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DEMOCRACIA DIRECTA Y ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA

 Alberto Moreno Rojas

Lima  -    Perú

Tercera edición 2002

 PROLOGO A LA TERCERA EDICIÓN

Los acontecimientos suscitados en Ecuador que llevó a la caída del gobierno de Mahuad, en menor escala durante la lucha para dar término a la dictadura fujimorista, y sobre todo en la Argentina de estos días que, en medio de la crisis económica, social y política reciente ha producido un relevo de 5 presidentes en apenas 15 días junto a un pueblo que insurge pero que aún no alcanza a salir del coto oposicionista porque no encuentra una respuesta de conjunto que canalice sus fuerzas, coloca a la orden del día un tema de extraordinaria importancia teórica como práctica: la construcción de una alternativa democrática y de poder desde el lado del pueblo en respuesta  a la crisis del Estado y la democracia liberales, en la cual la democracia participativa y directa, es decir la democracia construida por las masas en lucha, cuyos alcances y posibilidades no está clarificada suficientemente  pero que sin duda tendrá una enorme repercusión en los años que vienen, ya no como experiencia nacional y circunstancial, sino  internacional y de largo alcance, ocupa un lugar especial.

La abrumadora mayoría de los países de América Latina constatan en carne propia que la crisis es más que económica. Alcanza lo político, social, cultural y ético, prescindiendo de sus singularidades y grado de intensidad. Crisis que el neoliberalismo ha profundizado ahondando sus contradicciones y empobreciendo a sus pueblos. Sobre la base de lo transitado desde sus orígenes independentistas hasta el presente, la viabilidad como naciones prósperas y genuinamente democráticas está en cuestión. De continuar el camino transitado en lugar de abrir un nuevo curso a sus sociedades, su ubicación en el siglo XXI será inevitablemente el de la exclusión y africanización. 

Perú no es ni puede ser la excepción. La democracia aquí fue siempre inestable y limitada, doblegada por el militarismo, por la estrechez de oligarquías sin otro horizonte que sus intereses mezquinos, por la dependencia externa que nos ha convertido en una verdadera neocolonia. Pocos discuten la precariedad de sus instituciones y la fragilidad de sus constituciones. No tiene mejor destino la economía. El PBI per cápita del año 2001, según el Ministerio de Economía,  se encuentra en un nivel similar al alcanzado en l967, 13.9  por ciento por debajo del pico histórico logrado en l981. El Perú ha dejado de crecer, en promedio, en los últimos 30 años. Más allá de generalidades y buenas intenciones de los gobernantes de turno lo cierto es que marchamos como el cangrejo: hacia atrás.

El folleto que entregamos en su tercera edición adquiere actualidad por la razón señalada. Desde luego que reclama su desarrollo tomando en cuenta las nuevas experiencias y los nuevos datos planteados por la realidad a los marxistas. Ninguna idea, por rica y novedosa que sea, estará culminada si el mismo proceso no ha  agotado sus posibilidades. Ahora se puede constatar que este es un tema de repercusiones internacionales y que, con seguridad, será uno de los ejes del debate que se plantea desde el lado popular y revolucionario.

La democracia liberal está en crisis. Con mayor razón en  sociedades donde se instaló degradada y restringida, como es el caso nuestro. La democracia electiva o representativa hace mucho que ha dejado de expresar todas  las posibilidades de la democracia. La nueva democracia debe ir más allá: a la democracia participativa y directa, cuyas potencialidades germinales las estamos viendo en el vasto torrente de las luchas de los pueblos del continente como respuesta al neoliberalismo, al domino externo que se nos imponen y al saqueo de nuestros recursos naturales y expoliación de nuestros trabajadores. Pero también a la crisis de los estados vasallos en que nos han convertido.

Mientras el pueblo argentino lucha en las calles y rutas, la burguesía recompone por arriba el gobierno en crisis. Tenemos, a lo sumo, cambios epidérmicos para que nada cambie, para que todo siga igual. El problema no es otro que el dilema planteado ya en otras oportunidades: “los de arriba ya no pueden;  los de abajo no pueden todavía”. Y no pueden todavía porque no existe la vanguardia capaz de canalizar ese enorme potencial que es la efervescencia social, y porque no se cuenta con las herramientas teóricas y organizativas que hagan viable una alternativa de cambio de verdad, no sólo desde el lado económico, sino político, social, cultural y ético que es, al fin y al cabo, la llave maestra para encarar y resolver la crisis.

Las asambleas populares, surgidas es verdad mucha veces en forma espontánea, llevan en su seno la respuesta potencial al problema. Son el germen de lo nuevo, la expresión de la nueva democracia en gestación. Para alanzar su máximo vigor, sin embargo, es indispensable pasar de lo espontáneo a lo conciente, a su vertebración como  órganos del poder popular en desarrollo capaces de sobrepasar la lógica de la institucionalidad burguesa en crisis y descomposición.

En el Perú el derrumbe del fujimorismo encontró una salida dirigida a perennizar el sistema y el modelo económico, organizado desde la OEA con el concurso de la burguesía y los tránsfugas de la izquierda. La ilusión de democratizar la sociedad peruana sobre la base de la Constitución fujimorista, sintetizada en la consigna de “transición democrática”, se sostiene porque para las mayorías no está claro que otro camino seguir. El éxito que alcanzó la ofensiva neoliberal se manifestó sobre todo en el lado ideológico y político, sin el cual no habría encontrado abierto el camino para imponer, casi sin resistencia, un modelo económico de verdadero saqueo nacional, excluyente y socialmente polarizador y expoliador.

El reflujo que se inicia a fines de los ochenta y la derrota de la izquierda y el movimiento popular en los noventa, facilitado por todo lo que representó Sendero Luminoso y también por errores propios, fue aprovechado por la dictadura. Como resultado de ello se profundizó el reflujo de masas, se fragmentó la capacidad de resistencia popular pasando a segundo plano las expresiones de democracia directa que alcanzaron su punto culminante hacia mediados de los ochenta. Ahora el panorama comienza a cambiar y todo indica que en el nuevo periodo de crisis y de flujo inicial de masas adquirirá actualidad y relevancia. No es una casualidad que en Argentina, es verdad que todavía en forma espontánea y tímida, aparezcan asambleas populares por barrios. Todo dependerá de la continuidad de la crisis, la efervescencia social y la mano diestra que sepa darles contenido y unidad, para que aparezca una nueva forma de organización  democrática, de abajo hacia arriba, y por eso mismo una alternativa de poder y de organización de un verdadero estado nacional y democrático.

La sola acumulación política resultará insuficiente para dar respuesta a las nuevas condiciones de la lucha de clases. La derecha y el régimen del Dr. Toledo, comprometidos con la continuidad de un modelo agotado, afianzarán sus lados más conservadores y represivos. El ministro Rospigliosi ha iniciado la campaña para penalizar la toma de carreteras por poblaciones que sienten que sus reivindicaciones no son atendidas y todo sigue igual. El ministro de Educación está empeñado en paralelizar el sindicato de maestros y posesionarse de Derrama Magisterial. Son la punta del iceberg. Del otro lado, los pueblos y los trabajadores se encuentran en creciente ebullición cansados de promesas incumplidas. No les queda otro camino que la resistencia y la lucha.

Esta tendencia está en desarrollo, independientemente de que parte fundamental del movimiento de masas que despierta a la lucha y la protesta tiene todavía un sentido espontáneo y disperso. La misma experiencia, sumado a la labor paciente para esclarecer el panorama, mostrará la necesidad de su centralización nacional y de dotarse de una propuesta también nacional para enfrentar la crisis. El movimiento espontáneo, por mucha que sea su amplitud, tiene un límite de hierro: se queda en el rol contestatario, cuando lo que se necesita es una salida de conjunto a una situación de agotamiento de un modelo de economía y de Estado. Además, sus luchas siguen siendo todavía parciales o locales, a lo sumo regionales como en el caso de Loreto. Quedarse en su presente estadio significaría una trampa que hay que evitar. La democracia directa, que seguramente encontrará nuevas formas y contenidos comparativamente con la experiencia de los 70s y principios de los 80s del siglo pasado, aparece así como una respuesta donde convergen propuestas  a problemas básicos de la población junto a  alternativas de fondo a las grandes cuestiones  nacionales.

La idea de trabajar por la ASAMBLEA DE LOS PUEBLOS como el nervio articulador de la diversidad de movimientos sociales, políticos, culturales, étnicos, medioambientales, juveniles, femeninos,  y como el eje a partir del cual se levanten banderas para los grandes temas del país, además de asegurar capacidad de presión, negociación y solución desde posiciones de fuerza puesto que expresa los intereses de vastos sectores de la sociedad, incluyendo las burguesías locales trituradas por el neoliberalismo, el centralismo y los intereses monopólicos, tiene justificación y razón de ser porque permitirá mostrarle al país una nueva forma de organización democrática y de organización estatal.

Históricamente, desde los orígenes de la República, el Estado peruano se configuró excluyendo a la inmensa mayoría indígena y campesina. Esta realidad se ha modificado en parte sin ser eliminada. La democracia liberal nunca intentó cerrar este ciclo. En el caso peruano terminó apareada con la tradición aristocrática, autoritaria y centralista. Por eso más de las veces  fue formal, es decir  divergente entre el discurso o la legalidad aceptada y la práctica siempre opuesta. Ninguna Constitución tuvo el vigor de ordenar sobre bases verdaderamente democráticas y consistentes la sociedad. Allí está, para confirmarlo, el predominio prolongado de las dictaduras militares y civiles junto a períodos precarios de democracias restringidas que terminaron ahogadas por el peso de la bota militar o la instalación de regímenes civiles autoritarios. El fujimorismo no es la excepción en nuestra historia. Y nada garantiza que no se reproduzca en otro momento y con otro rostro.

Es oportuno que estos temas se conviertan en ejes del debate político. La derecha tiene su camino; el movimiento popular debe transitar el suyo propio, que lleve su marca y sabor. No es que neguemos la democracia representativa o nos abstengamos de participar en ella. El asunto es más de fondo: es insuficiente y se convierte en una traba en la tarea de construir una verdadero estado democrático y una sociedad independiente, soberana, integrada, desarrollada, con prosperidad para la mayoría de sus pobladores.

 

Alberto Moreno Rojas

Abril  del 2002.


PROLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN.

El  marxismo  siempre   ha  considerado   la  primacía  de la  práctica  revolucionaria  sobre  la  teoría.  De  aquí  no se  deduce,  desde  luego,  que  subestime  la  importancia de  ésta  como  arma  fundamental  de la  revolución.  Es de   sobra  conocida  la tesis  leninista  que  afirma,  con  justa  razón,  que  "sin   teoría  revolucionaria  no  puede  haber  tampoco  movimiento  revolucionario".  Una  y otra  son  indispensables.  Acerca  de  esto  no  debe  quedar   la  menor duda.  Pero  la  teoría  va  precedida  por la  práctica  y  debe  servir  al   desarrollo   de la  misma.  Esta  conclusión  tiene  particular  importancia  al momento de considerar la aparición, desarrollo y posibilidades  que  encierran las organizaciones de  democracia  directa surgidas en la década de los setenta,  así  como  sus  repercusiones  políticas  y  organizativas  en el  movimiento  democrático  y  antimperialista del   pueblo   peruano.

Con la  muerte  de  Mariátegui  se  corta,  abruptamente,  un  período  abierto  al  desarrollo  teórico  y  programático  marxistas.  En  adelante,  a lo  largo  de   décadas  enteras  la teoría  revolucionaria  hubo  de  marchar  con  pies  de  plomo.  Para  ser  más  exactos,  retrocedió  en  aspectos  importantes  donde el  Amauta  había  sentado  piedras  angulares  para  su   desenvolvimiento  ulterior.  Con  ello,  a su  vez,  la  práctica  del  Partido  se  empobreció  enormemente,  atascándose  en la  hojarasca  economicista  y  reformista.

Los  resultados  están  a la  vista.  La teoría  de la  revolución  peruana  marcha  a  remolque  de la  rica  experiencia  práctica  del  pueblo.   En  lugar  de dar  respuesta  a  una  variedad  de  cuestiones  fundamentales  colocadas  a la  orden  del  día,  se  avivó  el   espíritu de  secta,  asfixiando  toda  capacidad  crítica  y  autocrítica.   La  dialéctica,  entendida  como  teoría  marxista  del  conocimiento  y  método  científico  de  trabajo,  fue  dejada  de  lado  para   facilitarle  camino a la rigidez y al estancamiento teórico.

El    dogmatismo,  de  otro  lado,  sedimentó  tradiciones  que  impidieron  marchar  al  compás de la  iniciativa  histórica  de   las  masas  y de los  cambios  que se  fueron  operando  en la  sociedad,  de la  misma  manera  que la  estrechez  empírica, desde  su respectivo  ángulo de enfoque,  perturbaron  la  forja de un  movimiento   revolucionario  con  clara  voluntad  de  Poder  y  de  transformación  revolucionaria.  De  este  modo,  la  inmediatez  economisista  y  espontaneista  se  sobrepuso  a la  visión  programática  de las  tareas,  y la  organización   del   Partido  revolucionario  del   proletariado devino, no  pocas  veces,  apéndice  del  movimiento  sindical o  del  parlamentarismo  burgués.

Quienes  levantamos  las  banderas  de la  revolución  democrática  nacional  y su   perspectiva  socialista,  tenemos   como  tarea  inabdicable  recuperar  la  estricta  correspondencia  entre  teoría  y  práctica  revolucionaria,  única  manera  de  desprendernos  de la  camisa de  fuerza  que  significan tanto  la  herencia  dogmática  cuanto  las  huellas  residuales  del  empirismo.  Para  ello  nada  mejor  que  ahondar  el  conocimiento  de las  leyes  que  rigen  el  particular   desenvolvimiento  de la  sociedad  peruana  en  su   evolución  económica,  social,  cultural  y  política;  estudiar  atentamente  la  dinámica   de la  lucha de  clases  nacional  e  internacional,  buscando  aprehender sus  rasgos  nuevos y las  tendencias  de su   desarrollo;  discernir   los  momentos  de la  construcción  del  Partido, la ciencia y el arte de la  conducción  revolucionaria,  el rol y  participación  de  las  masas como creadoras de la historia,  todo ello como síntesis de la evaluación  autocrítica  seria  y  responsable a que estamos obligados los comunistas.  Esta  tarea  apenas  ha  comenzado.  Llevarla  adelante reclama  un  vasto  esfuerzo  de  creación  y  realización.  Está  en   nosotros  evitar  toda  actitud  complaciente,  verdadera  enemiga  del   progreso.  También  encarnar el  espíritu  renovador,  la  riqueza  y  posibilidades  inherentes  al  marxismo-leninismo.

Desde  sus  orígenes el  marxismo  se ha  desarrollado  a  través  de  la  lucha;  jamás  en  medio  de la  conciliación con el reformismo o el oportunismo político. La  lucha  es su  elemento.  Tanto  más  cuanto  que el  conocimiento  de las  leyes  de la  revolución peruana  sólo  puede  alcanzarse  a  través  de  sucesivas  aproximaciones,  de  verificación  de los  postulados  asumidos  en  contraste  permanente con el  acontecer  concreto, con la  práctica revolucionaria.  Pero  también  en  lucha sin  tregua  con las  viejas y atrasadas concepciones  ideológicas  y  políticas, con las  tradiciones  impuestas  por  siglos  de  explotación  y  opresión, con la inercia  de la  costumbre y el  conservadurismo.  No  existe  otra  manera  de  enriquecer  el  acervo  teórico  revolucionario ni  hacer  de  éste  guía  para  la  acción.

Aspecto  fundamental  de este  esfuerzo  es,  justamente,  el  conjunto  de  materiales  que  discutió  el  V  Congreso,  abriendo  nuevas  perspectivas  para  el  avance  teórico  del  Partido.

II

Se  sienten  vientos de  renovación  y  búsqueda de  respuestas  a  los   diversos  problemas  planteados  por la revolución peruana.  A  esa  preocupación  responde también  este  folleto  que  entregamos  a  nuestros  lectores  en  su  segunda  edición.   

Las  tesis  centrales  que  le  dan  sentido  no  han  surgido  al  azar.  Ni  son  producto  de la  especulación  política.  Están  íntimamente  entrelazadas  a  la  experiencia  vital  de las  masas,  a su  lucha,  al  despertar  de su  conciencia  revolucionaria.

Indiferentemente  de los  niveles  alcanzados  en su   estructuración,  coordinación  y  expansión, la  democracia directa  explicita  la  insurgencia  democrático-revolucionaria  de las  masas.  Sin el  rol  creativo de  éstas y sin  la  presencia  concreta  de esta  experiencia  multiforme,  la  democracia  directa como  consigna  política  no  pasaría  de  ser  especulación  o  mero  enunciado  teórico,  reiterativo  de otras  experiencias,  pero  sin  sustento  en  suelo  peruano.

No  estamos  en  presencia  de formas  tradicionales  de  organización.  Los  sindicatos,  comunidades  campesinas,  asociaciones  barriales,  entre  otras,  mantienen,  desde  luego,  su  importancia y  necesidad.  Pero  resultan  insuficientes,  incluso  restrictivas  para la  incursión  de las  masas  como  fuerza  protagónica  en el  proceso  de  cambios  que  deben  operarse  en la  sociedad.  Sin  negar  a  aquéllas,  los  órganos  de  democracia  directa  las  superar  por  su  contenido,  posibilidades  y  potencialidades  revolucionarias.  La  razón  explicativa  es  simple:  expresan  una  nueva  y  superior  forma  de  organización  democrático-revolucionaria  de las  masas,  directamente  entroncadas  con los  propósitos  estratégicos  de la  revolución.

Que  circunstancias  especiales  las  vinculen  más  a la  lucha  por  tales  o  cuales  expectativas  reivindicativas,  no  modifica  la  esencia  del  problema.  Este  factor,  comprensible  además  si  se  considera  el   particular  desenvolvimiento  de  lucha  seguido  por el  pueblo  peruano,  donde  el   sello  economicista  y  reivindicacionista  es  ostensible,  no  debe  llevarnos  a perder  de  vista  aquello  que  representa  su  rasgo  fundamental:  expresar  la  gestación  de la  nueva  democracia  revolucionaria.

No  desconocemos  que en la  tradición   política  de las  clases  dominantes  siempre  ha   estado  presente,  en  momentos de  tensiones  sociales  y de  insurgencia de  las  masas,  la  capacidad  de  encubrir  sus  verdaderas  intenciones,  simulando  las  del  contendor.  Donde  no  funciona  el   garrote bien   puede  funcionar   el  atractivo  de la  zanahoria.  Donde  resulta  imposible  impedir la  justa  lucha  de los  pueblos  negando  sus  aspiraciones  legítimas,  es  posible  neutralizarlas  tomando  lo  secundario  para  anular lo  esencial,  asumiendo  la  forma  para  negar  el  contenido,  cambiando algo  irrelevante  para  conservar  lo  sustantivo.  De  este  modo,  las  más  de las  veces  lograron  absorber  los  movimientos  populares o los  fines  que les  dieron origen,  anulando  sus  potencialidades  revolucionarias,  tornándolos  inocuos 

Esta  es una  experiencia  que  ningún  revolucionario  peruano  debería  olvidar,  si  no  desea  convertirse  en  pieza  de  maniobra  del  ajedrez  reaccionario.

Tampoco  está  de más  admitir  que ello  fue  posible  porque  los  sectores  revolucionarios  de la  sociedad  facilitaron  las  condiciones  con su  reduccionismo  economicista,  con la  visión  y  práctica  inmediatista  de sus   tareas,  con su  incapacidad  para  levantarse  como  real  alternativa  de  transformación  revolucionaria  de la  sociedad.

Este  mismo  peligro  amenaza  las  perspectivas   de las  organizaciones  de  democracia  directa.  Estas  corren  el  riesgo  de  ser  neutralizadas,  bien  por  la  estrechez  de  miras  de  ciertos  sectores de la  izquierda  más  preocupados  en  conservar  privilegios  burocráticos  en  ciertas  cúpulas  sindicales,  en  lugar de  discernir  lo  nuevo  que  brota del  movimiento  de  masas,  sistematizarlo,  hacerlo  conciencia y  acción  revolucionaria;  bien,  como  consecuencia de las  maniobras  de los  gobiernos  de  turno,  facilitadas  precisamente  por  comportamientos  como los  señalados.

La   experiencia  del  pueblo  peruano  acumulada  a lo   largo  de  décadas  de  intensa  lucha  social  reclama  su   estudio  y  sistematización.  Contamos  con  excelentes  monografías.  Pero   casi   siempre  se  quedan  en  el  episodio  o  en el   relato  más  o  menos  minucioso  de los  hechos,  sin  llegar  a la  esencia  de los  fenómenos.  Práctica tan  rica por  su  variedad  y  posibilidades  obliga,  perentoriamente,  si  se  aspira  a  conducir  por  cauces  revolucionarios  el  despertar  de las  masas  a la  acción,  su  generalización  teórica.  Para  ello   nada  mejor  que  internarlo.  Ni  mejor  camino  que  estimular  el   debate.  Sobre todo,  en  un   ambiente  en  el  cual la  búsqueda  de la unidad,  mal  entendida  en sus  métodos,  han  llevado  a la  parálisis de la  confrontación  de  ideas y la verificación de las mismas en contraste  con la realidad. Desde  luego  que este  ambiente no es prerrogativa exclusiva de Izquierda Unidad,  pero  es  aquí  donde adquiere  dimensiones  sorprendentes, entumeciendo las  articulaciones del  organismo revolucionario que  nunca  debería  dejar de  ser  crítico y  revolucionario por excelencia.

III

En  medio  de  dificultades,  de  oposiciones  abiertas  de  parte  de  quienes detentan el  Poder del  Estado y los  resortes de la  economía, y de  obstáculos que  interponen, animados por intereses  mezquinos o por  miopía  política,  no  pocos sectores de la  misma  izquierda  que sienten de alguna manera amenazado su control burocrático sobre  determinadas  organizaciones  sindicales  obreras o  campesinas,  el movimiento de  democracia  directa se expande, afirmándose  como  auténtica alternativa popular.

Toda  revolución  genuina  surge  condicionada por necesidades  objetivas sobre las  cuales incursiona el  factor consciente, la  voluntad de los  individuos,  retardando  o  apresurando su  desarrollo y  desenlace;  pero no  puede  determinarlas.  Ninguna forma de  organización revolucionaria,  sobre todo  cuando es producto  de la  iniciativa  histórica de las  masas,  aparece sino  cuando han  madurado  las  condiciones  que la  colocan  a la  orden  del  día.

La  democracia  directa,  que  se ha   enriquecido  con la  presencia  de  nuevas  organizaciones  tales como  los  comedores populares,  los  comités de vaso  de  leche,  cierto  que  más  restringidos  y   transitorios,  menos  ricos  en sus  posibilidades  revolucionarias,    es la  expresión manifiesta  de la  insurgencia  de las masas como  portavoces  de la  necesidad  de  democratizar  la  sociedad  y de  encarar,   por ellas  mismas,  sus  problemas  vitales.

Nuestra  labor  consiste  precisamente  en  impulsar  esta  trayectoria  iniciada,  en  potenciarla con todos los  medios  a  nuestro  alcance,  en  construirla  como

la  alternativa  popular  que cuestiona y supera la  democracia burguesa  formal*,  de  hecho  centralista,  autoritaria  y  burocrática.  Es  claro  que  sólo  la  revolución  victoriosa  estará  en   capacidad  de desplegar  todas sus  cualidades  democráticas y la  iniciativa  histórica de las  masas,  cuyos 

* Entiendo por democracia burguesa formal la precariedad con que ella se ha construido en la sociedad peruana, pero además y sobre todo el divorcio permanente entre su aceptación jurídica, constitucional, y el ejercicio del poder que lo violenta permanentemente. Los golpes de estado, por ejemplo, casi siempre fueron promovidos o estimulados por clases dominantes que, sin embargo, se irrogan la representación de la democracia. Desde los orígenes de la república la exclusión social, política, económica, cultural y étnica  de las mayorías fue y sigue siendo una cruel realidad. Hoy el elector vota pero no decide, ni controla ni revoca. En el Perú la democracia liberal fue siempre más un discurso demagógico que una realidad. A diferencia de Europa aquí la democracia funcionó más como opereta, de muy mala copia,  que como la organización de un estado burgués moderno.  Abril del 2002.

embriones  aparecen  con nitidez en las  formas de  democracia  directas.  Esta  es  apenas  el  anticipo  de la  capacidad  de  realización  y de  construcción del  pueblo peruano  que  el  socialismo  hará  florecer y  fructificar.

 

Alberto Moreno Rojas

Lima,  diciembre  1985.

  

DEMOCRACIA DIRECTA Y ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA

I. SIGNIFICADO  E  IMPORTANCIA ESTRATÉGICA DE LOS ÓRGANOS  DE  LA  DEMOCRACIA  DIRECTA.
En  el  Informe  Político  del  Comité  Central  al  V  Congreso  del  Partido  se  arriba a una conclusión fundamental:  el  surgimiento,  desarrollo y  afirmación crecientes de las  Asambleas  Populares,  de la  Autodefensa de Masas y de los  Frentes  de Defensa,   como  expresiones vitales de una  democracia  directa que se  constituye a partir de la  iniciativa histórica de las  propias  masas  en un  período ascensional  de sus  luchas,  sintetiza el  hallazgo esencial, a la  vez  teórico y  práctico,  de la  revolución  peruana en lo  que  de las  últimas  décadas.

Esta  afirmación no es  arbitraria.  Se  funda en  hechos  verificables,  en  una  evaluación circunstanciada  de las  posibilidades  revolucionarias  y  estratégicas que  encierran,  más que en  consideraciones  tácticas  o  coyunturales.  Es que  tales  formas de democracia directa (cada  una de sus  peculiaridades  específicas,  que las  distinguen  nítidamente unas  de otras,  y en su conjunto,  como  un todo que se  complementa)  aparecen no sólo  como  formas   de  organización democrática de  masas o  como  medios  de  lucha  revolucionaria, sino  también  -y  esto  es,  particularmente visible en las  Asambleas  Populares  como  gestación o  prefiguración de un  nuevo  ordenamiento  estatal  democrático-popular  cualitativamente  superior  a la  democracia  burguesa  formal,  del  nuevo  poder democrático-popular que  habrá de  emerger como  coronación  de la  revolución  victoriosa.

Quien no  entiende  la vinculación de los  órganos de la  democracia directa  con la  cuestión  del  Estado,  o  más  específicamente,  con  el  Estado democrático-popular,  no  entiende  nada de su  contenido  ni de  sus  posibilidades  revolucionarias.

Uno  de los  rasgos  característicos  del  pueblo  peruano,  a lo  largo  de su   historia,  reside  en su  capacidad  de  lucha.  La  gesta  de  Manco  Inca,   en  Vilcabamba,  fue  continuada por  innumerables  insurrecciones  o  rebeliones  a lo  largo de la  dominación  colonial.  Túpac  Amarú  representa,  en  esta  tradición,  su  fase  cimera y,  al  mismo  tiempo,  el  agotamiento  de la  posibilidad  de  plasmación  de la  nación  peruana  sobre  bases  indígenas.

Asentada  sobre  cimientos  frágiles  y  postizos,  fruto  de una  revolución  independentista  inconclusa,  la  República  no  instituye un  Estado  burgués  y una democracia  burguesa,  sino más  bien  afianza, sobre una  institucionalidad formalmente  burguesa,  precaria, permanentemente doblegada  por el  caudillismo  militar,  un  régimen  feudal  basado en el  latifundio y el  gamonalismo.  Ello  se  explica  por la  ausencia de una  clase  social  revolucionaria  en  aptitud  de llevar  la  revolución independentista  hasta  sus  últimos  límites,  desbrozando  camino   al  capitalismo  para  establecer  un  Estado  burgués.

La  inexistencia de una  clase burguesa  capaz  de  acabar  con el  feudalismo,  poner  vallas  a la  dominación  imperialista,  engendrar  por  tanto  una  república  burguesa  y un   estado  burgués,  consiguientemente,   una  economía  capitalista  que  integre  el  país  bajo   su  hegemonía,  creando  un  mercado  interior  que  marchará  aparejado  con la  descentralización  económica  y  política;  marcó   desde el  mismo  momento  de la  independencia  lo que  habría  de ser   el  rasgo  sustantivo  en  este  país:  la  semifeudalidad  y la  semicolonialidad,  la  desintegración   económica  y el   centralismo,  la  institucionalidad  formal  burguesa  y el  autoritarismo  como  forma  real  de  gobierno.  La   democracia,  la  independencia  nacional,  el   desarrollo  armónico  de la  economía,  el   progreso,  la  identidad  nacional  y cultural,  continúan  siendo  tareas  por   hacerse;   tareas   profundamente  revolucionarias  que  sólo   el  proletariado  a la  cabeza  del   pueblo  peruano  está   en  condiciones  de  realizar  en  camino  al   socialismo.

A lo  largo de la época  republicana  el  pueblo  peruano ha  desplegado, no obstante esta  situación, luchas  importantes.  Si éstas,  finalmente, se  cortaron en sus  posibilidades revolucionarias frustrándose,  ello  está  en directa relación con la  inexistencia de una  clase  revolucionaria capaz de darle  contenido y  proyección a las  mismas,  de  cuajarlas como parte del  proceso libertador  y democrático.  La inexistencia de una burguesía en condiciones de acometer tales tareas,  y,  más bien, dispuesta a  capitular, conciliar y entrelazarse con el  feudalismo y con el  capital  imperialista, desde el  momento en que  sus  sectores  hegemónicos emergieron  al   amparo  de  éste, es una  de sus  causas.  La  otra,  en el  presente  siglo,  las  debilidades del  proletariado para  asumir  la  hegemonía en la  lucha por la  democracia  y la  independencia y por la  realización  continua  de su  propio  proyecto  histórico:  el  socialismo.  Debilidades que  tienen  su  origen en las  profundas desviaciones  ultraizquierdistas,  primero;  y  revisionistas después,  que  padeció  el  Partido  luego  de la  muerte  de su  fundador  José   Carlos  Mariátegui.

Existieron circunstancias excepcionales que  pudieron  facilitar  procesos  de cambios  profundos y,  sin  embargo,  terminaron  reabsorbidos  por el   sistema.  En  mi  opinión,  uno   de los  más  significativos,  en el  siglo   pasado,  luego  de la  independencia,  se da con   el  colapso  originado  por la  Guerra  del  Pacífico.  Colapso no  sólo  económico,  también político y  social.  La  resistencia,  cuya  expresión cimera  está   representada por la  Campaña  de la  Breña  -verdadera  guerra popular   de resistencia  nacional-  debió  significar  un  movimiento nacional  para  derrotar  al  agresor,  reconquistar  la  soberanía perdida,  recuperar  los  territorios ocupados y  expulsar  al  invasor,  fuera de las  fronteras del  país.  Pero  las  clases  dominantes capitularon  vergonzosamente.  Únicamente Cáceres,  a la  cabeza de los  pueblos insurgentes del  Centro,  salvó  la  dignidad nacional.  Pero  un Cáceres  victorioso y,  un  pueblo detrás  suyo  vencedor  en la  resistencia, pese  a la  carencia de programa y de una  estrategia  para  la  reconstrucción del  país,  significaban  una  amenaza  seria  para  la  permanencia  del   estado  de  cosas  existente.  Habría  trastocado  de  hecho  el  cuadro  social y  político,  introduciendo en el  escenario  a las  masas armadas,  insurrectas  y  victoriosas.  La  derrota de  Cáceres  frustró  esta  posibilidad.  La  única realmente progresiva,  capaz  de  maduración,  radicalización y  renovación,  de  contar  con  una  clase  dirigente  a la  altura  de las  circunstancias.

La  crisis  de  fines de  la  segunda  década y  principios  de la  tercera,  en  este  siglo,   abrió  paso  nuevamente  a  un  proceso  de  situación  revolucionaria  y de  polarización.  Sin  embargo,  pese  a la  profundidad  de la  conmoción  social  engendrada,  tampoco  culminó  con una  victoria  popular,  en  ausencia  de una  conducción  revolucionaria  capaz,  lúcida,  como   fruto  de las  inconsecuencias  y las   vacilaciones  de la  democracia  pequeñoburguesa  representada  por el  APRA.  La  derrota de la  insurrección  de  Trujillo,  la  expresión más  radical  de este  período  preñado de grandes  convulsiones y  reacomodos de fuerzas,  es  también  el  canto  del  cisne  de una  posibilidad  revolucionaria  que se  frustra,  una  demostración  más de  cómo  las  clases  dominantes y el   imperialismo derrotan  o  neutralizan  y  luego  reabsorben  un  proceso  de  intensa  lucha de  clases;  cómo  logran  recomponer  la  situación  sin  modificarla sustancialmente,   siempre  bajo  la  hegemonía oligárquica,  siguiendo el  viejo  lema:  "cambiar  algo  para que  nada  cambie".

El  vasto  movimiento  campesino de  finales  de la  década de los  cincuenta y de  principios  de los  sesenta,  de  profundo  contenido  antifeudal y  democrático,  si  bien  aceleró  el  resquebrajamiento  del  régimen económico  feudal  supérstite  golpeando  fuertemente  al  gamonalismo y  la  propiedad  terrateniente,  no  culmina  como   proceso  revolucionario,  y más  bien,  una  vez  más,  se  agota,   desnaturalizada  a  través  de un  proceso  de  reformas parciales,  centralmente redistributivas,  en  ausencia  de una  conducción  capaz  de  potenciar  la  radicalidad  del  campesinado  e  impulsar  un  vigoroso  movimiento revolucionario campesino sólidamente  unido  a la acción  revolucionaria  del  proletariado  y otros sectores  urbanos  populares.

A lo  largo  de  todo  este  proceso  histórico en que  el  capitalismo  se va   afianzando  a  través  de una  vía  evolutiva,  sin  por  ello  resolver  las  contradicciones  fundamentales  de la  sociedad  (sobre  todo  aquella  trabada  entre  las  fuerzas  productivas  y las  relaciones  de  producción  semifeudales  y semicoloniales,  de hecho  caducas,  y su  correspondiente  reflejo  superestructural),  la  revolución  continúa  siendo  una  exigencia  histórica,  un  requisito  social irresuelto.  La  crisis  estructural,  en  esencia,  es la  revelación  contundente  de  esta  necesidad. 

Toda  recomposición  dentro  del  mismo  sistema,  aún   en  el  sentido  de la realización  de  tales  o  cuales reformas,  sólo  puede  postergar  el   estallido  de  estas contradicciones,  acumulando  la  leña  seca.  A  fin  de  cuentas la  solución  se  abrirá  paso  necesaria  y  obligatoriamente  por  otros  medios  si  continúan cerradas  las  puertas que  conducen   al  progreso,  la  independencia,  la democracia  y el  desarrollo  económico  multilateral.

La  crisis  de  coyuntura  puede  ser  de  alguna  manera  superada.  Pero  podrá  serlo  únicamente  en  forma  parcial,   transitoria,  efímera,  pues  en  lo  hondo,  en la  base,  continúa  su  marcha  el  viejo  topo  de la  lucha  de  clases  como  reflejo  de una  de una  crisis  estructural irreversible,  que  conduce inevitablemente a la  revolución  social  del  proletariado.

Ahora  bien.  El   surgimiento de los  órganos de la  democracia directa,  como  expresiones  genuinas,  nuevas  y  profundamente  revolucionarias,  surgidas  por  iniciativa de las  masas trabajadoras,  está  en  correspondencia  con el  desarrollo  de  estas  contradicciones  objetivas, con la profundización constante de las  contradicciones  sociales y con la  insurgencia del  pueblo  peruano  que se  resiste a  mantenerse  en la pasividad  o en  sus formas  tradicionales  de  acción  que  ya  resultan  insuficientes para  encarar,  con  posibilidades  de  éxito,  la  solución  de los  grandes problemas  que  lo   afectan  en lo   económico, social, político,  cultural e  inclusive moral.

Sintetizan  también la  irrupción  de las  masas  que  buscan  su propio  camino,  que se  niegan  a  permanecer  dentro  de los  cauces  de una  democracia  formal  cuyo  rasgo  sustantivo  ha  sido  siempre  el  autoritarismo;  su  presencia  como  expresión  genuina  de un  proceso  de   democratización  profunda de la  sociedad  peruana,  que  sólo  puede  emerger  de sus  luchas,  creatividad  y  capacidad  de  realización.

La  democracia  directa  no  nace  recién  hoy.   Sus  elemento  embrionarios  podemos  encontrarlos   ya  en  las  grandes   batallas  libradas   por  el  pueblo  peruano,  inclusive  en  el   siglo  pasado.  Es  que  la  democracia  directa  nace,  fructífera  y se   desarrolla precisamente  en  momentos  de  grandes  tensiones sociales,  en  medio  de la  crisis de la  sociedad,  allí  donde  las  masas  irrumpen,  a su  modo,  chocando, cuestionando,  superando de  hecho el  ordenamiento  legal  existente,  las  tradiciones  establecidas,  las  normas  impuestas  por las  clases  dominantes  y el  imperialismo.

Por  desgracia no han  sido  estudiadas  suficientemente  la  guerra  de la  independencia  o la  Campaña  de la Breña,  auténticas  guerras  populares  de  resistencia  nacional,  en  todas  sus  posibilidades  revolucionarias,  en  sus  aciertos pero  también  en  sus  limitaciones  o  errores.  Tampoco  se  han  extraído  las  conclusiones  estratégicas  y  teóricas de las luchas del  proletariado  peruano  de  principios de  siglo,  que  permitieron la  conquista  en  ese  entonces  de las  8  horas  de  trabajo.  Ocurre  otro  tanto  con la  gran  crisis  de  principio  de  los  treinta,  en la  cual  la  insurrección  de Trujillo  aparece  con  matices  propios,  como  un  Poder  Popular  instaurado,  aunque  débil,  difuso,  fugaz,  y  casi  espontáneo.  El  movimiento  campesino  de los  sesenta  espera  su  generalización  teórica  y  aguarda  que se extraigan  de él  las  lecciones  en todo  lo  reivindicaciones  planteadas,  al  rol  y  la  orientación  de las  clases sociales  en  ese  período,  al  acervo de  nuevas  formas  de  lucha y de  organización surgidos.  En  todos  estos  grandes movimientos  es  posible advertir los  antecedentes  de la  democracia  directa,  en  tanto  participación  y  acción  creadora  de las  masas.  Antecedentes  que,  sin  embargo:  o han  sido  subestimados,  o bien,   atosigados  por la  estrechez  inmediatista  o la  ceguera  dogmática,  perdidos de  vista  por  considerarlos  subsidiarios  o  irrelevantes.

La  década de los  setenta  permite  en  medio  de la  lucha  contra  las  ilusiones  reformistas y en el  proceso  de la  defensa  del  camino independiente  de las  masas,  descubrir  aquello que nace  y  que  porta,  en su  seno,  pese  a sus  factores  embrionarios,  dispersos  y  muchas  veces  espontáneos,  lo  sustantivo  de la  experiencia  revolucionaria:  la  democracia  directa  y sus   organismos  representativos:  los  Frentes  de  Defensa,  la  Autodefensa de masas,  las  Asambleas  Populares.

Con  esta  adquisición,  la  revolución  peruana  da un  salto  gigantesco  y  encuentra,  por  decir  así,  la  vía  por  donde  transitaremos  en la  construcción  de un  proceso  revolucionario  original,  de  masas,  profundamente  democrático,  cuyas  consecuencias   y  resultantes  poseen  una  proyección  estratégica  que  está  más  allá  de  lo  meramente  coyuntural  o  transitorio.   La  estrategia  revolucionaria,  a  partir de esta  experiencia,  se  enriquece de tal  manera  y en tal  grado  que  podemos  señalar  que,  con   el  surgimiento  de la  democracia  directa,  estamos  en  condiciones  de proyectarnos  como   auténtica  alternativa  de  Poder  y de  transformación  democrática  revolucionaria  de la  sociedad,  integrando  a  esta  batalla  a  amplísimos  sectores  del  pueblo  como  sus  protagonistas  fundamentales.

"Quién  no  entiende  la  vinculación de la  democracia  directa  con  la  cuestión  del   Estado...  no  entiende  nada  de  su  contenido,  ni de sus  posibilidades   revolucionarias".

Hasta  aquí,  por  razones  que no  es del   caso  abordar  en  detalle,  los  marxistas  en el  Perú  asumieron   por  lo  general  un  rol  de  oposición  y  de   cuestionamiento  del  sistema  económico-social.  De  allí  su  gran  limitación para   canalizar  el  potencial engendrado   por el  movimiento  espontáneo  y  ascensional  de  masas,  para  superar  el  ordenamiento  existente  y  ofrecer  una  alternativa  estatal   y de gobierno  cualitativamente  distinta,  para  preparar  el  gran   ejército  revolucionario  que es  el  pueblo  movilizado  en la  batalla  por la  realización  de la  democracia  y la  independencia  nacional,  por el   socialismo  como  continuación  inevitable  de  aquellas.

Una  izquierda  revolucionaria que se  muestre  incapaz   de  sobrepasar  los  límites  que  caracterizan  al   actual  sistema  económico  y  social  y  su   ordenamiento  estatal,  devendrá  inevitablemente  una  opción  reformista,  meramente  oposicionista.  Esto  es lo  que  ha  ocurrido  en la  generalidad  de los  casos  hasta  el  presente.  Se  trata  entonces  de  cuestionar  el  sistema  en   todos  sus  elementos  y,  simultáneamente  proponer  y  realizar  una  opción  alternativa  transformadora  que,  sintetizada  en un  programa  revolucionario,  tenga  su  correspondiente  expresión  en formas organizativas  y  de  acción  que  expresen  o  plasmen  la  sustitución  revolucionaria  de lo  viejo  por lo  nuevo.

Aquí  es  donde  se  realiza  la  interrelación  dialéctica entre la  vanguardia  y las  masas,  entre  el  movimiento  consciente  y la  espontaneidad  creadora  del  pueblo  en  lucha.  Tal  proceso  no  podría  realizarse  dentro de los  parámetros  de la  institucionalidad existente,  en  crisis  y  agotada,  de  hecho  conservadora,  sin forzar  y  romperla  bajo  el  peso  de la  dinámica  ascensional  de la  lucha  revolucionaria  de las  masas.

La  democracia  directa,  sus  formas  organizadas,  su  depuración  y  afirmación  como  opciones  democrático-revolucionarias,  por  lo   general  adquieren  mayor  pureza  y  fuerza  en  el  curso  de la  lucha  ascendente,  casi  nunca  en la  pasividad  o en  medio  del  reflujo o la  derrota  de las  masas  a  través  de la  confrontación  de  clases,  nunca  en  medio  de la  conciliación;  como  respuesta  revolucionaria  a la  crisis  orgánica  de la  sociedad semicolonial,  de  capitalismo  atrasado  y  como   cuestionamiento  al  autoritarismo,  nunca   como  mecanismo  engendrado  por  éstas  o  atendibles  en los  marcos  del  sistema  actual.  De  allí   su  carácter  profundamente  subversivo,  en  el  sentido  más  profundo  del   término,  su  rol  cuestionador  y,  al  mismo  tiempo,  alternativo  democrático-revolucionario.

Desde  luego que este  proceso surgido  en  medio  del  despertar   espontáneo de las masas, de sus  luchas,  es  insuficiente   por  sí  mismo  para  evidenciar  todas  sus  potencialidades  y posibilidades.  Pese   a la  enorme  riqueza  que  ofrece  el  movimiento espontáneo  por  lo  general  no  está  en  condiciones  de  escapar   de los  linderos  del  sistema  económico  y  político,  excepto  en  períodos de ascenso  revolucionario.  La  experiencia  histórica es  sumamente  ilustrativa  al  respecto.  Así   se  explica por qué,  bajo  determinadas  condiciones,  termine  casi  siempre  reabsorbido  en sus  elementos  básicos  por  el  mismo  sistema,  en todo  caso,  neutralizado  o  desnaturalizado,  que al  fin  de  cuentas es  igual.  Esto  ya  ocurrió  en  el  pasado,  y  puede   ocurrir  en la  actualidad.  Se   trata  precisamente  de que las  cosas  tengan  un  rumbo  positivo  y  de  que  la  revolución  encuentre   en la  democracia  directa  un  punto  de  apoyo  fundamental.

De  aquí  la  importancia  de resumir  críticamente la  experiencia acumulada para  establecer  con  precisión los  rasgos sustantivos,  de  orden  estratégico,  implícitos  en los  órganos  de la  democracia  directa,  de  modo  que  estemos  en  condiciones  de  avanzar  en su   generalización  teórica,  en su construcción  como  componentes  fundamentales  de  la organización  democrática  revolucionaria  de la  sociedad;  que  se  torne  bandera de  lucha  popular  y  opción  alternativa  a la  democracia  formal,  a todo   ordenamiento  autoritario  de la  sociedad,  haciéndose conciencia y  acción  en las  masas,  sus  únicas  depositarias.

Es que  en la  lucha  por el  Poder  democrático  popular,  los  órganos  de la  democracia  directa  tienen  un  rol  decisivo  que  jugar.  Desprovistos  de este  contenido,  no  depurados  de los  aditamentos espontáneos,  gremialistas  o  coyunturalistas  que todavía  conservan, reducidos al  rol  de  medios  para la  lucha  reivindicativa  local  o  regional,  los  órganos  de la  democracia  directa  pierden  su  potencialidad y se  agotan  como   factor  revolucionario.

El   balance  que  podemos  hacer  desde su   surgimiento  en la  década  pasada,  de los  niveles  programáticos u  organizativos  alcanzados,  permite  concluir que,  lamentablemente,   más de las  veces  continúan  siendo  expresiones  del  movimiento  espontáneo  básicamente reivindicacionistas,  y  por  eso  mismo intermitentes,  dispersos,  faltos de  continuidad y de la  energía  que  les  corresponde.  En  suma, todavía  fuertemente cargados  de  ataduras  inmediatistas y no  precisamente  factores vertebradores del  acción revolucionario  de las  masas  en la  lucha  por  el  Poder popular  y  por la  realización  de las  tareas  democráticas y  nacionales.  Aquí  radica la  esencia  del  reto  que  asumimos  los  comunistas.  Reto   que  estamos  convencidos  cumpliremos  con  éxito.

Para  el  Partido  el  problema  crucial a  resolver  se  centra  en  lo  siguiente:

Originar  un  salto  cualitativo en la  estructuración,  plasmación,  construcción  y extensión a  escala  nacional  de los  órganos  de la  democracia  directa,  de  tal  manera  que  emerjan  centralmente  como  la  expresión  más  profunda  de la  organización  democrático-revolucionaria de las  masas,  bajo  la  dirección  del  proletariado  peruano.  No es  casual  entonces que  consideremos esta  tarea como  fundamental  a lo  largo  de  este  período,  consagrando a  ella  lo  mejor  de  nuestras fuerzas,  preocupaciones e  iniciativas.

Lo   expresado hasta  aquí no  significa que  descuidemos otros  terrenos de  lucha.  Nada de  eso.  Significa  solamente que el  centro  de  gravedad  del  trabajo  partidario  deberá  concentrarse  en la  realización  de  esta  tarea.  Pues  de sus  resultados  dependerá  en  grado  considerable,  si  estaremos en  capacidad de  asumir  o no,  en  todas  sus  consecuencias,  la situación revolucionaria  que se  prevé,  consiguientemente el  viraje  de las masas  a la  revolución  y la  inevitable  polarización  y  confrontación entre  revolución  y  contrarrevolución.

II. LA  TEORÍA  COMO  GENERALIZACIÓN  DE LA  PRÁCTICA.
La  circunstancia de que  a la  democracia directa de  masas  y  consecuentemente  a  sus  formas de  organización  de  organización,  se les  preste  recién  la  importancia  que le  corresponde,  tiene  que ver,   entre  otros,  por  lo   menos  con los  siguientes  factores:  en  primer  lugar,  a la  manera  estereotipada  y  dogmática  de  entender  la  revolución  peruana,  que  ha  impedido  discernir  adecuadamente  los  elementos  nuevos  que  surgen  de las  entrañas  mismas  de la  lucha  de  clases  en  el  país.  En  segundo  lugar,  como  producto de  remanentes  revisionistas,  cuyo  rasgo  básico  consiste  en subestimar  el  potencial  revolucionario  del  movimiento  de  masas,  se  ha  tendido  a  exagerar   las  formas  de  luchas  y de  organización emanados  de la  democracia  burguesa  formal  y de  sus   instituciones.   En   tercer  lugar,  resultante  de la  chatura  economicista  e  inmediatista  que  impide  ir  más   allá   de  lo  cotidiano,  que embota  la  conciencia y  obstruye  la  organización  revolucionaria del  proletariado.  Finalmente,  una  percepción  formalista  de las  exigencias revolucionarias,  según  la  cual  el  problema  se  reduce  a los  medios  para  conquistar  el  Poder,  perdiendo de vista  la  participación  de  las  masas  en  este  proceso  y,  lo que  es  más  importante,  despreocupándose  por  completo  de la  cuestión  de cómo  construir  la  nueva  sociedad y el  nuevo  Estado  democrático popular;  cómo,  desde  ya,  entender la  construcción del  Partido  y la  organización  revolucionaria  de las  masas  como  prefiguración  de la  nueva   sociedad  en que  estamos  empeñados.

"En  la  lucha  revolucionaria  por  el  poder  popular  y el  socialismo,  no  es   suficiente  el  planteo  de  las  formas  de  lucha  adecuadas  a  tal  fin;  es  igualmente  indispensable establecer  el  cómo  se  construirá  la  nueva  sociedad  que  emerja   de la  revolución  victoriosa".

De  aquí  la  imposibilidad  de  entender  la  teoría  como  generalización  de la  práctica;  y  ésta  como   hecho  que se   enriquece,  potencia  y   desarrolla  si  es  alumbrada  por  una  teoría  revolucionaria.

Luego  de la  muerte  de  Mariátegui  es  muy  poco  lo  que  se ha  avanzado  en el  terreno  de la  teorización  de la  revolución  peruana.  En   parte  debido  a la  distorsionada  manera  de  entender  el  marxismo,  sea  en  su  versión  dogmática  e  “izquierdista”.   Y,  en   parte,   consecuencia  de lo  anterior,  por la  incapacidad  para  conocer  en  profundidad  la  realidad  económica  y  social  del   país,  penetrar   en su  historia,  descubrir  los  elementos  nuevos  que  surgen  en  el  seno  del  vasto  movimiento  popular  a la  espera  de su  generalización  teórica.

Esto,  explica  también  el  enorme  retraso  teórico  que  cargamos   respecto  de la  experiencia  práctica  de las  masas  y las  del  mismo  Partido  a lo  largo  de su  prolongada  existencia.  Como  resultado  de  esta  constatación  advertimos  una  grave  tendencia  espontaneísta  que  ha  posibilitado   en   determinados  períodos  de su  historia,  sumergir  a la  vanguardia en  la   estrechez  de las  reivindicaciones  parciales o el  movimiento  económico  de los  trabajadores.

En  las  condiciones   señaladas,  era  virtualmente  imposible  el  desarrollo  vigoroso  de la  teoría  revolucionaria  en  el  Perú.  Imposible,  igualmente,   sacar  lecciones  de la  historia,  generalizar  teóricamente  la  experiencia  práctica,  advertir  el  surgimiento  de lo  nuevo  separando  la  paja  del   grano.   Finalmente,  enriquecer  el  acervo  revolucionario  acumulado  transformando  todo  aquello  que  tiene  de  espontáneo,  disperso  aparentemente  casual,  en  factor  consciente,   organizando,  fundamentando científicamente,  organizado,   fundamentado  científicamente.

En  estas  circunstancias,  la  exigencia  cotidiana,  el   quehacer  diario,  los  objetivos  parciales,  terminan  por  reducir  la  actividad  política  revolucionaria  a  mera  inmediatez,  a  la  adaptación  al   estado  de  cosas  existente,  perdiendo  de  vista  su  producto  sentido  transformador  y  creador.

Con  el   surgimiento  de las  Asambleas  Populares,  la  cuestión   del  Poder  del  Estado  democrático  popular  adquiere  connotación  práctica,  señalando  la  factibilidad  de su  construcción  por  las  propias  masas,  bajo  la  dirección   de los  comunistas.  Ocurre  otro  tanto  con  la  Autodefensa  de  Masas,  que  permite  descubrir  una  vía  original  en  el  esfuerzo  por la  organización   de la  resistencia  popular  según  el  principio  de:  el  pueblo  en  armas.  Ni   qué  decir  de las  potencialidades  de  Frente  Único  que  encierran   los  Frentes  de  Defensa.

El  sustento  teórico  que  da   consistencia  a la  cuestión  planteada   reside  en  lo  siguiente:  en  la lucha  revolucionaria  por el  poder  popular  y el  socialismo,  no  es   suficiente  el  planteo  de  las  formas   de  luchas  adecuadas  a  tal  fin;  es igualmente  indispensable  establecer  el  cómo  se  construirá  la  nueva  sociedad  que  emerja  de la  revolución  victoriosa,  la  nueva  organización  estatal.  Este  "¿cómo  construir?"  involucra,  a   su  vez,  la  cuestión de  conocer  y  desarrollar  sus  elementos  básicos  cuya  gestación  comienza  con  anterioridad  a la  propia  conquista  del  Poder  a  escala  nacional,  prefigurándose,  en  primer  lugar,  en  la  organización  y acción  revolucionaria  de  las  masas;  finalmente,  pese  a   su  carácter  todavía  embrionario,  imperfecto,  muchas  veces  disperso  e  intermitente, en  los  órganos  de  democracia  directa  surgidos,  particularmente  en las  Asambleas  Populares,  que  ya  no  pueden  ser  contenidos  dentro  de los  parámetros   de la  democracia  burguesa  formal  dado  que  representan  su  negación  al  mismo  tiempo  que su  superación  cualitativa.  Y  que,  por  eso  mismo  expresan  la  cristalización  de la  necesidad  de la  revolución  como  requisito  insoslayable  para  resolver  las  contradicciones  económicas,  sociales  y  políticas.

En  otras  palabras,  las  formas  de  democracia  directa,  si  se  toma  lo  sustantivo  que los  caracteriza,  ya  no  pueden  ser  contenidas  en  la vieja  institucionalidad;  su  sola  presencia  es la  demostración  de que  las  masas  se  abren  paso  a  nuevas  formas  de institucionalidad  democrático-revolucionaria,  cuyo  porvenir  sólo  puede  ser la  conformación  de  un   nuevo  ordenamiento  estatal,  la  instauración  del  Estado  democrático  popular.

A  partir   de  este  punto  de  vista  teórico,  que  la  existencia  práctica  ha  colocado  sobre la  mesa,  es  que  estaremos  en  condiciones  de  calar  la  profunda significación  de los  órganos  de la  democracia  directa  como  necesidad   práctica  actual,  como  uno  de los  factores  centrales  de la  acumulación  revolucionaria de  fuerzas y  como  medio   de  preparación  para  las  grandes  batallas próximas.

III.  TOMAR  EN  CUENTA  LA  EXPERIENCIA  INTERNACIONAL  DEL  PROLETARIADO  Y  EL  PAPEL  DE LAS  MASAS.
Tiene indudable  importancia,  para  los  fines  aquí  tratados,  remitirnos  sucintamente  a  determinadas  experiencias  de  significación  internacional  y  a  la  actitud  de los  grandes  maestros  de la  clase obrera    al  valorar  la  "iniciativa  histórica"  de las  masas,  o  al   recoger  los  elementos  nuevos  que  aportan  al  acervo  de la  teoría  y de la  práctica  revolucionarias  del  proletariado.

Es  sabido  que  Carlos  Marx   apreció  altamente  el  significado  histórico  de  la  comuna  de París.   Vio  en  ella,  en  efecto,  pese  a  cualquier  error  de los  insurrectos,  la  proeza  más  gloriosa de los  trabajadores  franceses:  "un  gobierno  de la  clase  obrera,  fruto  de  la  lucha de la  clase  obrera,  fruto  de la  lucha  de la  clase  productora  contra  la  clase  apropiadora,  la  forma  política  al  fin  descubierta  para  llevar  a  cabo  dentro  de  ella  la  emancipación  económica  del   trabajo"  (1).  En  suma,  el  primer ejemplo  concreto e  inobjetable de la  dictadura  del  proletariado.

"¡Qué  flexibilidad,  qué  iniciativa  histórica y  qué  capacidad  de  sacrificio  tienen  estos  parisienses!" "!La  historia  no  conocía  hasta  ahora  semejante ejemplo  de  heroísmo!"   escribió  exultante  a  Kugelmann  en  abril  de  1871.

Tal   la  apreciación  de un  movimiento  revolucionario que  surgió  espontáneamente,  sin  que  nadie  la  prepara  de  antemano  ni  la  organizara  consciente  ni  sistemáticamente;  que  instauró  por  primera  vez  el  Poder  de la  clase  obrera  en  medio  de la  crisis  provocada  por  la  guerra,  el  cerco  de las  tropas  alemanas  sobre París,  la  indignación  de los  sectores populares  frente   a  la  gobernante  que  había  demostrado  su  incapacidad  absoluta  y  su   descomposición,   y la  efervescencia   revolucionaria  de  los  trabajadores.

La  revolución  del   18  de  marzo  de  1871,  emerge  como  la  síntesis  de un  período  de  crisis  muy  profundo  que  puso inesperadamente, por  decir  así,  el  poder   en  manos  de la  Guardia  Nacional  y,  a  través  de  ésta,   en  manos  de  la  clase  obrera  y la  pequeña  burguesía.

Pero  Marx  no  se  contenta  con  reconocer las  proezas  del  proletariado  parisiense  que se  "atrevió  a  tomar  el  cielo  por  asalto".  Va  hasta  el  fondo  del  problema,  lo  estudia  en  todos  sus  aspectos,  se  propone  aprender de la  gesta  heroica  de las  masas  y  extraer  de  esa  experiencia  conclusiones  teóricas  científicamente fundadas  que,  además  de  confirmar  sus  tesis  sobre  la  cuestión   del  Estado  y la  revolución  proletaria,  las  enriquezcan  y  completen.

¡Sí.   Carlos  Marx  sabía  confrontar  con la  práctica sus  conclusiones  teóricas, sabía  aprender de las  masas  con  modestia  y  extraer  de sus  luchas  consecuencias  certeras!.

A  partir  de  la  Comuna de París,  y como  adquisición de  ésta,  quedaba  plenamente confirmada  la  teoría  de la  dictadura  del  proletariado  en la  revolución  social,  dado  que  la conquista del  Poder  no  podía  limitarse  al  paso  de  una  mano  a  otra  del  aparato  burocrático  militar,  sino   que  éste  debía  ser  "demolido"  como  condición  previa  de toda   revolución  popular".

Nada  más  ilustrativo  para  considerar  en toda  su  dimensión  lo  que   esto  significa,  que  recoger   las  palabras  de  Lenin:

"En   setiembre  de  1870,  Marx  calificaba  la  insurrección  de  locura.  Pero,  cuando  las  masas  se  sublevan,  Marx   quiere  marchar  con  ellas,  aprender  al  lado de las  masas,  en  el  curso  mismo  de la  lucha,  y  no   dedicarse  a  darle  consejos  burocráticos.  Marx  comprende  que los  intentos  de  prever  de  antemano, con  toda  precisión,  las  probabilidades  de  éxito,  no  serían  más que  charlatanería  o  vacua  pedantería.  Marx  pone,  por  encima  de  todo,  el que la  clase  obrera  crea  la  historia  mundial  heroicamente,  abnegadamente  y  con  iniciativa.  Marx  consideraba a la  historia  desde  el  punto de vista de sus  creadores,  sin tener la posibilidad de prever  de antemano, de modo infalible, las  posibilidades de  éxito,  y no  desde el  punto  de vista filisteo  intelectual que viene  con la  moraleja de que  'era  fácil  prever...' " (2) .

Hoy  cuando  cunde cierto  cretinismo  electoral,  en  que el  triunfalismo comienza a  hacer  carne en ciertos círculos de la  izquierda,  en que se  desconfía de las  masas,  de su  iniciativa,  de su  radicalidad,  de su  acción "plebeya",  no  está  demás  retornar a los  grandes creadores  del  marxismo para  quienes  la  "iniciativa  histórica "  de la  clase  obrera  y el  pueblo  siempre  fue  un  asunto de  vital  importancia  en  la  revolución.

Si  la  Comuna  de  París  significó  un   salto  gigantesco  en  la  práctica  revolucionaria  del  proletariado  y  en  la  elaboración  de la  teoría  marxista del  Estado  y la  revolución,  la  aparición de los  soviets  en la  Revolución  de  1905  como  creación  espontánea  del  proletariado  ruso,  permitió  avanzar  aún  más  en  esta  dirección.   Los  sóviets  (esto  es las  asambleas  de  diputados  obreros)  tienen  un  origen  bastante  modesto.  Nacen  como  representación  de los  trabajadores,  autorizada  por  los  funcionarios  zaristas,  para  luchar  por  mejoras  económicas. Más  adelante  devienen  centro  de dirección del  movimiento  huelguístico.  El   primer  sóviet de  diputados  obreros  se  formó  el  15  de  mayo  de  1905  en  Ivánovo  Vosnesiensk,  distrito  textil  moscovita,  asumiendo  funciones de  Comité  de  Huelga,  convirtiéndose  con  enorme  rapidez  en la  primera  representación  abierta de los  intereses  de toda la  ciudad.   En  julio,  se  organizó  otro  sóviet en  Kostromá,  en  setiembre   surgieron  otros  en  diversos   gremios  de  Moscú.  Con la  insurrección  de  diciembre  los sóviet   se  expanden  a  diversos  lugares   de  Rusia  alcanzando  su  expresión  más  completa,  es  decir,  asumiendo  ya  formas  embrionarias  de un  nuevo  Poder  revolucionario,  en  Petersburgo,  donde   estuvo  en  funciones  públicas  e  ininterrumpidamente  durante  50  días,  hasta  que  fue  vencida  por la contrarrevolución  zarista. 

La  fuerza  de los  sóviet  descansaba  en la  potencia del  ascenso  revolucionario  de las  masas  trabajadoras,  en  su  insurgencia,  rompiendo  por la  vía   de los  hechos  las  trabas  impuestas  por el  zarismo;  pero  también  en la  debilidad  de éste,  en la  inseguridad  y  vacilaciones  del  gobierno,  en su  pérdida  de la  iniciativa  política  que  lo  obligó  a  dar  un   paso  atrás  para  preparar  la  ofensiva  contrarrevolucionaria.