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EL MAR DE BOLIVIA
Por Rolando Breña Pantoja

No se trata de “buscar mar para Bolivia”. Se trata de que el mar de Bolivia retorne a su territorio.

No se trata de “conceder” a Bolivia una salida al mar. Se trata de reparar, por lo menos en parte, un desgraciado hecho histórico que privó abusivamente a Bolivia de su territorio costero y la condenó a la mediterraneidad.

Aceptar el término “concesión” implicaría:

1.- Desconocer que Bolivia, desde su fundación como república independiente, tuvo su propia y soberana salida al mar.

2.- Desconocer que, en una guerra expansionista y anexionista, el Estado chileno se apropió injusta, prepotente e inmoralmente de extensos territorios bolivianos y peruanos.

3.- Dar a un acontecimiento infausto y condenable y a un Estado agresor la facultad de decisión absoluta sobre dónde, cómo, en qué extensión y en qué condiciones haría el “favor de conceder” una salida al mar para el pueblo boliviano.

Bolivia no pide un favor o una graciosa y generosa concesión al demandar acceso al mar; hace uso de un derecho histórico. No es por tanto un favor que solicita, sino un derecho que reclama y le corresponde.

La diplomacia chilena, parte constitutiva e instrumento de las concepciones geopolíticas hegemonistas chilenas, aderezadas con principios hitlerianos del “espacio vital”, siempre se ha dado maña para engañar, confundir, desinformar, interpretar a su antojo principios e instrumentos que rigen las relaciones internacionales, principalmente entre los países limítrofes.
¿Quién puede negar que la llamada “Guerra del Pacífico” fue buscada e impuesta adrede por el Estado chileno para depredar y/o apoderarse de recursos naturales de Bolivia y Perú? ¿Que los tratados con los cuales Chile se apoderó de territorios se dieron al amparo de la invasión y la fuerza?
¿Qué principio y qué moral puede Chile invocar para proclamar que no puede “ceder su sagrado territorio” a las reclamaciones bolivianas? ¡Esos territorios jamás fueron suyos! ¡Fueron arrebatados al peor estilo pirata!

No es que queramos vivir con los traumas de tal guerra y tal conducta. Pero la historia es para aprender. Es para comprender. Para no repetir errores, traiciones, prepotencias, agresiones. Y debe ser también para reparar, reivindicar, superar, para hacer justicia. El simple olvido es un acto de traición a sí mismo, a lo que se representa, a la historia.

Pensar y escribir así no es alentar o participar de posiciones antichilenas o patrioteras. Es solamente denunciar concepciones hegemonistas y anexionistas encarnadas en la política exterior chilena, que perturban aspiraciones integracionistas latinoamericanas. Es poner de manifiesto las provocadoras y permanentemente hostiles formas del Estado chileno en sus relaciones, principalmente con los países del Pacífico Sur.

 

 
 
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