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LA CRISIS
ALIMENTARIA
Por
Yomar Meléndez Rosas | |
En los últimos
dos años los precios de los productos agrícolas se han incrementado
aceleradamente. Algunos especialistas sostienen que las causas son
el subsidio de los países ricos a sus campesinos (en el 2006, 80,000
millones de euros, según Oxfam) y la especulación. Otros, que los
orígenes son estructurales y están vinculados a la privatización de
la tierra y del agua (que ya no son bienes públicos ni comunitarios
sino propiedad de las multinacionales), a la liberalización
comercial que ha permitido la apertura indiscriminada de los
mercados de los países pobres, y al monopolio en la cadena de
distribución de alimentos.
Hay también
quienes explican las dificultades a partir del recorte de la
inversión agrícola: el Banco Mundial redujo su aporte de 20% en 1980
a 2,9% en 2007 y la cooperación internacional de Estados Unidos,
Canadá, Japón y la Unión Europea (UE) cayó de 17% en 1980 a 3% en
2005. Y, finalmente, están los que hablan de un aumento de la
demanda (generado por la necesidad de producir biocombustibles) y
una restricción de la oferta (si consideramos el cambio climático y
otras circunstancias imprevisibles).
Sea lo que fuere
esta crisis global -unida al desplome económico norteamericano y al
exorbitante precio del barril de petróleo, “tres crisis” le llama
Ramonet-, golpea severamente a los sectores más necesitados y
permite avizorar un escenario económico parecido al de 1929.
En nuestro país
cuando el presidente de la República se refiere al alza de precios
dice que las causas son internacionales y que poco o nada podemos
hacer los peruanos. Eso es falso. El propio presidente ejecutivo de
Sierra Exportadora, Gastón Benza Plufcker, ha rectificado a su jefe
declarando que el ministerio de Agricultura no actúo con previsión
para incrementar la producción teniendo en cuenta la fuerte demanda.
Además, la FAO
ha sugerido interesantes iniciativas que el Perú debería considerar:
por ejemplo, solicitar la ampliación de la ayuda a los países pobres
(la UE ha sido la primera en responder el llamado destinando 1,000
millones de euros para apoyar a los agricultores africanos);
revitalizar la vida de las comunidades rurales (aunque por estos
lares el sentido es inverso); estimular la producción de alimentos
subsidiando a los pequeños agricultores (mala palabra en el léxico
nacional cuando se trata de los de abajo); inversión en
investigación agrícola y en áreas abandonadas, etc.
Ninguna de estas
recomendaciones, sin embargo, se ha puesto en marcha, por el
contrario, sólo se apoya a las grandes empresas (Alicorp, Gloria,
San Fernando, Redondos) mediante reformas arancelarias que les han
permitido “ahorrar” 500 millones de dólares sin que sus productos
hayan bajado de precio.
Si el gobierno
no quiere sumarse a la larga lista de países en los cuales se han
desarrollado levantamientos populares por la crisis alimentaria está
obligado a replantear su política económica y, especialmente, su
política agraria. Si no lo hace, los campesinos y las organizaciones
que formamos parte del Bloque del Cambio tenemos la palabra.
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