OBRAS COMPLETAS DE JOSE CARLOS MARIATEGUI

MARIATEGUI Y SU TIEMPO

     

      

EL VIAJE A EUROPA

 

�Yo no he sabido nunca lo que es la nostal�gia �sol�a decir Mari�tegui, cuando hablaba de su viaje a Europa�; siempre, siempre siento una extra�a alegr�a cada vez que tomo un barco, un tren para marcharme a otra ciudad. Eso me pas� al embarcarme en el Callao, eso me pas� al marcharme de Par�s, donde encontr� los signos de mi destino, y al marcharme de Roma, donde he vivido una de las �pocas m�s felices de mi vida. Me parece que voy a volver muy pronto, y luego me entrego al paisaje que tengo delante y el paisaje me atrapa, me absorbe enteramente. Eso de que en "cada viaje se muere un poco", seg�n dicen los poetas, no es cierto para m�. Yo no he tenido la menor idea de la muerte hasta el d�a en que estuve enfermo, hace meses, en el hospital. En los viajes no me ha sido dado escuchar m�s que las voces de la vida. Mi emoci�n en un viaje es la emoci�n di�fana del alba. Por eso me extra�aba mucho y no pod�a com�prender a Falc�n, con quien me embarqu� en el Callao, cuando le ve�a triste y le o�a hablarme, a lo largo del viaje, de sus penas, de su nostalgia de Lima.

�Quiere decir que en usted no habla lo que de sangre india debe tener, puesto que la nostalgia parece ser el elemento primordial del sen�timiento ind�gena, le interrogaba alguno de sus oyentes.

�No me dice nada, absolutamente... Cuando se deja el �ltimo de nuestros m�seros puertos, uno no sabe que va a encontrarse con un mundo nuevo en Panam�. Desde all� comienza otra visi�n distinta. El verdadero mundo occidental de la metalurgia y la t�cnica capitalista. Los yanquis han hecho all� la primera gran maravilla de la ingenier�a contempor�nea.

Aprovechaba entonces la ocasi�n para hacer el elogio de los yanquis:

�Ese pueblo, nacido de cu�queros, de rebel�des, de contrabandistas y desterrados n�rdicos, ha llevado al sistema capitalista hasta el m�s alto plano. Su reinado comienza ahora. Es cierto que quiz� no dure como el de Inglaterra, que, despu�s de sus trescientos a�os de hegemon�a econ�mica y pol�tica en el mundo, entr� ya, a ra�z de la guerra mundial, en la hora de su crep�sculo. No hay remedio. Pero el pa�s de Lincoln y Walt Whitman tendr� su �poca de predominio mundial, despu�s de la cual vendr� la de Rusia. Y creo que ha comenzado. El caso de Lindbergh es un s�mbolo, o, mejor dicho, una manifestaci�n. La gran haza�a del aire ha sido realizada por un yanqui. Pero no s�lo es cuesti�n del hombre, sino tambi�n cuesti�n de la m�quina. El hombre y la m�quina compenetrados. La potencialidad de la m�quina y la potencialidad del hombre armonizadas. El hombre en Estados Unidos debe traer ya, desde que nace, una facultad extraordinaria para adaptarse a la m�quina y dominarla. Tambi�n hay aqu� un caso de salud perfecta, claro est�. Lindbergh tiene que ser un hombre de organismo perfecto.

��Tendiendo a la m�quina?

�All� voy: un organismo de salud perfecta, de una salud distinta, que ha venido haci�ndose en generaciones... La salud de Lindbergh est� en relaci�n con la de su pueblo... Porque en otras partes del mundo hay tambi�n hombres de salud perfecta, y hay tambi�n aviadores, pero ni siquiera nos es dado imaginar que un compatriota nuestro, por ejemplo, por m�s sano que sea y por m�s buen aparato que se le d�, podr�a realizar tal haza�a. Lindbergh es el producto t�pico de un pueblo en pleno vigor de ascenso, donde la t�cnica del maquinismo ha llegado a su m�s alto plano.

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La hegemon�a econ�mica y pol�tica de Estados Unidos y la decadencia de Inglaterra. Ya Mari�tegui hab�a muerto cuando el mundo tuvo el espect�culo del rey m�s poderoso de nuestro tiempo, que abandonaba su trono para casarse con una norteamericana cien por cien, con un producto femenino neto de Estados Unidos. Pero, de haber estado vivo, habr�a dicho seguramente, completando su pensamiento:

�Este es un hecho simb�lico. Un hecho en el que no s�lo intervienen cuestiones personales. Este matrimonio no es m�s que un s�ntoma que expresa, por un lado, la decadencia de un pueblo, en el que su rey abandona el trono para casarse con una mujer, a quien repudia su Corte, y, por otro, la potencialidad de un pueblo produciendo un tipo de mujer nueva, que con la misma sen�cillez se casa, se divorcia, como juega tennis, lee a Shakespeare o habla con un emperador... En los antiguos tiempos tambi�n se daban estos s�ntomas. En el Egipto, poderoso y due�o del mundo, los Faraones s�lo se casaban con las prince�sas de su propia sangre. Cuando el Egipto co�menz� a decaer y surgieron otros pueblos a la conquista del porvenir, entonces los Faraones fueron a buscar sus mujeres entre otras prin�cesas, las de Mesopotamia, por ejemplo.

* * *

Estuvo d�as solamente en Nueva York. Aque�llas moles gigantescas de edificios, aquel tr�fago fenomenal de muchedumbres automatizadas, aquella orquestaci�n formidable de elevados, autom�viles y ascensores, aquel cielo oscuro de humo, fueron un espect�culo demasiado violento para sus sentidos y sus nervios, acostumbrados al ritmo lento y a las suaves impresiones de su ciudad virreinal. Por esa �poca no sab�a nada de ingl�s; comenzaba m�s bien su aprendizaje de la lengua francesa. No hizo, pues, m�s que apresurarse para emprender el vuelo transatl�ntico que le llevar�a a Francia, que desde hace siglos es el pa�s de los Derechos del Hombre y tambi�n la ciudadela del pensamiento y el centro del arte universal.

* * *

Cuando las gentes de dinero llegan a Par�s, ya se sabe que van a vivir por los alrededores de La Concordia, los Campos El�seos o la Etoile, los barrios de los palacios seculares, los hoteles de flamante estilo norteamericano, y los caf�s des�lumbradores y solemnes como catedrales. Los es�tudiantes, los artistas no suelen ser gentes de dinero; no toman, pues, la misma direcci�n. Ya lleguen desde la India, desde Espa�a o desde el Per�, toman el camino del Barrio Latino.

Este barrio los espera con sus universidades m�s ilustres desde los tiempos de Santo Tom�s y Pasteur, sus peque�as tabernas que hacen lo posible por conservar su viejo estilo; sus tem�plos g�ticos de aut�ntico granito medieval, y las encantadas avenidas de su Luxemburgo.

En todos estos lugares de estudio, diversi�n o paseo se exhiben a cada paso las pintorescas y variadas estampas del cosmopolitismo: un mulato cubano lleva al brazo a una rubia de Dinamarca; un estudiante de Manchester departe cordialmente sus minutos con un devoto de Confucio y con un negro retinto de Harlem; en un grupo de j�venes que hablan franc�s se oye la "rr" arrastrada del sudamericano, la "g" gutural del alem�n y la "i" melodiosa del chino. Mundo de poetas, de pintores, de estudiantes, donde, naturalmente, florecen a su gusto el amor, la bohemia y el ideal.

El ideal que puede buscar la realizaci�n de un milagro de l�neas, perspectivas y colores en el lienzo; que puede buscar por el camino de la ciencia una f�rmula que alivie el sufrimiento hu�mano, o que trate de lograr el establecimiento de nuevos principios sociales. Junto a los artistas y estudiantes no faltan, pues, los revolucionarios. All� vivi� Mari�tegui.

* * *

Mari�tegui comenz� a o�r desde un hotelito del Barrio Latino las primeras voces, a compren�der los signos de la gran ciudad cosmopolita.

Cerca de dos a�os hac�a ya desde la fecha del armisticio, y la vida parisiense hab�a entrado en sus cauces de normalidad, de una normalidad turbada por las visiones de la pesadilla reciente.

Ya el sacrificio de Alemania hab�a sido consumado. Capitaneando a los Gobiernos de la Entente, el Gabinete Clemenceau acababa de lanzar el peso brutal de las reparaciones sobre los hombres del pueblo alem�n. Los prop�sitos y las palabras de Wilson, que anunciaban una paz digna y sin anexiones, hab�an sido h�bilmente escamoteados, y el mapa de Europa quedaba una vez m�s artificiosamente transformado, seg�n los intereses de los vencedores. Continuaban, pues, en vigencia las leyes b�rbaras de la guerra. No hac�a mucho tiempo que el militarismo teut�n hab�a impuesto a las nacientes rep�blicas sovi�ticas, en Brest-Litovsk, unas condiciones de paz no menos inhumanas y b�rbaras, que provocaron la protesta universal de los hombres libres, y he aqu� que el pueblo alem�n ten�a que soportar a su vez la gran humillaci�n del Tratado de Versalles, puesto de rodillas. Los Gobiernos enemigos, cegados por un pernicioso chauvinismo, no pensaban en la imposibilidad que entra�aban sus deseos de aplastar para siempre a un pueblo de 60 millones de habitantes. Estaban lejos de imaginar que, poco a poco, levantando una rodilla primero y la otra despu�s, Alemania se reincorporar�a para aparecer un d�a monstruosamente deformada, con una expresi�n de feroz locura en el rostro y tocada con el casco guerrero, llevando el pu�al homicida en la mano. Clemenceau y el militarismo franc�s no pensa�ron en eso, y se mostraban satisfechos de su obra.

Pero, frente a esa Francia del chauvinismo y la revancha, se agitaba angustiosamente la Fran�cia del esp�ritu pacifista. "�Qu� hacer? �se dec�an muchos artistas y escritores, muchos hombres responsables que hab�an conocido el horror de las trincheras, que ten�an mutilaciones en el cuerpo y lesiones incurables en el alma�. �Qu� hacer para evitar que otra vez caiga el gran flagelo sobre los hombres? Todo el esfuerzo de la inteligencia humana, en lo que cuenta de historia, no ha servido para nada. Ni el arte, ni la filosof�a, ni la religi�n con sus edificaciones seculares, han podido resistir ni un segundo al empell�n del salvajismo agazapado en lo m�s rec�ndito de la conciencia. �Qu� hacer?" Y muchos de estos hombres fueron presa de un mortal desencanto: se hicieron esc�pticos, anarquistas, dada�stas...

Pero no faltaron esta vez tampoco los visio�narios fervorosos, que creyeron ver un nuevo resplandor de aurora surgiendo por tierras de Tolstoy y de Dostoyewski. Estos hombres se di�jeron: "La guerra no es m�s que la maquinaci�n horrenda de unas cuantas centenas de viciosos sat�nicos, que han llegado a adue�arse del poder a causa de la mala organizaci�n social. Para evitar la guerra es indispensable cambiar las bases de la sociedad en que hasta ahora hemos vividos". Y la voz luminosa de uno de ellos, la de Barbusse, repercuti� en El Fuego por todos los �mbitos del mundo. Era la voz de un escritor que ya, desde antes de la guerra, se hab�a conquistado un renombre universal con ese libro de la angustia, de la piedad y del amor supremos que se llama El Infierno.

Barbusse no se conform� esta vez con ser s�lo un escritor; quiso ser un militante activo de su idea; quiso transmitirla con la propia voz de sus labios; quiso verla encarnada, realiz�ndose. Y llam� a todos los escritores independientes del mundo para unirse a la obra. Con Anatole France, fund� el grupo "Claridad".

Mari�tegui se sinti� influido poderosamente por la voz apost�lica. Fue el momento en que quiso asumir una responsabilidad ante s� mismo y ante los hombres, y eligi� definitivamente el camino de la lucha.

Hasta ese momento hab�a sido un simple intelectual, simpatizante de los estudiantes y obreros de avanzada. Comenzaba el forcejeo para desprenderse de sus prejuicios y sus taras. Tarea sencilla, al parecer, pero que cuesta tiempo, vigilancia constante, agon�a. Hasta poder escribir, despu�s, ya en Am�rica, libremente estas palabras, que ten�an muy presente su propia experiencia:

"Los intelectuales son generalmente reacios a la disciplina, al programa y al sistema. Su psicolog�a es individualista y su pensamiento es heterodoxo. En ellos, sobre todo, el sentimiento de la individualidad es excesivo y desbordante. La intelectualidad del intelectual se siente casi siempre superior a las reglas comunes. En ellos es frecuente, en fin, el desd�n por la pol�tica. La pol�tica les parece una actividad de bur�cratas y de r�bulas. Olvidan que as� es tal vez en los per�odos quietos de la historia, pero no en los per�odos revolucionarios, agitados, gr�vidos en que se gesta un nuevo estado social y una nueva forma pol�tica. En estos per�odos, la pol�tica deja de ser oficio de una rutinaria casta profesional. En estos per�odos la pol�tica rebasa los niveles vulgares e invade y domina todos los �mbitos de la humanidad. Una revoluci�n representa un grande y vasto inter�s humano. Al triunfo de ese inter�s superior no se oponen sino los prejuicios y los privilegios amenazados de una minor�a ego�sta. Ning�n esp�ritu libre, ninguna mentalidad sensible puede ser indiferente a tal conflicto".1

* * *

Conoci� a Barbusse en la redacci�n de Clart�. Trataremos de recordar las palabras que Mari�tegui sol�a decirnos en Lima, al recordar a Barbusse, y las palabras que el autor de El Fuego nos dijera en Par�s, refiri�ndose al director de Amauta.

�Una de las obras que m�s me impresionaron en mi �poca de intelectual puro es El Infierno. Las voces y las im�genes que se agitan en ese libro son dif�ciles de olvidar. Se quedan pegadas a la conciencia de uno en forma extra�a por la veracidad del gesto y del acento. Barbusse era, pues, uno de mis �dolos cuando sal� del Per�, y abrigaba la remota esperanza de conocerle personalmente. Grande fue, pues mi alegr�a cuando, al salir del hotel donde viv�a, en el Boule�var Saint-Michel, vi la vidriera de una librer�a atestada de frescos ejemplares de Le Feu. Compr� el libro inmediatamente, y su lectura me caus� una de las m�s hondas emociones de mi vida. Algunos meses despu�s pude ver a Barbusse en las oficinas de Clart�, con el objeto de hacerle un reportaje. Por desgracia, mi franc�s, muy deficiente por esos d�as, no me permiti� entenderle como es debido. El reportaje no fue gran cosa y se qued� sin publicar. La figura de Barbusse impresiona no menos que sus libros. Es un magro y alto personaje de busto ca�do. Cre� encontrarme m�s bien ante un sacerdote de la humildad que ante un rebelde. Su cara es desproporcionadamente peque�a en relaci�n con su alto cuerpo. Tiene una expresi�n adolorida hasta cuando sonr�e, y da la impresi�n de que no supiera qu� hacer con sus desmesurados brazos. Despu�s le vi s�lo pocas veces: a mi vuelta de Italia. Pero no se ha olvidado de m�. En estos d�as he recibido una respuesta suya a una carta que le escrib� adjunt�ndole algunos ejemplares de Amauta.

No le hab�a olvidado. Cuando algunos a�os despu�s nos fue dado el honor de ver a Barbusse en repetidas ocasiones, sus primeras palabras eran, infaliblemente: "Et Mariategui? Comment va-t-il le petit indien? Avez-vous recu de ses nouvelles? Rappelez lui mon souvenir. Dites lui que je sais bien tout ce qu'il fait en Am�rique et que je l'admire".

Y dirigi�ndose a las personas que sol�an estar junto a �l:

�Vous ne savez pas qui est Mariategui? Et bien... c'est une nouvelle lumiere de'Am�rique; un sp�cimen nouveau de l'hombre am�ricain.

Casi las mismas palabras que Waldo Frank escribiera al dedicar a Mari�tegui su libro Am�rica Hispana2.

En Mari�tegui la inquietud del revolucionario fue, durante toda su vida, tan intensa como la inquietud del intelectual. Por eso es que ni en ese momento en que comienza su vida militante, ni durante los a�os posteriores, dej� de estar en �ntimo contacto espiritual con los poetas, con los artistas de todos los tiempos. Ya cuando publicaba Amauta, es decir, cuando entre el grupo de estudiantes, profesionales y obreros que le rodeaba era de obligaci�n mirar, si no con un poco de burla, con un poco de compasi�n a los poetas, porque eran los "signos de la decadencia", "los so�adores que no ten�an ni los ojos ni los pies en la realidad", Mari�tegui era el �nico que, contra viento y marea, pon�a en las p�ginas de su revista tanta dosis de poes�a como de sociolog�a o de ciencia. As�, los nombres de los "bardos" de Am�rica, todos j�venes, todos nuevos, se barajaban con los de Plejanov, Lenin, Trostsky, Barbusse, Unamuno, Ugarte, Sanin Cano y otras grandes lumbreras de la sociolog�a y la pol�tica. Y no hab�a s�lo eso. Mari�tegui ten�a al alcance de su mano a los viejos poetas, en su idioma original; a Baudelaire o Verlaine, por ejemplo, y sab�a muy bien distinguir lo que en ellos puede haber en realidad de signo decadentista y lo que en ellos hay de anticipaci�n y eternidad. Y entre las personas de su m�s estrecha intimidad, se pon�a a leer entonces, con la fruici�n del verdadero catador, sus poemas preferidos. Por ejemplo, aquel de Baudelaire, que comienza as�:

Oh soir, oh soir charmant, ami du criminel! II vient comme un complice, a pas de loup,Le del se ferme lentement comme une grande alcove Et I'homme impatient se change en b�te fauve...3

Ese magn�fico poema que, como ning�n otro, aprision� en su armon�a los sonidos, los colores, los movimientos y la angustiosa palpitaci�n nocturna de Par�s.

Fue esa refinada inquietud intelectual la que en Par�s guiaba sus pasos casi cotidianamente al Museo del Louvre, al Rodin; a la Com�die, para escuchar a Voltaire o Racine; a los conciertos de Bach, de Beethoven, de Falla o Stravinsky, cuando no asist�a a los debates de la C�mara de Diputados, donde brillaban en aquel entonces las estrellas de Briand, Poincar� y Millerand, o a los m�tines del barrio obrero de Belleville, prestigiados por la presencia de los sobrevivientes de la Commune.

Poco tiempo pudo permanecer en Par�s. Su "metro", su clima h�medo y los grises impert�rritos de su cielo invernal llegaron a quebrantar su salud. Se dirigi� sin m�s hacia el Sur. Hacia Italia, lugar que escogi� para fijar su residencia.

��Y cu�les son sus mejores recuerdos de Par�s? �sol�amos preguntarle.

�Mis mejores recuerdos son los m�tines de Belleville, donde sent� en su m�s alta intensidad la emoci�n social revolucionaria de las nuevas multitudes. Recuerdo tambi�n con mucho cari�o la sala del Louvre, donde por primera vez vi ese deslumbramiento, que yo creo tambi�n religioso, de las formas y colores renacentistas. Y recuerdo el Barrio Latino, con sus pintorescos restaurantes de todos los pa�ses: griegos, chinos, hind�es, donde se sienta a comer, bulliciosa y cordialmente, la grey cosmopolita y bohemia de artistas y estudiantes... Recuerdo el Luxemburgo, con sus peque�as fuentes, sus �rboles gigantescos, sus avenidas encantadas de rumores amorosos, junto a los bustos y estatuas de m�rmol y de bronce de los franceses gloriosos...

* * *

Por ese entonces se preparaba en Espa�a una conmoci�n precursora de esta tempestad tremenda (su guerra civil) que la ha inundado de san�gre de tope a tope. Se preparaban las famosas huelgas de Madrid y Barcelona, aplastadas por el pu�o implacable de Mart�nez Anido. Pero Italia tambi�n atravesaba por una encrucijada de la que saldr�a la contraola del sovietismo. Mari�tegui, entre estos dos pa�ses adonde �l pod�a ir a establecerse, por razones de salud escogi� Italia. Mas en tal instante no era posible predecir nada.

Segu�a brillando la estrella d'annunziana.

La figura del genial, al par que estrafalario vate, tomaba aires ol�mpicos, a pesar de su cabe�za pelada y su estatura deficiente. Acababa de realizar sus espectaculares proezas de aviaci�n y de pol�tica. Despu�s de haber "devuelto Fiume a la patria", enviaba sus mensajes de ret�rica admiraci�n a Lenin y dictaba para el pa�s de Orengo y del Camelo, donde se hab�a erigido en dictador, una Constituci�n que quedar� como ejemplo �nico de poes�a en el g�nero, y que comienza con estas palabras:

"La vida es bella y digna de ser bellamente vivida".

Despu�s ven�an sus incisos, en los que se ase�guraba "a los ciudadanos de dicho pa�s dichoso, una asistencia pr�vida, generosa e infinita para su cuerpo, para su alma, para su imaginaci�n y su m�sculo".4

Por desgracia, la Constituci�n no permaneci� mucho tiempo en vigencia; y fue a parar casi in�mediatamente, con los mayores respetos, a los museos fascistas, en la misma forma que su egre�gio autor fue a recluirse gloriosamente en el encantado palacio del lago de Garda, entregado otra vez a sus comparsas de ninfas de carne y hueso aut�nticas y de sus musas ilusorias.

El paisaje mediterr�neo de la ciudad ces�rea tuvo una inmediata acci�n bienhechora para la salud de Mari�tegui. Anduvo conociendo sus celeb�rrimas ruinas milenarias; visit� sus templos, frecuent� sus museos sin descuidar por eso ni un instante sus estudios sociol�gicos y sin dejar de seguir con la mayor atenci�n el movimiento de la pol�tica italiana. Es as� como pudo ver de cerca y documentadamente la gran derrota del socialismo italiano, obra de la que fueron art�fices tanto como la certera visi�n pol�tica y la astucia de Mussolini, la miop�a, la pesadez, la inepcia de los l�deres socialistas, que, despu�s de haber llevado al Parlamento a 136 diputados de su partido, es decir, despu�s de haber sido los �rbitros de la situaci�n, no hicieron m�s que ir perdiendo terreno, retroceder por su falta de valor en las horas decisivas, hasta verse completamente desprestigiados, abandonados por la peque�a burgues�a y por grandes sectores de los obreros, que eran las fuerzas sociales con que contaban.

La decadencia de los socialistas era la consecuencia de un fen�meno de polarizaci�n: una m�nima parte de la peque�a burgues�a ingres� en las filas del comunismo, el resto comenz� su desplazamiento hacia el fascismo. Era el momento parad�jico del centro. Parad�jico porque, en medio de dos fuerzas que se preparaban a enfrentarse en la lucha decisiva, su debilidad era su fuerza. La gesti�n liberal de Nitti fue el momento de la embestida revolucionaria en su m�ximo esfuerzo. Nitti, lo mismo que Alcal� Zamora en la Rep�blica Espa�ola de 1931, no hizo m�s que ceder al m�ximo, flexiblemente, a ese empuje revolucionario. Era el �nico medio para evitar la insurrecci�n armada que amenazaba con desen�cadenarse. Sab�a que en esta forma lo �nico que hac�a era favorecer al fascismo, movimiento con el cual no simpatizaba, pero que, de todos modos, ven�a a representar un mal menor y que parec�a remoto. Pero el fascismo no necesitaba sino poco tiempo para llegar a lucir su entera forma. Nitti recibi� en esa ocasi�n una terrible tempestad de improperios, desencadenada desde la de�recha temerosa, a quien precisamente estaba salvando. Lo mismo hicieron las derechas espa�olas con Alcal� Zamora, quien no pudo llevar su gesti�n al t�rmino que se propon�a, no por culpa suya, ciertamente, sino porque las derechas espa�olas no tuvieron la suerte de que les naciera un Mussolini.

Claro est� que tampoco las izquierdas italianas tuvieron su Lenin. Ni siquiera un Largo Caballero. De haberlo tenido, la ocupaci�n de las f�bricas, realizada bajo el gobierno de Giolitti, no habr�a resultado un fracaso tan lastimoso y trascendental. Despu�s de tal fracaso, la revoluci�n estaba perdida no s�lo en Italia sino en todo Occidente. En la arena de la lucha aparec�an las primeras legiones de los fascios, que con su sola presencia desbarataron a ese fantoche del Gabinete Facta, y asumieron el poder, no se sabe hasta cu�ndo.

Mari�tegui contaba despu�s, refiri�ndose a la ingenuidad de los parlamentarios italianos, la forma refinada que Mussolini empleaba para jugar con ellos.

�"El asesinato de Mateotti tuvo la virtud de provocar un comienzo de unificaci�n de las fuerzas liberales (Giolitti, Orlando, Salandra) con el bloque de oposici�n (grupos de socialistas de distintos colores, dem�cratas, etc.). El fascismo quedaba as�, parlamentariamente, casi aislado, aunque no totalmente, pues le acompa�aban, algu�nos diputados cat�licos, liberales nacionales, cat�licos nacionales separados de sus grupos.

"Los oposicionistas se retiraron del Congreso y fueron a sesionar en el Aventino. Cre�an que de esta manera el fascismo se ver�a obligado a dimitir el poder. Grave error, que s�lo algunos diputados vieron. Estos diputados propusieron que la Oposici�n del Aventino se constituyera en Parlamento del Pueblo, y que funcionara a manera de una convenci�n frente al Parlamento fascista de Montecitorio. Algo hab�an aprendido de Mussolini. Ten�an que actuar audazmente, ten�an que agitar el ambiente nacional en cierta forma propicia para la reacci�n antifascista. Claro est� que se trataba de una soluci�n revolucionaria. Pero el bloque del Aventino no quer�a tal cosa. Era un conglomerado heterog�neo y sin disciplina de partido. La proposici�n fue rechazada de plano y el bloque se limit� a plantear la cuesti�n del asesinato de Mateotti en un "terreno moral", creyendo que una consideraci�n de este g�nero determinar�a al fascismo a abandonar el poder. �Gentes que ni siquiera hab�an le�do a Machiavello! Estoy seguro de que no lo hab�an le�do. Y estoy seguro de que ten�an la creencia firme de que tampoco Mussolini lo hab�a le�do. �Profesores ingenuos! Mussolini dorm�a con su Machiavello debajo de la almohada. Y con su Sorel, junto a su pistola, en su mesa de noche. Ingenuos profesores... Mussolini les prepar� un hermoso anzuelo, que les har�a acudir como los pececillos. Envi� imprevistamente al Parlamento un proyecto de Ley Electoral que en la Italia de ese instante significaba un anuncio de convocatoria a elecciones generales. Efectivamente, la famosa oposici�n acudi� en masa. All� estaban llenando los esca�os de Montecitorio. Entonces fue cuando Mussolini, que es un actor teatral de primer g�nero, apareci� con el gesto de un pecador contrito y dispuesto a recibir la penitencia... Y comenz� la estupenda escena del 3 de enero. El jefe de los fascios comenz� leyendo, con dram�tica voz, el art�culo 47 del Estatuto de Italia, que otorga a la C�mara de Diputados el derecho de acusar a los ministros del rey y enviarlos, previo desafuero, ante las Cortes de Justicia. "Pregunto �dijo despu�s� si en esta C�mara o fuera de esta C�mara existe alguna persona que quiera utilizar ahora en este momento el art�culo 47". Luego continu�, con la temblorosa y efectista voz: "Si el fascismo no ha sido m�s que aceite de ricino y porra de goma, y no una pasi�n magn�fica de la mejor juventud italiana, �yo soy �l culpable!, �yo reclamo mi castigo! Si el fascismo ha sido una empresa de crimen, bien, yo soy el jefe y �nico responsable del crimen. Si todas las vio�lencias han sido originadas por el clima hist�rico v moral del movimiento, �bien! Acato la responsabilidad �ntegra, porque ese clima hist�rico, pol�tico y moral ha sido creado por m�".5 Inmediatamente despu�s anunci�, con voz apenas perceptible, que dentro de 48 horas la situaci�n estar�a resuelta... Y as� fue, en verdad: la cues�ti�n se resolvi� antes de las 48 horas... El objetivo hab�a sido alcanzado: la opini�n p�blica supo que la oposici�n hab�a reingresado al Aventino. Hubo calma en los esp�ritus. Entonces fue cuando Mussolini crey� oportuno suprimir de hecho, tajantemente, toda libertad de prensa oposicionista. Sab�a que as� dejaba inerme, inva�lidada a su famosa oposici�n parlamentaria... Mientras tanto, el inflamado Farinacci amenazaba en su peri�dico Cremona Nueva con desencadenar una segunda oleada de limpieza fascista para acabar con los liberales, los liberaloides y los socialistoides. "La primera oleada �dec�a� ha conquistado Roma; la segunda barrer� sin piedad con todos los adversarios del r�gimen salvador, en una noche de San Bartolom�". El poeta Marinetti y sus ac�litos futuristas estaban all� para aplaudir, versificando delirantemente, a los reto�os del nuevo Condottiero.

* * *

La palabra romanticismo no s�lo sirve para designar una determinada tendencia o escuela po�tica, art�stica en general. Designa tambi�n una especial naturaleza del esp�ritu humano, que exist�a ya antes de que se formara esa escuela y que existe y existir� siempre.

En todas las latitudes de la Tierra y en todos los tiempos han existido los rom�nticos: pol�ticos, revolucionarios rom�nticos, hasta enamorados rom�nticos.

Entend�monos. Si el romanticismo consiste en ese af�n constante e inveterado que lleva a los hombres a huir de la realidad para no afron�tarla tal cual es, para refugiarse en las ficciones del pasado o del porvenir, o, mirada la cuesti�n desde otro �ngulo: si el romanticismo consiste en una extra�a capacidad para idealizar una realidad determinada, atribuy�ndole condiciones o cualidades extra�as a las que le son peculiares, para amar as� en ella no a la realidad, sino a la idea que uno se ha formado de ella; en tal caso, Mari�tegui no ten�a nada de rom�ntico. Pocos hombres se ha conocido que sepan ver, como �l, hasta el fondo de las realidades, para sondearlas, desentra�arlas y saber lo que son: as� se encontraba en perfecta posesi�n de la cosa, conocedor de sus propias cualidades y de sus defectos. De esta manera, cuando llegaba a amarla, la amaba tal cual era. Por eso no le fue dado conocer nunca la desilusi�n del rom�ntico. Del rom�ntico, que puede ser un hombre feliz si logra atravesar la vida conservando la ficci�n de la realidad en las pupilas (ficci�n que puede a veces ser una visi�n parcial), pero que llega a ser el m�s desgraciado de los hombres si en un momento dado tiene la mala suerte de que la ficci�n se desvanezca y quede la presencia desnuda de la realidad.

Nos encontraremos entonces con el caso de Bol�var, exclamando, mortalmente amargado: "He arado en el mar", o "Los dos ilusos m�s grandes de la humanidad hemos sido Jesucristo y yo". �Rom�ntico, por no haber sabido penetrar de antemano la entra�a del hombre y de las cosas, por haberse hecho una ficci�n de la realidad!

Por eso, el rom�ntico puede llegar, con la luz de su ficci�n, a la perfecta categor�a del h�roe; es menos dif�cil, es cuesti�n de suerte, en cierto sentido. Por el contrario el otro hombre a quien no es propio llamar realista, por el desprestigio de la palabra, el hombre que sabe ver la maravillosa luz de la realidad misma, de esa luz que nace de su condici�n de existencia, del contrapeso o la armon�a de sus fuerzas positivas y negativas �pecado y virtud, dir�a un te�logo�, si est� dotado de otras cualidades complementarias, ese hombre llegar� a las m�s altas calidades de la santidad. Nadie m�s que San Francisco de As�s conoc�a a fondo la debilidad huma�na, su capacidad para el vicio, su facilidad para la injusticia y el mal. Sin embargo, pocos hom�bres amaron como �l a sus semejantes. Es que sab�a lo que en el ser humano hay tambi�n de inocencia, de debilidad sin culpa, de capacidad para el sufrimiento.

Mari�tegui pertenec�a a esa categor�a de hombres que conocen la naturaleza verdadera de las cosas y la aman tal cual es, sin dejar por eso de esforzarse en mejorarla; pues eso, la capacidad de mejoramiento, es tambi�n una de sus condiciones.

* * *

Mari�tegui tuvo en Par�s, primero, y, con m�s precisi�n, en Roma, al encontrarse frente a esas im�genes de madonas ingenuas, animadas por el genio de los maestros prerrenacentistas, el presentimiento y la previsi�n de la tierna y luminosa adolescente que deb�a ser poco tiempo despu�s, en Florencia, la compa�era cabal de su existencia.

Cuando la conoci� en esa misma tierra que inspirara sus milagros de luz y de colores a Fray Ang�lico y al Giotto, supo ya todo lo que en ella hab�a de auroral, de tonificante, de salu�dable para su vida. Supo desde el primer momento lo que ella era y lo que pod�a darle. As� la am� en su condici�n humana y as� fue c�mo su amor no fue nunca defraudado.

�Qu� fuerza subyugante vio la bella muchacha toscana en esa fr�gil figura de americano p�lido y cence�o a quien pod�a tomarse tambi�n por un espa�ol sure�o de sangre moruna?

�Lo quise desde la primera vez que lo vi �sol�a confiar ella a sus amigos �ntimos. Las gentes prosaicas y burguesas no comprenden es�tas cosas; pero ustedes, los poetas, s�, naturalmente. Lo quise y puse en sus manos mi destino. Yo no hab�a cumplido a�n diez y ocho a�os, y mis parientes ten�an puesta en m� toda su ilusi�n. Esperaban para m� el novio ideal, el pr�ncipe azul. Lo que esperan, por lo general, las adolescentes, a quienes han hecho creer que son bonitas. Se desilusionaron, pues, grandemente al ver que yo no estaba enamorada de un pr�ncipe azul. Ten�a que ser pr�ncipe azul, porque si no, habr�a sido posible quiz� que Jos� Carlos pasara por un pr�ncipe trigue�o de la casta incaica...

Mari�tegui, que en el patio de su casa, en su sill�n de ruedas, sol�a estar despu�s de almuerzo a cierta distancia del di�logo confidencial, y que parec�a dormir la siesta, al o�r �sta u otra salida semejante de su mujer, se agitaba sin poder contenerse y se pon�a a re�r estrepitosamente.

�No hubo poder humano que lo evitara �continuaba Anita con toda seriedad�. Todo lo abandon� por un extranjero desconocido en lo absoluto para m�. Esa vez hice lo que la gente burguesa llama una locura. �Qu� me dicen ustedes, los poetas?

Para evitar que se le dijera cualquier cumplido m�s o menos vulgar de los oyentes, Mari�tegui interven�a sonriente:

�Yo no soy gente burguesa, pero creo que en este caso no les faltar�a raz�n para juzgar, como t� dices, m�a carissima...

Anita lo miraba sin hacerle caso y se alejaba con uno de sus peque�os en los brazos...6

Entonces Mari�tegui, a veces, segu�a comentando su historia:

�Fuimos a vivir en una casita aislada de la campi�a romana. Me despos� con ella y con la felicidad. Esos meses fueron para m� el mejor descanso en la jornada. La posesi�n del objeto verdaderamente amado despierta en el hombre desconocidas energ�as. Nunca me sent� m�s fuerte ni m�s due�o de mi destino. El marxismo hab�a sido para m� hasta esos d�as una teor�a un poco confusa, pesada y fr�a; en aquel momento vi su luz clara y tuve su revelaci�n...

Y cambiando un poco de tono, al ver que el primog�nito, Sandrito, se le aproximaba:

�Recuerdo que le�a tambi�n mucho a Walt Whitman... Anita y yo no nos aliment�bamos m�s que de higos, pasas y otras substancias ve�getales. �De tal manera, pues, que este m�o carissimo bambino es un producto neto de materialismo hist�rico, poes�a multitudinaria y ve�getarianismo!...

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Un d�a, ya de vuelta en Roma propiamente dicha, recibi� un telegrama de C�sar Falc�n. Le rogaba que fuera a esperarlo en la estaci�n, pues ven�a desde Espa�a, donde hab�a pasado algunos meses.

�Le vi llegar sin sombrero, sin maletas, sin una lira en el bolsillo. Le pregunt�: "�Pero qu� pasa, amigo Falc�n?". Me contest� sonriendo, con cierta dificultad: "Todo lo que ten�a se lo llevaron en el trayecto los rateros... �Creo que si el viaje es m�s largo, me habr�as visto llegar sin pantalones!". El nost�lgico viajero viv�a un tanto inexperto para defenderse de la avidez ajena...

Mari�tegui y Falc�n sol�an reunirse a menudo con el C�nsul Palmiro Machiavello, y el m�dico Carlos Roe, quien se encontraba all� perfeccionando su especialidad. Al poco tiempo, funcionario y galeno resultaron "rojos". Las cosas llegaron a tanto que una noche de �sas resolvieron formar los cuatro �la primera c�lula comunista peruana!

Muy fugaz y muy exigua fue la actuaci�n de aquel min�sculo organismo, involucrado en ese conjunto social donde los fascios adquir�an cada vez m�s virulencia y predominio. Los dos perio�distas se dirigieron a Alemania. El m�dico regres� al Per�. S�lo el c�nsul se qued� en ese momento en que hac�an furor los confinamientos, la isla de L�pari, el aceite de ricino y la porra de goma. Se cre�a amparado por las inmunidades diplom�ticas. Ilusi�n. �Tambi�n supo en propio cuerpo lo que puede una camisa negra bien armada! pues un buen d�a se vio apaleado al negarse a aclamar al Duce en la v�a p�blica.

Mucho pudo ver y aprender Mari�tegui en aquella pen�nsula donde las luchas pol�ticas y sociales se iniciaron hace m�s de dos mil a�os, avanzando y retrocediendo de la democracia a la dictadura, de la Rep�blica al Reino y viceversa, en un reajuste intermitente de sus instituciones y sus estilos de vida. Edificando y destruyendo para luego edificar lo que ser�a demolido desde sus cimientos otra vez� en cadena interminable, los italianos se encontraban al final de la Guerra del Catorce, nuevamente en un momento crucial de su historia. El socialismo, con el poder en las manos, pero sin ning�n gran pol�tico capaz de colocarse a la altura de las circunstancias, produjo como lo hemos esbozado anteriormente, su escisi�n, su debilitamiento, su ruina y el advenimiento de Benito Mussolini, que arrastrando una inmensa masa de izquierdistas activos, beligerantes fund�, atrayendo tambi�n elementos prominentes de la derecha m�s o me-nos conservadora y muy racionalista, un nuevo partido, llamado a dictar la ley y hacerla cum�plir dictatorialmente durante m�s de veinte a�os.

Mari�tegui, identificado con la extrema iz�quierda marxista, que hab�a pasado a integrar los rangos de la Tercera Internacional, tuvo en Roma su mejor aprendizaje pol�tico.

Sin perder materialmente un minuto de su tiempo, casado ya y contento de haber encontrado una mujer extraordinaria, compart�a su existencia entre el hogar (estableci� su residencia durante mucho tiempo en Frascati, la antigua T�sculo, convertida ahora en ciudad jard�n), las bibliotecas, los museos, las reuniones pol�ticas y sus entrevistas con italianos prominentes de aquella hora. As� pudo iniciar una hermosa amistad con el fil�sofo hegeliano, Bededetto Croce, por quien seguir�a guardando profunda admiraci�n, hasta el fin de su vida; conocer de cerca a Papini, tan impetuoso como inestable escritor; interrogar sobre cuestiones de t�ctica pol�tica a Gobetti y a Turatti, que pronto se hundir�an en un crep�sculo definitivo; escuchar de cerca el declamatorio mon�logo de D'Annunzio, y la estridente pirotecnia verbal de Marinetti. Pudo tambi�n gozar de momentos inolvidables al charlar largamente con Gorki, que convalec�a en una playa del Adri�tico, y con Sorel que sol�a pasar largos meses de reposo en Venecia.

Estos contactos, lo mismo que su asistencia, como periodista, a la conferencia econ�mica de G�nova, que reuniera el a�o 1922, para debatir los problemas candentes de Europa, a Briand, Lloyd George, Giolitti y Tchicherin, le dieron tema para escribir una serie de notas que se publicaban en El Tiempo de Lima, bajo el t�tulo general de "Carta de Italia"7.

Su condici�n de extranjero vinculado a la Em�bajada del Per�, donde desempe�aba su jefatu�ra el General Benavides, amigo personal de al�gunos jerarcas del Fascismo, lo pon�an en cierta forma a cubierto de la persecuci�n policial; pero la atm�sfera de opresi�n que respiraban los adversarios del r�gimen establecido, se hac�a cada vez m�s irrespirable. Mari�tegui se decidi� a viajar por otros pa�ses el tiempo v�lido de la beca que a�n le quedaba. As� completar�a su experiencia.

Por consecuencia, hacia mediados del a�o 1922, y en compa��a de su esposa y de Sandro, el primero de sus hijos, nacido en Roma hac�a poco tiempo, se embarc� en un tren, que pasando por Florencia, la bella ciudad de los M�dici, y por Mil�n, la primera urbe industrial contempor�nea de Italia, lo condujo de nuevo a Par�s. Esta vez fue breve all� su permanencia. El tiempo suficiente para repetir sus visitas al Louvre, al museo Rodin; para que la esposa contemplara el legendario panorama de Lutecia desde el tercer piso de la torre de Eiffel, o escuchara m�sica de Verdi o Puccini en aquella �pera deslum�brante que Napole�n levantara, no lejos de las Tullerias, para admiraci�n de la posteridad.

Aquella vez �l llen� sus valijas con una nueva provisi�n de libros, comprados ya fuera en las flamantes librer�as del Boulevar Saint Michel, o en los puestos de libros viejos que desde hace siglos se alinean junto a las rumorosas aguas del Sena; y ella se provey� con no menos profusi�n, en los grandes Boulevares, aprovechando la ventaja del cambio monetario, de las fantas�as de sedas y encajes con que Francia sigue desde anta�o deslumbrando a la grey femenina de los cinco continentes.

Apenas dos meses despu�s de su llegada tomaban en "La Gare de l'Este", el tren que, cruzando ciudades y campi�as francesas y belgas, y luego el Rhin, que inicia un nuevo e intermina�ble paisaje de f�bricas y chimeneas humeantes a ambos lados de la l�nea f�rrea, los dej� en la capital de Alemania.

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Berl�n es, si se le compara con loma o Par�s una ciudad enteramente joven. Tanto la urbe de los C�sares como la de San Luis dan al observador la impresi�n de conjuntos terminados ya desde hace tiempo, hechos ya definitivamen�te. En cambio, Berl�n aparece en pleno creci�miento.

Cuando Mari�tegui lleg�, el a�o 1922, a la ciudad de Hindenburg, de Stressemann y de Braun, el pueblo alem�n caminaba arrastr�ndo�se bajo el peso del Tratado de Versalles pero, en fin, estaba ya un poco lejos del pudridero, ten�a con qu� alimentarse... Y hacia el Oeste, por el lado de Charlottenburgo, comenzaba a surgir una ciudad nueva y suntuosa: Berl�n W., la ciudadela de los nuevos ricos teutones, la fla�mante ciudadela de esa innoble fauna, producida por los negocios de la p�lvora, los ca�ones y los juegos de bolsa.

La estrella del socialismo brillaba en todo su esplendor. El fen�meno pol�tico parec�a tomar en Alemania un rumbo distinto que en Italia. No hubo quien hubiese podido diagnosticar, pe�netrando en la verdadera entra�a de su naturaleza, que no se trataba de un nuevo rumbo, sino simplemente de un comp�s distinto, de un ritmo menos acelerado en el desarrollo del mismo fen�meno...

La Italia de la postguerra se ve�a agitada por una profunda conmoci�n social que amenazaba con derrumbar los cimientos de la monarqu�a y del r�gimen capitalista italianos. Pero esa agi�taci�n se encontraba poderosamente frenada por el hecho de que Italia aparec�a vencedora, no tan favorecida por la victoria, como sus aliadas Inglaterra y Francia, pero vencedora y aventajada en cierta forma, al fin y al cabo...

El fascismo, que es un fen�meno eminentemente espectacular, chauvinista y agresivo, necesita de cierto exacerbamiento, de relativa seguridad y, sobre todo, de sangre caliente y plet�rica para manifestarse, crecer y dominar. En realidad, a pesar de Caporetto, Italia era, de las tres grandes potencias occidentales aliadas, la que menos sangre hab�a perdido. La ten�a en abundancia. Y el motivo de su exacerbaci�n estaba all�: se sent�a defraudada, malamente es�tafada por sus aliadas vencedoras. El fascismo pudo, pues, levantarse en Italia, como la espuma, casi inmediatamente despu�s de la guerra.

En cambio, Alemania sal�a de las trincheras completamente exang�e por los torrentes de sangre que hab�a perdido, por el hambre que hab�a soportado, por la angustia de la derrota que segu�a soportando. Motivos de exacerbaci�n no le faltaban. Lo que le faltaba era sangre, lo que le faltaba era restablecerse. El socialismo le sirvi� como muletas para dar los primeros pasos. Y en la presidencia de la Rep�blica flamante pudo muy bien gobernar un ex zapatero mediocre, no por haber sido zapatero, sino por haber nacido mediocre.

Todo aparec�a mediocre en la pol�tica alemana de ese entonces. Mediocres sus hombres, mediocres sus partidos. El partido comunista cre�c�a visiblemente en ciudades y campos. Pero no llegar�a muy lejos. La polic�a de Ebert y los soldados de Hindenburg le hab�an asestado un golpe maestro que deb�a dejarlo inv�lido el d�a que victimaron a sus dos altas lumbreras: a Liebknecht y a Rosa Luxemburgo; el d�a que barrieron con esa m�stica y heroica juventud enrolada en los grupos espartaquistas. Crecer�a, crecer�a mucho y no faltar�an h�roes en sus filas. Pero no hab�a remedio, lo mejor de su organismo hab�a sido amputado con esa eliminaci�n, y s�lo le quedar�an fuerzas para debatirse en contorsiones emocionantes, a veces magn�ficas, pero desgraciadamente inoperantes y est�riles.

Las muletas del socialismo, s�... En un ins�tante dado, cuando Alemania se sinti� restablecida, cuando en quince a�os hab�an crecido nuevos brotes de carne dispuesta y apropiada para cualquier combate y para cualquiera trinchera, no hicieron falta ya las muletas del socialismo. Ten�a que llegar la hora de los fascios alemanes. En la hora de la sangre caliente Hitler se encarg� de reducir las muletas a pedazos, deshaci�ndose de ellas con un asco y un rencor profundos. Con el asco y el rencor profundos que inspira al guerrero vigoroso el aditamento que us� en la cl�nica de convalencia, cuando, otra vez vigoroso y pujante, vuelve a tener al alcance de su mano el formidable instrumento de matanza que le confiere inapelables poderes sobre la faz de la tierra.

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Pero �stas son palabras y observaciones que podemos escribir despu�s de que los hechos se han realizado; despu�s de que la experiencia propia nos ha hecho aprender muchas cosas con su l�tigo implacable, en el propio terreno. Mari�tegui, el a�o 1922, ya animado de una fe profunda y virginal, no pod�a tener ojos sino para ver la profusi�n de locales donde se exhib�an los retratos de Marx y de Engels; no pod�a tener o�dos sino para escuchar la Internacional, que se cantaba en todas partes: en los teatros, en los caf�s, en las plazuelas:

�Alemania ser� el segundo pa�s sovi�tico de Europa� afirmaba por eso, el a�o 1926 a sus amigos. �Ya ver�n ustedes c�mo por ese lado se rompen las compuertas y la ola formidable se extiende por todos los confines del viejo mundo.

La muerte, al alejarle tan prematuramente de este mundo, le llev�, por lo menos, con esa deslumbradora esperanza viva y palpitante en su coraz�n.

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Cerca de un a�o permaneci� Mari�tegui en Alemania. All�, su principal preocupaci�n fue aprender el idioma de Goethe y de Marx, y empez� a estudiarlo de manera febril. Recib�a dia�riamente lecciones de una profesora experta, con quien sigui� cultivando su amistad hasta a�os m�s tarde, en forma epistolar, cuando se encon�tr� ya de regreso, en Lima; trataba de descifrar los diarios y revistas, de comprender lo que dec�an los artistas en los cines y teatros; acomet�a dif�ciles di�logos con las gentes conocidas o des-conocidas, en las calles, plazuelas o edificios de cualquier g�nero. As� logr� hacer progresos extraordinarios, hasta el punto de que, unos ocho me�ses despu�s, o sea cuando se preparaba a viajar de nuevo, pod�a leer ya en su idioma de origen Las Afinidades Electivas o El Capital.

Vincul�ndose con las revistas literarias y los grupos art�sticas de avanzada, pudo conocer personalmente a dos grandes esp�ritus que en aquel momento, atra�an la atenci�n intelectual no s�lo alemana, sino universal. Ludowick Reen, un capit�n del ej�rcito prusiano, que escrib�a pat�ticas novelas antiguerreras, y George Grosz, un artista que, con la pintura de sus Cristos modernizados, sus teutones quijarudos y calvos, de rostros tan sensuales como voraces, clamaba por un nuevo orden internacional exento de b�rbaras injusticias sociales y guerreras.

Ya entrado el riguroso invierno del a�o 1923, pose�do de una tremenda ansiedad de viajar y conocer, como si presintiera que en d�a no leja�no se ver�a en la imposibilidad de moverse por sus propios medios, empez� de nuevo a viajar, primero a Nuremberg y Munich, dentro de Alemania, y luego m�s all� de sus fronteras. As� pudo respirar el art�stico ambiente de Viena, y contemplar luego, desde sus puentes centena�rios, las azules aguas del Danubio en tierra austr�aca y bajo cielos h�ngaros.

Regresando por la misma ruta, desde Budapest, apenas se detuvo algunos d�as en Berl�n; luego se dirigi� a Hamburgo, primer puerto con�tinental de Europa, donde pudo asombrarse ante su ciudad flotante y cosmopolita de barcos, las perspectivas de sus muelles interminables y las a�reas filigranas de sus formidables astilleros. Y hacia fines de febrero de 1923, cuando su hijo primog�nito empezaba a dar los primeros pasos, se embarc� de nuevo en el "Nevada" rumbo al Per�, por la v�a del Canal de Panam�.

A su vez, Anita no guardar�a nunca un ama�ble recuerdo de aquella temporada en Alemania. Toscana de pura cepa, habituada a la luminosa y c�lida naturaleza meridional, con todas las magn�ficas gracias que proporciona al esp�ritu y a los sentidos; habituada toda su vida a ese paisaje de la maravilla que dejara absorto a m�s de un glorioso alem�n, precisamente, Anita no se sent�a bien en el pa�s del cielo amarillento e ins�pido de las salchichas y la cerveza, cuya sola visi�n atosiga en todas partes al ojo latino. No guardaba muy buenos recuerdos del pa�s que, en hora lejana de la historia desatara sus vand�licas hordas por todo el suelo de sus cultos y gloriosos antepasados en decadencia.

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Cuando Mari�tegui lleg� de nuevo al Per�, pudo darse cuenta de la transformaci�n que se hab�a operado en el panorama de Am�rica. El proceso de renovaci�n que comenzara a reali�zarse el a�o 1919, como una repercusi�n directa de los acontecimientos europeos, hab�a continuado su movimiento ascendente:

�Mi primer contacto con Am�rica me dio la impresi�n de una luz nueva �sol�a decirnos�; Vasconcelos y Palacios aparec�an como dos figuras de grandes maestros de juventudes. Ga�briela Mistral y Juana de Ibarbourou hab�an dado ya a la poes�a americana, cada una en su estilo y su acento, una categor�a que la iguala a la de cualquier pa�s europeo, hecho ins�lito en nuestras latitudes. Se hab�a realizado tambi�n una reforma universitaria en la Argentina y en el Per�, y se sent�a una acusada preocupaci�n pol�tica en los medios obreros avanzados.

Efectivamente; los cuatro a�os que Mari�tegui permaneci� en Europa hab�an sido de una riqueza extraordinaria en acontecimientos para Am�rica. El maestro mexicano Vasconcelos, desde el Ministerio de Instrucci�n P�blica de M�xico, enviando mensajes y ediciones de buenos libros a las universidades y a los centros obreros, lo mismo que el profesor argentino Palacios, realizando giras de conferencias por todas las grandes ciudades de nuestro continente, ha�b�an caldeado la agitaci�n espiritual de las juventudes de Am�rica. Los estudiantes argentinos estaban ya en marcha para lograr sus reivindicaciones. Los del Per� segu�an por el mismo camino.

A este respecto, cuando se trata de estudiar la obra de Mari�tegui, es obligado recordar que �l, ya antes de su viaje, hab�a apuntado sus dis�paros period�sticos contra las costumbres y m�todos semifeudales de la Universidad de San Marcos.

En estricta correlaci�n con el estado social, con el desarrollo econ�mico del Per�, su Universidad hab�a permanecido estancada en la rutina de la autoridad absoluta del profesor y en la subordinaci�n ciega del alumno. Por otra parte, y esto es lo fundamental, el acceso a las c�tedras era un privilegio exclusivo que se transmit�a por herencia a determinados profesionales de familias pudientes. Claro est� que a veces sol�an brotar de ese n�cleo reducido algunos hombres de verdadera vocaci�n por el estudio. Riva Ag�ero era uno de ellos. All� est�n tambi�n los nombres de Deustua, Javier Prado y algunos m�s. Pero la inmensa mayor�a de sus colegas no llegaban a superar los niveles de la pedanter�a y el utilitarismo grosero, y resultaba as� un profesorado de gentes tituladas, pero incapaces, ineptas para la alta funci�n del magisterio universitario. La Universidad resultaba, pues, de esta manera, una incubadora de abogadillos, m�dicos y, en general, de profesionales aptos para las m�s degradantes combinaciones del lucro y la banalidad, gentes verdaderamente inv�lidas para toda obra ejemplar y creadora, para todo esfuerzo que redundara en beneficio del mejoramiento humano, el cual debe ser el verdadero objetivo de la instituci�n universitaria.

Al amparo y protecci�n del r�gimen legui�sta, se debi� �como lo haremos ver m�s ampliamente en p�ginas posteriores� el hecho de que los estudiantes de San Marcos y de las universidades menores pudieran asestar un rudo golpe al esp�ritu y a las formas medievales de sus universidades. Esta reforma, en la que brill� el nombre de Luis Ernesto Denegri, y comenz� a surgir el de V�ctor Ra�l Haya de la Torre, futu�ro fundador de las Universidades Populares Gonz�lez Prada, y un gran agitador de masas, dej� m�s o menos establecidas las siguientes ventajas para el estudiantado: c�tedra libre, abolici�n de la c�tedra vitalicia, supresi�n del control de asistencia, participaci�n de los alumnos en el gobierno de la Universidad, concurso obligatorio para proveer las becas, trabajos pr�cticos, etc. Como resultado de esta reforma, tuvieron que abandonar la funci�n docente universitaria m�s de veinte personas de probada incompetencia. Y el profesorado recibi� la inyecci�n tonificante de veinte profesionales j�venes, de mentali�dad renovadora.

Esta reforma universitaria se vincul� en cierta forma con la actividad pol�tica y la culturizaci�n de los medios obreros, gracias a la acci�n vigorosa de V�ctor Ra�l Haya de la Torre, por ese entonces presidente de la Federaci�n de Estudiantes, cuyo retrato, aunque sea en simple esbozo, tenemos que hacer aqu�, porque su vida se entrecruza de manera trascendente, en un momento dado, con la de Mari�tegui.

Haya de la Torre pertenece a la misma extracci�n social que Pi�rola y Gonz�lez Prada. Hay entre sus antepasados gente con blasones de aristocracia provinciana. Sus padres no viven en la pobreza, pero tampoco gozan de holgada situaci�n econ�mica. En este aspecto, pertenecen a la clase media; pero sus ideas son bastante conservadoras. La infancia de Haya de la Torre se desenvuelve, pues, constre�ida entre prejuicios de familia y de origen. Pero puede llegar al colegio de instrucci�n media (Humanidades) y all� se encuentra con algunos estudiantes de positivo talento, entre los cuales habr� nada menos que un muchacho en quien alentaba un genio de la poes�a americana: C�sar Vallejo. Su lectura se orienta hacia Tolstoy, Kropotkin, Gonz�lez Prada y, en general, hacia la literatura de tendencia social. Desde entonces han aparecido ya en �l sus grandes capacidades de orador. Cuando sus colegas Antenor Orrego o Alcides Speluc�n, leen un ensayo o un poema que acaban de hacer, Haya de la Torre pide un tema cualquiera y lo desarrolla en florido y brillante discurso. Llega el momento de seguir el camino hacia la Universidad. Se traslada a Lima, porque el ambiente trujillano resulta estrecho para sus posibilidades y sus sue�os. Est� obligado a ponerse en contacto con los grandes nombres, con los maestros consagrados. Los conoce de cerca y se desenga�a casi al instante. Son gente a lo m�s culta y estudiosa, pero que vive encerrada en un s�rdido ego�smo y en una invencible indolencia. El quiere que la cultura trascienda al pueblo y tiene conciencia de su propio y temible dinamismo. Busca entonces el contacto con Gonz�lez Prada. Conversa con �l en la Biblioteca Nacional, adonde ha vuelto como Director y donde morir�, poco tiempo despu�s. Este contacto fortalece en �l esa tendencia que sinti� nacer entre sus amigos y los libros de Tolstoy y Kropotkin. Entrar�, pues, decididamente al camino de la pol�tica revolucionaria. Trata de vincularse con obreros y con intelectuales avanzados. Se agita como el que m�s para conseguir el �xito de la reforma universitaria. En un momento dado llega a la presiden�cia de la Federaci�n. Logra realizar un congreso de estudiantes, que, entre otros acuerdos importantes, aprob� el proyecto de crear las Universidades Populares, declarando al mismo tiempo en una de sus conclusiones que la Universidad tendr�a intervenci�n oficial en todos los conflictos obreros, inspir�ndose en los postulados de justicia social. Hace despu�s un brillante viaje de conferencias por Chile y Argentina y regresa al Per�. Act�a como gu�a y profesor de las Universidades Populares. Poco tiempo despu�s se produce en Lima un acontecimiento pol�tico de grandes alcances en apariencia, pero en lo absoluto intrascendente.

Se trata de la famosa Consagraci�n de Lima al Coraz�n de Jes�s.

Legu�a era una persona bastante flexible: ni fan�tico creyente, ni comecuras fan�tico. Cuando lleg� a la Presidencia del Per�, en su segundo per�odo, se encontr� con un arzobispo de inteli�gencia despierta, pero que ten�a, sobre todo, dotes verdaderamente excepcionales para los ne�gocios. Este arzobispo moviliz� al clero peruano entero en las filas del legui�smo y tuvo un d�a la idea de realizar una ceremonia enteramente inofensiva, pero, por cierto, muy anticuada: consagrar la "ciudad de Santa Rosa" al Coraz�n de Jes�s. Los librepensadores levantiscos de los peri�dicos y, sobre todo, los de las universidades, pusieron el grito en el cielo. Fue una reacci�n de juventud. Una de esas reacciones de juventud que, por exceso de �mpetu, terminan atacando a veces de manera absurda, sin saberlo, como en este caso, en reg�menes que le son propicios y fa�voreciendo sin querer y sin pensar, claro est�, al adversario directo.

Haya de la Torre estuvo a la cabeza de ese movimiento, pero no fue enteramente responsable del hecho. Lo fueron todos aquellos que marcharon aquella vez, ciegamente, tras �l, subyugados por su vigor oratorio y su poderosa fuerza sugestiva. Les faltaba experiencia y, sobre todo, pensamiento dial�ctico para poder discernir los obscuros elementos del juego. Hubiera sido bueno caldear el ambiente y arrastrar a las masas con un plan previsto, definido e inmediato: la toma del poder, por ejemplo. (Utop�a que a nadie, por cierto, pod�a ocurr�rsele en ese instante). Pero agitarlas y caldearlas �como se llegaron a hacer� para que el ilustre rector de la Universidad de San Marcos, doctor Villar�n, y sus cofrades reaccionarios y oligarcas aplaudieran a sus anchas, era realizar una brillante faena negativa. Nada m�s.

Los hechos se produjeron de este modo: la juventud se reuni� en la Universidad de San Marcos, una noche de mayo de 1923, con el objeto de salir en manifestaci�n de protesta contra el proyecto clerical. Cuando se encaminaban hacia la Plaza de Armas por el Pasaje de Hu�rfanos, sonaron descargas de fusiler�a. Nadie supo en realidad si las descargas ven�an de las torres de una iglesia cercana, o si part�an de la polic�a apostada en unas de las bocacalles. Cayeron algunos heridos. La manifestaci�n se disolvi�. Parec�a que todo hab�a terminado. Pero la voz de Haya segu�a resonando, agitadora, violenta, por las calles centrales, llamando impetuosamente a redoblar la protesta. Su obstinaci�n valien�te y temeraria lleg� a influir nuevos �nimos y la manifestaci�n se rehizo. Comenz� entonces su serie de discursos fogosos, incendiarios �hirien�tes en el m�s alto grado� contra el "tirano que me escucha detr�s de esas ventanas del Palacio". La noche fue de vigilia y de agitaci�n. Hab�a numerosos heridos y dos muertos: un estudiante y un obrero, que fueron recogidos y que se encontraban ya en la morgue. A la ma�ana siguiente, la prensa reaccionaria comentaba los sucesos, y publicaba el llamamiento para conducir a las v�ctimas de la noche anterior desde la Universidad al cementerio. Legu�a midi� toda la magnitud de la agitaci�n con ojo experto, sonde� las posibilidades de peligro y vio que toda resistencia para contener a la juventud desbocada no servir�a sino para dar m�s agua al molino de oposici�n. Opt�, pues, por dejarla correr a sus anchas hasta que se quedara sin aliento. (Haya se qued� realmente af�nico y postrado en cama durante varios d�as, despu�s de su proeza de agitador). As� pudimos ir con nuestros muertos desde la Morgue hasta la Universidad, rompiendo las murallas de caballo y jinetes polic�acos, que, despu�s de darnos algunos sabla�zos, nos dejaron pasar. Ya en la Universidad pudimos o�r uno de los m�s bellos y emocionantes discursos. Un discurso de Haya, como pocas veces nos ha sido dado escuchar en la movida traves�a de nuestra vida, durante la cual tuvimos la suerte de conocer, desde los m�tines dulzones de Vandervelde hasta las plegarias supremas de la Pasionaria. Lo que vino despu�s de ese discurso de poes�a e insurrecci�n juvenil ya no tiene importancia. Una noche de vigilia y de alistamiento para el combate imaginario. La mano del doctor Villar�n acariciando los hombros del l�der. Y la juventud exclamando: "�Ah, la oligarqu�a a nuestros pies!". Inocentes. Los que est�bamos bregando �para ellos, a sus pies, aunque fuera en los planos del ideal�, ��ramos nosotros! Y luego, la marcha al cementerio. M�s discursos. Y todo volvi� a la calma. Cuando Haya recuper� la salud, lleg� el momento apro�piado. Legu�a pudo cobrarle las cuentas. Pero lo hizo sin la crueldad de los tiranos, por cierto. Lo expuls� a Panam� y hasta orden� que se le entregara una peque�a suma para los gastos de desembarque, con la intenci�n, creo yo, de darle la ocasi�n de un gesto ol�mpico ante el mun�do. As� fue: Haya le puso un cable devolvi�ndole sus "viles monedas".

Los profesores de las Universidades Populares, que al comienzo hab�an actuado movidos por el influjo y la poderosa sugesti�n de Haya de la Torre, llegaron al poco tiempo a encari�arse con sus funciones, que se vinculaban a los mejores elementos de las f�bricas y los sindicatos. As�, cuando el creador y animador de esas universi�dades fue desterrado, se encontraban capacitados para seguir haci�ndolas funcionar mal que bien.

�Qui�nes eran los profesores, cu�l era nuestra funci�n docente? La gran mayor�a, estudiantes de Medicina, Letras, Ingenier�a; alguno que otro maestro de escuela; alguno que otro periodista. Un grupo selecto de j�venes idealistas por los cuatro costados. Todos ten�an casi la misma formaci�n cultural de Haya: libros de Tolstoy, Kropotkin, V�ctor Hugo, H. Barbusse, Emilio Zola, Jos� Ingenieros y Gonz�lez Prada. La literatura elegantemente ret�rica del maestro peruano nos produc�a un fervor y un impulso sentimental extraordinarios. "Los viejos, a la tumba; los j�venes, a la obra", y toda la serie de frases dirigidas contra la religi�n y nuestras instituciones formaban parte integrante de nuestro repertorio oratorio. Ninguno de estos profesores ten�a una idea clara, definida, de lo que es la pol�tica, o sea, del arte de manejar pueblos. Actuaban solamente porque era hermoso y arriesgado ense�ar por las noches a unos alumnos adultos, que sal�an sucios, fatigados, pero anhelantes de aprendizaje, de sus f�bricas y de sus talleres; anhelantes por o�rles hablar de una sola clase de dos horas largas, del aparato circulatorio, la composici�n de la luz, las operaciones aritm�ticas o del destierro del director, finalizando con un poema de corte m�s o menos modernista de alguno que otro bardo m�s o menos melenudo. De vez en cuando, tambi�n lucieron en esas clases algunas palabras que ard�an como bengalas y que deb�an manejarse con mucho cuidado; palabras un tanto misteriosas y peligrosas, como "Lenin", "Soviet", "Bolchevique", "Lunatcharsky", "Kroupskaya". Misteriosas bengalas que iluminaron los sue�os de esos profesores de veinte a�os y de esos alumnos, entre los que hab�a m�s de uno con el cabello ya canoso y la inocencia de un ni�o. Magn�fica vocaci�n de ense�aza y de sacrificio que desgraciadamente no ha persistido en la juventud estudiantil peruana. 

 


NOTAS:

1 La Escena Contempor�nea.

2 Esta dedicatoria no est� completa en la edici�n espa�ola.

3 Oh noche, oh noche encantadora, amiga del criminal! / Vienes como un c�mplice, a paso de lobo. / El cielo se cierra lentamente como una enorme alcoba. / Y el hom�bre, en su impaciencia, se transforma en fiera.

4 Estas palabras est�n citadas en La Escena Contempo�r�nea.

5 Esta cita est� tomada de La Escena Contempor�nea.

6 El a�o 1927, ten�a ya tres hijos: Sandro, nacido en Ro�ma; Sigfrido, nacido en Lima, a poco del retorno, y Jos� Carlos, que acababa de nacer. Javier naci� el a�o 1928.

7 Reunidas en esta serie Popular de Obras Completas, N� 15, con el t�tulo de Cartas de Italia (N. de los E.).