OBRAS COMPLETAS DE JOSE CARLOS MARIATEGUI

IDEOLOG�A Y POL�TICA

 

MENSAJE AL CONGRESO OBRERO[1]

 

El primer Congreso Obrero de Lima, realiz�, dentro de sus medios, su objeto esencial, dando vida a la Federaci�n Obrera Local; c�lula, n�cleo y cimiento de la organizaci�n de la clase trabajadora del Per�. Su programa natural, modesto en apariencia, se reduc�a a este paso. El desarrollo, el trabajo de la Federaci�n Obrera Local, durante estos cinco a�os, demuestran que en esa asamblea, los trabajadores de vanguardia de Lima, a trav�s de inseguros tanteos, supieron encontrar, finalmente, su camino.

El segundo Congreso llega a su tiempo. Ha tardado un poco; pero no seria justo reprochar esto a sus organizadores. Y sus fines son, l�gicamente, nuevos y propios. Se trata ahora de dar un paso m�s y hay que saberlo dar con resoluci�n y acierto.

La experiencia de cinco a�os de trabajo sindical en Lima debe ser revisada y utilizada. Proposiciones y debates que en 1922 habr�an sido prematuros e inoportunos, pueden ser hoy abordados con los elementos precisos de juicio allegados en este periodo de lucha La discusi�n de las orientaciones, de la praxis, no es nata tan est�ril como cuando reposa exclusivamente sobre abstracciones. La historia de los �ltimos a�os de crisis mundial, tan gr�vidos de reflexiones y ense�anzas para el proletariado, exige de sus conductores un criterio realista. Hay que despojarse radicalmente de viejos dogmatismos, de desacreditados prejuicios y de arcaicas supersticiones.

El marxismo, del cual todos hablan pero que muy pocos conocen y, sobre todo, comprenden, es un m�todo fundamentalmente dial�ctico. Esto es, un m�todo que se apoya �ntegramente en la realidad, en los hechos. No es, como algunos err�neamente suponen, un cuerpo de principios de consecuencias r�gidas, igual para lodos los climas hist�ricos y todas las latitudes sociales. Marx extrajo su m�todo de la entra�a misma de la historia. El marxismo, en cada pa�s, en cada pueblo, opera y acciona sobre el ambiente; sobre el medio, sin descuidar ninguna de sus modalidades. Por eso, despu�s de m�s de medio siglo de lucha, su fuerza se exhibe cada vez m�s acrecentada. Los comunistas rusos, los laboristas ingleses, los socialistas alemanes, etc. se reclaman igualmente de Marx. Este solo hecha vale contra todas las objeciones acerca de la validez del m�todo marxista.

El sindicalismo revolucionario, cuyo m�ximo maestro es Jorge Sorel, -menos conocido tambi�n por nuestros obreros que sus adjetivos y mediocres repetidores, parafraseadores y falsificadores-, no reniega absolutamente la tradici�n marxista. Por el contrario; la completa y la ampl�a. En su impulso, en su esencia, en su fermento, el sindicalismo revolucionario constituy� precisamente un renacimiento del esp�ritu revolucionario, esto es marxista, provocado por la degeneraci�n reformista y parlamentaria de los partidos socialistas. (De los partidos socialistas, no del Socialismo). Jorge Sorel se sent�a id�nticamente lejano de los domesticados socialistas del parlamento que de los incandescentes anarquistas del mot�n y la violencia espor�dicos.

La crisis revolucionaria abierta por la guerra ha modificado fundamentalmente los t�rminos del debate ideol�gico. La oposici�n entre socialismo y sindicalismo no existe ya. El antiguo sindicalismo revolucionario, en el mismo pa�s donde se pretend�a m�s pura y fielmente soreliano -Francia-, ha envejecido y degenerado, no m�s ni menos que el antiguo socialismo parlamentario, contra el cual reaccion� e insurgi�. Una parte de ese sindicalismo es ahora tan reformista y est� tan aburguesado como el socialismo de derecha, con el cual tiernamente cola�bora. Nadie ignora que la crisis post-b�lica rom�pi� a la C.G.T.. (Confederaci�n General del Trabajo Francesa) en dos fracciones, de las cuales una trabaja al lado del Partido Socialista y otra marcha con el Partido Comunista. Viejos lideres sindicales, que hasta hace poco se llenaban la boca con los nombres de Pelioutier y Sorel, cooperan ahora con los m�s domesticados po�l�ticos reformistas del socialismo.

La nueva situaci�n ha tra�do, pues, una nueva ruptura o mejor, una nueva escisi�n. El esp�ritu revolucionario no est� ahora representado por quienes lo representaron antes de la gue�rra. Los t�rminos del debate han cambiado to�talmente. Jorge Sorel, antes de morir, tuvo tiempo de saludar la revoluci�n rusa como la aurora de una edad nueva. Uno de sus �ltimos escritos es su "Defensa de Lenin".

Repetir los lugares comunes del sindicalismo pre-b�lico, frente a una situaci�n esencialmente diversa, es obstinarse en una actitud superada Es comportarse con absoluta prescindencia del acelerarlo y convulsivo proceso hist�rico de los �ltimos a�os. Sobre todo cuando los lugares co�munes que se repiten no son los del verdadero sindicalismo soreliano, sino los de su mala traducci�n espa�ola o, m�s bien, catalana. (Si hay algo que aprender del sindicalismo anarquizante de Barcelona, es sin duda la lecci�n de su fracaso).

El debate program�tico, entre nosotros, no tiene, adem�s, por qu� perderse en divagaciones teor�ticas. La organizaci�n sindical no necesita de etiquetas, sino de esp�ritu. Ya he dicho en "Amauta" que este es un pa�s de r�tulos. Y aqu� quiero repetirlo. Extraviarse en est�riles debates principistas, en un proletariado donde tan d�bil arraigo tienen todav�a los principios, no servir�a sino para desorganizar a los obreros cuando de lo que se trata es, justamente, de organizarlos.

El lema del congreso debe ser la unidad proletaria.

Las discrepancias te�ricas no impiden concertarse respecto de un programa de acci�n. El frente �nico de los trabajadores, es nuestro objetivo. En el trabajo de constituirlo, los trabajadores de vanguardia tienen el deber de dar el ejemplo. En la jornada de hoy, nada nos di- vide: todo nos une.

El Sindicato no debe exigir de sus afiliados sino la aceptaci�n del principio clasista. Dentro del Sindicato caben as� los socialistas reformistas como los sindicalistas, as� los comunistas como los libertarios. El Sindicato constituye, fundamental y exclusivamente, un �rgano de clase, La praxis, la t�ctica, dependen de la corriente que predomine en su seno. Y no hay por qu� desconfiar del instinto de las mayor�as. La masa sigue siempre a los esp�ritus creadores, realistas; seguros, heroicos. Los mejores prevalecen cuando saben ser verdaderamente los mejores.

No hay, pues, dificultad efectiva para entenderse acerca del programa de la organizaci�n obrera. Est�n dem�s todas las discusiones bizantinas sobre metas remotas. El proletariado de vanguardia tiene, bajo los ojos, cuestiones concretas: la organizaci�n nacional de la clase trabajadora, la solidaridad con las reivindicaciones de los ind�genas, la defensa y fomento de las instituciones de cultura popular, la cooperaci�n con los braceros y yanaconas de las haciendas, el desarrollo de la prensa obrera, etc., etc.

Estas son las cuestiones que deben preocuparnos capitalmente. Los que provoquen escisiones y disidencias, en el nombre de principios abstractos, sin aportar nada al estudio y a la soluci�n de estos problemas concretos, traicionan consciente o inconscientemente la causa proletaria.

Al segundo Congreso Obrero le toca echar las bases de una confederaci�n general del trabajo que re�na a todos los sindicatos y asociaciones obreras de la rep�blica que se adhieran a un programa clasista. El objeto del primer congreso fue la organizaci�n local; el del segundo debe ser, en lo posible, la organizaci�n nacional.

Hay que formar conciencia de clase. Los organizadores saben bien que en su mayor parte los obreros no tienen sino un esp�ritu de corporaci�n o de gremio. Este esp�ritu debe ser ensanchado y educado hasta que se convierta en esp�ritu de clase. Lo primero que hay que superar y vencer es el esp�ritu anarcoide, individualista, egotista, que adem�s de ser profundamente antisocial, no constituye sino la exasperaci�n y la degeneraci�n del viejo liberalismo burgu�s; lo segundo que hay que superar es el esp�ritu de corporaci�n, de oficio, de categor�a.

La conciencia de clase no se traduce en declamaciones hueras y estrepitosas. (Resulta sumamente c�mico o�r, por ejemplo, protestas de internacionalismo delirante y extremista a un hombre, atiborrado de revolucionarismo libresco, que no se ha liberado a veces, en su conducta y en su visi�n pr�cticas, de sentimientos y m�viles de campanario y de burgo).

La conciencia de clase se traduce en solidaridad con todas las reivindicaciones fundamenta les d� la clase trabajadora. Y se traduce, adem�s, en disciplina. No hay solidaridad sin disciplina. Ninguna gran obra humana es posible sin la mancomunidad llevada basta el sacrificio de los hombres que la intentan.

Antes de concluir estas l�nea quiero deciros que es necesario dar al proletariado de vanguardia, al mismo tiempo que un sentido realista de la historia, una voluntad heroica de creaci�n y de realizaci�n. No basta el deseo de mejoramiento, el apetito de bienestar. Las derrotas, los fracasos del proletariado europeo tienen su origen en el positivismo mediocre con que p�vidas burocracias sindicales y blandos equipos parlamentarios cultivaron en las masas una menta�lidad sanchopancesca y un esp�ritu poltr�n. Un proletariado sin m�s ideal que la reducci�n de las horas de trabajo y el aumento de los centa�vos del salario, no ser� nunca capaz de una gran empresa hist�rica. Y as� como hay que elevar�se sobre un positivismo ventral y grosero, hay que elevarse tambi�n por encima de sentimien�tos e intereses negativos, destructores, nihilis�tas. El esp�ritu revolucionario es esp�ritu cons�tructivo. Y el proletariado, lo mismo que la burgues�a, tienen sus elementos disolventes, corrosi�vos, que inconscientemente trabajan por la disoluci�n de su propia clase.

No discutir� en detalle el programa del con�greso. Estas l�neas de saludo no son pauta sino una opini�n. La opini�n de un compa�ero intelectual que se esfuerza por cumplir, sin f�ciles declamaciones demag�gicas, con honrado senti�do de su responsabilidad, disciplinadamente, su deber.


 

NOTAS: 

1 Publicado en "Amauta", N� 5, A�o II, enero de 1917 (p�gs. 35 y 36), con motivo del segundo Congreso obrero de Lima.