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¡VIVA LA UNIÓN FAMILIAR!
Por Rolando Breña Pantoja

Hasta que al fin alguien se acordó de la unión familiar. Habría que agradecerle. Un homenaje público tal vez, o una condecoración, una calle o una plaza con su nombre. El jefe del INEI bien lo merece.

Estableciendo un verdadero toque de queda, casi un estado de sitio, ha “ordenado” que ningún peruano salga de sus hogares todo el santo domingo 21, no importa si ya fue censado o sufra un cólico de padre y señor mío. Dice que “para promover la unión familiar”.

Este domingo, a juntarse toda la tribu: padres, hijos, abuelos, nietos, sobrinos, yernos, nueras, alojados, inquilino de entrecasa, perros, gatos y demás habitantes indeseados e indeseables. Olvidar odios, resentimientos, peleas, discusiones, malos recuerdos. Prodigarse en amor filial y amistad. Abundar en besos y abrazos, palabras de cariño, de aliento. Lanzar sonoras hurras con la frente en alto y mirando al sol (si sale).

Hablar sólo de cosas buenas, espirituales. Olvidar la subida del pan o del pollo, los míseros salarios, la violencia, los patrulleros no comprados, las promesas electorales, los congresistas tránsfugas. ¿Para qué enturbiar innecesariamente, con deleznables asuntos terrenales, el domingo seráfico, de celestial paz, de sacrosanta unidad que nos hace llegar el moderno enviado de la buena nueva?

Hablar con suavidad, ternura y respeto, sin atrevernos a evocar algunos pasajes irritantes de la vida familiar, no sea que algún mal recuerdo pudiera empañar el edénico día censal. Incluso habrá que aguantarnos a lo macho los deseos de gritar, llorar, patear, reprimir la bronca interna que tendremos al responder el cuestionario, pues, sin quererlo, se agolparán nuestras necesidades, miserias y demás calamidades.

Hubiera sido magnífico que el INEI, además de convertir nuestro hogar en prisión–paraíso dominical, colaborara un poquito más. Por ejemplo, que para el desayuno familiar nos enviara chicharroncitos de Lurín o tamalitos, no importa si solamente pancitos con jamonada. Para el almuerzo, un rico frejol con seco, o más modestamente, un cau-cau o un arrocito con pollo. Para la noche, nos sentiríamos satisfechos con aceitunas negras secas y pan francés. Para otra vez será. Por ahora correrá a nuestra pobre cuenta.

¿Y los que trabajan solamente los domingos? ¿Los desempleados que sobreviven con el trabajo de cada día? ¿Qué harán el domingo pascual del Censo? ¿Serán el necesario costo social? ¿O, modernamente, “simples daños colaterales”? Pensando positivamente (gracias, Ricardo Belmont), tal vez el INEI quiera ayudar a la desintoxicación espiritual y física de estos compatriotas con un nutritivo ayuno dominical, obedeciendo consejos de alguna filosofía naturista.

 

 

 
 
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