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SERVÍ A MI PATRIA
Por
Manuel Guerra | |
Con esta frase
que gritaba a los cuatro vientos mientras era conducido por la
policía después de su captura, Jesús Sosa Saavedra pretendía
justificar las muchas muertes y torturas que cometió durante su
desempeño como ejecutor en el contexto de la guerra sucia que las
fuerzas armadas, con el aval de los gobiernos de turno,
implementaron en el país desde 1980 para combatir a la subversión.
Es la misma
frase que han esgrimido Martin Rivas y los otros integrantes del
Grupo Colina, los altos jefes militares y policiales involucrados en
esta vorágine sangrienta donde la violación de los derechos humanos
se convirtió en política de Estado, en procedimiento que dictaban
los manuales de la “guerra clandestina”, en la aplicación de la
doctrina contrainsurgente aprendida en la Escuela de las Américas,
institución creada por el imperio norteamericano para estos fines,
donde se graduaron más de 60,000 militares y policías de toda
América Latina.
El periodista
Ricardo Uceda en su libro Muerte en el Pentagonito recoge los
resultados de una minuciosa investigación sobre la guerra sucia que
se aplicó en el país entre 1982 y 1993 y da cuenta de manera cruda y
objetiva cómo se procedía a los secuestros, a las torturas, a las
ejecuciones a sangre fría, a los procedimientos macabros para
desaparecer los cadáveres; actividades que fueron realizadas por
grupos que operaban dentro de las estructuras de los servicios de
inteligencia, y que no constituyeron hechos aislados, sino que
fueron resultado de un plan sistemático que contaba con el soporte
económico y logístico de las fuerzas armadas, con el conocimiento de
sus mandos y con la impunidad que les garantizaba el poder político
de turno. Porque esta guerra sucia que se ensañó sobre todo con los
pobladores campesinos atravesó el segundo gobierno de Belaunde, el
primer gobierno de Alan García y el régimen fujimorista, todos ellos
comprometidos con crímenes de lesa humanidad.
Alberto Fujimori
premió con asensos a los miembros del Grupo Colina y los felicitó
por sus “servicios” prestados a la patria. Cuando sus fechorías se
conocieron y el repudio ciudadano se hizo unánime, no quedó más
remedio que hacer la pantomima de un juicio y condena en los
tribunales militares para luego amnistiarlos y dejarlos en libertad,
hecho que motivó la intervención de la Corte de San José que ordenó
que fueran procesados nuevamente. Jesús Sosa es el último de los
miembros del Grupo Colina en ser capturado, y como ya lo han hecho
sus compinches repite el libreto de yo solo serví a mi país, soy
un soldado que cumplía órdenes.
El reo Fujimori,
procesado, entre otras cosas, por haber conocido y avalado las
actividades del Grupo Colina, entre cuyos crímenes se encuentran la
matanza de Barrios Altos y los crímenes de la Cantuta, siempre
alardeó de ser el artífice de la derrota infringida a los grupos
subversivos. Hay un denominador común en la línea de argumentación
de Martin Rivas y Alberto Fujimori, ambos pretenden convencernos que
sus actos sirvieron al país, que sin ellos el terrorismo no hubiera
sido derrotado, que los muertos constituyeron el costo que había que
pagar para salvar al país y a la democracia. Claro que ya en el
banquillo de los acusados se cuidan mucho de asumir responsabilidad
en los crímenes por los que podrían purgar largas condenas en la
cárcel.
Jesús Sosa,
alias kerosene, ha dicho también que Fujimori es inocente, que no
sabía nada de lo que ellos hacían. Lo dice en medio del mega juicio
que se le sigue al ex dictador y cuando abundan pruebas y
testimonios que confirman lo contrario. César Nakasaki, abogado de
Fujimori, ha advertido que el testimonio de Vladimiro Montesinos
abonará asimismo en exculpar a su defendido. La complicidad, las
negociaciones, el contubernio, el espíritu de cuerpo entre los
criminales: con ello cuenta Nakasaki para desbaratar a la parte
acusadora.
A esta gavilla
de delincuentes hay aún sectores de la derecha que los consideran
héroes que prestaron invalorables servicios a la patria y que ven
como una tremenda injusticia que sean juzgados por sus delitos. Es
la misma derecha que justifica el autogolpe del 5 de abril 1992 y
que glorifica a su engendro más preciado: la espuria Constitución de
1993, instrumento necesario para legalizar el autoritarismo y la
aplicación del modelo neoliberal en curso.
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