DEMOCRACIA DIRECTA Y

ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alberto Moreno Rojas

 

 

 

 

 

 

Lima  -    Perú

Tercera edición 2002

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN

 

 

Los acontecimientos suscitados en Ecuador que llevó a la caída del gobierno de Mahuad, en menor escala durante la lucha para dar término a la dictadura fujimorista, y sobre todo en la Argentina de estos días que, en medio de la crisis económica, social y política reciente ha producido un relevo de 5 presidentes en apenas 15 días junto a un pueblo que insurge pero que aún no alcanza a salir del coto oposicionista porque no encuentra una respuesta de conjunto que canalice sus fuerzas, coloca a la orden del día un tema de extraordinaria importancia teórica como práctica: la construcción de una alternativa democrática y de poder desde el lado del pueblo en respuesta  a la crisis del Estado y la democracia liberales, en la cual la democracia participativa y directa, es decir la democracia construida por las masas en lucha, cuyos alcances y posibilidades no está clarificada suficientemente  pero que sin duda tendrá una enorme repercusión en los años que vienen, ya no como experiencia nacional y circunstancial, sino  internacional y de largo alcance, ocupa un lugar especial.

 

La abrumadora mayoría de los países de América Latina constatan en carne propia que la crisis es más que económica. Alcanza lo político, social, cultural y ético, prescindiendo de sus singularidades y grado de intensidad. Crisis que el neoliberalismo ha profundizado ahondando sus contradicciones y empobreciendo a sus pueblos. Sobre la base de lo transitado desde sus orígenes independentistas hasta el presente, la viabilidad como naciones prósperas y genuinamente democráticas está en cuestión. De continuar el camino transitado en lugar de abrir un nuevo curso a sus sociedades, su ubicación en el siglo XXI será inevitablemente el de la exclusión y africanización. 

 

Perú no es ni puede ser la excepción. La democracia aquí fue siempre inestable y limitada, doblegada por el militarismo, por la estrechez de oligarquías sin otro horizonte que sus intereses mezquinos, por la dependencia externa que nos ha convertido en una verdadera neocolonia. Pocos discuten la precariedad de sus instituciones y la fragilidad de sus constituciones. No tiene mejor destino la economía. El PBI per cápita del año 2001, según el Ministerio de Economía,  se encuentra en un nivel similar al alcanzado en l967, 13.9  por ciento por debajo del pico histórico logrado en l981. El Perú ha dejado de crecer, en promedio, en los últimos 30 años. Más allá de generalidades y buenas intenciones de los gobernantes de turno lo cierto es que marchamos como el cangrejo: hacia atrás.

 

El folleto que entregamos en su tercera edición adquiere actualidad por la razón señalada. Desde luego que reclama su desarrollo tomando en cuenta las nuevas experiencias y los nuevos datos planteados por la realidad a los marxistas. Ninguna idea, por rica y novedosa que sea, estará culminada si el mismo proceso no ha  agotado sus posibilidades. Ahora se puede constatar que este es un tema de repercusiones internacionales y que, con seguridad, será uno de los ejes del debate que se plantea desde el lado popular y revolucionario.

 

La democracia liberal está en crisis. Con mayor razón en  sociedades donde se instaló degradada y restringida, como es el caso nuestro. La democracia electiva o representativa hace mucho que ha dejado de expresar todas  las posibilidades de la democracia. La nueva democracia debe ir más allá: a la democracia participativa y directa, cuyas potencialidades germinales las estamos viendo en el vasto torrente de las luchas de los pueblos del continente como respuesta al neoliberalismo, al domino externo que se nos imponen y al saqueo de nuestros recursos naturales y expoliación de nuestros trabajadores. Pero también a la crisis de los estados vasallos en que nos han convertido.

 

Mientras el pueblo argentino lucha en las calles y rutas, la burguesía recompone por arriba el gobierno en crisis. Tenemos, a lo sumo, cambios epidérmicos para que nada cambie, para que todo siga igual. El problema no es otro que el dilema planteado ya en otras oportunidades: “los de arriba ya no pueden;  los de abajo no pueden todavía”. Y no pueden todavía porque no existe la vanguardia capaz de canalizar ese enorme potencial que es la efervescencia social, y porque no se cuenta con las herramientas teóricas y organizativas que hagan viable una alternativa de cambio de verdad, no sólo desde el lado económico, sino político, social, cultural y ético que es, al fin y al cabo, la llave maestra para encarar y resolver la crisis.

 

Las asambleas populares, surgidas es verdad mucha veces en forma espontánea, llevan en su seno la respuesta potencial al problema. Son el germen de lo nuevo, la expresión de la nueva democracia en gestación. Para alanzar su máximo vigor, sin embargo, es indispensable pasar de lo espontáneo a lo conciente, a su vertebración como  órganos del poder popular en desarrollo capaces de sobrepasar la lógica de la institucionalidad burguesa en crisis y descomposición.

 

En el Perú el derrumbe del fujimorismo encontró una salida dirigida a perennizar el sistema y el modelo económico, organizado desde la OEA con el concurso de la burguesía y los tránsfugas de la izquierda. La ilusión de democratizar la sociedad peruana sobre la base de la Constitución fujimorista, sintetizada en la consigna de “transición democrática”, se sostiene porque para las mayorías no está claro que otro camino seguir. El éxito que alcanzó la ofensiva neoliberal se manifestó sobre todo en el lado ideológico y político, sin el cual no habría encontrado abierto el camino para imponer, casi sin resistencia, un modelo económico de verdadero saqueo nacional, excluyente y socialmente polarizador y expoliador.

 

El reflujo que se inicia a fines de los ochenta y la derrota de la izquierda y el movimiento popular en los noventa, facilitado por todo lo que representó Sendero Luminoso y también por errores propios, fue aprovechado por la dictadura. Como resultado de ello se profundizó el reflujo de masas, se fragmentó la capacidad de resistencia popular pasando a segundo plano las expresiones de democracia directa que alcanzaron su punto culminante hacia mediados de los ochenta. Ahora el panorama comienza a cambiar y todo indica que en el nuevo periodo de crisis y de flujo inicial de masas adquirirá actualidad y relevancia. No es una casualidad que en Argentina, es verdad que todavía en forma espontánea y tímida, aparezcan asambleas populares por barrios. Todo dependerá de la continuidad de la crisis, la efervescencia social y la mano diestra que sepa darles contenido y unidad, para que aparezca una nueva forma de organización  democrática, de abajo hacia arriba, y por eso mismo una alternativa de poder y de organización de un verdadero estado nacional y democrático.

 

La sola acumulación política resultará insuficiente para dar respuesta a las nuevas condiciones de la lucha de clases. La derecha y el régimen del Dr. Toledo, comprometidos con la continuidad de un modelo agotado, afianzarán sus lados más conservadores y represivos. El ministro Rospigliosi ha iniciado la campaña para penalizar la toma de carreteras por poblaciones que sienten que sus reivindicaciones no son atendidas y todo sigue igual. El ministro de Educación está empeñado en paralelizar el sindicato de maestros y posesionarse de Derrama Magisterial. Son la punta del iceberg. Del otro lado, los pueblos y los trabajadores se encuentran en creciente ebullición cansados de promesas incumplidas. No les queda otro camino que la resistencia y la lucha.

 

Esta tendencia está en desarrollo, independientemente de que parte fundamental del movimiento de masas que despierta a la lucha y la protesta tiene todavía un sentido espontáneo y disperso. La misma experiencia, sumado a la labor paciente para esclarecer el panorama, mostrará la necesidad de su centralización nacional y de dotarse de una propuesta también nacional para enfrentar la crisis. El movimiento espontáneo, por mucha que sea su amplitud, tiene un límite de hierro: se queda en el rol contestatario, cuando lo que se necesita es una salida de conjunto a una situación de agotamiento de un modelo de economía y de Estado. Además, sus luchas siguen siendo todavía parciales o locales, a lo sumo regionales como en el caso de Loreto. Quedarse en su presente estadio significaría una trampa que hay que evitar. La democracia directa, que seguramente encontrará nuevas formas y contenidos comparativamente con la experiencia de los 70s y principios de los 80s del siglo pasado, aparece así como una respuesta donde convergen propuestas  a problemas básicos de la población junto a  alternativas de fondo a las grandes cuestiones  nacionales.

 

La idea de trabajar por la ASAMBLEA DE LOS PUEBLOS como el nervio articulador de la diversidad de movimientos sociales, políticos, culturales, étnicos, medioambientales, juveniles, femeninos,  y como el eje a partir del cual se levanten banderas para los grandes temas del país, además de asegurar capacidad de presión, negociación y solución desde posiciones de fuerza puesto que expresa los intereses de vastos sectores de la sociedad, incluyendo las burguesías locales trituradas por el neoliberalismo, el centralismo y los intereses monopólicos, tiene justificación y razón de ser porque permitirá mostrarle al país una nueva forma de organización democrática y de organización estatal.

 

Históricamente, desde los orígenes de la República, el Estado peruano se configuró excluyendo a la inmensa mayoría indígena y campesina. Esta realidad se ha modificado en parte sin ser eliminada. La democracia liberal nunca intentó cerrar este ciclo. En el caso peruano terminó apareada con la tradición aristocrática, autoritaria y centralista. Por eso más de las veces  fue formal, es decir  divergente entre el discurso o la legalidad aceptada y la práctica siempre opuesta. Ninguna Constitución tuvo el vigor de ordenar sobre bases verdaderamente democráticas y consistentes la sociedad. Allí está, para confirmarlo, el predominio prolongado de las dictaduras militares y civiles junto a períodos precarios de democracias restringidas que terminaron ahogadas por el peso de la bota militar o la instalación de regímenes civiles autoritarios. El fujimorismo no es la excepción en nuestra historia. Y nada garantiza que no se reproduzca en otro momento y con otro rostro.

 

Es oportuno que estos temas se conviertan en ejes del debate político. La derecha tiene su camino; el movimiento popular debe transitar el suyo propio, que lleve su marca y sabor. No es que neguemos la democracia representativa o nos abstengamos de participar en ella. El asunto es más de fondo: es insuficiente y se convierte en una traba en la tarea de construir una verdadero estado democrático y una sociedad independiente, soberana, integrada, desarrollada, con prosperidad para la mayoría de sus pobladores.

 

 

Alberto Moreno Rojas

 

Abril  del 2002.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PROLOGO A LA SEGUNDA EDICION.

 

 

El  marxismo  siempre   ha  considerado   la  primacía  de la  práctica  revolucionaria  sobre  la  teoría.  De  aquí  no se  deduce,  desde  luego,  que  subestime  la  importancia de  ésta  como  arma  fundamental  de la  revolución.  Es de   sobra  conocida  la tesis  leninista  que  afirma,  con  justa  razón,  que  "sin   teoría  revolucionaria  no  puede  haber  tampoco  movimiento  revolucionario".  Una  y otra  son  indispensables.  Acerca  de  esto  no  debe  quedar   la  menor duda.  Pero  la  teoría  va  precedida  por la  práctica  y  debe  servir  al   desarrollo   de la  misma.  Esta  conclusión  tiene  particular  importancia  al momento de considerar la aparición, desarrollo y posibilidades  que  encierran las organizaciones de  democracia  directa surgidas en la década de los setenta,  así  como  sus  repercusiones  políticas  y  organizativas  en el  movimiento  democrático  y  antimperialista del   pueblo   peruano.

 

Con la  muerte  de  Mariátegui  se  corta,  abruptamente,  un  período  abierto  al  desarrollo  teórico  y  programático  marxistas.  En  adelante,  a lo  largo  de   décadas  enteras  la teoría  revolucionaria  hubo  de  marchar  con  pies  de  plomo.  Para  ser  más  exactos,  retrocedió  en  aspectos  importantes  donde el  Amauta  había  sentado  piedras  angulares  para  su   desenvolvimiento  ulterior.  Con  ello,  a su  vez,  la  práctica  del  Partido  se  empobreció  enormemente,  atascándose  en la  hojarasca  economicista  y  reformista.

 

Los  resultados  están  a la  vista.  La teoría  de la  revolución  peruana  marcha  a  remolque  de la  rica  experiencia  práctica  del  pueblo.   En  lugar  de dar  respuesta  a  una  variedad  de  cuestiones  fundamentales  colocadas  a la  orden  del  día,  se  avivó  el   espíritu de  secta,  asfixiando  toda  capacidad  crítica  y  autocrítica.   La  dialéctica,  entendida  como  teoría  marxista  del  conocimiento  y  método  científico  de  trabajo,  fue  dejada  de  lado  para   facilitarle  camino a la rigidez y al estancamiento teórico.

 

El    dogmatismo,  de  otro  lado,  sedimentó  tradiciones  que  impidieron  marchar  al  compás de la  iniciativa  histórica  de   las  masas  y de los  cambios  que se  fueron  operando  en la  sociedad,  de la  misma  manera  que la  estrechez  empírica, desde  su respectivo  ángulo de enfoque,  perturbaron  la  forja de un  movimiento   revolucionario  con  clara  voluntad  de  Poder  y  de  transformación  revolucionaria.  De  este  modo,  la  inmediatez  economisista  y  espontaneista  se  sobrepuso  a la  visión  programática  de las  tareas,  y la  organización   del   Partido  revolucionario  del   proletariado devino, no  pocas  veces,  apéndice  del  movimiento  sindical o  del  parlamentarismo  burgués.

 

Quienes  levantamos  las  banderas  de la  revolución  democrática  nacional  y su   perspectiva  socialista,  tenemos   como  tarea  inabdicable  recuperar  la  estricta  correspondencia  entre  teoría  y  práctica  revolucionaria,  única  manera  de  desprendernos  de la  camisa de  fuerza  que  significan tanto  la  herencia  dogmática  cuanto  las  huellas  residuales  del  empirismo.  Para  ello  nada  mejor  que  ahondar  el  conocimiento  de las  leyes  que  rigen  el  particular   desenvolvimiento  de la  sociedad  peruana  en  su   evolución  económica,  social,  cultural  y  política;  estudiar  atentamente  la  dinámica   de la  lucha de  clases  nacional  e  internacional,  buscando  aprehender sus  rasgos  nuevos y las  tendencias  de su   desarrollo;  discernir   los  momentos  de la  construcción  del  Partido, la ciencia y el arte de la  conducción  revolucionaria,  el rol y  participación  de  las  masas como creadoras de la historia,  todo ello como síntesis de la evaluación  autocrítica  seria  y  responsable a que estamos obligados los comunistas.  Esta  tarea  apenas  ha  comenzado.  Llevarla  adelante reclama  un  vasto  esfuerzo  de  creación  y  realización.  Está  en   nosotros  evitar  toda  actitud  complaciente,  verdadera  enemiga  del   progreso.  También  encarnar el  espíritu  renovador,  la  riqueza  y  posibilidades  inherentes  al  marxismo-leninismo.

 

Desde  sus  orígenes el  marxismo  se ha  desarrollado  a  través  de  la  lucha;  jamás  en  medio  de la  conciliación con el reformismo o el oportunismo político. La  lucha  es su  elemento.  Tanto  más  cuanto  que el  conocimiento  de las  leyes  de la  revolución peruana  sólo  puede  alcanzarse  a  través  de  sucesivas  aproximaciones,  de  verificación  de los  postulados  asumidos  en  contraste  permanente con el  acontecer  concreto, con la  práctica revolucionaria.  Pero  también  en  lucha sin  tregua  con las  viejas y atrasadas concepciones  ideológicas  y  políticas, con las  tradiciones  impuestas  por  siglos  de  explotación  y  opresión, con la inercia  de la  costumbre y el  conservadurismo.  No  existe  otra  manera  de  enriquecer  el  acervo  teórico  revolucionario ni  hacer  de  éste  guía  para  la  acción.

 

Aspecto  fundamental  de este  esfuerzo  es,  justamente,  el  conjunto  de  materiales  que  discutió  el  V  Congreso,  abriendo  nuevas  perspectivas  para  el  avance  teórico  del  Partido.

 

II

 

Se  sienten  vientos de  renovación  y  búsqueda de  respuestas  a  los   diversos  problemas  planteados  por la revolución peruana.  A  esa  preocupación  responde también  este  folleto  que  entregamos  a  nuestros  lectores  en  su  segunda  edición.   

 

   Las  tesis  centrales  que  le  dan  sentido  no  han  surgido  al  azar.  Ni  son  producto  de la  especulación  política.  Están  íntimamente  entrelazadas  a  la  experiencia  vital  de las  masas,  a su  lucha,  al  despertar  de su  conciencia  revolucionaria.

 

Indiferentemente  de los  niveles  alcanzados  en su   estructuración,  coordinación  y  expansión, la  democracia directa  explicita  la  insurgencia  democrático-revolucionaria  de las  masas.  Sin el  rol  creativo de  éstas y sin  la  presencia  concreta  de esta  experiencia  multiforme,  la  democracia  directa como  consigna  política  no  pasaría  de  ser  especulación  o  mero  enunciado  teórico,  reiterativo  de otras  experiencias,  pero  sin  sustento  en  suelo  peruano.

 

No  estamos  en  presencia  de formas  tradicionales  de  organización.  Los  sindicatos,  comunidades  campesinas,  asociaciones  barriales,  entre  otras,  mantienen,  desde  luego,  su  importancia y  necesidad.  Pero  resultan  insuficientes,  incluso  restrictivas  para la  incursión  de las  masas  como  fuerza  protagónica  en el  proceso  de  cambios  que  deben  operarse  en la  sociedad.  Sin  negar  a  aquéllas,  los  órganos  de  democracia  directa  las  superar  por  su  contenido,  posibilidades  y  potencialidades  revolucionarias.  La  razón  explicativa  es  simple:  expresan  una  nueva  y  superior  forma  de  organización  democrático-revolucionaria  de las  masas,  directamente  entroncadas  con los  propósitos  estratégicos  de la  revolución.

 

Que  circunstancias  especiales  las  vinculen  más  a la  lucha  por  tales  o  cuales  expectativas  reivindicativas,  no  modifica  la  esencia  del  problema.  Este  factor,  comprensible  además  si  se  considera  el   particular  desenvolvimiento  de  lucha  seguido  por el  pueblo  peruano,  donde  el   sello  economicista  y  reivindicacionista  es  ostensible,  no  debe  llevarnos  a perder  de  vista  aquello  que  representa  su  rasgo  fundamental:  expresar  la  gestación  de la  nueva  democracia  revolucionaria.

 

No  desconocemos  que en la  tradición   política  de las  clases  dominantes  siempre  ha   estado  presente,  en  momentos de  tensiones  sociales  y de  insurgencia de  las  masas,  la  capacidad  de  encubrir  sus  verdaderas  intenciones,  simulando  las  del  contendor.  Donde  no  funciona  el   garrote bien   puede  funcionar   el  atractivo  de la  zanahoria.  Donde  resulta  imposible  impedir la  justa  lucha  de los  pueblos  negando  sus  aspiraciones  legítimas,  es  posible  neutralizarlas  tomando  lo  secundario  para  anular lo  esencial,  asumiendo  la  forma  para  negar  el  contenido,  cambiando algo  irrelevante  para  conservar  lo  sustantivo.  De  este  modo,  las  más  de las  veces  lograron  absorber  los  movimientos  populares o los  fines  que les  dieron origen,  anulando  sus  potencialidades  revolucionarias,  tornándolos  inocuos.

 

Esta  es una  experiencia  que  ningún  revolucionario  peruano  debería  olvidar,  si  no  desea  convertirse  en  pieza  de  maniobra  del  ajedrez  reaccionario.

 

Tampoco  está  de más  admitir  que ello  fue  posible  porque  los  sectores  revolucionarios  de la  sociedad  facilitaron  las  condiciones  con su  reduccionismo  economicista,  con la  visión  y  práctica  inmediatista  de sus   tareas,  con su  incapacidad  para  levantarse  como  real  alternativa  de  transformación  revolucionaria  de la  sociedad.

 

Este  mismo  peligro  amenaza  las  perspectivas   de las  organizaciones  de  democracia  directa.  Estas  corren  el  riesgo  de  ser  neutralizadas,  bien  por  la  estrechez  de  miras  de  ciertos  sectores de la  izquierda  más  preocupados  en  conservar  privilegios  burocráticos  en  ciertas  cúpulas  sindicales,  en  lugar de  discernir  lo  nuevo  que  brota del  movimiento  de  masas,  sistematizarlo,  hacerlo  conciencia y  acción  revolucionaria;  bien,  como  consecuencia de las  maniobras  de los  gobiernos  de  turno,  facilitadas  precisamente  por  comportamientos  como los  señalados.

 

La   experiencia  del  pueblo  peruano  acumulada  a lo   largo  de  décadas  de  intensa  lucha  social  reclama  su   estudio  y  sistematización.  Contamos  con  excelentes  monografías.  Pero   casi   siempre  se  quedan  en  el  episodio  o  en el   relato  más  o  menos  minucioso  de los  hechos,  sin  llegar  a la  esencia  de los  fenómenos.  Práctica tan  rica por  su  variedad  y  posibilidades  obliga,  perentoriamente,  si  se  aspira  a  conducir  por  cauces  revolucionarios  el  despertar  de las  masas  a la  acción,  su  generalización  teórica.  Para  ello   nada  mejor  que  internarlo.  Ni  mejor  camino  que  estimular  el   debate.  Sobre todo,  en  un   ambiente  en  el  cual la  búsqueda  de la unidad,  mal  entendida  en sus  métodos,  han  llevado  a la  parálisis de la  confrontación  de  ideas y la verificación de las mismas en contraste  con la realidad. Desde  luego  que este  ambiente no es prerrogativa exclusiva de Izquierda Unidad,  pero  es  aquí  donde adquiere  dimensiones  sorprendentes, entumeciendo las  articulaciones del  organismo revolucionario que  nunca  debería  dejar de  ser  crítico y  revolucionario por excelencia.

 

III

 

En  medio  de  dificultades,  de  oposiciones  abiertas  de  parte  de  quienes detentan el  Poder del  Estado y los  resortes de la  economía, y de  obstáculos que  interponen, animados por intereses  mezquinos o por  miopía  política,  no  pocos sectores de la  misma  izquierda  que sienten de alguna manera amenazado su control burocrático sobre  determinadas  organizaciones  sindicales  obreras o  campesinas,  el movimiento de  democracia  directa se expande, afirmándose  como  auténtica alternativa popular.

 

Toda  revolución  genuina  surge  condicionada por necesidades  objetivas sobre las  cuales incursiona el  factor consciente, la  voluntad de los  individuos,  retardando  o  apresurando su  desarrollo y  desenlace;  pero no  puede  determinarlas.  Ninguna forma de  organización revolucionaria,  sobre todo  cuando es producto  de la  iniciativa  histórica de las  masas,  aparece sino  cuando han  madurado  las  condiciones  que la  colocan  a la  orden  del  día.

 

La  democracia  directa,  que  se ha   enriquecido  con la  presencia  de  nuevas  organizaciones  tales como  los  comedores populares,  los  comités de vaso  de  leche,  cierto  que  más  restringidos  y   transitorios,  menos  ricos  en sus  posibilidades  revolucionarias,    es la  expresión manifiesta  de la  insurgencia  de las masas como  portavoces  de la  necesidad  de  democratizar  la  sociedad  y de  encarar,   por ellas  mismas,  sus  problemas  vitales.

 

Nuestra  labor  consiste  precisamente  en  impulsar  esta  trayectoria  iniciada,  en  potenciarla con todos los  medios  a  nuestro  alcance,  en  construirla  como

la  alternativa  popular  que cuestiona y supera la  democracia burguesa  formal*,  de  hecho  centralista,  autoritaria  y  burocrática.  Es  claro  que  sólo  la  revolución  victoriosa  estará  en   capacidad  de desplegar  todas sus  cualidades  democráticas y la  iniciativa  histórica de las  masas,  cuyos 

 

 

* Entiendo por democracia burguesa formal la precariedad con que ella se ha construido en la sociedad peruana, pero además y sobre todo el divorcio permanente entre su aceptación jurídica, constitucional, y el ejercicio del poder que lo violenta permanentemente. Los golpes de estado, por ejemplo, casi siempre fueron promovidos o estimulados por clases dominantes que, sin embargo, se irrogan la representación de la democracia. Desde los orígenes de la república la exclusión social, política, económica, cultural y étnica  de las mayorías fue y sigue siendo una cruel realidad. Hoy el elector vota pero no decide, ni controla ni revoca. En el Perú la democracia liberal fue siempre más un discurso demagógico que una realidad. A diferencia de Europa aquí la democracia funcionó más como opereta, de muy mala copia,  que como la organización de un estado burgués moderno.  Abril del 2002.

embriones  aparecen  con nitidez en las  formas de  democracia  directas.  Esta  es  apenas  el  anticipo  de la  capacidad  de  realización  y de  construcción del  pueblo peruano  que  el  socialismo  hará  florecer y  fructificar.

 

 

Alberto Moreno Rojas

 

Lima,  diciembre  1985.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEMOCRACIA DIRECTA Y ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA

 

 

 

 

I.         SIGNIFICADO  E  IMPORTANCIA ESTRETEGICA DE LOS ORGANOS  DE  LA  DEMOCRACIA  DIRECTA.

 

En  el  Informe  Político  del  Comité  Central  al  V  Congreso  del  Partido  se  arriba a una conclusión fundamental:  el  surgimiento,  desarrollo y  afirmación crecientes de las  Asambleas  Populares,  de la  Autodefensa de Masas y de los  Frentes  de Defensa,   como  expresiones vitales de una  democracia  directa que se  constituye a partir de la  iniciativa histórica de las  propias  masas  en un  período ascensional  de sus  luchas,  sintetiza el  hallazgo esencial, a la  vez  teórico y  práctico,  de la  revolución  peruana en lo  que  de las  últimas  décadas.

 

Esta  afirmación no es  arbitraria.  Se  funda en  hechos  verificables,  en  una  evaluación circunstanciada  de las  posibilidades  revolucionarias  y  estratégicas que  encierran,  más que en  consideraciones  tácticas  o  coyunturales.  Es que  tales  formas de democracia directa (cada  una de sus  peculiaridades  específicas,  que las  distinguen  nítidamente unas  de otras,  y en su conjunto,  como  un todo que se  complementa)  aparecen no sólo  como  formas   de  organización democrática de  masas o  como  medios  de  lucha  revolucionaria, sino  también  -y  esto  es,  particularmente visible en las  Asambleas  Populares  como  gestación o  prefiguración de un  nuevo  ordenamiento  estatal  democrático-popular  cualitativamente  superior  a la  democracia  burguesa  formal,  del  nuevo  poder democrático-popular que  habrá de  emerger como  coronación  de la  revolución  victoriosa.

 

Quien no  entiende  la vinculación de los  órganos de la  democracia directa  con la  cuestión  del  Estado,  o  más  específicamente,  con  el  Estado democrático-popular,  no  entiende  nada de su  contenido  ni de  sus  posibilidades  revolucionarias.

 

Uno  de los  rasgos  característicos  del  pueblo  peruano,  a lo  largo  de su   historia,  reside  en su  capacidad  de  lucha.  La  gesta  de  Manco  Inca,   en  Vilcabamba,  fue  continuada por  innumerables  insurrecciones  o  rebeliones  a lo  largo de la  dominación  colonial.  Túpac  Amarú  representa,  en  esta  tradición,  su  fase  cimera y,  al  mismo  tiempo,  el  agotamiento  de la  posibilidad  de  plasmación  de la  nación  peruana  sobre  bases  indígenas.

 

Asentada  sobre  cimientos  frágiles  y  postizos,  fruto  de una  revolución  independentista  inconclusa,  la  República  no  instituye un  Estado  burgués  y una democracia  burguesa,  sino más  bien  afianza, sobre una  institucionalidad formalmente  burguesa,  precaria, permanentemente doblegada  por el  caudillismo  militar,  un  régimen  feudal  basado en el  latifundio y el  gamonalismo.  Ello  se  explica  por la  ausencia de una  clase  social  revolucionaria  en  aptitud  de llevar  la  revolución independentista  hasta  sus  últimos  límites,  desbrozando  camino   al  capitalismo  para  establecer  un  Estado  burgués.

 

La  inexistencia de una  clase burguesa  capaz  de  acabar  con el  feudalismo,  poner  vallas  a la  dominación  imperialista,  engendrar  por  tanto  una  república  burguesa  y un   estado  burgués,  consiguientemente,   una  economía  capitalista  que  integre  el  país  bajo   su  hegemonía,  creando  un  mercado  interior  que  marchará  aparejado  con la  descentralización  económica  y  política;  marcó   desde el  mismo  momento  de la  independencia  lo que  habría  de ser   el  rasgo  sustantivo  en  este  país:  la  semifeudalidad  y la  semicolonialidad,  la  desintegración   económica  y el   centralismo,  la  institucionalidad  formal  burguesa  y el  autoritarismo  como  forma  real  de  gobierno.  La   democracia,  la  independencia  nacional,  el   desarrollo  armónico  de la  economía,  el   progreso,  la  identidad  nacional  y cultural,  continúan  siendo  tareas  por   hacerse;   tareas   profundamente  revolucionarias  que  sólo   el  proletariado  a la  cabeza  del   pueblo  peruano  está   en  condiciones  de  realizar  en  camino  al   socialismo.

 

A lo  largo de la época  republicana  el  pueblo  peruano ha  desplegado, no obstante esta  situación, luchas  importantes.  Si éstas,  finalmente, se  cortaron en sus  posibilidades revolucionarias frustrándose,  ello  está  en directa relación con la  inexistencia de una  clase  revolucionaria capaz de darle  contenido y  proyección a las  mismas,  de  cuajarlas como parte del  proceso libertador  y democrático.  La inexistencia de una burguesía en condiciones de acometer tales tareas,  y,  más bien, dispuesta a  capitular, conciliar y entrelazarse con el  feudalismo y con el  capital  imperialista, desde el  momento en que  sus  sectores  hegemónicos emergieron  al   amparo  de  éste, es una  de sus  causas.  La  otra,  en el  presente  siglo,  las  debilidades del  proletariado para  asumir  la  hegemonía en la  lucha por la  democracia  y la  independencia y por la  realización  continua  de su  propio  proyecto  histórico:  el  socialismo.  Debilidades que  tienen  su  origen en las  profundas desviaciones  ultraizquierdistas,  primero;  y  revisionistas después,  que  padeció  el  Partido  luego  de la  muerte  de su  fundador  José   Carlos  Mariátegui.

 

Existieron circunstancias excepcionales que  pudieron  facilitar  procesos  de cambios  profundos y,  sin  embargo,  terminaron  reabsorbidos  por el   sistema.  En  mi  opinión,  uno   de los  más  significativos,  en el  siglo   pasado,  luego  de la  independencia,  se da con   el  colapso  originado  por la  Guerra  del  Pacífico.  Colapso no  sólo  económico,  también político y  social.  La  resistencia,  cuya  expresión cimera  está   representada por la  Campaña  de la  Breña  -verdadera  guerra popular   de resistencia  nacional-  debió  significar  un  movimiento nacional  para  derrotar  al  agresor,  reconquistar  la  soberanía perdida,  recuperar  los  territorios ocupados y  expulsar  al  invasor,  fuera de las  fronteras del  país.  Pero  las  clases  dominantes capitularon  vergonzosamente.  Únicamente Cáceres,  a la  cabeza de los  pueblos insurgentes del  Centro,  salvó  la  dignidad nacional.  Pero  un Cáceres  victorioso y,  un  pueblo detrás  suyo  vencedor  en la  resistencia, pese  a la  carencia de programa y de una  estrategia  para  la  reconstrucción del  país,  significaban  una  amenaza  seria  para  la  permanencia  del   estado  de  cosas  existente.  Habría  trastocado  de  hecho  el  cuadro  social y  político,  introduciendo en el  escenario  a las  masas armadas,  insurrectas  y  victoriosas.  La  derrota de  Cáceres  frustró  esta  posibilidad.  La  única realmente progresiva,  capaz  de  maduración,  radicalización y  renovación,  de  contar  con  una  clase  dirigente  a la  altura  de las  circunstancias.

 

La  crisis  de  fines de  la  segunda  década y  principios  de la  tercera,  en  este  siglo,   abrió  paso  nuevamente  a  un  proceso  de  situación  revolucionaria  y de  polarización.  Sin  embargo,  pese  a la  profundidad  de la  conmoción  social  engendrada,  tampoco  culminó  con una  victoria  popular,  en  ausencia  de una  conducción  revolucionaria  capaz,  lúcida,  como   fruto  de las  inconsecuencias  y las   vacilaciones  de la  democracia  pequeñoburguesa  representada  por el  APRA.  La  derrota de la  insurrección  de  Trujillo,  la  expresión más  radical  de este  período  preñado de grandes  convulsiones y  reacomodos de fuerzas,  es  también  el  canto  del  cisne  de una  posibilidad  revolucionaria  que se  frustra,  una  demostración  más de  cómo  las  clases  dominantes y el   imperialismo derrotan  o  neutralizan  y  luego  reabsorben  un  proceso  de  intensa  lucha de  clases;  cómo  logran  recomponer  la  situación  sin  modificarla sustancialmente,   siempre  bajo  la  hegemonía oligárquica,  siguiendo el  viejo  lema:  "cambiar  algo  para que  nada  cambie".

 

El  vasto  movimiento  campesino de  finales  de la  década de los  cincuenta y de  principios  de los  sesenta,  de  profundo  contenido  antifeudal y  democrático,  si  bien  aceleró  el  resquebrajamiento  del  régimen económico  feudal  supérstite  golpeando  fuertemente  al  gamonalismo y  la  propiedad  terrateniente,  no  culmina  como   proceso  revolucionario,  y más  bien,  una  vez  más,  se  agota,   desnaturalizada  a  través  de un  proceso  de  reformas parciales,  centralmente redistributivas,  en  ausencia  de una  conducción  capaz  de  potenciar  la  radicalidad  del  campesinado  e  impulsar  un  vigoroso  movimiento revolucionario campesino sólidamente  unido  a la acción  revolucionaria  del  proletariado  y otros sectores  urbanos  populares.

 

A lo  largo  de  todo  este  proceso  histórico en que  el  capitalismo  se va   afianzando  a  través  de una  vía  evolutiva,  sin  por  ello  resolver  las  contradicciones  fundamentales  de la  sociedad  (sobre  todo  aquella  trabada  entre  las  fuerzas  productivas  y las  relaciones  de  producción  semifeudales  y semicoloniales,  de hecho  caducas,  y su  correspondiente  reflejo  superestructural),  la  revolución  continúa  siendo  una  exigencia  histórica,  un  requisito  social irresuelto.  La  crisis  estructural,  en  esencia,  es la  revelación  contundente  de  esta  necesidad. 

 

            Toda  recomposición  dentro  del  mismo  sistema,  aún   en  el  sentido  de la realización  de  tales  o  cuales reformas,  sólo  puede  postergar  el   estallido  de  estas contradicciones,  acumulando  la  leña  seca.  A  fin  de  cuentas la  solución  se  abrirá  paso  necesaria  y  obligatoriamente  por  otros  medios  si  continúan cerradas  las  puertas que  conducen   al  progreso,  la  independencia,  la democracia  y el  desarrollo  económico  multilateral.

 

            La  crisis  de  coyuntura  puede  ser  de  alguna  manera  superada.  Pero  podrá  serlo  únicamente  en  forma  parcial,   transitoria,  efímera,  pues  en  lo  hondo,  en la  base,  continúa  su  marcha  el  viejo  topo  de la  lucha  de  clases  como  reflejo  de una  de una  crisis  estructural irreversible,  que  conduce inevitablemente a la  revolución  social  del  proletariado.

 

Ahora  bien.  El   surgimiento de los  órganos de la  democracia directa,  como  expresiones  genuinas,  nuevas  y  profundamente  revolucionarias,  surgidas  por  iniciativa de las  masas trabajadoras,  está  en  correspondencia  con el  desarrollo  de  estas  contradicciones  objetivas, con la profundización constante de las  contradicciones  sociales y con la  insurgencia del  pueblo  peruano  que se  resiste a  mantenerse  en la pasividad  o en  sus formas  tradicionales  de  acción  que  ya  resultan  insuficientes para  encarar,  con  posibilidades  de  éxito,  la  solución  de los  grandes problemas  que  lo   afectan  en lo   económico, social, político,  cultural e  inclusive moral.

 

Sintetizan  también la  irrupción  de las  masas  que  buscan  su propio  camino,  que se  niegan  a  permanecer  dentro  de los  cauces  de una  democracia  formal  cuyo  rasgo  sustantivo  ha  sido  siempre  el  autoritarismo;  su  presencia  como  expresión  genuina  de un  proceso  de   democratización  profunda de la  sociedad  peruana,  que  sólo  puede  emerger  de sus  luchas,  creatividad  y  capacidad  de  realización.

 

La  democracia  directa  no  nace  recién  hoy.   Sus  elemento  embrionarios  podemos  encontrarlos   ya  en  las  grandes   batallas  libradas   por  el  pueblo  peruano,  inclusive  en  el   siglo  pasado.  Es  que  la  democracia  directa  nace,  fructífera  y se   desarrolla precisamente  en  momentos  de  grandes  tensiones sociales,  en  medio  de la  crisis de la  sociedad,  allí  donde  las  masas  irrumpen,  a su  modo,  chocando, cuestionando,  superando de  hecho el  ordenamiento  legal  existente,  las  tradiciones  establecidas,  las  normas  impuestas  por las  clases  dominantes  y el  imperialismo.

 

Por  desgracia no han  sido  estudiadas  suficientemente  la  guerra  de la  independencia  o la  Campaña  de la Breña,  auténticas  guerras  populares  de  resistencia  nacional,  en  todas  sus  posibilidades  revolucionarias,  en  sus  aciertos pero  también  en  sus  limitaciones  o  errores.  Tampoco  se  han  extraído  las  conclusiones  estratégicas  y  teóricas de las luchas del  proletariado  peruano  de  principios de  siglo,  que  permitieron la  conquista  en  ese  entonces  de las  8  horas  de  trabajo.  Ocurre  otro  tanto  con la  gran  crisis  de  principio  de  los  treinta,  en la  cual  la  insurrección  de Trujillo  aparece  con  matices  propios,  como  un  Poder  Popular  instaurado,  aunque  débil,  difuso,  fugaz,  y  casi  espontáneo.  El  movimiento  campesino  de los  sesenta  espera  su  generalización  teórica  y  aguarda  que se extraigan  de él  las  lecciones  en todo  lo  reivindicaciones  planteadas,  al  rol  y  la  orientación  de las  clases sociales  en  ese  período,  al  acervo de  nuevas  formas  de  lucha y de  organización surgidos.  En  todos  estos  grandes movimientos  es  posible advertir los  antecedentes  de la  democracia  directa,  en  tanto  participación  y  acción  creadora  de las  masas.  Antecedentes  que,  sin  embargo:  o han  sido  subestimados,  o bien,   atosigados  por la  estrechez  inmediatista  o la  ceguera  dogmática,  perdidos de  vista  por  considerarlos  subsidiarios  o  irrelevantes.

 

La  década de los  setenta  permite  en  medio  de la  lucha  contra  las  ilusiones  reformistas y en el  proceso  de la  defensa  del  camino independiente  de las  masas,  descubrir  aquello que nace  y  que  porta,  en su  seno,  pese  a sus  factores  embrionarios,  dispersos  y  muchas  veces  espontáneos,  lo  sustantivo  de la  experiencia  revolucionaria:  la  democracia  directa  y sus   organismos  representativos:  los  Frentes  de  Defensa,  la  Autodefensa de masas,  las  Asambleas  Populares.

 

Con  esta  adquisición,  la  revolución  peruana  da un  salto  gigantesco  y  encuentra,  por  decir  así,  la  vía  por  donde  transitaremos  en la  construcción  de un  proceso  revolucionario  original,  de  masas,  profundamente  democrático,  cuyas  consecuencias   y  resultantes  poseen  una  proyección  estratégica  que  está  más  allá  de  lo  meramente  coyuntural  o  transitorio.   La  estrategia  revolucionaria,  a  partir de esta  experiencia,  se  enriquece de tal  manera  y en tal  grado  que  podemos  señalar  que,  con   el  surgimiento  de la  democracia  directa,  estamos  en  condiciones  de proyectarnos  como   auténtica  alternativa  de  Poder  y de  transformación  democrática  revolucionaria  de la  sociedad,  integrando  a  esta  batalla  a  amplísimos  sectores  del  pueblo  como  sus  protagonistas  fundamentales.

 

"Quién  no  entiende  la  vinculación de la  democracia  directa  con  la  cuestión  del   Estado...  no  entiende  nada  de  su  contenido,  ni de sus  posibilidades   revolucionarias".

 

Hasta  aquí,  por  razones  que no  es del   caso  abordar  en  detalle,  los  marxistas  en el  Perú  asumieron   por  lo  general  un  rol  de  oposición  y  de   cuestionamiento  del  sistema  económico-social.  De  allí  su  gran  limitación para   canalizar  el  potencial engendrado   por el  movimiento  espontáneo  y  ascensional  de  masas,  para  superar  el  ordenamiento  existente  y  ofrecer  una  alternativa  estatal   y de gobierno  cualitativamente  distinta,  para  preparar  el  gran   ejército  revolucionario  que es  el  pueblo  movilizado  en la  batalla  por la  realización  de la  democracia  y la  independencia  nacional,  por el   socialismo  como  continuación  inevitable  de  aquellas.

 

Una  izquierda  revolucionaria que se  muestre  incapaz   de  sobrepasar  los  límites  que  caracterizan  al   actual  sistema  económico  y  social  y  su   ordenamiento  estatal,  devendrá  inevitablemente  una  opción  reformista,  meramente  oposicionista.  Esto  es lo  que  ha  ocurrido  en la  generalidad  de los  casos  hasta  el  presente.  Se  trata  entonces  de  cuestionar  el  sistema  en   todos  sus  elementos  y,  simultáneamente  proponer  y  realizar  una  opción  alternativa  transformadora  que,  sintetizada  en un  programa  revolucionario,  tenga  su  correspondiente  expresión  en formas organizativas  y  de  acción  que  expresen  o  plasmen  la  sustitución  revolucionaria  de lo  viejo  por lo  nuevo.

 

Aquí  es  donde  se  realiza  la  interrelación  dialéctica entre la  vanguardia  y las  masas,  entre  el  movimiento  consciente  y la  espontaneidad  creadora  del  pueblo  en  lucha.  Tal  proceso  no  podría  realizarse  dentro de los  parámetros  de la  institucionalidad existente,  en  crisis  y  agotada,  de  hecho  conservadora,  sin forzar  y  romperla  bajo  el  peso  de la  dinámica  ascensional  de la  lucha  revolucionaria  de las  masas.

 

La  democracia  directa,  sus  formas  organizadas,  su  depuración  y  afirmación  como  opciones  democrático-revolucionarias,  por  lo   general  adquieren  mayor  pureza  y  fuerza  en  el  curso  de la  lucha  ascendente,  casi  nunca  en la  pasividad  o en  medio  del  reflujo o la  derrota  de las  masas  a  través  de la  confrontación  de  clases,  nunca  en  medio  de la  conciliación;  como  respuesta  revolucionaria  a la  crisis  orgánica  de la  sociedad semicolonial,  de  capitalismo  atrasado  y  como   cuestionamiento  al  autoritarismo,  nunca   como  mecanismo  engendrado  por  éstas  o  atendibles  en los  marcos  del  sistema  actual.  De  allí   su  carácter  profundamente  subversivo,  en  el  sentido  más  profundo  del   término,  su  rol  cuestionador  y,  al  mismo  tiempo,  alternativo  democrático-revolucionario.

 

Desde  luego que este  proceso surgido  en  medio  del  despertar   espontáneo de las masas, de sus  luchas,  es  insuficiente   por  sí  mismo  para  evidenciar  todas  sus  potencialidades  y posibilidades.  Pese   a la  enorme  riqueza  que  ofrece  el  movimiento espontáneo  por  lo  general  no  está  en  condiciones  de  escapar   de los  linderos  del  sistema  económico  y  político,  excepto  en  períodos de ascenso  revolucionario.  La  experiencia  histórica es  sumamente  ilustrativa  al  respecto.  Así   se  explica por qué,  bajo  determinadas  condiciones,  termine  casi  siempre  reabsorbido  en sus  elementos  básicos  por  el  mismo  sistema,  en todo  caso,  neutralizado  o  desnaturalizado,  que al  fin  de  cuentas es  igual.  Esto  ya  ocurrió  en  el  pasado,  y  puede   ocurrir  en la  actualidad.  Se   trata  precisamente  de que las  cosas  tengan  un  rumbo  positivo  y  de  que  la  revolución  encuentre   en la  democracia  directa  un  punto  de  apoyo  fundamental.

 

 

De  aquí  la  importancia  de resumir  críticamente la  experiencia acumulada para  establecer  con  precisión los  rasgos sustantivos,  de  orden  estratégico,  implícitos  en los  órganos  de la  democracia  directa,  de  modo  que  estemos  en  condiciones  de  avanzar  en su   generalización  teórica,  en su construcción  como  componentes  fundamentales  de  la organización  democrática  revolucionaria  de la  sociedad;  que  se  torne  bandera de  lucha  popular  y  opción  alternativa  a la  democracia  formal,  a todo   ordenamiento  autoritario  de la  sociedad,  haciéndose conciencia y  acción  en las  masas,  sus  únicas  depositarias.

 

Es que  en la  lucha  por el  Poder  democrático  popular,  los  órganos  de la  democracia  directa  tienen  un  rol  decisivo  que  jugar.  Desprovistos  de este  contenido,  no  depurados  de los  aditamentos espontáneos,  gremialistas  o  coyunturalistas  que todavía  conservan, reducidos al  rol  de  medios  para la  lucha  reivindicativa  local  o  regional,  los  órganos  de la  democracia  directa  pierden  su  potencialidad y se  agotan  como   factor  revolucionario.

 

El   balance  que  podemos  hacer  desde su   surgimiento  en la  década  pasada,  de los  niveles  programáticos u  organizativos  alcanzados,  permite  concluir que,  lamentablemente,   más de las  veces  continúan  siendo  expresiones  del  movimiento  espontáneo  básicamente reivindicacionistas,  y  por  eso  mismo intermitentes,  dispersos,  faltos de  continuidad y de la  energía  que  les  corresponde.  En  suma, todavía  fuertemente cargados  de  ataduras  inmediatistas y no  precisamente  factores vertebradores del  acción revolucionario  de las  masas  en la  lucha  por  el  Poder popular  y  por la  realización  de las  tareas  democráticas y  nacionales.  Aquí  radica la  esencia  del  reto  que  asumimos  los  comunistas.  Reto   que  estamos  convencidos  cumpliremos  con  éxito.

 

Para  el  Partido  el  problema  crucial a  resolver  se  centra  en  lo  siguiente:

Originar  un  salto  cualitativo en la  estructuración,  plasmación,  construcción  y extensión a  escala  nacional  de los  órganos  de la  democracia  directa,  de  tal  manera  que  emerjan  centralmente  como  la  expresión  más  profunda  de la  organización  democrático-revolucionaria de las  masas,  bajo  la  dirección  del  proletariado  peruano.  No es  casual  entonces que  consideremos esta  tarea como  fundamental  a lo  largo  de  este  período,  consagrando a  ella  lo  mejor  de  nuestras fuerzas,  preocupaciones e  iniciativas.

 

Lo   expresado hasta  aquí no  significa que  descuidemos otros  terrenos de  lucha.  Nada de  eso.  Significa  solamente que el  centro  de  gravedad  del  trabajo  partidario  deberá  concentrarse  en la  realización  de  esta  tarea.  Pues  de sus  resultados  dependerá  en  grado  considerable,  si  estaremos en  capacidad de  asumir  o no,  en  todas  sus  consecuencias,  la situación revolucionaria  que se  prevé,  consiguientemente el  viraje  de las masas  a la  revolución  y la  inevitable  polarización  y  confrontación entre  revolución  y  contrarrevolución.

 

 

II. LA  TEORIA  COMO  GENERALIZACIÓN  DE LA  PRÁCTICA.

 

 

La  circunstancia de que  a la  democracia directa de  masas  y  consecuentemente  a  sus  formas de  organización  de  organización,  se les  preste  recién  la  importancia  que le  corresponde,  tiene  que ver,   entre  otros,  por  lo   menos  con los  siguientes  factores:  en  primer  lugar,  a la  manera  estereotipada  y  dogmática  de  entender  la  revolución  peruana,  que  ha  impedido  discernir  adecuadamente  los  elementos  nuevos  que  surgen  de las  entrañas  mismas  de la  lucha  de  clases  en  el  país.  En  segundo  lugar,  como  producto de  remanentes  revisionistas,  cuyo  rasgo  básico  consiste  en subestimar  el  potencial  revolucionario  del  movimiento  de  masas,  se  ha  tendido  a  exagerar   las  formas  de  luchas  y de  organización emanados  de la  democracia  burguesa  formal  y de  sus   instituciones.   En   tercer  lugar,  resultante  de la  chatura  economicista  e  inmediatista  que  impide  ir  más   allá   de  lo  cotidiano,  que embota  la  conciencia y  obstruye  la  organización  revolucionaria del  proletariado.  Finalmente,  una  percepción  formalista  de las  exigencias revolucionarias,  según  la  cual  el  problema  se  reduce  a los  medios  para  conquistar  el  Poder,  perdiendo de vista  la  participación  de  las  masas  en  este  proceso  y,  lo que  es  más  importante,  despreocupándose  por  completo  de la  cuestión  de cómo  construir  la  nueva  sociedad y el  nuevo  Estado  democrático popular;  cómo,  desde  ya,  entender la  construcción del  Partido  y la  organización  revolucionaria  de las  masas  como  prefiguración  de la  nueva   sociedad  en que  estamos  empeñados.

 

 

"En  la  lucha  revolucionaria  por  el  poder  popular  y el  socialismo,  no  es   suficiente  el  planteo  de  las  formas  de  lucha  adecuadas  a  tal  fin;  es  igualmente  indispensable establecer  el  cómo  se  construirá  la  nueva  sociedad  que  emerja   de la  revolución  victoriosa".

 

De  aquí  la  imposibilidad  de  entender  la  teoría  como  generalización  de la  práctica;  y  ésta  como   hecho  que se   enriquece,  potencia  y   desarrolla  si  es  alumbrada  por  una  teoría  revolucionaria.

 

Luego  de la  muerte  de  Mariátegui  es  muy  poco  lo  que  se ha  avanzado  en el  terreno  de la  teorización  de la  revolución  peruana.  En   parte  debido  a la  distorsionada  manera  de  entender  el  marxismo,  sea  en  su  versión  dogmática  e  “izquierdista”.   Y,  en   parte,   consecuencia  de lo  anterior,  por la  incapacidad  para  conocer  en  profundidad  la  realidad  económica  y  social  del   país,  penetrar   en su  historia,  descubrir  los  elementos  nuevos  que  surgen  en  el  seno  del  vasto  movimiento  popular  a la  espera  de su  generalización  teórica.

 

Esto,  explica  también  el  enorme  retraso  teórico  que  cargamos   respecto  de la  experiencia  práctica  de las  masas  y las  del  mismo  Partido  a lo  largo  de su  prolongada  existencia.  Como  resultado  de  esta  constatación  advertimos  una  grave  tendencia  espontaneísta  que  ha  posibilitado   en   determinados  períodos  de su  historia,  sumergir  a la  vanguardia en  la   estrechez  de las  reivindicaciones  parciales o el  movimiento  económico  de los  trabajadores.

 

En  las  condiciones   señaladas,  era  virtualmente  imposible  el  desarrollo  vigoroso  de la  teoría  revolucionaria  en  el  Perú.  Imposible,  igualmente,   sacar  lecciones  de la  historia,  generalizar  teóricamente  la  experiencia  práctica,  advertir  el  surgimiento  de lo  nuevo  separando  la  paja  del   grano.   Finalmente,  enriquecer  el  acervo  revolucionario  acumulado  transformando  todo  aquello  que  tiene  de  espontáneo,  disperso  aparentemente  casual,  en  factor  consciente,   organizando,  fundamentando científicamente,  organizado,   fundamentado  científicamente.

 

En  estas  circunstancias,  la  exigencia  cotidiana,  el   quehacer  diario,  los  objetivos  parciales,  terminan  por  reducir  la  actividad  política  revolucionaria  a  mera  inmediatez,  a  la  adaptación  al   estado  de  cosas  existente,  perdiendo  de  vista  su  producto  sentido  transformador  y  creador.

 

Con  el   surgimiento  de las  Asambleas  Populares,  la  cuestión   del  Poder  del  Estado  democrático  popular  adquiere  connotación  práctica,  señalando  la  factibilidad  de su  construcción  por  las  propias  masas,  bajo  la  dirección   de los  comunistas.  Ocurre  otro  tanto  con  la  Autodefensa  de  Masas,  que  permite  descubrir  una  vía  original  en  el  esfuerzo  por la  organización   de la  resistencia  popular  según  el  principio  de:  el  pueblo  en  armas.  Ni   qué  decir  de las  potencialidades  de  Frente  Único  que  encierran   los  Frentes  de  Defensa.

 

El  sustento  teórico  que  da   consistencia  a la  cuestión  planteada   reside  en  lo  siguiente:  en  la lucha  revolucionaria  por el  poder  popular  y el  socialismo,  no  es   suficiente  el  planteo  de  las  formas   de  luchas  adecuadas  a  tal  fin;  es igualmente  indispensable  establecer  el  cómo  se  construirá  la  nueva  sociedad  que  emerja  de la  revolución  victoriosa,  la  nueva  organización  estatal.  Este  "¿cómo  construir?"  involucra,  a   su  vez,  la  cuestión de  conocer  y  desarrollar  sus  elementos  básicos  cuya  gestación  comienza  con  anterioridad  a la  propia  conquista  del  Poder  a  escala  nacional,  prefigurándose,  en  primer  lugar,  en  la  organización  y acción  revolucionaria  de  las  masas;  finalmente,  pese  a   su  carácter  todavía  embrionario,  imperfecto,  muchas  veces  disperso  e  intermitente, en  los  órganos  de  democracia  directa  surgidos,  particularmente  en las  Asambleas  Populares,  que  ya  no  pueden  ser  contenidos  dentro  de los  parámetros   de la  democracia  burguesa  formal  dado  que  representan  su  negación  al  mismo  tiempo  que su  superación  cualitativa.  Y  que,  por  eso  mismo  expresan  la  cristalización  de la  necesidad  de la  revolución  como  requisito  insoslayable  para  resolver  las  contradicciones  económicas,  sociales  y  políticas.

 

En  otras  palabras,  las  formas  de  democracia  directa,  si  se  toma  lo  sustantivo  que los  caracteriza,  ya  no  pueden  ser  contenidas  en  la vieja  institucionalidad;  su  sola  presencia  es la  demostración  de que  las  masas  se  abren  paso  a  nuevas  formas  de institucionalidad  democrático-revolucionaria,  cuyo  porvenir  sólo  puede  ser la  conformación  de  un   nuevo  ordenamiento  estatal,  la  instauración  del  Estado  democrático  popular.

 

A  partir   de  este  punto  de  vista  teórico,  que  la  existencia  práctica  ha  colocado  sobre la  mesa,  es  que  estaremos  en  condiciones  de  calar  la  profunda significación  de los  órganos  de la  democracia  directa  como  necesidad   práctica  actual,  como  uno  de los  factores  centrales  de la  acumulación  revolucionaria de  fuerzas y  como  medio   de  preparación  para  las  grandes  batallas próximas.

 

 

III.     TOMAR  EN  CUENTA  LA  EXPERIENCIA  INTERNACIONAL  DEL  PROLETARIADO  Y  EL  PAPEL  DE LAS  MASAS.

 

 

Tiene indudable  importancia,  para  los  fines  aquí  tratados,  remitirnos  sucintamente  a  determinadas  experiencias  de  significación  internacional  y  a  la  actitud  de los  grandes  maestros  de la  clase obrera    al  valorar  la  "iniciativa  histórica"  de las  masas,  o  al   recoger  los  elementos  nuevos  que  aportan  al  acervo  de la  teoría  y de la  práctica  revolucionarias  del  proletariado.

 

Es  sabido  que  Carlos  Marx   apreció  altamente  el  significado  histórico  de  la  comuna  de París.   Vio  en  ella,  en  efecto,  pese  a  cualquier  error  de los  insurrectos,  la  proeza  más  gloriosa de los  trabajadores  franceses:  "un  gobierno  de la  clase  obrera,  fruto  de  la  lucha de la  clase  obrera,  fruto  de la  lucha  de la  clase  productora  contra  la  clase  apropiadora,  la  forma  política  al  fin  descubierta  para  llevar  a  cabo  dentro  de  ella  la  emancipación  económica  del   trabajo"  (1).  En  suma,  el  primer ejemplo  concreto e  inobjetable de la  dictadura  del  proletariado.

 

"¡Qué  flexibilidad,  qué  iniciativa  histórica y  qué  capacidad  de  sacrificio  tienen  estos  parisienses!" "!La  historia  no  conocía  hasta  ahora  semejante ejemplo  de  heroísmo!"   escribió  exultante  a  Kugelmann  en  abril  de  1871.

 

Tal   la  apreciación  de un  movimiento  revolucionario que  surgió  espontáneamente,  sin  que  nadie  la  prepara  de  antemano  ni  la  organizara  consciente  ni  sistemáticamente;  que  instauró  por  primera  vez  el  Poder  de la  clase  obrera  en  medio  de la  crisis  provocada  por  la  guerra,  el  cerco  de las  tropas  alemanas  sobre París,  la  indignación  de los  sectores populares  frente   a  la  gobernante  que  había  demostrado  su  incapacidad  absoluta  y  su   descomposición,   y la  efervescencia   revolucionaria  de  los  trabajadores.

 

La  revolución  del   18  de  marzo  de  1871,  emerge  como  la  síntesis  de un  período  de  crisis  muy  profundo  que  puso inesperadamente, por  decir  así,  el  poder   en  manos  de la  Guardia  Nacional  y,  a  través  de  ésta,   en  manos  de  la  clase  obrera  y la  pequeña  burguesía.

 

Pero  Marx  no  se  contenta  con  reconocer las  proezas  del  proletariado  parisiense  que se  "atrevió  a  tomar  el  cielo  por  asalto".  Va  hasta  el  fondo  del  problema,  lo  estudia  en  todos  sus  aspectos,  se  propone  aprender de la  gesta  heroica  de las  masas  y  extraer  de  esa  experiencia  conclusiones  teóricas  científicamente fundadas  que,  además  de  confirmar  sus  tesis  sobre  la  cuestión   del  Estado  y la  revolución  proletaria,  las  enriquezcan  y  completen.

 

¡Sí.   Carlos  Marx  sabía  confrontar  con la  práctica sus  conclusiones  teóricas, sabía  aprender de las  masas  con  modestia  y  extraer  de sus  luchas  consecuencias  certeras!.

 

A  partir  de  la  Comuna de París,  y como  adquisición de  ésta,  quedaba  plenamente confirmada  la  teoría  de la  dictadura  del  proletariado  en la  revolución  social,  dado  que  la conquista del  Poder  no  podía  limitarse  al  paso  de  una  mano  a  otra  del  aparato  burocrático  militar,  sino   que  éste  debía  ser  "demolido"  como  condición  previa  de toda   revolución  popular".

 

Nada  más  ilustrativo  para  considerar  en toda  su  dimensión  lo  que   esto  significa,  que  recoger   las  palabras  de  Lenin:

 

"En   setiembre  de  1870,  Marx  calificaba  la  insurrección  de  locura.  Pero,  cuando  las  masas  se  sublevan,  Marx   quiere  marchar  con  ellas,  aprender  al  lado de las  masas,  en  el  curso  mismo  de la  lucha,  y  no   dedicarse  a  darle  consejos  burocráticos.  Marx  comprende  que los  intentos  de  prever  de  antemano, con  toda  precisión,  las  probabilidades  de  éxito,  no  serían  más que  charlatanería  o  vacua  pedantería.  Marx  pone,  por  encima  de  todo,  el que la  clase  obrera  crea  la  historia  mundial  heroicamente,  abnegadamente  y  con  iniciativa.  Marx  consideraba a la  historia  desde  el  punto de vista de sus  creadores,  sin tener la posibilidad de prever  de antemano, de modo infalible, las  posibilidades de  éxito,  y no  desde el  punto  de vista filisteo  intelectual que viene  con la  moraleja de que  'era  fácil  prever...' " (2) .

 

Hoy  cuando  cunde cierto  cretinismo  electoral,  en  que el  triunfalismo comienza a  hacer  carne en ciertos círculos de la  izquierda,  en que se  desconfía de las  masas,  de su  iniciativa,  de su  radicalidad,  de su  acción "plebeya",  no  está  demás  retornar a los  grandes creadores  del  marxismo para  quienes  la  "iniciativa  histórica "  de la  clase  obrera  y el  pueblo  siempre  fue  un  asunto de  vital  importancia  en  la  revolución.

 

Si  la  Comuna  de  París  significó  un   salto  gigantesco  en  la  práctica  revolucionaria  del  proletariado  y  en  la  elaboración  de la  teoría  marxista del  Estado  y la  revolución,  la  aparición de los  soviets  en la  Revolución  de  1905  como  creación  espontánea  del  proletariado  ruso,  permitió  avanzar  aún  más  en  esta  dirección.   Los  sóviets  (esto  es las  asambleas  de  diputados  obreros)  tienen  un  origen  bastante  modesto.  Nacen  como  representación  de los  trabajadores,  autorizada  por  los  funcionarios  zaristas,  para  luchar  por  mejoras  económicas. Más  adelante  devienen  centro  de dirección del  movimiento  huelguístico.  El   primer  sóviet de  diputados  obreros  se  formó  el  15  de  mayo  de  1905  en  Ivánovo  Vosnesiensk,  distrito  textil  moscovita,  asumiendo  funciones de  Comité  de  Huelga,  convirtiéndose  con  enorme  rapidez  en la  primera  representación  abierta de los  intereses  de toda la  ciudad.   En  julio,  se  organizó  otro  sóviet en  Kostromá,  en  setiembre   surgieron  otros  en  diversos   gremios  de  Moscú.  Con la  insurrección  de  diciembre  los sóviet   se  expanden  a  diversos  lugares   de  Rusia  alcanzando  su  expresión  más  completa,  es  decir,  asumiendo  ya  formas  embrionarias  de un  nuevo  Poder  revolucionario,  en  Petersburgo,  donde   estuvo  en  funciones  públicas  e  ininterrumpidamente  durante  50  días,  hasta  que  fue  vencida  por la contrarrevolución  zarista. 

 

La  fuerza  de los  sóviet  descansaba  en la  potencia del  ascenso  revolucionario  de las  masas  trabajadoras,  en  su  insurgencia,  rompiendo  por la  vía   de los  hechos  las  trabas  impuestas  por el  zarismo;  pero  también  en la  debilidad  de éste,  en la  inseguridad  y  vacilaciones  del  gobierno,  en su  pérdida  de la  iniciativa  política  que  lo  obligó  a  dar  un   paso  atrás  para  preparar  la  ofensiva  contrarrevolucionaria.

 

Esta  debilidad  y  desorganización  del  aparato  gubernativo  facilitaron  las  condiciones para  que  los  sóviet  asumieran  en  el  curso  de la  revolución  atribuciones  de  poder.  Los  sóviets  fueron,  en  efecto,  en su  momento  cenital,  embriones  marcadamente definidos  de la  dictadura  del  proletariado.  La  revolución  de Febrero  de 1917  sería impensable sin  remitirse  a la  experiencia  de  1905.  La  Revolución  de  Octubre,  dirigida  por  Lenin,  encontró  en los  sóviets depurados  de sus  elementos corporativos,  la nueva  forma de  organización  estatal  del  proletariado,  de su   dictadura  de clase.

 

Lenin  hizo  una  valoración  completa  de la  Revolución  de  190  y  extrajo  de  ella  conclusiones  teóricas  de  extraordinaria  importancia,  sumamente  útiles  para  entender  nosotros  el  significado  y las  posibilidades  que  encierran  los  órganos  de la  democracia  directa  surgidos  en  estos  últimos  años.  En  lo  que  concierne  a la  experiencia  de los  sóviets,  escribió  una  serie  de  artículos en  el  curso  del "torbellino"  revolucionario.  Es,  sin  embargo,  en  su  folleto  "El  triunfo  de los  kadetes  y las  tareas  del  partido  obrero",  escrito  en  marzo  de  1906,  donde  nace  el   resumen  más  completo,  el  mismo  que  será  enriquecido en  una  serie  de  trabajos  posteriores,  sobre todo  luego  de la  Revolución  de  Febrero  de  1917.

 

Estas  conclusiones  pueden   resumirse   en  las  siguientes:

 

1.         En  medio  del  "torbellino" revolucionario  el  pueblo  "tomó  la libertad política,  la  puso  en  práctica,  sin  (someterse)  a  ninguna  clase   de  leyes  y  sin  restricción  alguna"; 

 

2.         "Los  sóviets  de  diputados  obreros,  soldados  y  campesinos... fueron   creados exclusivamente   por las  capas  revolucionarias  de la  población,  al  margen  de leyes  y  normas,  por  vía  netamente  revolucionaria,  como  expresión  de la  inventiva  del  pueblo";

 

3.         Los  sóviets  fueron  realmente  "órganos  del  poder,  pese  a  su   carácter embrionario,  elemental y  amorfo, pese  a  lo  impreciso de su  composición  y  funcionamiento",  pues  "este  poder  no   se conocía  ningún  otro  poder,   ninguna  ley,   ninguna  norma" (confiscaron  imprentas,  detuvieron  altos  funcionarios,  administraron  justicia,  armaron  a la  clase,  etc.).

De  allí  que  "por su   carácter  político  y  social  esto  fue,  en  embrión,  una  dictadura  de los  elementos  revolucionarios  del  pueblo".

 

4.         La  "fuerza  en  que  se  apoyaba  este  nuevo  poder  no  era  la  de las bayonetas... ni  la  del  destacamento  policial  ni  la   fuerza  del  dinero..."  "Se  apoyaba  en  las  masas  populares.  He  aquí  la  diferencia  fundamental -continúa  Lenin-  entre  el  nuevo  poder  y  todos los  órganos  anteriores  del  antiguo  poder";

 

5.         Los  sóviets  son  "un  poder  abierto a  todos,  que  actúa  a la  vista  de las masas,  accesible  a las  masas,   surgido  directamente  de las masas,  órgano  directo  de las  masas  populares  y  ejecutor  de su  voluntad",   pues se  trata  de  que   "ellas   mismas  tomen   directamente  en  sus manos  los  organismos  del  poder  del  Estado y  formen  ellas  mismas  las  instituciones  de  ese  Poder":

 

6.         El  nuevo   poder  "no  cae   del  cielo,  sino  que  surge  y  crece  a la  par   del antiguo poder, en  oposición a  él, en  lucha contra él",  dado  que su  objetivo es  "demoler  esa máquina  del  Estado (reaccionario) y  sustituirla  por  otra";  por la  dictadura  del  proletariado (3.).

 

Tales  las  enseñanzas  fundamentales que  extrae   Lenin   de la  Revolución  de  1905,   sobre   este  particular.

 

La  Revolución  China,  como  es  sabido,  siguió   un  curso  particular  al  mismo  tiempo  que  complejo. No   está  en  nuestro  interés  inmediato  abordarlo  en  su  conjunto,  sino  más  bien  remitirnos  a un  período  que  guarda  ciertas  similitudes  con la  experiencia  nuestra,  sobre  todo  con la  del  movimiento  campesino  peruano  de  principios   de la  década  de los  sesenta.

 

La  revolución  de  1925-1927  se  encontraba,  a  principios  de  este  último  año,  en  pleno  auge. La  expedición  del  Ejército  Nacional  Revolucionario  contra el  Norte,  dirigido  por el  Kuomintang con la  participación  predominante  del  Partido  Comunista,  avanzaba de  victoria  en  victoria.  Todavía  no se   había  desatado  la  contrarrevolución  del  ala  derechista  del  Kuomintang  encabezada  por  Chang  Kai-shek.  La  provincia  de  Junán  era  en  ese  período  el  centro del  movimiento  campesino de China,   donde  entre mayo  de  1926  y  enero   de  1927  crecieron   vertiginosamente  las  asociaciones  campesinas,  hasta  contar   con  dos   millones  de  afiliados  y  con  masas  de más  de 10  millones   bajo  su  inmediata  dirección.

 

Mao  Zedong  realizó  una  investigación  en  el   mismo  escenario   de los  hechos  durante  23   días.   El  resultado  fue  el   famoso  "Informe  sobre la  investigación  del  movimiento  campesino de  Junán"  muchas  veces  citado   entre  nosotros  pero  muy  poco   comprendido.

 

El  genio   de Mao  se ve en  este  documento  con  trazos  indelebles.  No  se  limita   a  constatar  el  auge  del  movimiento  campesino.   Tampoco  se  contenta  con  hacer   una  detallada  explicación  de los  hechos.  Mientras  la  dirección  oportunista  del Partido  encabezada  por Chen Tu-siu  cede  a las   presiones  de la  derecha  del  Kuomintang  y  termina  por  capitular  vergonzosamente,  condenando la  revolución  a la  derrota;  Mao  Zedong  constata  en  el   poderoso  auge   del  movimiento  campesino  una  reserva  fundamental   y  un  punto de  apoyo  básico para continuar  la  lucha  y  afirmar  la  alianza  obrero-campesina,  tanto  más  indispensable  cuanto  que la  burguesía  nacional  vacilaba  al  igual que la  pequeña  burguesía.

 

"Lo  fundamental   de  todo   proceso   auténticamente  revolucionario  reside   en la insurgencia  de las  masas,  en  que  éstas  toman  en  sus  manos  su  propio  destino...   y  comienzan  a  construir,   con  iniciativa,  lo  nuevo".

 

En   este  contexto,  ¿Cuál  es el   elemento  fundamental que  contiene  dicho  informe? ¿Cuáles  sus  conclusiones  esenciales?   A  nuestro   juicio,  las  siguientes:

 

1.         La   comprobación  de que el   ascenso  impetuoso  del  movimiento democrático-revolucionario  de los  campesinos  ha dado  paso  a la  “realización   en  el  campo  de una  revolución   nunca  antes  vista en la  historia”   de  China.

Una  revolución,  en  efecto,  pese  a la  espontaneidad  en que  se  desarrolla, pues  “las  asociaciones   campesinas  han  pasado  a ser  los  únicos  órganos  de  Poder”  una  vez   derrocado  el  Poder  local  de los  terratenientes, haciendo  realidad  la  consigna.  “Todo  el  poder  a  las  asociaciones  campesinas”  Poder  real  y  no   formal  ni   ficticio,  puesto   que  “ningún  asunto  se  arregla  sin la  presencia  de la  gente  de la  asociación”  y  los  “milenarios  privilegios  de los  terratenientes  feudales  caen   hechos  añicos,  y  toda  su  dignidad y  arrogancia  son  arrastrados  por el  suelo”.  La  insurgencia  de  millones  de  campesinos  ha  acabado  con la  propiedad  feudal  de la  tierra,  con   el  poder  local  de los  terratenientes,  con  sus  prerrogativas  sociales,  con sus  cadenas  ideológicas.  ¡Sí,  en  efecto,  los  campesinos,  los  oprimidos  del  campo,  “realizaron  una  revolución  nunca  vista”  hasta   ese   entonces  en  China!.

 

2.         Como  consecuencia  de ello  la  ola  ascendente  de  millones  de  campesinos insurrectos  trastocó  completamente  el  “orden”  hasta  entonces  dominantes,  dando  paso  a la  instalación  de un  nuevo  orden en  todas  las  esferas.  Y  no  porque  ya  existiese un  nuevo  Poder  depurado de  aditamentos  corporativos,  científicamente  fundado,  sino  pese   a  su  característica  aún  espontánea,  difusa,  embrionaria,  limitada  al   ámbito  de una  región,  pero  que  lleva  en  su  seno  las  potencialidades  propias  de  un  poder   democrático-revolucionario.  Para  que se  produjese   esta  depuración  era  indispensable  la  presencia  dirigente  de la  clase  obrera,  su  rol  hegemónico   como  clase  portadora  de la  nueva  sociedad,  desde  el  momento  en  que  la  democracia  burguesa   resultaba  siendo  insuficiente  para  contener  toda la  riqueza  y la  radicalidad  impresos  por el  movimiento  campesino  en  ascenso.

 

3.         Son  las  masas  campesinas  las  gestoras  de  estos   cambios  profundos,  sobre todo  sus  sectores  pobres  y  medios  de  capa  inferior,   quiénes  asumen  sus  factores  radicales  y  más  consecuentemente  revolucionarios.  Los  campesinos  no  se   contentan  con  ciertas  reformas  ni  la   consecución de  ciertas   reivindicaciones  parciales.  Derrocan   a la  clase  terrateniente  feudal,  aplastan  por  medio  de la  violencia  a  los  esbirros  armados   de  ésta.  Para  ello  recurren,  en  primer  lugar,  a la  fuerza   del  número  (millones  de  campesinos alzados  a la  lucha,  organizados  en las  asociaciones  campesinas).  En   segundo  lugar,  a  la  violencia  para  destrozar  los  aparatos  coercitivos  de  que  se   valieron  los  terratenientes  a  fin  de  conservar  y  eternizar  su  poder.  En   tercer  lugar,  apoyándose  en la  fuerza  someten   a  los  terratenientes  a  la  “dictadura  popular”,  al  mismo  tiempo  que  neutralizan  a  los  sectores  intermedios  del  campo.   La  pieza  clave  son  incuestionablemente  las  asociaciones  campesinas  que  han  dejado  de  ser  mera  organización  corporativa  o  gremial.

 

4.         Pero  los  campesinos  insurrectos  no  se  contentan  con  quebrarle  el  espinazo a  los  terratenientes.  Crean,  simultáneamente,  una  nueva  institucionalidad,  nuevos  hábitos  y  normas,  una  nueva  moralidad  que  ni  miles  y  miles  de  decretos  o  disposiciones  burocráticas  están  en  condiciones  de  efectivizar,  con  sencillez,  eficacia  y  profundidad.  “Allí  donde  la  asociación  campesina  es  poderosa –comprueba  Mao  Zedong-  los  juegos  de  azar  han  sido  prohibidos  y  han  desaparecido  totalmente  y,  el   bandolerismo  se  ha  eliminado.  En  algunos  lugares,  es  realmente  cierto  que  nadie  se  guarda  lo  que  encuentra  en  el   camino  y  que   no  se  trancan   las  puertas  por la  noche”  Así  de   simple.

 

5.         Las  asociaciones   campesinas  crean   sus   propias   milicias,  esto   es  los “destacamentos   armados  de  picas”  bajo  su  dirección.  Se  hace   realidad,  por   propia  iniciativa  de los  campesinos,  la  consigna  de  ¡Pueblo  en  armas!.

 

6.         Fueron   creados  los "consejos  conjuntos  de la  administración   local  y  las organizaciones  de  masas",  adoptando  un  "sistema  democrático"   en  su  esencia  como  en  su   forma.  El   proceso  de  democratización  ha  seguido  un  curso  acelerado  comprometiendo  a vastos  contingentes  campesinos,  integrando  a las  mujeres  y   a  la  juventud,  rompiendo   de  hecho viejas  ataduras  y  prejuicios  feudales,  socavando  severamente  "la  ideología  y  el  sistema  feudal  patriarcal"  basados  en  la  autoridad  política  de los  terratenientes,  de  clan,  religiosa  y  marital.

 

Desde  luego  que  el   movimiento  campesino  de  Junán  que  investiga  Mao  Zedong  tiene  limitaciones  importantes  y  está  lejos  de ser  una  revolución  victoriosa.  Pero  es  lo  suficientemente  significativo  y  creativo  para  hacer  evidente  que  lo  fundamental  de todo  proceso  auténticamente  revolucionario  reside  en  la  insurgencia  de las  masas,  en  que  éstas  toman  en  sus  propias  manos  su  destino,  en  que  socavan  y  destruyen  el  viejo  "orden"  y  comienzan  a  construir,  con  iniciativa,  el  nuevo.  El  problema  central  es  siempre  la  cuestión  del  Poder.  Así  fue  en  la  Comuna  de París.  Los  sóviets  no  hicieron  otra  cosa  que  ratificarlo.  Y  así  es  también  en la  experiencia,  sin  duda  más  limitada  que las  anteriores  pero  no  por  ello  menos  importante,  del  campesinado  insurgente  de  Junán,  en  China.

 

En  lo  que va   de  este  siglo   contamos  en   el  Perú  con  no  pocas  experiencias  que  tienen alguna   similitud.  Situaciones  distintas  y  de  diversas  magnitudes  originan,  desde  luego,  consecuencias  igualmente  diferentes.  Pero  ello  no  es  obstáculo  para  descubrir  elementos  comunes  a toda  insurgencia   popular,  tanto  más  cuanto  que  éstas  llevan  un  sello  definitivamente  revolucionario.  Basta  recordar  la  insurrección  de Trujillo  en  1932,  el  poderoso  movimiento  campesino  del  Cusco   a  principios   de los  60,  el   movimiento  campesino  de  Andahuaylas  de  mediados  de los  70  y,  más  recientemente  la  experiencia  de las  Rondas  Campesinas  de Chota  o  las  Asambleas  Populares  en  gestación  o  los  movimientos   huelguísticos  regionales  encabezados   por los  Frentes  de  Defensa.  Si   bien  estas  experiencias,  en  particular  las  últimas,  tienen  un  alcance  aún  limitado,  no  por ello  dejan  de  mostrar  sus  enormes  potencialidades,  su  insurgencia  como  órganos   de la  democracia   directa  que  prefiguran,  aún  cuando  imperfecta,  intermitente  o  débilmente,  el  Poder   popular  que  debemos,  obligatoriamente,  conquistar  y  construir. 

 

Una   cosa es,  definitivamente,  cierta:  toda  revolución  es la  obra  multitudinaria  de las  masas  y  de una  vanguardia  capaz  de  dirigirlas  certeramente.  Sepamos,  continuando  a  Marx.,  Lenin  y  Mao  Zedong,  asumir  la  "iniciativa  histórica"  de las  masas  de  nuestro  país,  su  enorme  creatividad,   aprendiendo  con  modestia  pero  con  rigor  científico  lo  que  aportan en  medio  de sus   combates,  en  sus  éxitos  y en sus  derrotas,  al  acervo  revolucionario   del  pueblo  peruano.

 

 

 

IV       CONDICIONES    OBJETIVAS  Y  FACTORES  SUBJETIVOS.

 

 

            Entramos   de  lleno  al  motivo   de  este  folleto:  como   entender,  por   qué  y  cómo  construir  los  órganos  de la  democracia  directa,  así  como   la  mutua  correspondencia  y  las  diferencias  entre   éstas.  Lo   expresado  hasta   aquí   tiene  por  motivación  sentar  pautas  generales,  puntos  referenciales,  premisas  necesarias  para  explicarnos  mejor  y en  profundidad  el  problema.

 

            Antes  es  conveniente  que  nos   detengamos  en  un   asunto  que  me  parece  fundamental:  las  circunstancias  en  que  estos  hechos  se  producen. Esto  es  las condiciones  objetivas  en  que  emergen, le dan  vida  y las  potencias.  Las  formas de  democracia  directa no  aparecen  en  cualquier  ni  son  engendradas  ni  maduran  cuando  a  uno  se le  ocurre.  El   factor  subjetivo,  consciente,  opera  allí  donde  están  sentadas  las  condiciones  objetivas  para  ello,  acelerando   o  estancando  su  desarrollo,  potenciando  o  desperdiciando  las  posibilidades  existentes,  canalizando  en  una   dirección  táctica  y   estratégica  establecida  los  factores  favorables.

 

            De  aquí   nuestro   rechazo  a  toda   concepción  voluntarista;  esto  es  a todo  aquello  que  supone  que la  voluntad  antecede   a la  realidad,  perdiendo  de  vista  el  carácter   relativo  del   libre  albedrío  y  que la  voluntad  de los  individuos  deriva  de  leyes  objetivas,  de   condiciones  reales  del  desarrollo  de  la  naturaleza  y  de  la  sociedad.  También  nuestra  oposición  al  espíritu  conservadurista,  típicamente  metafísico,  que  se  conforma  con  lo   ya   alcanzado,  que  se  siente   impotente  para   asir  la  cadena  de los  acontecimiento,  que  es  incapaz  de  descubrir  nada  nuevo,  de   avanzar   y  crear  en  consonancia  con la  realidad  cambiante,  con  las  nuevas  condiciones  a  que  nos  somete  el  desenvolvimiento  incesante  de la  lucha  de  clases.

 

Los  órganos  de la  democracia  directa  surgen  y  se  imponen  bajo   ciertas   condiciones:   en  medio  de la  crisis,  del  resquebrajamiento    de las  instituciones  y  de los  soportes  ideológicos  en  que  se  asienta  el   sistema;  y  como   expresión  de la  insurgencia  de las  masas  que  se  abren  camino,  a  su  modo,   apoyándose  en la  fuerza  del  número,  rompiendo  con  sus  viejas  ilusiones  en  las  posibilidades del  sistema  y de sus   instituciones,  instaurando  por  la  vía  de los  hechos,  de la  práctica,  formas  nuevas   de  organización  y  de  solución   a  los  problemas  que  tiene  al  frente,  independientemente  de que  tengan  clara  conciencia  o  no  de lo  que  están  creando.

 

Cuanto  más  profunda  se  presente  la  crisis  y  más  extensa   y  dinámica  se  manifieste  la  resistencia  de las  masas,  éstas  irán   desechando  los  canales  tradicionales  en  los  que  siempre  se  han  movido,  por  representar  una  traba  para  su  propio  desarrollo.  Que   esta  insurgencia  emerja  por  vía  espontánea  no  modifica  la  esencia  de la  situación,  ni  niega  la  presencia  de  condiciones  reales,  objetivas,  que  la   hacen  posible,  que la  torna  indispensable.   Esto  en  primer  lugar,  la  incompetencia  del  sistema  económico y  social  y  del  régimen  político  existente  para  representarlos,  pues  su  sola  presencia  constituye  demostración  inobjetable  de que la  crisis  compromete  a todos  los  organismos  de la  sociedad,  haciendo  imprescindible  una  nueva  institucionalidad  política  y  una  nueva  organización económica y  social.  En  suma,  que ha  llegado  la  hora  de la  revolución.

 

Las  clases  dominantes  han  levantado  el  mito  de que la  democracia,  la  única  posible,  es  ésta  que  vivimos  y  sufrimos con  intermitencias  y  con  graves  restricciones  y  deformaciones.  El surgimiento de la  democracia,  en  cualesquiera  de sus  formas,  pero  de  modo  particular en las  Asambleas  Populares,  es  un  categórico  mentís  a  esta  afirmación.  Por  donde  se  mire,  aún  en  su  imperfección,  en  sus  limitaciones  y  en sus  rasgos  aún  embrionarios,  son de  hecho  cualitativamente  superiores  a la  democracia  burguesa  formal.  No  exageramos  al  hacer  esta  afirmación.  Las  pruebas  están  a la  vista  de  quienes  deseen  comprobarlas.

 

Mientras  ésta  se  limita  a  procesos  eleccionarios  de  tiempo  en  tiempo  y,  a la  participación  de la  población  en  términos  pasivos;  la democracia  directa, tal  como  puede  demostrarse en  una  u  otra  experiencia,  significa  que las  masas  toman las  cosas  en sus  propias  manos;  que no se limitan  a  elegir  sino  que  extienden  sus  facultades  al  control y  a  la  revocación de sus representantes,  combinando la  capacidad de  decisión con la  función  ejecutiva,    la  función  dirigente  con el  trabajo práctico, desburocratizado  y  simplificado;  la  igualdad  real  entre  dirigentes  y  dirigidos sin privilegios de  ningún tipo.  Allí  donde  los  frentes de  defensa han  asumido  el  control  de las  ciudades  en  los  períodos de huelgas de  carácter regional,  o en  las  rondas  campesinas de  Chota y  Bambamarca,  o  en las  Asambleas Populares,  esta  democracia nueva  ha  hecho  su  aparición.  Presencia  que no  se  limita,  desde  luego,  a  formas de  organización democrática y a  relaciones democráticas  reales entre  las  masas que las  gestan;  sino  que  se  manifiesta igualmente como  formas  de  organización  de tipo  estatal  haciendo realidad,   en no  pocos  casos,  la  organización  armada del  pueblo,  independientemente  de que  esta  última  se presente  todavía  débil y  confusamente,  apoyándose  más  de las  veces en  medios  rudimentarios.

 

Lo  que  importa,  en  última instancia,  no  es  la  forma  ni  los  signos  exteriores de  estos  movimientos,  sino  aquello que  constituye su  esencia,  su  nervio  vital:  su  surgimiento como  una  nueva  forma  de  organización  democrático-revolucionaria de la  sociedad  en la  cual el  pueblo comienza a  ser  el  verdadero  dueño  de su  destino.

 

Con los  órganos  de la  democracia  directa  el  país  ingresa  de  hecho  en  una  nueva  fase  de su  desenvolvimiento  político  y  social.  De  aquí  en  adelante (a  condición  de  otorgarles  todo el  apoyo  que  requieran para su  organización  y de  definir  certeramente  su  rol  alternativo como  organización  democrático-revolucionaria  de la sociedad)  resulta  sumamente  estrecho  el  clásico  oposicionismo  que  caracterizó   la actividad  de la  izquierda  marxista  en  el  Perú.  No  es  suficiente  el  cuestionamiento de la  situación  ni  la  voluntad de  transformarla;    es  igualmente fundamental  forjar las  armas  y los  medios  apropiados,  ser  efectivamente  alternativa, capacidad de  superación  y de construcción  de un   ordenamiento  cualitativamente  nuevo,   que  cimiente el  edificio  del  Poder  Popular  a  conquistar. 

 

"Con  los  órganos  de  democracia  directa  el  país  ingresó  de hecho  en  una  nueva  fase  de su  desenvolvimiento  político  y  social"

 

Los  órganos  de  la  democracia  directa,  aparecen  así  como  este  factor  cuestionador  y,   a la  vez,  superador;  como   alternativa  de  organización  estatal  y  democrática de la  sociedad;  como  la  manifestación  cristalizada de  que,  a  la  par  que  impostergable es  enteramente  factible  comenzar  a  concretar  una  nueva  democracia  construyéndola  desde  abajo,  en  el  curso  del  movimiento  ascensional  y  revolucionario  de las  masas,   al  margen   o  en lucha con la  legalidad  y  la  institucionalidad   existente  y  en  crisis,  como  una   suerte  de  doble poder enfrentado  al  Poder   oficial.

 

Ser  alternativa  revolucionaria  supone,  entonces,  a la  par  que un  programa  y un   objetivo  revolucionario  fundados  en  las  condiciones  objetivas  de la sociedad,  la  forja  de los  instrumentos y de los  medios  que  la  hagan  posible.  Pero  también  comenzar  a  ser  distinto  y  superior  a lo  existente,  prefigurando  en la  propia organización  revolucionaria  de las  masas,  en su  iniciativa  histórica como  en el   partido  mismo,  lo  nuevo  que  nos  proponemos  construir.

 

Cuando  este  movimiento se  convierta   en  una corriente  nacional  afirmada  en  objetivos  claramente democrático-revolucionarios;  cuando  para  las   inmensas  mayorías hoy  postergadas  y  aplastadas,  se  presente  como  su forma de  organización y  de  lucha  natural,  como  la  demostración  de que sí   puede  ser  gobierno  y,  más  aún,  Poder,  entonces  la  revolución  habrá  dado  un  salto  gigantesco  y  estará  más  próxima  la  victoria.

 

Porque   sin   masas,  sobre  todo  sin masas  alzadas   a la  lucha,  organizadas,  dispuestas  a  "tomar  el   cielo  por  asalto",  no  son  concebibles  los  órganos  de   la  democracia  directa,  menos  aún  la  posibilidad  de que  asuman  un  rol  profundamente  revolucionario  y  renovador.  El  rol  de los  comunistas no  es  otro  que  trabajar  arduamente  por  despertar   su  conciencia,  elevar  su  organización, profundizar su  educación,  hacerlas  conscientes  de lo  nuevo  que se  está  creando  y de  los  objetivos  finales a  los que  sirve.  En  suma,  ser  vanguardia,  estado  mayor,  pero  de  ninguna  manera  sustituto  de las  masas en su  proceso  de  emancipación  social  y  económica,  en la  gestación  de la  revolución y la  construcción   de la  nueva  sociedad,  cuyo  objetivo   no  es  otro  que  realizar   el   socialismo   en el  Perú.

 

 

 

V. LOS  FRENTES DE   DEFENSA

 

 

La  primera  forma  de  organización  de masas que  asume  las  características  que  asignamos  a la  democracia  directa,  son  los  frentes de  defensa. La  primera  en el  sentido  de que   aparecen  con  un  grado   bastante  preciso  de  organización, con  niveles de  centralización  y de  dirección  más  o  menos  establecidos,  con   capacidad de  integración  de  amplios  sectores  sociales  más  allá  de las  tradicionales  estructuras  sindicales.  Su  rasgo  básico reside  en el   hecho  de que,  por la  circunstancia  de emerger  en  momentos de  tensiones  sociales  y de  alzamiento  de las masas  a la  lucha,  éstas  le  imprimen  un  sello  profundamente  democrático y  una  característica definitivamente  radical  y  popular.

 

Los  Frentes de Defensa  no  surgieron en  frío.  No  fueron  bosquejados  en  un   gabinete  ni  tuvieron  un  origen  burocrático.  Aparecen como  una  necesidad  impuesta  por el   desarrollo  mismo  de los  acontecimientos.  Es la  vida,  la  exigencia  concreta  de la  lucha  de las  masas  que le  dan  origen  y  sustento.

 

Surgieron  en la  mayoría  de los  casos  por  vía  espontánea.  Son,   en  ese   sentido,  creación  de las  masas anónimas que  sentían  la  necesidad  de  luchar  y  que no  podían  prescindir  de  organizarse  para el  logro   de sus  objetivos.  No  es  casual que  los  frentes  de  defensa insurjan  en  lugares  apartados del  país,  allí  donde la  organización sindical  era  débil  o  simplemente  no  existía,  o   allí  donde   resultaba  ya  estrecha  e  insuficiente.

 

Con  los  frentes  de  defensa  se  extiende  también la  experiencia  de los  paros  en  los  pueblos  y  regiones  del  interior.  Paros  cuyos  rasgos  básicos  siempre  ha  sido  la  participación  masiva  de la  población,  pues  estaban  de  por  medio  reivindicaciones  que de  alguna  manera  comprometían  a  todas  las  capas  populares.  Los  frentes  de  defensa  devienen  así,  por  un  lado,  factor de  centralización cuantitativa y cualitativamente superior a los sindicatos; por el otro, medio indispensable que encuentran los pueblos del interior para asumir la defensa de sus derechos.

 

Desde luego que como todo movimiento marcadamente espontáneo en sus inicios los frentes de defensa poseían un horizonte estrecho. De allí su aparición fugaz en el curso de las luchas locales o regionales y, luego, su desaparición igualmente fugaz. De allí también la estrechez de sus programas, más de las veces confinados a tales o cuales reivindicaciones parciales, casi siempre concretas y locales.

 

Lo   importante  en  los  frentes  de  defensa  no  está  aquí,   sin  embargo.  Sino  en  que  con  ellos  hace su aparición  una  forma  de  organización  de masas  que  introduce   elementos  y  posibilidades nuevos,  visibles  sobre  todo  en   momentos de auge,  cuando  se   convierten  en  el   factor   catalizador  de  amplísimos  sectores  populares  y en el abanderado de la lucha democrática, por los derechos sociales, contra el centralismo. Es aquí, como lo evidenció la experiencia del pueblo de Pucallpa, por citar un solo caso, donde los frentes de defensa combinan su capacidad de gestar un movimiento de frente único muy vasto, comprometiendo desde sectores de las burguesía locales hasta el proletariado y las capas más empobrecidas de la población, con su capacidad movilizadora de estas fuerzas, de conducción del movimiento huelguístico, de generación de ciertas formas de autodefensa y de virtual control de las ciudades o regiones por lapsos breves.

 

Hoy  día  los  frentes  de  defensa ya  han  adquirido  carta  de  ciudadanía  y  constituyen  una  de las  tradiciones  más  importantes  en  la  organización  de las   masas.   La  experiencia  acumulada  a  lo   largo  de  estos  años  es   suficiente  para  advertir  sus  potencialidades,  como  sus  limitaciones.  No  está  en  nosotros  sobrestimarlos.  Menos  aún  atribuirles  un   carácter  de  Poder  popular  que  algunos  le  asignan infundadamente.  Tampoco  reducirlos  a  movimientos  eclosionales,  casuales  o  eventuales.

 

El  rasgo   básico  que los caracteriza  estriba  en su  calidad  de  frente  único,  de  factor  aglutinante  de  amplísimos  sectores  populares.  Los  frentes  de  defensa  enriquecen  la  experiencia  del  frente  único  revolucionario  y  otorgan  a  éste  un  nuevo  contenido:   la  presencia  multifacética  de las  masas  y  sus  diversas  formas   de  organización  naturales.  Presencia  activa,  dinámica,  creadora.

 

El  viejo   concepto  del   frente  único  basado  exclusivamente  en la  suma  de  partidos u  organizaciones  políticas  es  trastocado  así  de   raíz.  Los  frentes de defensa  demuestran,  sin  desconocer  ni  menoscabar  la  importancia de los  partidos  políticos,  que el  frente  único  para   ser  de  masas  requiere  completarse  con  el  concurso   organizado  del  pueblo  en  sus   diversas  formas,  una  de las  cuales   son   precisamente  los  frentes  de  defensa.  Pues  en   éstos  se  articulan  masas  con  y  sin  partido,  creyentes  y  no   creyentes,  que  tienen  un  denominador  común:   una  comunidad  de   intereses  y  objetivos  a  alcanzar.

 

Comunidad   de  intereses  y  objetivos  de  un profundo  sentido  democrático, patriótico, anti-centralista,  que  coinciden  plenamente  con los  postulados  de la  revolución  en la  presente  etapa.

 

Un   segundo  aspecto  tiene  que  ver   con  sus  formas   de   organización  y  sus  relaciones  internas.  Por el   hecho  de  surgir  para  encarar  luchas  colocadas  a  la  orden  del  día,  como   factor  de  centralización  popular,  los  frentes  de  defensa  conllevan   necesariamente  tradiciones  democráticas  ricas  y   variadas.  Allí  donde  el   frente  de   defensa  asume   sus  funciones  con  efectividad,  la   relación   entre  dirigente  y  dirigido  es  fluida,  directa,  y  el   rol  de las  masas populares,  decisivo.

 

Los  frentes  de  defensa  se  sustentan  en la  capacidad  de  decisión  de las  propias  masas populares  en  forma  directa  o  a   través  de  sus   delegados.   El  frente único  funciona  sin  ningún  tipo  de  intermediación  burocrática.  Los  partidos  políticos no  se  sobreponen  a  las  organizaciones  de  masas,   sino  que  deben  más  bien  actuar   dentro  de  éstas  y,  desde  allí,  disputar  la  hegemonía,  la   capacidad  de  conducción.

 

Finalmente,  dada  su   naturaleza,  los  frentes  de  defensa  están  en  condiciones  de  integrar  una  diversidad  de  tipos  de   organización:  obreras,  campesinas, juveniles,  profesionales,  culturales, artísticas, barriales, étnicas, de la  mujer, religiosas, políticas, y  también    a los   propios  municipios  si  éstos  se  colocan  al   lado  de las  masas  y  si   están  en  condiciones  de  asumir  sus  luchas.  Es   en  los  frentes  de  defensa  donde  el   frente  único  alcanza  una  amplitud   nunca  antes  vista.   Amplitud  que  debemos  valorar   y  preservar  puesto  que   representa   su  principal  aporte  al   proceso  de  unidad  del   pueblo   peruano   en  su   lucha  revolucionaria.

 

"Los  Frentes de  Defensa  se  sustentan  en  la  capacidad  de  decisión  de las  propias  masas  en  forma  directa  o  a   través  de  sus  delegados".

 

Tal  como  existen  adolecen,  sin  embargo,  de  limitaciones  importantes.  Algunas  de  ellas,  inevitables;  otras  superables.  Entre  las   primeras,  acaso  la  más  significativa:  la  dificultad  de los  frentes  de  defensa  para   asumir  características  propias de las  asambleas  populares o  de  autodefensa,  aún  en  momentos  de  auge  y de  grandes  acciones de  masas.  Todo  afán  de  forzar  este  límite  llevará  necesariamente  a  cometer  errores,  a  distorsionar   aquello  que  constituye precisamente   su  rasgo  distintivo:  su  carácter de  organización  de  frente  único  de  masas,  que  supone  o  exige  formas  y  métodos  apropiados de  trabajo y  de   funcionamiento.  Lo  expresado  no  quiere  decir,  naturalmente,  que los  frentes de  defensa  sean   contradictorios  o  excluyentes con las  asambleas  populares  o la  autodefensa  de  masas.  Todo  lo  contrario.  Se interrelacionan y son  perfectamente  complementarios,  aunque  distintos  unos de  otros.

 

Entre  las  segundas,  son  tres  las  más  importantes  a  tomar en  cuenta.  La  primera,  persistencia  de los  elementos espontáneos  que le  dieron  origen.  De  allí  su  funcionamiento  intermitente,  su  falta  de  organicidad  y  de  continuidad.  No  pocas  veces  aparecen  bruscamente y  desaparecen  de  la  misma  manera.  En  otras,  tienen  una  vida  vegetativa  de la  que  salen  sólo  bajo  la  presión  de  condiciones  especiales.   No  es  casual  que  se  los  entienda  como  una  suerte  de  proyección  de los  sindicatos  o  como  una  forma  de  organización  sindical  con  alcance  popular.  Aquí  se  patentiza  la  presencia  del  economicismo  y  del   espontaneismo,  viejos  remanentes  del   reformismo  que  continúan   todavía  enturbiando  la  conciencia  y la  organización   del   pueblo  trabajador  peruano.

 

Como  inevitable  consecuencia  de lo   expresado  se  presenta  un  segundo  aspecto:  la  debilidad  programática  y  estratégica  de los  frentes   de   defensa.  En  efecto,  no  están  todavía  suficientemente  precisados  sus  alcances,  su  rumbo  estratégico,  su  programa.

 

Para  algunos  es  suficiente  con  un  programa  de   reivindicaciones  locales  o  regionales  de  carácter  parcial.  Esta  es  la  versión  más  conservadora  y  atrasada,  pues   es  de  hecho  incapaz  de  sobrepasar el  tradicional  gremialismo.  Para  otros,  sus  límites   terminan  allí  donde  se  agota  la  lucha  regional,   coincidiendo  con  la  aspiración   de las   burguesías  regionales  asfixiadas  por  el  centralismo  pero  timoratas  para   asumir  consecuentemente  una  lucha  democrática   y  anti-imperialista.  Allí   donde  éstas   burguesías  regionales  han  asumido  la   hegemonía  de los   frentes   de  defensa,   éstos  han  terminado  castrados  en  sus   posibilidades,  neutralizados en  sus  potencialidades  de  lucha,  con el   grave  riesgo  de  que,  siguiendo  una  vieja  como  amarga  tradición,  acaben domesticados por el   sistema  actual.  Según   nuestro  punto  de  vista,  de  continuar   los  frentes  de  defensa  como  meras  expresiones  de la  lucha reivindicativa coyuntural  o  como  movimientos  puramente  regionales,  corren  el  riesgo  de  desnaturalizarse  o en su  defecto,    agotarse.

 

Es  pues  indispensable  trabajar  arduamente  a  fin  de que  asuman  y se  construyan  como  frentes  de  masas  con  un  claro  contenido  democrático-revolucionario  y  antiimperialista,  como un   factor  fundamental  de la  gestación de la  democracia  directa  y  como  un  elemento  básico  en el  proceso  de  construcción  del  frente  único  revolucionario,  sin  que  ello  signifique  renunciar  a las  luchas   parciales ni  a las  tareas  regionales.  Nuestra  gran  responsabilidad,  en  lo   que  a los  frentes  de  defensa  concierne, reside  en   posibilitar  este  salto   cualitativo.  El   mismo  que  será  imposible  sin  derrotar  política  e  ideológicamente, siguiendo métodos apropiados,  las  dos  corrientes  anteriormente señaladas,  desde  el  momento  en  que las   contradicciones  existentes  no  son   necesariamente  antagónicas  ni  tienen  por  qué  serlo.  

 

El  tercer  elemento  a  tomar  en  cuenta,  y  cuya  solución está  a la  orden  del  día, es el  vinculado  a su  centralización  nacional.  La  dispersión,  la  inorganicidad,  la  ausencia  de  coordinación  nacional,  dificultan  la  superación  de los  males  señalados. Están  sentadas  las  bases  para   avanzar  en  esta   tarea.  En  lo   que  al  Partido  concierne  ya  hicimos  algunos  esfuerzos al  respecto.  Tal,  por  ejemplo,  la constitución del  Consejo  Nacional  de los  FEDIP y la convocatoria a la Primera Conferencia Nacional de los FEDIP y Organizaciones Sindicales en  mayo  de  1979.  Un  error  que  el  Partido  ha  reconocido es  no haber  continuado  este  esfuerzo   persistiendo  en  la  realización  del  Congreso  Nacional  de los  FEDIP  pese  a las  dificultades  existentes.  Si  hubiésemos  llevado  a cabo  esta  tarea,  con  la  firmeza  del  caso,  es  probable  que la  situación  sería  hoy  mucho  mejor  y  mayores los  avances  conseguidos.

 

De aquí  se  desprenden  algunas cuestiones  fundamentales  a  tomar  en  cuenta:  intensificar  los  esfuerzos  a  efecto de  consolidar  los  FEDIP  allí  donde  éstos  posean  una  base  relativamente  estable,  buscando  reorientarlos  estratégica  y   programáticamente;  reactivar   sobre  cimientos   más  seguros  y  estables  aquellos  otros  que  se  encuentren  en  situación  de  parálisis  o  estancamiento;  avanzar   en  la  construcción   de  nuevos  FEDIP   allí   donde  no  existan  o  sean  aún  muy  débiles.  Es   fundamental,  además,  recuperar   el  Programa  que  el  Partido   elaboró  para   los  FEDIP  en  1979,  reactualizándolo  de  acuerdo  con   la  nueva  situación.   Adquiere   connotación  especial  generar  un   debate  nacional  en  torno   de los  frentes  de  defensa,  su  situación,  sus  experiencias,  su  programa  y  su   estrategia.  No  debemos  perder   de  vista  que  los  frentes  de defensa  significan   la  convergencia  de  sectores  sociales  muy   vastos  y  que  toda   sectarización  conlleva  inevitablemente la  anulación  de sus   posibilidades unificadoras.

 

Concebidos  como  componentes   populares  del  frente  único  revolucionario,  los  frentes de  defensa  tienen,  sin  embargo,  sus   propias  peculiaridades  y  características.  Estas  deben  ser  tomadas   en  cuenta  para  evitar  errores de  sectarismo  o  conciliacionismo.  Una  de  ellas,  su  amplitud.  Otra,  la  participación  de las  organizaciones  sindicales  y  sociales  más  diversas.  Finalmente,  la  posibilidad  de  que  se  integren  o  por  lo  menos  participen  los partidos políticos, municipios,  la  iglesia, los  colegios  profesionales,  etc.  Esto   exige  trabajar  con  flexibilidad,  conscientes  de que  su radicalización  dependerá  sobre  todo  de la  dinámica  misma  de la   lucha  de  clases  como  de  la  capacidad  nuestra  para  hacerlos  avanzar,  paso  a  paso,  hacia   los  objetivos  propuestos.

 

De aquí  la  importancia  de  intensificar   esfuerzos  para  afirmar  nuestros  vínculos  con  las  masas  y  sus   organizaciones  naturales,  para   adentrarnos  en  ellas,  pues  sin  este  requisito  el  trabajo  de los  frentes  de  defensa  será  infructuoso  o  superficial.

 

En  la  izquierda   existen  sectores  que  se  oponen  abierta  o  encubiertamente  a  los  frentes  de  defensa.  En  parte,  por que  no   logran  entender  su  importancia,  posibilidades  y  alcances.  De  otra,   por  temor  a  ser  desbordados  o  a   perder  posiciones  sindicales.  O   también  por  la   presencia de  concepciones  gremialistas  todavía  fuertemente  arraigadas  en  esos  sectores.   Existen  otros,  entusiasmados  más  por  el  logro  de  ventajas  inmediatas,   dispuestos  a  coparlos  y  "hegemonizarlos",  ansiosos  por  su   control  porque con  ello  prevén  obtener  ventajas  en las  "correlaciones  de  fuerzas"  para la  disputa  electoral  o gremial.  Es  indispensable  cerrar  filas  contra  una  u  otra  de estas corrientes,  como  condición  para  resolver  bien  el  problema  y  para  darle  a los  frentes  de  defensa  la  proyección  que  les  corresponde.

 

 

VI.            LA  AUTODEFENSA  DE  MASAS.

 

 

Hoy  es  común  admitir   la  institucionalización  de la  violencia  en  el  Perú.  La  violencia  senderista, la  del   narcotráfico,  la de los  sectores   marginales  de la  población.  Pero  también  la  violencia  oficial  en  sus  diversas  formas,  expresión  de la  cual  es  el   proceso  de  creciente  militarización  del  país,   el  reforzamiento de las   instituciones  policíacas,  la  violentación  persistente  de los  derechos  ciudadanos  al  amparo  del  poder   ejercido  arbitrariamente.

 

La  institucionalización  de la  violencia  es el   síntoma  más  evidente  de la  falencia  del  ordenamiento  político  y social  actual. La  demostración  de que  las  contradicciones sociales han  llegado  a  un  punto  límite,  más  allá  del   cual  se  abre  el  terreno  para  confrontaciones  que   escapan  a  las  normas  tradicionales  y  a la  legalidad  de  hecho  quebrantada.

 

La   ilegalidad  no  está  en  quienes;  no  ejerciendo  ni  compartiendo  ni  usufructuando  del  Poder,  víctimas  más  bien  de  éste,  se  ven  forzados  a  recurrir  a  medios  que  desbordan  los  límites  o  las  normas  impuestas  por  las  clases  tradicionalmente  dominantes,  sea  organizándose  en  los  frentes  de defensa,  tomando  locales  como  medida  de  fuerza  o  declarándose  en  huelga  de  hambre  u  organizándose  en  formas  de   autodefensa.  Está   más  bien  en  el  quebrantamiento  de la  legalidad  desde  el  mismo   aparato  estatal.   Fenómeno  cotidiano y  dramático  en  el  Perú  actual.

 

La  violencia,  desde  luego,   tiene  también  otras  formas,  menos  visibles  pero  no  por  ello  menos  brutales.   El  hambre   generalizado,  la  desocupación,  el  total  abandono  de la  niñez,  el  despojo  y la  arbitrariedad  policíacas,  la  corrupción  administrativa,  son  algunas  de ellas.

 

La  autodefensa,  en  realidad,  es  una  forma  de  resistencia  del  pueblo  a  esta  situación,  una  manera  de  protegerse  de la  violencia  generalizada  y de la  descomposición  de la  sociedad,  su  convencimiento  de  que  sólo  le  queda  confiar  en si  mismo  apoyándose  en  sus  propias  fuerzas.

 

Los  orígenes  de la  autodefensa,  por  lo   menos  en  lo  que  a la  experiencia  última  se  refiere,  están  vinculados  a los  movimientos  huelguísticos  de los  obreros,  al  accionar  masivo  de los  pueblos  jóvenes  o de los  campesinos.  Aparecen  como  formas de  protegerse  de la  represión  y  como  medios  de  control  y  de  disciplina.

 

Pero la  autodefensa  no  queda   reducida  a  la  estrechez  de  estos  parámetros.  No  puede   contentarse   con  el  rol  de  las  guardias   obreras  en  períodos  huelguísticos. Si  éste  es su  origen,  otra  y  mucho  mayor  es su  posibilidad  y  necesidad   para  las  masas   populares.  La  verdadera  dimensión   de la  autodefensa  comienza a  darse  con las  Rondas  Campesinas  de  Cajamarca.  Allí  adquieren  tres  rasgos  básicos:  surgen  como  necesidad  para  acabar   con  el  abigeato introduciendo  la  organización  y la  preparación  apropiada   de los  campesinos  para  asumir  esta  tarea,  en  respuesta  a  la  inoperancia  o  corrupción  de las  autoridades,  por lo  general  coludidas  con  los  abigeos,  asumiendo  una  estructura  tipo  milicias  aún  cuando  limitada  y  embrionariamente.  En  segundo  lugar,  se  constituyen  en  la  forma  de   organización  gremial  de los  campesinos;  integrando  a  todos  sus  componentes  y  estructurándose  en  cada  estancia  o  poblado  y  a  nivel  provincial.  En  tercer  lugar,  asumen  el  control  de las  áreas  rurales,  imponiendo  su  propia  normatividad  libremente  asumida  por los  campesinos,  yendo  desde  el  control  de los  caminos  en  las  horas  nocturnas  hasta  la  supresión  efectiva  del  abigeato,  la  seguridad  de la  población,  la  moralización  o  formas  importantes  de  justicia  popular.  Recientemente  comienzan  también  a  asumir  iniciativas   de  carácter  económico.

 

De  allí  que  los  campesinos  reconozcan   en  sus  Rondas,  un  carácter   democrático  independiente,  de  autodefensa.  Democrático,  debido  a su  estructura   interna  profundamente  democratizada  en  la  cual  se  participación  es  efectiva  y   directa,  donde  los dirigentes  están   sujetos  a  control  y  revocación.  Independientemente,  porque  siendo  creación de los  propios  campesinos  y  siendo  éstos  sus directos  beneficiarios,  no  admiten   injerencia  policial  ni  se  someten   al  control  gubernamental.  De  autodefensa  porque,  en  primer  lugar,  están  dirigidos  a  defenderse  de los  "ladrones  de  noche", esto  es  de los  abigeos  y  otros  depredadores  del  campo,    y  de los  "ladrones  de  día"  que  sabemos  quiénes  son.

 

De  autodefensa,  además,  porque  cuentan  con  los  medios  materiales  para  poner  orden  en  el   campo.  Apoyándose  en  estos  medios  han  sido   capaces  de  aplastar,  de  imponer  su  autoridad  sobre  los  malandrines  diurnos  y  nocturnos que  solían  asolar  la  campiña  o  expoliar  a  los  campesinos.

 

Un   país  en  crisis,  sobre  todo  cuando  ésta  adquiere  la  dimensión  de la  que  sufrimos  en  el   Perú,  coloca  a  la  orden  del   día,  en  aras  de  la   propia  supervivencia  y  seguridad  de  las  masas,  el  surgimiento  de  variadas  formas  de  autodefensa.  Que  éstas   aparezcan  en  el  campo,  en las  ciudades,  en  las  empresas o  pueblos  jóvenes,  sólo  ratifica  un  hecho  patente:   la  seguridad  de la  población  comienza  a  descansar  en  la  misma  capacidad de los  pobladores  para  garantizarla.  Seguridad  en  sus  diversos  aspectos  y  no  meramente  frente  a la  creciente  ola  delincuencial.

 

Desde  luego  que  la  autodefensa  tiene  diversos  niveles de desarrollo y diversas formas de organización .  Sin  embargo , hay un rasgo común que los une  e  integra  : el hecho de ser formas especiales de organización de masas tipo milicias, con una estructura  centralizada y disciplinada,  con cierto nivel de especialización  técnica y formas adecuadas de trabajo.                                                                                                                                                       

La autodefensa no se apoya únicamente en el numero y en su soporte de masas;  se apoya también en su capacidad de dimensión y  de  resistencia , de control y eficacia: esto es en la fuerza. En este contexto seria bastante primitivo limitarse a los antiguos comités de huelga o a las guardias obreras, útiles en los eventos gremiales, pero del todo insuficientes en la materia que venimos tratando.

 

"La Autodefensa es una forma de resistencia  del pueblo, una manera de protegerse de la violencia generalizada y de la descomposición de la sociedad y su convencimiento de que sólo le queda confiar en sí mismo, apoyándose en sus propias fuerzas"

 

Cuanto mas honda se torne la crisis, mas aguda la lucha  de clases y mas intensa la polarización social, la autodefensa adquirirá nuevos contornos, nuevos niveles de desarrollo, mayor amplitud, hasta convertirse en su momento, si las circunstancias exigen, el aparato policiaco y represivo lo obliga, y , si los revolucionarios asumen el rol que les corresponde, en el ¡Pueblo en armas!

 

Esto es bueno que se entienda . Tanto más si se admite que el país avanza a un proceso de situación  revolucionaria, que existe el peligro de un a mayor militarización, del golpismo y de guerra civil.

 

La impunidad del golpismo debe acabar definitivamente. El pueblo peruano ya no ésta dispuesto a aceptar impasible que se lo avasalle, aplaste, o aniquile. La misma  Carta  Constitucional  consagra  el  derecho a la  insurgencia.  Pero  ninguna  insurgencia  tiene  garantizada   posibilidades  de  éxito  si no  se la  prepara  y  se   la  organiza.  Los  votos  son  insuficientes  para  contener  el  avance  de los  tanques.  A  la  fuerza  sólo  se le  puede  oponer  la  fuerza,  la  organización,  la  capacidad de  resistencia.  Se  trata  de  esto,  precisamente.  Porque  el  país  marcha  a  trancos  largos  en  esta  dirección,  es  que  es  urgente  asumir  el  derecho  y la  capacidad  del  pueblo  a  la  resistencia,  a  la  resistencia,  a la  autodefensa,  a  su  organización  desde  abajo  para  toda   eventualidad.

 

Pero  la  autodefensa  de  masas  no   puede  constreñirse  a  ciertos  espacios  locales.   Debe  ser   convertida  en  un  gran   movimiento  nacional  y  en  una  estructura  construida  en  los  más  diversos  conglomerados  humanos,  desde   las  fábricas,  pasando  por  los  pueblos  jóvenes,  hasta  el  vasto   campo  peruano  donde  tiene  mayores  posibilidades  de  desarrollo.  El   problema  está,   sin  embargo,  en  que  brote  de la entraña  misma  de las  masas,  que  sea   expresión  de  éstas,  nunca   excrescencia  ni  elemento  postizo.

 

Vistas  así,  las  diversas  formas  de  autodefensa  resultan  complemento  vital  de los  frentes de  defensa,  como   de las  Asambleas  Populares,  factibles  de  desarrollarse simultáneamente guardando  sin   embargo  su  propia  estructura,  finalidad  y  metodología.

 

La  organización  de las  diversas  formas  de  autodefensa,  su   expansión  a  escala  nacional  y su   perfeccionamiento  técnico,  devienen  una de las  grandes  tareas  de la  hora.  A  ella   consagramos  nuestros   esfuerzos  y  preocupaciones.

 

 

VII.        LAS  ASAMBLEAS  POPULARES

 

 

Aquí  entramos  al  problema  central  de la  experiencia  de la  democracia  directa.   Cuestión  a la  que  no   obstante  no se  le  presta  la  atención   que le  corresponde,  si   exceptuamos  a  nuestro  Partido.

 

"Si  la  iniciativa  popular  de las  clases  revolucionarias  -constata  Lenin  semanas  antes  de la  Revolución  de  Octubre-  no  hubiera   creado   los  sóviets,  la  revolución   proletaria  de Rusia  se  vería  condenada  al  fracaso,  pues,  con  el   viejo   aparato,  el  proletariado  no  podría,  indudablemente,  mantenerse  en  el   poder,   y  en cuanto  al  nuevo  aparato  es  imposible  crearlo  de  golpe"  (4).  Esto   es  así   porque  "la  república  parlamentaria  burguesa  dificulta  y  ahoga  la  vida  política    independiente  de las  masas,  su  participación  directa  en  la  edificación  democrática  de todo  el   Estado,  de  abajo  arriba.  Con  los   sóviets...  ocurre   lo  contrario" (5).

 

Las  conclusiones   que  extrae  Lenin  de la  experiencia  de los  sóviets  tienen  particular  importancia  para  nosotros  porque  ponen  en  evidencia  por lo  menos  los  siguientes  problemas:

 

1).        Las  limitaciones fundamentales de la  democracia  burguesa  parlamentaria,  la más  importante  entre  ellas:  que  "dificulta  y  ahoga  la  vida  política  de las  masas",  tornándose  de  hecho   formal,  postiza,  puesto  que  impide  "su  participación  directa  en la  edificación  democrática  del  Estado".  En  otras   palabras,  impide  que el   pueblo   sea  el   verdadero  dueño   del  país,  sin  lo   cual  la  democracia  termina  siendo  una  simple  fanfarronada.

 

2)        Sin la  existencia  de los  sóviets,  creación  heroica  del  proletariado  y  las masas  populares  rusas,   surgidos  en  el   curso  de  sus  luchas  producto  de su  "iniciativa  histórica",  no  habría  sido  posible  garantizar  la  victoria   de la  revolución  ni "mantenerse  en  el  poder".   La  piedra  angular  que  hizo  posible  la  revolución   rusa  sentando  las  bases  para  la  construcción  del  nuevo  poder  y  la  nueva  sociedad  socialista,  fueron  precisamente   los  sóviets.  A  su   vez  ellos  permitieron  la  convergencia  de los  más  vastos  sectores  populares.  Sobre  esta   base,   y  a  partir  de  esta  cuestión,  es  que  fue  posible  la  insurrección  victoriosa  de  Octubre.  Desde  luego  que  nada  de  esto  hubiese  sido  aprovechado, como  en  efecto   lo  fue,  sin  la  existencia  de un  partido   revolucionario  y  de  una  conducción  revolucionaria:                                                                                         el  bolchevismo  y  su  genial  dirigente,  Lenin.   Aquí  se  dio,  de  modo  ejemplar,  la  interrelación  dialéctica  entre  el  movimiento  espontáneo y el   movimiento  consciente,  entre  la  "iniciativa histórica"  de las  masas  y  el   rol  dirigente  y  organizador  del  partido  del  proletariado  revolucionario.

 

3).       La  revolución,  tanto  más si  ésta  se  produce  bajo  la  dirección  de la  clase obrera  y  tiene  como  objetivo  -cumplidas  las  tareas  democráticas  y  nacionales  en  nuestro caso-   la  realización  del  socialismo,  no  puede  apoyarse  ni  sustentarse  en  el  viejo  aparato  estatal.  Este  debe  ser  "demolido"  para construir  en  su  lugar  un  nuevo  aparato  estatal, un  nuevo  poder, que se apoya  en  las  masas  organizadas  de  abajo  arriba.  Esa  nueva  forma  de  organización  estatal,  ese  nuevo  poder,  encontró  en los  sóviets su  expresión  cabal.

 

4).       Pero  un  nuevo  poder  estatal  revolucionario "es  imposible  crearlo  de  golpe", sacarlo  de la  manga,  instituirlo  y  forjarlo por  decreto.  La  revolución  en  nada  se  parece  ni  se  aproxima  a  las   manipulaciones  de  tipo  burocrático  o  leguleyo.  La  ley  nunca  antecede  a la  necesidad.  Menos  todavía  en  esta  cuestión.  No  olvidemos  que  "...el  nuevo  poder   no  cae  del  cielo,  sino  que  surge  y  crece  a la   par  del  antiguo  poder,  en  oposición  a  él,   en la  lucha contra  él".  Así   fue  la  Comuna  de  París.  Así  fueron  los  sóviets.   Así  fueron  también  las  bases  de  apoyo  en  las  experiencias  revolucionarias  asiáticas,  los  Comités  del  Frente de  Liberación  Nacional  en  Yugoslavia,  el  Consejo  Antifascista  de  Liberación  Nacional  de  Albania,  o  más  remotamente,  en  nuestra  experiencia  del   siglo   pasado,  la  formación  de la  Junta  de  Gobierno  del  Cusco,  en  1914,  por  citar  un solo  caso.

 

Se  trata,  en  efecto,  de la   cuestión   del  Poder.  De  la   organización   de un   nuevo  Poder  Estatal  y  no   de  una  suma   de  organizaciones   o  de  cualquier  tipo  de  organización.

 

Ni  los  frentes  de  defensa  ni la  autodefensa de  masas  concentran  las  características  esenciales  que  configuran  una  nueva  forma  de  organización de  tipo  estatal,  aún  cuando  son  perfectamente  compatibles  con  ella  como  factores  complementarios.  En  el  primer  caso,  como  elemento  aglutinante  de  frente  único,  pero   de un  frente  único  de  masas,  que se  asienta  en  sus  organizaciones  naturales;  en  el  segundo,  como organización  democrático-revolucionaria  que  va  hasta  la  posibilidad  de su  conversión  en  milicias  populares,  independientemente  de los  niveles  técnicos  que  pudieran  o  deban  alcanzar  en  un  momento  dado.

 

Las  asambleas  populares  concentran  en  sí  la  capacidad  de  ser   un  cuerpo  legislativo  y  ejecutivo,  al  mismo  tiempo,  con  facultades  iniciales  hoy,  efectivas   mañana,  de  funcionar  como   gobierno,  como   Poder  popular  aún  embrionario  pero  no  por  ello  menos  importante,  basado  en  los  representantes  elegidos  por  las   masas  y  fiscalizados   por  éstas.

 

¿Cómo  surgen  y  qué  son  las  asambleas  populares?  Nada   más  y  nada  menos  que la  forma  particular   como  aparece  y  cristaliza  la  nueva   organización  estatal  revolucionaria,  cuyos  embriones  es  posible  ya  detectar  en la  experiencia  que  se  viene  haciendo   en  Comas   o  en  otros  lugares del  país.  A  diferencia  de los  sóviets  que  brotaron  en  las   fábricas  y  se  legitimaron en la  Revolución  de  1905,  las  asambleas  populares  en  el  Perú  surgen  en  los  pueblos  del  interior  o  en  los  cinturones   obreros,  en  condiciones  en  que  todavía  no  hay   una  situación  revolucionaria  ni  un  proceso  revolucionario   ascendente,  cosa  que  es  cualitativamente  distinta  al  ascenso   de  masas  actual.

 

Conviene,  sin  embargo,  una   breve  referencia  histórica  para  tener  una  idea  más  exacta   de lo  que  significan  y  cómo   surgen.  El  antecedente  internacional   más  lejano que  se  conoce  de este  tipo  de  experiencias,  tiene  directa  vinculación  con  el   ascenso de la   burguesía.  Fue   en  Inglaterra  que  se  organizó   en  1647  lo  que  podríamos  llamar  el  primer  sóviet  o  consejo.  Ocurrió  en  el  ejército  de  Cronwell,  bajo  el  nombre  "agitator",  encargado  de  defender  los  intereses  comunes  de  los  soldados. 

 

En  la  Revolución  de  1789-1794  en  Francia  nace  un  tipo  de  organización  parecido,  impulsado  por  los  artesanos  y  campesinos,  pero  esta  vez  dirigido por  la  burguesía y la  pequeña  burguesía.  En  abril  de 1790,  se  instauraron  en  cada  uno  de los  distritos  de  París  48   secciones  cuyos  representantes  formaban  la  Asamblea  General  de la  comuna  parisina,  introduciendo  por  sí  solas  el  derecho  al  voto  y  asumiendo  de  hecho  la  soberanía  popular.  Las  Secciones  de París  fueron  en  realidad  expresiones  de  una  democracia  directa,   cuyos  representantes  procedían  de  votaciones  generales  y  debían  ser  controlados   y  eran   revocables.  La  tradición  comunal  tiene  pues  su   origen  en  la  Revolución  Francesa,  como   fruto  y  como  creación  de las  masas  trabajadoras.   La  Comuna  de  París  de  1871,  fue la  continuación  de  esta  experiencia,  y,   al  mismo   tiempo,  su  desarrollo   y  depuración.

 

Durante  la  Revolución  de 1848,   por  presión  de la  clase  obrera  y  por  decreto  del  gobierno  se   organizaron   las  llamadas  "Juntas  de  trabajadores".  Estas,  por  su   naturaleza  misma,  evolucionaron  y   rompieron  los  marcos  de la  legalidad en  que la  burguesía  las  había  encasillado,  desembocando  en  el  Levantamiento de  febrero,  que  fue  sofocado   violentamente  por la  reacción.

 

"Las  asambleas  Populares concentran  en  sí   la  capacidad  de un  cuerpo   legislativo  y  ejecutivo,  al  mismo  tiempo,  con  facultades  iniciales  hoy,  efectivas  mañana,  de  funcionar  como  gobierno,  como   poder   popular  aún  embrionario  pero  no  por  ello  menos  importante,  basado  en  los   representantes  elegidos   por las masas  y  fiscalizadas  por  éstas."

 

Estos  son  los  antecedentes  más  directos  de la  Comuna de  París  y  de los  sóviets  rusos.  Los  últimos,  como  ya  es  conocido,  no  sólo  fueron  órganos  representativos  de la  clase  obrera  y  demás  sectores  populares,  sino  que  a  su  vez  fueron  también  órganos  de la  revolución  y  órganos  de  control de  la  producción.  Uno   y  otro  tuvieron   tres  rasgos  básicos  necesarios  de  tomar  en  cuenta:  fueron  organizaciones  de  tipo  estatal,  al  mismo  tiempo  expresiones   armadas (milicias)  populares  y,  finalmente,  factores  de  unificación  de las  amplias  mayorías.

 

Las  asambleas  populares,  tal  como  las  concebimos  en  el  Perú,  continúan  esta  tradición  consejista.  Tiene  desde  luego  sus  características que  dimanan  del  particular  desarrollo  del  movimiento  obrero  y  popular peruano,  del  nivel  alcanzado  por la  lucha  de  clases,  de  la  singularidad  de la  crisis  y  de sus  consecuencias  sociales.

 

Sus  antecedentes,  más  inmediatos  pueden  ser  rastreados  en la  insurrección  de  Trujillo  de  1932;  en la  toma  del  Cusco  en  repulsa  a  Pedro  Beltrán,  bajo  el  liderazgo  de  Emiliano  Huamantica,  en la  década  de los  cincuenta;  en  el  movimiento  campesino  de  principio de los  sesenta que  socavó  seriamente  el  poder  local  de los  terratenientes;  en  los  grandes  movimientos  huelguísticos  bajo  dirección  de los  frentes  de  defensa,  con el   consiguiente  control  parcial  de  ciertas  ciudades  por las  organizaciones  populares  en  lucha,  etc.  Pero   todos  ellos,   sin  excepción,  fueron  movimientos  fugaces,  limitados  en  sus  alcances,  espontáneos,  sin  clara  perspectiva  de sus  posibilidades  excepto  de sus  fines  reivindicativos  inmediatos.

 

Fue  en  el  curso  del  movimiento  ascensional  de la  década  pasada  donde  comienzan  a  adquirir  rasgos  más  precisos.  Primero,  como  grandes   asambleas  de  masas.  Más  tarde,  como  asambleas  de  delegados.

 

Esto  ya  está  presente   en  las  Rondas Campesinas.  Y  lo  está  más  todavía  en  la  Asamblea  Popular  en  desarrollo.  En  el  distrito  de  Comas,  en  Lima,  por  ejemplo,  comienza  a  funcionar  como  autogobierno  en  estrecha  vinculación  con el  municipio  dirigido  por la  izquierda.  Aquí  la  Asamblea  Popular  es  ya  expresión  concreta  de la  Asamblea  de  Delegados  elegidos  por las  masas  en  su  respectivo  asentamiento  humano  u  organización   social.  Comienza  a  asumir  funciones  legislativas al  mismo  tiempo  que  funciones  ejecutivas.  Toma  decisiones que  tienen  que  ver  con  el  conjunto  del  distrito.  En  ella  se  ejercita  una  democracia  cualitativamente  superior  a la  puramente  electiva  y  es  el  mismo  pueblo  quien  comienza  a  tomar  las  cosas  en  sus  manos.  Los  delegados,  son  fiscalizables  y  revocables,  y  son  responsables  de sus  actos  ante los  electores.  No  existen  privilegios  especiales  ni  una  costra  burocrática  que  se  coloca  por  encima  de las  masas.  Es  el  mismo  pueblo  quien  aprende  a  autogobernarse,  a  sentir   que  puede  comenzar  a  resolver   sus  problemas.

 

Desde  luego  que  tiene   todavía  limitaciones.  Que  su  proceso   de  aprendizaje   es  complejo  y  difícil.  Pero  marcha.  Hace   su  experiencia.  Señala  un  derrotero   posible,   un  camino  a  seguir.

 

Las  asambleas   populares  pueden  y  deben  ser   construidas   a  todos   los  niveles:  en  las  fábricas  como  en las  minas,  en  los  villorrios  como  en  los  pueblos  y  distritos.   Deben   ser   organizadas  como  formas   de  autogobierno,  desde   abajo   y  siguiendo  métodos   revolucionarios.

 

Un  país  en  crisis,  con  las   características   de las  que   padece   el  Perú,  no  tiene  otra  salida  que  un  cambio   revolucionario  profundo  en la  sociedad.  Tal  cambio  económico  y  social  es un   imperativo  y,  correlativo  a  él  el   cambio   radical   en  su   superestructura   política,   ideológica  y  cultural.

 

El   surgimiento   de los  órganos  de  la  democracia directa,  particularmente  de  las  asambleas  populares, simboliza  precisamente  que la  vieja  superestructura  política  de la  sociedad  debe  ceder  a   un  nuevo   ordenamiento  político;  que  su  permanencia  constituye  una  de las   trabas   más  serias  para   aperturar y  realizar   los  cambios  en la  base   económica.

 

Mal   haríamos en  suponer  que  los   órganos  de la  democracia  directa  surgen   en  frío,  a  capricho  de  tal  o  cual   persona,   en  el   momento  y   en  el   lugar   que  se les  antoja.  Responden  a  condiciones  objetivas,  a  factores   engendrados  por   la   misma   sociedad   en  crisis.

 

Ninguna  de   las  formas   de  democracia  directa,   particularmente   las  asambleas   populares,  si  conservan  su  pureza  y  radicalidad,  pueden  ser  contenidas   dentro  de los  marcos   de la  democracia   burguesa  formal.   Constituyen   su  antípoda,   su  negación,   al  mismo   tiempo  que  su   superación  cualitativa.   De  allí  su  naturaleza   profundamente   subversiva  y  cuestionadora  del   orden   existente. 

 

El  porvenir  de la  revolución  peruana,  estrictamente  hablando,  tiene  mucho  que  ver  con  el  destino  de  las   formas  de  democracia  directa,   de  modo  especial  con  el   porvenir  de las  asambleas  populares.   Si  esto   no  se  atiende,   entonces   tampoco  se  estará   en  condiciones  de   discernir   lo  que  significa   trabajar   con  vocación   de Poder,  ser  alternativa  de  Poder.

 

Fuera  de los  órganos  de la  democracia  directa  es  incompleta  una  correcta   y  eficaz   acumulación  de  fuerzas.  Toda  acumulación  electoral,  aún  aquella   que  se  da  en  las  condiciones  más  favorables,  significa  siempre  una  acumulación  pasiva.  Allí  el  elector,  vota,  elige, pero  no  construye,  no  crea, no  se  libera  de las  ataduras  que lo  encadenan  al  pasado;  no  es un  ente  activo,  dinámico,  creador,  pues ella   es su   obra.  Allí   delega   su  confianza  y  capacidad  de  decisión;  aquí,  la   asume.

 

No   rendimos  culto  a la  espontaneidad.  Estamos  lejos  de  pensar  que las  masas   se  liberan  de  modo  automático,  por  sí  solas,  al  margen  de la  vanguardia  revolucionaria.  Pero  la  vanguardia  proletaria  es  precisamente  tal  porque  dirige, organiza, conduce,  despertando  la  "iniciativa  histórica"  de las  masas,  alzándolas   a la  lucha,  haciéndolas  conscientes   de su  destino  y  de su  capacidad  transformadora.

 

Porque  esto  es  así  es  que  una de las  grandes  tareas,  el  gran   reto   planteado   (sobre  todo  ahora  que  se  prevén  condiciones  que  preparan  una  situación  revolucionaria,  que  la  sociedad  se  polariza  y  que la   crisis  madura  los  factores  de la   revolución)  reside,  precisamente,  en  el   potenciamiento   de los  órganos   de la  democracia  directa,  en  su   organización  a  escala  nacional,  en  la  integración  a  esta  tarea  de las  amplias    masas  que  se  resisten  a  mantenerse  bajo  los  parámetros  actuales  y  que  buscan  decididamente  un  nuevo  camino,   un  nuevo  horizonte:  la  revolución  democrática  y  nacional,  la  revolución  social.

 

 

 

VIII.    DIFERENCIAS  E  INTERRELACIÓN

 

 

Las   tres  formas   de  democracia   directa   no  son  iguales,   pero   tampoco  excluyentes.   En  realidad   configuran un  todo  único  cuyo  centro   son  las   asambleas   populares.

 

Nuestro   objetivo,  a lo  largo   de toda  esta  etapa   consiste   en  conquistar   un  Estado  democrático-popular  e  independiente  bajo  la  dirección  de la  clase  obrera,   basado  en la  alianza  obrero-campesina  y  en la  unidad  del  pueblo.   Tal  Estado  tendrá  como  expresión  de  Poder   la  Asamblea  Popular;  y  como   forma  de  gobierno,  el  Gobierno   Popular  Revolucionario.  Aquí   el  Poder  pertenecerá   al   pueblo.

 

Siendo   ésta  nuestra  perspectiva   estratégica,  los  pasos  tácticos  deben  ajustarse  estrictamente  a  ella.  Es  aquí  donde las  formas  de  democracia  directa  juegan   un  rol  fundamental  como   factores  de  acumulación   revolucionaria  de  fuerzas  preparando  a  la  clase  obrera  y  al  pueblo  en  su  lucha  por  el   Poder.

 

No  la  forma   exclusiva,  pero   sí  uno   de  sus   componentes  fundamentales.

 

No  desdeñamos  el  rol  del   Partido  revolucionario,   del  frente  político,  de  los  sindicatos  u  otras  organizaciones  similares.   Tampoco   renunciamos   a  las  diversas   formas de  lucha.  Todas  éstas  son   necesarias,    incluso  fundamentales.

 

De  aquí  la  necesidad   de  interrelacionarlas   bajo  una  dirección   única  y  dentro  de  un  objetivo  único.  Es  en   razón   de  ello  que   entendemos  los  frentes de  defensa  como   partes  constitutivas  del  frente  único  revolucionario;  la  autodefensa  de  masas  y  las  asambleas  populares  como  embriones  y  prefiguración,  aún   en  su  imperfección  y  en  sus   limitaciones  actuales,   de la  Asamblea  Popular  y  del   Poder  Popular.

 

"Los  órganos  de la  democracia  directa  florecen   allí  donde  el  ascenso  de  masas  se  expande  y  radicaliza;  pierde  fuerza  donde   el  movimiento  es  derrotado  o   se  generaliza  el  reflujo".

 

Siendo  estas  distintas,   son  al  mismo   tiempo   organizaciones  que  se  interrrelacionan,  que  se  complementan,  que  forman   parte  de un  objetivo  estratégico común,   Porque   son  distintas,  tienen  también  sus  propias  peculiaridades  y funciones  que no  deben  ser  confundidas.

 

Dependerá de  las  condiciones  concretas  establecer  por  dónde   se  empieza,  en   cuál   de  ellos  nos  apoyamos   para  iniciar  e  impulsar  el  trabajo,  cómo  las   interrelacionamos.  Las  rondas  campesinas,  por   ejemplo,  en  ciertos  casos  asumen  funciones  prácticas  de  las  asambleas   populares,  en  la  medida   en  que  éstas  no  están  todavía  organizadas  ni  los  campesinos  tienen  conciencia   de su  necesidad  y  de su  organización.  Por  lo  demás  incursionan  en  tareas  de  orden  económico.

 

Ocurre  otro  tanto  con  los  frentes  de  defensa,  en  forma   especial  en  aquellas  circunstancias   en  que   centralizan   los  movimientos   huelguísticos  de los  pueblos  o  regiones,  asumiendo  el  control   parcial  de  éstos.  En  este  punto,  como  los  hechos  lo  demuestran,  los  frentes  de  defensa se   agotan,  resultan  insuficientes  para   expresar  y  canalizar  las  nuevas  condiciones  de la  lucha  y  las  nuevas  posibilidades  engendradas  por  ésta.  Síntoma  evidente  de  que  es   indispensable  dar  un  salto  de  calidad,  articulando,  dando  vida,  configurando  las  asambleas  populares  como  órganos  embrionarios de  Poder,  independientemente  de su  transitoriedad,  de sus  actuales  límites o  de sus   rasgos   democrático-revolucionarios.

 

Allí  donde  las  asambleas   populares  alcanzan  cierto  grado  de  solidez,   la  dinámica  misma  de la  lucha  las  colocará  ante  la  necesidad  de  promover y  potenciar  las  formas  de  autodefensa  o  los  frentes  de  defensa,  entendidos  estos  últimos  como  frentes   de  masas  amplios.

 

Cuanto  más   profunda  y  extensa sea  la  lucha,  la  polarización  social  y  política;  cuanto  más  honda  se  presente la  crisis  económica;   cuanto  más  intensa y  radical  sea  la  ola  ascensional  del  movimiento   popular,  más   maduras   se  mostrarán  las  condiciones   para  dar   origen  y  desarrollar  los  órganos  de la  democracia  directa,  para  potenciarlos  y  extenderlos  depurándolos  de sus  aditamentos  corporativos  o  coyunturales.  Los  órganos  de la  democracia  directa  florecen  allí  donde  el  ascenso  de  masas  se  expande y  radicaliza;  pierden  fuerza  donde  el  movimiento  es  derrotado  o  se  generaliza  el  reflujo.  Esto  se  explica  porque  la  democracia  directa  supone  ir  contra  la  corriente,  imponerla  por la  vía  de  los  hechos,  apoyándose  en  el   despertar,  la  iniciativa  y  la  combatividad  de las  masas.  Nunca  a  la  inversa.  Aquí  no  sirven  ni  los  métodos  burocráticos,  ni  los  voluntarismos  trasnochados.

 

 

IX.            EL  PARTIDO  Y  LOS  ORGANOS  DE LA  DEMOCRACIA DIRECTA

 

 

Nuestro  objetivo  inabdicable es  hacer  la  revolución  en  el  Perú,  llevar  a  cabo  las  tareas democráticas y  nacionales pendientes y  marchar ininterrumpidamente  hacia  el  socialismo.  Esta  tarea  histórica  es  imposible  llevarla  a  cabo  sin  contar  con  un  partido  de la  clase  obrera  capaz   de  organizarla  y  conducirla.

 

Admitir   la  importancia  y el  rol  revolucionario de los  órganos  de la  democracia  directa  no  excluye  el  reconocimiento de que  la  pieza  maestra  para  el   cumplimiento  de   este   objetivo  radica   en  la  existencia  y  en  la  vigencia  del  Partido  Comunista.  Ya   hemos  dicho   que  es  insuficiente  el  movimiento  espontáneo,  pese   a la  riqueza  de  formas  y  radicalidad  que  pudiera  adquirir.   Aquí   es  donde  se  reconoce  el  papel  de la  vanguardia,  del  estado  mayor,  del   partido  político  de la  clase   más  revolucionaria  de la  sociedad:  el  proletariado.

 

Desde  luego  que  la   condición  de  vanguardia  en  nada  se  parece  a  un  título  nobiliario  hereditario.  No   se   hereda;  se  conquista.  Se  demuestra  en  la  práctica por  que  se   es  mejor,  porque  se  ve  más  lejos,  porque  se  es   efectivamente  estado  mayor  revolucionario  organizado,  disciplinado,  capaz  de  efectuar  los  mayores  sacrificios  en  aras  de sus  objetivos  históricos.

 

Esta  es la  función  que  deben  jugar  los  comunistas  dondequiera  que  trabajen.  Deben  hacerlo  también  al  interior  de los  órganos  de la  democracia  directa.  Los  comunistas  no  manipulamos a  las  masas:  las   organizamos  y  las  educamos,  las  alzamos  a la  lucha  basados  en  su   libre  voluntariedad.  Esta  es  una   conducta  que  observaremos  en  nuestra  actividad  en  cualesquiera  de las  tres   formas  de  democracia  directa.

 

De  otro  modo,  es  posible  incurrir  en  errores  de  sectarismo,  de  precipitación  o  de   aventurerismo.  No  debemos  confundir  nunca  el  Partido  y las  masas,  el  Partido  y  los  órganos  de la  democracia  directa.  Esto  es  también  válido  para  los  sindicatos  o  cualquier  otra  forma  de  organización  popular.  Cada  uno  se  mueve  en su  respectivo  riel.  Con  ello  no  propugnamos,  ni  mucho  menos,  el  autonomismo.  Queremos  señalar  solamente  que  debemos  saber  trabajar  de  acuerdo  con  las   circunstancias  sin  confundir  las cosas,  pero  también  sin  hacerle  concesiones  al  liberalismo,  al  Espontanéismo  ni  a  las  tendencias apartidistas.

 

Dondequiera  estén  las  masas,  se  organicen  y  luchen,  allí  debe  organizarse  el  Partido,  construirse  en  sólidas  células  comunistas,  forjar  cuadros  dirigentes  capaces  de  promover  y  encabezar  el  combate  de las  masas,  su  organización y  su  educación  revolucionarias.  A  un  mayor   desarrollo  del   movimiento  de  masas,  debe  corresponder   una  mayor,  sólida  y  eficaz  presencia  organizada  del  Partido.  Simultáneamente,  a  mayor  potencia  y  presencia  partidaria debe  corresponder  una  mejor  vertebración  de la  democracia  directa  o  de  cualquier  otra   forma   de  organización  o  lucha de masas.

 

Nada  más  ajeno  a  nosotros  que la   estrechez   sectaria  o  el  exclusivismo.  Necesitamos unirnos  a  todos  los  sectores  dispuestos  a  avanzar  y  a   realizar  esta  tarea.  Requerimos  ampliar  nuestro  radio  de  influencia.  Debemos   saber  trabajar  con  todos  los  que  están  dispuestos  a  hacerlo  pese  a   que  pudieran,  eventualmente,  tener  con   nosotros  cierto  tipo  de  diferencias  o  contradicciones no  antagónicas.

 

La  organización,  consolidación  y  expansión  nacional  de los  órganos de la  democracia  exige  sumar   fuerzas,   no   dividirlas;  trabajar  con  iniciativa; actuar  con  energía.  Las   circunstancias  políticas  así  lo  imponen.

 

 

 

X.  CONCENTRAR   AQUÍ   EL   ESFUERZO   PRINCIPAL

 

 

Los  comunistas  tenemos una  variedad enorme  de  tareas  a  cumplir.  Entre  ellas  consolidar  el  Partido  y  hacer  de  él  un  partido  revolucionario  de  masas.  Fortalecer  el  UNIR  acelerando su  construcción  a  escala  nacional  y,   al  mismo  tiempo,  potenciar  aún  más  la  Izquierda.  Mejorar  nuestros  vínculos  con  las  masas  a  través  de sus sindicatos  u  organizaciones  parecidas.  En  suma,  estar  en  capacidad  de  llevar  a cabo   los  objetivos  tácticos y  estratégicos del  Partido.

 

En  este  cuadro  de  conjunto,  que  no  excluye  ninguna  forma  de  lucha  o  de  organización,  que  no  subestima  en  nada  la  importancia  que  tiene  la  lucha  electoral,  existe,  sin  embargo,  un  punto  nodal,  aparte  de la  construcción  del  propio Partido  y  de su  consolidación  y  expansión:  la  defensa,  la  organización  y  el  desarrollo  de los  órganos de la  democracia  directa  con  claro   sentido   estratégico  de sus  posibilidades.

 

No  compartimos  el  criterio  coyunturalista  que  algunos  tienen  respecto  de los órganos  de la  democracia   directa.  Tampoco  vemos  en  ellos un botín  para  mejorar  la  correlación  de  fuerzas  dentro  de la  Izquierda. Nuestro  compromiso  es  serio  y  nuestra actitud responsable: a lo largo de este  período,  cuyas  características  básicas  ya han sido expuestas, estamos dispuestos a concentrar   esfuerzos  en  su  potenciación, en su expansión a escala nacional, en su fortalecimiento como  instrumentos  necesarios  para  encarar   con  éxito   la  lucha   de  clases  revolucionarias. 

 

Trabajar  con  vocación  de  Poder  resulta  así  inseparable  de la  vertebración  de  los  frentes  de  defensa,  de  la  autodefensa  de  masas  y  de  las  asambleas  populares,  como  partes  componentes  de la  lucha   estratégica  por la  revolución  nacional,   democrática,  y  popular;  de  ninguna  manera  como  meros   apéndices  del  accionar   económico o  reivindicativo,  o  ramificación  del  movimiento  sindical.

 

Este  es  nuestro   compromiso.  Esto   haremos  sin   falta.

 

 

Enero  1984.

 

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(1).      Carlos  Marx,  “La  guerra  civil  en  Francia”.

(2).      Lenin,  “Prefacio  a  la    traducción    rusa  de  las  cartas de  C.  Marx  a   L.   Kugelmann”.

(3).     Lenin    “El  triunfo  de   los   Kadetes  y    las tareas del  partido  obrero”,  1906.

(4).        Lenin,  “¿Se  sostendrán  los  bolcheviques en el  Poder?”.

(5).      Lenin,   “Las    tareas   del   proletariado     en  nuestra  revolución”.  Abril de  1917.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

APÉNDICE

 

LENIN

 

“EL TRIUNFO DE LOS KADETES

Y LAS TAREAS DEL PARTIDO OBRERO”

 

( Ob. Comp.. – Tomo X. Ed. Cartago – Buenos Aires – 1969)

 

 

DIGRECION

CHARLA POPULAR CON

ESCRITORES KADETES Y

DOCTOS PROFESORES

 

 

            ¿Cuál es, sin embargo, la verdadera causa por la que el señor Blak se formó la opinión monstruosamente falsa de que en la etapa del “torbellino” desaparecieron todos los principios e ideas marxistas? El examen de esta circunstancia resulta muy interesante: nos revela, una vez más, la verdadera naturaleza del fileteísmo en política.

 

            ¿Cuál es el rasgo principal que diferencia la etapa del “torbellino revolucionario” de la actual etapa “kadete”, desde el punto de vista de las distintas formas de actividad política, desde el punto de vista de los distintos métodos con que el pueblo hace la historia?. Ante todo y sobre todo, que durante la etapa del “torbellino” se aplicaron algunos métodos especiales de hacer la historia ajenos a otros períodos de la vida política. He aquí los más importantes de ellos: 1) el pueblo “tomo”la libertad política, la puso en práctica sin ninguna clase de derechos ni leyes y sin restricción alguna (libertad de reunión, al menos en las universidades, libertad de prensa, de asociación, de realizar congresos, etc); 2) se crearon nuevos órganos del poder revolucionario; los soviets de diputados obreros, soldados, ferroviarios, campesinos; nuevas autoridades urbanas y rurales, etc, etc. Esos órganos fueron creados exclusivamente por las capas revolucionarias de la población, al margen de leyes y normas, por vía netamente revolucionaria, como expresión de la inventiva del pueblo, como manifestación de la iniciativa del pueblo que se ha liberado o está en camino de liberarse de las antiguas trabas policiales. Fueron, por último, órganos de poder, pese a su carácter embrionario, elemental y amorfo, pese a lo impreciso de su composición y funcionamiento. Esos órganos actuaron como poder, por ejemplo, cuando confiscaron imprentas (Petersburgo) o cuando detuvieron a altos funcionarios policiales que pretendían impedir que el pueblo revolucionario pusiera en práctica sus derechos (hubo casos de tal naturaleza, también en Petersburgo, donde el órgano correspondiente del nuevo poder era el más débil y los del antiguo poder los más fuertes) igualmente cuando exhortaron al pueblo a no entregar dinero al antiguo gobierno; cuando confiscaron el dinero del antiguo gobierno (los comités de huelga ferroviarios en el sur) y lo invirtieron en las necesidades del nuevo gobierno, es decir del popular. Sí, fueron sin duda embriones de un gobierno nuevo, popular o, si se quiere, revolucionario. Por su carácter político y social esto fue, en embrión, una dictadura de los elementos revolucionarios del pueblo. ¿Les resulta extraño, señores Blank y Kizevétter?. ¿No perciben en esto la “vigilancia reforzada” que para el burgués es sinónimo de dictadura?. Ya les dijimos que no tienen ustedes la menor idea del concepto científico de dictadura. Se lo explicaremos en seguida, pero antes señalaremos el tercer “método” de acción en períodos de “torbellino revolucionario”: la aplicación por el pueblo de la violencia contra los que ejercen la violencia sobre el pueblo.

 

            Los órganos de poder que acabamos de mencionar fueron una dictadura en embrión, pues este poder no reconocía ningún otro poder, ninguna ley, ninguna norma, viniera de quien viniese. Un poder ilimitado, al margen de toda ley, que se basa en la fuerza, en el sentido más estricto de la palabra, es precisamente dictadura. Pero la fuerza en la que se apoyaba y tendía a apoyarse este nuevo poder no era la de las bayonetas, en manos de un puñado de militares, ni la del “destacamento policial”, ni la fuerza del dinero, ni la de ninguna institución antigua y establecida. Nada de eso. Los nuevos órganos del nuevo poder no contaban con armas, ni con dinero, ni con antiguas instituciones. Su fuerza -¿pueden imaginárselo señores Blank y Kizevétter?- nada tenía en común con los antiguos instrumentos de fuerza, nada tenía en común con la “vigilancia reforzada”, como no sea la defensa del pueblo contra la opresión de los órganos policiales y otros instrumentos del viejo poder.

 

            ¿En qué se apoyaba, entonces?. Se apoyaba en las masas populares.

 

He aquí la diferencia fundamental entre el nuevo poder y todos los órganos anteriores del antiguo poder. Estos eran órganos de poder de una minoría sobre el pueblo, sobre la masa de obreros y campesinos. Aquél era el poder del pueblo, de los obreros y campesinos sobre una minoría, sobre un puñado de opresores policiales, sobre un grupito de nobles y funcionarios privilegiados. Tal es la diferencia entre la dictadura sobre el pueblo y la dictadura del pueblo revolucionario, ¡recuerden lo bien, señores Blank y Kizevétter! El antiguo poder, como dictadura de la minoría sólo podía subsistir mediante artimañas de tipo policial, y manteniendo a las masas populares alejadas, apartadas de la participación en el poder, de la vigilancia sobre el poder. El antiguo poder desconfiaba sistemáticamente de las masas, temía la luz, se mantenía con el engaño. El nuevo poder en cambio como dictadura de la inmensa mayoría, sólo podía mantenerse y se mantuvo y se mantuvo gracias a la confianza que depositaron en él las grandes masas, sólo porque atraía con la mayor libertad, amplitud y energía, a las masas para que participaran en el poder. En él no había nada oculto, nada secreto, ninguna clase de reglamentos ni formalidades. ¿Eres un obrero, quieres luchar para liberar a Rusia del puñado de policías opresores? Entonces, eres nuestro camarada; elige a tu diputado: elígelo inmediatamente, como te resulte más fácil; nosotros lo recibiremos complacidos y satisfechos como miembro con plenos derechos en nuestro soviet de diputados obreros, en el comité de campesinos, en el soviet de diputados soldados, etc, etc. Este es un poder abierto a todos, que actúa a la vista de las masas, accesible a las masas, surgido directamente de las masas, órgano directo de las masas populares y ejecutor de su voluntad. Tal fue el nuevo poder popular, o más exactamente su embrión, pues el triunfo del antiguo poder aplastó muy pronto los retoños de la nueva planta.

 

Quizá pregunten ustedes, señores Blank y Kizevétter, ¿qué tienen que ver aquí la “dictadura” y la “violencia”? ¿Acaso las amplias masas necesitan de la violencia para enfrentar a un puñado de hombres; acaso decenas y centenares de millones de personas pueden ser dictadores sobre un millar o una decena de millares?

 

            Suelen formular esta pregunta quienes ven por primera vez aplicar el término dictadura en sentido nuevo para ellos. La gente está acostumbrada a ver únicamente el poder policial y la dictadura policial. Le resulta extraño que pueda haber un poder sin policía, que pueda haber una dictadura no policial. ¿Dicen ustedes que millones de personas no necesitan emplear la violencia contra miles? Se equivocan, porque no examinan el fenómeno en su desarrollo. Olvidan que el nuevo poder no cae del cielo, sino que surge y crece a la par del antiguo poder, en oposición a él, en lucha contra él. Sin aplicar la violencia a los opresores que detentan los instrumentos y los órganos del poder, no es posible liberar al pueblo de sus opresores.

 

            He aquí un ejemplo muy sencillo, señores Blank y Kizevétter, para que puedan asimilar esta sabiduría, inaccesible a la comprensión cadete e “insondable” para su mentalidad. Imaginen el momento en que Avrámov tortura y mutila a Spiridónova. Supongamos que de parte Spiridónova se hallan decenas y centenares de personas inermes. Del lado de Avrámov, un puñado de cosacos. ¿Qué hubiese hecho el pueblo si Spiridónova hubiese sido torturada fuera del calabozo? Ejercer la violencia contra Avrámov y sus secuaces. Habría sacrificado, quizás, algunos combatientes, segados tal vez por las balas de Avrámov; pero, mediante la fuerza, habría logrado desarmar a Avrámov y a los cosacos y, muy probablemente, liquidado allí mismo a algunas de estas bestias con forma humana y arrojado a las demás a alguna cárcel para impedir que continuaran cometiendo tropelías y para entregarlas luego a un tribunal popular.

 

            Pues bien, señores Blank y Kizevétter: cuando Avrámov y sus cosacos torturan a Spiridónova, eso es la dictadura militar y policial ejercida sobre el pueblo, cuando el pueblo revolucionario (que no sólo es capaz de dar consejos y sermones, de lamentarse, gemir y lloriquear, sino de luchar contra los opresores; no el pueblo pequeñoburgués y limitado, sino el pueblo revolucionario) aplica la violencia contra Avrámov y contra todos los Avrámov, esa es la dictadura del pueblo revolucionario. Es dictadura, porque es el poder del pueblo sobre los Avrámov un poder no restringido por ley alguna (un pequeñoburgués se opondría, quizás a que se arrancará por la fuerza a Spiridónova de manos de Avrámov, diría: ¿acaso esto es “legal”?; ¿acaso hay una “ley” que nos autorice matar a Avrámov?, ¿acaso no han creado algunos ideólogos de la pequeña burguesía la teoría de no resistir al mal mediante la violencia?(*). El concepto científico de dictadura no significa otra cosa que poder ilimitado, no sujeto en absoluto a ningún género de leyes ni reglas y directamente apoyado en la violencia. No otra cosa significa el concepto “dictadura”, recuérdenlo bien, señores cadetes. Continuemos; en el ejemplo que hemos dado vemos precisamente la dictadura del pueblo, pues el pueblo, la masa de la población desorganizada, reunida”por azar” en ese lugar actúa por propia iniciativa y en forma directa; por sí sola juzga y castiga, aplica el poder, crea el nuevo derecho revolucionario. Por último, esto es precisamente una dictadura del pueblo revolucionario. ¿Por qué sólo el pueblo revolucionario y no de todo el pueblo? Porque en el seno de todo el pueblo que sufre permanentemente y de la manera más cruel las brutalidades de los Avrámov, existen seres acobardados físicamente, atemorizados; seres moralmente intimidados, por ejemplo, por  la  teoría  de  no  resistir  al  mal.

 

Mediante la violencia o simplemente por el prejuicio, la costumbre, la rutina, seres indiferentes, aquellos que son llamados pequeños burgueses o filisteos, que prefieren apartarse de la lucha intensa, quedarse a un lado y hasta esconderse (¡no sea que me toque algo en la refriega ). Es por esta razón que no todo el pueblo ejerce la dictadura, sino sólo el pueblo revolucionario; éste lejos de temer al pueblo en su conjunto, le revela en detalle las causas que mueven sus acciones de las mismas y desea que todo el pueblo participe, no sólo en la “administración” del Estado, sino también en el poder y en la propia estructuración del Estado.

 

            Así, pues, el sencillo ejemplo que hemos analizado contiene todos los elementos del concepto científico de “dictadura del pueblo revolucionario”, como también del de “dictadura policial y militar”. De este sencillo ejemplo, accesible hasta para un docto profesor cadete, podemos pasar a fenómenos más complejos de la vida social.

 

La revolución, en la acepción rigurosa y directa de la palabra, es justamente un período de la vida del pueblo en que el odio contra las hazañas de los Avrámov, acumulado durante siglos, estalla y se exterioriza en acciones, no en palabras; más aún en las acciones de masas multitudinarias del pueblo, no de individuos aislados. El

 

 


(*)       ¡Señor Berdiáev! ¡señores redactores de Poliárnaia Zviezdá  o de Svoboda ¡Cultura! He aquí un tema más para sus prolongados clamores, para sus largos artículos contra las “blasfemas” de los revolucionarios ¡¡Llamar pequeñoburgués a Tolstoi!! –quelle horreur-¡!, como decía una dama, agradable en todo sentido. (Personaje de almas muertas, de N. Gógol. Ed.).

 

 

 

pueblo se despierta y levanta para liberarse de los Avrámov. El pueblo libera de manos de los Avrámov a las innumerables Sipridónova de la vida rusa, ejerce la violencia contra esos Avrámov, toma el poder sobre los Avrámov. Esto, por supuesto, no se produce en forma tan sencilla ni tan “de golpe” como en el ejemplo que hemos simplificado para ponerlo al alcance del profesor Kizevétter; esta lucha del pueblo –lucha en el sentido más riguroso y directo contra los Avrámov y para sacudir de los hombros del pueblo el yugo de los Avrámov, se prolonga por meses y años en un “torbellino revolucionario”. Este acto del pueblo de arrojar a los Avrámov constituye el verdadero contenido de lo que se llama la gran revolución rusa. Este acto, si se lo examina desde el punto de vista de los métodos para hacer la historia, se produce bajo las formas que acabamos de describir cuando nos referimos al torbellino revolucionario, a saber; el pueblo se apodera de la libertad política, es decir, de la libertad cuya realización impedían los Avrámov; el pueblo crea un nuevo poder sobre los Avránov, un poder sobre los sátrapas del antiguo régimen policial; el pueblo ejerce la violencia contra los Avrámov para apartar, desarmar y amansar a estos perros salvajes, a todos los Avrámov, Durnovó, Dubásov, Minov y sus semejantes.

 

¿Estás bien que el pueblo emplee métodos de lucha ilegales, no reglamentarios, no regulares ni sistemáticos, tales como apoderarse de la libertad, crear un nuevo poder revolucionario no reconocido formalmente por nadie y ejercer la violencia contra los opresores del pueblo?. Sí está muy bien. Eso es la expresión culminante de la lucha por la libertad. Es el gran momento en que los sueños de libertad de los mejores hombres de Rusia se convierten en una realidad, en una causa que ya no es de los héroes solitarios, sino de las propias masas populares. Eso es tan bueno como el que en nuestro ejemplo, la multitud arrancara a Spiridónova de manos de Avrámov, como desarmar por la violencia y dejar inofensivo a Avrámov.

 

Pero es aquí donde tocamos el punto central de los pensamientos y los ocultos temores de los cadetes. El cadete es el ideólogo de la pequeña burguesía precisamente porque traslada a la política, a la revolución, el punto de vista de ese habitante común (el mismo que en nuestro ejemplo, mientras Avrámov, tortura a Spiridónova, trata de contener a la multitud aconsejándole no violar la ley, no apresurarse a liberar a la víctima de manos del verdugo) que actúa invocando el poder legal. Es claro que en nuestro ejemplo un individuo así sería un verdadero monstruo desde el punto de vista moral; pero en su aplicación a toda la vida social, la deformación moral del pequeño burgués no es, repetimos, una cualidad personal, sino social, condicionada quizá por los prejuicios fuertemente arraigados de la ciencia jurídica filistea y burguesa.

 

¿Por qué razón el señor Blank considera que ni siquiera  debe ser demostrada su afirmación de que durante el período del “torbellino” fueron olvidados todos los principios marxistas? Porque desfigura el marxismo, transformándolo en brantanismo, porque considera no marxista “principios” tales como la toma de la libertad, la creación del poder revolucionario, el empleo de la violencia por el pueblo. Este criterio asoma en todo el artículo del señor Blank (y no únicamente de Blank, sino de todos los cadetes, de todos los escritores del campo liberal y radical, incluidos los bernsteinianos de Bez Zaglavia (*), señores Prokopóvich, Kuskova y tutti quanti que hoy cantan loas a Plajánov por su amor a los cadetes).

 

Examinemos cómo surgió y por qué debía surgir este criterio. Surgió directamente de la interpretación bernsteiniana o, dicho de un modo más amplio, oportunista, de la socialdemocracia de Europa occidental. Los errores de esa interpretación, que fueron denunciados sistemáticamente y en toda la línea por los “ortodoxos” en Occidente, son trasladados ahora a Rusia “bajo cuerda”, aderezados con otra salsa y por motivos diferentes, Los bernsteinianos aceptaban y aceptan el marxismo con exclusión de su aspecto directamente revolucionario. No consideran la lucha parlamentaria como una de las formas de lucha, particularmente útil en determinados períodos históricos, sino como la principal y casi la única forma de lucha que hace innecesarias la “violencia”, la “toma”, la “dictadura”. Y es esta ramplona deformación pequeñoburguesa del marxismo la que tratan de introducir ahora en Rusia los señores Blank y demás apologistas liberales de Plajánov. Se han consustanciado tanto con esa deformación, que ni siquiera consideran necesario demostrar el “olvido” de los principios e ideas marxistas durante el período del torbellino revolucionario.

 

¿Por qué razón pudo surgir ese criterio?. Porque concuerda del modo más profundo, con la posición de clase y los intereses de la pequeña burguesía. El ideólogo de una sociedad burguesa “depurada” admite todas las formas de lucha de la socialdemocracia menos aquellas que emplea el pueblo revolucionario en épocas de “torbellino”, y que la socialdemocracia revolucionaria aprueba y promueve. Los intereses de la burguesía exigen la participación del proletariado en la lucha contra la autocracia, pero sólo una participación tal que no se transforme en supremacía del proletariado y del campesinado, sólo una participación que no elimine por completo los viejos órganos autocráticos feudales y policiales del poder, La burguesía quiere conservar esos órganos, con la diferencia de que los quiere sometidos a su control directo; los necesita para emplearlos contra el proletariado; la total destrucción de esos órganos facilitará demasiado la lucha proletaria. Por esta razón los intereses de la burguesía, como clase, exigen la monarquía y la Cámara Alta, exigen que no se permita la dictadura del pueblo revolucionario. Lucha contra la autocracia, dice la burguesía al proletariado, pero no toques los antiguos organismos de poder; los necesito. Lucha a la manera “parlamentaria”, es decir, dentro de los límites que establezco de común acuerdo con la monarquía; lucha por medio de organizaciones, pero no de organizaciones tales como los comités generales de huelga, los soviets de diputados obreros, soldados, etc., sino por medio de aquellas que son reconocidas, restringidas y seguras para el capital según una ley y que aprobaré por un acuerdo con la monarquía.

 

De ahí resulta claro por qué la burguesía se refiere al período de “torbellino” con desdén, con menosprecio, con rabia y con odio (*), en tanto  que  del  período  del  constitucionalismo custodiado por  Dúbsov  habla  con   entusiasmo,  con  arrobamiento,  con  infinito  amor pequeñoburgués... a  la  reacción. Se trata aquí  de  la  permanente  e  invariable  cualidad  de  los  Resulta claro también por qué la burguesía tiene tal miedo mortal a la repetición del torbellino; por qué trata de ignorar y de ocultar los elementos de la nueva crisis revolucionaria; por qué estimula y difunde en el pueblo las ilusiones constitucionalistas.

 

Ahora queda totalmente explicado por qué el señor Blank y otros como él declaran que durante el período del “torbellino” fueron olvidados todos los principios e ideas marxistas. El señor Blank, como todos los pequeños burgueses, acepta el marxismo con exclusión de su aspecto revolucionario; acepta los métodos socialdemócratas de lucha con exclusión de los más revolucionarios y de los directamente revolucionarios.

 


(*) Compárese, por ejemplo, el comentario de Russkie Viédomosti, núm. 1 de 1906, sobre la actividad de la Unión Campesina; es una denuncia presentada a Dubásov, contra la democracia revolucionaria por tendencias tipo Pugachov, por su aprobación de la toma de las tierras, de la creación de nuevos órganos de poder, etc. Hasta los cadetes de izquierda de Bez Zaglavia (núm. 10) recriminaron a Russkie Viédomosti su actitud, comparándolo con justa razón, a causa de dicho comentario, con Moskovskie Viédomosti. Lamentablemente, los kadetes de izquierda recriminan a Russkie Viédomosti de un modo tal que parece que trataran de justificarse así mismos. Bez Zaglavia defiende a la Unión Campesina, pero no acusa a la burguesía contrarrevolucionaria. No se si este método no muy honesto, de polemizar con Russkie Viédomosti puede atribuirse al “terror judío”, o al hecho de que ese período escribe el señor Blank. Los Cadetes de izquierda son, al fin y al cabo, kadetes.

 

kadetes : tendencia a apoyarse en el pueblo y temor de su acción revolucionaria independiente

La actitud del señor Blank frente al período del “torbellino” es muy significativa porque ejemplifica la incomprensión burguesa de los movimientos proletarios, el miedo burgués ante una lucha intensa y decidida, el odio burgués hacia cualquier manifestación que derriba todas las viejas instituciones de un modo brusco, el modo revolucionario –en el sentido directo de la palabra- de resolver los problemas históricos-sociales. El señor Blank se traiciono y revelo de pronto toda su mediocridad burguesa.

 

            Había oído y leído que, durante la etapa del torbellino, los socialdemócratas cometieron “errores” y se apresuró a deducir y a declarar con aplomo, de modo terminante y gratuito, que todos los “principios” del marxismo (¡ acerca de los cuales no tiene la menor idea!) habían sido olvidados. A propósito de esos “errores”: ¿acaso hubo algún período en el desarrollo del movimiento obrero, en el desarrollo de la socialdemocracia, en el que no se hayan cometido errores, en el que no hayan existido unas u otras desviaciones de derecha o de izquierda? ¿Acaso la historia del período parlamentario de lucha de la socialdemocracia alemana - ¡ese período que a todos los burgueses mediocres del mundo entero les parece la cumbre de su propia superación!... no abunda en tales errores? Si el señor Blank no fuera un perfecto ignorante en cuanto a los problemas del socialismo, fácilmente se hubiera acordado de Mülbeger, de Dühring, del asunto de la Dampfersubvention31 , de los jóvenes32, del bernsteinismo y de muchas, muchísimas otras cosas. Pero al señor Blank no le interesa analizar el desarrollo real de la socialdemocracia; sólo se ocupa de disminuir la trascendencia de la lucha proletaria para enaltecer la inestabilidad burguesa de su partido kadete.

 

En efecto, si examinamos el asunto desde el punto de vista de las desviaciones de la socialdemocracia de su camino habitual, “normal”, veremos que también en este sentido durante el período del “torbellino revolucionario”, la socialdemocracia muestra en comparación con el período precedente, no una menor, sino una mayor cohesión e integridad ideológicas. La táctica de la etapa del “torbellino” no alejó, sino que acercó a ambas alas de la socialdemocracia. En lugar de las antiguas divergencias, surgió la unidad de criterio en lo que respecta al problema de la insurrección armada. Los socialdemócratas de ambos sectores trabajaban en los soviets de diputados obreros estos peculiares y embrionarios órganos de poder revolucionarios, incorporaban a ellos a los soldados y a los campesinos; publicaban manifiestos revolucionarios junto con los partidos revolucionarios pequeñoburgueses. Las viejas discusiones de la época prerrevolucionaria cedieron lugar a la solidaridad en las cuestiones prácticas. El ascenso de la ola revolucionaria relegó las divergencias, obligó a aceptar la táctica de combate, eliminó el problema de la Duma, puso a la orden del día la cuestión de la insurrección, vinculó en el terreno de la acción directa e inmediata a la socialdemocracia y a la democracia burguesa revolucionaria. En Siéverni Golos33 mencheviques y bolcheviques, juntos, llamaron a la huelga y a la insurrección, llamaron a los obreros a no abandonar la lucha hasta haber conquistado el poder. La situación revolucionaria, por sí sola, dictó las consignas prácticas. Las disputas se referían sólo a detalles en la apreciación de los acontecimientos. Nachalot (*), por ejemplo, consideraba a los soviets de diputados obreros como órganos de autogobierno revolucionario, mientras Nóvaia Zhizzn los consideraba como órganos embrionarios del poder revolucionario, que reunían al proletariado y a la democracia revolucionaria.

 

Ánchalo se inclinaba hacia la dictadura del proletariado. Nóvaia Zhizn mantenía el punto de vista de la dictadura democrática del proletariado y del campesinado. Pero no hallamos acaso estas y otras divergencias similares en el seno de la socialdemocracia en cualquier período de desarrollo de cualquier partido socialista europeo.

 

            La tergiversación del asunto por parte del señor Blank, su escandalosa deformación de la historia de ayer, se deben exclusivamente al hecho de que estamos ante un ejemplo de presuntuosa ramplonería burguesa, según el cual los períodos de torbellino revolucionario son una locura (“fueron olvidados todos los principios”, “el pensamiento mismo y el sentido común casi desaparecieron”), mientras que los períodos de aplastamiento de la revolución y de “progreso” pequeñoburgués (custodiado por los Dubásov) constituyen la etapa de la actividad sensata, consciente y ordenada. Esta comparación de los dos períodos (el del “torbellino” y el kadete) constituye el leitmotiv del artículo del señor Blank. Cuando la historia de la humanidad avanza con la velocidad de una locomotora, lo llama “torbellino”, “torrente”, “desaparición” de todos los “principios e ideas”. Cuando la historia avanza a paso de carreta, su símbolo es la razón y el método. Cuando las masas del pueblo, por sí mismas, con todo su virgen primitivismo, su simple y ruda decisión, comienzan a hacer la historia, a dar vida en forma directa e inmediata a los “principios y teorías”, entonces el burgues se atemoriza y clama que “la razón es relegada a segundo plano” (¿no será a la inversa ¡oh, héroes del filisteismo!?. En la historia, ¿no es precisamente en tales momentos cuando aparece en primer plano la razón de las masas, no la razón de ciertos individuos? ¿No es en estos momentos, precisamente, cuando la razón de las masas se transforma en fuerza dinámica, efectiva y no de gabinete?), Cuando el movimiento directo de las masas es aplastado por los fusilamientos, las torturas, los apaleamientos, la desocupación y el hambre; cuando comienzan a salir de sus escondrijos las chinches de la ciencia profesoral financiada por los Dubásov, y pretenden resolver las cosas por el pueblo, en nombre de las masas, mientras venden y traicionan sus intereses en beneficio de un puñado de privilegiados, entonces los paladines del filisteísmo consideran que ha llegado la época del sosegado y tranquilo progreso, “les llegó el turno al pensamiento y a la razón”. El burgués es siempre y en todas partes fiel a sí mismo: tómese Poliárnaia Zvezdá o Nasha Zhizn, léase a Struve o a Blank, en todas partes se encontrará lo mismo, en todas partes la misma mediocridad, la misma pedantería profesoral, la misma apreciación burocrática e inanimada de los períodos revolucionarios y reformistas. Los primeros son los períodos de locura, tolle Jahre, de desaparición del intelecto y la razón; los segundos, los de la actividad “deliberada y sistemática”.

 

            Que no se vaya a desvirtuar mis palabras. Que no digan que hablo de la preferencia de los Blank por uno u otro período. No se trata en modo alguno de preferencias; la sucesión de los períodos históricos no depende de nuestras preferencias subjetivas. Se trata de que, en el análisis de las características de uno u otro período (completamente independiente de nuestra preferencia o de nuestras simpatías), los Blank desvergonzadamente deforman la verdad. Se trata de que precisamente los períodos revolucionarios son más amplios, más ricos, más deliberados, valerosos y vívidos al hacer la historia que los períodos  del progreso pequeñoburgués, kadete y reformista. ¡Pero los señores Blank pintan las cosas al revés!. Presentan la indigencia como un modo magnifico de hacer la historia. Consideran la inactividad de las masas aplastadas u oprimidas como el triunfo del “sistema” en la actividad de los burgueses y funcionarios. Lamentan la desaparición del pensamiento y de la razón justamente cuando, en lugar del tijereteo de proyectos de ley por parte de toda suerte de tinterillos de oficina y de penny-a-liners (escribas a tanto por línea) liberales, llega el período de la acción política directa de la “plebe”, la que con toda sencillez, directa e inmediatamente, derriba los órganos de opresión del pueblo, se apropia del poder, toma para sí lo que se consideraba como perteneciente a todo tipo de expoliadores del pueblo; en una palabra, justamente cuando el pensamiento y la razón de millones de seres agobiados se despiertan no sólo para leer libros, sino para la acción, para la acción viva, humana, para la creación histórica.

 

            Véase con qué solemnidad razona este paladín kadete: “El torbellino se desató y amainó en el mismo lugar”. Pero si todavía están con vida los liberales pequeñoburgueses, si aún no se los han tragado los Dubásov es, precisamente, gracias a este torbellino. ¿”En el mismo lugar” –dice usted-, la Rusia de la primavera de 1906 “en el mismo lugar” que en setiembre de 1905?.

 

            Durante todo el período “kadete” los Dubásov y los Durnovó han arrastrado y van a arrastrar a Rusia “deliberada, regular y sistemáticamente” hacía atrás, para hacerla retroceder a setiembre de 1905, pero no tienen fuerzas suficientes para ello, porque el proletariado, el ferroviario, el campesino, el soldado sublevado, empujaron durante el torbellino a toda Rusia hacia delante con la velocidad de una locomotora.

 

            Si ese insensato torbellino hubiese amainado realmente, entonces la Duma kadete estaría condenada a ocuparse de cuestiones relativas al estañado de los lavabos.

 

            Pero el señor Blank ni siquiera sospecha que la cuestión de si el torbellino ha amainado o no es un problema independiente y puramente científico; que darle respuesta es predeterminar una serie de cuestiones tácticas, y que, por el contrario, no dársela impide comprender de modo más o menos sensato los problemas de la táctica actual. El señor Blank no se basó en uno u otro análisis de datos o consideraciones cuando dedujo que en estos momentos no hay condiciones para un movimiento en forma de torbellino (sí esa deducción fuese fundamentada, tendría realmente una importancia esencial para determinar una táctica; lo inadmisible es, repetimos, basar esa definición en una simple “preferencia” respecto de uno u otra vía), él, lisa y llanamente expresa su profunda (y miope) convicción de que no puede ser de otro modo. Hablando con propiedad, el señor Blank considera el “torbellino” como lo consideran los señores Witte, Durnovó, Vulgo y de más funcionarios alemanes, que hace ya tiempo declararon que 1848 era un “año insensato”. La afirmación del señor Blank acerca del apaciguamiento del torbellino no expresa una convicción científicamente fundada, sino la incapacidad filistea de comprensión, para la que cualquier torbellino y los torbellinos en general equivalen a la “desaparición del pensamiento y de la razón”.

 

            “La socialdemocracia ha vuelto a su punto de partida”, asegura el señor Blank, la nueva táctica de los mencheviques orienta el movimiento socialdemócratas ruso hacia el camino por el cual marcha toda la socialdemocracia internacional.

 

            Como puede verse, el señor Blank define la vía parlamentaria, no se sabe por qué, como el “punto de partida” (aunque para Rusia ése no podía ser el punto de partida de la socialdemocracia). El señor Blank estima que la vía parlamentaria es, por así decirlo, la vía normal, principal y hasta la única completa, y exclusiva de la socialdemocracia internacional. El señor Blank ni siquiera sospecha que en este aspecto no hace más que repetir íntegramente la tergiversación burguesa de la social democracia, predominante en la prensa liberal alemana y adoptada en un tiempo por los bernsteinianos. Una de las tantas formas de lucha le parece al burgués liberal la única forma. La interpretación brentaniana del movimiento obrero y de la lucha de clases se manifiesta aquí en toda su plenitud. El señor Blank no tiene la menor sospecha de que la socialdemocracia europea adoptó y pudo adoptar la vía parlamentaria sólo cuando las condiciones objetivas hicieron que se descartara el problema de la realización completa de la revolución burguesa; sólo cuando el régimen parlamentario se transformó verdaderamente en la forma principal de la dominación burguesa y en el principal de la dominación burguesa y en el principal terreno de la lucha social. Sin reflexionar siquiera si existen o no en Rusia un parlamento y un régimen parlamentario, resuelve de manera terminante: la socialdemocracia volvió a su punto de partida. La mentalidad burguesa tiende a concebir exclusivamente revoluciones democráticas inconclusas (porque es fundamental para los intereses de la burguesía no llevar la revolución hasta el fin). La mentalidad burguesa rehuye cualquier método de lucha extraparlamentario, cualquier acción abierta de las masas, cualquier revolución en el significado directo de la palabra. Por instinto, el burgués se apresura a declarar, proclamar y aceptar como verdadero cualquier remedo de parlamentarismo, con tal de poner fin al “vértigo del torbellino” (peligroso no solo para el cerebro de muchos burgueses poco inteligentes, sino también para sus bolsillos). He aquí por qué los señores kadetes no están en condiciones de comprender un problema científico de verdadera importancia, como es discernir si el método parlamentario de lucha tiene o no en Rusia una importancia esencial y si el movimiento en forma de “torbellino” se ha agotado. Y el fondo material, de clase, de esta incomprensión es muy claro: que se apoye a la Duma kadete con una huelga pacífica o alguna otra acción, pero que ni siquiera se piense en una lucha de verdad, decisiva, aniquiladora, en una insurrección contra la autocracia y la monarquía.

 

            “Ahora le llega de nuevo el turno al pensamiento y a la razón”, dice alborozado el señor Blank al referirse al período de las victorias de Dubásov. ¿Sabe una cosa, señor Blank? ¡En Rusia jamás hubo una época de la cual se pudiera decir con tanto fundamento “ha llegado el turno al pensamiento y a la razón” como la de Alejandro III!. Se lo aseguramos. Fue justamente en esa época cuando el viejo populismo ruso dejó de ser sólo una soñadora visión del futuro y aportó las investigaciones de la realidad económica de Rusia que enriquecieron el pensamiento social ruso. Fue precisamente en esa época cuando el pensamiento revolucionario ruso trabajó con más intensidad, y creó las bases de la concepción socialdemócratas del mundo. Sí; lejos de nosotros, los revolucionarios, la idea de negar el papel revolucionario de los períodos reaccionarios. Sabemos que las formas del movimiento social se modifican, que a los períodos de acción política directa de las masas populares suceden en la historia los períodos en que reina una calma exterior, en que callan o duermen (en apariencia) las masas oprimidas y agobiadas por el trabajo agotador y la miseria, en que se revolucionan de manera particularmente rápida los medios de producción, en que el entendimiento de los más avanzados representantes de la razón humana hace el balance del pasado y elaborar nuevos sistemas y nuevos métodos de investigación. También en Europa el período posterior al aplastamiento de la revolución de 1848 se distinguió por un desarrollo económico sin precedentes y por una labor del intelecto que dio como fruto por ejemplo, El capital de Marx. En una palabra, “el turno del intelecto y de la razón” resulta a veces en períodos de la historia humana lo mismo que un período de cárcel que da a un dirigente político oportunidad de ocuparse de estudios y trabajos científicos.

 

            Pero la desgracia de nuestro filisteo burgués consiste en que él no tiene conciencia de este carácter carcelario o tipo Dubásov, por así decirlo, de su observación. No advierte el problema fundamental: la revolución rusa ¿ha sido aplastada o marcha hacía un nuevo ascenso?, ¿se ha modificado la forma del movimiento social, transformándose de revolucionaria en otra, adaptable a las condiciones del régimen de Dubásov?, ¿están o no agotadas las fuerzas para el “torbellino”? El pensamiento burgués no se plantea estos problemas, porque en general cree que la revolución es un torbellino insensato, mientras que la reforma es el turno del pensamiento y la razón.

 

            Veamos su muy aleccionador razonamiento acerca de la organización, “El primer paso” del pensamiento y de la razón –nos dice- “debe ser tomar medidas preventivas para evitar que se repita lo que sucedió en la primera etapa de la revolución rusa, en su Strum-und Drang-Zeit, es decir, contra la acción destructora de los torrentes y huracanes revolucionarios. El único medio eficaz para lograrlo es la ampliación y el fortalecimiento de la organización”

 

            Como puede verse, el kadete imagina las cosas así: el período del huracán destruía las organizaciones y el espíritu de organización (véase Nóvoie Vremia, ¡oh, perdón!, Poliárnaia Zvezdá, con los artículos de Struve contra la anarquía, los elementos desencadenados, la falta de firme autoridad en la revolución, etc; etc.), mientras que el período del pensamiento y de la razón custodiado por Dubásov es un período de creación de organizaciones. La revolución es el mal y es destructiva; es un huracán, un torbellino que causa vértigo. La reacción es el bien; es creadora; es el viento propicio y la época de la actividad consciente, regular, sistemática.

 

            Y de nuevo el filósofo del partido kadete difama a la revolución y revela todo su amor por las formas y condiciones de un movimiento burgués y mediocre. ¡El huracán destruía las organizaciones! ¡Qué mentira tan vergonzosa! Mencione un período en la historia rusa o mundial, señale seis meses o seis años durante los cuales se haya hecho tanto a favor de las organizaciones de las masas populares surgidas espontáneamente, como se hizo en las seis semanas del torbellino revolucionario ruso, cuando fueron olvidados, según los calumniadores de la revolución, todos los principios a ideas, cuando desaparecieron la razón y el pensamiento. ¿Qué otra cosa fue, si no, la huelga general de toda Rusia? Según ustedes, ¿eso no era organización? No fue registrada en los libros policiales, no es una organización permanente: ustedes lo ignoran. Vean las organizaciones políticas. ¿Están enterados de que el pueblo trabajador, la masa políticamente atrasada, nunca se había incorporado con tan buena voluntad a las organizaciones políticas, que nunca como entonces habían aumentado de manera tan gigantesca las filas de las agrupaciones políticas ni se habían creado organizaciones semipolíticas originales por el  estilo de los soviets de diputados obreros? Pero ustedes tienen un poco de temor a las organizaciones políticas del proletariado. Como auténticos brentanianos les parecen menos peligrosas para la burguesía (y más serias) las organizaciones sindicales. Tomemos, pues, las organizaciones sindicales y veremos a pesar de todas las calumnias de los filisteos respecto de que en el período revolucionario se hizo caso omiso de ellas-, que en Rusia jamás se había creado tal cantidad de sindicatos obreros como en esos días. Las páginas de los periódicos socialistas-precisamente de los socialistas-, de Nóvaia Zhizn y de Ánchalo rebosaban de informaciones sobre la creación de nuevos sindicatos. Sectores atrasados del proletariado como el del servicio doméstico, que en el período del progreso “regular y sistemático” pequeñoburgués apenas se logra poner en movimiento en el curso de décadas, dieron prueba de una extraordinaria inclinación y capacidad para la organización. Tómese la Unión Campesina. Hoy es muy frecuente encontrar a kadetes que se refieren a esa Unión con soberano desprecio: ¡pero si se trata –dicen- de una organización casi ficticia! ¡ni han quedado rastros de ella! Sí, señores, yo hubiera querido ver qué quedaría de sus organizaciones kadetes, si hubieran tenido que luchar contra las expediciones punitivas, contra los innumerables Luzhenovski, Rimán, Filónov, Avrámov y Zhdánov locales. La Unión Campesina crecía con fabulosa rapidez en el período del torbellino revolucionario. Se trataba de una organización verdaderamente popular, verdaderamente de masas, que compartía, desde luego, una serie de prejuicios campesinos y era propensa a las ilusiones pequeñoburguesas del campesinado (como lo son también nuestros socialistas revolucionarios), pero indudablemente una organización con “base”, una organización real de masas, en esencia indudablemente revolucionaria, capaz de aplicar métodos verdaderamente revolucionarios de lucha, que no redujo sino que amplió los alcances de la creación política del campesinado, que puso en escena a los propios campesinos con su odio hacia los funcionarios y terratenientes y no a los semi-intelectuales, proclives con tanta frecuencia a elaborar todo tipo de proyectos de transacción entre el campesinado revolucionario y los terratenientes liberales. No, en el desdén habitual por la Unión Campesina se manifiesta, más que nada, la estrechez filistea burguesa del kadete, incrédulo y temeroso en cuanto a la iniciativa revolucionaria del pueblo. Durante los días de libertad, la Unión Campesina fue una de las más contundentes realidades, y se puede predecir con absoluta certeza que, si los Luzhenovski y los Rimán no matan a algunas decenas de miles de jóvenes campesinos de avanzada, si aún llega a soplar una brisa así sea ligeramente libre, esa Unión crecerá, no en días sino en horas, y será una organización al lado de la cual los actuales kadetes (*) parecerán una partícula de polvo.

 

            En resumen: la capacidad creadora del pueblo, en particular del proletariado, y luego del campesinado, en materia de organización, se manifiesta durante los períodos de torbellino revolucionario millones de veces más fuerte, más rica y más fructífera, que en los períodos del llamado progreso histórico tranquilo (paso de carreta). La opinión adversa de los señores Blank es una deformación burocrática y burguesa de la historia. Al buen burgués y al honesto funcionario sólo le parecen “genuinas” las organizaciones debidamente registradas por la policía y escrupulosamente adecuadas a toda clase de “reglamentaciones provisionales”. Sin esas reglamentaciones provisionales son incapaces de concebir métodos y sistemas. Por eso no debemos engañarnos respecto de la significación real de las palabras ampulosas del kadete, cuando habla del desprecio romántico por la legalidad y del aristocrático desdén por la economía. El verdadero sentido de esas palabras es uno solo: el miedo oportunista burgués a la acción revolucionaria independiente del pueblo.

 

 

28 de Marzo de 1906.  

 

 

 

1ª. Edición   :          Febrero de 1984

II  Edición   :          Abril de 1986

III Edición  :          Agosto del 2002

 

 

       

 

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Agosto de 2002

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