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EL COLOR DEL DINERO
Por Rolando Breña Pantoja

Es curioso cómo cambian los puntos de vista cuando entran en juego negocios y ganancias. Cómo se olvidan prédicas ideológicas para proteger mezquinos intereses económicos. Cómo se acomodan argumentos y discursos, aunque se nieguen a sí mismos mil veces, para utilizarlos, faltos de ética, como armas bastardas en la lucha política.

Uno de los argumentos favoritos de la derecha contra la izquierda fue siempre su presunta oposición a la inversión externa. El ataque era frontal. La izquierda era xenófoba, irracional, antihistórica, enemiga del desarrollo y la modernidad. Que ningún país podía aislarse del mundo, principalmente de los grandes centros de desarrollo capitalista ni del mercado mundial. Que los izquierdistas aún creían en autarquías. Que nadie podía prescindir de ella viniera de donde viniera. Que siempre debía ser bienvenida, ofrecerle todas las facilidades posibles para traerla. En fin, que la inversión externa era la panacea, la solución casi mágica; el camino del desarrollo, del bienestar, la felicidad.

Es el primer capítulo. Viene el segundo, en el cual los libérrimos defensores de la inversión externa, la derecha neoliberal y sus partidos, han “descubierto” que no toda inversión externa es buena. Que tienen olor, sabor, color y hasta ideología; y por lo tanto, puede ser “instrumento de penetración ideológica”.

Este trascendental “descubrimiento” se da cuando se anuncian posibilidades de inversión venezolana. Hasta el Señor Cardenal ha metido su cucharón y pontifica que “Chávez no es un socio recomendable”. No creo que este mensaje seráfico se haya inspirado en ninguno de los Evangelios, el de San Juan o el de San Mateo; menos en el recientemente descifrado Evangelio de Judas; mucho menos en El Evangelio según Jesucristo de Saramago; ni siquiera en los “evangelios” ultraliberales de Friedman. ¿Quién lo inspirará?

Qué lastima que nuestra derecha no hiciera este descomunal descubrimiento en las inversiones que llegan de EEUU o Chile, por ejemplo. ¿Será porque sus colores, sabores y olores colman placenteramente sus ávidos sentidos, y la ideología que los acompaña le permite seguir disfrutando apetecibles privilegios y poderes? Lo cierto es que cambiaron. Pero para peor. Eso sucede cuando se cambia por interés deleznable, cuando se cambia por prejuicios y odios que invalidan todo principio.

Por nuestra parte, no nos oponemos a la inversión externa. Simplemente, planteamos que sea compatible con las necesidades y expectativas de nuestro desarrollo. Que no sea depredadora de nuestros recursos. Que su impacto ambiental no sea destructivo ni contaminante. Que no se degrade ni altere negativamente las formas de vida de las comunidades y pueblos, que no sean privados de sus fuentes de vida y trabajo, que siempre se tome en cuenta su pensamiento.

 

 

 
 
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