raspa la abuela el plateado lomo de los que las vísperas trajo la nave; saltan al sol, como chispas, las escamas, y el perro husmea en los despojos. Al lado, en el corral que cercan enormes huesos de ballenas, trepan los chiquillos desnudos sobre el asno pensativo, o se tuestan al sol en la orilla; mientras, bajo la ramada, el más fuerte pule el remo, la moza fresca y ágil saca agua del pozuelo y las gaviotas alborozadas recorren la mansión humilde dando gritos extraños.

Junto al bote duerme el hombre del mar, el fuerte mancebo embriagado por la brisa caliente y por la tibia emanación de la arena, su dulce sueño de justo, con el pantalón corto, las musculosas pantorillas cruzadas en cuyos duros pies de redondos dedos, piérdense, como escamas, las diminutas uñas, la cara tostada por el aire y el sol, la boca entreabierta que deja pasar la respiración tranquila, y el fuerte pecho desnudo que se levanta rítmicamente, con el ritmo de la Vida, el más armonioso que Dios ha puesto sobre el mundo.

Por las calles no transitan al medio día las personas y nada turba la paz en aquella aldea, cuyos habitantes no son más numerosos que los dátiles de sus veinte palmeras. Iglesia ni cura habían, en mi tiempo, las gentes de San Andrés. Los domingos, al clarear el alba, iban al puerto, con los jumentos cargados de corvinas frescas y luego, en la capilla, cumplían con Dios. Buenas gentes, de dulces rostros, tranquilo mirar, morigeradas y sencillas, indios de la más pura cepa, descendientes remotos y ciertos de los hijos del Sol, cruzaban a pie todos los caminos, como en la Edad Feliz delinca, atravesaban en caravana inmensa la costa para llegar al templo y oráculo del buen Pachacamac, con la ofrenda en la alforja, la pregunta en la memoria y la Fe en el sencillo espíritu.

Jamás riña alguna manchó sus claros anales; morales y austeros, labios de marido besaron siempre labios de esposa; y el amor, fuente inagotable de odios y maldecires, era entre ellos, tan normal y apacible como alguno de sus pozos. De fuertes padres, nacían, sin comadronas, rozagantes muchachos, en cuyos miembros la piel hacía gruesas arrugas; aires marinos henchían sus pulmones, y crecían sobre la arena caldeada, bajo el sol ubérrimo, hasta que aprendían a lanzarse al mar y a manejar los botes de piquete que, zozobrando en las olas les enseñaban a dominar la marina furia.

 

 

 
 
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