ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA
Lima - Perú
Los acontecimientos suscitados en Ecuador que llevó a la caída del gobierno de Mahuad, en menor escala durante la lucha para dar término a la dictadura fujimorista, y sobre todo en la Argentina de estos días que, en medio de la crisis económica, social y política reciente ha producido un relevo de 5 presidentes en apenas 15 días junto a un pueblo que insurge pero que aún no alcanza a salir del coto oposicionista porque no encuentra una respuesta de conjunto que canalice sus fuerzas, coloca a la orden del día un tema de extraordinaria importancia teórica como práctica: la construcción de una alternativa democrática y de poder desde el lado del pueblo en respuesta a la crisis del Estado y la democracia liberales, en la cual la democracia participativa y directa, es decir la democracia construida por las masas en lucha, cuyos alcances y posibilidades no está clarificada suficientemente pero que sin duda tendrá una enorme repercusión en los años que vienen, ya no como experiencia nacional y circunstancial, sino internacional y de largo alcance, ocupa un lugar especial.
La abrumadora mayoría de los países de América Latina constatan en carne propia que la crisis es más que económica. Alcanza lo político, social, cultural y ético, prescindiendo de sus singularidades y grado de intensidad. Crisis que el neoliberalismo ha profundizado ahondando sus contradicciones y empobreciendo a sus pueblos. Sobre la base de lo transitado desde sus orígenes independentistas hasta el presente, la viabilidad como naciones prósperas y genuinamente democráticas está en cuestión. De continuar el camino transitado en lugar de abrir un nuevo curso a sus sociedades, su ubicación en el siglo XXI será inevitablemente el de la exclusión y africanización.
Perú no es ni puede ser la excepción. La democracia aquí fue siempre inestable y limitada, doblegada por el militarismo, por la estrechez de oligarquías sin otro horizonte que sus intereses mezquinos, por la dependencia externa que nos ha convertido en una verdadera neocolonia. Pocos discuten la precariedad de sus instituciones y la fragilidad de sus constituciones. No tiene mejor destino la economía. El PBI per cápita del año 2001, según el Ministerio de Economía, se encuentra en un nivel similar al alcanzado en l967, 13.9 por ciento por debajo del pico histórico logrado en l981. El Perú ha dejado de crecer, en promedio, en los últimos 30 años. Más allá de generalidades y buenas intenciones de los gobernantes de turno lo cierto es que marchamos como el cangrejo: hacia atrás.
El folleto que entregamos en su tercera edición adquiere actualidad por la razón señalada. Desde luego que reclama su desarrollo tomando en cuenta las nuevas experiencias y los nuevos datos planteados por la realidad a los marxistas. Ninguna idea, por rica y novedosa que sea, estará culminada si el mismo proceso no ha agotado sus posibilidades. Ahora se puede constatar que este es un tema de repercusiones internacionales y que, con seguridad, será uno de los ejes del debate que se plantea desde el lado popular y revolucionario.
La democracia liberal está en crisis. Con mayor razón en sociedades donde se instaló degradada y restringida, como es el caso nuestro. La democracia electiva o representativa hace mucho que ha dejado de expresar todas las posibilidades de la democracia. La nueva democracia debe ir más allá: a la democracia participativa y directa, cuyas potencialidades germinales las estamos viendo en el vasto torrente de las luchas de los pueblos del continente como respuesta al neoliberalismo, al domino externo que se nos imponen y al saqueo de nuestros recursos naturales y expoliación de nuestros trabajadores. Pero también a la crisis de los estados vasallos en que nos han convertido.
Mientras el pueblo argentino lucha en las calles y rutas, la burguesía recompone por arriba el gobierno en crisis. Tenemos, a lo sumo, cambios epidérmicos para que nada cambie, para que todo siga igual. El problema no es otro que el dilema planteado ya en otras oportunidades: “los de arriba ya no pueden; los de abajo no pueden todavía”. Y no pueden todavía porque no existe la vanguardia capaz de canalizar ese enorme potencial que es la efervescencia social, y porque no se cuenta con las herramientas teóricas y organizativas que hagan viable una alternativa de cambio de verdad, no sólo desde el lado económico, sino político, social, cultural y ético que es, al fin y al cabo, la llave maestra para encarar y resolver la crisis.
Las asambleas populares, surgidas es verdad mucha veces en forma espontánea, llevan en su seno la respuesta potencial al problema. Son el germen de lo nuevo, la expresión de la nueva democracia en gestación. Para alanzar su máximo vigor, sin embargo, es indispensable pasar de lo espontáneo a lo conciente, a su vertebración como órganos del poder popular en desarrollo capaces de sobrepasar la lógica de la institucionalidad burguesa en crisis y descomposición.
En el Perú el derrumbe del fujimorismo encontró una salida dirigida a perennizar el sistema y el modelo económico, organizado desde la OEA con el concurso de la burguesía y los tránsfugas de la izquierda. La ilusión de democratizar la sociedad peruana sobre la base de la Constitución fujimorista, sintetizada en la consigna de “transición democrática”, se sostiene porque para las mayorías no está claro que otro camino seguir. El éxito que alcanzó la ofensiva neoliberal se manifestó sobre todo en el lado ideológico y político, sin el cual no habría encontrado abierto el camino para imponer, casi sin resistencia, un modelo económico de verdadero saqueo nacional, excluyente y socialmente polarizador y expoliador.
El reflujo que se inicia a fines de los ochenta y la derrota de la izquierda y el movimiento popular en los noventa, facilitado por todo lo que representó Sendero Luminoso y también por errores propios, fue aprovechado por la dictadura. Como resultado de ello se profundizó el reflujo de masas, se fragmentó la capacidad de resistencia popular pasando a segundo plano las expresiones de democracia directa que alcanzaron su punto culminante hacia mediados de los ochenta. Ahora el panorama comienza a cambiar y todo indica que en el nuevo periodo de crisis y de flujo inicial de masas adquirirá actualidad y relevancia. No es una casualidad que en Argentina, es verdad que todavía en forma espontánea y tímida, aparezcan asambleas populares por barrios. Todo dependerá de la continuidad de la crisis, la efervescencia social y la mano diestra que sepa darles contenido y unidad, para que aparezca una nueva forma de organización democrática, de abajo hacia arriba, y por eso mismo una alternativa de poder y de organización de un verdadero estado nacional y democrático.
La sola acumulación política resultará insuficiente para dar respuesta a las nuevas condiciones de la lucha de clases. La derecha y el régimen del Dr. Toledo, comprometidos con la continuidad de un modelo agotado, afianzarán sus lados más conservadores y represivos. El ministro Rospigliosi ha iniciado la campaña para penalizar la toma de carreteras por poblaciones que sienten que sus reivindicaciones no son atendidas y todo sigue igual. El ministro de Educación está empeñado en paralelizar el sindicato de maestros y posesionarse de Derrama Magisterial. Son la punta del iceberg. Del otro lado, los pueblos y los trabajadores se encuentran en creciente ebullición cansados de promesas incumplidas. No les queda otro camino que la resistencia y la lucha.
Esta tendencia está en desarrollo, independientemente de que parte fundamental del movimiento de masas que despierta a la lucha y la protesta tiene todavía un sentido espontáneo y disperso. La misma experiencia, sumado a la labor paciente para esclarecer el panorama, mostrará la necesidad de su centralización nacional y de dotarse de una propuesta también nacional para enfrentar la crisis. El movimiento espontáneo, por mucha que sea su amplitud, tiene un límite de hierro: se queda en el rol contestatario, cuando lo que se necesita es una salida de conjunto a una situación de agotamiento de un modelo de economía y de Estado. Además, sus luchas siguen siendo todavía parciales o locales, a lo sumo regionales como en el caso de Loreto. Quedarse en su presente estadio significaría una trampa que hay que evitar. La democracia directa, que seguramente encontrará nuevas formas y contenidos comparativamente con la experiencia de los 70s y principios de los 80s del siglo pasado, aparece así como una respuesta donde convergen propuestas a problemas básicos de la población junto a alternativas de fondo a las grandes cuestiones nacionales.
La idea de trabajar por la ASAMBLEA DE LOS PUEBLOS como el nervio articulador de la diversidad de movimientos sociales, políticos, culturales, étnicos, medioambientales, juveniles, femeninos, y como el eje a partir del cual se levanten banderas para los grandes temas del país, además de asegurar capacidad de presión, negociación y solución desde posiciones de fuerza puesto que expresa los intereses de vastos sectores de la sociedad, incluyendo las burguesías locales trituradas por el neoliberalismo, el centralismo y los intereses monopólicos, tiene justificación y razón de ser porque permitirá mostrarle al país una nueva forma de organización democrática y de organización estatal.
Históricamente, desde los orígenes de la República, el Estado peruano se configuró excluyendo a la inmensa mayoría indígena y campesina. Esta realidad se ha modificado en parte sin ser eliminada. La democracia liberal nunca intentó cerrar este ciclo. En el caso peruano terminó apareada con la tradición aristocrática, autoritaria y centralista. Por eso más de las veces fue formal, es decir divergente entre el discurso o la legalidad aceptada y la práctica siempre opuesta. Ninguna Constitución tuvo el vigor de ordenar sobre bases verdaderamente democráticas y consistentes la sociedad. Allí está, para confirmarlo, el predominio prolongado de las dictaduras militares y civiles junto a períodos precarios de democracias restringidas que terminaron ahogadas por el peso de la bota militar o la instalación de regímenes civiles autoritarios. El fujimorismo no es la excepción en nuestra historia. Y nada garantiza que no se reproduzca en otro momento y con otro rostro.
Es oportuno que estos temas se conviertan en ejes del debate político. La derecha tiene su camino; el movimiento popular debe transitar el suyo propio, que lleve su marca y sabor. No es que neguemos la democracia representativa o nos abstengamos de participar en ella. El asunto es más de fondo: es insuficiente y se convierte en una traba en la tarea de construir una verdadero estado democrático y una sociedad independiente, soberana, integrada, desarrollada, con prosperidad para la mayoría de sus pobladores.
Abril del 2002.
PROLOGO A LA SEGUNDA EDICION.
El marxismo siempre ha considerado la primacía de la práctica revolucionaria sobre la teoría. De aquí no se deduce, desde luego, que subestime la importancia de ésta como arma fundamental de la revolución. Es de sobra conocida la tesis leninista que afirma, con justa razón, que "sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario". Una y otra son indispensables. Acerca de esto no debe quedar la menor duda. Pero la teoría va precedida por la práctica y debe servir al desarrollo de la misma. Esta conclusión tiene particular importancia al momento de considerar la aparición, desarrollo y posibilidades que encierran las organizaciones de democracia directa surgidas en la década de los setenta, así como sus repercusiones políticas y organizativas en el movimiento democrático y antimperialista del pueblo peruano.
Con la muerte de Mariátegui se corta, abruptamente, un período abierto al desarrollo teórico y programático marxistas. En adelante, a lo largo de décadas enteras la teoría revolucionaria hubo de marchar con pies de plomo. Para ser más exactos, retrocedió en aspectos importantes donde el Amauta había sentado piedras angulares para su desenvolvimiento ulterior. Con ello, a su vez, la práctica del Partido se empobreció enormemente, atascándose en la hojarasca economicista y reformista.
Los resultados están a la vista. La teoría de la revolución peruana marcha a remolque de la rica experiencia práctica del pueblo. En lugar de dar respuesta a una variedad de cuestiones fundamentales colocadas a la orden del día, se avivó el espíritu de secta, asfixiando toda capacidad crítica y autocrítica. La dialéctica, entendida como teoría marxista del conocimiento y método científico de trabajo, fue dejada de lado para facilitarle camino a la rigidez y al estancamiento teórico.
El dogmatismo, de otro lado, sedimentó tradiciones que impidieron marchar al compás de la iniciativa histórica de las masas y de los cambios que se fueron operando en la sociedad, de la misma manera que la estrechez empírica, desde su respectivo ángulo de enfoque, perturbaron la forja de un movimiento revolucionario con clara voluntad de Poder y de transformación revolucionaria. De este modo, la inmediatez economisista y espontaneista se sobrepuso a la visión programática de las tareas, y la organización del Partido revolucionario del proletariado devino, no pocas veces, apéndice del movimiento sindical o del parlamentarismo burgués.
Quienes levantamos las banderas de la revolución democrática nacional y su perspectiva socialista, tenemos como tarea inabdicable recuperar la estricta correspondencia entre teoría y práctica revolucionaria, única manera de desprendernos de la camisa de fuerza que significan tanto la herencia dogmática cuanto las huellas residuales del empirismo. Para ello nada mejor que ahondar el conocimiento de las leyes que rigen el particular desenvolvimiento de la sociedad peruana en su evolución económica, social, cultural y política; estudiar atentamente la dinámica de la lucha de clases nacional e internacional, buscando aprehender sus rasgos nuevos y las tendencias de su desarrollo; discernir los momentos de la construcción del Partido, la ciencia y el arte de la conducción revolucionaria, el rol y participación de las masas como creadoras de la historia, todo ello como síntesis de la evaluación autocrítica seria y responsable a que estamos obligados los comunistas. Esta tarea apenas ha comenzado. Llevarla adelante reclama un vasto esfuerzo de creación y realización. Está en nosotros evitar toda actitud complaciente, verdadera enemiga del progreso. También encarnar el espíritu renovador, la riqueza y posibilidades inherentes al marxismo-leninismo.
Desde sus orígenes el marxismo se ha desarrollado a través de la lucha; jamás en medio de la conciliación con el reformismo o el oportunismo político. La lucha es su elemento. Tanto más cuanto que el conocimiento de las leyes de la revolución peruana sólo puede alcanzarse a través de sucesivas aproximaciones, de verificación de los postulados asumidos en contraste permanente con el acontecer concreto, con la práctica revolucionaria. Pero también en lucha sin tregua con las viejas y atrasadas concepciones ideológicas y políticas, con las tradiciones impuestas por siglos de explotación y opresión, con la inercia de la costumbre y el conservadurismo. No existe otra manera de enriquecer el acervo teórico revolucionario ni hacer de éste guía para la acción.
Aspecto fundamental de este esfuerzo es, justamente, el conjunto de materiales que discutió el V Congreso, abriendo nuevas perspectivas para el avance teórico del Partido.
II
Se sienten vientos de renovación y búsqueda de respuestas a los diversos problemas planteados por la revolución peruana. A esa preocupación responde también este folleto que entregamos a nuestros lectores en su segunda edición.
Las tesis centrales que le dan sentido no han surgido al azar. Ni son producto de la especulación política. Están íntimamente entrelazadas a la experiencia vital de las masas, a su lucha, al despertar de su conciencia revolucionaria.
Indiferentemente de los niveles alcanzados en su estructuración, coordinación y expansión, la democracia directa explicita la insurgencia democrático-revolucionaria de las masas. Sin el rol creativo de éstas y sin la presencia concreta de esta experiencia multiforme, la democracia directa como consigna política no pasaría de ser especulación o mero enunciado teórico, reiterativo de otras experiencias, pero sin sustento en suelo peruano.
No estamos en presencia de formas tradicionales de organización. Los sindicatos, comunidades campesinas, asociaciones barriales, entre otras, mantienen, desde luego, su importancia y necesidad. Pero resultan insuficientes, incluso restrictivas para la incursión de las masas como fuerza protagónica en el proceso de cambios que deben operarse en la sociedad. Sin negar a aquéllas, los órganos de democracia directa las superar por su contenido, posibilidades y potencialidades revolucionarias. La razón explicativa es simple: expresan una nueva y superior forma de organización democrático-revolucionaria de las masas, directamente entroncadas con los propósitos estratégicos de la revolución.
Que circunstancias especiales las vinculen más a la lucha por tales o cuales expectativas reivindicativas, no modifica la esencia del problema. Este factor, comprensible además si se considera el particular desenvolvimiento de lucha seguido por el pueblo peruano, donde el sello economicista y reivindicacionista es ostensible, no debe llevarnos a perder de vista aquello que representa su rasgo fundamental: expresar la gestación de la nueva democracia revolucionaria.
No desconocemos que en la tradición política de las clases dominantes siempre ha estado presente, en momentos de tensiones sociales y de insurgencia de las masas, la capacidad de encubrir sus verdaderas intenciones, simulando las del contendor. Donde no funciona el garrote bien puede funcionar el atractivo de la zanahoria. Donde resulta imposible impedir la justa lucha de los pueblos negando sus aspiraciones legítimas, es posible neutralizarlas tomando lo secundario para anular lo esencial, asumiendo la forma para negar el contenido, cambiando algo irrelevante para conservar lo sustantivo. De este modo, las más de las veces lograron absorber los movimientos populares o los fines que les dieron origen, anulando sus potencialidades revolucionarias, tornándolos inocuos.
Esta es una experiencia que ningún revolucionario peruano debería olvidar, si no desea convertirse en pieza de maniobra del ajedrez reaccionario.
Tampoco está de más admitir que ello fue posible porque los sectores revolucionarios de la sociedad facilitaron las condiciones con su reduccionismo economicista, con la visión y práctica inmediatista de sus tareas, con su incapacidad para levantarse como real alternativa de transformación revolucionaria de la sociedad.
Este mismo peligro amenaza las perspectivas de las organizaciones de democracia directa. Estas corren el riesgo de ser neutralizadas, bien por la estrechez de miras de ciertos sectores de la izquierda más preocupados en conservar privilegios burocráticos en ciertas cúpulas sindicales, en lugar de discernir lo nuevo que brota del movimiento de masas, sistematizarlo, hacerlo conciencia y acción revolucionaria; bien, como consecuencia de las maniobras de los gobiernos de turno, facilitadas precisamente por comportamientos como los señalados.
La experiencia del pueblo peruano acumulada a lo largo de décadas de intensa lucha social reclama su estudio y sistematización. Contamos con excelentes monografías. Pero casi siempre se quedan en el episodio o en el relato más o menos minucioso de los hechos, sin llegar a la esencia de los fenómenos. Práctica tan rica por su variedad y posibilidades obliga, perentoriamente, si se aspira a conducir por cauces revolucionarios el despertar de las masas a la acción, su generalización teórica. Para ello nada mejor que internarlo. Ni mejor camino que estimular el debate. Sobre todo, en un ambiente en el cual la búsqueda de la unidad, mal entendida en sus métodos, han llevado a la parálisis de la confrontación de ideas y la verificación de las mismas en contraste con la realidad. Desde luego que este ambiente no es prerrogativa exclusiva de Izquierda Unidad, pero es aquí donde adquiere dimensiones sorprendentes, entumeciendo las articulaciones del organismo revolucionario que nunca debería dejar de ser crítico y revolucionario por excelencia.
III
En medio de dificultades, de oposiciones abiertas de parte de quienes detentan el Poder del Estado y los resortes de la economía, y de obstáculos que interponen, animados por intereses mezquinos o por miopía política, no pocos sectores de la misma izquierda que sienten de alguna manera amenazado su control burocrático sobre determinadas organizaciones sindicales obreras o campesinas, el movimiento de democracia directa se expande, afirmándose como auténtica alternativa popular.
Toda revolución genuina surge condicionada por necesidades objetivas sobre las cuales incursiona el factor consciente, la voluntad de los individuos, retardando o apresurando su desarrollo y desenlace; pero no puede determinarlas. Ninguna forma de organización revolucionaria, sobre todo cuando es producto de la iniciativa histórica de las masas, aparece sino cuando han madurado las condiciones que la colocan a la orden del día.
La democracia directa, que se ha enriquecido con la presencia de nuevas organizaciones tales como los comedores populares, los comités de vaso de leche, cierto que más restringidos y transitorios, menos ricos en sus posibilidades revolucionarias, es la expresión manifiesta de la insurgencia de las masas como portavoces de la necesidad de democratizar la sociedad y de encarar, por ellas mismas, sus problemas vitales.
Nuestra labor consiste precisamente en impulsar esta trayectoria iniciada, en potenciarla con todos los medios a nuestro alcance, en construirla como
la alternativa popular que cuestiona y supera la democracia burguesa formal*, de hecho centralista, autoritaria y burocrática. Es claro que sólo la revolución victoriosa estará en capacidad de desplegar todas sus cualidades democráticas y la iniciativa histórica de las masas, cuyos
* Entiendo por democracia burguesa formal la precariedad con que ella se ha construido en la sociedad peruana, pero además y sobre todo el divorcio permanente entre su aceptación jurídica, constitucional, y el ejercicio del poder que lo violenta permanentemente. Los golpes de estado, por ejemplo, casi siempre fueron promovidos o estimulados por clases dominantes que, sin embargo, se irrogan la representación de la democracia. Desde los orígenes de la república la exclusión social, política, económica, cultural y étnica de las mayorías fue y sigue siendo una cruel realidad. Hoy el elector vota pero no decide, ni controla ni revoca. En el Perú la democracia liberal fue siempre más un discurso demagógico que una realidad. A diferencia de Europa aquí la democracia funcionó más como opereta, de muy mala copia, que como la organización de un estado burgués moderno. Abril del 2002.
embriones aparecen con nitidez en las formas de democracia directas. Esta es apenas el anticipo de la capacidad de realización y de construcción del pueblo peruano que el socialismo hará florecer y fructificar.
Alberto Moreno Rojas
Lima, diciembre 1985.
DEMOCRACIA DIRECTA Y ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA
I. SIGNIFICADO E IMPORTANCIA ESTRETEGICA DE LOS ORGANOS DE LA DEMOCRACIA DIRECTA.
En el Informe Político del Comité Central al V Congreso del Partido se arriba a una conclusión fundamental: el surgimiento, desarrollo y afirmación crecientes de las Asambleas Populares, de la Autodefensa de Masas y de los Frentes de Defensa, como expresiones vitales de una democracia directa que se constituye a partir de la iniciativa histórica de las propias masas en un período ascensional de sus luchas, sintetiza el hallazgo esencial, a la vez teórico y práctico, de la revolución peruana en lo que de las últimas décadas.
Esta afirmación no es arbitraria. Se funda en hechos verificables, en una evaluación circunstanciada de las posibilidades revolucionarias y estratégicas que encierran, más que en consideraciones tácticas o coyunturales. Es que tales formas de democracia directa (cada una de sus peculiaridades específicas, que las distinguen nítidamente unas de otras, y en su conjunto, como un todo que se complementa) aparecen no sólo como formas de organización democrática de masas o como medios de lucha revolucionaria, sino también -y esto es, particularmente visible en las Asambleas Populares como gestación o prefiguración de un nuevo ordenamiento estatal democrático-popular cualitativamente superior a la democracia burguesa formal, del nuevo poder democrático-popular que habrá de emerger como coronación de la revolución victoriosa.
Quien no entiende la vinculación de los órganos de la democracia directa con la cuestión del Estado, o más específicamente, con el Estado democrático-popular, no entiende nada de su contenido ni de sus posibilidades revolucionarias.
Uno de los rasgos característicos del pueblo peruano, a lo largo de su historia, reside en su capacidad de lucha. La gesta de Manco Inca, en Vilcabamba, fue continuada por innumerables insurrecciones o rebeliones a lo largo de la dominación colonial. Túpac Amarú representa, en esta tradición, su fase cimera y, al mismo tiempo, el agotamiento de la posibilidad de plasmación de la nación peruana sobre bases indígenas.
Asentada sobre cimientos frágiles y postizos, fruto de una revolución independentista inconclusa, la República no instituye un Estado burgués y una democracia burguesa, sino más bien afianza, sobre una institucionalidad formalmente burguesa, precaria, permanentemente doblegada por el caudillismo militar, un régimen feudal basado en el latifundio y el gamonalismo. Ello se explica por la ausencia de una clase social revolucionaria en aptitud de llevar la revolución independentista hasta sus últimos límites, desbrozando camino al capitalismo para establecer un Estado burgués.
La inexistencia de una clase burguesa capaz de acabar con el feudalismo, poner vallas a la dominación imperialista, engendrar por tanto una república burguesa y un estado burgués, consiguientemente, una economía capitalista que integre el país bajo su hegemonía, creando un mercado interior que marchará aparejado con la descentralización económica y política; marcó desde el mismo momento de la independencia lo que habría de ser el rasgo sustantivo en este país: la semifeudalidad y la semicolonialidad, la desintegración económica y el centralismo, la institucionalidad formal burguesa y el autoritarismo como forma real de gobierno. La democracia, la independencia nacional, el desarrollo armónico de la economía, el progreso, la identidad nacional y cultural, continúan siendo tareas por hacerse; tareas profundamente revolucionarias que sólo el proletariado a la cabeza del pueblo peruano está en condiciones de realizar en camino al socialismo.
A lo largo de la época republicana el pueblo peruano ha desplegado, no obstante esta situación, luchas importantes. Si éstas, finalmente, se cortaron en sus posibilidades revolucionarias frustrándose, ello está en directa relación con la inexistencia de una clase revolucionaria capaz de darle contenido y proyección a las mismas, de cuajarlas como parte del proceso libertador y democrático. La inexistencia de una burguesía en condiciones de acometer tales tareas, y, más bien, dispuesta a capitular, conciliar y entrelazarse con el feudalismo y con el capital imperialista, desde el momento en que sus sectores hegemónicos emergieron al amparo de éste, es una de sus causas. La otra, en el presente siglo, las debilidades del proletariado para asumir la hegemonía en la lucha por la democracia y la independencia y por la realización continua de su propio proyecto histórico: el socialismo. Debilidades que tienen su origen en las profundas desviaciones ultraizquierdistas, primero; y revisionistas después, que padeció el Partido luego de la muerte de su fundador José Carlos Mariátegui.
Existieron circunstancias excepcionales que pudieron facilitar procesos de cambios profundos y, sin embargo, terminaron reabsorbidos por el sistema. En mi opinión, uno de los más significativos, en el siglo pasado, luego de la independencia, se da con el colapso originado por la Guerra del Pacífico. Colapso no sólo económico, también político y social. La resistencia, cuya expresión cimera está representada por la Campaña de la Breña -verdadera guerra popular de resistencia nacional- debió significar un movimiento nacional para derrotar al agresor, reconquistar la soberanía perdida, recuperar los territorios ocupados y expulsar al invasor, fuera de las fronteras del país. Pero las clases dominantes capitularon vergonzosamente. Únicamente Cáceres, a la cabeza de los pueblos insurgentes del Centro, salvó la dignidad nacional. Pero un Cáceres victorioso y, un pueblo detrás suyo vencedor en la resistencia, pese a la carencia de programa y de una estrategia para la reconstrucción del país, significaban una amenaza seria para la permanencia del estado de cosas existente. Habría trastocado de hecho el cuadro social y político, introduciendo en el escenario a las masas armadas, insurrectas y victoriosas. La derrota de Cáceres frustró esta posibilidad. La única realmente progresiva, capaz de maduración, radicalización y renovación, de contar con una clase dirigente a la altura de las circunstancias.
La crisis de fines de la segunda década y principios de la tercera, en este siglo, abrió paso nuevamente a un proceso de situación revolucionaria y de polarización. Sin embargo, pese a la profundidad de la conmoción social engendrada, tampoco culminó con una victoria popular, en ausencia de una conducción revolucionaria capaz, lúcida, como fruto de las inconsecuencias y las vacilaciones de la democracia pequeñoburguesa representada por el APRA. La derrota de la insurrección de Trujillo, la expresión más radical de este período preñado de grandes convulsiones y reacomodos de fuerzas, es también el canto del cisne de una posibilidad revolucionaria que se frustra, una demostración más de cómo las clases dominantes y el imperialismo derrotan o neutralizan y luego reabsorben un proceso de intensa lucha de clases; cómo logran recomponer la situación sin modificarla sustancialmente, siempre bajo la hegemonía oligárquica, siguiendo el viejo lema: "cambiar algo para que nada cambie".
El vasto movimiento campesino de finales de la década de los cincuenta y de principios de los sesenta, de profundo contenido antifeudal y democrático, si bien aceleró el resquebrajamiento del régimen económico feudal supérstite golpeando fuertemente al gamonalismo y la propiedad terrateniente, no culmina como proceso revolucionario, y más bien, una vez más, se agota, desnaturalizada a través de un proceso de reformas parciales, centralmente redistributivas, en ausencia de una conducción capaz de potenciar la radicalidad del campesinado e impulsar un vigoroso movimiento revolucionario campesino sólidamente unido a la acción revolucionaria del proletariado y otros sectores urbanos populares.
A lo largo de todo este proceso histórico en que el capitalismo se va afianzando a través de una vía evolutiva, sin por ello resolver las contradicciones fundamentales de la sociedad (sobre todo aquella trabada entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción semifeudales y semicoloniales, de hecho caducas, y su correspondiente reflejo superestructural), la revolución continúa siendo una exigencia histórica, un requisito social irresuelto. La crisis estructural, en esencia, es la revelación contundente de esta necesidad.
Toda recomposición dentro del mismo sistema, aún en el sentido de la realización de tales o cuales reformas, sólo puede postergar el estallido de estas contradicciones, acumulando la leña seca. A fin de cuentas la solución se abrirá paso necesaria y obligatoriamente por otros medios si continúan cerradas las puertas que conducen al progreso, la independencia, la democracia y el desarrollo económico multilateral.
La crisis de coyuntura puede ser de alguna manera superada. Pero podrá serlo únicamente en forma parcial, transitoria, efímera, pues en lo hondo, en la base, continúa su marcha el viejo topo de la lucha de clases como reflejo de una de una crisis estructural irreversible, que conduce inevitablemente a la revolución social del proletariado.
Ahora bien. El surgimiento de los órganos de la democracia directa, como expresiones genuinas, nuevas y profundamente revolucionarias, surgidas por iniciativa de las masas trabajadoras, está en correspondencia con el desarrollo de estas contradicciones objetivas, con la profundización constante de las contradicciones sociales y con la insurgencia del pueblo peruano que se resiste a mantenerse en la pasividad o en sus formas tradicionales de acción que ya resultan insuficientes para encarar, con posibilidades de éxito, la solución de los grandes problemas que lo afectan en lo económico, social, político, cultural e inclusive moral.
Sintetizan también la irrupción de las masas que buscan su propio camino, que se niegan a permanecer dentro de los cauces de una democracia formal cuyo rasgo sustantivo ha sido siempre el autoritarismo; su presencia como expresión genuina de un proceso de democratización profunda de la sociedad peruana, que sólo puede emerger de sus luchas, creatividad y capacidad de realización.
La democracia directa no nace recién hoy. Sus elemento embrionarios podemos encontrarlos ya en las grandes batallas libradas por el pueblo peruano, inclusive en el siglo pasado. Es que la democracia directa nace, fructífera y se desarrolla precisamente en momentos de grandes tensiones sociales, en medio de la crisis de la sociedad, allí donde las masas irrumpen, a su modo, chocando, cuestionando, superando de hecho el ordenamiento legal existente, las tradiciones establecidas, las normas impuestas por las clases dominantes y el imperialismo.
Por desgracia no han sido estudiadas suficientemente la guerra de la independencia o la Campaña de la Breña, auténticas guerras populares de resistencia nacional, en todas sus posibilidades revolucionarias, en sus aciertos pero también en sus limitaciones o errores. Tampoco se han extraído las conclusiones estratégicas y teóricas de las luchas del proletariado peruano de principios de siglo, que permitieron la conquista en ese entonces de las 8 horas de trabajo. Ocurre otro tanto con la gran crisis de principio de los treinta, en la cual la insurrección de Trujillo aparece con matices propios, como un Poder Popular instaurado, aunque débil, difuso, fugaz, y casi espontáneo. El movimiento campesino de los sesenta espera su generalización teórica y aguarda que se extraigan de él las lecciones en todo lo reivindicaciones planteadas, al rol y la orientación de las clases sociales en ese período, al acervo de nuevas formas de lucha y de organización surgidos. En todos estos grandes movimientos es posible advertir los antecedentes de la democracia directa, en tanto participación y acción creadora de las masas. Antecedentes que, sin embargo: o han sido subestimados, o bien, atosigados por la estrechez inmediatista o la ceguera dogmática, perdidos de vista por considerarlos subsidiarios o irrelevantes.
La década de los setenta permite en medio de la lucha contra las ilusiones reformistas y en el proceso de la defensa del camino independiente de las masas, descubrir aquello que nace y que porta, en su seno, pese a sus factores embrionarios, dispersos y muchas veces espontáneos, lo sustantivo de la experiencia revolucionaria: la democracia directa y sus organismos representativos: los Frentes de Defensa, la Autodefensa de masas, las Asambleas Populares.
Con esta adquisición, la revolución peruana da un salto gigantesco y encuentra, por decir así, la vía por donde transitaremos en la construcción de un proceso revolucionario original, de masas, profundamente democrático, cuyas consecuencias y resultantes poseen una proyección estratégica que está más allá de lo meramente coyuntural o transitorio. La estrategia revolucionaria, a partir de esta experiencia, se enriquece de tal manera y en tal grado que podemos señalar que, con el surgimiento de la democracia directa, estamos en condiciones de proyectarnos como auténtica alternativa de Poder y de transformación democrática revolucionaria de la sociedad, integrando a esta batalla a amplísimos sectores del pueblo como sus protagonistas fundamentales.
"Quién no entiende la vinculación de la democracia directa con la cuestión del Estado... no entiende nada de su contenido, ni de sus posibilidades revolucionarias".
Hasta aquí, por razones que no es del caso abordar en detalle, los marxistas en el Perú asumieron por lo general un rol de oposición y de cuestionamiento del sistema económico-social. De allí su gran limitación para canalizar el potencial engendrado por el movimiento espontáneo y ascensional de masas, para superar el ordenamiento existente y ofrecer una alternativa estatal y de gobierno cualitativamente distinta, para preparar el gran ejército revolucionario que es el pueblo movilizado en la batalla por la realización de la democracia y la independencia nacional, por el socialismo como continuación inevitable de aquellas.
Una izquierda revolucionaria que se muestre incapaz de sobrepasar los límites que caracterizan al actual sistema económico y social y su ordenamiento estatal, devendrá inevitablemente una opción reformista, meramente oposicionista. Esto es lo que ha ocurrido en la generalidad de los casos hasta el presente. Se trata entonces de cuestionar el sistema en todos sus elementos y, simultáneamente proponer y realizar una opción alternativa transformadora que, sintetizada en un programa revolucionario, tenga su correspondiente expresión en formas organizativas y de acción que expresen o plasmen la sustitución revolucionaria de lo viejo por lo nuevo.
Aquí es donde se realiza la interrelación dialéctica entre la vanguardia y las masas, entre el movimiento consciente y la espontaneidad creadora del pueblo en lucha. Tal proceso no podría realizarse dentro de los parámetros de la institucionalidad existente, en crisis y agotada, de hecho conservadora, sin forzar y romperla bajo el peso de la dinámica ascensional de la lucha revolucionaria de las masas.
La democracia directa, sus formas organizadas, su depuración y afirmación como opciones democrático-revolucionarias, por lo general adquieren mayor pureza y fuerza en el curso de la lucha ascendente, casi nunca en la pasividad o en medio del reflujo o la derrota de las masas a través de la confrontación de clases, nunca en medio de la conciliación; como respuesta revolucionaria a la crisis orgánica de la sociedad semicolonial, de capitalismo atrasado y como cuestionamiento al autoritarismo, nunca como mecanismo engendrado por éstas o atendibles en los marcos del sistema actual. De allí su carácter profundamente subversivo, en el sentido más profundo del término, su rol cuestionador y, al mismo tiempo, alternativo democrático-revolucionario.
Desde luego que este proceso surgido en medio del despertar espontáneo de las masas, de sus luchas, es insuficiente por sí mismo para evidenciar todas sus potencialidades y posibilidades. Pese a la enorme riqueza que ofrece el movimiento espontáneo por lo general no está en condiciones de escapar de los linderos del sistema económico y político, excepto en períodos de ascenso revolucionario. La experiencia histórica es sumamente ilustrativa al respecto. Así se explica por qué, bajo determinadas condiciones, termine casi siempre reabsorbido en sus elementos básicos por el mismo sistema, en todo caso, neutralizado o desnaturalizado, que al fin de cuentas es igual. Esto ya ocurrió en el pasado, y puede ocurrir en la actualidad. Se trata precisamente de que las cosas tengan un rumbo positivo y de que la revolución encuentre en la democracia directa un punto de apoyo fundamental.
De aquí la importancia de resumir críticamente la experiencia acumulada para establecer con precisión los rasgos sustantivos, de orden estratégico, implícitos en los órganos de la democracia directa, de modo que estemos en condiciones de avanzar en su generalización teórica, en su construcción como componentes fundamentales de la organización democrática revolucionaria de la sociedad; que se torne bandera de lucha popular y opción alternativa a la democracia formal, a todo ordenamiento autoritario de la sociedad, haciéndose conciencia y acción en las masas, sus únicas depositarias.
Es que en la lucha por el Poder democrático popular, los órganos de la democracia directa tienen un rol decisivo que jugar. Desprovistos de este contenido, no depurados de los aditamentos espontáneos, gremialistas o coyunturalistas que todavía conservan, reducidos al rol de medios para la lucha reivindicativa local o regional, los órganos de la democracia directa pierden su potencialidad y se agotan como factor revolucionario.
El balance que podemos hacer desde su surgimiento en la década pasada, de los niveles programáticos u organizativos alcanzados, permite concluir que, lamentablemente, más de las veces continúan siendo expresiones del movimiento espontáneo básicamente reivindicacionistas, y por eso mismo intermitentes, dispersos, faltos de continuidad y de la energía que les corresponde. En suma, todavía fuertemente cargados de ataduras inmediatistas y no precisamente factores vertebradores del acción revolucionario de las masas en la lucha por el Poder popular y por la realización de las tareas democráticas y nacionales. Aquí radica la esencia del reto que asumimos los comunistas. Reto que estamos convencidos cumpliremos con éxito.
Para el Partido el problema crucial a resolver se centra en lo siguiente:
Originar un salto cualitativo en la estructuración, plasmación, construcción y extensión a escala nacional de los órganos de la democracia directa, de tal manera que emerjan centralmente como la expresión más profunda de la organización democrático-revolucionaria de las masas, bajo la dirección del proletariado peruano. No es casual entonces que consideremos esta tarea como fundamental a lo largo de este período, consagrando a ella lo mejor de nuestras fuerzas, preocupaciones e iniciativas.
Lo expresado hasta aquí no significa que descuidemos otros terrenos de lucha. Nada de eso. Significa solamente que el centro de gravedad del trabajo partidario deberá concentrarse en la realización de esta tarea. Pues de sus resultados dependerá en grado considerable, si estaremos en capacidad de asumir o no, en todas sus consecuencias, la situación revolucionaria que se prevé, consiguientemente el viraje de las masas a la revolución y la inevitable polarización y confrontación entre revolución y contrarrevolución.
II. LA TEORIA COMO GENERALIZACIÓN DE LA PRÁCTICA.
La circunstancia de que a la democracia directa de masas y consecuentemente a sus formas de organización de organización, se les preste recién la importancia que le corresponde, tiene que ver, entre otros, por lo menos con los siguientes factores: en primer lugar, a la manera estereotipada y dogmática de entender la revolución peruana, que ha impedido discernir adecuadamente los elementos nuevos que surgen de las entrañas mismas de la lucha de clases en el país. En segundo lugar, como producto de remanentes revisionistas, cuyo rasgo básico consiste en subestimar el potencial revolucionario del movimiento de masas, se ha tendido a exagerar las formas de luchas y de organización emanados de la democracia burguesa formal y de sus instituciones. En tercer lugar, resultante de la chatura economicista e inmediatista que impide ir más allá de lo cotidiano, que embota la conciencia y obstruye la organización revolucionaria del proletariado. Finalmente, una percepción formalista de las exigencias revolucionarias, según la cual el problema se reduce a los medios para conquistar el Poder, perdiendo de vista la participación de las masas en este proceso y, lo que es más importante, despreocupándose por completo de la cuestión de cómo construir la nueva sociedad y el nuevo Estado democrático popular; cómo, desde ya, entender la construcción del Partido y la organización revolucionaria de las masas como prefiguración de la nueva sociedad en que estamos empeñados.
"En la lucha revolucionaria por el poder popular y el socialismo, no es suficiente el planteo de las formas de lucha adecuadas a tal fin; es igualmente indispensable establecer el cómo se construirá la nueva sociedad que emerja de la revolución victoriosa".
De aquí la imposibilidad de entender la teoría como generalización de la práctica; y ésta como hecho que se enriquece, potencia y desarrolla si es alumbrada por una teoría revolucionaria.
Luego de la muerte de Mariátegui es muy poco lo que se ha avanzado en el terreno de la teorización de la revolución peruana. En parte debido a la distorsionada manera de entender el marxismo, sea en su versión dogmática e “izquierdista”. Y, en parte, consecuencia de lo anterior, por la incapacidad para conocer en profundidad la realidad económica y social del país, penetrar en su historia, descubrir los elementos nuevos que surgen en el seno del vasto movimiento popular a la espera de su generalización teórica.
Esto, explica también el enorme retraso teórico que cargamos respecto de la experiencia práctica de las masas y las del mismo Partido a lo largo de su prolongada existencia. Como resultado de esta constatación advertimos una grave tendencia espontaneísta que ha posibilitado en determinados períodos de su historia, sumergir a la vanguardia en la estrechez de las reivindicaciones parciales o el movimiento económico de los trabajadores.
En las condiciones señaladas, era virtualmente imposible el desarrollo vigoroso de la teoría revolucionaria en el Perú. Imposible, igualmente, sacar lecciones de la historia, generalizar teóricamente la experiencia práctica, advertir el surgimiento de lo nuevo separando la paja del grano. Finalmente, enriquecer el acervo revolucionario acumulado transformando todo aquello que tiene de espontáneo, disperso aparentemente casual, en factor consciente, organizando, fundamentando científicamente, organizado, fundamentado científicamente.
En estas circunstancias, la exigencia cotidiana, el quehacer diario, los objetivos parciales, terminan por reducir la actividad política revolucionaria a mera inmediatez, a la adaptación al estado de cosas existente, perdiendo de vista su producto sentido transformador y creador.
Con el surgimiento de las Asambleas Populares, la cuestión del Poder del Estado democrático popular adquiere connotación práctica, señalando la factibilidad de su construcción por las propias masas, bajo la dirección de los comunistas. Ocurre otro tanto con la Autodefensa de Masas, que permite descubrir una vía original en el esfuerzo por la organización de la resistencia popular según el principio de: el pueblo en armas. Ni qué decir de las potencialidades de Frente Único que encierran los Frentes de Defensa.
El sustento teórico que da consistencia a la cuestión planteada reside en lo siguiente: en la lucha revolucionaria por el poder popular y el socialismo, no es suficiente el planteo de las formas de luchas adecuadas a tal fin; es igualmente indispensable establecer el cómo se construirá la nueva sociedad que emerja de la revolución victoriosa, la nueva organización estatal. Este "¿cómo construir?" involucra, a su vez, la cuestión de conocer y desarrollar sus elementos básicos cuya gestación comienza con anterioridad a la propia conquista del Poder a escala nacional, prefigurándose, en primer lugar, en la organización y acción revolucionaria de las masas; finalmente, pese a su carácter todavía embrionario, imperfecto, muchas veces disperso e intermitente, en los órganos de democracia directa surgidos, particularmente en las Asambleas Populares, que ya no pueden ser contenidos dentro de los parámetros de la democracia burguesa formal dado que representan su negación al mismo tiempo que su superación cualitativa. Y que, por eso mismo expresan la cristalización de la necesidad de la revolución como requisito insoslayable para resolver las contradicciones económicas, sociales y políticas.
En otras palabras, las formas de democracia directa, si se toma lo sustantivo que los caracteriza, ya no pueden ser contenidas en la vieja institucionalidad; su sola presencia es la demostración de que las masas se abren paso a nuevas formas de institucionalidad democrático-revolucionaria, cuyo porvenir sólo puede ser la conformación de un nuevo ordenamiento estatal, la instauración del Estado democrático popular.
A partir de este punto de vista teórico, que la existencia práctica ha colocado sobre la mesa, es que estaremos en condiciones de calar la profunda significación de los órganos de la democracia directa como necesidad práctica actual, como uno de los factores centrales de la acumulación revolucionaria de fuerzas y como medio de preparación para las grandes batallas próximas.
III. TOMAR EN CUENTA LA EXPERIENCIA INTERNACIONAL DEL PROLETARIADO Y EL PAPEL DE LAS MASAS.
Tiene indudable importancia, para los fines aquí tratados, remitirnos sucintamente a determinadas experiencias de significación internacional y a la actitud de los grandes maestros de la clase obrera al valorar la "iniciativa histórica" de las masas, o al recoger los elementos nuevos que aportan al acervo de la teoría y de la práctica revolucionarias del proletariado.
Es sabido que Carlos Marx apreció altamente el significado histórico de la comuna de París. Vio en ella, en efecto, pese a cualquier error de los insurrectos, la proeza más gloriosa de los trabajadores franceses: "un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo" (1). En suma, el primer ejemplo concreto e inobjetable de la dictadura del proletariado.
"¡Qué flexibilidad, qué iniciativa histórica y qué capacidad de sacrificio tienen estos parisienses!" "!La historia no conocía hasta ahora semejante ejemplo de heroísmo!" escribió exultante a Kugelmann en abril de 1871.
Tal la apreciación de un movimiento revolucionario que surgió espontáneamente, sin que nadie la prepara de antemano ni la organizara consciente ni sistemáticamente; que instauró por primera vez el Poder de la clase obrera en medio de la crisis provocada por la guerra, el cerco de las tropas alemanas sobre París, la indignación de los sectores populares frente a la gobernante que había demostrado su incapacidad absoluta y su descomposición, y la efervescencia revolucionaria de los trabajadores.
La revolución del 18 de marzo de 1871, emerge como la síntesis de un período de crisis muy profundo que puso inesperadamente, por decir así, el poder en manos de la Guardia Nacional y, a través de ésta, en manos de la clase obrera y la pequeña burguesía.
Pero Marx no se contenta con reconocer las proezas del proletariado parisiense que se "atrevió a tomar el cielo por asalto". Va hasta el fondo del problema, lo estudia en todos sus aspectos, se propone aprender de la gesta heroica de las masas y extraer de esa experiencia conclusiones teóricas científicamente fundadas que, además de confirmar sus tesis sobre la cuestión del Estado y la revolución proletaria, las enriquezcan y completen.
¡Sí. Carlos Marx sabía confrontar con la práctica sus conclusiones teóricas, sabía aprender de las masas con modestia y extraer de sus luchas consecuencias certeras!.
A partir de la Comuna de París, y como adquisición de ésta, quedaba plenamente confirmada la teoría de la dictadura del proletariado en la revolución social, dado que la conquista del Poder no podía limitarse al paso de una mano a otra del aparato burocrático militar, sino que éste debía ser "demolido" como condición previa de toda revolución popular".
Nada más ilustrativo para considerar en toda su dimensión lo que esto significa, que recoger las palabras de Lenin:
"En setiembre de 1870, Marx calificaba la insurrección de locura. Pero, cuando las masas se sublevan, Marx quiere marchar con ellas, aprender al lado de las masas, en el curso mismo de la lucha, y no dedicarse a darle consejos burocráticos. Marx comprende que los intentos de prever de antemano, con toda precisión, las probabilidades de éxito, no serían más que charlatanería o vacua pedantería. Marx pone, por encima de todo, el que la clase obrera crea la historia mundial heroicamente, abnegadamente y con iniciativa. Marx consideraba a la historia desde el punto de vista de sus creadores, sin tener la posibilidad de prever de antemano, de modo infalible, las posibilidades de éxito, y no desde el punto de vista filisteo intelectual que viene con la moraleja de que 'era fácil prever...' " (2) .
Hoy cuando cunde cierto cretinismo electoral, en que el triunfalismo comienza a hacer carne en ciertos círculos de la izquierda, en que se desconfía de las masas, de su iniciativa, de su radicalidad, de su acción "plebeya", no está demás retornar a los grandes creadores del marxismo para quienes la "iniciativa histórica " de la clase obrera y el pueblo siempre fue un asunto de vital importancia en la revolución.
Si la Comuna de París significó un salto gigantesco en la práctica revolucionaria del proletariado y en la elaboración de la teoría marxista del Estado y la revolución, la aparición de los soviets en la Revolución de 1905 como creación espontánea del proletariado ruso, permitió avanzar aún más en esta dirección. Los sóviets (esto es las asambleas de diputados obreros) tienen un origen bastante modesto. Nacen como representación de los trabajadores, autorizada por los funcionarios zaristas, para luchar por mejoras económicas. Más adelante devienen centro de dirección del movimiento huelguístico. El primer sóviet de diputados obreros se formó el 15 de mayo de 1905 en Ivánovo Vosnesiensk, distrito textil moscovita, asumiendo funciones de Comité de Huelga, convirtiéndose con enorme rapidez en la primera representación abierta de los intereses de toda la ciudad. En julio, se organizó otro sóviet en Kostromá, en setiembre surgieron otros en diversos gremios de Moscú. Con la insurrección de diciembre los sóviet se expanden a diversos lugares de Rusia alcanzando su expresión más completa, es decir, asumiendo ya formas embrionarias de un nuevo Poder revolucionario, en Petersburgo, donde estuvo en funciones públicas e ininterrumpidamente durante 50 días, hasta que fue vencida por la contrarrevolución zarista.
La fuerza de los sóviet descansaba en la potencia del ascenso revolucionario de las masas trabajadoras, en su insurgencia, rompiendo por la vía de los hechos las trabas impuestas por el zarismo; pero también en la debilidad de éste, en la inseguridad y vacilaciones del gobierno, en su pérdida de la iniciativa política que lo obligó a dar un paso atrás para preparar la ofensiva contrarrevolucionaria.
Esta debilidad y desorganización del aparato gubernativo facilitaron las condiciones para que los sóviet asumieran en el curso de la revolución atribuciones de poder. Los sóviets fueron, en efecto, en su momento cenital, embriones marcadamente definidos de la dictadura del proletariado. La revolución de Febrero de 1917 sería impensable sin remitirse a la experiencia de 1905. La Revolución de Octubre, dirigida por Lenin, encontró en los sóviets depurados de sus elementos corporativos, la nueva forma de organización estatal del proletariado, de su dictadura de clase.
Lenin hizo una valoración completa de la Revolución de 190 y extrajo de ella conclusiones teóricas de extraordinaria importancia, sumamente útiles para entender nosotros el significado y las posibilidades que encierran los órganos de la democracia directa surgidos en estos últimos años. En lo que concierne a la experiencia de los sóviets, escribió una serie de artículos en el curso del "torbellino" revolucionario. Es, sin embargo, en su folleto "El triunfo de los kadetes y las tareas del partido obrero", escrito en marzo de 1906, donde nace el resumen más completo, el mismo que será enriquecido en una serie de trabajos posteriores, sobre todo luego de la Revolución de Febrero de 1917.
Estas conclusiones pueden resumirse en las siguientes:
1. En medio del "torbellino" revolucionario el pueblo "tomó la libertad política, la puso en práctica, sin (someterse) a ninguna clase de leyes y sin restricción alguna";
2. "Los sóviets de diputados obreros, soldados y campesinos... fueron creados exclusivamente por las capas revolucionarias de la población, al margen de leyes y normas, por vía netamente revolucionaria, como expresión de la inventiva del pueblo";
3. Los sóviets fueron realmente "órganos del poder, pese a su carácter embrionario, elemental y amorfo, pese a lo impreciso de su composición y funcionamiento", pues "este poder no se conocía ningún otro poder, ninguna ley, ninguna norma" (confiscaron imprentas, detuvieron altos funcionarios, administraron justicia, armaron a la clase, etc.).
De allí que "por su carácter político y social esto fue, en embrión, una dictadura de los elementos revolucionarios del pueblo".
4. La "fuerza en que se apoyaba este nuevo poder no era la de las bayonetas... ni la del destacamento policial ni la fuerza del dinero..." "Se apoyaba en las masas populares. He aquí la diferencia fundamental -continúa Lenin- entre el nuevo poder y todos los órganos anteriores del antiguo poder";
5. Los sóviets son "un poder abierto a todos, que actúa a la vista de las masas, accesible a las masas, surgido directamente de las masas, órgano directo de las masas populares y ejecutor de su voluntad", pues se trata de que "ellas mismas tomen directamente en sus manos los organismos del poder del Estado y formen ellas mismas las instituciones de ese Poder":
6. El nuevo poder "no cae del cielo, sino que surge y crece a la par del antiguo poder, en oposición a él, en lucha contra él", dado que su objetivo es "demoler esa máquina del Estado (reaccionario) y sustituirla por otra"; por la dictadura del proletariado (3.).
Tales las enseñanzas fundamentales que extrae Lenin de la Revolución de 1905, sobre este particular.
La Revolución China, como es sabido, siguió un curso particular al mismo tiempo que complejo. No está en nuestro interés inmediato abordarlo en su conjunto, sino más bien remitirnos a un período que guarda ciertas similitudes con la experiencia nuestra, sobre todo con la del movimiento campesino peruano de principios de la década de los sesenta.
La revolución de 1925-1927 se encontraba, a principios de este último año, en pleno auge. La expedición del Ejército Nacional Revolucionario contra el Norte, dirigido por el Kuomintang con la participación predominante del Partido Comunista, avanzaba de victoria en victoria. Todavía no se había desatado la contrarrevolución del ala derechista del Kuomintang encabezada por Chang Kai-shek. La provincia de Junán era en ese período el centro del movimiento campesino de China, donde entre mayo de 1926 y enero de 1927 crecieron vertiginosamente las asociaciones campesinas, hasta contar con dos millones de afiliados y con masas de más de 10 millones bajo su inmediata dirección.
Mao Zedong realizó una investigación en el mismo escenario de los hechos durante 23 días. El resultado fue el famoso "Informe sobre la investigación del movimiento campesino de Junán" muchas veces citado entre nosotros pero muy poco comprendido.
El genio de Mao se ve en este documento con trazos indelebles. No se limita a constatar el auge del movimiento campesino. Tampoco se contenta con hacer una detallada explicación de los hechos. Mientras la dirección oportunista del Partido encabezada por Chen Tu-siu cede a las presiones de la derecha del Kuomintang y termina por capitular vergonzosamente, condenando la revolución a la derrota; Mao Zedong constata en el poderoso auge del movimiento campesino una reserva fundamental y un punto de apoyo básico para continuar la lucha y afirmar la alianza obrero-campesina, tanto más indispensable cuanto que la burguesía nacional vacilaba al igual que la pequeña burguesía.
"Lo fundamental de todo proceso auténticamente revolucionario reside en la insurgencia de las masas, en que éstas toman en sus manos su propio destino... y comienzan a construir, con iniciativa, lo nuevo".
En este contexto, ¿Cuál es el elemento fundamental que contiene dicho informe? ¿Cuáles sus conclusiones esenciales? A nuestro juicio, las siguientes:
1. La comprobación de que el ascenso impetuoso del movimiento democrático-revolucionario de los campesinos ha dado paso a la “realización en el campo de una revolución nunca antes vista en la historia” de China.
Una revolución, en efecto, pese a la espontaneidad en que se desarrolla, pues “las asociaciones campesinas han pasado a ser los únicos órganos de Poder” una vez derrocado el Poder local de los terratenientes, haciendo realidad la consigna. “Todo el poder a las asociaciones campesinas” Poder real y no formal ni ficticio, puesto que “ningún asunto se arregla sin la presencia de la gente de la asociación” y los “milenarios privilegios de los terratenientes feudales caen hechos añicos, y toda su dignidad y arrogancia son arrastrados por el suelo”. La insurgencia de millones de campesinos ha acabado con la propiedad feudal de la tierra, con el poder local de los terratenientes, con sus prerrogativas sociales, con sus cadenas ideológicas. ¡Sí, en efecto, los campesinos, los oprimidos del campo, “realizaron una revolución nunca vista” hasta ese entonces en China!.
2. Como consecuencia de ello la ola ascendente de millones de campesinos insurrectos trastocó completamente el “orden” hasta entonces dominantes, dando paso a la instalación de un nuevo orden en todas las esferas. Y no porque ya existiese un nuevo Poder depurado de aditamentos corporativos, científicamente fundado, sino pese a su característica aún espontánea, difusa, embrionaria, limitada al ámbito de una región, pero que lleva en su seno las potencialidades propias de un poder democrático-revolucionario. Para que se produjese esta depuración era indispensable la presencia dirigente de la clase obrera, su rol hegemónico como clase portadora de la nueva sociedad, desde el momento en que la democracia burguesa resultaba siendo insuficiente para contener toda la riqueza y la radicalidad impresos por el movimiento campesino en ascenso.
3. Son las masas campesinas las gestoras de estos cambios profundos, sobre todo sus sectores pobres y medios de capa inferior, quiénes asumen sus factores radicales y más consecuentemente revolucionarios. Los campesinos no se contentan con ciertas reformas ni la consecución de ciertas reivindicaciones parciales. Derrocan a la clase terrateniente feudal, aplastan por medio de la violencia a los esbirros armados de ésta. Para ello recurren, en primer lugar, a la fuerza del número (millones de campesinos alzados a la lucha, organizados en las asociaciones campesinas). En segundo lugar, a la violencia para destrozar los aparatos coercitivos de que se valieron los terratenientes a fin de conservar y eternizar su poder. En tercer lugar, apoyándose en la fuerza someten a los terratenientes a la “dictadura popular”, al mismo tiempo que neutralizan a los sectores intermedios del campo. La pieza clave son incuestionablemente las asociaciones campesinas que han dejado de ser mera organización corporativa o gremial.
4. Pero los campesinos insurrectos no se contentan con quebrarle el espinazo a los terratenientes. Crean, simultáneamente, una nueva institucionalidad, nuevos hábitos y normas, una nueva moralidad que ni miles y miles de decretos o disposiciones burocráticas están en condiciones de efectivizar, con sencillez, eficacia y profundidad. “Allí donde la asociación campesina es poderosa –comprueba Mao Zedong- los juegos de azar han sido prohibidos y han desaparecido totalmente y, el bandolerismo se ha eliminado. En algunos lugares, es realmente cierto que nadie se guarda lo que encuentra en el camino y que no se trancan las puertas por la noche” Así de simple.
5. Las asociaciones campesinas crean sus propias milicias, esto es los “destacamentos armados de picas” bajo su dirección. Se hace realidad, por propia iniciativa de los campesinos, la consigna de ¡Pueblo en armas!.
6. Fueron creados los "consejos conjuntos de la administración local y las organizaciones de masas", adoptando un "sistema democrático" en su esencia como en su forma. El proceso de democratización ha seguido un curso acelerado comprometiendo a vastos contingentes campesinos, integrando a las mujeres y a la juventud, rompiendo de hecho viejas ataduras y prejuicios feudales, socavando severamente "la ideología y el sistema feudal patriarcal" basados en la autoridad política de los terratenientes, de clan, religiosa y marital.
Desde luego que el movimiento campesino de Junán que investiga Mao Zedong tiene limitaciones importantes y está lejos de ser una revolución victoriosa. Pero es lo suficientemente significativo y creativo para hacer evidente que lo fundamental de todo proceso auténticamente revolucionario reside en la insurgencia de las masas, en que éstas toman en sus propias manos su destino, en que socavan y destruyen el viejo "orden" y comienzan a construir, con iniciativa, el nuevo. El problema central es siempre la cuestión del Poder. Así fue en la Comuna de París. Los sóviets no hicieron otra cosa que ratificarlo. Y así es también en la experiencia, sin duda más limitada que las anteriores pero no por ello menos importante, del campesinado insurgente de Junán, en China.
En lo que va de este siglo contamos en el Perú con no pocas experiencias que tienen alguna similitud. Situaciones distintas y de diversas magnitudes originan, desde luego, consecuencias igualmente diferentes. Pero ello no es obstáculo para descubrir elementos comunes a toda insurgencia popular, tanto más cuanto que éstas llevan un sello definitivamente revolucionario. Basta recordar la insurrección de Trujillo en 1932, el poderoso movimiento campesino del Cusco a principios de los 60, el movimiento campesino de Andahuaylas de mediados de los 70 y, más recientemente la experiencia de las Rondas Campesinas de Chota o las Asambleas Populares en gestación o los movimientos huelguísticos regionales encabezados por los Frentes de Defensa. Si bien estas experiencias, en particular las últimas, tienen un alcance aún limitado, no por ello dejan de mostrar sus enormes potencialidades, su insurgencia como órganos de la democracia directa que prefiguran, aún cuando imperfecta, intermitente o débilmente, el Poder popular que debemos, obligatoriamente, conquistar y construir.
Una cosa es, definitivamente, cierta: toda revolución es la obra multitudinaria de las masas y de una vanguardia capaz de dirigirlas certeramente. Sepamos, continuando a Marx., Lenin y Mao Zedong, asumir la "iniciativa histórica" de las masas de nuestro país, su enorme creatividad, aprendiendo con modestia pero con rigor científico lo que aportan en medio de sus combates, en sus éxitos y en sus derrotas, al acervo revolucionario del pueblo peruano.
IV CONDICIONES OBJETIVAS Y FACTORES SUBJETIVOS.
Entramos de lleno al motivo de este folleto: como entender, por qué y cómo construir los órganos de la democracia directa, así como la mutua correspondencia y las diferencias entre éstas. Lo expresado hasta aquí tiene por motivación sentar pautas generales, puntos referenciales, premisas necesarias para explicarnos mejor y en profundidad el problema.
Antes es conveniente que nos detengamos en un asunto que me parece fundamental: las circunstancias en que estos hechos se producen. Esto es las condiciones objetivas en que emergen, le dan vida y las potencias. Las formas de democracia directa no aparecen en cualquier ni son engendradas ni maduran cuando a uno se le ocurre. El factor subjetivo, consciente, opera allí donde están sentadas las condiciones objetivas para ello, acelerando o estancando su desarrollo, potenciando o desperdiciando las posibilidades existentes, canalizando en una dirección táctica y estratégica establecida los factores favorables.
De aquí nuestro rechazo a toda concepción voluntarista; esto es a todo aquello que supone que la voluntad antecede a la realidad, perdiendo de vista el carácter relativo del libre albedrío y que la voluntad de los individuos deriva de leyes objetivas, de condiciones reales del desarrollo de la naturaleza y de la sociedad. También nuestra oposición al espíritu conservadurista, típicamente metafísico, que se conforma con lo ya alcanzado, que se siente impotente para asir la cadena de los acontecimiento, que es incapaz de descubrir nada nuevo, de avanzar y crear en consonancia con la realidad cambiante, con las nuevas condiciones a que nos somete el desenvolvimiento incesante de la lucha de clases.
Los órganos de la democracia directa surgen y se imponen bajo ciertas condiciones: en medio de la crisis, del resquebrajamiento de las instituciones y de los soportes ideológicos en que se asienta el sistema; y como expresión de la insurgencia de las masas que se abren camino, a su modo, apoyándose en la fuerza del número, rompiendo con sus viejas ilusiones en las posibilidades del sistema y de sus instituciones, instaurando por la vía de los hechos, de la práctica, formas nuevas de organización y de solución a los problemas que tiene al frente, independientemente de que tengan clara conciencia o no de lo que están creando.
Cuanto más profunda se presente la crisis y más extensa y dinámica se manifieste la resistencia de las masas, éstas irán desechando los canales tradicionales en los que siempre se han movido, por representar una traba para su propio desarrollo. Que esta insurgencia emerja por vía espontánea no modifica la esencia de la situación, ni niega la presencia de condiciones reales, objetivas, que la hacen posible, que la torna indispensable. Esto en primer lugar, la incompetencia del sistema económico y social y del régimen político existente para representarlos, pues su sola presencia constituye demostración inobjetable de que la crisis compromete a todos los organismos de la sociedad, haciendo imprescindible una nueva institucionalidad política y una nueva organización económica y social. En suma, que ha llegado la hora de la revolución.
Las clases dominantes han levantado el mito de que la democracia, la única posible, es ésta que vivimos y sufrimos con intermitencias y con graves restricciones y deformaciones. El surgimiento de la democracia, en cualesquiera de sus formas, pero de modo particular en las Asambleas Populares, es un categórico mentís a esta afirmación. Por donde se mire, aún en su imperfección, en sus limitaciones y en sus rasgos aún embrionarios, son de hecho cualitativamente superiores a la democracia burguesa formal. No exageramos al hacer esta afirmación. Las pruebas están a la vista de quienes deseen comprobarlas.
Mientras ésta se limita a procesos eleccionarios de tiempo en tiempo y, a la participación de la población en términos pasivos; la democracia directa, tal como puede demostrarse en una u otra experiencia, significa que las masas toman las cosas en sus propias manos; que no se limitan a elegir sino que extienden sus facultades al control y a la revocación de sus representantes, combinando la capacidad de decisión con la función ejecutiva, la función dirigente con el trabajo práctico, desburocratizado y simplificado; la igualdad real entre dirigentes y dirigidos sin privilegios de ningún tipo. Allí donde los frentes de defensa han asumido el control de las ciudades en los períodos de huelgas de carácter regional, o en las rondas campesinas de Chota y Bambamarca, o en las Asambleas Populares, esta democracia nueva ha hecho su aparición. Presencia que no se limita, desde luego, a formas de organización democrática y a relaciones democráticas reales entre las masas que las gestan; sino que se manifiesta igualmente como formas de organización de tipo estatal haciendo realidad, en no pocos casos, la organización armada del pueblo, independientemente de que esta última se presente todavía débil y confusamente, apoyándose más de las veces en medios rudimentarios.
Lo que importa, en última instancia, no es la forma ni los signos exteriores de estos movimientos, sino aquello que constituye su esencia, su nervio vital: su surgimiento como una nueva forma de organización democrático-revolucionaria de la sociedad en la cual el pueblo comienza a ser el verdadero dueño de su destino.
Con los órganos de la democracia directa el país ingresa de hecho en una nueva fase de su desenvolvimiento político y social. De aquí en adelante (a condición de otorgarles todo el apoyo que requieran para su organización y de definir certeramente su rol alternativo como organización democrático-revolucionaria de la sociedad) resulta sumamente estrecho el clásico oposicionismo que caracterizó la actividad de la izquierda marxista en el Perú. No es suficiente el cuestionamiento de la situación ni la voluntad de transformarla; es igualmente fundamental forjar las armas y los medios apropiados, ser efectivamente alternativa, capacidad de superación y de construcción de un ordenamiento cualitativamente nuevo, que cimiente el edificio del Poder Popular a conquistar.
"Con los órganos de democracia directa el país ingresó de hecho en una nueva fase de su desenvolvimiento político y social"
Los órganos de la democracia directa, aparecen así como este factor cuestionador y, a la vez, superador; como alternativa de organización estatal y democrática de la sociedad; como la manifestación cristalizada de que, a la par que impostergable es enteramente factible comenzar a concretar una nueva democracia construyéndola desde abajo, en el curso del movimiento ascensional y revolucionario de las masas, al margen o en lucha con la legalidad y la institucionalidad existente y en crisis, como una suerte de doble poder enfrentado al Poder oficial.
Ser alternativa revolucionaria supone, entonces, a la par que un programa y un objetivo revolucionario fundados en las condiciones objetivas de la sociedad, la forja de los instrumentos y de los medios que la hagan posible. Pero también comenzar a ser distinto y superior a lo existente, prefigurando en la propia organización revolucionaria de las masas, en su iniciativa histórica como en el partido mismo, lo nuevo que nos proponemos construir.
Cuando este movimiento se convierta en una corriente nacional afirmada en objetivos claramente democrático-revolucionarios; cuando para las inmensas mayorías hoy postergadas y aplastadas, se presente como su forma de organización y de lucha natural, como la demostración de que sí puede ser gobierno y, más aún, Poder, entonces la revolución habrá dado un salto gigantesco y estará más próxima la victoria.
Porque sin masas, sobre todo sin masas alzadas a la lucha, organizadas, dispuestas a "tomar el cielo por asalto", no son concebibles los órganos de la democracia directa, menos aún la posibilidad de que asuman un rol profundamente revolucionario y renovador. El rol de los comunistas no es otro que trabajar arduamente por despertar su conciencia, elevar su organización, profundizar su educación, hacerlas conscientes de lo nuevo que se está creando y de los objetivos finales a los que sirve. En suma, ser vanguardia, estado mayor, pero de ninguna manera sustituto de las masas en su proceso de emancipación social y económica, en la gestación de la revolución y la construcción de la nueva sociedad, cuyo objetivo no es otro que realizar el socialismo en el Perú.
V. LOS FRENTES DE DEFENSA
La primera forma de organización de masas que asume las características que asignamos a la democracia directa, son los frentes de defensa. La primera en el sentido de que aparecen con un grado bastante preciso de organización, con niveles de centralización y de dirección más o menos establecidos, con capacidad de integración de amplios sectores sociales más allá de las tradicionales estructuras sindicales. Su rasgo básico reside en el hecho de que, por la circunstancia de emerger en momentos de tensiones sociales y de alzamiento de las masas a la lucha, éstas le imprimen un sello profundamente democrático y una característica definitivamente radical y popular.
Los Frentes de Defensa no surgieron en frío. No fueron bosquejados en un gabinete ni tuvieron un origen burocrático. Aparecen como una necesidad impuesta por el desarrollo mismo de los acontecimientos. Es la vida, la exigencia concreta de la lucha de las masas que le dan origen y sustento.
Surgieron en la mayoría de los casos por vía espontánea. Son, en ese sentido, creación de las masas anónimas que sentían la necesidad de luchar y que no podían prescindir de organizarse para el logro de sus objetivos. No es casual que los frentes de defensa insurjan en lugares apartados del país, allí donde la organización sindical era débil o simplemente no existía, o allí donde resultaba ya estrecha e insuficiente.
Con los frentes de defensa se extiende también la experiencia de los paros en los pueblos y regiones del interior. Paros cuyos rasgos básicos siempre ha sido la participación masiva de la población, pues estaban de por medio reivindicaciones que de alguna manera comprometían a todas las capas populares. Los frentes de defensa devienen así, por un lado, factor de centralización cuantitativa y cualitativamente superior a los sindicatos; por el otro, medio indispensable que encuentran los pueblos del interior para asumir la defensa de sus derechos.
Desde luego que como todo movimiento marcadamente espontáneo en sus inicios los frentes de defensa poseían un horizonte estrecho. De allí su aparición fugaz en el curso de las luchas locales o regionales y, luego, su desaparición igualmente fugaz. De allí también la estrechez de sus programas, más de las veces confinados a tales o cuales reivindicaciones parciales, casi siempre concretas y locales.
Lo importante en los frentes de defensa no está aquí, sin embargo. Sino en que con ellos hace su aparición una forma de organización de masas que introduce elementos y posibilidades nuevos, visibles sobre todo en momentos de auge, cuando se convierten en el factor catalizador de amplísimos sectores populares y en el abanderado de la lucha democrática, por los derechos sociales, contra el centralismo. Es aquí, como lo evidenció la experiencia del pueblo de Pucallpa, por citar un solo caso, donde los frentes de defensa combinan su capacidad de gestar un movimiento de frente único muy vasto, comprometiendo desde sectores de las burguesía locales hasta el proletariado y las capas más empobrecidas de la población, con su capacidad movilizadora de estas fuerzas, de conducción del movimiento huelguístico, de generación de ciertas formas de autodefensa y de virtual control de las ciudades o regiones por lapsos breves.
Hoy día los frentes de defensa ya han adquirido carta de ciudadanía y constituyen una de las tradiciones más importantes en la organización de las masas. La experiencia acumulada a lo largo de estos años es suficiente para advertir sus potencialidades, como sus limitaciones. No está en nosotros sobrestimarlos. Menos aún atribuirles un carácter de Poder popular que algunos le asignan infundadamente. Tampoco reducirlos a movimientos eclosionales, casuales o eventuales.
El rasgo básico que los caracteriza estriba en su calidad de frente único, de factor aglutinante de amplísimos sectores populares. Los frentes de defensa enriquecen la experiencia del frente único revolucionario y otorgan a éste un nuevo contenido: la presencia multifacética de las masas y sus diversas formas de organización naturales. Presencia activa, dinámica, creadora.
El viejo concepto del frente único basado exclusivamente en la suma de partidos u organizaciones políticas es trastocado así de raíz. Los frentes de defensa demuestran, sin desconocer ni menoscabar la importancia de los partidos políticos, que el frente único para ser de masas requiere completarse con el concurso organizado del pueblo en sus diversas formas, una de las cuales son precisamente los frentes de defensa. Pues en éstos se articulan masas con y sin partido, creyentes y no creyentes, que tienen un denominador común: una comunidad de intereses y objetivos a alcanzar.
Comunidad de intereses y objetivos de un profundo sentido democrático, patriótico, anti-centralista, que coinciden plenamente con los postulados de la revolución en la presente etapa.
Un segundo aspecto tiene que ver con sus formas de organización y sus relaciones internas. Por el hecho de surgir para encarar luchas colocadas a la orden del día, como factor de centralización popular, los frentes de defensa conllevan necesariamente tradiciones democráticas ricas y variadas. Allí donde el frente de defensa asume sus funciones con efectividad, la relación entre dirigente y dirigido es fluida, directa, y el rol de las masas populares, decisivo.
Los frentes de defensa se sustentan en la capacidad de decisión de las propias masas populares en forma directa o a través de sus delegados. El frente único funciona sin ningún tipo de intermediación burocrática. Los partidos políticos no se sobreponen a las organizaciones de masas, sino que deben más bien actuar dentro de éstas y, desde allí, disputar la hegemonía, la capacidad de conducción.
Finalmente, dada su naturaleza, los frentes de defensa están en condiciones de integrar una diversidad de tipos de organización: obreras, campesinas, juveniles, profesionales, culturales, artísticas, barriales, étnicas, de la mujer, religiosas, políticas, y también a los propios municipios si éstos se colocan al lado de las masas y si están en condiciones de asumir sus luchas. Es en los frentes de defensa donde el frente único alcanza una amplitud nunca antes vista. Amplitud que debemos valorar y preservar puesto que representa su principal aporte al proceso de unidad del pueblo peruano en su lucha revolucionaria.
"Los Frentes de Defensa se sustentan en la capacidad de decisión de las propias masas en forma directa o a través de sus delegados".
Tal como existen adolecen, sin embargo, de limitaciones importantes. Algunas de ellas, inevitables; otras superables. Entre las primeras, acaso la más significativa: la dificultad de los frentes de defensa para asumir características propias de las asambleas populares o de autodefensa, aún en momentos de auge y de grandes acciones de masas. Todo afán de forzar este límite llevará necesariamente a cometer errores, a distorsionar aquello que constituye precisamente su rasgo distintivo: su carácter de organización de frente único de masas, que supone o exige formas y métodos apropiados de trabajo y de funcionamiento. Lo expresado no quiere decir, naturalmente, que los frentes de defensa sean contradictorios o excluyentes con las asambleas populares o la autodefensa de masas. Todo lo contrario. Se interrelacionan y son perfectamente complementarios, aunque distintos unos de otros.
Entre las segundas, son tres las más importantes a tomar en cuenta. La primera, persistencia de los elementos espontáneos que le dieron origen. De allí su funcionamiento intermitente, su falta de organicidad y de continuidad. No pocas veces aparecen bruscamente y desaparecen de la misma manera. En otras, tienen una vida vegetativa de la que salen sólo bajo la presión de condiciones especiales. No es casual que se los entienda como una suerte de proyección de los sindicatos o como una forma de organización sindical con alcance popular. Aquí se patentiza la presencia del economicismo y del espontaneismo, viejos remanentes del reformismo que continúan todavía enturbiando la conciencia y la organización del pueblo trabajador peruano.
Como inevitable consecuencia de lo expresado se presenta un segundo aspecto: la debilidad programática y estratégica de los frentes de defensa. En efecto, no están todavía suficientemente precisados sus alcances, su rumbo estratégico, su programa.
Para algunos es suficiente con un programa de reivindicaciones locales o regionales de carácter parcial. Esta es la versión más conservadora y atrasada, pues es de hecho incapaz de sobrepasar el tradicional gremialismo. Para otros, sus límites terminan allí donde se agota la lucha regional, coincidiendo con la aspiración de las burguesías regionales asfixiadas por el centralismo pero timoratas para asumir consecuentemente una lucha democrática y anti-imperialista. Allí donde éstas burguesías regionales han asumido la hegemonía de los frentes de defensa, éstos han terminado castrados en sus posibilidades, neutralizados en sus potencialidades de lucha, con el grave riesgo de que, siguiendo una vieja como amarga tradición, acaben domesticados por el sistema actual. Según nuestro punto de vista, de continuar los frentes de defensa como meras expresiones de la lucha reivindicativa coyuntural o como movimientos puramente regionales, corren el riesgo de desnaturalizarse o en su defecto, agotarse.
Es pues indispensable trabajar arduamente a fin de que asuman y se construyan como frentes de masas con un claro contenido democrático-revolucionario y antiimperialista, como un factor fundamental de la gestación de la democracia directa y como un elemento básico en el proceso de construcción del frente único revolucionario, sin que ello signifique renunciar a las luchas parciales ni a las tareas regionales. Nuestra gran responsabilidad, en lo que a los frentes de defensa concierne, reside en posibilitar este salto cualitativo. El mismo que será imposible sin derrotar política e ideológicamente, siguiendo métodos apropiados, las dos corrientes anteriormente señaladas, desde el momento en que las contradicciones existentes no son necesariamente antagónicas ni tienen por qué serlo.
El tercer elemento a tomar en cuenta, y cuya solución está a la orden del día, es el vinculado a su centralización nacional. La dispersión, la inorganicidad, la ausencia de coordinación nacional, dificultan la superación de los males señalados. Están sentadas las bases para avanzar en esta tarea. En lo que al Partido concierne ya hicimos algunos esfuerzos al respecto. Tal, por ejemplo, la constitución del Consejo Nacional de los FEDIP y la convocatoria a la Primera Conferencia Nacional de los FEDIP y Organizaciones Sindicales en mayo de 1979. Un error que el Partido ha reconocido es no haber continuado este esfuerzo persistiendo en la realización del Congreso Nacional de los FEDIP pese a las dificultades existentes. Si hubiésemos llevado a cabo esta tarea, con la firmeza del caso, es probable que la situación sería hoy mucho mejor y mayores los avances conseguidos.
De aquí se desprenden algunas cuestiones fundamentales a tomar en cuenta: intensificar los esfuerzos a efecto de consolidar los FEDIP allí donde éstos posean una base relativamente estable, buscando reorientarlos estratégica y programáticamente; reactivar sobre cimientos más seguros y estables aquellos otros que se encuentren en situación de parálisis o estancamiento; avanzar en la construcción de nuevos FEDIP allí donde no existan o sean aún muy débiles. Es fundamental, además, recuperar el Programa que el Partido elaboró para los FEDIP en 1979, reactualizándolo de acuerdo con la nueva situación. Adquiere connotación especial generar un debate nacional en torno de los frentes de defensa, su situación, sus experiencias, su programa y su estrategia. No debemos perder de vista que los frentes de defensa significan la convergencia de sectores sociales muy vastos y que toda sectarización conlleva inevitablemente la anulación de sus posibilidades unificadoras.
Concebidos como componentes populares del frente único revolucionario, los frentes de defensa tienen, sin embargo, sus propias peculiaridades y características. Estas deben ser tomadas en cuenta para evitar errores de sectarismo o conciliacionismo. Una de ellas, su amplitud. Otra, la participación de las organizaciones sindicales y sociales más diversas. Finalmente, la posibilidad de que se integren o por lo menos participen los partidos políticos, municipios, la iglesia, los colegios profesionales, etc. Esto exige trabajar con flexibilidad, conscientes de que su radicalización dependerá sobre todo de la dinámica misma de la lucha de clases como de la capacidad nuestra para hacerlos avanzar, paso a paso, hacia los objetivos propuestos.
De aquí la importancia de intensificar esfuerzos para afirmar nuestros vínculos con las masas y sus organizaciones naturales, para adentrarnos en ellas, pues sin este requisito el trabajo de los frentes de defensa será infructuoso o superficial.
En la izquierda existen sectores que se oponen abierta o encubiertamente a los frentes de defensa. En parte, por que no logran entender su importancia, posibilidades y alcances. De otra, por temor a ser desbordados o a perder posiciones sindicales. O también por la presencia de concepciones gremialistas todavía fuertemente arraigadas en esos sectores. Existen otros, entusiasmados más por el logro de ventajas inmediatas, dispuestos a coparlos y "hegemonizarlos", ansiosos por su control porque con ello prevén obtener ventajas en las "correlaciones de fuerzas" para la disputa electoral o gremial. Es indispensable cerrar filas contra una u otra de estas corrientes, como condición para resolver bien el problema y para darle a los frentes de defensa la proyección que les corresponde.
VI. LA AUTODEFENSA DE MASAS.
Hoy es común admitir la institucionalización de la violencia en el Perú. La violencia senderista, la del narcotráfico, la de los sectores marginales de la población. Pero también la violencia oficial en sus diversas formas, expresión de la cual es el proceso de creciente militarización del país, el reforzamiento de las instituciones policíacas, la violentación persistente de los derechos ciudadanos al amparo del poder ejercido arbitrariamente.
La institucionalización de la violencia es el síntoma más evidente de la falencia del ordenamiento político y social actual. La demostración de que las contradicciones sociales han llegado a un punto límite, más allá del cual se abre el terreno para confrontaciones que escapan a las normas tradicionales y a la legalidad de hecho quebrantada.
La ilegalidad no está en quienes; no ejerciendo ni compartiendo ni usufructuando del Poder, víctimas más bien de éste, se ven forzados a recurrir a medios que desbordan los límites o las normas impuestas por las clases tradicionalmente dominantes, sea organizándose en los frentes de defensa, tomando locales como medida de fuerza o declarándose en huelga de hambre u organizándose en formas de autodefensa. Está más bien en el quebrantamiento de la legalidad desde el mismo aparato estatal. Fenómeno cotidiano y dramático en el Perú actual.
La violencia, desde luego, tiene también otras formas, menos visibles pero no por ello menos brutales. El hambre generalizado, la desocupación, el total abandono de la niñez, el despojo y la arbitrariedad policíacas, la corrupción administrativa, son algunas de ellas.
La autodefensa, en realidad, es una forma de resistencia del pueblo a esta situación, una manera de protegerse de la violencia generalizada y de la descomposición de la sociedad, su convencimiento de que sólo le queda confiar en si mismo apoyándose en sus propias fuerzas.
Los orígenes de la autodefensa, por lo menos en lo que a la experiencia última se refiere, están vinculados a los movimientos huelguísticos de los obreros, al accionar masivo de los pueblos jóvenes o de los campesinos. Aparecen como formas de protegerse de la represión y como medios de control y de disciplina.
Pero la autodefensa no queda reducida a la estrechez de estos parámetros. No puede contentarse con el rol de las guardias obreras en períodos huelguísticos. Si éste es su origen, otra y mucho mayor es su posibilidad y necesidad para las masas populares. La verdadera dimensión de la autodefensa comienza a darse con las Rondas Campesinas de Cajamarca. Allí adquieren tres rasgos básicos: surgen como necesidad para acabar con el abigeato introduciendo la organización y la preparación apropiada de los campesinos para asumir esta tarea, en respuesta a la inoperancia o corrupción de las autoridades, por lo general coludidas con los abigeos, asumiendo una estructura tipo milicias aún cuando limitada y embrionariamente. En segundo lugar, se constituyen en la forma de organización gremial de los campesinos; integrando a todos sus componentes y estructurándose en cada estancia o poblado y a nivel provincial. En tercer lugar, asumen el control de las áreas rurales, imponiendo su propia normatividad libremente asumida por los campesinos, yendo desde el control de los caminos en las horas nocturnas hasta la supresión efectiva del abigeato, la seguridad de la población, la moralización o formas importantes de justicia popular. Recientemente comienzan también a asumir iniciativas de carácter económico.
De allí que los campesinos reconozcan en sus Rondas, un carácter democrático independiente, de autodefensa. Democrático, debido a su estructura interna profundamente democratizada en la cual se participación es efectiva y directa, donde los dirigentes están sujetos a control y revocación. Independientemente, porque siendo creación de los propios campesinos y siendo éstos sus directos beneficiarios, no admiten injerencia policial ni se someten al control gubernamental. De autodefensa porque, en primer lugar, están dirigidos a defenderse de los "ladrones de noche", esto es de los abigeos y otros depredadores del campo, y de los "ladrones de día" que sabemos quiénes son.
De autodefensa, además, porque cuentan con los medios materiales para poner orden en el campo. Apoyándose en estos medios han sido capaces de aplastar, de imponer su autoridad sobre los malandrines diurnos y nocturnos que solían asolar la campiña o expoliar a los campesinos.
Un país en crisis, sobre todo cuando ésta adquiere la dimensión de la que sufrimos en el Perú, coloca a la orden del día, en aras de la propia supervivencia y seguridad de las masas, el surgimiento de variadas formas de autodefensa. Que éstas aparezcan en el campo, en las ciudades, en las empresas o pueblos jóvenes, sólo ratifica un hecho patente: la seguridad de la población comienza a descansar en la misma capacidad de los pobladores para garantizarla. Seguridad en sus diversos aspectos y no meramente frente a la creciente ola delincuencial.
Desde luego que la autodefensa tiene diversos niveles de desarrollo y diversas formas de organización . Sin embargo , hay un rasgo común que los une e integra : el hecho de ser formas especiales de organización de masas tipo milicias, con una estructura centralizada y disciplinada, con cierto nivel de especialización técnica y formas adecuadas de trabajo.
La autodefensa no se apoya únicamente en el numero y en su soporte de masas; se apoya también en su capacidad de dimensión y de resistencia , de control y eficacia: esto es en la fuerza. En este contexto seria bastante primitivo limitarse a los antiguos comités de huelga o a las guardias obreras, útiles en los eventos gremiales, pero del todo insuficientes en la materia que venimos tratando.
"La Autodefensa es una forma de resistencia del pueblo, una manera de protegerse de la violencia generalizada y de la descomposición de la sociedad y su convencimiento de que sólo le queda confiar en sí mismo, apoyándose en sus propias fuerzas"
Cuanto mas honda se torne la crisis, mas aguda la lucha de clases y mas intensa la polarización social, la autodefensa adquirirá nuevos contornos, nuevos niveles de desarrollo, mayor amplitud, hasta convertirse en su momento, si las circunstancias exigen, el aparato policiaco y represivo lo obliga, y , si los revolucionarios asumen el rol que les corresponde, en el ¡Pueblo en armas!
Esto es bueno que se entienda . Tanto más si se admite que el país avanza a un proceso de situación revolucionaria, que existe el peligro de un a mayor militarización, del golpismo y de guerra civil.
La impunidad del golpismo debe acabar definitivamente. El pueblo peruano ya no ésta dispuesto a aceptar impasible que se lo avasalle, aplaste, o aniquile. La misma Carta Constitucional consagra el derecho a la insurgencia. Pero ninguna insurgencia tiene garantizada posibilidades de éxito si no se la prepara y se la organiza. Los votos son insuficientes para contener el avance de los tanques. A la fuerza sólo se le puede oponer la fuerza, la organización, la capacidad de resistencia. Se trata de esto, precisamente. Porque el país marcha a trancos largos en esta dirección, es que es urgente asumir el derecho y la capacidad del pueblo a la resistencia, a la resistencia, a la autodefensa, a su organización desde abajo para toda eventualidad.
Pero la autodefensa de masas no puede constreñirse a ciertos espacios locales. Debe ser convertida en un gran movimiento nacional y en una estructura construida en los más diversos conglomerados humanos, desde las fábricas, pasando por los pueblos jóvenes, hasta el vasto campo peruano donde tiene mayores posibilidades de desarrollo. El problema está, sin embargo, en que brote de la entraña misma de las masas, que sea expresión de éstas, nunca excrescencia ni elemento postizo.
Vistas así, las diversas formas de autodefensa resultan complemento vital de los frentes de defensa, como de las Asambleas Populares, factibles de desarrollarse simultáneamente guardando sin embargo su propia estructura, finalidad y metodología.
La organización de las diversas formas de autodefensa, su expansión a escala nacional y su perfeccionamiento técnico, devienen una de las grandes tareas de la hora. A ella consagramos nuestros esfuerzos y preocupaciones.
VII. LAS ASAMBLEAS POPULARES
Aquí entramos al problema central de la experiencia de la democracia directa. Cuestión a la que no obstante no se le presta la atención que le corresponde, si exceptuamos a nuestro Partido.
"Si la iniciativa popular de las clases revolucionarias -constata Lenin semanas antes de la Revolución de Octubre- no hubiera creado los sóviets, la revolución proletaria de Rusia se vería condenada al fracaso, pues, con el viejo aparato, el proletariado no podría, indudablemente, mantenerse en el poder, y en cuanto al nuevo aparato es imposible crearlo de golpe" (4). Esto es así porque "la república parlamentaria burguesa dificulta y ahoga la vida política independiente de las masas, su participación directa en la edificación democrática de todo el Estado, de abajo arriba. Con los sóviets... ocurre lo contrario" (5).
Las conclusiones que extrae Lenin de la experiencia de los sóviets tienen particular importancia para nosotros porque ponen en evidencia por lo menos los siguientes problemas:
1). Las limitaciones fundamentales de la democracia burguesa parlamentaria, la más importante entre ellas: que "dificulta y ahoga la vida política de las masas", tornándose de hecho formal, postiza, puesto que impide "su participación directa en la edificación democrática del Estado". En otras palabras, impide que el pueblo sea el verdadero dueño del país, sin lo cual la democracia termina siendo una simple fanfarronada.
2) Sin la existencia de los sóviets, creación heroica del proletariado y las masas populares rusas, surgidos en el curso de sus luchas producto de su "iniciativa histórica", no habría sido posible garantizar la victoria de la revolución ni "mantenerse en el poder". La piedra angular que hizo posible la revolución rusa sentando las bases para la construcción del nuevo poder y la nueva sociedad socialista, fueron precisamente los sóviets. A su vez ellos permitieron la convergencia de los más vastos sectores populares. Sobre esta base, y a partir de esta cuestión, es que fue posible la insurrección victoriosa de Octubre. Desde luego que nada de esto hubiese sido aprovechado, como en efecto lo fue, sin la existencia de un partido revolucionario y de una conducción revolucionaria: el bolchevismo y su genial dirigente, Lenin. Aquí se dio, de modo ejemplar, la interrelación dialéctica entre el movimiento espontáneo y el movimiento consciente, entre la "iniciativa histórica" de las masas y el rol dirigente y organizador del partido del proletariado revolucionario.
3). La revolución, tanto más si ésta se produce bajo la dirección de la clase obrera y tiene como objetivo -cumplidas las tareas democráticas y nacionales en nuestro caso- la realización del socialismo, no puede apoyarse ni sustentarse en el viejo aparato estatal. Este debe ser "demolido" para construir en su lugar un nuevo aparato estatal, un nuevo poder, que se apoya en las masas organizadas de abajo arriba. Esa nueva forma de organización estatal, ese nuevo poder, encontró en los sóviets su expresión cabal.
4). Pero un nuevo poder estatal revolucionario "es imposible crearlo de golpe", sacarlo de la manga, instituirlo y forjarlo por decreto. La revolución en nada se parece ni se aproxima a las manipulaciones de tipo burocrático o leguleyo. La ley nunca antecede a la necesidad. Menos todavía en esta cuestión. No olvidemos que "...el nuevo poder no cae del cielo, sino que surge y crece a la par del antiguo poder, en oposición a él, en la lucha contra él". Así fue la Comuna de París. Así fueron los sóviets. Así fueron también las bases de apoyo en las experiencias revolucionarias asiáticas, los Comités del Frente de Liberación Nacional en Yugoslavia, el Consejo Antifascista de Liberación Nacional de Albania, o más remotamente, en nuestra experiencia del siglo pasado, la formación de la Junta de Gobierno del Cusco, en 1914, por citar un solo caso.
Se trata, en efecto, de la cuestión del Poder. De la organización de un nuevo Poder Estatal y no de una suma de organizaciones o de cualquier tipo de organización.
Ni los frentes de defensa ni la autodefensa de masas concentran las características esenciales que configuran una nueva forma de organización de tipo estatal, aún cuando son perfectamente compatibles con ella como factores complementarios. En el primer caso, como elemento aglutinante de frente único, pero de un frente único de masas, que se asienta en sus organizaciones naturales; en el segundo, como organización democrático-revolucionaria que va hasta la posibilidad de su conversión en milicias populares, independientemente de los niveles técnicos que pudieran o deban alcanzar en un momento dado.
Las asambleas populares concentran en sí la capacidad de ser un cuerpo legislativo y ejecutivo, al mismo tiempo, con facultades iniciales hoy, efectivas mañana, de funcionar como gobierno, como Poder popular aún embrionario pero no por ello menos importante, basado en los representantes elegidos por las masas y fiscalizados por éstas.
¿Cómo surgen y qué son las asambleas populares? Nada más y nada menos que la forma particular como aparece y cristaliza la nueva organización estatal revolucionaria, cuyos embriones es posible ya detectar en la experiencia que se viene haciendo en Comas o en otros lugares del país. A diferencia de los sóviets que brotaron en las fábricas y se legitimaron en la Revolución de 1905, las asambleas populares en el Perú surgen en los pueblos del interior o en los cinturones obreros, en condiciones en que todavía no hay una situación revolucionaria ni un proceso revolucionario ascendente, cosa que es cualitativamente distinta al ascenso de masas actual.
Conviene, sin embargo, una breve referencia histórica para tener una idea más exacta de lo que significan y cómo surgen. El antecedente internacional más lejano que se conoce de este tipo de experiencias, tiene directa vinculación con el ascenso de la burguesía. Fue en Inglaterra que se organizó en 1647 lo que podríamos llamar el primer sóviet o consejo. Ocurrió en el ejército de Cronwell, bajo el nombre "agitator", encargado de defender los intereses comunes de los soldados.
En la Revolución de 1789-1794 en Francia nace un tipo de organización parecido, impulsado por los artesanos y campesinos, pero esta vez dirigido por la burguesía y la pequeña burguesía. En abril de 1790, se instauraron en cada uno de los distritos de París 48 secciones cuyos representantes formaban la Asamblea General de la comuna parisina, introduciendo por sí solas el derecho al voto y asumiendo de hecho la soberanía popular. Las Secciones de París fueron en realidad expresiones de una democracia directa, cuyos representantes procedían de votaciones generales y debían ser controlados y eran revocables. La tradición comunal tiene pues su origen en la Revolución Francesa, como fruto y como creación de las masas trabajadoras. La Comuna de París de 1871, fue la continuación de esta experiencia, y, al mismo tiempo, su desarrollo y depuración.
Durante la Revolución de 1848, por presión de la clase obrera y por decreto del gobierno se organizaron las llamadas "Juntas de trabajadores". Estas, por su naturaleza misma, evolucionaron y rompieron los marcos de la legalidad en que la burguesía las había encasillado, desembocando en el Levantamiento de febrero, que fue sofocado violentamente por la reacción.
"Las asambleas Populares concentran en sí la capacidad de un cuerpo legislativo y ejecutivo, al mismo tiempo, con facultades iniciales hoy, efectivas mañana, de funcionar como gobierno, como poder popular aún embrionario pero no por ello menos importante, basado en los representantes elegidos por las masas y fiscalizadas por éstas."
Estos son los antecedentes más directos de la Comuna de París y de los sóviets rusos. Los últimos, como ya es conocido, no sólo fueron órganos representativos de la clase obrera y demás sectores populares, sino que a su vez fueron también órganos de la revolución y órganos de control de la producción. Uno y otro tuvieron tres rasgos básicos necesarios de tomar en cuenta: fueron organizaciones de tipo estatal, al mismo tiempo expresiones armadas (milicias) populares y, finalmente, factores de unificación de las amplias mayorías.
Las asambleas populares, tal como las concebimos en el Perú, continúan esta tradición consejista. Tiene desde luego sus características que dimanan del particular desarrollo del movimiento obrero y popular peruano, del nivel alcanzado por la lucha de clases, de la singularidad de la crisis y de sus consecuencias sociales.
Sus antecedentes, más inmediatos pueden ser rastreados en la insurrección de Trujillo de 1932; en la toma del Cusco en repulsa a Pedro Beltrán, bajo el liderazgo de Emiliano Huamantica, en la década de los cincuenta; en el movimiento campesino de principio de los sesenta que socavó seriamente el poder local de los terratenientes; en los grandes movimientos huelguísticos bajo dirección de los frentes de defensa, con el consiguiente control parcial de ciertas ciudades por las organizaciones populares en lucha, etc. Pero todos ellos, sin excepción, fueron movimientos fugaces, limitados en sus alcances, espontáneos, sin clara perspectiva de sus posibilidades excepto de sus fines reivindicativos inmediatos.
Fue en el curso del movimiento ascensional de la década pasada donde comienzan a adquirir rasgos más precisos. Primero, como grandes asambleas de masas. Más tarde, como asambleas de delegados.
Esto ya está presente en las Rondas Campesinas. Y lo está más todavía en la Asamblea Popular en desarrollo. En el distrito de Comas, en Lima, por ejemplo, comienza a funcionar como autogobierno en estrecha vinculación con el municipio dirigido por la izquierda. Aquí la Asamblea Popular es ya expresión concreta de la Asamblea de Delegados elegidos por las masas en su respectivo asentamiento humano u organización social. Comienza a asumir funciones legislativas al mismo tiempo que funciones ejecutivas. Toma decisiones que tienen que ver con el conjunto del distrito. En ella se ejercita una democracia cualitativamente superior a la puramente electiva y es el mismo pueblo quien comienza a tomar las cosas en sus manos. Los delegados, son fiscalizables y revocables, y son responsables de sus actos ante los electores. No existen privilegios especiales ni una costra burocrática que se coloca por encima de las masas. Es el mismo pueblo quien aprende a autogobernarse, a sentir que puede comenzar a resolver sus problemas.
Desde luego que tiene todavía limitaciones. Que su proceso de aprendizaje es complejo y difícil. Pero marcha. Hace su experiencia. Señala un derrotero posible, un camino a seguir.
Las asambleas populares pueden y deben ser construidas a todos los niveles: en las fábricas como en las minas, en los villorrios como en los pueblos y distritos. Deben ser organizadas como formas de autogobierno, desde abajo y siguiendo métodos revolucionarios.
Un país en crisis, con las características de las que padece el Perú, no tiene otra salida que un cambio revolucionario profundo en la sociedad. Tal cambio económico y social es un imperativo y, correlativo a él el cambio radical en su superestructura política, ideológica y cultural.
El surgimiento de los órganos de la democracia directa, particularmente de las asambleas populares, simboliza precisamente que la vieja superestructura política de la sociedad debe ceder a un nuevo ordenamiento político; que su permanencia constituye una de las trabas más serias para aperturar y realizar los cambios en la base económica.
Mal haríamos en suponer que los órganos de la democracia directa surgen en frío, a capricho de tal o cual persona, en el momento y en el lugar que se les antoja. Responden a condiciones objetivas, a factores engendrados por la misma sociedad en crisis.
Ninguna de las formas de democracia directa, particularmente las asambleas populares, si conservan su pureza y radicalidad, pueden ser contenidas dentro de los marcos de la democracia burguesa formal. Constituyen su antípoda, su negación, al mismo tiempo que su superación cualitativa. De allí su naturaleza profundamente subversiva y cuestionadora del orden existente.
El porvenir de la revolución peruana, estrictamente hablando, tiene mucho que ver con el destino de las formas de democracia directa, de modo especial con el porvenir de las asambleas populares. Si esto no se atiende, entonces tampoco se estará en condiciones de discernir lo que significa trabajar con vocación de Poder, ser alternativa de Poder.
Fuera de los órganos de la democracia directa es incompleta una correcta y eficaz acumulación de fuerzas. Toda acumulación electoral, aún aquella que se da en las condiciones más favorables, significa siempre una acumulación pasiva. Allí el elector, vota, elige, pero no construye, no crea, no se libera de las ataduras que lo encadenan al pasado; no es un ente activo, dinámico, creador, pues ella es su obra. Allí delega su confianza y capacidad de decisión; aquí, la asume.
No rendimos culto a la espontaneidad. Estamos lejos de pensar que las masas se liberan de modo automático, por sí solas, al margen de la vanguardia revolucionaria. Pero la vanguardia proletaria es precisamente tal porque dirige, organiza, conduce, despertando la "iniciativa histórica" de las masas, alzándolas a la lucha, haciéndolas conscientes de su destino y de su capacidad transformadora.
Porque esto es así es que una de las grandes tareas, el gran reto planteado (sobre todo ahora que se prevén condiciones que preparan una situación revolucionaria, que la sociedad se polariza y que la crisis madura los factores de la revolución) reside, precisamente, en el potenciamiento de los órganos de la democracia directa, en su organización a escala nacional, en la integración a esta tarea de las amplias masas que se resisten a mantenerse bajo los parámetros actuales y que buscan decididamente un nuevo camino, un nuevo horizonte: la revolución democrática y nacional, la revolución social.
VIII. DIFERENCIAS E INTERRELACIÓN
Las tres formas de democracia directa no son iguales, pero tampoco excluyentes. En realidad configuran un todo único cuyo centro son las asambleas populares.
Nuestro objetivo, a lo largo de toda esta etapa consiste en conquistar un Estado democrático-popular e independiente bajo la dirección de la clase obrera, basado en la alianza obrero-campesina y en la unidad del pueblo. Tal Estado tendrá como expresión de Poder la Asamblea Popular; y como forma de gobierno, el Gobierno Popular Revolucionario. Aquí el Poder pertenecerá al pueblo.
Siendo ésta nuestra perspectiva estratégica, los pasos tácticos deben ajustarse estrictamente a ella. Es aquí donde las formas de democracia directa juegan un rol fundamental como factores de acumulación revolucionaria de fuerzas preparando a la clase obrera y al pueblo en su lucha por el Poder.
No la forma exclusiva, pero sí uno de sus componentes fundamentales.
No desdeñamos el rol del Partido revolucionario, del frente político, de los sindicatos u otras organizaciones similares. Tampoco renunciamos a las diversas formas de lucha. Todas éstas son necesarias, incluso fundamentales.
De aquí la necesidad de interrelacionarlas bajo una dirección única y dentro de un objetivo único. Es en razón de ello que entendemos los frentes de defensa como partes constitutivas del frente único revolucionario; la autodefensa de masas y las asambleas populares como embriones y prefiguración, aún en su imperfección y en sus limitaciones actuales, de la Asamblea Popular y del Poder Popular.
"Los órganos de la democracia directa florecen allí donde el ascenso de masas se expande y radicaliza; pierde fuerza donde el movimiento es derrotado o se generaliza el reflujo".
Siendo estas distintas, son al mismo tiempo organizaciones que se interrrelacionan, que se complementan, que forman parte de un objetivo estratégico común, Porque son distintas, tienen también sus propias peculiaridades y funciones que no deben ser confundidas.
Dependerá de las condiciones concretas establecer por dónde se empieza, en cuál de ellos nos apoyamos para iniciar e impulsar el trabajo, cómo las interrelacionamos. Las rondas campesinas, por ejemplo, en ciertos casos asumen funciones prácticas de las asambleas populares, en la medida en que éstas no están todavía organizadas ni los campesinos tienen conciencia de su necesidad y de su organización. Por lo demás incursionan en tareas de orden económico.
Ocurre otro tanto con los frentes de defensa, en forma especial en aquellas circunstancias en que centralizan los movimientos huelguísticos de los pueblos o regiones, asumiendo el control parcial de éstos. En este punto, como los hechos lo demuestran, los frentes de defensa se agotan, resultan insuficientes para expresar y canalizar las nuevas condiciones de la lucha y las nuevas posibilidades engendradas por ésta. Síntoma evidente de que es indispensable dar un salto de calidad, articulando, dando vida, configurando las asambleas populares como órganos embrionarios de Poder, independientemente de su transitoriedad, de sus actuales límites o de sus rasgos democrático-revolucionarios.
Allí donde las asambleas populares alcanzan cierto grado de solidez, la dinámica misma de la lucha las colocará ante la necesidad de promover y potenciar las formas de autodefensa o los frentes de defensa, entendidos estos últimos como frentes de masas amplios.
Cuanto más profunda y extensa sea la lucha, la polarización social y política; cuanto más honda se presente la crisis económica; cuanto más intensa y radical sea la ola ascensional del movimiento popular, más maduras se mostrarán las condiciones para dar origen y desarrollar los órganos de la democracia directa, para potenciarlos y extenderlos depurándolos de sus aditamentos corporativos o coyunturales. Los órganos de la democracia directa florecen allí donde el ascenso de masas se expande y radicaliza; pierden fuerza donde el movimiento es derrotado o se generaliza el reflujo. Esto se explica porque la democracia directa supone ir contra la corriente, imponerla por la vía de los hechos, apoyándose en el despertar, la iniciativa y la combatividad de las masas. Nunca a la inversa. Aquí no sirven ni los métodos burocráticos, ni los voluntarismos trasnochados.
IX. EL PARTIDO Y LOS ORGANOS DE LA DEMOCRACIA DIRECTA
Nuestro objetivo inabdicable es hacer la revolución en el Perú, llevar a cabo las tareas democráticas y nacionales pendientes y marchar ininterrumpidamente hacia el socialismo. Esta tarea histórica es imposible llevarla a cabo sin contar con un partido de la clase obrera capaz de organizarla y conducirla.
Admitir la importancia y el rol revolucionario de los órganos de la democracia directa no excluye el reconocimiento de que la pieza maestra para el cumplimiento de este objetivo radica en la existencia y en la vigencia del Partido Comunista. Ya hemos dicho que es insuficiente el movimiento espontáneo, pese a la riqueza de formas y radicalidad que pudiera adquirir. Aquí es donde se reconoce el papel de la vanguardia, del estado mayor, del partido político de la clase más revolucionaria de la sociedad: el proletariado.
Desde luego que la condición de vanguardia en nada se parece a un título nobiliario hereditario. No se hereda; se conquista. Se demuestra en la práctica por que se es mejor, porque se ve más lejos, porque se es efectivamente estado mayor revolucionario organizado, disciplinado, capaz de efectuar los mayores sacrificios en aras de sus objetivos históricos.
Esta es la función que deben jugar los comunistas dondequiera que trabajen. Deben hacerlo también al interior de los órganos de la democracia directa. Los comunistas no manipulamos a las masas: las organizamos y las educamos, las alzamos a la lucha basados en su libre voluntariedad. Esta es una conducta que observaremos en nuestra actividad en cualesquiera de las tres formas de democracia directa.
De otro modo, es posible incurrir en errores de sectarismo, de precipitación o de aventurerismo. No debemos confundir nunca el Partido y las masas, el Partido y los órganos de la democracia directa. Esto es también válido para los sindicatos o cualquier otra forma de organización popular. Cada uno se mueve en su respectivo riel. Con ello no propugnamos, ni mucho menos, el autonomismo. Queremos señalar solamente que debemos saber trabajar de acuerdo con las circunstancias sin confundir las cosas, pero también sin hacerle concesiones al liberalismo, al Espontanéismo ni a las tendencias apartidistas.
Dondequiera estén las masas, se organicen y luchen, allí debe organizarse el Partido, construirse en sólidas células comunistas, forjar cuadros dirigentes capaces de promover y encabezar el combate de las masas, su organización y su educación revolucionarias. A un mayor desarrollo del movimiento de masas, debe corresponder una mayor, sólida y eficaz presencia organizada del Partido. Simultáneamente, a mayor potencia y presencia partidaria debe corresponder una mejor vertebración de la democracia directa o de cualquier otra forma de organización o lucha de masas.
Nada más ajeno a nosotros que la estrechez sectaria o el exclusivismo. Necesitamos unirnos a todos los sectores dispuestos a avanzar y a realizar esta tarea. Requerimos ampliar nuestro radio de influencia. Debemos saber trabajar con todos los que están dispuestos a hacerlo pese a que pudieran, eventualmente, tener con nosotros cierto tipo de diferencias o contradicciones no antagónicas.
La organización, consolidación y expansión nacional de los órganos de la democracia exige sumar fuerzas, no dividirlas; trabajar con iniciativa; actuar con energía. Las circunstancias políticas así lo imponen.
X. CONCENTRAR AQUÍ EL ESFUERZO PRINCIPAL
Los comunistas tenemos una variedad enorme de tareas a cumplir. Entre ellas consolidar el Partido y hacer de él un partido revolucionario de masas. Fortalecer el UNIR acelerando su construcción a escala nacional y, al mismo tiempo, potenciar aún más la Izquierda. Mejorar nuestros vínculos con las masas a través de sus sindicatos u organizaciones parecidas. En suma, estar en capacidad de llevar a cabo los objetivos tácticos y estratégicos del Partido.
En este cuadro de conjunto, que no excluye ninguna forma de lucha o de organización, que no subestima en nada la importancia que tiene la lucha electoral, existe, sin embargo, un punto nodal, aparte de la construcción del propio Partido y de su consolidación y expansión: la defensa, la organización y el desarrollo de los órganos de la democracia directa con claro sentido estratégico de sus posibilidades.
No compartimos el criterio coyunturalista que algunos tienen respecto de los órganos de la democracia directa. Tampoco vemos en ellos un botín para mejorar la correlación de fuerzas dentro de la Izquierda. Nuestro compromiso es serio y nuestra actitud responsable: a lo largo de este período, cuyas características básicas ya han sido expuestas, estamos dispuestos a concentrar esfuerzos en su potenciación, en su expansión a escala nacional, en su fortalecimiento como instrumentos necesarios para encarar con éxito la lucha de clases revolucionarias.
Trabajar con vocación de Poder resulta así inseparable de la vertebración de los frentes de defensa, de la autodefensa de masas y de las asambleas populares, como partes componentes de la lucha estratégica por la revolución nacional, democrática, y popular; de ninguna manera como meros apéndices del accionar económico o reivindicativo, o ramificación del movimiento sindical.
Este es nuestro compromiso. Esto haremos sin falta.
Enero 1984.
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(1). Carlos Marx, “La guerra civil en Francia”.
(2). Lenin, “Prefacio a la traducción rusa de las cartas de C. Marx a L. Kugelmann”.
(3). Lenin “El triunfo de los Kadetes y las tareas del partido obrero”, 1906.
(4). Lenin, “¿Se sostendrán los bolcheviques en el Poder?”.
(5). Lenin, “Las tareas del proletariado en nuestra revolución”. Abril de 1917.
APÉNDICE
LENIN
“EL TRIUNFO DE LOS KADETES
Y LAS TAREAS DEL PARTIDO OBRERO”
( Ob. Comp.. – Tomo X. Ed. Cartago – Buenos Aires – 1969)
DIGRECION
CHARLA POPULAR CON
ESCRITORES KADETES Y
DOCTOS PROFESORES
¿Cuál es, sin embargo, la verdadera causa por la que el señor Blak se formó la opinión monstruosamente falsa de que en la etapa del “torbellino” desaparecieron todos los principios e ideas marxistas? El examen de esta circunstancia resulta muy interesante: nos revela, una vez más, la verdadera naturaleza del fileteísmo en política.
¿Cuál es el rasgo principal que diferencia la etapa del “torbellino revolucionario” de la actual etapa “kadete”, desde el punto de vista de las distintas formas de actividad política, desde el punto de vista de los distintos métodos con que el pueblo hace la historia?. Ante todo y sobre todo, que durante la etapa del “torbellino” se aplicaron algunos métodos especiales de hacer la historia ajenos a otros períodos de la vida política. He aquí los más importantes de ellos: 1) el pueblo “tomo”la libertad política, la puso en práctica sin ninguna clase de derechos ni leyes y sin restricción alguna (libertad de reunión, al menos en las universidades, libertad de prensa, de asociación, de realizar congresos, etc); 2) se crearon nuevos órganos del poder revolucionario; los soviets de diputados obreros, soldados, ferroviarios, campesinos; nuevas autoridades urbanas y rurales, etc, etc. Esos órganos fueron creados exclusivamente por las capas revolucionarias de la población, al margen de leyes y normas, por vía netamente revolucionaria, como expresión de la inventiva del pueblo, como manifestación de la iniciativa del pueblo que se ha liberado o está en camino de liberarse de las antiguas trabas policiales. Fueron, por último, órganos de poder, pese a su carácter embrionario, elemental y amorfo, pese a lo impreciso de su composición y funcionamiento. Esos órganos actuaron como poder, por ejemplo, cuando confiscaron imprentas (Petersburgo) o cuando detuvieron a altos funcionarios policiales que pretendían impedir que el pueblo revolucionario pusiera en práctica sus derechos (hubo casos de tal naturaleza, también en Petersburgo, donde el órgano correspondiente del nuevo poder era el más débil y los del antiguo poder los más fuertes) igualmente cuando exhortaron al pueblo a no entregar dinero al antiguo gobierno; cuando confiscaron el dinero del antiguo gobierno (los comités de huelga ferroviarios en el sur) y lo invirtieron en las necesidades del nuevo gobierno, es decir del popular. Sí, fueron sin duda embriones de un gobierno nuevo, popular o, si se quiere, revolucionario. Por su carácter político y social esto fue, en embrión, una dictadura de los elementos revolucionarios del pueblo. ¿Les resulta extraño, señores Blank y Kizevétter?. ¿No perciben en esto la “vigilancia reforzada” que para el burgués es sinónimo de dictadura?. Ya les dijimos que no tienen ustedes la menor idea del concepto científico de dictadura. Se lo explicaremos en seguida, pero antes señalaremos el tercer “método” de acción en períodos de “torbellino revolucionario”: la aplicación por el pueblo de la violencia contra los que ejercen la violencia sobre el pueblo.
Los órganos de poder que acabamos de mencionar fueron una dictadura en embrión, pues este poder no reconocía ningún otro poder, ninguna ley, ninguna norma, viniera de quien viniese. Un poder ilimitado, al margen de toda ley, que se basa en la fuerza, en el sentido más estricto de la palabra, es precisamente dictadura. Pero la fuerza en la que se apoyaba y tendía a apoyarse este nuevo poder no era la de las bayonetas, en manos de un puñado de militares, ni la del “destacamento policial”, ni la fuerza del dinero, ni la de ninguna institución antigua y establecida. Nada de eso. Los nuevos órganos del nuevo poder no contaban con armas, ni con dinero, ni con antiguas instituciones. Su fuerza -¿pueden imaginárselo señores Blank y Kizevétter?- nada tenía en común con los antiguos instrumentos de fuerza, nada tenía en común con la “vigilancia reforzada”, como no sea la defensa del pueblo contra la opresión de los órganos policiales y otros instrumentos del viejo poder.
¿En qué se apoyaba, entonces?. Se apoyaba en las masas populares.
He aquí la diferencia fundamental entre el nuevo poder y todos los órganos anteriores del antiguo poder. Estos eran órganos de poder de una minoría sobre el pueblo, sobre la masa de obreros y campesinos. Aquél era el poder del pueblo, de los obreros y campesinos sobre una minoría, sobre un puñado de opresores policiales, sobre un grupito de nobles y funcionarios privilegiados. Tal es la diferencia entre la dictadura sobre el pueblo y la dictadura del pueblo revolucionario, ¡recuerden lo bien, señores Blank y Kizevétter! El antiguo poder, como dictadura de la minoría sólo podía subsistir mediante artimañas de tipo policial, y manteniendo a las masas populares alejadas, apartadas de la participación en el poder, de la vigilancia sobre el poder. El antiguo poder desconfiaba sistemáticamente de las masas, temía la luz, se mantenía con el engaño. El nuevo poder en cambio como dictadura de la inmensa mayoría, sólo podía mantenerse y se mantuvo y se mantuvo gracias a la confianza que depositaron en él las grandes masas, sólo porque atraía con la mayor libertad, amplitud y energía, a las masas para que participaran en el poder. En él no había nada oculto, nada secreto, ninguna clase de reglamentos ni formalidades. ¿Eres un obrero, quieres luchar para liberar a Rusia del puñado de policías opresores? Entonces, eres nuestro camarada; elige a tu diputado: elígelo inmediatamente, como te resulte más fácil; nosotros lo recibiremos complacidos y satisfechos como miembro con plenos derechos en nuestro soviet de diputados obreros, en el comité de campesinos, en el soviet de diputados soldados, etc, etc. Este es un poder abierto a todos, que actúa a la vista de las masas, accesible a las masas, surgido directamente de las masas, órgano directo de las masas populares y ejecutor de su voluntad. Tal fue el nuevo poder popular, o más exactamente su embrión, pues el triunfo del antiguo poder aplastó muy pronto los retoños de la nueva planta.
Quizá pregunten ustedes, señores Blank y Kizevétter, ¿qué tienen que ver aquí la “dictadura” y la “violencia”? ¿Acaso las amplias masas necesitan de la violencia para enfrentar a un puñado de hombres; acaso decenas y centenares de millones de personas pueden ser dictadores sobre un millar o una decena de millares?
Suelen formular esta pregunta quienes ven por primera vez aplicar el término dictadura en sentido nuevo para ellos. La gente está acostumbrada a ver únicamente el poder policial y la dictadura policial. Le resulta extraño que pueda haber un poder sin policía, que pueda haber una dictadura no policial. ¿Dicen ustedes que millones de personas no necesitan emplear la violencia contra miles? Se equivocan, porque no examinan el fenómeno en su desarrollo. Olvidan que el nuevo poder no cae del cielo, sino que surge y crece a la par del antiguo poder, en oposición a él, en lucha contra él. Sin aplicar la violencia a los opresores que detentan los instrumentos y los órganos del poder, no es posible liberar al pueblo de sus opresores.
He aquí un ejemplo muy sencillo, señores Blank y Kizevétter, para que puedan asimilar esta sabiduría, inaccesible a la comprensión cadete e “insondable” para su mentalidad. Imaginen el momento en que Avrámov tortura y mutila a Spiridónova. Supongamos que de parte Spiridónova se hallan decenas y centenares de personas inermes. Del lado de Avrámov, un puñado de cosacos. ¿Qué hubiese hecho el pueblo si Spiridónova hubiese sido torturada fuera del calabozo? Ejercer la violencia contra Avrámov y sus secuaces. Habría sacrificado, quizás, algunos combatientes, segados tal vez por las balas de Avrámov; pero, mediante la fuerza, habría logrado desarmar a Avrámov y a los cosacos y, muy probablemente, liquidado allí mismo a algunas de estas bestias con forma humana y arrojado a las demás a alguna cárcel para impedir que continuaran cometiendo tropelías y para entregarlas luego a un tribunal popular.
Pues bien, señores Blank y Kizevétter: cuando Avrámov y sus cosacos torturan a Spiridónova, eso es la dictadura militar y policial ejercida sobre el pueblo, cuando el pueblo revolucionario (que no sólo es capaz de dar consejos y sermones, de lamentarse, gemir y lloriquear, sino de luchar contra los opresores; no el pueblo pequeñoburgués y limitado, sino el pueblo revolucionario) aplica la violencia contra Avrámov y contra todos los Avrámov, esa es la dictadura del pueblo revolucionario. Es dictadura, porque es el poder del pueblo sobre los Avrámov un poder no restringido por ley alguna (un pequeñoburgués se opondría, quizás a que se arrancará por la fuerza a Spiridónova de manos de Avrámov, diría: ¿acaso esto es “legal”?; ¿acaso hay una “ley” que nos autorice matar a Avrámov?, ¿acaso no han creado algunos ideólogos de la pequeña burguesía la teoría de no resistir al mal mediante la violencia?(*). El concepto científico de dictadura no significa otra cosa que poder ilimitado, no sujeto en absoluto a ningún género de leyes ni reglas y directamente apoyado en la violencia. No otra cosa significa el concepto “dictadura”, recuérdenlo bien, señores cadetes. Continuemos; en el ejemplo que hemos dado vemos precisamente la dictadura del pueblo, pues el pueblo, la masa de la población desorganizada, reunida”por azar” en ese lugar actúa por propia iniciativa y en forma directa; por sí sola juzga y castiga, aplica el poder, crea el nuevo derecho revolucionario. Por último, esto es precisamente una dictadura del pueblo revolucionario. ¿Por qué sólo el pueblo revolucionario y no de todo el pueblo? Porque en el seno de todo el pueblo que sufre permanentemente y de la manera más cruel las brutalidades de los Avrámov, existen seres acobardados físicamente, atemorizados; seres moralmente intimidados, por ejemplo, por la teoría de no resistir al mal.
Mediante la violencia o simplemente por el prejuicio, la costumbre, la rutina, seres indiferentes, aquellos que son llamados pequeños burgueses o filisteos, que prefieren apartarse de la lucha intensa, quedarse a un lado y hasta esconderse (¡no sea que me toque algo en la refriega ). Es por esta razón que no todo el pueblo ejerce la dictadura, sino sólo el pueblo revolucionario; éste lejos de temer al pueblo en su conjunto, le revela en detalle las causas que mueven sus acciones de las mismas y desea que todo el pueblo participe, no sólo en la “administración” del Estado, sino también en el poder y en la propia estructuración del Estado.
Así, pues, el sencillo ejemplo que hemos analizado contiene todos los elementos del concepto científico de “dictadura del pueblo revolucionario”, como también del de “dictadura policial y militar”. De este sencillo ejemplo, accesible hasta para un docto profesor cadete, podemos pasar a fenómenos más complejos de la vida social.
La revolución, en la acepción rigurosa y directa de la palabra, es justamente un período de la vida del pueblo en que el odio contra las hazañas de los Avrámov, acumulado durante siglos, estalla y se exterioriza en acciones, no en palabras; más aún en las acciones de masas multitudinarias del pueblo, no de individuos aislados. El
(*) ¡Señor Berdiáev! ¡señores redactores de Poliárnaia Zviezdá o de Svoboda ¡Cultura! He aquí un tema más para sus prolongados clamores, para sus largos artículos contra las “blasfemas” de los revolucionarios ¡¡Llamar pequeñoburgués a Tolstoi!! –quelle horreur-¡!, como decía una dama, agradable en todo sentido. (Personaje de almas muertas, de N. Gógol. Ed.).
pueblo se despierta y levanta para liberarse de los Avrámov. El pueblo libera de manos de los Avrámov a las innumerables Sipridónova de la vida rusa, ejerce la violencia contra esos Avrámov, toma el poder sobre los Avrámov. Esto, por supuesto, no se produce en forma tan sencilla ni tan “de golpe” como en el ejemplo que hemos simplificado para ponerlo al alcance del profesor Kizevétter; esta lucha del pueblo –lucha en el sentido más riguroso y directo contra los Avrámov y para sacudir de los hombros del pueblo el yugo de los Avrámov, se prolonga por meses y años en un “torbellino revolucionario”. Este acto del pueblo de arrojar a los Avrámov constituye el verdadero contenido de lo que se llama la gran revolución rusa. Este acto, si se lo examina desde el punto de vista de los métodos para hacer la historia, se produce bajo las formas que acabamos de describir cuando nos referimos al torbellino revolucionario, a saber; el pueblo se apodera de la libertad política, es decir, de la libertad cuya realización impedían los Avrámov; el pueblo crea un nuevo poder sobre los Avránov, un poder sobre los sátrapas del antiguo régimen policial; el pueblo ejerce la violencia contra los Avrámov para apartar, desarmar y amansar a estos perros salvajes, a todos los Avrámov, Durnovó, Dubásov, Minov y sus semejantes.
¿Estás bien que el pueblo emplee métodos de lucha ilegales, no reglamentarios, no regulares ni sistemáticos, tales como apoderarse de la libertad, crear un nuevo poder revolucionario no reconocido formalmente por nadie y ejercer la violencia contra los opresores del pueblo?. Sí está muy bien. Eso es la expresión culminante de la lucha por la libertad. Es el gran momento en que los sueños de libertad de los mejores hombres de Rusia se convierten en una realidad, en una causa que ya no es de los héroes solitarios, sino de las propias masas populares. Eso es tan bueno como el que en nuestro ejemplo, la multitud arrancara a Spiridónova de manos de Avrámov, como desarmar por la violencia y dejar inofensivo a Avrámov.
Pero es aquí donde tocamos el punto central de los pensamientos y los ocultos temores de los cadetes. El cadete es el ideólogo de la pequeña burguesía precisamente porque traslada a la política, a la revolución, el punto de vista de ese habitante común (el mismo que en nuestro ejemplo, mientras Avrámov, tortura a Spiridónova, trata de contener a la multitud aconsejándole no violar la ley, no apresurarse a liberar a la víctima de manos del verdugo) que actúa invocando el poder legal. Es claro que en nuestro ejemplo un individuo así sería un verdadero monstruo desde el punto de vista moral; pero en su aplicación a toda la vida social, la deformación moral del pequeño burgués no es, repetimos, una cualidad personal, sino social, condicionada quizá por los prejuicios fuertemente arraigados de la ciencia jurídica filistea y burguesa.
¿Por qué razón el señor Blank considera que ni siquiera debe ser demostrada su afirmación de que durante el período del “torbellino” fueron olvidados todos los principios marxistas? Porque desfigura el marxismo, transformándolo en brantanismo, porque considera no marxista “principios” tales como la toma de la libertad, la creación del poder revolucionario, el empleo de la violencia por el pueblo. Este criterio asoma en todo el artículo del señor Blank (y no únicamente de Blank, sino de todos los cadetes, de todos los escritores del campo liberal y radical, incluidos los bernsteinianos de Bez Zaglavia (*), señores Prokopóvich, Kuskova y tutti quanti que hoy cantan loas a Plajánov por su amor a los cadetes).
Examinemos cómo surgió y por qué debía surgir este criterio. Surgió directamente de la interpretación bernsteiniana o, dicho de un modo más amplio, oportunista, de la socialdemocracia de Europa occidental. Los errores de esa interpretación, que fueron denunciados sistemáticamente y en toda la línea por los “ortodoxos” en Occidente, son trasladados ahora a Rusia “bajo cuerda”, aderezados con otra salsa y por motivos diferentes, Los bernsteinianos aceptaban y aceptan el marxismo con exclusión de su aspecto directamente revolucionario. No consideran la lucha parlamentaria como una de las formas de lucha, particularmente útil en determinados períodos históricos, sino como la principal y casi la única forma de lucha que hace innecesarias la “violencia”, la “toma”, la “dictadura”. Y es esta ramplona deformación pequeñoburguesa del marxismo la que tratan de introducir ahora en Rusia los señores Blank y demás apologistas liberales de Plajánov. Se han consustanciado tanto con esa deformación, que ni siquiera consideran necesario demostrar el “olvido” de los principios e ideas marxistas durante el período del torbellino revolucionario.
¿Por qué razón pudo surgir ese criterio?. Porque concuerda del modo más profundo, con la posición de clase y los intereses de la pequeña burguesía. El ideólogo de una sociedad burguesa “depurada” admite todas las formas de lucha de la socialdemocracia menos aquellas que emplea el pueblo revolucionario en épocas de “torbellino”, y que la socialdemocracia revolucionaria aprueba y promueve. Los intereses de la burguesía exigen la participación del proletariado en la lucha contra la autocracia, pero sólo una participación tal que no se transforme en supremacía del proletariado y del campesinado, sólo una participación que no elimine por completo los viejos órganos autocráticos feudales y policiales del poder, La burguesía quiere conservar esos órganos, con la diferencia de que los quiere sometidos a su control directo; los necesita para emplearlos contra el proletariado; la total destrucción de esos órganos facilitará demasiado la lucha proletaria. Por esta razón los intereses de la burguesía, como clase, exigen la monarquía y la Cámara Alta, exigen que no se permita la dictadura del pueblo revolucionario. Lucha contra la autocracia, dice la burguesía al proletariado, pero no toques los antiguos organismos de poder; los necesito. Lucha a la manera “parlamentaria”, es decir, dentro de los límites que establezco de común acuerdo con la monarquía; lucha por medio de organizaciones, pero no de organizaciones tales como los comités generales de huelga, los soviets de diputados obreros, soldados, etc., sino por medio de aquellas que son reconocidas, restringidas y seguras para el capital según una ley y que aprobaré por un acuerdo con la monarquía.
De ahí resulta claro por qué la burguesía se refiere al período de “torbellino” con desdén, con menosprecio, con rabia y con odio (*), en tanto que del período del constitucionalismo custodiado por Dúbsov habla con entusiasmo, con arrobamiento, con infinito amor pequeñoburgués... a la reacción. Se trata aquí de la permanente e invariable cualidad de los Resulta claro también por qué la burguesía tiene tal miedo mortal a la repetición del torbellino; por qué trata de ignorar y de ocultar los elementos de la nueva crisis revolucionaria; por qué estimula y difunde en el pueblo las ilusiones constitucionalistas.
Ahora queda totalmente explicado por qué el señor Blank y otros como él declaran que durante el período del “torbellino” fueron olvidados todos los principios e ideas marxistas. El señor Blank, como todos los pequeños burgueses, acepta el marxismo con exclusión de su aspecto revolucionario; acepta los métodos socialdemócratas de lucha con exclusión de los más revolucionarios y de los directamente revolucionarios.
(*) Compárese, por ejemplo, el comentario de Russkie Viédomosti, núm. 1 de 1906, sobre la actividad de la Unión Campesina; es una denuncia presentada a Dubásov, contra la democracia revolucionaria por tendencias tipo Pugachov, por su aprobación de la toma de las tierras, de la creación de nuevos órganos de poder, etc. Hasta los cadetes de izquierda de Bez Zaglavia (núm. 10) recriminaron a Russkie Viédomosti su actitud, comparándolo con justa razón, a causa de dicho comentario, con Moskovskie Viédomosti. Lamentablemente, los kadetes de izquierda recriminan a Russkie Viédomosti de un modo tal que parece que trataran de justificarse así mismos. Bez Zaglavia defiende a la Unión Campesina, pero no acusa a la burguesía contrarrevolucionaria. No se si este método no muy honesto, de polemizar con Russkie Viédomosti puede atribuirse al “terror judío”, o al hecho de que ese período escribe el señor Blank. Los Cadetes de izquierda son, al fin y al cabo, kadetes.
kadetes : tendencia a apoyarse en el pueblo y temor de su acción revolucionaria independiente
La actitud del señor Blank frente al período del “torbellino” es muy significativa porque ejemplifica la incomprensión burguesa de los movimientos proletarios, el miedo burgués ante una lucha intensa y decidida, el odio burgués hacia cualquier manifestación que derriba todas las viejas instituciones de un modo brusco, el modo revolucionario –en el sentido directo de la palabra- de resolver los problemas históricos-sociales. El señor Blank se traiciono y revelo de pronto toda su mediocridad burguesa.
Había oído y leído que, durante la etapa del torbellino, los socialdemócratas cometieron “errores” y se apresuró a deducir y a declarar con aplomo, de modo terminante y gratuito, que todos los “principios” del marxismo (¡ acerca de los cuales no tiene la menor idea!) habían sido olvidados. A propósito de esos “errores”: ¿acaso hubo algún período en el desarrollo del movimiento obrero, en el desarrollo de la socialdemocracia, en el que no se hayan cometido errores, en el que no hayan existido unas u otras desviaciones de derecha o de izquierda? ¿Acaso la historia del período parlamentario de lucha de la socialdemocracia alemana - ¡ese período que a todos los burgueses mediocres del mundo entero les parece la cumbre de su propia superación!... no abunda en tales errores? Si el señor Blank no fuera un perfecto ignorante en cuanto a los problemas del socialismo, fácilmente se hubiera acordado de Mülbeger, de Dühring, del asunto de la Dampfersubvention31 , de los jóvenes32, del bernsteinismo y de muchas, muchísimas otras cosas. Pero al señor Blank no le interesa analizar el desarrollo real de la socialdemocracia; sólo se ocupa de disminuir la trascendencia de la lucha proletaria para enaltecer la inestabilidad burguesa de su partido kadete.
En efecto, si examinamos el asunto desde el punto de vista de las desviaciones de la socialdemocracia de su camino habitual, “normal”, veremos que también en este sentido durante el período del “torbellino revolucionario”, la socialdemocracia muestra en comparación con el período precedente, no una menor, sino una mayor cohesión e integridad ideológicas. La táctica de la etapa del “torbellino” no alejó, sino que acercó a ambas alas de la socialdemocracia. En lugar de las antiguas divergencias, surgió la unidad de criterio en lo que respecta al problema de la insurrección armada. Los socialdemócratas de ambos sectores trabajaban en los soviets de diputados obreros estos peculiares y embrionarios órganos de poder revolucionarios, incorporaban a ellos a los soldados y a los campesinos; publicaban manifiestos revolucionarios junto con los partidos revolucionarios pequeñoburgueses. Las viejas discusiones de la época prerrevolucionaria cedieron lugar a la solidaridad en las cuestiones prácticas. El ascenso de la ola revolucionaria relegó las divergencias, obligó a aceptar la táctica de combate, eliminó el problema de la Duma, puso a la orden del día la cuestión de la insurrección, vinculó en el terreno de la acción directa e inmediata a la socialdemocracia y a la democracia burguesa revolucionaria. En Siéverni Golos33 mencheviques y bolcheviques, juntos, llamaron a la huelga y a la insurrección, llamaron a los obreros a no abandonar la lucha hasta haber conquistado el poder. La situación revolucionaria, por sí sola, dictó las consignas prácticas. Las disputas se referían sólo a detalles en la apreciación de los acontecimientos. Nachalot (*), por ejemplo, consideraba a los soviets de diputados obreros como órganos de autogobierno revolucionario, mientras Nóvaia Zhizzn los consideraba como órganos embrionarios del poder revolucionario, que reunían al proletariado y a la democracia revolucionaria.
Ánchalo se inclinaba hacia la dictadura del proletariado. Nóvaia Zhizn mantenía el punto de vista de la dictadura democrática del proletariado y del campesinado. Pero no hallamos acaso estas y otras divergencias similares en el seno de la socialdemocracia en cualquier período de desarrollo de cualquier partido socialista europeo.
La tergiversación del asunto por parte del señor Blank, su escandalosa deformación de la historia de ayer, se deben exclusivamente al hecho de que estamos ante un ejemplo de presuntuosa ramplonería burguesa, según el cual los períodos de torbellino revolucionario son una locura (“fueron olvidados todos los principios”, “el pensamiento mismo y el sentido común casi desaparecieron”), mientras que los períodos de aplastamiento de la revolución y de “progreso” pequeñoburgués (custodiado por los Dubásov) constituyen la etapa de la actividad sensata, consciente y ordenada. Esta comparación de los dos períodos (el del “torbellino” y el kadete) constituye el leitmotiv del artículo del señor Blank. Cuando la historia de la humanidad avanza con la velocidad de una locomotora, lo llama “torbellino”, “torrente”, “desaparición” de todos los “principios e ideas”. Cuando la historia avanza a paso de carreta, su símbolo es la razón y el método. Cuando las masas del pueblo, por sí mismas, con todo su virgen primitivismo, su simple y ruda decisión, comienzan a hacer la historia, a dar vida en forma directa e inmediata a los “principios y teorías”, entonces el burgues se atemoriza y clama que “la razón es relegada a segundo plano” (¿no será a la inversa ¡oh, héroes del filisteismo!?. En la historia, ¿no es precisamente en tales momentos cuando aparece en primer plano la razón de las masas, no la razón de ciertos individuos? ¿No es en estos momentos, precisamente, cuando la razón de las masas se transforma en fuerza dinámica, efectiva y no de gabinete?), Cuando el movimiento directo de las masas es aplastado por los fusilamientos, las torturas, los apaleamientos, la desocupación y el hambre; cuando comienzan a salir de sus escondrijos las chinches de la ciencia profesoral financiada por los Dubásov, y pretenden resolver las cosas por el pueblo, en nombre de las masas, mientras venden y traicionan sus intereses en beneficio de un puñado de privilegiados, entonces los paladines del filisteísmo consideran que ha llegado la época del sosegado y tranquilo progreso, “les llegó el turno al pensamiento y a la razón”. El burgués es siempre y en todas partes fiel a sí mismo: tómese Poliárnaia Zvezdá o Nasha Zhizn, léase a Struve o a Blank, en todas partes se encontrará lo mismo, en todas partes la misma mediocridad, la misma pedantería profesoral, la misma apreciación burocrática e inanimada de los períodos revolucionarios y reformistas. Los primeros son los períodos de locura, tolle Jahre, de desaparición del intelecto y la razón; los segundos, los de la actividad “deliberada y sistemática”.
Que no se vaya a desvirtuar mis palabras. Que no digan que hablo de la preferencia de los Blank por uno u otro período. No se trata en modo alguno de preferencias; la sucesión de los períodos históricos no depende de nuestras preferencias subjetivas. Se trata de que, en el análisis de las características de uno u otro período (completamente independiente de nuestra preferencia o de nuestras simpatías), los Blank desvergonzadamente deforman la verdad. Se trata de que precisamente los períodos revolucionarios son más amplios, más ricos, más deliberados, valerosos y vívidos al hacer la historia que los períodos del progreso pequeñoburgués, kadete y reformista. ¡Pero los señores Blank pintan las cosas al revés!. Presentan la indigencia como un modo magnifico de hacer la historia. Consideran la inactividad de las masas aplastadas u oprimidas como el triunfo del “sistema” en la actividad de los burgueses y funcionarios. Lamentan la desaparición del pensamiento y de la razón justamente cuando, en lugar del tijereteo de proyectos de ley por parte de toda suerte de tinterillos de oficina y de penny-a-liners (escribas a tanto por línea) liberales, llega el período de la acción política directa de la “plebe”, la que con toda sencillez, directa e inmediatamente, derriba los órganos de opresión del pueblo, se apropia del poder, toma para sí lo que se consideraba como perteneciente a todo tipo de expoliadores del pueblo; en una palabra, justamente cuando el pensamiento y la razón de millones de seres agobiados se despiertan no sólo para leer libros, sino para la acción, para la acción viva, humana, para la creación histórica.
Véase con qué solemnidad razona este paladín kadete: “El torbellino se desató y amainó en el mismo lugar”. Pero si todavía están con vida los liberales pequeñoburgueses, si aún no se los han tragado los Dubásov es, precisamente, gracias a este torbellino. ¿”En el mismo lugar” –dice usted-, la Rusia de la primavera de 1906 “en el mismo lugar” que en setiembre de 1905?.
Durante todo el período “kadete” los Dubásov y los Durnovó han arrastrado y van a arrastrar a Rusia “deliberada, regular y sistemáticamente” hacía atrás, para hacerla retroceder a setiembre de 1905, pero no tienen fuerzas suficientes para ello, porque el proletariado, el ferroviario, el campesino, el soldado sublevado, empujaron durante el torbellino a toda Rusia hacia delante con la velocidad de una locomotora.
Si ese insensato torbellino hubiese amainado realmente, entonces la Duma kadete estaría condenada a ocuparse de cuestiones relativas al estañado de los lavabos.
Pero el señor Blank ni siquiera sospecha que la cuestión de si el torbellino ha amainado o no es un problema independiente y puramente científico; que darle respuesta es predeterminar una serie de cuestiones tácticas, y que, por el contrario, no dársela impide comprender de modo más o menos sensato los problemas de la táctica actual. El señor Blank no se basó en uno u otro análisis de datos o consideraciones cuando dedujo que en estos momentos no hay condiciones para un movimiento en forma de torbellino (sí esa deducción fuese fundamentada, tendría realmente una importancia esencial para determinar una táctica; lo inadmisible es, repetimos, basar esa definición en una simple “preferencia” respecto de uno u otra vía), él, lisa y llanamente expresa su profunda (y miope) convicción de que no puede ser de otro modo. Hablando con propiedad, el señor Blank considera el “torbellino” como lo consideran los señores Witte, Durnovó, Vulgo y de más funcionarios alemanes, que hace ya tiempo declararon que 1848 era un “año insensato”. La afirmación del señor Blank acerca del apaciguamiento del torbellino no expresa una convicción científicamente fundada, sino la incapacidad filistea de comprensión, para la que cualquier torbellino y los torbellinos en general equivalen a la “desaparición del pensamiento y de la razón”.
“La socialdemocracia ha vuelto a su punto de partida”, asegura el señor Blank, la nueva táctica de los mencheviques orienta el movimiento socialdemócratas ruso hacia el camino por el cual marcha toda la socialdemocracia internacional.
Como puede verse, el señor Blank define la vía parlamentaria, no se sabe por qué, como el “punto de partida” (aunque para Rusia ése no podía ser el punto de partida de la socialdemocracia). El señor Blank estima que la vía parlamentaria es, por así decirlo, la vía normal, principal y hasta la única completa, y exclusiva de la socialdemocracia internacional. El señor Blank ni siquiera sospecha que en este aspecto no hace más que repetir íntegramente la tergiversación burguesa de la social democracia, predominante en la prensa liberal alemana y adoptada en un tiempo por los bernsteinianos. Una de las tantas formas de lucha le parece al burgués liberal la única forma. La interpretación brentaniana del movimiento obrero y de la lucha de clases se manifiesta aquí en toda su plenitud. El señor Blank no tiene la menor sospecha de que la socialdemocracia europea adoptó y pudo adoptar la vía parlamentaria sólo cuando las condiciones objetivas hicieron que se descartara el problema de la realización completa de la revolución burguesa; sólo cuando el régimen parlamentario se transformó verdaderamente en la forma principal de la dominación burguesa y en el principal de la dominación burguesa y en el principal terreno de la lucha social. Sin reflexionar siquiera si existen o no en Rusia un parlamento y un régimen parlamentario, resuelve de manera terminante: la socialdemocracia volvió a su punto de partida. La mentalidad burguesa tiende a concebir exclusivamente revoluciones democráticas inconclusas (porque es fundamental para los intereses de la burguesía no llevar la revolución hasta el fin). La mentalidad burguesa rehuye cualquier método de lucha extraparlamentario, cualquier acción abierta de las masas, cualquier revolución en el significado directo de la palabra. Por instinto, el burgués se apresura a declarar, proclamar y aceptar como verdadero cualquier remedo de parlamentarismo, con tal de poner fin al “vértigo del torbellino” (peligroso no solo para el cerebro de muchos burgueses poco inteligentes, sino también para sus bolsillos). He aquí por qué los señores kadetes no están en condiciones de comprender un problema científico de verdadera importancia, como es discernir si el método parlamentario de lucha tiene o no en Rusia una importancia esencial y si el movimiento en forma de “torbellino” se ha agotado. Y el fondo material, de clase, de esta incomprensión es muy claro: que se apoye a la Duma kadete con una huelga pacífica o alguna otra acción, pero que ni siquiera se piense en una lucha de verdad, decisiva, aniquiladora, en una insurrección contra la autocracia y la monarquía.
“Ahora le llega de nuevo el turno al pensamiento y a la razón”, dice alborozado el señor Blank al referirse al período de las victorias de Dubásov. ¿Sabe una cosa, señor Blank? ¡En Rusia jamás hubo una época de la cual se pudiera decir con tanto fundamento “ha llegado el turno al pensamiento y a la razón” como la de Alejandro III!. Se lo aseguramos. Fue justamente en esa época cuando el viejo populismo ruso dejó de ser sólo una soñadora visión del futuro y aportó las investigaciones de la realidad económica de Rusia que enriquecieron el pensamiento social ruso. Fue precisamente en esa época cuando el pensamiento revolucionario ruso trabajó con más intensidad, y creó las bases de la concepción socialdemócratas del mundo. Sí; lejos de nosotros, los revolucionarios, la idea de negar el papel revolucionario de los períodos reaccionarios. Sabemos que las formas del movimiento social se modifican, que a los períodos de acción política directa de las masas populares suceden en la historia los períodos en que reina una calma exterior, en que callan o duermen (en apariencia) las masas oprimidas y agobiadas por el trabajo agotador y la miseria, en que se revolucionan de manera particularmente rápida los medios de producción, en que el entendimiento de los más avanzados representantes de la razón humana hace el balance del pasado y elaborar nuevos sistemas y nuevos métodos de investigación. También en Europa el período posterior al aplastamiento de la revolución de 1848 se distinguió por un desarrollo económico sin precedentes y por una labor del intelecto que dio como fruto por ejemplo, El capital de Marx. En una palabra, “el turno del intelecto y de la razón” resulta a veces en períodos de la historia humana lo mismo que un período de cárcel que da a un dirigente político oportunidad de ocuparse de estudios y trabajos científicos.
Pero la desgracia de nuestro filisteo burgués consiste en que él no tiene conciencia de este carácter carcelario o tipo Dubásov, por así decirlo, de su observación. No advierte el problema fundamental: la revolución rusa ¿ha sido aplastada o marcha hacía un nuevo ascenso?, ¿se ha modificado la forma del movimiento social, transformándose de revolucionaria en otra, adaptable a las condiciones del régimen de Dubásov?, ¿están o no agotadas las fuerzas para el “torbellino”? El pensamiento burgués no se plantea estos problemas, porque en general cree que la revolución es un torbellino insensato, mientras que la reforma es el turno del pensamiento y la razón.
Veamos su muy aleccionador razonamiento acerca de la organización, “El primer paso” del pensamiento y de la razón –nos dice- “debe ser tomar medidas preventivas para evitar que se repita lo que sucedió en la primera etapa de la revolución rusa, en su Strum-und Drang-Zeit, es decir, contra la acción destructora de los torrentes y huracanes revolucionarios. El único medio eficaz para lograrlo es la ampliación y el fortalecimiento de la organización”
Como puede verse, el kadete imagina las cosas así: el período del huracán destruía las organizaciones y el espíritu de organización (véase Nóvoie Vremia, ¡oh, perdón!, Poliárnaia Zvezdá, con los artículos de Struve contra la anarquía, los elementos desencadenados, la falta de firme autoridad en la revolución, etc; etc.), mientras que el período del pensamiento y de la razón custodiado por Dubásov es un período de creación de organizaciones. La revolución es el mal y es destructiva; es un huracán, un torbellino que causa vértigo. La reacción es el bien; es creadora; es el viento propicio y la época de la actividad consciente, regular, sistemática.
Y de nuevo el filósofo del partido kadete difama a la revolución y revela todo su amor por las formas y condiciones de un movimiento burgués y mediocre. ¡El huracán destruía las organizaciones! ¡Qué mentira tan vergonzosa! Mencione un período en la historia rusa o mundial, señale seis meses o seis años durante los cuales se haya hecho tanto a favor de las organizaciones de las masas populares surgidas espontáneamente, como se hizo en las seis semanas del torbellino revolucionario ruso, cuando fueron olvidados, según los calumniadores de la revolución, todos los principios a ideas, cuando desaparecieron la razón y el pensamiento. ¿Qué otra cosa fue, si no, la huelga general de toda Rusia? Según ustedes, ¿eso no era organización? No fue registrada en los libros policiales, no es una organización permanente: ustedes lo ignoran. Vean las organizaciones políticas. ¿Están enterados de que el pueblo trabajador, la masa políticamente atrasada, nunca se había incorporado con tan buena voluntad a las organizaciones políticas, que nunca como entonces habían aumentado de manera tan gigantesca las filas de las agrupaciones políticas ni se habían creado organizaciones semipolíticas originales por el estilo de los soviets de diputados obreros? Pero ustedes tienen un poco de temor a las organizaciones políticas del proletariado. Como auténticos brentanianos les parecen menos peligrosas para la burguesía (y más serias) las organizaciones sindicales. Tomemos, pues, las organizaciones sindicales y veremos a pesar de todas las calumnias de los filisteos respecto de que en el período revolucionario se hizo caso omiso de ellas-, que en Rusia jamás se había creado tal cantidad de sindicatos obreros como en esos días. Las páginas de los periódicos socialistas-precisamente de los socialistas-, de Nóvaia Zhizn y de Ánchalo rebosaban de informaciones sobre la creación de nuevos sindicatos. Sectores atrasados del proletariado como el del servicio doméstico, que en el período del progreso “regular y sistemático” pequeñoburgués apenas se logra poner en movimiento en el curso de décadas, dieron prueba de una extraordinaria inclinación y capacidad para la organización. Tómese la Unión Campesina. Hoy es muy frecuente encontrar a kadetes que se refieren a esa Unión con soberano desprecio: ¡pero si se trata –dicen- de una organización casi ficticia! ¡ni han quedado rastros de ella! Sí, señores, yo hubiera querido ver qué quedaría de sus organizaciones kadetes, si hubieran tenido que luchar contra las expediciones punitivas, contra los innumerables Luzhenovski, Rimán, Filónov, Avrámov y Zhdánov locales. La Unión Campesina crecía con fabulosa rapidez en el período del torbellino revolucionario. Se trataba de una organización verdaderamente popular, verdaderamente de masas, que compartía, desde luego, una serie de prejuicios campesinos y era propensa a las ilusiones pequeñoburguesas del campesinado (como lo son también nuestros socialistas revolucionarios), pero indudablemente una organización con “base”, una organización real de masas, en esencia indudablemente revolucionaria, capaz de aplicar métodos verdaderamente revolucionarios de lucha, que no redujo sino que amplió los alcances de la creación política del campesinado, que puso en escena a los propios campesinos con su odio hacia los funcionarios y terratenientes y no a los semi-intelectuales, proclives con tanta frecuencia a elaborar todo tipo de proyectos de transacción entre el campesinado revolucionario y los terratenientes liberales. No, en el desdén habitual por la Unión Campesina se manifiesta, más que nada, la estrechez filistea burguesa del kadete, incrédulo y temeroso en cuanto a la iniciativa revolucionaria del pueblo. Durante los días de libertad, la Unión Campesina fue una de las más contundentes realidades, y se puede predecir con absoluta certeza que, si los Luzhenovski y los Rimán no matan a algunas decenas de miles de jóvenes campesinos de avanzada, si aún llega a soplar una brisa así sea ligeramente libre, esa Unión crecerá, no en días sino en horas, y será una organización al lado de la cual los actuales kadetes (*) parecerán una partícula de polvo.
En resumen: la capacidad creadora del pueblo, en particular del proletariado, y luego del campesinado, en materia de organización, se manifiesta durante los períodos de torbellino revolucionario millones de veces más fuerte, más rica y más fructífera, que en los períodos del llamado progreso histórico tranquilo (paso de carreta). La opinión adversa de los señores Blank es una deformación burocrática y burguesa de la historia. Al buen burgués y al honesto funcionario sólo le parecen “genuinas” las organizaciones debidamente registradas por la policía y escrupulosamente adecuadas a toda clase de “reglamentaciones provisionales”. Sin esas reglamentaciones provisionales son incapaces de concebir métodos y sistemas. Por eso no debemos engañarnos respecto de la significación real de las palabras ampulosas del kadete, cuando habla del desprecio romántico por la legalidad y del aristocrático desdén por la economía. El verdadero sentido de esas palabras es uno solo: el miedo oportunista burgués a la acción revolucionaria independiente del pueblo.
28 de Marzo de 1906.
1ª. Edición : Febrero de 1984
II Edición : Abril de 1986
III Edición : Agosto del 2002
Ediciones PATRIA ROJA
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Agosto de 2002
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