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DEMOCRACIA
DIRECTA Y
ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA
Alberto
Moreno Rojas
Lima - Perú
Tercera edición 2002 | |
PROLOGO
A
LA TERCERA EDICIÓN
Los
acontecimientos suscitados en Ecuador que llevó a la caída del
gobierno de Mahuad, en menor escala durante la lucha para dar
término a la dictadura fujimorista, y sobre todo en la Argentina de
estos días que, en medio de la crisis económica, social y política
reciente ha producido un relevo de 5 presidentes en apenas 15 días
junto a un pueblo que insurge pero que aún no alcanza a salir del
coto oposicionista porque no encuentra una respuesta de conjunto que
canalice sus fuerzas, coloca a la orden del día un tema de
extraordinaria importancia teórica como práctica: la construcción de
una alternativa democrática y de poder desde el lado del pueblo en
respuesta a la crisis del Estado y la democracia liberales, en la
cual la democracia participativa y directa, es decir la democracia
construida por las masas en lucha, cuyos alcances y posibilidades no
está clarificada suficientemente pero que sin duda tendrá una
enorme repercusión en los años que vienen, ya no como experiencia
nacional y circunstancial, sino internacional y de largo alcance,
ocupa un lugar especial.
La
abrumadora mayoría de los países de América Latina constatan en
carne propia que la crisis es más que económica. Alcanza lo
político, social, cultural y ético, prescindiendo de sus
singularidades y grado de intensidad. Crisis que el neoliberalismo
ha profundizado ahondando sus contradicciones y empobreciendo a sus
pueblos. Sobre la base de lo transitado desde sus orígenes
independentistas hasta el presente, la viabilidad como naciones
prósperas y genuinamente democráticas está en cuestión. De continuar
el camino transitado en lugar de abrir un nuevo curso a sus
sociedades, su ubicación en el siglo XXI será inevitablemente el de
la exclusión y africanización.
Perú no es
ni puede ser
la
excepción. La democracia aquí fue siempre inestable y limitada,
doblegada por el militarismo, por la estrechez de oligarquías sin
otro horizonte que sus intereses mezquinos, por la dependencia
externa que nos ha convertido en una verdadera neocolonia. Pocos
discuten la precariedad de sus instituciones y la fragilidad de sus
constituciones. No tiene mejor destino la economía. El PBI per
cápita del año 2001, según el Ministerio de Economía, se encuentra
en un nivel similar al alcanzado en l967, 13.9 por ciento por
debajo del pico histórico logrado en l981. El Perú ha dejado de
crecer, en promedio, en los últimos 30 años. Más allá de
generalidades y buenas intenciones de los gobernantes de turno lo
cierto es que marchamos como el cangrejo: hacia atrás.
El
folleto que entregamos en su tercera edición adquiere actualidad por
la razón señalada. Desde luego que reclama su desarrollo tomando en
cuenta las nuevas experiencias y los nuevos datos planteados por la
realidad a los marxistas. Ninguna idea, por rica y novedosa que sea,
estará culminada si el mismo proceso no ha agotado sus
posibilidades. Ahora se puede constatar que este es un tema de
repercusiones internacionales y que, con seguridad, será uno de los
ejes del debate que se plantea desde el lado popular y
revolucionario.
La
democracia liberal está en crisis. Con mayor razón en sociedades
donde se instaló degradada y restringida, como es el caso nuestro.
La democracia electiva o representativa hace mucho que ha dejado de
expresar todas las posibilidades de la democracia. La nueva
democracia debe ir más allá: a la democracia participativa y
directa, cuyas potencialidades germinales las estamos viendo en el
vasto torrente de las luchas de los pueblos del continente como
respuesta al neoliberalismo, al domino externo que se nos imponen y
al saqueo de nuestros recursos naturales y expoliación de nuestros
trabajadores. Pero también a la crisis de los estados vasallos en
que nos han convertido.
Mientras el pueblo argentino lucha en las calles y rutas, la
burguesía recompone por arriba el gobierno en crisis. Tenemos, a lo
sumo, cambios epidérmicos para que nada cambie, para que todo siga
igual. El problema no es otro que el dilema planteado ya en otras
oportunidades: “los de arriba ya no pueden; los de abajo no pueden
todavía”. Y no pueden todavía porque no existe la vanguardia capaz
de canalizar ese enorme potencial que es la efervescencia social, y
porque no se cuenta con las herramientas teóricas y organizativas
que hagan viable una alternativa de cambio de verdad, no sólo desde
el lado económico, sino político, social, cultural y ético que es,
al fin y al cabo, la llave maestra para encarar y resolver la
crisis.
Las
asambleas populares, surgidas es verdad mucha veces en forma
espontánea, llevan en su seno la respuesta potencial al problema.
Son el germen de lo nuevo, la expresión de la nueva democracia en
gestación. Para alanzar su máximo vigor, sin embargo, es
indispensable pasar de lo espontáneo a lo conciente, a su
vertebración como órganos del poder popular en desarrollo capaces
de sobrepasar la lógica de la institucionalidad burguesa en crisis y
descomposición.
En el
Perú el derrumbe del fujimorismo encontró una salida dirigida a
perennizar el sistema y el modelo económico, organizado desde la OEA
con el concurso de la burguesía y los tránsfugas de la izquierda. La
ilusión de democratizar la sociedad peruana sobre la base de la
Constitución fujimorista, sintetizada en la consigna de “transición
democrática”, se sostiene porque para las mayorías no está claro que
otro camino seguir. El éxito que alcanzó la ofensiva neoliberal se
manifestó sobre todo en el lado ideológico y político, sin el cual
no habría encontrado abierto el camino para imponer, casi sin
resistencia, un modelo económico de verdadero saqueo nacional,
excluyente y socialmente polarizador y expoliador.
El
reflujo que se inicia a fines de los ochenta y la derrota de la
izquierda y el movimiento popular en los noventa, facilitado por
todo lo que representó Sendero Luminoso y también por errores
propios, fue aprovechado por la dictadura. Como resultado de ello se
profundizó el reflujo de masas, se fragmentó la capacidad de
resistencia popular pasando a segundo plano las expresiones de
democracia directa que alcanzaron su punto culminante hacia mediados
de los ochenta. Ahora el panorama comienza a cambiar y todo indica
que en el nuevo periodo de crisis y de flujo inicial de masas
adquirirá actualidad y relevancia. No es una casualidad que en
Argentina, es verdad que todavía en forma espontánea y tímida,
aparezcan asambleas populares por barrios. Todo dependerá de la
continuidad de la crisis, la efervescencia social y la mano diestra
que sepa darles contenido y unidad, para que aparezca una nueva
forma de organización democrática, de abajo hacia arriba, y por eso
mismo una alternativa de poder y de organización de un verdadero
estado nacional y democrático.
La
sola acumulación política resultará insuficiente para dar respuesta
a las nuevas condiciones de la lucha de clases. La derecha y el
régimen del Dr. Toledo, comprometidos con la continuidad de un
modelo agotado, afianzarán sus lados más conservadores y represivos.
El ministro Rospigliosi ha iniciado la campaña para penalizar la
toma de carreteras por poblaciones que sienten que sus
reivindicaciones no son atendidas y todo sigue igual. El ministro de
Educación está empeñado en paralelizar el sindicato de maestros y
posesionarse de Derrama Magisterial. Son la punta del iceberg. Del
otro lado, los pueblos y los trabajadores se encuentran en creciente
ebullición cansados de promesas incumplidas. No les queda otro
camino que la resistencia y la lucha.
Esta
tendencia está en desarrollo, independientemente de que parte
fundamental del movimiento de masas que despierta a la lucha y la
protesta tiene todavía un sentido espontáneo y disperso. La misma
experiencia, sumado a la labor paciente para esclarecer el panorama,
mostrará la necesidad de su centralización nacional y de dotarse de
una propuesta también nacional para enfrentar la crisis. El
movimiento espontáneo, por mucha que sea su amplitud, tiene un
límite de hierro: se queda en el rol contestatario, cuando lo que se
necesita es una salida de conjunto a una situación de agotamiento de
un modelo de economía y de Estado. Además, sus luchas siguen siendo
todavía parciales o locales, a lo sumo regionales como en el caso de
Loreto. Quedarse en su presente estadio significaría una trampa que
hay que evitar. La democracia directa, que seguramente encontrará
nuevas formas y contenidos comparativamente con la experiencia de
los 70s y principios de los 80s del siglo pasado, aparece así como
una respuesta donde convergen propuestas a problemas básicos de la
población junto a alternativas de fondo a las grandes cuestiones
nacionales.
La
idea de trabajar por la ASAMBLEA DE LOS PUEBLOS como el nervio
articulador de la diversidad de movimientos sociales, políticos,
culturales, étnicos, medioambientales, juveniles, femeninos, y como
el eje a partir del cual se levanten banderas para los grandes temas
del país, además de asegurar capacidad de presión, negociación y
solución desde posiciones de fuerza puesto que expresa los intereses
de vastos sectores de la sociedad, incluyendo las burguesías locales
trituradas por el neoliberalismo, el centralismo y los intereses
monopólicos, tiene justificación y razón de ser porque permitirá
mostrarle al país una nueva forma de organización democrática y de
organización estatal.
Históricamente, desde los orígenes de la República, el Estado
peruano se configuró excluyendo a la inmensa mayoría indígena y
campesina. Esta realidad se ha modificado en parte sin ser
eliminada. La democracia liberal nunca intentó cerrar este ciclo. En
el caso peruano terminó apareada con la tradición aristocrática,
autoritaria y centralista. Por eso más de las veces fue formal, es
decir divergente entre el discurso o la legalidad aceptada y la
práctica siempre opuesta. Ninguna Constitución tuvo el vigor de
ordenar sobre bases verdaderamente democráticas y consistentes la
sociedad. Allí está, para confirmarlo, el predominio prolongado de
las dictaduras militares y civiles junto a períodos precarios de
democracias restringidas que terminaron ahogadas por el peso de la
bota militar o la instalación de regímenes civiles autoritarios. El
fujimorismo no es la excepción en nuestra historia. Y nada garantiza
que no se reproduzca en otro momento y con otro rostro.
Es
oportuno que estos temas se conviertan en ejes del debate político.
La derecha tiene su camino; el movimiento popular debe transitar el
suyo propio, que lleve su marca y sabor. No es que neguemos la
democracia representativa o nos abstengamos de participar en ella.
El asunto es más de fondo: es insuficiente y se convierte en una
traba en la tarea de construir una verdadero estado democrático y
una sociedad independiente, soberana, integrada, desarrollada, con
prosperidad para la mayoría de sus pobladores.
Alberto Moreno Rojas
Abril del 2002.
PROLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN.
El
marxismo siempre ha considerado la primacía de la práctica
revolucionaria sobre
la
teoría. De aquí no se deduce, desde luego, que subestime
la importancia de ésta como arma fundamental de la
revolución. Es de sobra conocida la tesis leninista que
afirma, con justa razón, que "sin teoría revolucionaria no
puede haber tampoco movimiento revolucionario". Una y otra
son indispensables. Acerca de esto no debe quedar la menor
duda. Pero la teoría va precedida por la práctica y debe
servir al desarrollo de la misma. Esta conclusión tiene
particular importancia al momento de considerar la aparición,
desarrollo y posibilidades que encierran las organizaciones de
democracia directa surgidas en la década de los setenta, así
como sus repercusiones políticas y organizativas en el
movimiento democrático y antimperialista del pueblo peruano.
Con la
muerte de Mariátegui se corta, abruptamente, un período
abierto al desarrollo teórico y programático marxistas. En
adelante, a lo largo de décadas enteras la teoría
revolucionaria hubo de marchar con pies de plomo. Para ser
más exactos, retrocedió en aspectos importantes donde el
Amauta había sentado piedras angulares para su
desenvolvimiento ulterior. Con ello, a su vez, la práctica
del Partido se empobreció enormemente, atascándose en la
hojarasca economicista y reformista.
Los
resultados están a
la
vista. La teoría de la revolución peruana marcha a remolque
de la rica experiencia práctica del pueblo. En lugar de
dar respuesta a una variedad de cuestiones fundamentales
colocadas a la orden del día, se avivó el espíritu de
secta, asfixiando toda capacidad crítica y autocrítica. La
dialéctica, entendida como teoría marxista del conocimiento
y método científico de trabajo, fue dejada de lado para
facilitarle camino a la rigidez y al estancamiento teórico.
El
dogmatismo, de otro lado, sedimentó tradiciones que
impidieron marchar al compás de la iniciativa histórica de
las masas y de los cambios que se fueron operando en la
sociedad, de la misma manera que la estrechez empírica, desde
su respectivo ángulo de enfoque, perturbaron la forja de un
movimiento revolucionario con clara voluntad de Poder y de
transformación revolucionaria. De este modo, la inmediatez
economisista y espontaneista se sobrepuso a la visión
programática de las tareas, y la organización del Partido
revolucionario del proletariado devino, no pocas veces,
apéndice del movimiento sindical o del parlamentarismo
burgués.
Quienes
levantamos las banderas de la revolución democrática nacional
y su perspectiva socialista, tenemos como tarea inabdicable
recuperar la estricta correspondencia entre teoría y
práctica revolucionaria, única manera de desprendernos de la
camisa de fuerza que significan tanto la herencia dogmática
cuanto las huellas residuales del empirismo. Para ello nada
mejor que ahondar el conocimiento de las leyes que rigen
el particular desenvolvimiento de la sociedad peruana en
su evolución económica, social, cultural y política;
estudiar atentamente la dinámica de la lucha de clases
nacional e internacional, buscando aprehender sus rasgos
nuevos y las tendencias de su desarrollo; discernir los
momentos de la construcción del Partido, la ciencia y el arte de
la conducción revolucionaria, el rol y participación de las
masas como creadoras de la historia, todo ello como síntesis de la
evaluación autocrítica seria y responsable a que estamos
obligados los comunistas. Esta tarea apenas ha comenzado.
Llevarla adelante reclama un vasto esfuerzo de creación y
realización. Está en nosotros evitar toda actitud
complaciente, verdadera enemiga del progreso. También
encarnar el espíritu renovador, la riqueza y posibilidades
inherentes al marxismo-leninismo.
Desde
sus orígenes el marxismo se ha desarrollado a través de la
lucha; jamás en medio de la conciliación con el reformismo o el
oportunismo político. La lucha es su elemento. Tanto más
cuanto que el conocimiento de las leyes de la revolución
peruana sólo puede alcanzarse a través de sucesivas
aproximaciones, de verificación de los postulados asumidos en
contraste permanente con el acontecer concreto, con la práctica
revolucionaria. Pero también en lucha sin tregua con las
viejas y atrasadas concepciones ideológicas y políticas, con las
tradiciones impuestas por siglos de explotación y opresión,
con la inercia de la costumbre y el conservadurismo. No existe
otra manera de enriquecer el acervo teórico revolucionario
ni hacer de éste guía para la acción.
Aspecto
fundamental de este esfuerzo es, justamente, el conjunto de
materiales que discutió el V Congreso, abriendo nuevas
perspectivas para el avance teórico del Partido.
II
Se
sienten vientos de renovación y búsqueda de respuestas a
los diversos problemas planteados por la revolución peruana.
A esa preocupación responde también este folleto que
entregamos a nuestros lectores en su segunda edición.
Las
tesis centrales que le dan sentido no han surgido al
azar. Ni son producto de la especulación política. Están
íntimamente entrelazadas a la experiencia vital de las
masas, a su lucha, al despertar de su conciencia
revolucionaria.
Indiferentemente de los niveles alcanzados en su
estructuración, coordinación y expansión, la democracia directa
explicita la insurgencia democrático-revolucionaria de las
masas. Sin el rol creativo de éstas y sin la presencia
concreta de esta experiencia multiforme, la democracia directa
como consigna política no pasaría de ser especulación o
mero enunciado teórico, reiterativo de otras experiencias,
pero sin sustento en suelo peruano.
No
estamos en presencia de formas tradicionales de organización.
Los sindicatos, comunidades campesinas, asociaciones
barriales, entre otras, mantienen, desde luego, su
importancia y necesidad. Pero resultan insuficientes, incluso
restrictivas para la incursión de las masas como fuerza
protagónica en el proceso de cambios que deben operarse en
la sociedad. Sin negar a aquéllas, los
órganos de democracia directa las superar por su contenido,
posibilidades y potencialidades revolucionarias. La razón
explicativa es simple: expresan una nueva y superior forma
de organización democrático-revolucionaria de las masas,
directamente entroncadas con los propósitos estratégicos de la
revolución.
Que
circunstancias especiales las vinculen más a la lucha por
tales o cuales expectativas reivindicativas, no modifica la
esencia del problema. Este factor, comprensible además si
se considera el particular desenvolvimiento de lucha
seguido por el pueblo peruano, donde el sello economicista
y reivindicacionista es ostensible, no debe llevarnos a
perder de vista aquello que representa su rasgo
fundamental: expresar la gestación de la nueva democracia
revolucionaria.
No
desconocemos que en la tradición política de las clases
dominantes siempre ha estado presente, en momentos de
tensiones sociales y de insurgencia de las masas, la
capacidad de encubrir sus verdaderas intenciones, simulando
las del contendor. Donde no funciona el garrote bien
puede funcionar el atractivo de
la
zanahoria. Donde resulta imposible impedir la justa lucha de
los pueblos negando sus aspiraciones legítimas, es posible
neutralizarlas tomando lo secundario para anular lo esencial,
asumiendo la forma para negar el contenido, cambiando algo
irrelevante para conservar lo sustantivo. De este modo, las
más de las veces lograron absorber los movimientos populares
o los fines que les dieron origen, anulando sus
potencialidades revolucionarias, tornándolos inocuos
Esta es
una experiencia que ningún revolucionario peruano debería
olvidar, si no desea convertirse en pieza de maniobra del
ajedrez reaccionario.
Tampoco
está de más admitir que ello fue posible porque los
sectores revolucionarios de la sociedad facilitaron las
condiciones con su reduccionismo economicista, con la visión
y práctica inmediatista de sus tareas, con su incapacidad
para levantarse como real alternativa de transformación
revolucionaria de la sociedad.
Este
mismo peligro amenaza las perspectivas de las organizaciones
de democracia directa. Estas corren el riesgo de ser
neutralizadas, bien por la estrechez de miras de ciertos
sectores de la izquierda más preocupados en conservar
privilegios burocráticos en ciertas cúpulas sindicales, en
lugar de discernir lo nuevo que brota del movimiento de
masas, sistematizarlo, hacerlo conciencia y acción
revolucionaria; bien, como consecuencia de las maniobras de
los gobiernos de turno, facilitadas precisamente por
comportamientos como los señalados.
La
experiencia del pueblo peruano acumulada a lo largo de
décadas de intensa lucha social reclama su estudio y
sistematización. Contamos con excelentes monografías. Pero
casi siempre se quedan en el episodio o en el relato
más o menos minucioso de los hechos, sin llegar a la
esencia de los fenómenos. Práctica tan rica por su variedad
y posibilidades obliga, perentoriamente, si se aspira a
conducir por cauces revolucionarios el despertar de las
masas a la acción, su generalización teórica. Para ello
nada mejor que internarlo. Ni mejor camino que estimular
el debate. Sobre todo, en un ambiente en el cual la
búsqueda de la unidad, mal entendida en sus métodos, han
llevado a la parálisis de la confrontación de ideas y la
verificación de las mismas en contraste con
la
realidad. Desde luego que este ambiente no es prerrogativa
exclusiva de Izquierda Unidad, pero es aquí donde adquiere
dimensiones sorprendentes, entumeciendo las articulaciones del
organismo revolucionario que nunca debería dejar de ser crítico
y revolucionario por excelencia.
III
En medio
de dificultades, de oposiciones abiertas de parte de quienes
detentan el Poder del Estado y los resortes de la economía, y
de obstáculos que interponen, animados por intereses mezquinos o
por miopía política, no pocos sectores de la misma izquierda
que sienten de alguna manera amenazado su control burocrático sobre
determinadas organizaciones sindicales obreras o campesinas, el
movimiento de democracia directa se expande, afirmándose como
auténtica alternativa popular.
Toda
revolución genuina surge condicionada por necesidades objetivas
sobre las cuales incursiona el factor consciente, la voluntad de
los individuos, retardando o apresurando su desarrollo y
desenlace; pero no puede determinarlas. Ninguna forma de
organización revolucionaria, sobre todo cuando es producto de la
iniciativa histórica de las masas, aparece sino cuando han
madurado las condiciones que la colocan a la orden del día.
La
democracia directa, que se ha enriquecido con la presencia
de nuevas organizaciones tales como los comedores populares,
los comités de vaso de leche, cierto que más restringidos
y transitorios, menos ricos en sus posibilidades
revolucionarias, es la expresión manifiesta de la insurgencia
de las masas como portavoces de la necesidad de democratizar
la sociedad y de encarar, por ellas mismas, sus problemas
vitales.
Nuestra
labor consiste precisamente en impulsar esta trayectoria
iniciada, en potenciarla con todos los medios a nuestro
alcance, en construirla como
la
alternativa popular que cuestiona y supera la democracia
burguesa formal*, de hecho centralista, autoritaria y
burocrática. Es claro que sólo la revolución victoriosa
estará en capacidad de desplegar todas sus cualidades
democráticas y la iniciativa histórica de las masas, cuyos
* Entiendo
por democracia burguesa formal la precariedad con que ella se ha
construido en la sociedad peruana, pero además y sobre todo el
divorcio permanente entre su aceptación jurídica, constitucional, y
el ejercicio del poder que lo violenta permanentemente. Los golpes
de estado, por ejemplo, casi siempre fueron promovidos o estimulados
por clases dominantes que, sin embargo, se irrogan la representación
de
la democracia. Desde
los orígenes de la república la exclusión social, política,
económica, cultural y étnica de las mayorías fue y sigue siendo una
cruel realidad. Hoy el elector vota pero no decide, ni controla ni
revoca. En el Perú la democracia liberal fue siempre más un discurso
demagógico que una realidad. A diferencia de Europa aquí la
democracia funcionó más como opereta, de muy mala copia, que como
la organización de un estado burgués moderno. Abril del 2002.
embriones aparecen con
nitidez en las formas de democracia directas. Esta es apenas
el anticipo de la capacidad de realización y de construcción
del pueblo peruano que el socialismo hará florecer y
fructificar.
Alberto
Moreno Rojas
Lima,
diciembre 1985.
DEMOCRACIA DIRECTA Y ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA
I. SIGNIFICADO E IMPORTANCIA ESTRATÉGICA DE LOS ÓRGANOS DE LA
DEMOCRACIA DIRECTA.
En el Informe Político del Comité Central al
V Congreso del Partido se arriba a una conclusión fundamental:
el surgimiento, desarrollo y afirmación crecientes de las
Asambleas Populares, de la Autodefensa de Masas y de los
Frentes de Defensa, como expresiones vitales de una democracia
directa que se constituye a partir de la iniciativa histórica de
las propias masas en un período ascensional de sus luchas,
sintetiza el hallazgo esencial, a la vez teórico y práctico, de
la revolución peruana en lo que de las últimas décadas.
Esta
afirmación no es arbitraria. Se funda en hechos verificables,
en una evaluación circunstanciada de las posibilidades
revolucionarias y estratégicas que encierran, más que en
consideraciones tácticas o coyunturales. Es que tales formas
de democracia directa (cada una de sus peculiaridades
específicas, que las distinguen nítidamente unas de otras, y en
su conjunto, como un todo que se complementa) aparecen no sólo
como formas de organización democrática de masas o como
medios de lucha revolucionaria, sino también -y esto es,
particularmente visible en las Asambleas Populares como
gestación o prefiguración de un nuevo ordenamiento estatal
democrático-popular cualitativamente superior a la democracia
burguesa formal, del nuevo poder democrático-popular que habrá
de emerger como coronación de la revolución victoriosa.
Quien no
entiende la vinculación de los órganos de la democracia directa
con la cuestión del Estado, o más específicamente, con el
Estado democrático-popular, no entiende nada de su contenido ni
de sus posibilidades revolucionarias.
Uno de
los rasgos característicos del pueblo peruano, a lo largo de
su historia, reside en su capacidad de lucha. La gesta de
Manco Inca, en Vilcabamba, fue continuada por innumerables
insurrecciones o rebeliones a lo largo de la dominación
colonial. Túpac Amarú representa, en esta tradición, su
fase cimera y, al mismo tiempo, el agotamiento de la
posibilidad de plasmación de la nación peruana sobre bases
indígenas.
Asentada
sobre cimientos frágiles y postizos, fruto de una revolución
independentista inconclusa, la República no instituye un
Estado burgués y una democracia burguesa, sino más bien
afianza, sobre una institucionalidad formalmente burguesa,
precaria, permanentemente doblegada por el caudillismo militar,
un régimen feudal basado en el latifundio y el gamonalismo.
Ello se explica por la ausencia de una clase social
revolucionaria en aptitud de llevar la revolución
independentista hasta sus últimos límites, desbrozando
camino al capitalismo para establecer un Estado burgués.
La
inexistencia de una clase burguesa capaz de acabar con el
feudalismo, poner vallas a la dominación imperialista,
engendrar por tanto una república burguesa y un estado
burgués, consiguientemente, una economía capitalista que
integre el país bajo su hegemonía, creando un mercado
interior que marchará aparejado con la descentralización
económica y política; marcó desde el mismo momento de la
independencia lo que habría de ser el rasgo sustantivo en
este país: la semifeudalidad y la semicolonialidad, la
desintegración económica y el centralismo, la
institucionalidad formal burguesa y el autoritarismo como
forma real de gobierno. La democracia, la independencia
nacional, el desarrollo armónico de la economía, el
progreso, la identidad nacional y cultural, continúan siendo
tareas por hacerse; tareas profundamente revolucionarias
que sólo el proletariado a la cabeza del pueblo peruano
está en condiciones de realizar en camino al socialismo.
A lo
largo de la época republicana el pueblo peruano ha desplegado,
no obstante esta situación, luchas importantes. Si éstas,
finalmente, se cortaron en sus posibilidades revolucionarias
frustrándose, ello está en directa relación con la inexistencia
de una clase revolucionaria capaz de darle contenido y
proyección a las mismas, de cuajarlas como parte del proceso
libertador y democrático. La inexistencia de una burguesía en
condiciones de acometer tales tareas, y, más bien, dispuesta a
capitular, conciliar y entrelazarse con el feudalismo y con el
capital imperialista, desde el momento en que sus sectores
hegemónicos emergieron al amparo de éste, es una de sus
causas. La otra, en el presente siglo, las debilidades del
proletariado para asumir la hegemonía en la lucha por la
democracia y la independencia y por la realización continua de
su propio proyecto histórico: el socialismo. Debilidades que
tienen su origen en las profundas desviaciones
ultraizquierdistas, primero; y revisionistas después, que
padeció el Partido luego de la muerte de su fundador José
Carlos Mariátegui.
Existieron
circunstancias excepcionales que pudieron facilitar procesos de
cambios profundos y, sin embargo, terminaron reabsorbidos por
el sistema. En mi opinión, uno de los más significativos,
en el siglo pasado, luego de la independencia, se da con
el colapso originado por la Guerra del Pacífico. Colapso no
sólo económico, también político y social. La resistencia,
cuya expresión cimera está representada por la Campaña de la
Breña -verdadera guerra popular de resistencia nacional-
debió significar un movimiento nacional para derrotar al
agresor, reconquistar la soberanía perdida, recuperar los
territorios ocupados y expulsar al invasor, fuera de las
fronteras del país. Pero las clases dominantes capitularon
vergonzosamente. Únicamente Cáceres, a la cabeza de los pueblos
insurgentes del Centro, salvó la dignidad nacional. Pero un
Cáceres victorioso y, un pueblo detrás suyo vencedor en la
resistencia, pese a la carencia de programa y de una estrategia
para la reconstrucción del país, significaban una amenaza
seria para la permanencia del estado de cosas existente.
Habría trastocado de hecho el cuadro social y político,
introduciendo en el escenario a las masas armadas, insurrectas
y victoriosas. La derrota de Cáceres frustró esta
posibilidad. La única realmente progresiva, capaz de
maduración, radicalización y renovación, de contar con una
clase dirigente a la altura de las circunstancias.
La
crisis de fines de la segunda década y principios de la
tercera, en este siglo, abrió paso nuevamente a un
proceso de situación revolucionaria y de polarización. Sin
embargo, pese a la profundidad de la conmoción social
engendrada, tampoco culminó con una victoria popular, en
ausencia de una conducción revolucionaria capaz, lúcida,
como fruto de las inconsecuencias y las vacilaciones de la
democracia pequeñoburguesa representada por el APRA. La
derrota de la insurrección de
Trujillo,
la expresión más radical de este período preñado de grandes
convulsiones y reacomodos de fuerzas, es también el canto del
cisne de una posibilidad revolucionaria que se frustra, una
demostración más de cómo las clases dominantes y el
imperialismo derrotan o neutralizan y luego reabsorben un
proceso de intensa lucha de clases; cómo logran recomponer
la situación sin modificarla sustancialmente, siempre bajo
la hegemonía oligárquica, siguiendo el viejo lema: "cambiar
algo para que nada cambie".
El vasto
movimiento campesino de finales de la década de los cincuenta y
de principios de los sesenta, de profundo contenido
antifeudal y democrático, si bien aceleró el
resquebrajamiento del régimen económico feudal supérstite
golpeando fuertemente al gamonalismo y la propiedad
terrateniente, no culmina como proceso revolucionario, y más
bien, una vez más, se agota, desnaturalizada a través de
un proceso de reformas parciales, centralmente redistributivas,
en ausencia de una conducción capaz de potenciar la
radicalidad del campesinado e impulsar un vigoroso movimiento
revolucionario campesino sólidamente unido a la acción
revolucionaria del proletariado y otros sectores urbanos
populares.
A lo
largo de todo este proceso histórico en que el capitalismo
se va afianzando a través de una vía evolutiva, sin por
ello resolver las contradicciones fundamentales de la
sociedad (sobre todo aquella trabada entre las fuerzas
productivas y las relaciones de producción semifeudales y
semicoloniales, de hecho caducas, y su correspondiente reflejo
superestructural), la revolución continúa siendo una
exigencia histórica, un requisito social irresuelto. La
crisis estructural, en esencia, es la revelación contundente
de esta necesidad.
Toda
recomposición dentro del mismo sistema, aún en el sentido
de la realización de tales o cuales reformas, sólo puede
postergar el estallido de estas contradicciones, acumulando
la leña seca. A fin de cuentas la solución se abrirá paso
necesaria y obligatoriamente por otros medios si continúan
cerradas las puertas que conducen al progreso, la
independencia, la democracia y el desarrollo económico
multilateral.
La
crisis de coyuntura puede ser de alguna manera superada.
Pero podrá serlo únicamente en forma parcial, transitoria,
efímera, pues en lo hondo, en la base, continúa su marcha
el viejo topo de la lucha de clases como reflejo de una de
una crisis estructural irreversible, que conduce inevitablemente
a la revolución social del proletariado.
Ahora
bien. El surgimiento de los órganos de la democracia directa,
como expresiones genuinas, nuevas y profundamente
revolucionarias, surgidas por iniciativa de las masas
trabajadoras, está en correspondencia con el desarrollo de
estas contradicciones objetivas, con la profundización constante
de las contradicciones sociales y con la insurgencia del pueblo
peruano que se resiste a mantenerse en la pasividad o en sus
formas tradicionales de acción que ya resultan insuficientes
para encarar, con posibilidades de éxito, la solución de
los grandes problemas que lo afectan en lo económico,
social, político, cultural e inclusive moral.
Sintetizan también la irrupción de las masas que buscan su
propio camino, que se niegan a permanecer dentro de los
cauces de una democracia formal cuyo rasgo sustantivo ha
sido siempre el autoritarismo; su presencia como expresión
genuina de un proceso de democratización profunda de la
sociedad peruana, que sólo puede emerger de sus luchas,
creatividad y capacidad de realización.
La
democracia directa no nace recién hoy. Sus elemento
embrionarios podemos encontrarlos ya en las grandes
batallas libradas por el pueblo peruano, inclusive en el
siglo pasado. Es que la democracia directa nace, fructífera
y se desarrolla precisamente en momentos de grandes tensiones
sociales, en medio de la crisis de la sociedad, allí donde
las masas irrumpen, a su modo, chocando, cuestionando,
superando de hecho el ordenamiento legal existente, las
tradiciones establecidas, las normas impuestas por las clases
dominantes y el imperialismo.
Por
desgracia no han sido estudiadas suficientemente la guerra de
la independencia o la Campaña de la Breña, auténticas guerras
populares de resistencia nacional, en todas sus
posibilidades revolucionarias, en sus aciertos pero también
en sus limitaciones o errores. Tampoco se han extraído las
conclusiones estratégicas y teóricas de las luchas del
proletariado peruano de principios de siglo, que permitieron
la conquista en ese entonces de las 8 horas de trabajo.
Ocurre otro tanto con la gran crisis de principio de los
treinta, en la cual la insurrección de
Trujillo
aparece con matices propios, como un Poder Popular
instaurado, aunque débil, difuso, fugaz, y casi espontáneo.
El movimiento campesino de los sesenta espera su
generalización teórica y aguarda que se extraigan de él las
lecciones en todo lo reivindicaciones planteadas, al rol y
la orientación de las clases sociales en ese período, al
acervo de nuevas formas de lucha y de organización surgidos.
En todos estos grandes movimientos es posible advertir los
antecedentes de la democracia directa, en tanto participación
y acción creadora de las masas. Antecedentes que, sin
embargo: o han sido subestimados, o bien, atosigados por la
estrechez inmediatista o la ceguera dogmática, perdidos de
vista por considerarlos subsidiarios o irrelevantes.
La década
de los setenta permite en medio de la lucha contra las
ilusiones reformistas y en el proceso de la defensa del camino
independiente de las masas, descubrir aquello que nace y que
porta, en su seno, pese a sus factores embrionarios,
dispersos y muchas veces espontáneos, lo sustantivo de la
experiencia revolucionaria: la democracia directa y sus
organismos representativos: los Frentes de Defensa, la
Autodefensa de masas, las Asambleas Populares.
Con esta
adquisición, la revolución peruana da un salto gigantesco y
encuentra, por decir así, la vía por donde transitaremos en
la construcción de un proceso revolucionario original, de
masas, profundamente democrático, cuyas consecuencias y
resultantes poseen una proyección estratégica que está más
allá de lo meramente coyuntural o transitorio. La
estrategia revolucionaria, a partir de esta experiencia, se
enriquece de tal manera y en tal grado que podemos señalar
que, con el surgimiento de la democracia directa, estamos
en condiciones de proyectarnos como auténtica alternativa de
Poder y de transformación democrática revolucionaria de la
sociedad, integrando a esta batalla a amplísimos sectores
del pueblo como sus protagonistas fundamentales.
"Quién
no entiende la vinculación de la democracia directa con la
cuestión del Estado... no entiende nada de su contenido,
ni de sus posibilidades revolucionarias".
Hasta
aquí, por razones que no es del caso abordar en detalle,
los marxistas en el Perú asumieron por lo general un rol
de oposición y de cuestionamiento del sistema
económico-social. De allí su gran limitación para canalizar
el potencial engendrado por el movimiento espontáneo y
ascensional de masas, para superar el ordenamiento existente
y ofrecer una alternativa estatal y de gobierno
cualitativamente distinta, para preparar el gran ejército
revolucionario que es el pueblo movilizado en la batalla por
la realización de la democracia y la independencia nacional,
por el socialismo como continuación inevitable de aquellas.
Una
izquierda revolucionaria que se muestre incapaz de sobrepasar
los límites que caracterizan al actual sistema económico y
social y su ordenamiento estatal, devendrá inevitablemente
una opción reformista, meramente oposicionista. Esto es lo
que ha ocurrido en la generalidad de los casos hasta el
presente. Se trata entonces de cuestionar el sistema en
todos sus elementos y, simultáneamente proponer y realizar
una opción alternativa transformadora que, sintetizada en un
programa revolucionario, tenga su correspondiente expresión en
formas organizativas y de acción que expresen o plasmen la
sustitución revolucionaria de lo viejo por lo nuevo.
Aquí es
donde se realiza la interrelación dialéctica entre la
vanguardia y las masas, entre el movimiento consciente y la
espontaneidad creadora del pueblo en lucha. Tal proceso no
podría realizarse dentro de los parámetros de la
institucionalidad existente, en crisis y agotada, de hecho
conservadora, sin forzar y romperla bajo el peso de la
dinámica ascensional de la lucha revolucionaria de las masas.
La
democracia directa, sus formas organizadas, su depuración y
afirmación como opciones democrático-revolucionarias, por lo
general adquieren mayor pureza y fuerza en el curso de la
lucha ascendente, casi nunca en la pasividad o en medio del
reflujo o la derrota de las masas a través de la
confrontación de clases, nunca en medio de la conciliación;
como respuesta revolucionaria a la crisis orgánica de la
sociedad semicolonial, de capitalismo atrasado y como
cuestionamiento al autoritarismo, nunca como mecanismo
engendrado por éstas o atendibles en los marcos del sistema
actual. De allí su carácter profundamente subversivo, en
el sentido más profundo del término, su rol cuestionador
y, al mismo tiempo, alternativo democrático-revolucionario.
Desde
luego que este proceso surgido en medio del despertar
espontáneo de las masas, de sus luchas, es insuficiente por
sí mismo para evidenciar todas sus potencialidades y
posibilidades. Pese a la enorme riqueza que ofrece el
movimiento espontáneo por lo general no está en condiciones
de escapar de los linderos del sistema económico y
político, excepto en períodos de ascenso revolucionario. La
experiencia histórica es sumamente ilustrativa al respecto.
Así se explica por qué, bajo determinadas condiciones,
termine casi siempre reabsorbido en sus elementos básicos
por el mismo sistema, en todo caso, neutralizado o
desnaturalizado, que al fin de cuentas es igual. Esto ya
ocurrió en el pasado, y puede ocurrir en
la
actualidad. Se trata precisamente de que las cosas tengan
un rumbo positivo y de que la revolución encuentre en la
democracia directa un punto de apoyo fundamental.
De aquí
la importancia de resumir críticamente la experiencia acumulada
para establecer con precisión los rasgos sustantivos, de
orden estratégico, implícitos en los órganos de la democracia
directa, de modo que estemos en condiciones de avanzar en
su generalización teórica, en su construcción como
componentes fundamentales de la organización democrática
revolucionaria de la sociedad; que se torne bandera de lucha
popular y opción alternativa a la democracia formal, a
todo ordenamiento autoritario de la sociedad, haciéndose
conciencia y acción en las masas, sus únicas depositarias.
Es que en
la lucha por el Poder democrático popular, los órganos de
la democracia directa tienen un rol decisivo que jugar.
Desprovistos de este contenido, no depurados de los
aditamentos espontáneos, gremialistas o coyunturalistas que
todavía conservan, reducidos al rol de medios para la lucha
reivindicativa local o regional, los órganos de la
democracia directa pierden su potencialidad y se agotan como
factor revolucionario.
El
balance que podemos hacer desde su surgimiento en la década
pasada, de los niveles programáticos u organizativos
alcanzados, permite concluir que, lamentablemente, más de las
veces continúan siendo expresiones del movimiento espontáneo
básicamente reivindicacionistas, y por eso mismo intermitentes,
dispersos, faltos de continuidad y de la energía que les
corresponde. En suma, todavía fuertemente cargados de ataduras
inmediatistas y no precisamente factores vertebradores del acción
revolucionario de las masas en la lucha por el Poder popular
y por la realización de las tareas democráticas y nacionales.
Aquí radica la esencia del reto que asumimos los
comunistas. Reto que estamos convencidos cumpliremos con
éxito.
Para el
Partido el problema crucial a resolver se centra en lo
siguiente:
Originar
un salto cualitativo en la estructuración, plasmación,
construcción y extensión a escala nacional de los órganos de
la democracia directa, de tal manera que emerjan
centralmente como la expresión más profunda de la
organización democrático-revolucionaria de las masas, bajo la
dirección del proletariado peruano. No es casual entonces que
consideremos esta tarea como fundamental a lo largo de este
período, consagrando a ella lo mejor de nuestras fuerzas,
preocupaciones e iniciativas.
Lo
expresado hasta aquí no significa que descuidemos otros terrenos
de lucha. Nada de eso. Significa solamente que el centro de
gravedad del trabajo partidario deberá concentrarse en la
realización de esta tarea. Pues de sus resultados dependerá
en grado considerable, si estaremos en capacidad de asumir o
no, en todas sus consecuencias, la situación revolucionaria
que se prevé, consiguientemente el viraje de las masas a la
revolución y la inevitable polarización y confrontación entre
revolución y contrarrevolución.
II. LA TEORÍA COMO GENERALIZACIÓN DE LA PRÁCTICA.
La circunstancia de que a la democracia directa
de masas y consecuentemente a sus formas de organización de
organización, se les preste recién la importancia que le
corresponde, tiene que ver, entre otros, por lo menos con
los siguientes factores: en primer lugar, a la manera
estereotipada y dogmática de entender la revolución peruana,
que ha impedido discernir adecuadamente los elementos nuevos
que surgen de las entrañas mismas de la lucha de clases en
el país. En segundo lugar, como producto de remanentes
revisionistas, cuyo rasgo básico consiste en subestimar el
potencial revolucionario del movimiento de masas, se ha
tendido a exagerar las formas de luchas y de organización
emanados de la democracia burguesa formal y de sus
instituciones. En tercer lugar, resultante de la chatura
economicista e inmediatista que impide ir más allá de lo
cotidiano, que embota la conciencia y obstruye la
organización revolucionaria del proletariado. Finalmente, una
percepción formalista de las exigencias revolucionarias, según
la cual el problema se reduce a los medios para conquistar
el Poder, perdiendo de vista la participación de las masas
en este proceso y, lo que es más importante,
despreocupándose por completo de la cuestión de cómo
construir la nueva sociedad y el nuevo Estado democrático
popular; cómo, desde ya, entender la construcción del Partido
y la organización revolucionaria de las masas como
prefiguración de la nueva sociedad en que estamos empeñados.
"En la
lucha revolucionaria por el poder popular y el socialismo,
no es suficiente el planteo de las formas de lucha
adecuadas a tal fin; es igualmente indispensable establecer
el cómo se construirá la nueva sociedad que emerja de la
revolución victoriosa".
De aquí
la imposibilidad de entender la teoría como generalización
de la práctica; y ésta como hecho que se enriquece,
potencia y desarrolla si es alumbrada por una teoría
revolucionaria.
Luego de
la muerte de Mariátegui es muy poco lo que se ha avanzado
en el terreno de la teorización de la revolución peruana.
En parte debido a la distorsionada manera de entender el
marxismo, sea en su versión dogmática e “izquierdista”. Y,
en parte, consecuencia de lo anterior, por la incapacidad
para conocer en profundidad la realidad económica y social
del país, penetrar en su historia, descubrir los elementos
nuevos que surgen en el seno del vasto movimiento popular
a la espera de su generalización teórica.
Esto,
explica también el enorme retraso teórico que cargamos
respecto de la experiencia práctica de las masas y las del
mismo Partido a lo largo de su prolongada existencia. Como
resultado de esta constatación advertimos una grave
tendencia espontaneísta que ha posibilitado en determinados
períodos de su historia, sumergir a la vanguardia en la
estrechez de las reivindicaciones parciales o el movimiento
económico de los trabajadores.
En las
condiciones señaladas, era virtualmente imposible el
desarrollo vigoroso de la teoría revolucionaria en el Perú.
Imposible, igualmente, sacar lecciones de la historia,
generalizar teóricamente la experiencia práctica, advertir el
surgimiento de lo nuevo separando la paja del grano.
Finalmente, enriquecer el acervo revolucionario acumulado
transformando todo aquello que tiene de espontáneo, disperso
aparentemente casual, en factor consciente, organizando,
fundamentando científicamente, organizado, fundamentado
científicamente.
En estas
circunstancias, la exigencia cotidiana, el quehacer diario,
los objetivos parciales, terminan por reducir la actividad
política revolucionaria a mera inmediatez, a la adaptación
al estado de cosas existente, perdiendo de vista su
producto sentido transformador y creador.
Con el
surgimiento de las Asambleas Populares, la cuestión del
Poder del Estado democrático popular adquiere connotación
práctica, señalando la factibilidad de su construcción por
las propias masas, bajo la dirección de los comunistas.
Ocurre otro tanto con la Autodefensa de Masas, que permite
descubrir una vía original en el esfuerzo por la
organización de la resistencia popular según el principio
de: el pueblo en armas. Ni qué decir de las
potencialidades de Frente Único que encierran los Frentes
de Defensa.
El
sustento teórico que da consistencia a la cuestión
planteada reside en lo siguiente: en la lucha
revolucionaria por el poder popular y el socialismo, no es
suficiente el planteo de las formas de luchas adecuadas a
tal fin; es igualmente indispensable establecer el cómo se
construirá la nueva sociedad que emerja de la revolución
victoriosa, la nueva organización estatal. Este "¿cómo
construir?" involucra, a su vez, la cuestión de conocer y
desarrollar sus elementos básicos cuya gestación comienza
con anterioridad a la propia conquista del Poder a escala
nacional, prefigurándose, en primer lugar, en la
organización y acción revolucionaria de las masas;
finalmente, pese a su carácter todavía embrionario,
imperfecto, muchas veces disperso e intermitente, en los
órganos de democracia directa surgidos, particularmente en
las Asambleas Populares, que ya no pueden ser contenidos
dentro de los parámetros de la democracia burguesa formal
dado que representan su negación al mismo tiempo que su
superación cualitativa. Y que, por eso mismo expresan la
cristalización de la necesidad de la revolución como
requisito insoslayable para resolver las contradicciones
económicas, sociales y políticas.
En otras
palabras, las formas de democracia directa, si se toma lo
sustantivo que los caracteriza, ya no pueden ser contenidas
en la vieja institucionalidad; su sola presencia es la
demostración de que las masas se abren paso a nuevas
formas de institucionalidad democrático-revolucionaria, cuyo
porvenir sólo puede ser la conformación de un nuevo
ordenamiento estatal, la instauración del Estado democrático
popular.
A
partir de este punto de vista teórico, que la existencia
práctica ha colocado sobre la mesa, es que estaremos en
condiciones de calar la profunda significación de los órganos
de la democracia directa como necesidad práctica actual,
como uno de los factores centrales de la acumulación
revolucionaria de fuerzas y como medio de preparación para
las grandes batallas próximas.
III. TOMAR EN CUENTA LA EXPERIENCIA INTERNACIONAL DEL
PROLETARIADO Y EL PAPEL DE LAS MASAS.
Tiene indudable importancia, para los fines
aquí tratados, remitirnos sucintamente a determinadas
experiencias de significación internacional y a la actitud
de los grandes maestros de la clase obrera al valorar la
"iniciativa histórica" de las masas, o al recoger los
elementos nuevos que aportan al acervo de la teoría y de la
práctica revolucionarias del proletariado.
Es
sabido que Carlos Marx apreció altamente el significado
histórico de la comuna de París. Vio en ella, en efecto,
pese a cualquier error de los insurrectos, la proeza más
gloriosa de los trabajadores franceses: "un gobierno de la
clase obrera, fruto de la lucha de la clase obrera, fruto
de la lucha de la clase productora contra la clase
apropiadora, la forma política al fin descubierta para
llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica
del trabajo" (1). En suma, el primer ejemplo concreto e
inobjetable de la dictadura del proletariado.
"¡Qué
flexibilidad, qué iniciativa histórica y qué capacidad de
sacrificio tienen estos parisienses!" "!La historia no
conocía hasta ahora semejante ejemplo de heroísmo!" escribió
exultante a Kugelmann en abril de 1871.
Tal la
apreciación de un movimiento revolucionario que surgió
espontáneamente, sin que nadie la prepara de antemano ni
la organizara consciente ni sistemáticamente; que instauró
por primera vez el Poder de la clase obrera en medio de
la crisis provocada por la guerra, el cerco de las tropas
alemanas sobre París, la indignación de los sectores populares
frente a la gobernante que había demostrado su incapacidad
absoluta y su descomposición, y la efervescencia
revolucionaria de los trabajadores.
La
revolución del
18 de
marzo de 1871, emerge como la síntesis de un período de
crisis muy profundo que puso inesperadamente, por decir así,
el poder en manos de la Guardia Nacional y, a través de
ésta, en manos de la clase obrera y la pequeña burguesía.
Pero Marx
no se contenta con reconocer las proezas del proletariado
parisiense que se "atrevió a tomar el cielo por asalto".
Va hasta el fondo del problema, lo estudia en todos sus
aspectos, se propone aprender de la gesta heroica de las
masas y extraer de esa experiencia conclusiones teóricas
científicamente fundadas que, además de confirmar sus tesis
sobre la cuestión del Estado y la revolución proletaria,
las enriquezcan y completen.
¡Sí.
Carlos Marx sabía confrontar con la práctica sus conclusiones
teóricas, sabía aprender de las masas con modestia y extraer
de sus luchas consecuencias certeras!.
A partir
de la Comuna de París, y como adquisición de ésta, quedaba
plenamente confirmada la teoría de la dictadura del
proletariado en la revolución social, dado que la conquista
del Poder no podía limitarse al paso de una mano a otra
del aparato burocrático militar, sino que éste debía ser
"demolido" como condición previa de toda revolución popular".
Nada más
ilustrativo para considerar en toda su dimensión lo que
esto significa, que recoger las palabras de Lenin:
"En
setiembre de 1870, Marx calificaba la insurrección de
locura. Pero, cuando las masas se sublevan, Marx quiere
marchar con ellas, aprender al lado de las masas, en el
curso mismo de la lucha, y no dedicarse a darle consejos
burocráticos. Marx comprende que los intentos de prever de
antemano, con toda precisión, las probabilidades de éxito,
no serían más que charlatanería o vacua pedantería. Marx
pone, por encima de todo, el que la clase obrera crea la
historia mundial heroicamente, abnegadamente y con
iniciativa. Marx consideraba a la historia desde el punto de
vista de sus creadores, sin tener la posibilidad de prever de
antemano, de modo infalible, las posibilidades de éxito, y no
desde el punto de vista filisteo intelectual que viene con la
moraleja de que 'era fácil prever...' " (2) .
Hoy
cuando cunde cierto cretinismo electoral, en que el
triunfalismo comienza a hacer carne en ciertos círculos de la
izquierda, en que se desconfía de las masas, de su iniciativa,
de su radicalidad, de su acción "plebeya", no está demás
retornar a los grandes creadores del marxismo para quienes la
"iniciativa histórica " de la clase obrera y el pueblo
siempre fue un asunto de vital importancia en la revolución.
Si la
Comuna de París significó un salto gigantesco en la
práctica revolucionaria del proletariado y en la elaboración
de la teoría marxista del Estado y la revolución, la
aparición de los soviets en la Revolución de 1905 como
creación espontánea del proletariado ruso, permitió avanzar
aún más en esta dirección. Los sóviets (esto es las
asambleas de diputados obreros) tienen un origen bastante
modesto. Nacen como representación de los trabajadores,
autorizada por los funcionarios zaristas, para luchar por
mejoras económicas. Más adelante devienen centro de dirección
del movimiento huelguístico. El primer sóviet de diputados
obreros se formó el
15 de
mayo de 1905 en Ivánovo Vosnesiensk, distrito textil
moscovita, asumiendo funciones de Comité de Huelga,
convirtiéndose con enorme rapidez en la primera
representación abierta de los intereses de toda la ciudad. En
julio, se organizó otro sóviet en Kostromá, en setiembre
surgieron otros en diversos gremios de Moscú. Con la
insurrección de diciembre los sóviet se expanden a diversos
lugares de Rusia alcanzando su expresión más completa, es
decir, asumiendo ya formas embrionarias de un nuevo Poder
revolucionario, en Petersburgo, donde estuvo en funciones
públicas e ininterrumpidamente durante 50 días, hasta que
fue vencida por la contrarrevolución zarista.
La
fuerza de los sóviet descansaba en la potencia del ascenso
revolucionario de las masas trabajadoras, en su insurgencia,
rompiendo por la vía de los hechos las trabas impuestas por
el zarismo; pero también en la debilidad de éste, en la
inseguridad y vacilaciones del gobierno, en su pérdida de la
iniciativa política que lo obligó a dar un paso atrás
para preparar la ofensiva contrarrevolucionaria.
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