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EL ZAR HUACHAFO
Por Rolando Breña Pantoja

En los últimos tiempos la huachafería, siempre presente en nuestros predios políticos, ha tomado por asalto el quehacer de las más encumbradas autoridades, que se han convertido en fértiles engendradores de singulares conductas y fabricantes de cargos públicos evocadores de rancias estirpes absolutistas de antiguas monarquías.

El gobierno, para facilitar el manejo de la reconstrucción de las zonas devastadas por el terremoto último, ha nombrado un ZAR de la reconstrucción. Nos recuerda al tristemente, olvidado por inutilidad, ZAR anticorrupción creado hace algunos años y que, ciertamente, no fue zar, ni duque, ni conde, ni barón, ni simple vizconde.

¿Por qué Zar? ¿Porque tendrá poderes absolutos como el Padre de todas las Rusias y soberano de Bulgaria? ¿Porque, como nos lo insinúa César Hildebrandt, hay un Dios sentado en Palacio de Gobierno y digita a sus representantes transmitiéndoles ascendencia divina y quizá también, la infalibilidad papal que viene de lo más alto? ¿Porque el bendito nombrecito tienta a ciertas gentes haciendo asomar escondidas o disimuladas tendencias o esperanzas autoritarias?
¿Por qué lo escogieron? Pudieron llamarlo también Káiser, emperador o sencillamente Rey. O quizá Virrey. En todo caso, para darle aires nacionalistas pudieran denominarlo Inca de la Reconstrucción, o, para no darle tan elevada dimensión, simplemente, Curaca de la Reconstrucción.

Somos, pues, endiabladamente huachafos.

Ángela Ramos, en artículos de “Panoramas” de 1934, citada por Martha Hildebrandt en su “Peruanismo”, hace una curiosa e inteligente clasificación de los huachafos, tanto masculinos como femeninos.

Dice Hildebrandt: “Clasificó al tipo masculino en huachafo, huachafoso y huachafón: el huachafo es intranscendente; el huachafoso, incongruente; el huachafón, estridente. El tipo femenino... la huachafa, la huachafosa y la huachafita: la huachafa es insustancial, la huachafosa bestial; y la huachafita, natural... la huachafa es una desgracia, la huachafosa, una calamidad; la huachafita, un encanto”.

Volviendo al Zar constructor, fácilmente podemos encontrar correspondencia en lo escrito por Ángela Ramos. Los términos masculinos serían aplicables a tal nombramiento y a tal denominación corresponderían lo intrascendente, lo incongruente y lo estridente. En términos femeninos calza como anillo al dedo lo insustancial, la desgracia y la calamidad. Se salvan lo natural y el encanto de la huachafita.

Con el tiempo, cuando el ZAR no esté a la altura de los requerimientos, de repente saldremos a gritar ¡abajo el ZAR! ¡Abajo el zarismo! No sería raro (tantas cosas raras tenemos) que algún despistado crea que antiguos bolcheviques habrían vuelto a la vida.

En fin, creemos que lo más correcto y real, a tono con la prédica de la descentralización, sería encargar las tareas de reconstrucción a los gobiernos regionales, los gobiernos locales y a la propia población organizada.

 

 

 
 
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