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EL NEGOCIO
DE LA RECONSTRUCCIÓN
Por Manuel Guerra | |
La
destrucción y la desgracia humana se han convertido en una
oportunidad de negocios para las empresas privadas. Sucedió así en
Irak, donde grandes empresarios norteamericanos se echaron millones
de dólares al bolsillo para reconstruir las ciudades que los
bombardeos ordenados por Bush convirtieron en ruinas. Sucedió en
Nueva Orleáns, después que el huracán Katrina asolara esa región y
mostrara a los ojos del mundo la miseria en que viven millones de
norteamericanos. Sucede hoy en Pisco, donde los empresarios,
amparados por Julio Favre, que mientras muestran rostros compungidos
para las cámaras, calculan cuanto ganarán con el pingüe negocio de
convertir los escombros dejados por el terremoto en “la región más
próspera y moderna del Perú”.
Por
supuesto que para ello han necesitado dar un empujón al Estado y sus
instituciones regionales y locales, usando el manido argumento de la
incapacidad de las instituciones públicas frente a la eficiencia
indiscutida del sector privado. Cuentan para ello, como no, con la
bendición del Presidente García, convertido hoy en el más ferviente
devoto del catecismo neoliberal, y con la batería mediática
derechista, en la que la Chichi Valenzuela hace gala de la más
desenfrenada esquizofrenia política.
El
“Zar de la reconstrucción” pertenece a esa pandilla de la derecha “combi”,
racista y chabacana, entre cuyos miembros destacan personajes como
Aldo M, Ricardo Bedoya y Martha Hildebrandt. Favre no solo es un
empresario mediocre, es también un tipo que ha cobrado notoriedad
por ser un reaccionario bilioso e insultante (franqueza, le llaman
sus defensores), por haber colaborado activamente con lo más oscuro
del fujimontesinismo, y por haber participado en la guerra sucia,
nada más ni nada menos que poniendo sus propiedades a disposición de
torturadores y él mismo levantando una organización paramilitar. (A
esto último la Chichi, muy seriecita ella, le ha llamado legítima
defensa).
Y
este personaje, que proclama su disposición a sacrificarse por el
país, que asegura que va a trabajar sin cobrar un centavo, ha sido
investido con amplios poderes para determinar cuáles empresas
constructoras e inmobiliarias medrarán con los 500 millones de soles
que se calcula que el Estado deberá desembolsar para la
reconstrucción. Y en aras de la supuesta eficiencia se han
eliminando cualquier atisbo de fiscalización y los “engorrosos
trámites burocráticos” que entraben la gestión.
Con
esta lógica mercantilista e impunidad asegurada no es de extrañar
que la Vice Ministra de Transportes haya salido a defender a capa y
espada a su ex empleadora, la Telefónica, absolviéndola de toda
responsabilidad en el colapso de las comunicaciones en plena
emergencia ocasionada por el sismo. Tampoco es de extrañar que la
empresa Soyuz subiera los pasajes debido a la demanda de la gente
que quería viajar al sur, angustiada por la suerte de los suyos, o
que periodistas que ayer fungían de izquierdistas radicales hayan
vendido su alma al diablo por un puñado de dinero.
Negocios son negocios.
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